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viernes, 18 de enero de 2019

¿HABRÁ MAÑANA? (Capítulo XXIX)




Septiembre 13 de 2012. Oasi di Porto, Fiumicino, 15:47 hrs. El padre René Flamcourt e Ildefonso comienzan a alejarse del café del parque, por un grato sendero de grava, camino a la laguna hexagonal. El sol de la tarde no arde, pero entibia y alumbra el maravilloso entorno natural. Una suave brisa mece los pinos piñoneros que abundan entre las suaves lomas verdecidas de grama, y que a veces se inclinan gráciles para contemplarse por un instante sobre la pulida superficie de las aguas. Por todos lados y distancias se escuchan los cantos, pitidos y graznidos de los somorgujos, de las garzas reales, de las negras fochas, de las golondrinas de mar y las gaviotas que también se posan curiosas un breve tiempo sobre robles, encinas y hayas. Después de disfrutar un par de minutos del aire marino y de este espectáculo, René rompe el silencio:
--¿Te acuerdas de que aquellos lejanos años, cuando recién ordenados conversábamos con tanta preocupación y buena fe de las muchas órdenes, grupos y cofradías al interior de nuestra Iglesia Católica?...
--¡Sí, me acuerdo!... Y que había muchas iglesias católicas dentro de la Iglesia Católica…— Ildefonso agregó con expresión de tristeza.
--Efectivamente… ¿Sabes que ese tema no ha dejado de perseguirme durante todo el tiempo, hasta hoy?...
René se quedó un momento en silencio, observando a Ildefonso, como si quisiese medir el efecto que el asunto producía en él. Ildefonso presintió la mirada inquisitiva de su amigo, y se la devolvió con evidente interés y curiosidad.
--¿Te has dado cuenta de que también existen varias compañías de jesús dentro de nuestra Compañía de Jesús?...—René le espetó sin dejar de mirarlo intensamente a los ojos.
Una respuesta interna igualmente intensa le arrojó a la conciencia un sistema de imágenes vividas. Recordó al abad Ligetto, al arzobispo Samuel Bisschop, al cardenal Jacopo Malatesta, a los papas Juan Pablo I y Juan Pablo II, a su prima Vincenza, a su Madonna, a san Ignacio de Loyola, a su amigo Feliciano, a una legión de seres, a Cristo en la cruz, y a sus pies, contemplándolo, su madre María... No parecía poseer ninguna lógica definida, pero le producía un efecto terriblemente denso, trascendental y significativo.
--¡Seguramente sí!—respondió casi exaltado, aunque nunca lo había pensado antes.
--¡Estás en lo cierto!... Yo conocía la misma Compañía de Jesús que tú, cuando durante el primer tiempo trabajamos en las comunidades agrícolas de Eguisheim. Después que nos distanciamos a causa de nuestras diferentes asignaciones, se me reveló sorprendentemente esta realidad. Había una otra comunidad jesuita invisible, que era como el corazón y el hueso de la que todos conocen…
--Lo creo… ¡Te escucho con el mayor interés!…--intercedió Ildefonso al constatar que René guardaba silencio y bajaba la vista.
--Arriesgaré, entonces, comenzar por el final… El Prepósito General de la Compañía de Jesús es el menor dentro de otra Jerarquía que está por encima de él. Una Jerarquía que muy pocos, dentro y fuera de la congregación y de la Iglesia, conocen. Esta Jerarquía sólo sirve y recibe órdenes directamente de Dios.
Ildefonso se detuvo en seco y se quedó mirando incrédulo a René.
--¿Cómo…es…posible?...—tartamudeó.
--Esto, verás, no es de ahora, sino desde hace muchos, muchos siglos atrás… De alguna manera, Jesús, el Hijo de Dios mismo, fundó la Jerarquía… Pedro, la piedra fundacional visible, negador tres veces del Cristo; Juan, “el discípulo al que amaba”[1], la invisible…
--¡Pero eso va en contra del principio mismo del Amor de Dios!... ¡El Dios que ama a justos y pecadores!... ¡El que hace brillar el sol para buenos y malos!... ¡El Salvador, el Hijo de Dios, fue enviado por el Padre a todos nosotros; se dejó crucificar para redención de todos los seres humanos y, así, donarnos para siempre la gracia y el Espíritu de Dios, sin distinción!... ¡A todos por igual!...
--¡Es verdad!... Dios nos ama a todos por igual; y tanto nos amó que envió a su Hijo Unigénito a morir por nosotros, sin distinción, todos, como tú has dicho… Pero la evidencia ha estado siempre delante de nuestros ojos, y no hemos sido capaces de verla ni comprenderla.
René hizo una pausa, vio cerca de ellos una vieja banca de nogal para transeúntes cansados o encantados con la soberbia y bellísima visión. Le hizo un gesto de invitación con la mano a su amigo; se sentaron mirando la superficie de las aguas, tragó saliva y continuó:
--Lo mismo que todos estos maravillosos y divinos vegetales, todos estos animales, y los minerales y el Universo todo, TODO ha comenzado en una semilla. Una única semilla que creó Dios, y que hasta los científicos le han puesto un nombre: Big bang… Digamos nosotros, creyentes en un Dios de Amor, que esa semilla primigenia es precisamente el AMOR… Luego, esta semilla se diseminó, se multiplicó, se diferenció tanto, tantísimo, en todo lo que ahora podemos constatar, y mucho más, por cierto. Tanto es así, que ya no vemos sino por aquí esta hoja de pino, una hierbaja por allá, otra cosa que llamamos nube acullá, un sol, un pinzón, y tú, y yo, y así, casi infinitamente cada cosa única y diferente a todo lo demás… ¿El Amor original sigue siendo el mismo e igual en cada cosa, como lo era en la semilla inicial?... De seguro que sí, porque ése es un nivel de realidad espiritual, no material… Pero también ya no, porque cada cosa diferente en este plano sensible es presencia del espíritu diferente y diferenciador de Dios… ¿Son uno solo, son dos?... ¡Pobres matemáticas humanas!... ¡Pobre e insuficiente lógica humana para AMAR!... La gente del mundo necesita esta dicotomía tranquilizadora: ¡Esto es amor; esto otro, no!... ¡Esto es bueno; esto otro es malo!... ¡Esto es Dios; esto otro, no lo es!... O bien necesita dudar, y dudar, y dudar, y mantenerse angustiosa, orgullosa y cómodamente en el dudar, sin llegar a respuesta alguna… Pero hay unos pocos que siempre han sido los amados de Dios, y que han superado estas dicotomías, aunque deban vivir en el secreto, en la invisibilidad, en el encubrimiento…
--¿Tú eres uno de esos amados de Dios?...
--Por ahora sólo soy un aprendiz al que se le asignan misiones…
--¿Misiones?... ¿Cuáles?...
--Convocar a los elegidos al Priorato de Jesús.
--¡Esto es francmasonería!...
--¡En parte!... ¿Y tú, Ildefonso, quién eres tú respecto de TODO esto?...
--¿Qué me estás proponiendo?...
--¡El Priorato de Jesús!... ¡El Camino de Dios!... ¡La Obra!...
Ildefonso se intranquilizó, se puso de pie y dijo:
--Se hace tarde, René… Debemos regresar.
--¡Tómate tu tiempo!... Regresemos.
Los amigos comenzaron a desandar en silencio el camino que habían hecho. René levantaba la vista y no dejaba de contemplar los entornos, mientras Ildefonso hundía en el suelo su mirada delante de sus pies. En su rostro se hacía evidente la inquietud, la preocupación y hasta una vislumbre de dolor.
--Tú me conoces bien, René… Tú sabes lo que significa para mí todo esto. No podría responderte simplemente: “El amor no hace distinciones” ... Sí las hace, es cierto; pero… ¿El Amor de Dios?... Seguramente sí, aunque me resisto a aceptarlo; e incluso me duele, porque eso ya es una forma de discriminación, de separación, incluso de daño. Pero… ¿hasta dónde discrimina y diferencia el Amor de Dios?... Lo que tú me planteas lleva la diferencia hasta un extremo que invalida el sentido mismo del amor, y, lo que me es más horrible, el sentido de Dios…
--Del Dios que nos han enseñado, y en el que queramos creer…
--¿Me quieres decir que Dios asigna lo bueno y lo malo sin ningún orden, sin ley, sin equidad ni inteligibilidad para el ser humano?... ¿Más aún, que les ha asignado sólo a unos pocos elegidos el juicio divino de lo bueno y de lo malo, y el conocimiento de la Voluntad y de la Razón de Dios?...
--¿Aceptas que tu Dios deje morir, y hasta cause la muerte de inocentes, como a los niños que has visto morir?... ¡Perdona mi aparente insensibilidad!... Los teólogos cristianos lo que han hecho es simplemente escamotear dialécticamente la responsabilidad de Dios. Porque, de hecho, no le perdonamos a ningún hombre que mate a un niño; pero como no queremos culpar a Dios de su participación en el crimen, fingimos que Él no actúa directamente en esta cruda realidad, pero en todo el resto de la realidad sí… No es la misma la moral de un médico que la de un soldado; la de un niño pequeño que la de un anciano… No existe tampoco una sola moral de Dios, ni para Él, ni para los humanos…
Las palabras de René volvieron a quedar resonando en la cabeza de Ildefonso. Ya no hizo el menor intento de volver a hablar sobre el tema. René, por su parte, con la mayor de las consideraciones, tampoco volvió a hacer referencia al tema conversado, ni tampoco a la invitación o llamado que le había propuesto. Por la conciencia de Ildefonso quedó circulando tormentosamente un torbellino de cosas… ¡Los niños, los niños!... Todo volvía una y otra vez, sin embargo, en torno a ellos. Había en ellos algo tan radical, tan esencialmente representativo de la condición humana, que denunciaba existencial, ontológica y trágicamente la carencia de libertad de la creatura humana. Responsabilizar, culpar, atribuir causalmente algo del mal al ser humano mismo, o a un demonio divinamente traicionero, tenía algo de sentido a veces, y hasta a la fuerza, si creía en un Dios creador; es decir, así se podía engañar o adormecer la minúscula conciencia inquisitiva de la realidad que poseen los seres humanos… Pero el NO responsabilizar a un Dios del sufrimiento y la muerte de un niño le parecía una absurda arbitrariedad; y ahora, después de hablar con René, más que antes, una falsedad que la realidad por todas partes contradecía manifiestamente. Las consecuencias y efectos que podía inferir de esto, no obstante, le resultaban inmensamente más desafiantes, complejos e informes. Y las caritas, y las voces, y los cuerpecitos vivos y frágiles de cientos de niños y niñas que había visto retorcerse y aullar de dolor y sufrimiento, hasta morir, le atormentaban el alma otra vez… Y si había un Dios creador detrás de todo, al que nadie podía percibir con ningún sentido, ni con ninguna otra facultad confiable y definitiva, el cual causaba esta realidad, ¿con qué culpable complicidad se lo podía extirpar de la realidad, como lo haría un cruento y aberrante cirujano, para que eso, PRECISAMENTE ESO, no lo causase Dios omnipotente?...
Regresaron justo cuando ya se disponían todos a retirase: el grupo de prelados, autoridades, secretarios, adjuntos y acompañantes. Estaban invitados a una cena de cierre del sínodo episcopal en los salones del Vaticano, la que contaría con la presencia del papa Benedicto XVI, de modo que se percibía en la comitiva un ambiente festivo y distendido. Ildefonso se acercó sigilosamente a hablar con el obispo Michael Dörpner, a quien servía de secretario personal. Solicitó dispensa de asistir a la cena, pues se sentía afiebrado y enfermo, cosa que, a simple vista, al obispo le pareció razonable y necesario.
Al llegar a la pieza del hotel, se encontraba en un estado emocionalmente quebrado. Se arrojó sobre la cama y comenzó a llorar desconsoladamente con la cara contra la almohada. Temblaba y sollozaba violentamente. Después de una hora, en algún momento, enmudeció y se quedó dormido... Se encontró de rodillas sobre la arena blanca, junto a un lago de maravillosas aguas calipso que susurraban en un rizo de ola cerca de sus pies, rodeado de colinas cubiertas con árboles luminosos y escultóricos arbustos. A su lado, su amigo de la infancia Feliciano construía dichoso con él un castillo de arena ya casi de un metro de alto. Entonces se les acercó caminando Jesús, Jesús de Nazaret. Vestía un traje de látex ajustado, de color plateado y brillante. Sus ojos eran grandes, muy azules y rasgados, casi orientales. Su pelo era blanco, radiante, albino, delgado como filamentos y largo. Su rostro de forma triangular sonreía y delataba una paz y sabiduría celestiales. Los dos nos lo quedamos contemplando maravillados. Pude escuchar una especie de suspiro hacia adentro de Feliciano, mientras exclama: ¡Jesús!... ¡Jesús!... Entonces, él habló:
--¡Ven, Ildefonso; sígueme!...
Jesús volteó hacia las aguas del mar, y comenzó a caminar por encima de ellas, lentamente. Me puse de pie de un salto, infinitamente feliz. Corrí hasta las aguas para alcanzarlo; caminé con cierta duda primero, como él lo había hecho. Lentamente avancé sin hundirme, por encima, como si mis pies desnudos rozasen algodones. Jesús, cincuenta metros más adelante, había alcanzado una lancha de pescadores y subía a ella, en la cual lo esperaban algunos de sus discípulos, María Magdalena y la Virgen. Entonces, me acordé de Feliciano… Me di la vuelta, lo vi de lejos, a una buena distancia. Feliciano se encontraba hundido hasta la cintura y en su rostro había un desconsuelo tan grande, una expresión tan desconsolada de horror y abandono, que comencé a llorar y tiritar. Me volví hacia Jesús, quien me alargó su mano por encima del mar, con un gesto conminatorio para que siguiese adelante, hasta él… Una voz tronante dentro de mí rugió:
--¡¡Feliciano está muerto!!...
Comencé a hundirme en el océano. Ya no sabía qué hacer. Abrí mis brazos, pero no los moví… Cuando el mar salado entraba ya a borbotones por mi boca, y apenas veía por encima de las aguas unas manchas borrosas, a lo lejos, escuché también a la distancia la voz amada de Jesús:
--¡Hombre de poca fe!...



[1] Juan,19:26. Gr.: tÕn maqht¾n [...] Ön ºg£pa.

viernes, 11 de enero de 2019

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo XXVIII)




El sherpa montó el triciclo del rikshaw, miró ligeramente hacia uno y otro lado, y comenzó a pedalear tranquilamente. Ildefonso, sentado en el cómodo asiento trasero, contemplaba con incredulidad, pero también intuitivamente, la singular situación que le acontecía. Entonces, sin razón aparente, se le vino a la memoria, palabra por palabra, el texto del apóstol Pablo:
Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde. Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada. Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría. El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca. Las profecías, por el contrario, se acabarán; las lenguas cesarán; el conocimiento se acabará. Porque conocemos imperfectamente, e imperfectamente profetizamos; mas, cuando venga lo perfecto, lo imperfecto se acabará.[1]
Una sensación extraña se apoderó de su corazón al contemplar a las gentes y al desconocido mundo de Katmandú. Con frecuencia la mente interior habla a la conciencia por contraste y no por afinidad con los acontecimientos del mundo exterior; o, tal vez, sea mejor decir complejiza (altera) la percepción o el entendimiento de nuestra mente ya prestablecida con modelos fijados de entendimiento y comportamiento interior y exterior. La mente interior pone siempre en movimiento evolutivo a la conciencia despierta que se adormece en su propio estado de realidad. Su corazón dio un vuelco y desde sus ojos comenzaron a caer líneas de lágrimas. Una intensa conmoción lo estremeció al contemplar a su alrededor a tanta y tanta gente extraña que apenas se roza con los sentidos externos, pero a quienes no se toca con el alma; paisajes tan ajenos, el aspecto tan diferente de todas las cosas, pero no sólo del Katmandú que se mostraba ante sus ojos, sino de las miles y miles de personas con las que se había venido encontrando los últimos años, los últimos diez, y veinte, y treinta… y toda su vida. Este sentimiento en este preciso momento y ocasión unificaba toda su vida sobrecogedoramente, la que había estado llevando por un sendero más y más en contrario declive. ¡Ahora lo veía bien!... ¡Qué fácil le había sido desviarse del amor total, incluso predicando el amor de Cristo, al enredarse entre los hechos de este mundo y de esta mente! Alejarse del amor había sido como destripar infinitamente la realidad; separar a cada persona de la otra, y a sí mismo de cada persona; vivir cada segundo aislado del anterior y del siguiente; cada lugar y situación, sin relación espiritual entre sí; experimentar la realidad como sin sentido, efímera y mortal; empobrecerse a sí mismo, dándose sólo importancia a sí mismo; dejar de vivir a Dios… ¡Volvía a temblar al pensar en Dios!... ¡Sin duda que el amor era Dios!... Pero ¿Dios era el amor?... Desde el fondo de sí algo como un gusanillo miserable y pecaminoso se encogía y retorcía ante la idea de Dios, SÓLO ANTE LA IDEA DE DIOS.
Por último, ¿no estaba incluso el amor de Pablo de Tarso teñido con esta sombra espantosa de Dios?... “Cuando venga lo perfecto, lo imperfecto se acabará”. Porque nada es perfecto en esta realidad, ni siquiera nuestra concepción de Amor, ni de Dios… Ildefonso actualizó que poseía una respuesta emocional, un sentimiento específico y bien definido, al que no tenía inconveniente en denominar plenamente amor; y aunque no fuese exactamente el mismo amor que declaraba y evidenciaba San Pablo, podía con este sentimiento unificar y traspasar toda esta realidad física, natural y humana, y quedar TEMBLANDO DE AMOR. Por lo tanto, LA SOMBRA del amor y de Dios en su fondo virtual no podían influir en modo alguno (¿aún?) sobre este sublime sentimiento que VIVÍA.
El sherpa detuvo el rikshaw ante la fachada de un antiguo edificio de tres pisos casi sin color, en una calle estrecha y poco concurrida. Se dio media vuelta hacia Ildefonso y, con una cálida sonrisa, le indicó con un gesto de mano que éste era el lugar donde debía dejarlo.
-- कसले तिमीलाई पठाएको, प्रिय मित्र? [2]--preguntó Ildefonso en nepalés.
-- Бог![3]—el sherpa respondió en ucraniano y sin dejar de sonreír.
¿Otra vez Dios, la realidad…Qué?, se preguntó Ildefonso, mientras descendía del artilugio, respondiéndole con una sonrisa de amor.
-- मलाई आशा कि हामी फेरि एकअर्कालाई हेर्छौं![4]—le gritó Ildefonso, convencido de que seguía hablando en ucraniano y no en nepalés, mientras el sherpa se alejaba al trote. Ildefonso se detuvo ante la entrada del edificio, se dio media vuelta para observar su entorno; pudo percibirse a sí mismo, o a dos sí mismos, de dos maneras: el que podía observar todo como un extranjero y un extraño; y el que podía observarlo todo con amor… ¿Por qué debo dejar prevalecer a uno o al otro?... ¿Soy yo realmente quien decide?... Pero tanta era la fuerza del amor al recordar a cada ser amado en su memoria y en su pasado, que inevitable y fluidamente transitaba la esencia sensible de ese amor a todos los seres humanos, ya sin distinción. Aunque para otro, uno por ejemplo como San Bernardo de Claraval, fuese tanto sólo por causa del amor de Dios “que inevitable y fluidamente transitaba la esencia sensible de ese amor a todos los seres humanos, ya sin distinción”. Concluyó que debía dejar fluir y colmarlo TODO con amor, sin importar de dónde viniera, incluso aunque el amor fuese solo una ILUSIÓN; o hasta el extremo, aunque fuese la mayor y más terrible de las ilusiones, porque sería entonces la única ilusión que puede asumirlo y unificarlo TODO, hasta la LUZ y las TINIEBLAS… Otra vez, con todo, una VOZ interior replicó malignamente: “¡POR AHORA!”…
Mientras cruzaba el portal del hotel volvieron a él las palabras reveladas: “AQUELLO INEXORABLE QUE LOS EMPUJA Y GUÍA AL FINAL ACABA INEVITABLEMENTE EXPERIMENTÁNDOSE PARA USTEDES COMO AMOR; NO COMO BIEN NI COMO MAL…” ¿Quién me habla así?, pensó. ¿Por qué no se me deja ver abiertamente?... ¿Es una Persona, un Ellos, o cualquier otro medio Incógnito, que no llego a vislumbrar?...
Había una reserva a su nombre. Se le asignó la habitación 307. Era una cámara única de techo alto, amplia, con ventanales que daban a la calle, cubiertos por gruesas cortinas granates. Las paredes de color sepia estaban recubiertas con lienzos estampados en diferentes flores de colores. Olía fuertemente a incienso. Ildefonso miró con interés y extrañeza la figura de un Buda sedente de tamaño natural, meditando de frente, pegada su espalda a uno de los muros. Pensó por un momento preguntar por esto, pero desistió. Las cosas cada vez poseían menos el significado que los demás les otorgaban, y más un significado intrapersonal, ambiguo y potencial, que debía por sí mismo actualizar. Las personas, en cambio, poseían un sentido mucho más complejo e indeterminado, dominado esencialmente por un amor profundo, pero también hasta el extremo de la inteligibilidad, la frustración y la contradicción. Se dio cuenta de que su propio comportamiento ya no podía ser calificado como un comportamiento normal. Se dio cuenta de que su mente ya no producía un estado de mente que pudiese identificarse como normal. Sin embargo, constató al mismo tiempo que las cosas del mundo habían facilitado y hasta provocado hechos anormales, tanto como él mismo los había buscado y allanado. Por un momento se detuvo sobre sí mismo y constató lo absurdo e irracional que significaba el estar ahí mismo en Katmandú, y su propia actitud despreocupada e irracional. Lo tranquilizó el hecho de que aún pudiese ver las cosas de esta manera, pero de inmediato se dejó embriagar por el singular y omnipotente sentimiento de amor que lo abarcaba TODO, sin excepción. Era el AMOR lo que precisamente, desde el fondo, lo volvía absurdo e irracional. Lanzó una larga carcajada, se tomó el estómago con ambas manos y sus ojos se llenaron de lágrimas. Constataba sin el menor escrúpulo que su amor debía ser un amor contrario a la razón, liberado de la razón y de la inteligencia. Y es que comenzaba a vislumbrar que en el corazón de este AMOR había una nueva manifestación de razón e inteligencia, muy superiores a las que había experimentado como humano común.
Se acercó sonriente a la ventana. Descorrió el visillo y observó con buen humor la gente que caminaba por la calle. Desde atrás de uno de los kioscos de ropa usada que se hundía en un lugar más oscuro de un pasaje observó que alguien se dejaba ver, mientras dirigía la mirada fija y precisamente hacia el punto donde se encontraba Ildefonso. La sonrisa se le congeló en el rostro; pronto comenzó a transformarse en una expresión de extrañeza. ¡Era Darinka!... ¿Era posible?... ¡Darinka!... Se cruzaron las miradas durante segundos, luego Darinka volvió a desaparecer tras el kiosco. Ildefonso se dio media vuelta, miró hacia el velador junto a la cama; caminó resueltamente a buscar el pequeño morral de cuero de cabra. Al levantarlo de la superficie de madera algo voló, desde debajo de la talega, hasta el suelo. Ildefonso se inclinó y recogió del suelo un papel sucio y arrugado. No lo había visto sobre el velador cuando depositó allí su morral. Estaba doblado en dos. Lo desplegó y miró con curiosidad su contenido. Sus ojos enrojecieron y se cargaron de llanto, mientras sus manos temblaban sosteniendo el papel:
No podrías imaginar ni creer dónde me encuentro.
Estoy vivo y muerto al mismo tiempo.
Firmaba con su letra inconfundible, pero ahora garrapateada, Solón Vitrubsky… ¡Su desparecido amigo Solón Vitrubsky!... Ildefonso se sintió disparado a decenas de metros de distancia, hacia arriba. Ya no le resultaba en absoluto extraña esta condición de observador repentinamente desdoblado de sí mismo. Todavía más, el sentimiento de amor no lo abandonó ni un instante... ¡Darinka y Solón!... Se dejó llevar hacia adentro y hacia afuera. Guardó el papel nuevamente doblado en su morral y salió a la calle. Primero caminó hacia el kiosco donde había visto a Darinka. No estaba allí. Se detuvo en el preciso lugar en que había visto aparecer a Darinka. Cerró los ojos; aunque no era una práctica habitual en él, inhaló profundamente y, siguiendo una inspiración espontánea, facilitó que fluyera una imagen en su interior. Primero, se le apareció la figura de Solón, borrosa, como si careciese de materialidad, recogida en sí misma, pero sin que pudiese vislumbrar su rostro, dentro de un espacio muy reducido y oscuro. Le resultó inquietante. Además, tuvo la sensación de que Solón estaba esperando algo… ¿Qué puedo hacer?, preguntó a su Maestro interior.
--¡Ildefonso!...
Escuchó que lo llamaban desde lejos. Abrió los ojos y miró hacia el frente. Media cuadra más adelante estaba de pie, observándolo concentrada y seriamente Darinka –ya no cabía duda de que era efectivamente ella--. De inmediato le resultó enigmático y extraño que estuviese tan estática, inmóvil, y con el mismo paraguas blanco con lunares rojos desplegado sobre su cabeza, tal y como la había visto la última vez ante el café Couleur de la 7th Avenue. Ildefonso comenzó a caminar hacia ella, pero Darinka se dio media vuelta y rápidamente se perdió entre la gente. Una voz de alerta le susurró que aquello no era normal; que incluso aquella joven ni siquiera fuese la verdadera Darinka que conocía. Aun así, la siguió. Más aún, fuese o no Darinka, debía seguirla… Varias cuadras seguía distinguiéndola de lejos; varias cuadras seguía escabulléndose, ya sin su paraguas blanco. Finalmente, Ildefonso desembocó abruptamente en la esquina de un amplio espacio en el que se alzaban diferentes construcciones sagradas. Se trataba de una gran plaza en cuyo centro se alzaba la estupa Kathesimbhu, con su gran domo blanco resplandeciendo bajo el sol de la tarde. Otra vez lo invadió la sensación de irrealidad y singularidad. Por un segundo experimentó los ojos rasgados de la estupa examinándolo a él, vivos y reconcentrados. Pero nuevamente la figura de Darinka se le mostró a unas decenas de metros. Esta vez realizó un gesto con su mano derecha, entreabrió un poco su boca y giró la cabeza hacia un punto cercano. Luego, desapareció en el mismo lugar, o al menos así se le manifestó a Ildefonso. Avanzó, siguiendo una intuición, hacia el lugar donde había visto recién a la joven; giró la cabeza en la dirección que parecía haberle indicado con su gesto, y se encontró con una sorpresiva visión. A unos pasos de él, en alto, se levantaba un antepecho de la terraza del templo; su entramado de fierro estaba diseñado con una hilera de siete grandes estrellas hexagonales, doradas, configuradas por dos triángulos superpuestos y contrapuestos respecto de un eje central. Entonces, se le desencadenó explosivamente una constelación de asociaciones y recuerdos. Como sin orden y simultáneamente se acordó de Franz Bendaian, de la estrella de David pintada en la hoja sobre el suelo de la sala de clases; de la misma estrella en el fondo de escritorio de su notebook… (Encendió su celular y fotografió esta vez el antepecho de la estupa.) Recordó sintéticamente el texto gnóstico que había también fotografiado del computador de Bendaian; recordó las tres luces en el cielo fuera de su departamento en la Knickerbocker Avenue, que giraron sobre su eje hasta formar una estrella hexagonal, y el mensaje divino que allí mismo intuyó; recordó la paloma viva del Bautismo de Cristo, ¡Cristo!, la estrella hexagonal rotatoria nuevamente, ¡Adam Farandsky!, “¡Debes lograrlo…!” (Observó con amor el anillo de oro en su dedo anular.) ¡Y el Amor de Dios por todas partes, por todas partes, inclaudicable!... ¡AMOR SOSPECHOSO Y AL MISMO TIEMPO INEVITABLE!...





[1] 1 Co. 13:1-10.
[2] Trad.: “¿Quién te ha enviado, querido amigo?
[3] Trad.: “¡Dios!”
[4] Trad.: “¡Ojalá volvamos a vernos!”

viernes, 4 de enero de 2019

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo XXVII)



La Seguridad de la Nación está por encima del gobierno de los Estados Unidos, incluso por encima de su pueblo entero.
Discurso de Harry S. Truman, Maryland, 1949.


James Forrestal, primer Secretario de Defensa de los Estados Unidos, se encuentra sentado sobre el borde de su blanca y cuidada cama de hospital. Por un momento detiene su diálogo con su hermano Henry y se queda mirando, con su ceño y sus delgados labios fruncidos, hacia la ventana por donde alcanza a divisar un cielo azul, rasgado por celajes bien altos. Las angustiantes preocupaciones trascendentales no lo han dejado descansar ni un solo momento durante los últimos años, progresivamente. Más aún, los últimos dos meses, aunque ha estado dopado y tranquilo todo el tiempo gracias a su terapia siquiátrica en el Hospital Naval de Bethesda, sólo han logrado aplacar diariamente su agudo desorden emocional; con todo, el drama interno sigue allí, inconfesable. Ahora, que ha sido dado de alta, su cabeza se encuentra más despejada de estupefacientes y drogas, de modo que vuelve a recordar lo que había malamente logrado olvidar.
--¿Qué te atormenta?—le pregunta su hermano a boca de jarro.
James tarda un par de segundos en reaccionar. Gira su cabeza en cámara lenta hacia Henry.
--¡Son demasiadas cosas para un militar!... ¡Demasiadas, incluso para un ser humano!... ¡Ya no sé qué es verdad ni qué es mentira; qué es el bien ni qué es el mal; qué es real ni qué no lo es!... Casi todo el tiempo siento que mi cabeza va a explotar.
--¿Hay algo que te atormenta más que todo lo que hasta ahora me has compartido?... ¿Hay algo que yo no sé?...
James nuevamente tuerce su cuello hacia la ventana. Pareciera buscar en ella, o encontrar en ella, alguna respuesta a su condición. La pregunta de su hermano tuvo un efecto inesperado también para él mismo.
--¡Escúchame, escúchame, por favor, hermano!... ¡Déjame decirte esto que guardo conmigo y me atormenta!... –Henry asiente con la cabeza y junta las palmas de sus manos ante su boca—Tú ya sabes, yo creía ser un privilegiado y también un héroe dispuesto a dar lo mejor de mí por el bien de mi nación… Tantos otros siguen creyendo lo mismo, y continuarán otros tantos haciendo lo mismo en el futuro de este asombroso país… Pero ¿cuántos conocen lo que realmente ocurre bajo la cara visible de los Estados Unidos?... Aquellos poderes ocultos me empujaron hacia lo alto de la maquinaria estatal; me alzaron en secreto como la espuma hasta lo alto de la ola… ¡Secretario de Defensa de los Estados Unidos!... Usaron mis discursos, mis ideales, mis principios, mi voluntad, mi familia, mi honestidad… ¿No esperaba la plebe política de mi país, con buenas razones, que alguien defendiera la integridad moral de los poderes del Estado, de las instituciones gubernamentales, federales, municipales, incluso las irrenunciables virtudes espirituales de nuestros próceres, y hasta el vínculo del Estado con los intocables agentes del mundo privado?... ¿No buscaron en mí al líder de un nuevo sistema de Defensa y de una visión unificada de la seguridad interior y exterior de la nación, que hasta entonces se encontraba en ciernes, y que, además, había demostrado sus francas falencias en el curso de la, para nosotros, útil y pedagógica Primera y Segunda Guerra Mundial?... ¡Siempre utilizaron astutamente mi intransable moderación personal, mi visión política, militar y social conciliadora y negociadora, pacifista, flexible, solidaria, pero también orgullosa y firme a la hora de defender los intereses de mi patria!... Yo sí podía inspirarles confianza a los Rusos, a los Chinos, a nuestros aliados, y hasta a nuestros propios parlamentarios, independientes, demócratas, republicanos, porque yo sostenía auténtica, convencida e ingenuamente la necesidad, por encima de todas las diferencias e intereses particulares, del entendimiento y de la pacificación de los pueblos y del mundo en un solo Nuevo Orden Mundial… Llegó a tanto el empuje que recibí no sé desde qué hondas profundidades, que concebí, conmovido por desgarradoras luchas internas, un Consejo de Seguridad Nacional supra directivo y ejecutivo, por encima de todos los poderes del Estado, incluso por sobre el presidente de los Estados Unidos… ¡Primero, Truman me dio alas, confiado en mi probada visión estratégica y política; más tarde, se opuso tajantemente; me vilipendiaron, y acabó destituyéndome!... ¡Pero yo sabía mucho más que Truman y que todos ellos!... ¡Yo sabía, sin que pudiese revelar mis verdaderas razones, que así tenía que ser!... ¡Y así es!... ¡Así es!... ¡Esos oscuros poderes invisibles me habían dado acceso a los más terribles secretos de los Estados Unidos y de la Humanidad entera!...
James Forrestal se detuvo; su respiración se había agitado ostensiblemente y sus manos temblaban aferradas al cobertor. Bajó la vista. Henry percibió como le temblaba también la barbilla y sus labios se contraían en un rictus de dolor.
--¡No sigas, no sigas!—exclamó Henry con preocupación --… ¡No es necesario que me digas nada!... ¡No ahora!... Debes estar tranquilo, hermano… ¡No pienses más en eso!...
James dio un salto desde la cama y se abalanzó sobre su hermano. Lo cogió de ambos brazos y se lo quedó mirando a los ojos con una expresión de horror y de angustia.
--¡Ya no puedo más con esto!... ¡Me está matando!... ¡Hemos perdido el control de todo, de todo, Henry, de absolutamente todo!... ¡Estados Unidos ya no nos pertenece!... ¡El planeta ya no nos pertenece!... ¡Dios!, ¡no podrías siquiera imaginarlo!...
James comenzó a tiritar cada vez con más intensidad, hasta que en un acceso de convulsiones perdió el sentido y se desvaneció en los brazos de su hermano. Henry llamó a la guardia. En seguida llegaron enfermeros y el médico de turno. Le administraron un potente sedante; pronto estaba durmiendo. A Henry se le retiró el permiso para visitar a James. A pesar de sus insistentes reclamos, fue sacado del Hospital por personal de guardia.
A eso de la 1:45 a.m., James se despertó bruscamente. Se sentó sobre la cama y miró con temor alrededor por la pieza. Estaba seguro de que había en el lugar otras personas que cuchicheaban, y que lo llamaban por su nombre. Se levantó de un brinco, preso de pánico, salió al pasillo. No había nadie. El joven guardia junto a su puerta había desaparecido. Creyó divisar en el fondo del pasillo algunas siluetas oscuras y extrañas. Esta vez escuchó claramente su nombre producido en una garganta tenebrosa y metálica. Llamó a la puerta del médico de turno, pero no respondió. Trató de abrir la puerta, pero estaba con llave. De reojo percibió que unas siluetas difusas avanzaban velozmente por el pasillo hacia él envueltas en una niebla ominosa y turbulenta. Corrió entonces hasta la pequeña cocina auxiliar, abrió velozmente la puerta, entró, pero no pudo volver a cerrarla. Un fuerte empujón lo arrojó de espaldas al suelo. Lanzó un grito de terror al distinguir a los seres que habían entrado a la habitación. Vestían trajes oscuros, elegantemente vestidos, con sendos sombreros fedora, pero sus rostros no eran humanos. Uno de ellos tomó de una silla un albornoz y lo enrolló en torno al cuello de James; los otros se le acercaron mucho y comenzaron a mirarlo intensamente a los ojos. James experimentó un pánico descontrolado al sentir que esos seres de alguna forma horrible le estaban arrancando no sólo la vida, sino, sobre todo, el alma… En un intento desesperado por evitar la pérdida de su alma, lanzó varias patadas contra sus captores, quienes titubearon un momento, lo cual aprovechó James para gatear rápidamente, agarrarse con ambas al marco de la pequeña ventana abierta, empujarse con fuerza hacia arriba, y lanzarse en picada por el marco abierto hacia el vacío, desde el décimo sexto piso del Hospital.


La fila para salir de Aduana se había detenido durante dos horas, debido a un fallo del sistema computacional. Ildefonso, aunque estaba cansado, no había sentido el paso del tiempo con la lentitud y molestia con que la mayoría de los pasajeros lo estaba sufriendo. Cuando se tiene la tan ansiada puerta de salida delante y a la vista, cuando el destino final se despliega irresistiblemente ante la mirada, seguramente el contraste de no poder acceder por ella resulta particularmente chocante y hasta burlesco. Por esta, o por alguna otra desconocida razón, ocurrió de pronto un hecho impensado e inusual. Una mujer morena, vestida con telas sueltas, vaporosas y de colores chillones, levantó la voz y amenazó con salir de allí sin más, si no se le facilitaba de inmediato el trámite pendiente y final. Unos metros más atrás en la fila, un hombre blanco, alto, grueso y rubicundo le gritó:
--¡Cállate, negra ridícula!... ¡Aquí todos tenemos que esperar igual!...
De inmediato, el hombre moreno y joven que acompañaba a la mujer salió de la fila y le espetó a viva voz al hombre caucásico:
--¡No tienes por qué hacer callar a mi mujer, imbécil!... ¿Por qué no te la ves conmigo, maricón?...
El europeo salió también de la fila y, sin mediar más diálogo ni motivo, se trenzaron a golpes de manos. La mujer cogió un poste de metal que servía para ordenar la fila, y le propinó un golpe en la espalda al contrincante de su pareja. Entonces, se acercó otra mujer rubia, que le devolvió un golpe de cartera en la cabeza a la mujer morena. En ese momento intervino un guardia de seguridad que comenzó a dar bastonazos a diestro y siniestro para tratar de contener la trifulca. De ahí en adelante se fueron encendiendo más y más los ánimos, al punto de que se daban golpes todos con todos, toda una caótica multitud, entre gritos, denuestos, manotazos, encontronazos, patadas y hasta mordiscos.
Ildefonso daba un pasito hacia atrás, luego otro pasito, y otro, tratando de alejarse de la gresca generalizada. Primero, intentó separar a dos contrincantes que rodaron por el suelo, trenzados a golpes y apretones, pero de ambos recibió puñetazos y hasta un escupitajo en la cara. Luego, les habló conciliadoramente a dos mujeres que discutían a gritos mientras se daban empellones, pero ni siquiera lo oyeron ni le prestaron atención. Ya más distante, pegado de espaldas a una de las paredes, mientras contemplaba el espectáculo tragicómico que cientos de personas representaban sin la menor conciencia de sí, se le ocurrió pensar si la Humanidad entera estaba así mismo de enloquecida y brutal.
--¿Qué puedo hacer?... ¿Qué puedo hacer?...—se repetía a sí mismo, en voz alta.
Entonces alguien le tocó la mano derecha, y escuchó que le decían: ¡Effendi!...
Giró su vista hacia la derecha y se encontró con la mirada de un nepalés adulto de ojos pequeños y luminosos, quien bajó velozmente la mirada hacia el suelo, al tiempo que todo su cuerpo se inclinaba humildemente. A Ildefonso le sorprendió y agradó el aura noble, vigorosa y concentrada que emanaba de su aspecto y de sus ademanes. Se acordó nuevamente de aquellos indígenas milenarios que a veces había visto bajar de las alturas de los Andes sudamericanos, como si la montaña sobrecogedora se hiciese por un instante de vida, hombre.
--¡Venga, por favor, venga conmigo!...
Ildefonso iba a reaccionar con un lógico ¿Adónde?, pero se contuvo. Volvió a tener, durante un segundo, percepción de la locura que allí se estaba desatando, de modo que, respondiendo con un ademán afirmativo de cabeza, siguió al sherpa, quien salió sigilosamente del lugar, sin que nadie se percatara de ambos.
--¡Detrás de mí, effendi!...—le susurró.
Ildefonso se acordó de aquel lejano: “No confíes en nadie”, de Senghor, pero una voz interior le respondía ahora y aquí: ¡Confía!...
Podría haberle planteado cinco o diez preguntas, y de seguro habría podido leer en sus respuestas: ¡Síguelo!, o, ¡No lo sigas!... Pero eso lo habría llevado a él mismo por otro camino interior; otro muy distinto al que ahora estaba siguiendo tras ESTA VOZ INTERIOR. Era, sin duda, tan distinto, tan increíblemente significativo seguir ASÍ al sherpa, mirando las calles, la gente, los estupas, los templos, el cielo; percibiendo los olores desconocidos, la vibración de los árboles; escuchando el claxon de las bocinas, los gritos de los vendedores, o poner atención al simple movimiento de una banderilla de color al viento, o a los Himalayas delante, más altos del mundo. En esos momentos tuvo un pensamiento conclusivo:
Así como tengo tanto que perder, igualmente así tengo tanto que ganar, aunque aún no sepa qué...


viernes, 28 de diciembre de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo XXVI)




El fenómeno de abducción alien puede, de hecho, ser pensado como un tipo de intervención, a veces duro, que puede tener el propósito de producir cambios en las formas de humanidad. Pero cuando llega a ser nuestra la responsabilidad por el destino de la Tierra, el “método” parece ser provocar crecimiento psicoespiritual o la expansión de conciencia.[1]




Estamos contemplando una vasta zona desértica, golpeados por 47° Celsius al sol. Nadie nos ve; al menos así parece… Y digo “nosotros”, porque tú y yo estamos aquí, observando, un poco nerviosos, algo inquietos, aquel famoso lugar secreto, nimbado de amenaza, asombro y culpa: la denominada Área 15-15, en el desierto de Denver, Colorado. Y aunque no estamos aquí realmente en cuerpo vivo, ¿qué nos garantiza que nuestra alma se encuentra a salvo, contemplando con ojos inmortales, inmateriales e invisibles?... Más adelante comprenderán, poco a poco, qué quiero decir con esto.
Pasaremos por alto esos letreros escritos con pintura roja fosforescente y sucia, bastante desvaída por los muchos años y el deterioro que provoca un clima extremo sostenido. Por más que nos adviertan: PROHIBIDO PASAR, ZONA MILITAR, CAMPO MINADO, RIESGO DE MUERTE, SE DISPARARÁ SIN PREVIO AVISO ¿Hay alguna lengua humana en el mundo en la que NO esté escrito esto mismo?Somos inmunes al daño físico, sin embargo. ¿Se habrán enfrentado ELLOS, antes, a alguien como nosotros? Es cierto que ninguno de estos términos: “ELLOS”, “enfrentarse”, “nosotros”, es unívoco. Pero debo advertir –si ya no ha sido evidente hasta aquí—que no puedo ni podemos declarar abiertamente cuanto sé, cuanto sabemos, ni cuanto pienso ni pensamos… Ustedes podrán creer sanamente que esto se trata de mera literatura y fantasía efectista. ¡¡NO!!… ¡¡NO!!... Ese sería el mismo error, el más extendido y proclive de la Humanidad actual ante lo que se nos aparece que ocurre… Y aun así, no es posible mostrar la VERDAD. Es preciso mantenerse en esa penumbra efectista y dolorosa, entre la VERDAD y la MENTIRA. ¿Quién no está AHÍ, entre la develación y el engaño?... ¡Sólo los que se engañan a sí mismos!...
Algo grande se mueve allá abajo. Hiere la vista su resplandor. Algo que no podemos explicar nos impide fijar la vista con nitidez. No podemos determinar si resplandece la luz del sol sobre su superficie, o el resplandor proviene desde el fenómeno mismo. De pronto, desafiando nuestra leyes físicas y sensoriales, el fenómeno luminoso parece desplazarse en diagonal hacia lo alto, o bien desaparecer instantáneamente de una manera y con una velocidad inauditas. No podemos precisar lo uno o lo otro; no sabemos lo que estamos viviendo. Esto no es natural; no es propio de nuestro plano de realidad… ¿Qué lugar es éste?... Se parece a un aeropuerto, hay pistas, galpones, radares y torres, aunque no se vislumbren aviones; si bien no se asemeja a la pista de Katmandú. Guiados, conducidos, llevados, descendemos hasta una de esas construcciones que parecen hervir bajo el sol. Puedo sentir que en torno nuestro se extiende un inmenso desierto, una zona aislada, escondida, peligrosamente secreta. Se insertan visiones de yucas, árboles de Josué, paloverdes, ocotillos y rodadoras; están allí, como invisibles para el ojo humano, como inexistentes y sin sentido, pero circundadas y concebidas vitalmente por escorpiones, arañas, lagartijas, iguanas, gavilanes, coyotes, liebres, serpientes, tortugas e innumerables insectos, que se mueven con la calma del tiempo detenido, arenoso, opaco, somnoliento, del desierto, sólo remecido por un viento ardiente que lo cubre todo de niebla parda en algunas épocas del año. Extrañamente pareciera que lo saben todo; todo lo que ocurre en aquel lugar, aunque aparentan ignorancia y desinterés. Estamos adentro de una red de túneles. Lo sabemos, aunque no lo vemos… Pasillos, pasillos y más pasillos por todas partes, en todas direcciones, iluminados con lámparas de luz blanca, empotradas en lo alto de muros de concreto. Hay personas aquí, si bien no puedo distinguir los rasgos de sus caras, incluso de aquellas que no visten trajes especiales, cubiertos hasta la cabeza. Es extraño. Inevitablemente me pregunto si esto es un sueño. Pero me respondo que da igual, pues vivir no se diferencia en nada de un estado de ilusión, lo mismo que un sueño. La temperatura es baja; tengo frío. Siento hambre y sed. ¿Por qué?... ¿Qué ocurre?... ¡Esto no debiera estar sucediendo!... Yo no tengo por qué estar aquí. No tengo cuerpo y, aun así, lo experimento. Un grupo de personas discute acaloradamente. Parecen científicos o investigadores; la mayoría hombres, algunos vestidos de blanco, otros dos impecablemente vestidos con trajes de civil. En un rincón distingo un gran lobo gris, sentado sobre sus patas traseras; sus ojos grandes, rojizos, estirados hacia arriba, contemplan la escena. No logro escuchar las palabras de ellos, sólo murmullos y fragmentos entrecortados, como si estuviese recibiendo una mala señal telefónica. Una mujer mayor, con anteojos grandes y redondos, arroja una carpeta azul sobre la mesa y se cruza de brazos, desafiante y temblorosa. Todos se quedan observando esa carpeta azul sobre la mesa ovalada y gris. Después de unos segundos de expectación y nerviosismo, la mujer se da media vuelta y sale rápidamente de la sala. Uno de los hombres de traje oscuro se acerca parsimoniosamente a la mesa, coge la carpeta, le da un golpe lateralmente contra su muslo izquierdo, la mantiene allí firmemente apretada, y emite algún dictamen que acaba con la discusión y con la reunión. Las reacciones son diversas. Uno se da media vuelta hacia un lado, luego hacia otro; ése se coge la cabeza con ambas manos; aquélla abre la boca, mientras gruesas lágrimas caen por sus mejillas; varios de ellos simplemente salen de la sala por dos o tres puertas con actitudes serias, rígidas y decididas. Los dos hombres de traje oscuro ya no están; parece como si hubiesen desaparecido. En uno de los rincones de la estancia, junto al techo, una especie de diminuta e inocua esfera, sin siquiera moverse, lo observa todo; se trata de algún tipo de cámara sofisticada que envía el registro de lo que allí acontece… ¿Adónde?... No se me revela la respuesta, sólo la difusa sensación de que tras todo lugar y tiempo un PANÓPTICO unifica y procesa TODO lo que acontece en el mundo de los Humanos… ¿Será ESO DIOS?... ¿Ese OJO TOTAL –por tanto divino-- que va discriminando entre buenos y malos, amigos y enemigos, pasados y futuros, señores y esclavos, asesinos y asesinados, pero, en definitiva, imponiéndoles a los seres humanos, de acuerdo a SU VOLUNTAD Y DESEO, estas arbitrarias categorías (respecto de mí) con las que observa y actúa sobre LA REALIDAD QUE DOMINA Y DIRIGE?... Yo también soy un ojo, su ojo, diminuta prolongación incompleta y parcial de su mirada total… ¿Hasta qué punto un ojo diminuto e inocuo puede representar tanto poder, cuánto poder, soberbio poder, del ente que mira con ese ojillo casi invisible?...
Tengo la impresión de estar descendiendo dentro de una caja oscura, semejante a un ascensor. No sé cuánto tiempo llevo dentro de este habitáculo. Experimento una sensación incómoda, un vahído en el estómago; el aire es liviano y escaso, me cuesta un poco respirar… Las puertas se abren en sentidos opuestos. Adelante se abre un espacio desconcertante, con un aire de olor prístino, como el aire de un mundo que todavía nadie ha respirado, al parecer amplio y profundo, si bien no alcanzo a vislumbrar dónde termina, pues un poderoso y único foco central alumbra lo que me impresiona como el centro de la estancia; hacia la periferia, ninguna luz; la penumbra va ocultando rápidamente el suelo de loza blanca, vacío. De pronto, un olor extraño; no es agradable. Mi animalidad se agazapa y eriza contra este olor. Avanzo hacia el centro de la luz, no tengo opción. Ocurre como si yo supiese que tengo que hacer esto y no cualquier otra cosa; sé que parece obvio pararse en medio de la luz y no encaminarse directamente hacia la oscuridad, pero no lo es. Entonces hago lo que mi impulso natural me lleva a hacer, sin que yo tenga otra opción… ¿Quién, pues, implantó en mí este impulso natural de buscar la luz y no las tinieblas? Esta pregunta resulta demasiado grande para ser respondida, pero de alguna manera sé que al estar allí, parado como una hormiga bajo la lupa del amo, misteriosamente la respuesta me está guiando hacia su abismo y hondura infinita… Yo apenas sigo (creyendo elegir voluntariamente lo que en realidad me lleva), como si ser yo mismo, entero, no fuese más que identificarme indiferenciadamente con ESA LLAMADA. Me observo a mí mismo. Nuevamente tiendo a caminar hacia el centro mismo del círculo de luz (de la circunferencia). Constato cómo mi cerebro está formateado con programas mentales de procesamiento geométrico. Constato que percibo allí un cono de luz que desciende y se proyecta sobre el suelo en circunferencia de luz, casi como se tratase de objetos externos. Podría, en cambio, mi cerebro percibir y procesar simplemente que allí delante hay un haz de luz que se proyecta a partir de una fuente de luz (sin adscribirlo a una forma específica), y que alrededor de este haz de luz se encuentra también un haz de oscuridad, proyectado sobre el espacio, a partir de una fuente invisible. Aunque, probablemente, si lo percibiese así, sería también otro condicionamiento perceptivo más, creado por otro diferente programa neuro-mental. He caminado hasta el centro de esta circunferencia de luz, y me he quedado un tiempo allí, esperando... La mayoría de los seres humanos haría lo mismo que yo, sólo que algunos no estarían concientes de su tendencia a situarse en un “centro de algo”, por lo que no se plantarían exactamente en el centro, pero sí –inconcientemente—al menos no cerca de la periferia donde acaba la luz, pues también entre centro y periferia hay una correlación programáticamente indisoluble, contrapuesta. Entonces, gracias a la reflexión y al acto de conciencia en los que me encuentro, decido acercarme forzadamente al límite externo de la circunferencia de luz. Primero me quedo allí, rozando con la punta de mis pies el umbral de las sombras. No tengo miedo, si bien una especie de señal de alerta interna me hace sentir más vulnerable que si estuviese en el centro de la luz. Desactivo mi identificación mental con esa sensación y doy un paso hacia adelante, hacia la oscuridad. No veo nada hacia adelante. Hacia atrás, me giro, la luz parece volver a llamarme hacia sí. No obstante, insisto en contradecir ese programa mental y me quedo observando la oscuridad impenetrable. Doy otro paso hacia adelante, cautelosamente, extendiendo mis manos; luego tres y cuatro, posando con tacto mis pies sobre el suelo. Un pensamiento veloz me atrapa: ¡Cuán desvalida es nuestra condición humana cuando no podemos percibir ni comprender la realidad que nos rodea!... De inmediato llega la réplica: ¿No estaremos igualmente tan desvalidos aquí ante la realidad que nos rodea más allá de lo que alcanzamos a percibir con nuestros sentidos y con nuestra mente, aunque podamos percibir y procesar “perfectamente” esta realidad con nuestros sentidos y nuestra mente, incluso en el centro de la luz?... Entonces, repentinamente, me parece vislumbrar un cierto resplandor en lo más profundo de estas tinieblas, justo delante de mí, en línea recta. Otro pensamiento veloz me atrapa: También dentro de las tinieblas me espera siempre A MÍ un nuevo reencuentro con otra fase de luz… Otra vez la luz, por más mínima que sea, me atrae irresistible. Un pensamiento terrible contradice: ¿Y si yo me dirijo por la fuerza en otra dirección, que no sea ESA luz, incluso hacia otras tinieblas?... Réplica: NUNCA se desestructura la correlación nueva oscuridad-nueva luz; nueva luz-nueva oscuridad.
Ahora camino en línea recta hacia algo. ¡Esa necesidad de anticiparse!... ¡Esa capacidad de anticiparse!... Allí hay algo inquietante. Una vez más nuestra dualidad: miedo-curiosidad; atracción-rechazo. Podría retroceder cautamente, pero ¿no me encontraría atrás precisamente con lo mismo?... Detengo el pensamiento. Adelante-adelante, atrás-atrás, sin pensamiento es lo mismo. Si avanzo también me estoy dirigiendo hacia mi pasado. Comienzo a distinguir una forma… Luz oblonga sobre el piso, como si estuviese flotando por encima, unos cincuenta centímetros. Sigo caminando hacia ella (el centro). A menos de diez metros me detengo, asombrado. Se asemeja a un catafalco. Una armazón extraña, en penumbras, y en la parte baja, algo semejante a un sarcófago que emite una luz tornasolada y verdosa. Una singular sensación de otro mundo. Me quedo observando la cúpula del sarcófago. La luz pareciera provenir desde dentro. Me doy la vuelta velozmente hacia la izquierda; me parece divisar vagamente tres o cuatro siluetas delgadas y altas que se mueven a cierta distancia. Súbitamente se produce un resplandor inmenso que me ciega la vista. Huele inexplicablemente a ozono y azufre. Después de algunos segundos, comienzo a ver nuevamente. Por unos momentos me protejo la vista con la palma de la mano, temiendo un nuevo resplandor y facilitando al mismo tiempo acercar poco a poco mi vista hacia la fuente de luz. La cúpula del féretro se ha vuelto translúcida, resplandece. No veo a nadie en los alrededores; o quizás no puedo verlos… Me concentro en el féretro y distingo con horror que una forma humana yace tendida e inmóvil dentro de él. Desde el interior del cuerpo brota luz verdosa nunca antes vista por mí. La luz parece palpitar, o fluctuar su resplandor. Otra vez un violento relámpago me hiere la vista. Escucho un zumbido potente, voluminoso, que aumenta y luego desciende. Abro mis ojos con inquietud, pero no logro ver más que oscuridad. Pronto mi retina vuelve a adaptarse a la penumbra. Entonces doy un salto hacia atrás y lanzo una exclamación de espanto, con todos los pelos de mi cuerpo erizados y mi corazón bombeando a raudales mi sangre… Delante de mí, a un metro, un hombre que conozco me mira intensamente a los ojos con sus ojos brillantes que emiten luz verdosa. Es ¡Ildefonso Delenikas Tatay, el sacerdote jesuita!… No sé si es su expresión, que parece sonreír sardónicamente, o además su postura corporal, o simplemente su aura sensible, lo que me provoca esta casi dolorosa inquietud… ¡No está!... ¡Ya no está!... ¿Qué ha pasado?...


[1] John E. Mack, Passport to the Cosmos, p.118. [Trad. del autor]

viernes, 21 de diciembre de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo XXV)




Darinka se lo había dicho de igual manera que ahora a él se le manifestaba: “Hay un Cristo vivo que ya no se llama Jesús. Hay un Cristo vivo que es ENEMIGO de la Iglesia”… ¿A quién servía Ligetto, Farandsky, Senghor, y hasta la misma Darinka?... Todos escondían algo o a Alguien, en cambio Ildefonso no escondía a nadie… O quizás sí, como se les había escondido a sus compañeras de asiento, o a Samantha, o simplemente al sacristán de la Iglesia de San Gabriel. Al fin de cuentas, no se escondía ni él ni todo el mundo para engañar, sino por sus propias justificadas razones… Cada uno engañaba, simulaba, encubría, con razones que generalmente sólo cobraban razón y sentido para quien las vivía precisamente así, desde su perspectiva inevitablemente personal, con una suerte de inexorabilidad pasmosa, tanto desde , como desde lo otro. Consecuentemente, ¿acaso debería contar, divulgar, enseñar a todo el mundo lo que había experimentado y conocido en su reciente visión, él, y sólo él?... ¿Era en realidad una visión, u otra cosa… tal vez un sueño un tanto febril y delirante… o aún otra cosa?... Y si así, entonces, ¿QUÉ COSA?... En definitiva, ¿no se escondía incluso algo a sí mismo, al ingenuo y débil hombre “DESPIERTO”?...
La mente humana siempre necesita anticiparse, porque instintivamente el animal ha descubierto (y ha logrado adecuarse a ello elementalmente al menos) que la realidad siempre “viene desde alguna parte”, a la que los humanos hemos identificado como futuro; es decir, algo así como una especie de inexistencia que inevitablemente acaba materializándose en el presente. Tan absoluto y universal es esto, que hasta en el paso que vamos a dar está implícito; o en el parpadeo que viene, y que sabe que tendrá que repetirse una y otra vez para proteger la humedad del ojo hasta la muerte; o en la imagen del entorno físico en movimiento que sabemos (futuriblemente) que jamás se paralizará sin devenir (¿adónde, a qué?, apenas alcanzamos a preguntarnos esto, casi nunca con respuesta cierta). Sin embargo, tanta es la torpeza en la que se encuentra la mente natural humana que rara vez también se anticipa cuando debe, cuanto debe, como debe y, menos, se va adaptando y procesando a cada segundo, dinámica y fluidamente, la integración de lo que está adviniendo a cada segundo como cosa sustancialmente nueva (presente), y como cosa sustancialmente no-nueva (futura). Ildefonso comenzaba a intuir este dilema, sin que todavía pudiese acercarlo tanto a su conciencia. Lo había anticipado en la medida que se había dejado llevar por la información “absurda” de que debía volar a Katmandú, sólo porque tenía un pasaje para hacerlo, y que ALGUIEN se lo exigía. ALGUIEN verdaderamente importante (para él) a quien no conocía, pero que sólo podía intuir. Lo demás no podía saberlo. No sabía, por ejemplo, cosas que un humano “sano y bueno” no podría ni debería dejar de saber antes de seguir adelante, como adónde ir una vez en Katmandú, o qué hacer y decidir a cada momento, o qué iba a ocurrirle, o a quién buscar, o en quién y en qué no confiar… Con todo, ante esa especie de vacío existencial y moral se percató de que dentro de él otras facultades mentales se activaban y se posesionaban de su conciencia; otras facultades que parecían despertarse precisamente por su natural e intuitiva concordancia con esta nueva y diferente experiencia y forma de realidad. Confió en que ellas resolverían todas esas interrogantes y vacíos, mejor y oportunamente que la razón o el conocimiento previo.
Al atravesar el marco de la puerta del avión, se detuvo en la plataforma y por unos segundos oteó el aire, como un animal sensitivo. Olía a humedad y especies minerales. El cielo palidecía entre grises y celestes desvaídos, entre nubes lejanas y amplias que se apoyaban sobre las inmensas montañas nevadas de Bagdwaar. Se acordó de su experiencia en Los Andes sudamericanos y su soberbia carga energética. Sólo que esta vez, al contemplar y percibir el entorno terráqueo colosal, se hizo instantáneamente conciente de la relación entre este magnetismo mineral y su efecto sobre la vida biológica, así como sobre la condición mental y animal. Constató allí mismo que también había una concordancia trascendental y natural entre él mismo y el LUGAR. Es decir, que lo que DEBÍA vivir, tenía que venir a vivirlo precisamente AQUÍ. Se dejó llevar por el curso ineludible de los trámites administrativos para salir del aeropuerto. ¿Estas gentes que lo trataban mecánica y rutinariamente poseían la menor conciencia y entendimiento de que estaban recibiendo a un hombre terrible, a un HOMBRE que no era simplemente un pasajero y un turista más?... Ildefonso comenzaba a percibirse a sí mismo de esta manera. Lo había evitado durante decenas de años vividos como el mayor de los pecados. No había querido vanagloriarse, jactarse, engreírse, enorgullecerse de sí mismo. Siempre había estado ESTO ahí, junto a él, como su sombra diaria y solar. DISTINTO. ¡ERES DISTINTO!... Le bastaba acercarse a cualquier ser humano, pensar incluso simplemente en cualquiera, y entonces aparecía como una evidencia arrolladora su DOLOROSA DIFERENCIA (¿SUPERIORIDAD?). Pero antes de que llegase a hacerse conciente, a hacerse pensamiento y palabra, lo reprimía violenta y tiránicamente: ¡NO ERES TAL!... Antes bien, ¡HUMÍLLATE!... ¡ERES PEOR QUE TODOS!... Y entonces se sometía como un Cristo en la Cruz a toda la Humanidad, incluso sacrificialmente, negándose a sí mismo para el servicio y bien de los demás, para ser el último, como se decía en el Evangelio que Jesús había ordenado a quien quisiese entrar al Reino de los Cielos como el primero. Sin embargo, estar al servicio y en el amor a todos no sólo lo ponía por debajo de todos, sino, de nuevo, por encima de todos… Quizás la gran virtud de su SUPERIORIDAD consistía en que no había en su corazón ni en su alma la más mínima traza de orgullo ni de autosatisfacción. Al revés, era más un motivo de vergüenza y menoscabo ante los demás. Si bien, comenzaba también a dudar si, hasta hoy, no había sido ese sentimiento sumiso más que una sombra subrepticia o una mancha “pecaminosa” que su madre había sembrado profundamente en su inconciente, durante aquellos años infantiles de Cristo y María junto a su cama. Una confusa sensación de amor, de gratitud y desconfianza se unieron al recuerdo de su Madonna.
Su madre también estaba allí, en esos lejanos recintos nepaleses atestados de gentes singulares, desconocidas, misteriosas, irreconocibles. Todo era extraño para Ildefonso, como si hubiese recién desembarcado en el planeta Marte, pero al mismo tiempo ya conocido y vivido previamente. Sentía una necesidad vehemente de observar a las personas, y aunque era esa una práctica habitual en él, ahora se volvía irresistible y especialmente significativa. Escuchaba músicas exóticas en el aire húmedo y caliente; olores intensos, dulzones, desconocidos, también agrios, encantadores y repulsivos. Se sentía algo mareado, cansado, somnoliento, pero también sensible, expectante y hasta un poco febril. Podría haber observado sus ropas coloridas, los peinados y cabelleras, sus adornos y colgantes, sus pieles negras, blancas, tostadas, amarillas, sus bultos, sus aparatos tecnológicos, pero lo único que atrapaba su atención eran sus gestos, sus expresiones, sus modales, sus movimientos, su manera de hablar, sus manos, sus ojos, y, sobre todo, el aura que emanaba de sus almas y cuerpos. Entonces divisó en la cima de una escala mecánica, a lo lejos, a Lucy y Florencia, sus compañeras de vuelo. Dio un brinco hacia atrás al constatar que sus cuerpos de mujer se convertían instantáneamente en el cuerpo de jaguar y de un oso. Ambos grandes animales continuaron avanzando entre la multitud, pero nadie parecía percatarse de esta transformación teromórfica. Otra vez el sentido de irrealidad se le hizo presente. Otra vez le volvió a ocurrir el extraño efecto de fijar la mirada en esta o en aquella persona, y al instante ya no eran personas, sino un animal, un ave, un reptil, una araña, una sirena, o cualquier otro ser, incluso híbrido o aberrante. Pero si las dejaba de otear, ya no podía distinguir si eran personas, animales, o siquiera si seguían allí. Además, todo el lugar y el espacio circundante, los objetos, las plantas, la arquitectura misma parecían vibrar como despidiendo una luminosidad pulsante y gaseosa. Cerró los ojos y trató de buscar con una estimulación de conciencia LA VOZ dentro de él. Experimentó la intuición de que una imagen colosal iba a surgir desde el fondo de su ser, mas un fuerte golpe en su espalda lo empujó hacia adelante. Abrió sus ojos instintivamente, logró no perder el equilibrio y volteó. No había nadie detrás de él. Unos metros más allá divisó una luz intensa y parpadeante de color rojizo, variando a tonalidades violeta, que provenía de un pasillo que, desde donde se encontraba, no podía ver en su extensión transversal. Algo intrigante y significativo lo impulsó a encaminarse hacia el pasaje. La sensación de irrealidad se le hacía más intensa y desconocida. La misma sensación que había experimentado en el avión cuando se encontró con el Ovni y con los seres de luz que parecían provocarle una transmutación de la conciencia, así como del entorno físico y natural. No había nadie en el pasillo ni en las cercanías. Se percató en algún momento de que ya no caminaba en el mismo lugar; o, al menos, ya no se asemejaba en nada a las dependencias de un aeropuerto. Ya no avanzaba por un pasillo, sino por una especie de túnel o caverna, cuya superficie toda, de material metálico o mineral, era de un color acerado oscuro, de unos tres metros de diámetro; si bien, la luz violeta pulsante continuaba llenando el espacio desde una fuente lejana, en el fondo del antro. La luz lo atraía; no era mera curiosidad. Al dar un nuevo paso tuvo una singular apercepción de sí mismo: su curiosidad no era mera curiosidad, sino anticipación de lo que allí lo esperaba. Sin embargo, se dio cuenta también de que no podía precisar si aquello que emitía la luz y lo que allí lo esperaba eran los causantes de atraer su curiosidad y, como finalidad última, a su persona toda, o bien, su curiosidad era lo que lo conducía sabiamente al destino que debía vivir… O, una vez más, AMBAS.
Después de caminar algunos minutos, se enfrentó al final del pasaje. Nuevamente escuchó ese zumbido denso y ominoso que volvía a presentarse como la voz de ALGO. Se encontraba frente a una gran abertura negra que parecía vacía, y, sin embargo, la luz violeta, fluctuante y matizada con tonalidades variantes, surgía potente sólo desde abajo, desde el umbral, como si escapase por debajo de una enorme puerta invisible. Ildefonso no sentía temor, pero sí una sensación inquietante y enigmática. Se acercó al vano y estiró sus manos. Sintió como si sus manos atravesasen un líquido, si bien una estructura sólida semejante a una puerta comenzó a desplegarse hacia atrás. Al comienzo, el vivo resplandor violeta-azulado lo cegó. Luego distinguió en el centro de un enorme espacio oscuro circundante a un ser semejante a una persona, solitario, rodeado de miles y millones de pantallas encendidas que despedían ese brillo violáceo. Una inmediata sensación de vértigo y náusea se apoderó de Ildefonso. La visión se le unió instantáneamente a aquella del coliseo, en París 1919, donde la clase áurea había ascendido misteriosamente al cielo, gracias al sacrificio del vellocino de oro a manos del enigmático sacerdote. El sol brillaba intensamente ante sus ojos, por lo que debió poner sus manos delante de sus párpados, como visera, para mirar hacia lo alto. Una emoción terrible le hizo soltar un gemido desesperado: Ahí, adelante y arriba, Jesús, el rey romano de los judíos, colgaba crucificado, ensangrentado desde la cabeza hasta los pies, temblando y sollozando de dolor… Un vínculo inexplicable y secreto lo unía con esta otra persona (el también judío) quien, tocado con un cilíndrico sombrero brillante de fieltro negro, vestido con traje cuidadosamente pulcro, negro, y ceñido su cuello de tela blanca con una corbata roja, a franjas blancas y azules, manipulaba a una velocidad vertiginosa una enorme plataforma de innumerables y variados controles digitales. El zumbido de todas aquellas pantallas y aparatos le agujereaba los tímpanos, al punto de que tuvo que taparse los oídos con ambas manos. Tanta era la velocidad con que se movía aquel hombre, que Ildefonso veía claramente que se componía y descomponía continuamente en cien millones de hombres que realizaban simultáneamente cien millones de acciones diferentes. Ildefonso centró su atención en las escenas que se vislumbraban en las pantallas de televisión. Al comienzo, todo lo que veía le resultaba tan abigarrado y caótico que pensó que nada de aquello tenía un sentido y patrón lógico. Primero, veía escenas de vidas humanas, infinitas e infinitamente diferentes, como han de parecer los instantes de vida de todos los seres humanos, si cualquiera los intentase contemplar en un panóptico a todos, todas juntas. Sin embargo, como trataba de mirar cada pantalla por separado, entendiendo que en cada una de ellas ocurría algo único y particular, se le caía el sentido que podía unirlas a todas. Luego, realizó un giro de su conciencia y ya no miró –tampoco con su ojo físico-- a ninguna en particular, sino que dejó ir su mente, no como río inteligente, sino como océano perceptivo (abrió su tercer ojo); entonces se le erizó la piel, contraído y vibrante como un gato horrorizado. Comenzó a ver la terrorífica acción que cometía aquella entidad-persona con todos al mismo tiempo, y con nadie por separado: ¡¡¡CONTROLABA EL FLUJO DEL DINERO DEL MUNDO!!!... Y aunque los humanos lo percibían como dinero o valor monetario, en realidad no era ESO, sino un tipo especial y único de ENERGÍA. En las pantallas humanas se mostraba, a veces, como un alza de las acciones bursátiles; entonces, el homúnculo decidía, girando vertiginosamente una y otra perilla, que esta o aquella persona este día ganaría x, pero que este otro perdería x; o que estos recibirían un contrato x, y que estos otros sufrirían un desfalco; o que estos adquirirían x bienes, y que estos otros no tendrían ningún poder adquisitivo para comprar, ni tampoco para comer; que estos se llenarían de arrogancia y autosuficiencia, y que para estos otros era oportuno arrojarles una bomba de fósforo, de cloro, o simplemente de MUERTE; que a este niño había que dejarlo nacer o morir dentro de un hospital, o también afuera; que había que mentir en público para obtener esto,  o que había que nombrar precisamente a este Papa o a este líder espiritual; que había que apoyar a un genocida, a un corrupto y a un criminal, o que era preciso, por allá, defender la libertad del pueblo; que había que invertir x en bonos de carbono, o que había sumir aquella ciudad, o incluso al mundo entero, en la polución; a cuánto se transaría hoy el barril de crudo, y cuándo era oportuno provocar una recesión global; si levantamos a este ídolo mediático, o lo atiborramos de droga hasta morir; si disparamos aquí, si sonreímos allá; que estos pueblos padezcan, que aquellos disfruten; así, así, así… infinitas decisiones asociadas a su ENERGÍA ECONÓMICA Y VITAL, sin descanso, sin error, sin oposición, sin final. Parecía a Ildefonso como si toda la VIDA en el planeta Tierra se hubiese sometido y hubiese sido absorbida por esta TERRORÍFICA ENERGÍA…
Ildefonso comenzó a retroceder centímetro a centímetro; luego retrocedió un paso, y otro, otro más… Finalmente se dio media vuelta y salió corriendo por la misma puerta y por el mismo pasillo cavernoso por donde había llegado.