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viernes, 9 de noviembre de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo XXII)




Después de 22 hrs. y 10 mins. de vuelo, el avión de Air India tocó suelo sin mayores contratiempos en el aeropuerto de Katmandú, Nepal. Cuando se está, por un día entero, arrebatado y suspendido a más de diez kilómetros de altura ocurren inevitablemente significativos procesos internos. Ildefonso realizó simultáneamente un alto, propio e inusual vuelo hacia su interior y realidad. Había perdido ya el recuerdo de cuánto tiempo había transcurrido desde que no disponía de un día completo, sin el menor sobresalto ni requerimiento, para detener el bullente flujo de su realidad y, zambulléndose, meditar muy muy dentro de él… Constató también cuánta necesidad y urgencia había experimentado (sin conciencia de ello) de detener el tiempo y la realidad para sincronizar en su conciencia y mente tantas vitales cosas que había ido dejando pasar, al dejarse meramente llevar por el flujo incandescente de la lava de su acelerada realidad. Paradójicamente, el primer acto de concienzuda autobservación no se inició en él mismo, sino en su relación con otros, y a partir del otro (a).
El día anterior, cuando, instalado ya en el Boeing 777-200LR, Ildefonso se sentó en su cómodo asiento de felpa carmín y, en tanto contemplaba con preocupación afuera los misteriosos giros de otras enormes aves de metal reluciente por la ventanilla que se abría a su mano izquierda, se encontró repentinamente adosado a dos señoras sexagenarias e inevitables, que se arrellanaron en los asientos próximos. Allí y entonces algo significativo le ocurrió. Se sumió de inmediato en recuerdos y urgencias. La noche anterior había vuelto a indagar y a escarbar en la carpeta del abad Ligetto. Apenas había dormido unas tres horas, sobresaltado. Se llevó la mano a su bolsillo izquierdo, extrajo una hoja amarillenta, la desdobló y leyó allí:
Tengo que hacer una breve declaración sobre Palestina. El jueves pasado, mi honorable amigo, el Secretario de Asuntos Exteriores dio a la Cámara un informe completo del asesinato de Lord Moyne. Este crimen vergonzoso ha conmocionado al mundo. No ha afectado a nadie con mayor fuerza que a aquellos --como yo-- que, en el pasado, han sido amigos consistentes de los judíos y arquitectos constantes de su futuro. Si nuestros sueños para el sionismo han de terminar en el humo de las pistolas de asesinos, y nuestras labores para su futuro habrán de producir solo un nuevo grupo de gánsteres dignos de la Alemania nazi, muchos como yo tendremos que reconsiderar la posición que hemos mantenido de manera tan consistente y por tanto tiempo en el pasado. Si hay alguna esperanza de un futuro pacífico y exitoso para el sionismo, estas actividades perversas deben cesar, y los responsables de ellas deben ser destruidos de raíz y de rama.[1]
Esta hoja le había provocado un eco sensible, de manera que la extrajo del legajo y se la echó a ese bolsillo, como también otras que repartió en uno y otro saquillo del pantalón, de la chaqueta, y por el revés de su ropa. Antes, sin embargo, había copiado varias veces y de diferentes modos todo el contenido de la carpeta; se había asegurado de repartirlo y dejarlo en custodia en varios lugares del mundo material y también virtual. Había en aquel dosier documentos que de hacerlos públicos –sospechaba Ildefonso-- podrían detonar, a lo menos, un caos político, moral y social en el mundo. Todo él era una especie de rompecabezas incompleto, que, no obstante, ostentaba trazas claras de un cierto entramado de información secreta (simbólica y cifrada) y altamente trastornadora del paradigma de Humanidad actual. A una primera mirada, el conjunto de documentos parecería a cualquiera un galimatías confuso y casual. El mismo texto de Chuchill que sostenía en su mano no parecía más que una anécdota personal e histórica, y sólo con una irrelevante resonancia actual. De pasada, en serie, se acordó del archivo del computador de Bendaian, de ciertos libros y textos leídos en diferentes momentos y circunstancias, de la visión de los Jueces del Mundo con Senghor, de las informaciones comprometedoras que indagaba Solón, de los extraños sucesos asociados a John E. Mack, del saber oculto de Samantha, de numerosos diálogos, testimonios y experiencias extraordinariamente significativos (pero ocasionales), y tantos otros retazos de evidencias que sin querer había dejado pasar (sólo a su conciencia despierta) por no poder aún enlazarlos por medio de un patrón único y común, como ahora presentía y ya veía delante que comenzaba a materializarse y emerger. Volvió a releer el texto que mantenía ante sus ojos… Descifró entre líneas una terrible amenaza, un plan secreto de alcance mundial asociado en primera instancia al sionismo, como cara visible. Era fácil constatar una zona geográfica amplia de conflicto en Medio Oriente; permanentemente en Palestina, en Siria, en el Líbano, y, como foco central, en Israel, zona que él conocía de cerca y bien. Sin embargo, intuyó que el sionismo israelita había llegado a ser una fuerza “internacional” que se adentraba profundamente, de variadas maneras, en distintos niveles de los Estados del mundo, y que, tras él, se ocultaba en realidad un Supra-gobierno, una Superorganización de poderes y dimensiones descomunales e insospechadas; una Voluntad de Poder –en términos nietzscheanos--, cuya Moral no guardaba relación alguna con ninguna ética ni moral conocidas históricamente por el ser humano. Aun así, ésta no era más que una pista, una muy incompleta y velada pista que tal vez le correspondería seguir… ¿Hasta dónde?... ¿Para qué?...
Cerró unos segundos sus ojos, luego echó la mano al bolsillo de su pantalón y sacó de allí otro pastiche arrugado: “Según William Cooper, la Tercera Guerra Mundial estaba prevista para mediados de 1996. Él obtuvo esta información de documentos secretos que fotocopió durante su servicio en la Naval Intelligence (Servicio Secreto de la Marina). Según estos documentos, estaba previsto aniquilar una de las mayores ciudades de Estados Unidos (Nueva York, San Francisco o Los Ángeles), lanzando sobre ella una bomba atómica.
Culparían de ello a los extremistas del Oriente Medio en crisis (¿Irak?)  para poder justificar el desencadenamiento de la tercera guerra mundial. ¿La bomba que estalló en el World Trade Center podría haber sido una prueba para tantear la reacción del público? Que el lector reflexione sobre eso.[2]… Se le vinieron a la memoria las voces que siempre había considerado fantasiosas y malintencionadas en relación con el supuesto autoatentado de los Estados Unidos contra las Torres Gemelas… “Que el lector reflexione sobre eso”… Ahora, uniendo esto y aquello, colgándose de la hebra profunda que guiaba su sensibilidad, ahora sí hacía sentido precisamente así, aunque con un trasfondo muchísimo más inquietante, todavía más amplio, más complejo y hasta aterrador… Estados Unidos era, sin duda, el otro eje geográfico de este Supra-gobierno… Lo había vivido ya desde hacía un tiempo; ahora lo vivía intensamente así, con una percepción, una comprensión y un sentido superiores. Con esas repentinas apercepciones que ya acostumbraba a experimentar, recordó y relacionó a Samantha Pickleford con la pista y la prolongación de este Supra-gobierno en USA… Ella seguramente le guardaba –esperándolo en una esquina adelante en el tiempo-- un saber concomitante con este mensaje críptico y parcial del papel. Es más, no le cabía duda de que el asesinato del presidente Kennedy contenía una relación profunda con el atentado de las Torres Gemelas y con este Poder Oscuro detrás del actual gobierno de los Estados Unidos… Avanzó aún más, recuperando de un tercer bolsillo una tercera nota, que presintió tan significativa y sincrónica con las dos anteriores, y con las demás restantes, las que habría de volver a leer en el instante preciso para que cobraran y provocaran el sentido apropiado, dependiente y asociado a la justa ocasión. Ya tenía en sus manos la tercera, desdoblada y superpuesta a las dos anteriores, cuando la señora que estaba a su lado se volvió hacia él y, con una rápida mirada sobre lo que Ildefonso hacía, le sonrió amistosamente y se presentó:
--¡Hola!... Me llamo Florencia… Y aquí a mi lado, mi amiga Lucy… Seremos los tres compañeros de viaje… ¡Qué emocionante!... ¿Usted también va a Katmandú?...
Ildefonso se descubrió en ese momento reaccionando de una manera impropia y desconocida para él.
--¡Hola!... –iba a agregar: “con mucho gusto”, pero se mordió los labios, asintió con la cabeza, enmudeciendo y volviendo su rostro hacia la ventanilla que tenía a su izquierda. Volteó los tres papeles por el revés y los apegó a su costado para alejarlos lo más posible de la mirada, que sentía indiscreta, de la mujer. Aguardó algunos minutos en esta postura, hasta que volvió a oír que las damas reanudaban su diálogo sin prestarle la menor atención. Se volteó un poco hacia la izquierda, dio vuelta de nuevo las hojas y leyó de reojo, lentamente:
[…]considerando que el Arquetipo creado es sólo una mera copia de la Forma Increada, sería posible orientarse nuevamente hacia el Origen si se comprendía al Arquetipo con el Símbolo del Origen presente en la Sangre Pura; y allí estaba la Sabiduría. […] La misión familiar no culminaba, pues, con la simple aprehensión trascendente del Arquetipo creado, sino que exigía su recreación espiritual. Partiendo de una cualidad existente en el mundo, se volvería sobre ella una y otra vez, incansablemente, durante eones, hasta penetrar en la íntima esencia y concretar su perfección arquetípica: se recrearía, entonces, a la cualidad en el Espíritu y se la comprendería con el Símbolo del Origen. Sólo así se daría la condición de la Existencia para el Espíritu, sólo así el Espíritu sería algo existente más allá de lo creado: no percibiendo la ilusión de lo creado sino recreando lo percibido en el Espíritu y comprendiéndolo con lo Increado. Al cumplir de ese modo con la misión familiar, la sangre astral, no la hemoglobina, sería purificada y haría posible una trasmutación que es propia de los Iniciados Hiperbóreos o Guerreros Sabios, la que transforma al hombre en un superhombre inmortal.[3]
Reflexionó sobre su propio y extraño comportamiento, al mismo tiempo que asimilaba los efectos de la lectura del texto. Entonces volvió a aparecer no precisamente en su mente --si bien para un observador externo aquello habría sido sólo una representación de su mente--, sino en SU REALIDAD aquella ENTIDAD que, paulatinamente, cobraba una forma y figura definidas, por ahora no más que como mero sinónimo de proximidad. Era ¡LA VOZ!… Ya no ambiguamente como advierten al comienzo los esquizofrénicos: Una voz, el Verbo, sino la presencia arrebatadora y totalizadora que, por ejemplo, todos los esquizofrénicos consumados de todos los tiempos y mundos han denominado DIOS MANIFESTADO, o DIOS GLORIFICADO… Sin embargo, –recordemos-- Ildefonso ya hacía un tiempo no LA identificaba con esa presencia esquizofrénica llamada por las historias humanas: DIOS. Quería descubrir ALGO MÁS ALLÁ, ALGO TODAVÍA INCREADO, ALGO QUE SE REVELASE ARRAZADORAMENTE POR SÍ MISMO, aunque con ello Ildefonso LO obligase a jugar su juego, en este espacio, tiempo y conciencia, como si Dios tuviese que oficiar del mono vestido con la ropa de Ildefonso, y él, humano, su Dios inalcanzable y terrible… A sabiendas de que, al fin de cuentas y en realidad, más allá de lo enteramente humano, era precisamente al revés, tan lejano como una estrella.
Esta tercera hoja lo conmovía de una manera particularmente singular e intensa. Cada palabra lo dejaba palpitando. Había en ella algo tan profundo, tan trascendente, tan misteriosamente denso y ambiguo, que apenas podía otorgarle una mínima definición mental. ¿Hasta qué punto la realidad cotidiana, hasta lo más trivial y ordinario no eran más que la prolongación de un infinito número de Universos y Realidades, pero que, además, eran necesariamente irreconocibles, ininteligibles, inalcanzables desde la experiencia de lo Natural y de lo Inmediato para el ser humano?... Entonces advenía LA VOZ, como un don, una gracia, un puente de luz y oscuridad que atravesaba esos INFINITOS ETERNOS hasta la cabeza del Hombre para expandir con terrible presión interna, aunque sólo fuese unos pocos milímetros, los huesos fosilizados del cráneo y los tejidos muertos del cerebro humano. Habló:
Soy dentro y fuera de ti, en todas partes. No soy la misma VOZ de todos, sino TU VOZ, para tu momento, para tu realidad, que es diferente de la de tu prójimo y de la de los demás. La Voz de ningún libro, por más santo que sea, ni de ningún sabio, ni Dios, o iluminado, ni de Verdad alguna es en sí misma TU VOZ, pues TU VOZ puede transformar TODO en cualquier COSA, en cualquier SENTIDO, hacia cualquier ACCESO. Tu VOZ siempre oculta por el reverso LA SOMBRA ILUSORIA DE TU VOZ. Nunca podrás saber del todo si es TU VOZ o LA SOMBRA ILUSORIA DE TU VOZ la que te habla…
Miró el anillo de oro vibrando en su dedo. Vio la paloma, el ave, y también el grifo. Resonó en él: “El Símbolo del Origen presente en la Sangre Pura”… Creyó comprender que el Símbolo del Origen era la Luz, y la Sangre Pura, la Oscuridad, en un solo Arquetipo… ¿Estaba preparada ya la Humanidad para experimentar en conciencia totalizadora que la Luz y la Oscuridad, el Bien y el Mal, Dios y Demonio eran una sola Presencia y una sola Esencia, o, si no… EXTINGUIRSE?... ¿Lo SABÍA realmente Ildefonso, cuando comenzaba a pensarlo?... Aunque también empezaba a sospechar que el SABER sólo se producía precisamente cuando SE DEJABA DE SABER, es decir, que SABER sólo podía significar COMENZAR A SABER… EL INICIO HACIA UNA VIRTUALIDAD EN EXPANSIÓN.
Le acontecía obvio que ir a Katmandú era un salto atrás, a través de la frontera, hacia la Forma Increada de TODO y de SÍ MISMO, así como la progresión del DESTINO del Universo hacia la SINGULARIDAD. Allí, y en ese instante minúsculo y trivial, comenzaba a saberlo. Sintió que una corriente eléctrica lo recorría de la coronilla a los pies. ¡Cómo he cambiado, Dios mío!... ¡Ya no me reconozco del que era!... Y aun así, soy más yo que antes… No sé cómo esto sea posible… ¿Qué me está pasando?...
Y al observarse a sí mismo experimentaba nostalgia, inquietud, extrañeza, pero, sobre todo, avidez y fervor por ir de frente, transformativamente, con todo su ser hacia sí mismo, como fuese posible.
El aparato volador comenzó a vibrar internamente, emitiendo un sonido sordo y potente. Algo así como un largo y muy agudo quejido, cada vez más intenso, acompañó el inicio del avance por la pista de asfalto del ingenio humano volador. Sin razón aparente se acordó de su prima, sor Vincenza… ¡Vincenza no está muerta!... ¡Vincenza no está muerta!...
A su lado una vocecita contenida de mujer susurró:
--¡En nombre sea de Dios!... ¡Protégenos Virgen Santísima!... ¡En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo!...
--¡Amén!... –escuchó la voz emocionada de la otra dama, en el asiento que daba al pasillo.









[1] Discurso de Winston Churchill, Epping (Essex), 12:00 a.m., Noviembre 17 de 1944.
[2] Jan van Helsig, Las Sociedades Secretas, p.176.
[3] Nimrod de Rosario, El misterio de Belicena Villca, p.39.

viernes, 26 de octubre de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo XXI)


Por un momento le pareció tan absurdo e irreal el hecho que ocurría ante él, que no pudo pensar ni sentir nada. Cuando las cosas no guardan relación alguna entre sí, la mente se inhabilita y deja de funcionar. Sin embargo, una señal clara y oportuna se había instalado en su cerebro como respuesta a estos eventos que se volvían más frecuentes en el cotidiano de Ildefonso: “¡SAL DE AHÍ!”… Y así lo hizo de inmediato.
Afuera la lluvia había amainado, pero un fuerte viento y las nubes casi negras hacían presagiar que la tormenta sólo se tomaba un descanso. Tuvo la extraña sensación de que los automóviles y autobuses que pasaban por la calle, ante él, eran veloces carros de tren que chirriaban amenazadoramente al avanzar. Una imagen macabra lo asaltó ante sus ojos: Adam Farandsky mutilado, desgajado a pedazos bajo las ruedas de acero… El sobre ocre aún permanecía en su mano crispada, como la mano de un náufrago se aferra al salvavidas que lo mantiene por poco tiempo sobre el agua. ¿Estaba loco?... ¿Ese hombre estaba loco?, se preguntaba una y otra vez. No cabía otra respuesta racional que la afirmación categórica de su locura. Ahora, le parecía aún más enigmática su sentencia: “No debes tratar de evitar volverte loco… Sólo procura elegir bien tu forma de locura”. Aun así, apurando el paso por momentos hasta alcanzar un trotecito corto, para luego casi detenerse y, en seguida, volver a trotar, no le parecía en absoluto un insensato, sino muy por el contrario, ¿Y si era un ángel de Dios?... ¿Un ángel que no podía morir?...
Puso atención en el sobre que llevaba en su mano precisamente cuando se acercaba a una pequeña iglesia, ya cerca de la 7th Avenue. Consideró que era justo el lugar que necesitaba. Al abrir el portón de acceso, escuchó que una música colosal hacía estremecer los vidrios de la iglesia. Reconoció la música del Tiento de primer tono, de Juan Cabanilles, que de inmediato le puso la piel de gallina. La música del órgano siempre le producía ese efecto cosmogónico. Ningún feligrés, sólo un solitario sacristán que ocasionalmente se escabullía tras el altar preparando algún oficio para más tarde. Ildefonso buscó el lugar más retraído, detrás de una columna de granito gris, junto a una hornacina de San Miguel arcángel. Se sentó en un banco recortado, de espaldas a la nave. Todavía resonaban en sus oídos las últimas palabras de Adam: “¡Debes lograrlo, Ildefonso, de lo contrario mi muerte habrá sido en vano!”... Inevitablemente su pulso se aceleró, mientras rasgaba cuidadosamente el sobre. Se detuvo antes de terminar su tarea. Un rayo de luz solar, aparecido de quién sabe dónde, cayó sobre sus nerviosas manos. Levantó la vista. Vio hacia el poniente que el sol, muy lejos, se asomaba un instante poderosamente en medio de la tormenta y encendía el vitral por donde había caído el rayo de luz. La música arrebatadora del órgano se unió de modo sublime con la imagen que cobraba vida y movimiento en el vitral resplandeciente.
La paloma resplandecía alba y pulsante sobre la cabeza de Jesús, y giraba hacia abajo y hacia arriba sobre su propio eje, formando una figura semejante a una estrella de seis puntas. En el fondo, las nubes (lenticulares) también brillaban de forma pulsante, como si fuesen seres vivientes que iban y venían. Duró sólo unos segundos. Fue todo tan reminiscente, tan emocionante e íntimo, tan potente, tan espiritualmente mágico, que Ildefonso se conmovió hasta las lágrimas, sabiéndose, sobre todo y ante todo, AMADO… Cesó la música sublime del órgano. Un silencio tan hondo como la música se dejó oír por toda la nave. Devolvió su vista al sobre, lo levantó verticalmente y dejó caer su contenido sobre su mano izquierda. Eran objetos diversos, por lo que debió contenerlos con ambas manos para evitar que algunos resbalasen. Dejó el sobre en el asiento y comenzó a indagar en ellos. Los identificó primero con una ojeada rápida: algo semejante a un boleto, una esquela plegada, una tarjeta comercial y un paquetito de papel de mantequilla con algo en su interior. Tal vez por su mayor tamaño, o por alguna razón inconciente, Ildefonso cogió la hoja oblonga, mientras depositaba los demás objetos encima del sobre arrugado que yacía en el asiento. Dirigió con algo de ansiedad su mirada al papel que cogió con sus dos manos, y leyó: Boarding pass; Nombre del pasajero: Ildefonso Delenikas Tatay; Desde: Nueva York; Hasta: Nepal; Fecha: 17 MAR 201_; Hora: 11:15… ¡¿Qué es esto?!... ¡¡NEPAL!!... ¡Mañana, 17 de marzo!... Iba a agregar: “No puede ser…no puedo”, pero se contuvo; en cambio, se abalanzó sobre la esquela, la desdobló, leyó y palideció. Levantó la mirada, con la boca entreabierta, y observó delante de él la estatua furibunda de San Gabriel blandiendo una gran espada sobre algo invisible, hacia un lado y debajo de él. En el papel estaba escrito: MIRA A SAN GABRIEL ARCÁNGEL.
Sin comprender nada, pero, siguiendo una hebra del pensamiento y de la intuición, cogió con premura el pequeño envoltorio de papel mantequilla, lo desgarró por una esquina, y, al percibir que había dentro un objeto sólido, lo dejó caer sobre la palma de su mano. Una nueva sorpresa: un anillo de oro de Ley, de una sola pieza, con un chatón en la parte superior, sobre el cual se encontraba grabada sobre relieve la efigie de una paloma, o un ser alado, de aspecto triangular. Se lo probó en el dedo anular de la mano izquierda; lo sintió como hecho a su medida. Ese anillo estaba tan cargado de tantas cosas inmensas que habrían de sucederle… Lo conservó allí. Experimentaba intensos insights que lo inquietaban y, al mismo tiempo, lo colmaban de una singular sensación de poder y bienestar. Extrañamente percibía la presencia de Adam Farandsky, como si estuviese en todo lugar, sonriéndole, actuando libremente entre la materia y el tiempo, sin necesidad ya de cuerpo, de materia, ni de tiempo. Miró el anillo y sintió que también ahí estaba Farandsky, ¿ahora el ángel?...
Escuchó que alguien tosía a su espalda. Giró y descubrió a unos pasos al sacristán que lo observaba con curiosidad.
--¡Perdón!... Debo cerrar la iglesia.
--¡Sí!... ¡No hay problema!...
Ildefonso cogió los objetos junto con el sobre y los guardó de prisa en el bolsillo interior de su abrigo. En ese momento se acordó de Darinka, de Samantha, de Senghor, de Solón, de Franz Bendaian, de John E. Mack y su sobrina, de la carpeta adherida a su espalda, ¡Quedará todo interrumpido!... ¡Darinka!... ¡Darinka!...
--¿Me dice la hora, por favor?...
--Las seis con siete minutos.
--¡Qué mal!... ¡Gracias!...
Ildefonso salió precipitadamente de la iglesia, mientras encendía su teléfono móvil. No tenía mensajes. Se detuvo en el atrio, al constatar que estaba nuevamente lloviendo. Envió un mensaje de whatsap: Hola, Darinka/ perdón, me retrasé/ estoy en cinco minutos más en café/ espérame.
Contra su deseo y costumbre, dejó encendido el celular. Mientras trotaba por la calle, con los zapatos llenos de agua y los pantalones mojados hasta más arriba de las rodillas, doblando por la 7th Avenue, se vio a sí mismo y pensó: ¿Qué estoy haciendo?... Debiera excusarme con Darinka, postergar esto… Acabo de presenciar la muerte de un hombre que se ha suicidado por mí… ¿Un loco?... Es posible… Aun así… ¡Uf, qué confusión!...
Un sentimiento intenso y especial lo mantuvo en carrera, desatendiendo a sus razones. Miró su aparato móvil mientras seguía trotando, pero no había visos de que hubiese siquiera leído su mensaje. Tan pronto pudo distinguir de lejos el café Couleur creyó divisar a Darinka que salía del mismo, bajo un paraguas blanco con lunares rojos, mientras un taxi amarillo se detenía delante de ella. Ahora Ildefonso corría. Comenzó a gritar su nombre antes de que pudiera oírlo. Darinka subió rápidamente al coche, pero su paraguas se trabó al intentar cerrarlo, de manera que se quedó luchando contra el paraguas con el brazo afuera, los cuales, paraguas y brazo, además, se enredaban torpemente con la puerta semiabierta.  Darinka decidió salir del taxi para resolver el entuerto. Ildefonso volvió a gritar su nombre. Darinka giró la cabeza y vio venir corriendo a Ildefonso. Se quedó con el paraguas abierto, indicó al chofer que no iba a ocuparlo, cerró la puerta del vehículo y esperó a Ildefonso con una sonrisa condescendiente, pues el aspecto del sacerdote empapado era lamentable. Ildefonso le pedía disculpas con la respiración entrecortada, salpicándola con el agua que caía hasta su boca mientras jadeaba y hablaba; al mismo tiempo ambos reían por la situación jocosa y dubitativa de protegerse o no bajo el mismo paraguas, pues Ildefonso ya no lo necesitaba.
Entraron al café y se arrimaron a una estufa de gas. Ildefonso observó a Darinka y le pareció muy hermosa, aunque nunca había puesto atención en ello. Darinka, por su parte, volvía a sentir ese atractivo intenso e inexplicable que sólo el sacerdote le producía. Pidieron café y medialunas. La conversación se centró prontamente en ellos. Primero, Darinka respondió a las preguntas de Ildefonso sobre sus estudios avanzados y su trabajo universitario. En seguida, Darinka replicó con una pregunta directa e incisiva:
--¿Has dejado el compromiso y el activismo sociales?... ¿No es un mandato crístico y sacerdotal evitar el sufrimiento humano, en todas sus formas?... Recuerdo haberte escuchado predicar y defender esto varias veces…
Ildefonso percibió un brillo especialmente intenso en sus ojos al dirigirle esta pregunta. Se tomó una pausa sin dejar de mirarla a sus ojos azules; bebió un sorbo de café.
--Probablemente deba decirte que sí… Aunque no sé bien por qué… Seguramente fui tomando decisiones que paulatinamente me fueron alejando de esas mismas acciones. No lo había pensado antes... Y no es que haya dejado de ser una obsesión para mí evitar el sufrimiento humano… Pero una corriente igualmente vital y espiritual me ha conducido hacia otras búsquedas que guardan relación con procesos evolutivos míos profundos y al parecer invisibles desde el plano natural. Aun así, es un conjunto de cosas… No me avergüenzo de esto; tal vez debiera… es egoísta, pero en el fondo no me avergüenzo…
Ildefonso hizo una pausa, bajó la mirada.
--Continúa, por favor, te escucho atentamente…--lo animó Darinka con voz aterciopelada. Hubiese querido además tomarle la mano, pero lo reconsideró.
--Afortunadamente hay bastante gente que está dispuesta a la acción, a ayudar, dedicándole una gran cantidad de tiempo y de entrega personal a los necesitados, a los que sufren, a los niños… --Se le llenaron los ojos de lágrimas; tragó café para relajar la garganta que se le había apretado—Tal vez haya tomado un camino equivocado… ¡Y la Iglesia, y Cristo!... ¡No sé!... No soy nadie para juzgar a mi Iglesia ni a mi Cristo… pero ya no veo relación entre el sufrimiento humano y la vocación mediadora y salvadora de la Iglesia. Ya no hay menos corrupción dentro de mi Religión que en otra institución humana cualquiera… ¿Dónde está Cristo?... Estoy comenzando a presentirlo en otra realidad muy diferente de la Historia… En un misterio nuevo, al menos para mí…
--¿Qué clase de misterio?...
--¡Uy, eso sí que nos tomaría demasiado tiempo!... ¡Todo un retiro espiritual!... –rio, recordando tiempos pasados con Darinka.
A ella pareció no hacerle gracia la chanza de Ildefonso y se quedó seria, esperando.
--Mira, querida…--Ildefonso también se puso serio—No es un tema del que pueda ni deba hablarte ahora, pero te prometo que lo haré cuando volvamos a encontrarnos… En todo caso, todo este proceso personal mío no se encamina hacia otro logro final que no sea servir por encima de todo al prójimo, e incluso, servir a la Humanidad toda, entera…
--No sé si te entienda cabalmente, pero, hasta donde sí alcanzo a comprenderte, sigues siendo igualmente partidario y colaborador con la misión salvadora y benefactora de Cristo.
--¡Sí, seguro y completamente!... No podría ser de otra manera.
--¿Entonces, apoyarías un proyecto de acción e intervención social, aunque sólo fuese indirectamente, sin comprometerte en lo personal?...
--¿Cómo así?...
--¿Recuerdas cuando me decías que el lograr cambios espirituales, significativos, sustanciales, definitivos en los seres humanos es más difícil que perdonar al enemigo, que devolverles la vista a los ciegos y que levantar a los muertos?... Entonces, ¿no existe ninguna posibilidad de oponerse eficazmente y modificar de raíz las prácticas invisibles, deshonestas, perversas, intransigentes, maquiavélicas, conspirativas e infernales?...
--¿De quiénes, precisamente?...
--¡Están en todas partes!... En las sombras, en el hombre de la calle, en los agentes políticos, económicos, sociales; en los medios de comunicación, en los organismos y fuerzas de seguridad, en los líderes religiosos, en los académicos e ideólogos, en los artistas populares, en las fuerzas armadas, en los cárteles de la droga, en los entretenedores de la gente, en los traficantes de armas, en los investigadores científicos; en los sistemas de educación, en los paradigmas médicos y de salud, en los sistemas de producción, en la Banca, en la inconciencia mundial
--¡Sí!... ¡Lo creo!... Cada vez lo veo y lo creo más…
--Yo no me he quedado tranquila con esto, al igual que tú… ¿Qué ha hecho la Iglesia Católica?... ¿Qué han hecho las religiones en el mundo?... ¡Y aun así, Dios está detrás y por encima de todo esto!... ¡Y aun así, hay un Cristo Hombre que sufre con nosotros, pero también y sobre todo Uno que LUCHA con nosotros para cambiar al Hombre y al Mundo!… ¡Hemos sido víctimas durante miles de años del engaño de los dueños de la religión!… De los que han escrito y regalado, a condición de regalarles tu conciencia y tu alma, una pseudo-verdad revelada por un tal Dios omnipotente, para someter a las naciones y el mundo… ¡Quieren modelar la conducta humana por medio de un Cristo, Humano y Dios, crucificado hasta morir sumisamente en la cruz!... ¡Qué burdo, qué probadamente ineficaz!... ¿Quién ha visto y reconoce en verdad al Cristo resucitado, reencarnado en Espíritu y Poder, El que está dispuesto a enfrentar al Mundo, hoy y siempre, de ser necesario con la espada, incluso con la Espada del Apocalipsis?...
Ildefonso se quedó reflexionando en las palabras de Darinka, que lo miraba echando llamaradas por los ojos, con las mejillas arreboladas de pasión. El presbítero dio un mordisco a su medialuna; bebió un sorbo de café.
--¡Arcángel Gabriel!...—murmuró para sí Ildefonso; acarició el anillo en su dedo anular, luego continuó en voz alta-- ¡Terrible!... ¡Terrible realidad que acabas de desnudar!... Desde hace años me vengo preguntando ante eso, ¿Qué hacer?... ¿Hasta dónde es lícito llegar?... ¿Es la violencia y el daño un recurso verdaderamente odioso y prohibido por Dios?... ¿Quién es verdaderamente Cristo?... ¿Quién es verdaderamente Dios?...
--Sin duda hay un Cristo amable y paciente que perdona setenta veces siete a su prójimo; un Cristo dispuesto a dejarse crucificar por amor… ¡Sí!... Pero también hay un Cristo, El que nos han ocultado los poderosos, que “ensucia” sus manos con la sangre de sus enemigos, ¡POR AMOR!…
--Mmmm… Me hace sentido… en parte… Aunque no me es nada transparente… Me incomoda mucho, me hiere, me hiere profundamente, como me ha venido ocurriendo desde hace ya tiempo, tal vez toda mi vida… Todavía soy un sacerdote, servidor y soldado jesuita de la Iglesia y de Cristo… ¡No sé qué más decirte!… Pero tengo la impresión de que tú no estás sola en esto…
--Es cierto; afortunadamente no estoy sola… Participo en un grupo post-cristiano, espiritualista de la acción…
--¿Cómo es eso?... Explícame, por favor…
Darinka se recostó sobre la mesa para hablarle más cerca a Ildefonso.
--Queremos invitarte a una reunión para compartir nuestros puntos de vista, sobre estos y otros temas trascendentales… Algo muy fuerte me dice que tú ya eres uno de los nuestros…
Ildefonso volvió a mirarla con detención. No la recordaba así. Su rostro ahora era extraordinariamente delicado, con líneas finas en todos sus rasgos; su piel inmaculada, casi radiante; su pelo rubio, que caía con cierto ingrávido desorden alrededor de su cara; su nariz, casi respingada, era el puente perfecto entre sus ojos grandes, expresivos, entre grises y azules, y su hermosa boca roja. Le resultaba, pues, masculinamente natural y propio… desear besarla... Instintivamente, Ildefonso dio un respingo hacia atrás. Una larga historia de concienzudo celibato se le hizo presente.
--¡Sí…sí!...—tartamudeó un poco—Seguro que quiero… ¡Gracias!... Me interesa mucho, demasiado, a decir verdad… Sin embargo, mañana, mañana mismo debo tomar un avión y partir a otros rumbos por tiempo indeterminado… ¡A mi regreso, a mi regreso aquí!… o donde sea que nos encontremos… ¡Ya ves, parece que Dios nos junta cuando quiere y donde quiere!…
Esta vez Darinka no se contuvo y cogió la mano derecha de Ildefonso dentro de sus dos manos. Si bien, otra vez, como antes, se contuvo, pero ahora de besarlo.


[1] Piero della Francesca, Bautismo de Cristo (c.1440-1460).

viernes, 12 de octubre de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo XX)




Al pisar el tercer escalón se acordó de que debía llamar a Darinka. Ni siquiera dudó un momento, ni sintió la menor inconsecuencia respecto de lo que estaba viviendo. Darinka poseía para Ildefonso una trascendencia por sí misma, aunque no se percataba de ello. Encendió su teléfono, buscó su número y marcó.
--¡Hola, Darinka, Ildefonso…!
--¡Hola!...
--¿Cómo has estado?...
--¡Bien, bien!... Veo que no te olvidaste de nuestra cita.
--No, de ninguna manera, tengo muchas ganas de verte y conversar contigo.
--Bien, yo también quiero saber de ti. ¿Está bien a las 6?...
--Sí, me queda bien.
--¿Dónde?... Dime tú.
--Mmmmm… ¿Qué te parece en el café Couleur, 435 de la 7th Ave?...
--Sí, creo haber pasado alguna vez por ahí, me parece bien.
--Okay, ahí estaré, en punto…
--Sí…sí…--Darinka titubeó y se quedó unos segundos en silencio.
--¿Qué pasa?...
--¿Te puedo hacer una pregunta personal?...
--¡Sí, por supuesto!...
--¿Aún sigues siendo sacerdote?...
--¡Sí!, ¿por qué?...
--¡No, no!... ¡No es nada!... No tiene importancia… Entonces a las 6, nos vemos en el café Couleur…
Antes de que pudiera responder, Darinka cortó la llamada. Ildefonso apagó rápidamente su equipo, le retiró la batería, lo guardó en un bolsillo junto con el accesorio, y se quedó pensando en la extraña pregunta que le había hecho, mientras caminaba, arrebujándose en su abrigo, pues el viento comenzaba a arreciar. Un trueno a lo lejos le trajo la viva memoria del evento fatal de Ligetto. Aunque habían pasado sólo unas pocas horas, tuvo la sensación de que aquello había ocurrido ya hace días. Se asustó de sí mismo. Se asustó de su falta de humanidad. ¿Había dejado de ser ese hombre en Cristo Jesús, sensible, rebosante de caridad que se estremecía y activaba con el menor sufrimiento de cada ser humano?... A su lado vio un callejón de servicio y se desvió, adentrándose en él. Buscó un lugar retirado, detrás de un cúmulo de cajas, basura y trastos abandonados; se arrodilló, se llevó las manos plegadas ante la boca, bajó la cabeza y comenzó a orar con intensa emoción. Antes de que transcurriese un minuto creyó escuchar gritos; puso mayor atención, entonces ya no le cupo duda de que algunas personas gritaban desaforadamente como si se encontrasen en una riña. Se levantó de prisa y caminó hacia el lugar desde donde provenían los gritos. Se encontró delante de un portón metálico entreabierto que parecía dar acceso a un galpón. Lo empujó y entró decididamente. Alcanzó a dar dos pasos en el interior y se quedó perplejo. En un recinto de unos veinte metros de ancho por treinta de largo se encontraban más de doscientas personas realizando caóticamente las más peregrinas acciones y comportamientos que Ildefonso había alguna vez visto en un colectivo humano. En el fondo, había un proscenio sobre el cual un hombre pulcramente vestido, de unos cincuenta y tantos años, con chaqueta azul, camisa blanca y corbata roja, gritaba como un energúmeno por sobre todas las voces, furibundo, con el rostro rojo y desfigurado, convocando ante su presencia a los asistentes, quienes subían en fila al escenario, cabizbajos y en actitud humilde. Detrás y por encima de él se observaba un gran lienzo pegado sobre el muro, que rezaba con grandes letras de colores, entre guirnaldas de flores: “CRISTO VIENE EN PODER Y FUEGO”.
--¡¡Hermano, el Poder es tuyo!!... ¡¡Hermano, el Poder es tuyo!!...
El pastor le gritaba a cada uno muy cerca, escupiéndole en la cara; le golpeaba el pecho, o el rostro, o la cabeza, y el bautizado salía disparado hacia el escenario dando brincos, rodando por el suelo, convulso, gritando lo que se le viniera a la mente, según la idiosincrasia o el espíritu de cada cual. Abajo, los espectadores y los que esperaban su turno gritaban y cantaban alabanzas a Dios levantando sus brazos, en diferentes posturas, moviéndose de diferentes maneras. Entonces, por los altoparlantes se dejó oír una especie de estruendo, algo que se asemejaba a música tropical y reggaetón, en tan, tan, tan alto volumen, que los vidrios castañetearon como si fuesen a estallar. Una voz en off repetía: ¡¡ARREPIÉNTETE, CRISTO VIENE EN PODER Y FUEGO!!... ¡¡ARREPIÉNTETE, CRISTO VIENE EN PODER Y FUEGO!!... ¡¡ARREPIÉNTETE, CRISTO VIENE EN PODER Y FUEGO!!...
Ildefonso comenzó a caminar hacia atrás, de espaldas a la salida, sigilosamente, como si estuviese retrocediendo sobre una cuerda sobre un abismo. Una vez afuera, se detuvo y se quedó mirando el pedazo de cielo que podía ver entre los edificios de color caoba, arrasado por oscuras nubes de tormenta. ¿Otra vez el rayo?, pensó primero. Luego, ¡Están locos!...
Siguió caminando hacia el Yellowstone Scissors Park, en la 15th avenue; no obstante, sus pasos temblaban y se desplazaban inseguros como si dudasen de sí mismos y del suelo que debían ollar. Demasiadas impresiones intensas lo embargaban ahora. Otra vez el contrapunto resonó en su interior: ¡Estamos todos locos!... Pensaba y recodaba cada persona que había visto allí. ¡Ella…él… ellos… están tan convencidos, tienen tanta fe en su Dios, en su experiencia religiosa, en la epifanía y poder del espíritu, en el milagro que viven!... ¡Pero están delirando, quizás hasta endemoniados!... ¡Pero no pueden verse a sí mismos sino desde dentro de sí mismos!... ¡La locura del grupo amplifica, más allá de sus capacidades individuales, la locura personal!... ¡Supera los límites de su libertad individual!... ¡Es imposible que puedan salir de esa alucinación!...
Sin embargo, sus pensamientos recibieron una bocanada de aire tormentoso, gélido y penetrante. ¿Y yo, y tú, y todos?... ¿Cuál es la gran diferencia?... ¿Acaso porque eran menos escandalosas, menos grandilocuentes, menos circenses, su propia fe, su propia Iglesia, sus propias creencias, doctrinas, verdades y dogmas eran sólo por eso menos DELIRANTES e ILUSORIAS?... ¿Y Cristo y Dios?... ¡Pruébalo, pruébalo, pruébalo…!... Ni Dios ni Cristo podrían sentirse ofendidos de formar parte de la HONESTA Y ABIERTA BÚSQUEDA DE LA VERDAD… ¡Prueba Dios que eres Dios!... ¡Prueba Cristo que eres Cristo!... ¡Es más, ni siquiera prueba nada, sólo MUÉSTRATE… MUÉSTRATE TAL Y COMO TÚ QUIERAS MOSTRARTE!... ¡No trates más de acomodarte a mí!... ¡No trates más de mostrarte como yo, insignificancia, quiero y necesito verte!...
En esas y otras disquisiciones venía envuelto al llegar al Yellowstone Scissors Park. No tenía pretensiones de concluir nada; se sabía viandante de un largo camino, en el cual era mejor que recibir buenas respuestas, el saber crear bien concientes y originales preguntas. Las respuestas, en cambio, tendrían que llegar en el momento oportuno, como los higos maduros que caen a causa de su extrema dulzura. Se preguntó entonces cómo debería contactarse con el mensajero de Senghor… Miró hacia todos lados; le llamó la atención un hombre con sombrero negro y anteojos oscuros que parecía venir caminando decidida y rectamente hacia él. Aunque recordaba permanentemente el “No confíes en nadie”, creyó percibir un aura luminosa en el contorno de aquel varón. Lo esperó a pie firme, si bien no pudo evitar mover un poco su espalda debajo de la ropa para constatar que el bulto secreto seguía bien adherido a su torso. Al llegar ante él, el hombre inclinó un poco la cabeza y preguntó:
--¿Padre?...
Ildefonso se extrañó de la manera de interpelarlo. Con un asentimiento de cabeza respondió:
--¡Ildefonso!...
--¡Adam Farandsky!... A su servicio…
Un fogonazo intenso iluminó el lugar, se escuchó la detonación de un trueno y gruesos goterones comenzaron a rebotar sobre todas las cosas. Ildefonso levantó la vista al cielo. Su cara se mojó y debió cerrar los ojos para que las gotas no reventaran dentro de sus ojos. Un súbito flashback le hizo recordar una vez más la escena de Ligetto. Farandsky le quitó las palabras de la boca:
--¡Debemos protegernos!... ¡Venga conmigo!...
Caminaron rápidamente media cuadra hasta la primera bajada al tren subterráneo. Mientras estuvieron andando, conversaron de generalidades, de cuestiones prácticas relativas al estado del tiempo, de las varias precauciones que debían tener en este encuentro, y de la hora en que cada uno debía partir. Farandsky debía de tener unos setenta años, aún atlético, tranquilo y seguro en sus ademanes y en sus palabras. Descendieron por varias escalas mecánicas hasta que se encontraron con un largo andén abovedado. Ildefonso percibió que olía a humo y a metal recalentado. Buscaron un extremo, alejados de todos, cerca de la boca de entrada del túnel, y se sentaron sobre unas extensiones de plástico que protruían de la pared con ese fin. Adam hizo una pausa, se quitó los anteojos, entrecerró un poco los párpados, y habló:
--Se me ha pedido que te comunique lo siguiente… Antes del Tiempo, cuando aún no existía este Universo, la Gran Matriz Invisible, en la que aún no existía nada diferenciado, estalló dentro de sí misma. En su interior se formó de inmediato un vórtice cósmico, en el que prevalecieron dos Fuerzas sobre todas las demás. Estas Fuerzas complementarias y al mismo tiempo antagónicas han dado existencia y forma a todas las cosas contenidas por la Gran Matriz Invisible. Ellas mueven y guían todas las cosas y seres de este Universo hacia el Infinito Punto de Convergencia. Estas Fuerzas Supremas a veces se unen e interactúan pacífica y armónicamente; estas Fuerzas Supremas a veces se unen e interactúan violentamente para destruirse mutuamente. Estas dos Fuerzas son las que han creado la vida y al ser humano en esta Tierra, a través de miles de millones de años. Estas dos Fuerzas son las que han creado toda vida y a todo ser en todo este Universo. A veces, unas entidades del Universo sirven más a una Fuerza; a veces, otras más a la Otra. A veces prevalece una, a veces la otra. Por ello, sólo a veces y de cierta manera unos seres son Buenos; a veces y de cierta manera otros seres son Malos. También en este planeta continúa y continuará la Guerra Cósmica entre estas dos Fuerzas, así como su esencial reconciliación. Todo Humano es bueno y malo a la vez, pero unos se identifican predominantemente con una Fuerza; otros, predominantemente con la Otra, si bien existe un número inmenso de personas que aún no se define ni con Una ni con Otra. En el planeta Tierra ha comenzado una fase de Gran Confrontación, el anunciado Armagedón. La Destrucción prevalece para aniquilar, por lo que la Fuerza Constructiva también debe oponerse y destruir para prosperar. Los Ejércitos convocan desde los cuatros extremos del mundo a sus guerreros; los Ejércitos ya se forman uno frente al otro en orden de batalla. Tu nombre, Ildefonso, ha sido nombrado para servir a tu Ejército. Deberás comparecer cuando se te llame y como se te llame. Recibirás instrucciones y órdenes que habrás de cumplir cada una en su momento y lugar. Has sido preparado para esta hora desde el vientre de tu madre, e incluso antes. Ni un solo segundo estás solo. Ángeles te vigilan, ángeles te protegen, ángeles te odian. Sufrirás como sólo los elegidos deben sufrir, pero tus victorias serán bendecidas por tus herederos…
Mientras Farandsky comunicaba este mensaje a Ildefonso, había cerrado completamente sus ojos y su voz se había tornado cavernosa y profunda. Al concluir permaneció unos segundos con los ojos entelados. Ildefonso también había cerrado sus ojos para oír. Repasó mentalmente las palabras de Adam mientras se sostenía el silencio compartido. Un ir y venir de emociones lo conmovía e impresionaba. Sus ideas acudían en tropel y veloces unas sobre otras. Sintió ganas de llorar… De pronto, la mano de Adam se posó suavemente sobre el dorso de la suya, que reposaba sobre su muslo.
--¡Dime tú!... –le dijo Adam, con una voz amable y casi compasiva.
Ildefonso abrió sus ojos enrojecidos y acuosos. Miró a Adam y dijo:
--¡Es absurdo, si lo recibo con mi sentido común!... ¡Pero cada instante de mi vida se llena de sentido y se entrelaza todo con todo de una manera que la razón no puede lograr!...
--¡Así es, Ildefonso!... De aquí en adelante se desplegará ante ti una verdad unificada, sin quiebres ni casualidades…
Ildefonso sintió que alguna arista del fajo adherido a su espalda se le enterraba y le dolía. Pensó confesarle a Adam de su existencia y contenido, pero se contuvo. En cambio, le preguntó:
--¿Cómo podré saber que no me estoy volviendo loco?...
--No debes tratar de evitar volverte loco… Sólo procura elegir bien tu forma de locura.
--¿Y cómo sabré diferenciar la Fuerza amiga, de la Fuerza enemiga?...
--Inevitablemente te lo enseñará tu Buena Voluntad… ¿Qué harías, por ejemplo, si alguien te coge del cuello y te lo quiere rebanar?... ¿Qué deberías hacer?...
Ildefonso se quedó cavilando un momento, luego respondió:
--¡No lo sé!...
Adam esbozó una sonrisa. Luego introdujo su mano izquierda dentro de su abrigo, sacó un sobre americano de color ocre, sellado, y se lo estiró a Ildefonso.
--¡No lo abras aún!...
Ildefonso lo recibió con sorpresa y desconcierto. Adam agregó:
Se acercó a su rostro y lo besó en ambas mejillas. A continuación, se dio media vuelta, y se arrojó a la vía férrea en el preciso instante que el tren aparecía veloz, tronando, por la boca del túnel.

viernes, 28 de septiembre de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo XIX)




Al abrir la mampara de salida del edificio se encontró con un día extraño, casi irreal. La gente, poca y lejana, se movía con un ritmo pausado, en staccato. Si avanzaba uno que otro automóvil por la calle, tal vez había sido sobrepuesto artificiosamente sobre el escenario del lugar. Hacía frío y calor. El aire olía a azufre, a ozono y pan, húmedo y seco. Contempló con asombro el cielo; aparecía pintado con brochazos de colores, entre nubes y espacios polícromos que cobraban formas a veces geométricas, planas, a veces tridimensionales y en escorzo… Fue entonces cuando divisó justo en el centro de un amplio islote de cielo limpio y azul tres luces blancas como estrellas, pequeñas, singulares, llamativamente brillantes. Parecían formar un triángulo equilátero, inmóvil, apuntando hacia lo alto. Un segundo después, las tres esferas de luz giraron sincrónicamente hacia la derecha, como las manecillas de un reloj, hasta volver a quedar en la posición inicial. Después de otro segundo, desaparecieron simultáneamente, y, sólo un instante más, se volvieron a encender, esta vez con un vértice apuntando hacia abajo, respecto de la horizontal. Con la misma pausa, comenzaron a girar hacia la izquierda, en un giro completo de trecientos sesenta grados. Un segundo después, se apagaron y desaparecieron, como si nunca hubiesen estado allí. Ildefonso quedó paralizado, maravillado, con una sensación de haber presenciado una danza misteriosa, surrealista, cual si una mano invisible, cósmica, y al mismo tiempo íntima y cercana, como la mano del profeta Daniel[1], hubiese trazado con un código ininteligible ALGO que por ahora sólo su corazón tal vez podía intuir.
Nunca había visto algo así; por otro lado, el tema de los ovnis le era lejano e inverosímil. Por ello, prefirió restarse de cualquier especulación y vínculo con el asunto, y quedarse sólo con esa mágica sensación que le había dejado la visión, como si un mensaje de Dios se le hubiese bellamente manifestado, aunque no tenía ni idea de lo que pudiese significar. Además, el sobre de Ligetto, que mantenía apretado dentro de su sobretodo, lo urgía a investigar en su terrible contenido. Apuró el paso, nuevamente concentrado en este propósito. Buscó la hora en su reloj pulsera: 12:07… Había recordado prospectivamente su encuentro con el personaje incógnito de Senghor.
Otra vez ante el 157 de Knickerbocker Avenue. Otra vez después de subir la escala, al enfrentar la puerta de su departamento, la encontró abierta. Esta vez, sin embargo, no tenía duda de que alguien había entrado a su morada. Recorrió las habitaciones, pero no encontró a nadie, ni tampoco señal alguna de que hubiesen estado buscando algo, o de que algo faltase. Por cierto, no se trataba de un ladrón… Al pasar frente al espejo ovalado del vestíbulo, se detuvo para mirarse a sí mismo. Un pensamiento peregrino lo abordó: ¿Y si me dejo crecer la barba?... Extrañado de su propia ocurrencia se dirigió a continuación a su estudio, llevando en una mano un vaso con agua y, en la otra, el sobre del abad Ligetto. Encendió una varita de incienso. Se sentó ante el escritorio; antes de abrirlo con el abrecartas, se acordó de Solón y Franz Bendaian… No podía recurrir a la policía ni a otros personeros, pero también debía hacer algo, concluyó. Eran ya muchos los temas pendientes, mas una sensación acuciante lo devolvió hacia el paquete amarillento y arrugado, como si allí se encontrase, de alguna manera, el paso forzado hacia la progresión de todos ellos. Escuchó a su alrededor, si bien al abrir sus oídos en realidad estaba disponiendo sus sentidos internos a toda manifestación de la realidad próxima. Entonces escuchó murmullos de seres, o algo así, pero lejanos; vio fogonazos y arcoíris de intensos colores, pero difuminados por las márgenes del tiempo; se emocionó, pero estos eventos aún no habían ocurrido… Rasgó el sobre con el instrumento cortante.
Sacó primero la foto de Kennedy que ya conocía; la dejó a un lado, a la vista. Luego extrajo el resto del contenido: un sobre de carta y una carpeta con no menos de cincuenta folios. Abrió el sobre y la carta, cuya letra reconoció como propia del abad. Estaba dirigida a él:
Querido Ildefonso, hijo mío en NSJ, estás leyendo mis últimas palabras. No me verás más…como sea, no me verás más. Con el correr del tiempo entenderás esto que por ahora apenas puedo dejarte presentado. Yo debo menguar para que tú crezcas. Esto te lo digo sólo para que dimensiones la gravedad de lo que voy a revelarte. PRESTA ATENCIÓN… En tus manos se encuentra un dosier que he reunido para ti cuidadosamente. Encontrarás sólo la justa y precisa información para que tú continúes la investigación y la búsqueda del tesoro. Debo protegerte y velar por que no vuelva a ocurrir LO de Solón Vitrubsky. No puedo revelarte más porque comprometería LA CAUSA…
Un cúmulo de procesos y estados mentales se abalanzó sobre Ildefonso. Se quedó inmóvil, perplejo, con el papel en la mano, contemplando el legajo que lo acompañaba… ¿Cómo es posible que el abad sepa “LO de Solón Vitrubsky”?... En un gesto maquinal se tocó el bolsillo interior de su chaqueta… nada más. Se sobresaltó con un fuerte ruido en la cocina. Se puso de pie y con cierta inquietud caminó hacia allá. Entró cautelosamente. No vio a nadie, pero sí sobre el suelo un cuchillo grande que habitualmente guardaba dentro de un cajón. De inmediato se enteró de que había allí otra señal; es más, otra advertencia… LA CAUSA, repitió en voz baja.
Mientras regresaba al despacho pensó que tal vez otra persona, también él mismo diez años antes, habría buscado refugio eficaz en Jesús, en Dios, en su religión para contrarrestar las fuerzas malignas, superiores, que el ser humano intuye y padece en ciertas situaciones anormales y amenazantes. Estaba ahora, sin embargo, reconociendo ALGO que lo impresionaba, lo guiaba y contenía de forma real y actualmente OMNI-PRESENTE, pero, de modo desconcertante, no se comportaba ni como Jesús ni como Dios, ni siquiera como nada conocido, aunque tampoco carecía de cierta limitada semejanza
Se sentó en la poltrona gris, junto al escritorio, desamarró los tirantes que sujetaban el contenido de la carpeta, y echó una ojeada general al legajo. Le llamó la atención lo misceláneo de su contenido. Sin embargo, se detuvo precisamente en la primera plana al creer leer de reojo un nombre conocido sobre un pedazo de papel blanco gofrado que había sido pegado sobre la hoja de fondo. No lo podía creer… ¡Un mensaje firmado por Pietro Sabbihondi!... El fiscal adjunto de la Procuradoría de Roma, a quien quedó esperando en vano el 11 de enero de 2012, sin jamás volver a saber de él, cerca de la Piazza del Popolo. En su breve misiva, se dirigía al abad Ligetto de una manera particularmente familiar:
Mi inestimable frater, tengo suficiente evidencia, no llamemos pruebas aún, de que S.S. XX-I fue asesinado como resultado de una verdadera conspiración dentro y fuera del Vaticano; dentro y fuera de Italia, incluso. Una red de intereses corruptos --por decir lo menos—, de procedimientos, planes y objetivos impensables, increíbles, y por completo desconocidos para la opinión pública, cuyas raíces e implicancias me dejan aterrorizado, lo controlan y atraviesan casi TODO, si no TODO... Su PODER no viene de este mundo; su PODER supera con creces nuestra Ciencia, los milagros y la magia. Comprenderá, pues, que debo y debemos ser extremadamente cautelosos, pero, al mismo tiempo, osados. Silenciarnos por completo, de la forma más natural y accidental del mundo, no LES cuesta absolutamente nada. Le haré llegar “los antecedentes”, pues, como usted me solicita, a su hijo Ildefonso D…”
--¡A “su hijo Ildefonso D...”!—exclamó Ildefonso, dando un brinco en su poltrona.
Cerró la carpeta de prisa y se quedó con la vista clavada en el techo, intentando reponerse del verdadero cortocircuito neuronal en que se encontraba. Era demasiado…
¿Qué está ocurriendo conmigo?... Todos parecen apuntar a mí, pero soy apenas un sacerdote jesuita, una persona como cualquiera otra… Y tengo que jugar este juego para el que no sirvo ni estoy preparado. Aunque tampoco puedo negarme… No he vivido ni vivo ni viviré más que para ÉL, aunque ya no sé realmente QUIÉN es ÉL…
Lentamente comenzó a volver en sí. Otra luz de conciencia. Volvió a leer: Le haré llegar “los antecedentes”… ¿Era esto lo tan importante y delicado para lo que Sabbihondi lo había citado aquel día en la Via della Conciliazone?
¿Por qué no llegó entonces, ni me los hizo llegar?...
Como una respuesta escuchó el eco de su propia voz en su cabeza:
¡Están llegando!...
Giró hacia la carpeta que había depositado sobre el escritorio, pero se resistió a tomarla y leer. La palabra PODER comenzó a resonar extrañamente en su cabeza. Estaba empezando a verlo por todas partes, inconmensurable, terrible, asesino, incomprensible, como aquel rayo que había deshecho a Ligetto en un instante… ¿Como a Dios?... Definitivamente se supo dentro de la respuesta, pero ahora debía comenzar a caminarla… Por debajo de la carpeta sobresalía una esquina de la foto del asesinato de J.F. Kennedy. Al verla nuevamente, supo que este magnicidio también estaba conectado con el PODER, (¡y con quién sabe cuánto más!) Entonces se acordó de Samantha, y todo le hizo sentido.
Ella sabía del contenido de esta carpeta, y ¡quizás de cuánto más!¿Cuántas cosas terribles hay dentro de esta carpeta?... ¿Solón, mi querido Solón Vitrubsky?... ¡Adelante, adelante!...
Abrió la primera gaveta de su escritorio y extrajo el celular. Lo encendió y constató si tenía llamadas o mensajes. Vio la hora: 15:57. Debía salir ya hacia su cita a ciegas con el enviado de Senghor… ¿Sabría Senghor también de todo esto?... De la forma en que se habían estado dando los hechos últimamente era casi imposible que no. Se guardó el celular en el bolsillo del pantalón, pero no bien retiró su mano, se detuvo, meditó un momento, lo volvió a sacar y presionó el botón para apagarlo. Nuevamente lo introdujo en su bolsillo. Un vehículo de emergencia pasó bajo las ventanas de su departamento aullando dolorosamente. Entonces, creyó escuchar que la puerta de su apartamento se cerraba. Caminó lentamente hacia la entrada, con todos sus sentidos expectantes. Lo que allí vio hizo que su corazón diese un vuelco y comenzase a bombear de prisa. Sobre el suelo, a lo largo del umbral de la puerta, corría un grueso trazo de sangre fresca. Evocó de inmediato la espeluznante experiencia en la selva ecuatorial, al tiempo que giraba la manilla para constatar que se encontraba cerrada por dentro, con el seguro interior. Una fuerte certidumbre de que no había nadie dentro de su departamento le permitió mantener la calma. De inmediato se encaminó a la cocina, cogió un trapo húmedo, un balde con agua y, arrodillándose, restregó concienzudamente la tabla hasta no dejar rastro alguno de sangre. Se lavó las manos y regresó al despacho. Nunca había resuelto el misterio de las líneas de sangre en la Amazonia, y, no bien alzó el vuelo el avión que lo sacó de Ecuador, se había esmerado en olvidarlo. Ahora, al detenerse en el vano de la puerta contempló con ansiedad la superficie del escritorio, inquieto por la suerte que pudiera correr el dosier de Ligetto. No hay nadie dentro del departamento, pero tampoco estoy solo, murmuró. “Todos nos están mirando”, volvió a murmurar. Es evidente que no hay puertas ni muros para ELLOS… Y al proferir la palabra “ELLOS” se dio cuenta de que utilizaba sólo un pronombre carente de identidad, porque ni siquiera sabía si en ESO había una persona… Escuchó un trueno a la distancia. Se avecinaba otra tormenta. Entonces se percató de que ni siquiera su entrañable crucifijo de plata le era más valioso que ese legajo de papeles. No podía por ningún motivo dejarlo abandonado en su departamento, ni por un solo instante. Consideró que era demasiado probable que OTROS también anduviesen tras el dosier de Ligetto. Se le ocurrió que la mejor manera de protegerlo de todo, incluso de la lluvia, era llevarlo consigo. Primero, lo envolvió cuidadosamente con plástico; luego lo forró con un pañuelo de seda; cortó largas cintas adhesivas; después de quitarse la camisa, apegó la carpeta a su espalda y la fijó con las cintas adhesivas que rodearon su tórax. Volvió a vestirse, se puso su impermeable, y, persignándose antes de abrir la puerta, salió a la calle.


[1] Dn. 5.