Historias de un Individuo Imposible

 

 

Capítulo 1 

12-16 años

 

 

 

Hoy he decidido comenzar a narrar completa la historia fenomenológica de este ser humano imposible, en tanto imposible, que soy yo. Y digo “imposible”, porque hasta el momento no logro entender por qué soy una persona tan extraordinariamente… rara, o única, o sobrenatural, o demente, o qué sé yo, pues, al final de cuentas, no creo que exista una palabra en lenguaje humano para calificarme adecuadamente. Claro, cualquiera puede calificarme como quiera y crea - ¡y vaya si lo han hecho! -, pero hasta hoy no he escuchado ni conocido a nadie que me ayude a encontrar la palabra que también para mí haga ¡clic!... Con el correr de las narraciones creo que irán entendido mejor por qué, a falta de algún término apropiado para la novedad que soy yo mismo, me califico en mi propia incomprensibilidad como imposible. Esto lo digo al principio, introductoriamente, con el único fin de que ustedes se mentalicen ya, con todos sus sentidos on fire - ¡es necesario! -, como cuando en el cine uno se acomoda nerviosamente al apagarse las luces para comenzar a ver una película que sabemos por adelantado que es IMPOSIBLE

12 años

Esta edad es arquetípicamente clave para los seres humanos. Los niños y niñas en muchas culturas tradicionales son iniciados a los 12 años. Jesús hace su primera aparición misional y sobrenatural a los 12 años (Lucas, 2:41-50). También es un arquetipo biológico, o programa biológico: la edad promedio en que se produce la maduración sexual reproductora - ¡cómo nos cambia la vida! -. En la numerología, en la magia y el ocultismo, el número 12 está cargado de un significado decisivo y trascendental. Eso, y mucho más. Eso y mucho más es también lo que me ocurrió a mí…

Hasta los 11 años fui un niño promedio, un niñito pasivo y apacible. A los 12 años en punto, me convertí en un mutante, en un monstruo de la naturaleza, en un abducido trascendental... Por supuesto que en ese tiempo yo no me percibía a mí mismo como me percibo desde esta avanzada edad (63), aunque tampoco la diferencia es cualitativamente tanta. En esos primeros años post-12 vivía y me vivía a mí mismo casi vertiginosamente; en cambio ahora vivo, me vivo a mí mismo, me contemplo y contemplo todo en paz, aunque sólo sea la paz de un hombre intranquilo. No he cambiado tanto, porque, al fin de cuentas, sigo viviendo hasta hoy solamente la continuación (la extensión) de mis 12 años.

¿Qué pasó?

No lo sé. Hasta el día de hoy busco una explicación a la medida humana, y no la encuentro. ¡Y vaya si he buscado y rebuscado en todas partes!... Mi mentalidad rigurosamente científica, al igual que mi mentalidad rigurosamente anticientífica, me lleva una y otra vez a atenerme a los hechos, a los data, pero también a los fenómenos. Por ello, intentaré una descripción de los hechos como hasta hoy se me aparecen a mí.

Cursaba entonces el octavo año de educación básica en el Liceo Experimental Manuel de Salas. Era yo un oscuro y tímido alumno promedio, animado sólo por la inercia de la educación obligatoria. Mi único rasgo especial y espontáneo hasta entonces, como alumno y persona-niño, consistía en el gusto de leer libros de aventuras. También había descubierto que podía escribir imitándolas y adaptándolas a mi vida personal. Recuerdo una ocasión en que mi padre, intrigado al saber que yo escribía, me pidió durante un almuerzo que le leyera algo de lo que había escrito. Era una historieta cómica, al estilo de las novelas de Marcela Paz, en la cual, en lugar de Papelucho – el protagonista de sus historias -, el narrador en primera persona era yo. Para mi sorpresa, mi padre, un hombre generalmente serio, un médico bastante hosco y parco, comenzó a sonreír, hasta que finalmente, en cierta situación que le pareció especialmente jocosa, explotó en carcajadas sin poder contener las lágrimas, las cuales le caían realmente de los ojos, y sin parar. Me sentí feliz, y desde ese momento comencé a creer que podía ser bueno escribiendo. Ése era todo mi contexto literario. Durante el segundo semestre de ese año escolar, mi profesor de Castellano por primera vez nos dio a leer un libro profundo, de contenido humano y existencial: Demian, de Herman Hesse. Desde el primer párrafo, mi niño-yo, mi persona humana, explotó… Durante esos tres días que tardé en leerlo, morí y resucité innumerables veces. No era conciente de mí mismo, sólo leía y leía y leía… Vivía a Emil Sinclair desde su propia alma, vivía cada palabra suya como vivida y salida de mi propia alma. Yo estaba ahí, y él estaba aquí, conmigo. Era tan natural, siendo tan sobrenatural… Pero en esos 3 días, simultáneamente ocurría otro fenómeno, una transmutación indescriptible y extraordinaria en mi mente y en todo mi ser interior, en mi persona toda. Sería agotador e inoportuno tratar de describir ahora y aquí en qué consistía esa transformación de cada facultad mental mía, de cada contenido conciente e inconciente de mi mente, del universo exterior, de mi autopercepción, de mi yo, de mi consciencia, de mi espíritu, y, en definitiva, de TODO. Por ahora, sólo mencionaré aquellos aspectos más generales y notables, pues había dado comienzo a una experiencia y a un proceso descomunales, que iría progresivamente desarrollándose y progresando a través de mi vida. Desde mi distancia actual, observo que en gran medida todo lo que he sido hasta aquí estaba simbólicamente representado en esa novela, en esos dos personajes unificados: Emil Sinclair y Demian… Pero, sobre todo, en Demian.

De todos aquellos aspectos de mi ser que mencioné más arriba, no puedo resaltar uno sobre otro, porque precisamente una de sus características más importantes es que se trataba de un fenómeno explosivo integral e integrado, asombrosamente integrado y abierto (dinámico). Todo calzaba con todo dentro de mí, y se extendía fuera de mí, integrando también a mi proceso interno todo lo que percibía en mi realidad exterior. Cada día - como dije - nacía y moría, no sólo al despertar y al volver a dormir, sino también varias veces durante el día, y lo mismo durante el sueño nocturno. No he conocido una experiencia similar en ningún otro humano, aunque estoy seguro de que ha ocurrido en muchos ocultos. Mencionaré de pasada cómo se transfiguraron en mí algunos de los aspectos más representativos de la condición de persona humana:

1.    Mi sensibilidad. Se amplificó, se diversificó, se desarrolló tanto, que respondía sensorial, sensitiva y emocionalmente a fenómenos y cosas de la realidad que las personas normales no perciben en su rango de sensibilidad, ni de la manera que yo podía sentir la realidad, en su totalidad y en su infinita diversidad. No digo pensar en cada cosa, entiéndase bien, sino sentir-percibir – por medio de cada capacidad humana asociada a la sensibilidad - todas las cosas, tanto las que todos perciben normalmente, como las que sólo yo percibía como “cosas” o modalidades de existencia, con una sensación única, con una relación de sensación única con el aspecto de la realidad percibido y sentido. Si yo observaba un objeto, podía verlo, graduando mi sensibilidad a voluntad como con un dial, en diferentes niveles o grados de percepción. Si miraba un árbol, podía ver una infinidad de matices de color, una geografía y una coreografía inagotables en su forma externa, en las que podía llegar a ver infinitas formas conectadas entre sí por algún maravilloso vínculo de existencia, hasta incluso ver su aura sutil con sensaciones desconocidas para el ojo natural; pero también podía sentir su yo interior, su palpitación energética vegetal y única, su raíz arraigada en el planeta, y el planeta junto con el árbol, arraigado al Universo, y el Universo, inmerso en ALGO sublimemente Mayor. ¡Era una experiencia extática, sobrecogedora, alucinante, inagotable y continua!... Todas estas son meras metáforas, porque no hemos desarrollado términos que describan esa particular y única manifestación de realidad o de existencia. Cada una de mis emociones y sentimientos se intensificaron más de lo que a veces resistía en mi estado natural, y me ponía a llorar, o a reír, o a tiritar, y hasta alguna vez me desmayaba, sin que nunca tuviese una connotación o un componente dañino para mí; y entre todos mis sentimientos y mi hipersensibilidad, el amor se desbordó por sobre toda forma y experiencia sensibles, por sobre y dentro de todo mi ser y persona, representándome que ningún sentimiento ni emoción humanas podían asimilar y acceder mejor a TODO lo que existe en esta realidad, sin excepción ninguna [que el amor]. Pero como mi sensibilidad era una parte más de un todo simultáneo que era mi mente junto con la realidad, por mi sensibilidad también entraba y salía todo lo que acontecía en cada parte, función y zona de mi cerebro y de mi mente, sin que una cualquiera se impusiese descoordinadamente sobre otra. ¿Cómo no colapsaba mi mente, mi cerebro, mi yo, etc., experimentando tal efervescencia dinámica y continua, caótica y armónica a la vez?... ¿Cómo era posible que en toda esta experiencia una confianza, una seguridad trascendental no sólo me aconteciese, sino con toda claridad me guiase tan amorosa y sabiamente?... ¡Imposible!... Porque todo mi ser y toda la realidad parecían haberse ordenado y danzar animados por un Espíritu Unificador y Supremo. No creo que en ningún idioma humano haya un concepto más extremo y superior que Espíritu, pues hasta el concepto de Dios, en su condición más puramente divina, es concebido por las mentes humanas como Espíritu. Y si hubiese algo todavía anterior y superior al Espíritu, entonces todavía mejor sería ESO lo que me ha poseído…

2.    Mi conciencia. La conciencia es como un ojo-foco ciclópeo interior de la mente. Cuando exploté, mi consciencia se expandió hacia mi interior y hacia el exterior, incluso hacia otras zonas periféricas de realidad. Se encarnó juntamente en mi consciencia un yo milenario, casi sin tiempo, como un anciano cósmico y al mismo tiempo un niño maravillado. Todo lo que experimentaba con el ojo-foco de la consciencia iba acompañado de un saber espontáneo y profundo, como brotado de alguna fuente de conocimiento total. Lo sabía todo como sin esfuerzo, pero digo todo, como cada cosa – y todo - es conocida de otra manera allá en lo más profundo de una super-realidad que se nos aleja, de una manera espiritual, esencial, holística, realizada a través de un tiempo distinto, juntamente dulce y amarga, como la vida y la muerte unificadas por una trascendencia superior. Y este saber profundo me hacía arder humildemente de ambiciosos deseos de conocer todo el saber humano, de aprender todo cuanto la experiencia humana en este plano de realidad histórica había propuesto como saber. Y comencé a leer de todo – cuando todavía no existía internet -, infatigablemente, ansiosamente por abarcar cuanto antes el conocimiento de todas las cosas. Sin embargo, una voz interior - sí que era como un soplo imperceptible, inteligente y sutil que yo atribuía a mi propia capacidad de pensamiento - me llenaba de ideas novedosas, críticas, intuitivas, creativas, poderosas, contrastantes y atrevidas, como si fuese siempre el más versado en cada especialidad, en cada materia, en cada doctrina, pero no de datos ni de contenidos específicos que yo no conocía, sino siempre del espíritu significativo y superior que sostiene fundacional y estructuralmente a cada saber y a cada conocimiento, fuese lo mismo en las ciencias, en las matemáticas, la historia, la moral, la religión, la sicología, antropología, las artes, la existencia, y todo lo demás… Eso no me hacía obtener mejores rendimientos y resultados en mis calificaciones escolares, pues el tratamiento reduccionista y trivial de las materias que me enseñaban en clases me causaba un desaliento y un desinterés continuos. Pronto comencé a leer libros bajo la mesa durante ciertas clases, o a escribir versos; o pensaba abstraído en algún asunto de mi propio interés, si al desatender no corría peligro con el profesor; o derechamente comencé a no asistir a clases después de un recreo, y quedarme hurgando solo en esos mágicos pasillos estrechos, con ese peculiar y conmovedor olor a libro antiguo, llenos de estantes polvorientos con miles de libros hechizados en el inmenso ático de un edificio antiguo, en el que se encontraba escondida la biblioteca. ¡Cuánta magia había en esa biblioteca alquímica (para mí) de Alejandría!... Ahora sé que allí, en paralelo, experimenté un portal hacia los Registros Akáshicos, que por entonces mi mente nuevamente encarnada comenzaba a recordar confusamente, pero también exultante. Todo eso pasaba por mi nueva consciencia, una consciencia ampliada que me unió (mi yo conciente) por un puente angosto, pero sólido y denso, con el hontanar de mi conciencia profunda, ésa que denominamos erróneamente inconsciente, pero que es tanto más conciente cuanto se acerca más al punto eventual de ruptura de esta nuestra ilusión mental que nos desborda por completo en este estado de vigilia y de normalidad.

Y he aquí que apareció sobrecogedoramente en el centro de esta nueva e inmensa conciencia mía, LA HUMANIDAD… ¡La vi, la vi!... ¡Por primera vez la vi con el ojo-foco de la consciencia y del espíritu!... En los libros, en la historia, en mi entorno, en el mundo, muy cerca, en todas partes. Con este descubrimiento de la humanidad y de las personas que yo comenzaba a experimentar y reconocer de una forma por completo nueva explotó el sufrimiento… Mi sufrimiento por la humanidad y a causa de la humanidad. Mi sufrimiento por mi propia humanidad deformada y sufriente. Entonces descubrí que, al sufrir tan desgarradoramente por la humanidad embrutecida y perdida, la AMABA. Y descubrí juntamente que, al amarla y sufrir, así, con toda esta conciencia sobre mi corazón, mi mente y mi alma, estaba SOLO, completamente SOLO en medio de la humanidad que me rodeaba de cerca y de lejos. Entonces sentí a Dios, y lo llamé dios, porque en ese tiempo no conocía otro concepto para esa Entidad sobrecogedora que se me manifestaba amorosamente sufriendo en todo este sufrimiento humano y mío. Y no veía entonces, no podía ver, ni me dejaban ver, que ese Dios amoroso era el mismo Dios criminal que hacía sufrir a la Humanidad y a mí mismo… ¡Contradicción terrible que comienzo a creer que comienzo a vislumbrar apenas nebulosamente el día de hoy, cuando me encuentro con mi cuerpo, mente y alma sobre el borde-abismo de la-mi realidad!... ¡Imposible!...

 

He dejado de escribir durante horas. Una sensación incómoda, complicada, me detiene. Es como si me alejara de mí mismo, de mi vida, de mi texto y me observase con la conciencia de otros, con la de ustedes, y como consecuencia de eso dudase de mí mismo, una vez más… Dudo que tenga el valor que creo que pudiera tener el compartir unas vivencias tan personales, tan subjetivas, tan ajenas a las de la mayoría de las personas. No me atrevo siquiera a confesar por qué lo escribo y qué me mueve. Esa persistente sensación de lejanía insalvable respecto de los demás seres humanos vuelve a herirme. Porque uno escribe para comunicar, para vincularse, para intimar, en definitiva. Esto que hago aquí está en un universo opuesto a tomarse selfies y subirlas a plataformas sociales. Esto que hago aquí no es sólo exposición, es mucho más extraño, difícil y peligroso que eso. Y cuando digo peligroso, no es siquiera en un sentido que ustedes puedan comprender, ni yo explicar. Siento vergüenza de que me vean así, tan desnudo, y ante ustedes, tonto. Tengo miedo de seguir escribiendo, y tengo miedo de publicarlo, sí, también, como también tengo razones, como tengo hijos, como tengo fe en tantas cosas, la fe de esos primeros cristianos que miraban a los ojos del león que se les iba a abalanzar con las fauces abiertas en el Circo Romano. Estoy escribiendo esto como si me estuviese cortando la piel con cada palabra, a pequeños pedazos, para entregárselo a ustedes como un Jesús se decía pan y carne, sangre y vino. Esa carne y esa sangre que los seres humanos, todos, después de comerla y de beberla, vivas, salen a escupirlas y vomitarlas fuera de su presencia... No soy cristiano, ya no soy cristiano. Pero Jesús, ¡oh!, si Jesús es el referente para la Humanidad no superado... ¡Imposible!... ¿Les hiere que me compare con Jesús?... ¡No soy Jesús!... ¿O sí?... ¿Soy ridículo, megalomaníaco, narcisista?... Es inevitable, tarde o temprano, que uno asuma honestamente quien uno cree que es, y no negarlo, aunque sepas que un león está saltando hacia tu cuello. Tal vez, tal vez es verdad que las palabras pueden ser una ventana, y logro que ustedes, si se dan las condiciones requeridas, puedan por ellas siquiera vislumbrar hacia adentro, no sólo mi mente, sino más invisible, mi alma.

 

Yo no tenía el control de mi mente, como tampoco lo he tenido en ningún momento de mi vida. Ustedes tampoco, y nadie... Hay tantas situaciones, decisiones, estados y procesos mentales que parecieran ser causados o depender directamente de nuestra volición, no sólo en la vida de uno como individuo, sino también en nuestras formas de vida colectivas, pero que esconden una causalidad tan ajena y diferente a la comprensión y autonomía humanas. Jamás somos independientes y autónomos, aunque poseamos algún grado de libertad; es algo parecido a experimentar alguna forma de inmovilidad (libertad), mientras estamos dentro de un planeta que se mueve alrededor del sol, y de un sol que se mueve dentro de una galaxia, y, así sucesivamente… Jamás podemos existir en una inmovilidad (científica) que no sea la que experimentamos respecto de un referente subjetivamente estanco y relativo. Por ejemplo, yo puedo permanecer con mis brazos inmóviles respecto del resto de mi cuerpo, pero no respecto del espacio (universal). Es decir, podemos permanecer inmóviles sólo respecto del espacio inmediato (referencial) que nos está rodeando, para producir el efecto circunstancial ilusorio de inmovilidad, pero no más allá, respecto del que no podemos aparentar no movernos… ¡Y vaya que es relevante creer conocer y hasta creer controlar las causas de las cosas - ¡pobre Humanidad! -, pero no conocerlas en su causalidad profunda y sorpresivamente ascendente y emergente hasta nuestro pobre plano de ilusiones científicamente cotidianas, en donde acabarán inevitablemente quebrando de forma inesperada nuestro sólido ensueño de realidad!... Si mis brazos no se mueven respecto de mi cuerpo, pero sí respecto del espacio universal, entonces, ¿mis brazos se mueven o no se mueven, cuando no los muevo yo?[1]... Jamás tampoco podemos sentirnos libres más allá de un minúsculo contexto circunstancial y, sobre todo, ilusorio. Sin embargo, sentirnos libres – aunque sea sólo en alguna diminuta forma y grado -, o creernos libres, o sabernos libres, es más engañosodiferente y más complejo que la determinación de la causa aparente de cualquier experiencia física y material. Esto he llegado a experimentar, a entender y a creer.

Y lo anterior lo digo aquí, porque una de las apreciaciones obvias y principales ante mi proceso interno y existencial a los 12, a los 14 o a los 16, es su condición vertiginosa y transformativa.  A los 17, en cambio, se produjo un quiebre existencial y vital tan profundo en mi vida y en mi persona, del cual nunca he logrado recuperarme, que cambió dramáticamente la dirección y la forma de mis procesos previos. Pero eso es “harina de otro costal”, así es que volvamos a los 12-16 años.

Yo me sabía, con todos mis medios, que estaba siendo llevado por Algo Inteligente y Sabio. ¡Qué fácil y natural me resultaba toda mi transformación, todo mi desenvolvimiento imprevisto junto con una realidad imprevista!... Si yo hacía algo que surgía de una sensación de “mí mismo”, al mismo tiempo percibía intuitivamente que yo no era diferente de aquellas personas que gritan una orden repitiendo las palabras que otro oculto – aunque esté en su propio pensamiento - le ordenó proferir. También era como caer por una cascada sin tener que hacer ningún esfuerzo para caer, pero igualmente sin poder resistirse. Es evidente, por otra parte, que la velocidad, la amplitud y la naturaleza de mi transformación – tan orgánica internamente - inevitablemente me iba a llevar pronto a un conflicto y desajuste con la realidad humana y natural de mi entorno próximo y también general, así como le había ocurrido a Emil Sinclair al romper el cascarón. También lo vi venir, y seguí adelante. Si la realidad no estaba hecha a mi medida, al menos yo estaba siendo hecho a la medida de lo que debía vivir en este estado de realidad.

Conocemos tan poco de la mente humana. Cuando queremos referirnos a la zona más “interna” de la experiencia subjetiva de la mente, lanzamos ingenuamente el concepto de consciencia, y luego, como un recurso desesperado, pero también innegable, hemos debido acuñar el terrible concepto que se esconde tras esta escenografía primaria de la consciencia: el inconsciente; o, menos perturbador, la inconciencia, como mera ausencia de conciencia, pero sin que posea entidad síquica como parte formativa de la mente. Yo he ido más allá en mi autoexploración a través de mi vida, pero no es oportuno hablar de ello ahora. Lo menciono así solamente para facilitar la comprensión de un tema difícil de conceptualizar y verbalizar. Cuando me referí más arriba a mi transformación descomunal de conciencia, en realidad tuve que reducir y simplificar otros procesos y fenómenos mentales que experimenté, y que carecen de una terminología conocida en el área de los estudios de la mente, pero que al menos están directamente asociados al fenómeno de la consciencia, lo mismo que al concepto sicodinámico de inconsciente. En palabras muy coloquiales, los conceptos de consciente e inconsciente son una “bolsa de gatos”, pero es lo que hay…

Este proceso expansivo integral de mi mente era estimulado, provocado, dirigido, etc., desde las profundidades de mi inconsciente, se desbordaba hasta mi consciencia y mi mente co-funcional[2], las que a su vez recibían sus propios y directos acompañamientos e intervenciones superiores, y, aquí, mi yo-conciente trataba de integrar y asimilar todo ese proceso y fenómeno a mi experiencia existencial de mí mismo y de la realidad en conjunto… ¿Qué ocurría en mi inconsciente?; ni siquiera con mínima claridad y precisión puedo explicarlo ni saberlo[3]. Casi todo lo que puedo atisbar es cuanto aparecía como una experiencia mental (fenómeno mental) a mi propia conciencia de vigilia, incluyendo en ella lo que podría denominar cierta intuición, o inspiración, acerca del inconsciente, aunque eso de la intuición, o inspiración, puede no ser más que un mero espejismo, o simplemente un pseudo-conocimiento (errado), pero también la mayor de mis verdades. ¿Seremos alguna vez capaces de saberlo?... Contemplando en retrospectiva esa edad entre los 12 y 14, me produce la impresión de haber estado soñando continuamente, como en esos sueños en que uno es el protagonista natural dentro del sueño, pero que también por momentos se reconoce y se siente soñando dentro de un sueño, como si uno hubiese entrado al sueño desde un afuera, y por tanto el yo que sueña adentro sueña y es soñado al mismo tiempo… ¡Cuánto caos creativo y explosivo, y cuánta sabiduría y armonía constructiva juntamente!... ¡Qué cerca estaba entonces del total abismo humano, de la impotencia límite de nuestra naturaleza y de la disolución de la integridad síquica! Podía presentirlo y entenderlo, pero era tal la pasión, la beatitud, el hechizo y tantas emociones sublimes más, que no había ni una pizca de miedo, de desconfianza, ni de cualquiera de esas respuestas tan humanas y animales al peligro real e imaginado de la realidad y de nosotros mismos. ¡Qué lejos y qué pobre la Sicología como ciencia humana respecto del conocer y comprender que nuestra condición mental y la existencia misma es sostenida y activada desde un PODER TRASCENDENTAL sólo invisible a nuestra propia mente y a nuestra capacidad de percibir realidad, porque nosotros somos los incapaces, y no porque las otras realidades profundas no existan, o sean insustancialmente difusas! Éste era el Poder Inconsciente que me arrastraba y que yo, al dejarme arrastrar, comencé a sentir y a percibir tan total y ubicuo, tan amorosa e íntimamente TODO, que acabé constituyéndolo como una entidad, un Ser plenamente definido y consistente, un YO-TÚ TRASCENDENTAL e INMANENTE, o sea, un DIOS. Y como este Ser, esta Experiencia desbordada y desbordaba por todas partes y sin excepción, también se me abalanzaba providencial, premonitoria y sincrónicamente, de modo que se materializó en ese mismo tiempo, espontáneamente, en el tomar la Biblia y leer, como un mero impulso interior e inconciente, y descubrir a ese Ser Trascendental también allí adentro, ante todo y sobre todo en Jesús, y a mí mismo allí también, adentro de ese Cristo viviente. Entonces, mi primer Demian-Sinclair se transfiguró en Jesús, con un efecto en mí y en todo incalculable e insondablemente mayor

 

 

 

 

 

Capítulo 2

El Anciano y el Niño 

 

 

Esta Historia no puede continuar así. Vengo a las palabras. El lenguaje articulado me somete a un estado de conciencia y a una expresión de realidad insatisfactorios, y a tantas cosas más, que actualmente trato de evitar. Ya casi no estoy en las palabras, ni en mis palabras… No me busquen aquí. No me reconozcan aquí.  Ésta es sólo una aparición fantasmagórica que se esfuma con el punto final. Todo esto suena a literatura. No sé cuánto pueda intuirse de lo que se encuentra en el trasfondo de esta palabrería. Estoy tratando de rescatar las últimas palabras de mi vida con sentido y algo de trascendencia – si la descubro - para mí y para ustedes. Algo así como un repentino diálogo conmigo mismo en medio de una plaza pública. Mucha vida y mucho teatro, todo junto. El resto del tiempo soy nada más que un cangrejo escondido en su agujero. Allí, las cosas son bien bien diferentes. Allí, las cosas seguirán siempre otro curso...

Cada día me pregunto si deberé pasar por este lapso de vida mía así no más. Siempre he intentado más de lo que he conseguido y logrado. He sido un ademán grandilocuente, como esos locos quijotescos que gesticulan tratando de representar el Universo. Un día creí que hasta la salvación de la Humanidad era parte de mi misión en la tierra. Yo era una persona especial, muy especial, y suponía que eso debía tener un efecto concordante con mi paso por el mundo. Mucho tiempo viví en complicidad con Dios. Lo experimentaba en mí y en todo, de tantas y tan maravillosas maneras. Ninguna experiencia en toda mi vida se asemeja a la inmensidad y particularidad de vivir a mi Dios, ese Dios. Ello ha sido mi experiencia suprema… Yo iba a ser un escritor, un buen escritor. Centré todos mis aprendizajes, mis esfuerzos concientes e inconcientes, mis motivaciones más queridas, en ese propósito. ¡Cómo me extasiaba escribir!... No puedo explicar la inmensidad de esa experiencia, siempre. Suponía que podría llegar a ser leído para bien de tantas personas. No es común que aparezca un individuo imposible Escribo en un blog, un sitio minúsculo en internet, igual que el agujero oscuro del cangrejo que soy.  La mayor parte de lo que he escrito está archivado o destruido, y nunca verá la luz en otros ojos. Ya no queda casi nada en pie de todo eso. Ya no queda casi nada en pie de nada, ni tampoco de Dios, aunque este particular casi es diferente de TODO.

También lo que escribo es parte de ese casi. Confesó mi amigo Hamlet: “Lo demás es silencio”.

Puedo oler, como un lobo viejo, la tempestad catastrófica que se avecina para esta Humanidad y para este Mundo, y que también he olido, como un lobo nuevo, ya desde mi adolescencia, aunque actualmente casi todo el mundo también es capaz de oler ese tan particular olor a quemado. Ya sé que no debo tratar de comprender ni saber para qué, ni por qué, escribo, ni nada de esas cosas “grandes” que me ha tocado vivir… o sea, TODO. Las razones son sólo etiquetas que les pegamos a las cosas para jugar a entenderlas y poner cara de serios y confiados, para jugar lo que llamamos la realidad. Por otra parte, no nos queda otra opción que jugar el Juego, porque estamos bien bien bien adentro de Él.

Siento compasión por mí, por ustedes, por mis seres amados, por la Humanidad. No he dejado de amar. El amor, mi amor, no se me ha caído de ninguna parte, de ninguna altura, no ha perdido su valor, quizás porque siempre ha sido lo más humilde, lo más yo mismo. Sólo está aquí, porque yo mismo estoy vivo, siempre conmigo, como mi piel ha estado toda mi vida pegada conmigo. Estoy juntando palabras porque siento amor y compasión. Que el amor sea ilusión también, ¡lo admito!... Es parte del juego. Pero es inevitable para nosotros que las ilusiones sean igualmente ilusionismo, o sea, magia, la magia misma de la existencia. Voy a hablar.

Yo no tengo nada que enseñar, nada que dar de verdad. Para enseñar y dar de verdad es necesario saber algo, poseer algo cierto. Todavía puedo crear y ofrecer ilusiones, como cuando escribía poesía, o me levantaba al alba para ir a enseñar en un colegio. Podría, pero ahora carezco del don del ilusionismo. No me puedo encantar a mí mismo, menos podría hacerlo con otros. Yo más bien me estoy diluyendo, disipando, como he visto que hacen las neblinas. Hasta mi bienamado Jesús se me presenta demasiado pesado, demasiado duro, demasiado anticuado, como una roca milenaria y desgastada que se aferra tercamente a sí misma. Sólo puedo jugar con palabras para ustedes; por ejemplo, palabras de consuelo, de esperanza, de entrega y de aceptación, subsumidos todos en medio de tanta palabrería falaz. Y de esas palpitantes por el reverso, ingrávidas ante este abismo… quedan pocas. Yo me encuentro al borde, junto al precipicio de mi realidad. Yo he querido con todo mi ser y persona venir hasta aquí, aunque nunca me imaginé lo que precisamente me he llegado a encontrar aquí. He caminado hasta aquí como un hipnotizado, un sonámbulo que da cada paso en la dirección correcta, ¿llevado?... ¿llevado?... ¡Esto es lo único que de verdad he logrado, aunque zigzagueando, tropezando, volviéndome a levantar, a través de toda mi vida, de principio a fin!... Creo que ustedes se encontrarán también en el borde y precipicio dentro de poco tiempo más, pero de su realidadMe duele el alma saber que ustedes se encontrarán allí, habiendo NO querido llegar ahí… Me duele el alma saber que ustedes se encontrarán allí, habiendo aprendido justo lo contrario – que es parte de Lo Mismo - para estar ahí… ¿llevados?... ¿llevados?...  Recuerden, amigos míos, no sé por qué, ni para qué… ¡No teman!... Aún así, ¡no teman!... Sólo cuando estén ahí mismísimo, lo entenderán, aún sin por qué ni para qué. No necesitamos entender nada, ni saber nada de verdad, para llegar donde ha llegado la Humanidad: al borde de su Abismo.

Hace un par de años había comenzado a escribir estas Historias de un Individuo Imposible, o sea, acerca de mi propia vida. Quería rescatar los momentos más amados, más grandiosos y secretos de mi vida pasada y futura. Los resortes y engranajes invisibles del milagro de mi existencia y de la existencia. Quería revisar con una sola mirada, como un moribundo, el flujo y la sustancia profunda, como se degusta el fondo especioso y decantado de un vino añejo, agridulce, en el fondo de la botella inmóvil. Rescatar y arrojar afuera cuestiones tan íntimas y guardadas, que pocos las conocen, e incluso, muchas y así, nadie. Entonces, apenas escritos dos capítulos acerca de mis secretos de infancia y primera adolescencia, ellos, las más sagradas y supremas experiencias y saberes de esta existencia, se desprendieron de su halo intocable y divino, se desprendieron como se desprende el suelo bajo los pies, y el cielo por arriba infinito cae, ellos, que habían conservado inmarcesible su verdad y trascendencia entre la corrupción y el deterioro ilusorio de todo saber y experiencia humanos, ellos también se disolvieron en el mismo ácido de la ilusión y del delirio totales. Ya ni siquiera podían ser míos. Incluso cualquiera respuesta, cualquiera, todas, ante esta evidencia repentina se transformó también en una mascarada, un quid pro quo, una duplicación de la ilusión de la ilusión, sin excepción posible, hasta la ilusión de la constatación misma de la ilusión absoluta. Y entonces, ¿qué queda?... ¿Qué me queda?... ¿Qué nos queda?... Aparte de esta confusión y desorientación trascendentales, omnipotentes.

 

 

 

 

 

Capítulo 3

La Cima 

 

 

Es una alta hora de la noche. Desde hace rato me conmueven unos extraños sentimientos. Estoy de pie, tiritando en esta cima, aunque no siento frío. Las palmas de mis manos están tibias una contra otra, perpendicularmente contra mi boca. Nunca había visto tantas estrellas sobre mí. Nunca había visto tan inquietantemente negro el cielo sobre mí. Pero ahora mi vista se mueve pendularmente por abajo, tan abajo y lejos, que diviso las luces titilantes, amarillentas, de todas las ciudades, de todos los países, de todas las regiones, de todos los continentes de este mundo, alrededor de mí. Es una visión tan extraña, tan distinta de lo que allá abajo cualquiera experimenta y percibe de sí, como cuando se escudriñan entre sí dos universos paralelos. Si lo pienso, es imposible, pero yo lo estoy viendo. Eso cuenta. Mientras mi visión deambula por las diferentes geografías y relieves luminosos, expresivamente humanos, entre inmensas masas y paños de oscuridad oceánica y terrena, según me encuentre con cada punto de luz, con cada racimo de luces y resplandores, un sentimiento propio, diferente y nuevo me conmueve. ¡Qué solo me encuentro, y qué difícil ha sido llegar hasta aquí!... Entonces, se me aparecen pensamientos, como si se desgranasen desde todas las rosas de los vientos por el impacto de esta visión.

¿Qué se le debe decir, qué se le debe enseñar, qué cosa nueva, todavía no dicha, trascendental, se le debe revelar a la Humanidad[4] actual y futura? ¿Yo mismo soy portador de alguna obligación personal para con la Humanidad?... ¿Hay alguna cima tan alta, aunque no sea la más alta posible, desde donde se puedan contemplar conjunta y verdaderamente todas las cimas construidas y los valles más siniestros de esta Humanidad? Porque una de las más graves deficiencias de esta especie humana es la incapacidad colectiva e individual de contemplarse a sí misma y a su entorno de realidad, con decidida lucidez, por encimaabarcándolo todo, sin identificarse con nada particular, como si se estuviese armónicamente adentro y afuera al mismo tiempo, “más allá del bien y del mal”, pero también conviviendo con el bien y el mal. Porque una todavía más grave deficiencia de esta especie humana es su propia naturaleza y su pandemia colectiva e individual, material, biológica, sicológica, cognitiva, espiritual, moral, total,  de persuadirse a sí mismos y a los demás de que ya se ha alcanzado, al menos, el reconocimiento del verdadero camino (progresivo) hacia la precisa cima máxima y suprema de TODO, sin excepción, por una especie de continua autorrevelación científica, o, en la vertiente religiosa, sin que haya nada por encima de su “verdad”, hacia Dios, puesto que hasta Dios se supone que no puede revelar nada nuevo que contradiga y refute violentamente la “verdad” que ya reveló a sus “elegidos”, y a la Humanidad. Para esta Humanidad es todo sencillo, desbordante de recursos, como un simplemente dejarse llevar por la corriente de los avances del quehacer colectivo, o un dejarse envolver, amortajar, por este cómodo y excitante estado de cosas.

No vislumbro, y hasta donde alcanzo a colegir hoy, no sé, que haya alguna forma, alguna facultad humana, alguna posibilidad humana de alcanzar, o siquiera de ir avanzando, hacia una cima de TODO, en ningún sentido.[5]¿Qué es, entonces, el estar yo aquí?...

Yo no puedo asegurar que esto mío no sea una ilusión más de la delirancia omnímoda humana, y de la ilusión no menos delirante que nos impone el entorno físico universal. Pero estoy aquí con seguridad en la cima de todos los delirios humanos, conteniéndolos a todos juntos, aceptándolos a todos juntos, con un amor paciente, pero, honestamente, sin saber qué hacer… ¡No!... ¡No!... ¡Sí reconozco que estoy delirando!... Es necesario que yo llegue a ser borrado, olvidado, desechado, superado, como le es connatural a toda forma encarnada, succionada absolutamente dentro del torbellino conciencia, tiempo y espacio, incluso a la forma de un Dios, incluso a la forma real de este Universo. El hecho de que yo esté de pie en esta cumbre no es prueba de ningún sentido, de ningún valor, de ninguna certeza, de nada. Sin duda, ésta es una cumbre suprema mirando hacia abajo, pero al mismo tiempo es el momento crucial en que el ahogado todavía alcanza a sacar por un instante su boca a la superficie, e inspira su último sorbo de aire y agua. Pienso ahora mismo tan grande, tan colosalmente humano, como para aspirar a una verdad, aunque sólo sea la más insignificante y humilde, en tanto pienso tan erráticamente como cualquier desquiciado demente. ¡Yo existo!... Esta es la prueba del loco de que aún existo inevitablemente. Pero, aun así, ¿y si ya estoy muerto, y sólo soy un texto que habla cuando soy leído?... Todo es tanto más de cuanto se nos aparece. ¡Qué corta de luces es la conciencia humana! ¿Se puede ir más lejos en mis pretensiones de enseñar cualquier cosa relevante a esta Humanidad, si no soy representativo de nadie, por más que pueda ponerme suficientemente bien en los zapatos de cada individuo real, si nadie puede siquiera inferir qué me pasa para que me haya transformado en un perro solitario, extemporáneo, escéptico, descalzo?... Debo tratar de convencerme de cualquier cosa u opción, pero pensando, y, sobre todo, girandogirando, como un proceso local más propio de este punto apical. ¿Podría enseñarles algo que no margine a nadie, algo para todos, sin que nadie se reconozca ajeno y extraño?... ¿A cuántos de los 8 mil millones de humanos podría tocarlos?... La Humanidad no depende, en ningún sentido, de un solo individuo, ni de un montón de individuos, ni siquiera de un solo Dios. Busquen dentro de la Historia. ¡Nadie!... Estamos donde estamos y como estamos sin que ningún ser humano nos haya enseñado nada particular para ponernos aquí. Más parece depender de un destino, de un designio constrictor, omnipotente respecto de nosotros, de un Algo desnudo, pero todavía secreto… que de algún conocimiento o enseñanza, revelada o revelable. El acontecer es la verdadera revelación y la verdadera enseñanza para nuestra Humanidad, la cual no por caminar en dos patas, y no cuatro o más, se diferencia sustantivamente de cualquier artrópodo. Aunque el acontecer y el suceder sean otra gigantesca ilusión, nos contiene, como el Universo inabarcable contiene nuestro mundo azul, flotando. ¿Y cuánto más hace con nosotros?... ¡Quién sabe! Es al acontecer hacia quien nosotros debemos abrirle un nuevo camino interior, todas nuestras capacidades disponibles, nuestras fantasías transformativas más delirantes, nuestro infantil discipulado, cima sobre cima, desde la presente visible, hacia la siguiente invisible e inexistente. También nosotros podemos llegar a ser más y más acontecimiento y suceso. Yo he alcanzado aquí la cima de la materialización simbólica. Aquí los símbolos humanos más altos, más conmovedores de la creación humana ocurren, se encarnan en cosas, juegan a voluntad con las leyes de la naturaleza, sueñan y ocurren, piensan y saben, levitan, se desdoblan, se unifican, hacen milagros, aprenden de otra manera. Aquí las cosas materiales, los fenómenos, un amanecer contemplado con luna nueva, el vaso que se resbala de las manos y se quiebra, la ciencia de los números, una mariposa que se posa en el dorso de tu mano, se transforman ante todo en símbolos, en metáforas vibrantes, en pura sincronía desbordante de universos paralelos, que necesitan hablar y ocurrir de una forma nueva, superior. Aquí acontece transfiguración. Pero mensaje, enseñanza, no hay, ni para mí, ni para ustedes. Lo que realmente la Humanidad debe saber, debe aprender, solamente debe vivirloYo tampoco necesito anticipar futuro, aunque en alguna medida eso ya lo sé, porque desde aquí veo másalgo más.


 

 

 

 

 

 

Capítulo 4

Una Experiencia Repugnante

 

 

  

Desde niño me llenaron la cabeza de MIERDA; aunque ésta sea una metáfora desagradable, sé que funcionará para hacerme entender. Cuando digo mierda, lamentable quiero decir TODO. Advierto que no es en absoluto mi intención herir la sensibilidad de nadie. Tampoco estoy culpando a nadie, ni me siento profundamente resentido ni dolido. Es muy raro que uno no use la palabra mierda con una carga de rabia, con una intensa carga emocional negativa, de desprecio, asco, ofensa, violencia, etc. Yo carezco de carga emocional negativa, aunque la utilizo también y la reconozco en mi biografía y aquí para representar las infiltraciones negativas dentro de mi sensibilidad personal, y su gravedad en general, en buena parte de mi vida previa… ¡Claro que podría haber utilizado otra palabra!... Creo que la uso aquí sobre todo para destacar la dificultad y el desagrado – metafóricamente asco - que me causa no poder sacarme de adentro más fácilmente esto (mierda, desecho, residuo conceptual y mental) que todavía me hace tanto daño, que me condiciona, que me embadurna inaguantablemente por dentro y por fuera. ¿Cómo podrían mis semejantes haberme ofrecido y dado algo que no fuese mierda, si ellos mismos tenían y tienen la cabeza llena de mierda?... ¡Está bien, maticemos!, hay muchos tipos de mierda... Incluso se da la paradoja frecuente de que hay mierda que no es mierda, o sólo mierda. Veamos esto de la paradoja tan frecuente. Si alguien me lee ahora, dirá con seguridad: “Yo no tengo la cabeza llena de mierda”... ¡Sí!, pero también hay personas que dicen de un pastel: “¡Esto es una mierda!”, y otras, respecto del mismo: “¡Esto es una exquisitez!”… Una de las grandes preguntas que se deriva de esta situación universal de la experiencia humana ha sido siempre histórica y filosóficamente: ¿Ese pastel es realmente algo como una exquisitez, una mierda, u otra cosa?... Es más, estoy cierto de lo que llamo la mierda infiltrada dentro de mi cabeza para casi todos los seres humanos sería otra cosa que mierda, incluso mucho les parecería un rico pastel. Demos un claro y decisivo ejemplo para que comience a visualizarse de qué hablo… La Educación. En todo el Mundo, en todas las culturas, en todos los tiempos, la educación (la formal y la informal) ha sido un eje central de toda sociedad humana. Sin educación, sin transmisión de conocimientos y experiencias, la Humanidad no habría sobrevivido hasta el día de hoy, ni tampoco habría logrado lo que ha logrado – usted, lector, entienda aquí según su criterio: pastel o mierda, u otra cosa -. Recuerde que si usted mira hacia la luna y considera que ya ha habido seres humanos saltando en ella, o piensa en un Mars Rover desplazándose sobre la superficie de Marte, se henchirá de orgullo humano, de esta civilización-pastel, y de todo lo demás que hemos llegado a desarrollar en nuestro “beneficio”. En cambio, si nos encontrásemos en el año 2043 con un planeta Tierra devastado por la destrucción nuclear y otras calamidades antropogénicas, esos humanos tendrán que reconocer que la nuestra ha sido una civilización-mierda.[6] [Ejemplifiquemos sólo de pasada: el hecho de que Einstein, y sus epígonos físicos, no hayan reconocido e incorporado la dimensión humana (bio-psico-física)[7] en sus teorías físico-matemáticas reduccionistas de la realidad, convierte su Teoría de la Relatividad, sin restarle sus méritos ciertos, también en una teoría de mierda. Es más, toda la Física y las Ciencias modernas adolecen de la misma falencia y, a fortiori, falsedad, al excluir la Dimensión Humana, en tanto dimensión universal, en paralelo a las dimensiones espacio-tiempo, multiverso, cuántica, hiperespacio, etc., no sólo de su modelo de realidad, sino de sus propios condicionantes – actualmente ignorados - para la actividad y área (sistema) de conocimiento de las Ciencias.[8]]

Bien, con la Educación obviamente nos encontramos con un conjunto de saberes transmitidos intencionalmente para beneficio de quienes los reciben y que se inoculan casi sin aceptar ninguna forma ni grado de oposición en el educado, o bien utilizando las más variadas y eficaces formas de encantamiento persuasivo (p.e., el reconocimiento social, el bienestar material).[9] Sin embargo, ya desde tempranos tiempos la Humanidad ha creado un set de conocimientos y experiencias tan numeroso y variado en sus características, condiciones y efectos, que, lo que a unos les resulta beneficioso, a otros les resulta perjudicial, como, por ejemplo, “El Arte de la Guerra”, o, en su conceptualización actual: “El Negocio de la Guerra”. Reconozco que yo también me nutrí a través de los innumerables tipos de medios culturales y educativos con la firme creencia y experiencia de estar accediendo, como un privilegiado, a la pastelería más exquisita y superior que nos ofrecía la civilización humana: las artes, las ciencias, los libros, la espiritualidad, la religión, Dios, la filosofía, la inteligencia, el conocimiento, la superación material y la autosuperación, la medicina, los valores morales, los ideales, el bien, el amor, la justicia, la humanidad, etc., etc., etc…. He dicho antes que hay muchos tipos de mierda; también podría agregar – para que se entienda mejor -, de grados, de experiencias, de parámetros, de criterios, de sentidos, etc. Se podría, y hasta debería, ampliar y profundizar en este complejísimo concepto de mierda que aquí propongo – siempre sólo metafórica y sugestivamente -, para que se comprenda cabalmente la dimensión, densidad y complejidad implícitas que posee (también en mi texto). No puedo hacerlo aquí. En cambio, hago explícito que, para mí, dicho en forma simple y banal, también hay tipos de mierdas mejores y peores. En buena medida, como meros ámbitos o áreas de la experiencia humana de civilización, todos aquellos tipos y excelencias que nombré más arriba siguen siendo para mí todavía las mejores mierdas humanas. En cambio, se han convertido en una gran mierda sus contenidos, sus logros específicos, sus conocimientos particulares. O sea, la Física, como Ciencia facultativa, para mí es una mierda relativamente mejor, que la mierda específica de la teoría de la relatividad. Sí, uno puede y debe nutrirse de mierda para funcionar concordantemente en un mundo de mierda, en el cual funciona bastante bien la mierda, pero no la crema… ¡Esto es una trampa, un engaño, una falacia, porque nadie te advierte en esta sociedad humana que TODO te está como hipnotizando para comer heces, pero lo experimentas enteramente pastel!...[10] ¿Cómo podría uno, tratando de huir de la ilusión de mierda,  encontrar un punto que no sea otro mero punto de mierda desde donde contemplar separadamente TODO?... ¡No lo sé!... Pero, al menos, es un hecho indesmentible para mí que estoy viendo feca donde antes veía pastel, y estoy experimentando, viviendo esta otra mierda separada que se siente mejor en todo sentido que toda esa otra mierda, aunque no sea del todo diferente. ¡Eso ya es, al menos, un avance entre mierda y mierda!... Tal vez TODO no sea más que una escala de mierda al infinito, en la cual uno sólo puede subir o bajar de una grada de mierda, a otra grada de mierda. [Es desagradable, ¿verdad?, que repita tanto la palabra mierda, sinónimos y derivados. Bueno, así precisamente me sé - aunque no siento -, y por eso mismo la repito por todas partes.] Intercalo aquí otro exabrupto y ejemplo significativo de algo central en el conocimiento de mierda actual: las Ciencias… ¡Qué decisiva ha sido para la Humanidad, también para mí, su presencia imperial, imperialista, que todavía crece y crece, en desmedro de los demás saberes y cosmovisiones!... Una pobre y hedionda Ciencia que teoriza sólo con ayuda de la razón humana, infantil, vérmica, sicótica; una pobre y pegajosa Ciencia que se atiene a una realidad sólo encuadrable dentro de los sentidos; una pobre y arrogante Ciencia que se ha representado y le ha metido el guante sólo con Matemáticas a un minúsculo entorno material (un Universo con un tamaño de sólo 93.000 millones de años luz) que debiera ser experimentado en relación con la infinitud incalculable, indeterminada, de realidadesmodos de ser y dimensiones, a los que tenemos acceso fáctico y también posible; una pobre y delirante Ciencia que se absolutiza a sí misma como Verdad y Sucesora de Dios (Supremo)… ¡Qué aborrecible ceguera de las Ciencias, y, como causa de las Ciencias, la penosa y limitada condición humana, incapaz hasta ahora de reconocer por dónde va su increíble y desaprovechada propia grandeza!... La persona humana es un cruce interdimensional, un agujero de gusano multidimensional, incalculablemente multidimensional, la demostración más completa e inmediata del Multiverso físico y no-físico, la sobre-superación de toda Física y de toda Ciencia y de toda forma de conocimiento hasta ahora conocidas; el asombro y el milagro llevado al summum, pero experimentado desde una conciencia y una autoconciencia espontáneas tan limitadas del fenómeno, del potencial, de la complejidad de sus realidades imbricadas, de su verdadera condición natural, que le ha sido conferida de modo tan fácil, tan gratuitamente dado, tan integrado, tan unificado en su rareza y multiplicidad, que no alcanza a reconocerlo, que no alcanza a darse cuenta - ¡pobre miope! -, aunque está totalmente inmerso en esa experiencia multiversal[11], pues sólo se ha atenido a la utilización de los sentidos; a una racionalidad servil de los sentidos y la materia; a una prolongación y extensión (material-tecnológica-computacional) de los sentidos y la corporalidad física; a una emocionalidad absorbente tan básica y animal, que apenas nos diferencia de los lagartos; a un desarrollo de la mente, de la conciencia y del cerebro que apenas se asemeja al resplandor de un fósforo que pronto se apaga, habiendo podido brillar desde hace miles de años como soles hasta ahora desconocidos…

Sin embargo, no soy tan mal agradecido, tan absurdo, tan desarraigado de la experiencia de realidad que me ha acompañado toda mi vida a mí, y a todos los seres humanos desde el principio de nuestra especie, como podría colegirse de lo dicho hasta aquí. La experiencia directa de la Naturaleza, el conocimiento y desenvolvimiento humano en sociedades y en el entorno natural y físico del Universo asumido, los procesos cognitivos y sus producciones, las realizaciones materiales, la educación y las enseñanzas de todo tipo, no pueden ser calificados tan burda y exageradamente como desecho, mierda. En buena medida crecí, me desarrollé hasta donde he llegado hoy (lo mejor de mí) gracias a esos saberes, a esos maestros, aunque haya tenido que ser un proceso dialéctico, de amor y odio, de leche y veneno, para sólo así serme entonces positivo, el cual ahora denuesto y trato de exorcizar. Sólo donde me encuentro hoy, en el Borde de la Realidad, en esta condición de singularidad, los contenidos humanos aprendidos o disponibles son para mí, sólo para mí, una mierda, más que cualquier otra cosa. Incluso pido perdón por todo esto, pero realmente en mi experiencia actual de realidad es ASÍ. Seguramente algo, seguramente sólo un poco, muy poquito de tu experiencia, mi lector, se asemeja o te resuena familiar y tuya en esta mi visión extrema de la producción omnipresente del excremento humano, que a mí y a ti nos empantana y nos hunde asfixiantemente, o dulcemente, en contra de nuestra irrenunciable, profunda e incomprensible necesidad de trascender, de evolucionar hacia un punto ápex trascendental desconocido, el Gran Agujero de Gusano hacia una realidad aún no conocida, que exige irresistiblemente de nosotros la capacidad de irnos desprendiendo de TODO, transformándonos integradora y vertiginosamente en algo más y superior respecto de nosotros mismos y de TODO, contenidos por la misteriosa paciencia y gradualidad que demuestra un Universo de unos 30.000 millones de años hacia atrás, y probablemente de otros tantos hacia adelante.[12] Seamos pacientes, también vehementes, en la justa medida lo uno y lo otro, para devenir experimentando necesariamente este gran pastel y esta gran mierda, todo junto, definitivamente, al menos por ahora, a ciegas, porque no sabemos siquiera si vamos a alguna parte (inteligible), si seguiremos siquiera siendo algo semejante a lo que ahora somos, y dentro de algo semejante (Universo-multidimensionalidad), como individuos, y/o como especie.

 

 

 

 

 

Capítulo 5

Existencia Humana

 

 

La visión más palmaria de nuestra condición existencial en este plano de realidad no se nos devela tanto en nuestro estado y progresión después de nacer en nuestra forma de moluscos dentro de su concha, como sí lo desnuda descarnadamente la muerte. Desde siempre que he puesto atención en la muerte tal como se manifiesta en el acaecer de mi entorno natural, en la manera como la muerte mata y rompe tan peculiar y totalmente a cada individuo, nunca he dejado de experimentar algo tan propio y exclusivo de la muerte - no lo he podido explicar -, que me instala siempre en un umbral-frontera ominoso, en una especie de intuición integral de sospecha y desconfianza, como si una corriente vibrante y alienígena me facilitase presentir con una sorpresiva modalidad de certeza que todo lo que se me aparece en existencia, todo lo que yo soy, todo lo que es como es, es sólo un efecto distorsionado y difuso, este Universo, de lo que no se me aparece, de lo que no soy, de lo que  no es como es. Durante gran parte de mi vida he tratado de reconocerme a mí mismo en los demás, de aprender discipularmente de otros humanos todo, humildemente y sin dudar de que había tanto saber disponible para mí, de que el Universo entero era un libro abierto para mí y para la humanidad, incluso de creer y presentir que había un poder divino, un designio superior, supremo, total, que lo hacía necesidad, realización y destino. Pero al final, como yo mismo me reconocía humano y lograba, en un acopio casi culpable de grandeza personal, reconocerme igual o semejante a los más inspiradores y señeros maestros de humanidad, de vida, de superación transformativa, de verdad, de Dios, y de cualquier realización máxima que un humano pudiese concebir, ponía atención repentinamente en su muerte, y entonces hasta Jesús, el Hijo de Dios, acababa apaleado y torturado por judíos y romanos, desgarrado vilmente en una cruz, como un cualquiera, es decir también como yo, sin nada, borrado como hijo de Dios, borrado como maestro de verdades, borrado como humano por la muerte, completa y terriblemente desmentido. Y lo que es aún peor, cargando él y yo una nueva tortura, todavía más absurda e incompatible con mi humanidad y la suya, la única del único, de haber resucitado. Porque, aunque no hubiese resucitado, o, aunque hubiese resucitado, yo sabía por vibración trascendental que eso mismo era mucho más incomprensible y desconocido, más incompatible con cualquier forma de existencia conocida y posible; es decir, más falso que todo lo verdadero, más separador y destructor de toda forma de vida, de conocimiento y de existencia, incluso que la muerte; más mortal que toda muerte y resurrección conocidas. Que las dos vías posibles o ciertas desembocaban estrechándose en un único y mismo despeñadero abisal. Y también el más sabio de entre los hombres, el más inteligente y lúcido, Nietzsche, acabar babeando espuma tirado en una calle de Turín, demente, embrutecido durante años de senectud como el peor humano, hasta morir deshecho así. Y Buda, el gran liberado en vida, el hombre inquebrantable y sabio en la verdad suprema, espejo de máxima paz concebible, acabando viejo y achacoso, desmentido en todo, morir como un cualquiera entre dolores y excrementos de disentería.

Claro que entonces yo podía creer en cualquier cosa después de la muerte. Podía tener fe, o agregarle cualquier argumento de fuerza mayor para salvarnos, para salvarme de la muerte alienígena, de esta muerte que siempre lanza una carcajada incomprensible justo al final, al caer el telón. Incluso la tuve intensamente, me solacé en certezas apacibles de continuidad, pero la muerte seguía vibrando en el aire como un cruel latigazo siempre más, todavía más incorruptible y mejor que cualquier evidencia. Y mientras más me desdoblaba de mis propios desdoblamientos, en esta autosuperación recursiva de molusco fuera de sus nuevas conchas, más la muerte destruía ubicua más la vida menos. Y ya no era la muerte, sino otra cosa mucho más inmensamente más que la muerte y que su vida. Y si quedaba algo de la vida, esta vida insistente que vive mientras vivimos, ahora vibraba que sólo le pertenece a la muerte.

Yo sé que esto no le ocurre casi a nadie, y el no experimentarlo lo vuelve fatalmente incomunicable, lo hace incomprensible, lo hace indiferente, lo hace ridículo, lo hace inexistente. Yo mismo lo he logrado sólo después de inmensas transformaciones tectónicas de mi mente, después de prácticas y prácticas centenarias de desdoblamiento, de separarme de mí mismo; de separarme no de mi cuerpo, sino de mi mente; de separarme luego no de mi mente, sino de mi yo; de separarme luego no de mi yo, sino de mi esencia humana… No estoy dejando una huella para que nadie me siga. Nadie puede seguir a nadie por estos lados. Tal vez el camino del Tao posee una inclinación propia. No hay nada que conocer.

 

 

 

 

Capítulo 6

La Hora de Dios

 

 

¿Cómo podría creer en un Dios tan imperfecto, tan poco creativo, tan penosamente humano, incapaz de haber inventado otra creatura humana con una libertad que sólo tendiese a realizar el bien universal, y ni siquiera sólo para su propio beneficio?... Eso, suponiendo que un Dios se hubiese tomado en serio crear una realidad auténtica y unificadamente Suya, y no un juego incomprensible para su creatura, como se evidencia éste. ¿Cómo un Dios habría creado a este mamarracho que tiende a la autodestrucción y al daño permanente de todo lo humano y de todo lo divino?… ¡Qué cosa más tonta y antidivina habría creado ese Dios: a un pobre ignorante y retrógrado que prefiere echarle la culpa del mal a un demonio traicionero de ese santo señor Dios, o, en último término, a sí mismo, para así conservar libre de polvo y paja a un Dios intocable, al verdadero creador y único responsable de TODO!

¡No!... ¡Para mí es mejor que ese Dios irreal siga escondido, invisible, delirante, en el interior de la estructura de la mente humana, como un mero reflejo maníaco e insatisfecho de nuestra propia incapacidad natural!

Pero, entonces, ¿quién o qué es esa Entidad que a través de toda mi vida me ha amado y me ha maltratado adentro de mí—en todo lo que me compone, sin excepción, y en todo lo que soy—y en todo lo que existe fuera de mí, arrolladora y dulcemente?... ¿Tan infantil y antropogénico sigo siendo, a pesar de toda esta lucidez inteligente, que no puedo dejar de seguir experimentando esa—digamos así—Fuerza Directiva de la realidad, como si igualmente poseyese, aunque sólo fuese en parte, una condición semejante a Persona?... Es más, toda esa parafernalia sobrenatural, mágica, taumatúrgica con que lo han descrito desde siempre nimbado de rayos, de fuego, de ángeles, de milagros, y que ha empujado a todos quienes la experimentan a caer de bruces hasta golpear la frente contra el suelo en un gesto de asombro, anonadamiento, terror y adoración, yo también la he vivido, y también se me han doblado las rodillas deshechas como cera dentro de un horno, y he besado de un golpe la tierra con mi carne empequeñecida en partículas de polvo a punto de destruirse por causa de esa sobrecogedora Presencia. Yo sé—porque en ese instante terrible se nos enciende por primera y única vez, porque luego se apaga, un sentido y un estado interno de conocimiento sobrenatural—que no ha sido una alucinación, ni de otros, ni mía. En todo caso, si lo fuese, no sería menos alucinación que contemplar las estrellas, sumar uno más uno y que resulte dos, o amar a mis hijos. ¿Dónde y cómo encontrar la razón y la verdad de todo esto, sin que acabe ingenuamente llamándote Dios?... Negarte por completo, se lo dejo a los pobres durmientes de sí mismos, e insensibles a todo lo que vibra en este fuego trascendental llamado realidad. Yo no puedo negarte, aunque te niego, bendecido y maldito, yo no puedo negarte, ni quiero dejar de no poder, aunque empecinadamente te siga negando.

Aquí estás, en mí y en todo, como un misterio, como un acertijo indescifrable, como si yo fuese un niño con el Universo entre mis manos, imaginando y haciendo sólo niñerías con él. ¿Yo podría más, si quiero más?... Yo sé que yo soy Tú, y Tú eres yo, y esto es más que Tú seas Dios, y yo, un yo, pero también, menos, muchísimo más menos que más. Yo sé que a nadie dejas en paz, en la inmovilidad que se puede experimentar dentro del caudal de este río. Tú eres el río y la cascada, y tú la paz, el remanso, la verdad y la ilusión. Por eso quiero más, aunque reciba menos. ¡Cómo quisiera ver las palmas de tus manos dentro de las que me encuentro con el Universo herido entre mis manos! Pero no puedo, soy incapaz. ¿Hasta dónde quieres Tú mismo llegar haciéndote sentir en mí que tú y yo somos incapaces de más? Juegas contigo mismo en mí. Tú sí lo sabes, sólo en mí no lo sabes, por eso tampoco lo sabes. ¡Vaya juego!...

No puedes dejar de ser Persona, mientras soy persona, porque entonces no serías yo. Yo quisiera conocerte en tu ser No-Persona, conocerme tanto a mí mismo, que me trascienda a mí mismo, a mi humanidad, pero eso no lo puedo. Pero también me has revelado que el rayo transformador de toda realidad siempre está vibrando, a punto de salir disparado en cualquier instante de tu arco y de tu mano de fuego sobrenatural y semihumano. Yo sé que estás apuntando sin cesar esa flecha terrible justo hacia el centro de mi corazón. Todos cargamos esa sobrecogedora cruz tuya.

Y de ser cierto las profecías escatológicas, que también en mí has insuflado, y como has inscrito también en cada átomo y en cada onda, al final del túnel habrá una luz tan descomunal y tan nueva que lo borrará todo al crearlo todo. Si sólo dejarás entrar a los buenos, pero no a los malos, no podrás hacerlo, porque tú eres el Dios creador de tus buenos y de tus malos; pero sí podrás hacerlo, si entonces quieras dejar una parte de ti fuera de ese Tú mismo, porque me has hecho entender y saber que eres Dios, tanto como No-Dios. Y nadie sabrá antes ni entonces por qué, ni cómo, ni para qué.

 

 

 

 

Capítulo 7

 

 

 

 

 

¿Cuántas personas en el Mundo están buscando seriamente lo que yo he buscado fervorosamente durante toda mi vida? ¿Cuántas habrán llegado a la asombrosa garganta del desfiladero en que yo me encuentro? Sobre esto nadie podrá encontrar datos estadísticos en internet ni en ninguna parte. Yo mismo, ni nadie podrá hacer un cómputo. Si dijera mil personas, podría creerlo; si diez mil, también. No más lo creería. Aunque cualquier número no signifique nada, aunque uno solo más aparte de mí se me haría difícil de creer, aunque igualmente se me hace difícil de creer que no haya nadie más que yo. Al final de cuentas, creer vale bien poco si no se sustenta en alguna certeza probable. Sólo me rodea por todas partes una sobrecogedora sensación de soledad, de extrañamiento y alienación. Esto es una certeza. Qué he estado buscando denodadamente, no puedo precisarlo con conceptos definidos y claros. Sin intención—lo veo ahora— desde los doce años toda mi persona ha tendido con una misteriosa fuerza interior hacia los límites de la condición humana natural e histórica, hacia los límites de mí mismo, pero también hacia los confines de esta experiencia de realidad. Mi vida interior ha sido semejante al efecto que habría producido un big bang, semejante a una explosión que no ha dejado ni por un instante de desplegarse y extenderse en todas las direcciones que ella misma va creando y reconociendo a su paso. Si todo esto hubiese venido desde afuera, desde el Universo, por el medio que fuese, me habría aterrado y congelado. Habría experimentado el horror animal de atestiguar la distancia que existe entre mi yo y alguna insoportable fuerza trascendental y sobrehumana. No se me ocurre que yo hubiese podido evitar el suicidio o la locura, muchísimo peor que aquellas personas que han experimentado la peor de las abducciones alienígenas. Pero desde mi interior se ha infiltrado en mi yo, en mi mente, en mi persona, en mi cuerpo, proporcionada y progresivamente como el suero y la droga más natural y maravillosa producida por mi propio cerebro. Ya no puedo distinguir entre mi persona y esa condición que no es natural ni humana; esa condición, esa fuerza o entidad que explosionó dentro de mí en cuestión de horas un día y noche precisos cuando yo tenía doce años. Y no es que pueda siquiera reconocerla como otra cosa diferente de mí mismo, pues sólo he llegado a interpretar todo esto, e intuirlo así, al compararme con los demás seres humanos, los vivos que he conocido por cualquier medio, tanto como los personajes que han quedado registrados de una u otra manera a lo largo de la Historia. ¡Cuánto leí buscando saber, conocerlo todo! Leer era como echar con cada libro un leño a la hoguera de la realidad que sólo se expandía más y más con cada logos, y con un saber misterioso que así estimulado brotaba desde mi interior y lo llenaba todo afuera y adentro de mí. Pero yo no encontraba en nadie un igual a mí, sólo parecidos, conmovedoras similitudes, caracteres y exaltaciones personificadas de una humanidad descollante que, al mismo tiempo de sobresalir, de experimentar esta sobrecogedora fuerza interior, se desconoce a sí misma y a todos los demás. Mis conocimientos crecieron y crecieron progresivamente a través de mi vida, me volví sabio con todas las sabidurías humanas, experimenté el vértigo de atisbar las fuentes—digamos—divinas de todo nuestro saber, y todo ese saber estaba en mí, tan natural como yo me experimentaba a mí mismo. No veía dónde podía encontrarse un final ni un límite a esa experiencia de conocimiento ni a esta realidad que se develaba y se multiplicaba a sí misma en mí mismo y en mi entorno. Pero a los sesenta años periclitó, escoró con la misma naturalidad y progresión con que una nave se hunde en medio del océano sin que nadie ni nada la toque. Sí desde dentro, sobrecargado de mí mismo, desde este mismo fondo que no logro precisar, pero que se me hace más mío que todo lo mío, y que yo.

Cada vez que escribo una frase se me abren y ofrecen innumerables ideas y frases que podría o debería escribir, pero siempre debo elegir una sola, precisamente la que escribo, y lo demás, todo lo demás se queda en el desván cuántico de mi consciencia y de este registro verbal. Por eso estoy trabajando en ampliar el campo de mi consciencia asociada a mi intelección, y por eso escribo todo esto como un mero ejercicio de traducción y reducción de lo inefable a lenguaje categorial y conceptual, más que para mí, simplemente como esos náufragos que lanzan su mensaje en la botella con la esperanza, o por la necesidad, de fantasear de que alguien en alguna playa de este Mundo lo lea, y además lo comprenda. Cada día aprendo más y mejor a pensar sin palabras. Esto—estoy seguro—es una modalidad de integración al campo mórfico de la Humanidad. Lo puedo sentir, lo puedo constatar por medio de sincronías.

En aquellos tiempos juveniles cuánto y cómo sufría de soledad, como un expósito arrojado a la calle y que clama amor, más que pan. No recibí su pan más que como un guiñapo de miguitas y podredumbre, precisamente como aman los seres humanos. Hoy amo mi soledad, el exilio, uno de los bienes más preciosos que se me ha concedido en este plano. No sé si estaré realmente en lo correcto, seguramente menos que más, pero como lo han supuesto también quienes creen como yo en el poder extraordinario e incomprensible de ese fenómeno pervasivo y emocionante que los investigadores como yo curiosos han denominado sincronía, en parte he provocado también yo que el Universo me devuelva amor y compasión a través de toda mi vida, porque yo también lo he amado apasionada y compasivamente toda mi vida. Este Universo resuena en mi sensibilidad como una hermosa ilusión, una fantasía cruel, imperfecta, excesivamente dualista, pero sobre un escenario bellísimo en tiempo, materia y forma. Tal como Nietzsche, si no fuese por la sustancial estética de este Universo, yo no habría soportado ni el bien ni el mal, ni menos al ser humano. Tal vez por lo mismo el Universo ha soportado y compensado tanto tiempo al ser humano dentro de su propia creación. Sí que me costó, debatiéndome como un gusano expuesto a la luz, separar de mi carne el veneno de humanidad que se me había infiltrado, el tóxico trágico y fatal de la condición bestial, de los gorjeos mentirosos y superficiales de sus más grandes y atractivos ideales, Dios, amor, inmortalidad, paz, igualdad, libertad, ciencia, bienestar, placer, conocimiento, y otros tantos espejismos con que han aplacado, sometido, encantado y engañado a las multitudes sedientes y hambrientas de algo más que humanidad. Sí que me costó. Las personas que han tenido algún atisbo de mi extra-humanidad siempre me han estado preguntando cómo, ¿cómo lo haces?... Así como se les pregunta a los magos, ¿cuál es el truco?  Yo también quiero hacerlo. Creo que cada día hay más personas que quisieran abjurar de su condición humana. Cada día debería haber más personas que quisieran preguntarme, ¿cómo se hace, por favor, cómo se hace?... Por todas partes se nos enseña a salir de la condición humana hacia abajo, hacia atrásy alrededor de uno mismo, pero ¿cómo se hace hacia arriba, hacia adentro, y hacia adelante?... O mejor, en todas las direcciones posibles. ¡Vaya qué pregunta! Para mí no ha sido un preguntarme continuo cómo se hace, sino derechamente un hacerlo de la forma más natural del mundo. Yo no soy un Cristo, ni un Buda, ni un Lao Tse, ni un Heráclito. Ellos enseñaron la vía, el modo, la verdad, y se expusieron a sí mismos como modelos. Yo no soy nada de eso, ni creo en nada de eso. Yo no sé cómo se hace, esto sí que no es de este Mundo, apenas tengo borrosos indicios de quién y qué me lo hace. Tal vez este Poder quiera que yo enseñe algo, pero no sé todavía qué, hoy menos que nunca; aunque quizás ésta sea la más sólida y segura enseñanza que pueda comenzar a enseñar desde hoy, el limpio virginal punto de partida in vacuo de una aventura sin fin. Sin embargo, lo que se dice hoy rara vez no se desmentirá mañana.

 

 

 

 

 

Capítulo 8

 

Milagros

 

 

¡Oh desmesurada visión!... Según la IA el Universo contiene entre diez cuatrillones de vigintillones y cien mil cuatrillones de vigintillones de átomos, y de 100.000 trillones a 300.000 trillones de estrellas. A cada segundo se crean 4.75×1042 átomos en el Universo… Una estrella nace cada 2 diezmilésimas de segundo, y 3 a 5 estrellas en el Universo son aniquiladas por segundo. Si sólo esto —mera suposición probabilística— para la experiencia humana ya es inabarcable e incomprensible en lo que conlleva implicado, nuestra máxima locura es experimentar una realidad desde un aquí y un ahora—como si existiese un aquí y un ahora ciertos en esta INMENSIDAD—, como si la estuviésemos definitiva y progresivamente conociendo; como si estuviésemos existiendo dentro de una realidad tal y como la percibimos y la conocemos. ¡Ah, qué sería de otra Humanidad completa que pudiese experimentar esta realidad tan “imperativamente cierta”, en cambio y ante todo como una ilusión y un delirio imperativos, aunque todavía sin poder escapar de esta ilusión y delirio!... ¿Sería siquiera adaptativa y viable una Humanidad que supiese esta realidad como una pura ilusión y un delirio propio, al mismo tiempo que estuviese condicionada y obligada a vivirla como nosotros la experimentamos falsamente, incluso dentro de un ingenuo autoengaño extralímites, como propusieron el Buda o el Cristo: que por algún recurso, práctica o artilugio, naturales o sobrenaturales, pudiésemos escapar de la Suprema Ilusión? ¿Qué cambia de esta ilusión y delirio cuando yo sólo sé que todo es así, pero no puedo dejar de experimentarlo como tal? Posiblemente sólo sea una forma mental un poco más refinada de la misma ilusión y delirio, pero también una forma antropogénica que aporte una respuesta sincrónica más refinada de parte del Universo, por ejemplo, como la aparición en los cielos personales de unos ovnis inteligentes, sobrenaturales e incomprensibles; o bien, la concesión de una sincronía más avanzada y para-natural, como en la magia, en la espiritualidad, o en el milagro, o en lo forteano. O tal vez solamente como el tigre que se queda agazapado, inmóvil, esperando entre la niebla algo que huele demasiado extraño y nuevo, sin saber nada más que eso, sin poder hacer nada más que eso.

Al menos yo lo he vivido y experimentado así desde mi adolescencia. Son demasiados los milagros y las sutilezas del Universo mío como para hacer mención somera de ellas. O como para simplemente no hurgar intensamente en ellas un poco más de lo habitual y de lo ya dado, acuciado por esta compulsión de roedores humanizados que, entre otras, nos caracteriza evolutivamente. Uno de los obstáculos y espejismos más limitantes y problemáticos de lo forteano y de la presencia de lo extranatural en nuestro nivel de realidad es que estamos condicionados y facultados para experimentarlos y conocerlos sólo desde este lado nuestro, con nuestros pobres e ilusorios recursos cognitivos, sicobiológicos, materiales y existenciales, pero desconocer, ignorar y exclusivamente especular ficcionalmente acerca de todo lo que lo origina (o está) desde “el otro lado” (Lo no-nuestro). Un caso de un individuo contemporáneo muy poco conocido en Occidente, el cual representa claramente en su persona esta ambigüedad sutil de la ilusión llevada al límite del milagro naturalista en nuestro plano de realidad es Sathya Sai Baba. Sai Baba hacía milagros, pero no sabía qué eran sus milagros—incluso, ¿esos serían milagros?—, al igual que Jesús, el cual experimentaba y especulaba de forma delirante con un Dios causal y padre, porque seguía hallándose profunda y condicionadamente sumergido en nuestro nivel de realidad ilusoria, él sólo un poco más sutilmente lúcido que cualquier científico nuestro respecto de la Suprema Ilusión. ¿Que era un hombre…? Todo lo prueba… ¿Que era un ser divino…? Nada lo prueba… ¿Sus milagros? Muchos humanos hacen milagros y obras contra las “leyes” de la Naturaleza, sin que demuestren con ello nada divino. Además, ¿alguien sabe qué es lo divino, si con un poquitín de honestidad alguien ha reconocido: “a Dios nadie lo ha visto nunca”[13]?

Los milagros, lo sobrenatural, la magia, lo aparentemente sobrehumano es lo único que ha hecho suponer, por ejemplo, que Jesús era divino: “Si ustedes no ven señales y prodigios, no creen”.[14] Pero, ¿por qué habrían tenido que creer por otro medio o razón, si su doctrina no era más que un zurcido de ideas y conductas “demasiado humanas”, producidas, tragadas, deglutidas y defecadas a través de toda la Historia humana? Ideas románticas, rebeldes, utópicas, polémicas, pero estrictamente humanas, como Novalis hizo eco de ellas: “El hombre debe convertirse en lo que es: un ser divino, lleno de luz, amor y sabiduría."[15] Ningún taumaturgo, ni dios, ni alienígena ha revelado nunca nada que demuestre él mismo un saber inalcanzable y sobrehumano. Toda vez que me he acercado peligrosamente a la Fuente-Sobrehumana-del-Milagro sólo he obtenido, primero, la aniquilación de todo saber humano; luego, la comunicación trascendental que apenas he podido procesar torpemente en mi interior como un: “TODO ES ILUSIÓN Y DELIRIO”. Si Jesús transformó el agua en vino, o caminó por encima de las aguas, o resucitó a unos muertos, sólo demuestra que todo esto es una ilusión y un juego que puede ser manipulado y reordenado de una manera mucho más fácil y sencilla de lo que desde siempre hemos creído. Yo creo que no es necesario saber que todo es ilusión y delirio para quebrantar las reglas de este juego ficcional. Yo creo que basta con alcanzar cierta interfaz profunda mente-realidad para obtener el crédito de alterar este sueño que estamos soñando. Pero, —¡cuidado!— ello no implica que nos hayamos convertido en amos y señores por sobre la ilusión y el engaño, sino simplemente avanzamos a un “nivel superior” dentro del mismo sueño, ilusión y engaño. Pasamos del nivel de estar subordinados y sometidos pasivamente dentro de nuestra existencia ilusoria, a crear y alterar ilusión dentro de la misma Ilusión. Los cristianos, los musulmanes, los creyentes en cualquier Dios piden, rezan, desean, porque ellos mismos son incapaces de producir ciertos cambios que quieren para sus existencias; pero si ellos pudiesen crear cambios en sus limitaciones e insatisfacciones, si ellos pudiesen controlar mejor el delirio de sus existencias, si pudiesen hacer milagros y maravillas, ya no necesitarían a un Dios que les prometa o les facilite el lenitivo de su felicidad—pero que jamás se realiza aquí y ahora—, y hasta se les haría obvio y necesario no creer en la existencia de Dios. La inmensa mayoría de los seres humanos no quiere superar y salir de la Ilusión y del Delirio, sino sólo experimentar una ficción de realidad más amable para ellos. Para la inmensa mayoría de los seres humanos sería un non plus ultra, un máximo concebible, un Paraíso y un Reino de Dios, poder aquí y ahora volar con su propio cuerpo, teletransportarse, convertir el agua en vino, realizar cualquier fantasía y deseo sexual, realizar lo que deseen realizar, convertir casi cualquier sueño en realidad, hacerse inmortales, aunque todo sea una completa Ilusión que siempre de alguna manera tendrá que acabar. En cambio, ¿para qué buscar algo inconcebible? ¿Algo que pueda incluso acabar por completo con la ilusión de uno mismo?

Yo me encuentro en ese umbral tenebroso. Yo sé que a través de mi vida he ido tomando decisiones difíciles, elegidas por mí en lugar de otras, donde los más hubiesen elegido las otras, pero no estas mías. En alguna medida estoy donde estoy, e iré hacia donde pueda ir, gracias a todas esas pequeñas elecciones previas, gracias a una capacidad que yo mismo me he llegado a habilitar, porque también me ha sido permitido habilitar. He venido, pues, a habitar en esta suerte de continuo y encubierto milagro. Los otros, los de Cristo, los de Sai Baba, los de los ángeles y extraterrestres, no me interesan. Nunca he deseado ser como Dios, nunca, consciente o encubiertamente, su poder. ¿Qué sopla furtivamente en mi corazón para que arda este fuego tan desasido de TODO, tan despiadadamente enemigo de toda ilusión, hasta de la ilusión de sí mismo? Y aun así me queda nada más que su aliento, soplo sin forma, sentido ni razón, como última exhalación ahí del moribundo. Nada más. O, tal vez, hoy me quede mañana, ese horizonte filudo y gris como un puñal que se va clavando de a poco en las entrañas mismas e invisibles de toda Ilusión.

 

 

 

Capítulo 9

Compasión

 

 

 

He decidido ser compasivo con quienes me van a leer. ¿Quién puede dimensionar a qué se renuncia y qué cambia cuando yo decido ser compasivo con los seres humanos? Sépase que no es una conducta encubierta—o directamente—despectiva ni arrogante, porque ser un individuo imposible me pone en cierta condición singular y paradójica. Mis palabras son siempre nuevas palabras, aunque parezcan las mismas de todos; pero también son despreciables, porque no sirven para lo que la gente valida y usa las palabras. Yo me inspiro todo el tiempo y sin cesar en la poderosa enseñanza del sol: alumbra y calienta sin cesar y sin diferencias manifiestas lo mismo sobre buenos y malos, sobre humanos y no humanos. La compasión encierra en mí—creo—algo así como humildad existencial y moral disponible para que sea Realidad la que decida qué hará con mi compadecido, y no tenga yo que condenarlo, ni siquiera asignarle un valor, o estado determinado y definitivo, a ese que no me resulta bien. Sin embargo, para que se entienda precisamente en aquello que voy a exponer en este escrito, si me encuentro en la calle con un maleante que está actuando de forma violenta, por ejemplo, contra un niño, mi compasión no me impedirá que también actúe de alguna manera suficiente para impedir que continúe con su manifiesto acto brutal. Se puede y se debe—llegado el caso de conciencia—ser violento como el más violento, sin poseer una condición y carácter en absoluto violento. La cuestión de fondo que nos propone la Realidad continuamente es ante todo en qué estado de realidad tratamos de estar, o simplemente, o finalmente, realizamos.

Siempre estamos adentro de un algo-realidad que nos impone sus condiciones y limitaciones. Nuestro sí-mismo, nuestra consciencia, nuestra mente ya es un algo-realidad impositivo y condicionante. Si dentro de las Ciencias se hubiese creado una ciencia particular y una epistemología fundacional acerca de los determinantes de la existencia humana y universal, yo respetaría algo más a esta coja, tuerta y arrogante necia que pretende conocer la realidad mejor que nadie, a ciencia cierta. Pero la huye y la rehúye como una rata asustadiza, porque intuye con el rabillo del ojo tuerto que ese saber acabaría destruyendo a todas las Ciencias, y trastornaría al burdo animalillo de dos pies enclenques que la sostiene y la delira. En cambio, se afana por engrandecer y convencer a esta rata humana delirante que se sube al escenario del mundo para actuar un diosecillo en camino a la omnisciencia y omnipotencia, sin anticipar el agujero abismal adonde en masa se encamina. Las Ciencias también nos imponen un algo-realidad, lo mismo que son a su vez el resultado de un algo-realidad condicionado.

¡Qué ironía!... Los griegos buscaron afanosamente el principio (ρχή) de todas las cosas, de la realidad, y se encontraron por todas partes y de todas las maneras con el relativismo y subjetividad de la condición existencial y mental del ser humano, del filósofo-científico pensante. A cambio, creyeron descubrir una Naturaleza (Φύσις), un cosmos-orden (κόσμος) independiente del ser humano, un objeto universal no subjetivo ni relativo—incluso aunque fuese causado y gobernado por un dios platónico o no-platónico (realidad absoluta)—. Este Universo podía ser, entonces, el escenario sólido y seguro para constituir y construir una existencia cierta y un saber ciertos, un parámetro estable y definido de verdad y falsabilidad. En términos y parámetros siquiátricos: “he aquí el juicio incontestable de realidad (incontestable)”, la sanidad mental por excelencia. Pero no, nos hundieron hasta siempre contra el fondo del mismo pantano ilusorio y sicótico del que buscábamos huir—huyendo de nuestra delirancia humana—, pues la Naturaleza es la Causa Suprema de toda ilusión y delirio, las sublimes entrañas materiales de la Superilusión, el Supremo-Estado-de-Realidad desde donde nace—sin nacer—y allí mismo habita nuestra condición relativa, alucinada, efímera, antropogénica. La sólida, incuestionable e inevitable realidad cotidiana… ¡Qué ironía!

“Sueña el rico en su riqueza, que más cuidados le ofrece; sueña el pobre que padece su miseria y su pobreza; sueña el que a medrar empieza, sueña el que afana y pretende, sueña el que agravia y ofende, y en este mundo, en conclusión, todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende.”[16]

¡Vaya ironía!... Se puede soñar que se sueña, y se puede delirar que se delira. ¿Cuántas matrioshkas son la Realidad?... ¿Una o/y infinitas?... Incapaces de superar aunque sólo sea una ilusión, nos obligamos y estamos obligados a concebir todo en términos disyuntivos, duales, agregativos, contrapuestos (o/y), por ejemplo, realidad/irrealidad. Yo vengo de vuelta de las regiones de lo Imposible, o sea, apenas un milímetro más allá de la punta de sus narices. Yo no traigo respuestas, sólo una cornucopia de ilusiones para desplegar como confeti ante tus desorbitados ojos. ¡Coje la que quieras, coje la que puedas! ¿Te preguntas si yo soy un alienígena/extraterrestre?... ¡Sí lo soy!... Un milímetro más que tú. Sólo un milímetro más que tú basta para ser Dios y/o Demonio.

¡Qué difícil y hasta imposible es para ti ir, aunque sólo sea un instante, hacia afuera de ti mismo! Mírate como piensas todo desde tu único color político, o sea, a los seres humanos amigos y/o villanos, sólo humanos y/o no-humanos. Mírate como miras a los que no creen en lo que tú crees. Mírate como sientes a los que no son tu familia, a los que no son de tu nacionalidad, a los que no poseen tu color de piel, a los que no hablan tu idioma, a los que no son de tu sexo, de tu edad, de tu clase, a los pobres, a los enfermos, a los ladrones, a los mentirosos, a los miserables, o sea, a “los otros”. Mira la manera como cuentas tu dinero. Mira que respiras sin esforzarte ni quererlo. Mira que la sangre fluye por tus venas sin cesar, y tú no la sientes. Miras el pasto verde y llamarías imposible que no sea verde. Miras hacia arriba y sabes cielo. Miras las noticias que te ponen delante, y te informas. Ves morir, ves nacer, y no ves nada más allá, pero igual supones. Duermes, sueñas, despiertas, duermes, sueñas, despiertas… Sabes tu nombre, pero ¿qué es tu nombre? ¡Mira cómo estás leyendo ahora, y no sabes que el Universo lee a través de tus ojos!

El Juego quiere que juguemos. ¡Aprende cómo se juega con la Ilusión! ¡Aprende a salir de Todo sin salir de Todo! En cambio, tú sales de un Todo-sin-salir-de-Todo, porque no sabes jugar por ti mismo. Tu juego es un juego pequeño y elemental, puedes quedarte allí, volviendo una y otra vez de regreso a la partida, sí, o puedes decidir con voluntad inquebrantable avanzar al siguiente nivel. Tarea imposible. Para mí es motivación y recurso suficientes, aunque no sepa dónde acaba, ni cómo sigue, ni qué soy yo.


 

 

 

 

Capítulo 10

El Terror (parte 1)

 

 

 

Yo nunca he sido una persona especialmente miedosa. Sólo de niño y durante mi primera adolescencia recuerdo haber sentido un miedo intenso, rayano en el terror, toda vez que tenía que enfrentar un par de situaciones particulares. Una de ellas era el miedo a la oscuridad, aunque la verdadera razón de ese terror se encontraba al interior de la oscuridad, no en la oscuridad misma. Me ponía la piel de gallina, por ejemplo, el abrir una puerta de una habitación completamente a oscuras y meter la mano, sólo la mano, para tantear la pared buscando el interruptor de la luz. Era casi terrorífico, si en esos momentos me permitía pensar que desde adentro algo pudiese cogerme la mano. La situación me generaba un complicado juego y desafío sicológico. La oscuridad siempre me generaba una desazón porque me producía la intensa y muy real sensación de que algo extraño y amenazante podía llegar hasta mí precisamente por medio de la oscuridad.

Otra situación fóbica me la producían las alturas, aunque eso apareció durante mi adolescencia. La cuestión, sin embargo, era bastante específica. Me producía una sensación horriblemente vertiginosa acercarme al borde de una altura ya superior a unos diez metros, y mirar directamente hacia abajo. El componente más horroroso de ello no era tanto ver o dimensionar la altura, sino la sensación visceral de que algo interno me impulsaba a lanzarme al vacío, como si la situación de dejarme caer en sí misma fuese mía necesaria… Ambas formas de terror desaparecieron de mi vida a partir de un tiempo determinado, por razones significativas y particulares que en otra oportunidad tal vez vaya a relatar. Todos mis demás miedos, en cambio, eran comunes y corrientes, circunstanciales y sin mayor compromiso emocional, de cosas que a cualquier ser humano normalmente le causan miedo, como el miedo durante un accidente vehicular, o el miedo a ser asaltado con violencia, o el miedo a perder un ser querido, o el miedo a lo desconocido y extraño. En consecuencia, el miedo me era una emoción bastante ocasional, y al que yo tendía naturalmente poco. De hecho, todo lo que he escrito a través de mi vida testifica la casi inexistencia del miedo como un tema literario o biográfico en mí. Es por ello que nunca se me dio el imaginar ni anticipar lo que iba a vivir una noche excepcional que llevo grabada en mi memoria, desde los 24 años, como si se tratase de un video indeleble. Definitivamente, se trata de una situación imposible para un individuo imposible.[17]

Han transcurrido 42 años desde esa noche. Hoy tengo 66. Nunca había escrito, ni tampoco podría haberlo logrado, el relato que voy a producir aquí. Lo he intentado a través de estos 42 años, pero siempre acababa dándome cuenta de que no podía, como si un conjunto de trabas poderosísimas me lo impidieran.[18] Vagamente, y como resumiendo para simplificar, esas trabas me soplaban al oído no es el momento. Vagamente también yo creía entender por qué no lo era. Hoy, ahora mismo, han desaparecido todas las trabas, para mí—sólo yo puedo dimensionarlo así—como si hubiese ocurrido un milagro, como si ese muerto imposibilitado, momificado, siempre invocado sin respuesta, de pronto y mágicamente resucita dentro de mí y por todas partes, y anda, y vive enteramente vivo, hasta más vivo que yo, que lo he llevado conmigo muerto-dormido todo este tiempo... Al final de este escrito sólo yo sabré por qué me ha llegado la hora de hacerlo. Ustedes, por su parte, al leer el punto final tal vez tiriten ahí, apenas comenzando a presentir el terror de esa noche mía que también le toca en suerte y parte a cada ser humano e individuo (necesariamente.

El tema de los ovnis me había atraído desde mi primera adolescencia, aunque de una manera un tanto liviana. Por ejemplo, disfrutaba mucho de las películas sobre ovnis y alienígenas. Nada más. Con el tiempo se me fueron planteando inquietudes, algunas ideas e interrogantes, pero siempre con cierta distancia y tibieza. Por entonces, mi mayor anhelo, en medio de mi ignorancia, era experimentar al menos un avistamiento ovni. Encontrándome en esta condición un tanto anodina respecto del tema, a los 21 años ocurrió un primer evento detonante y significativo: tuve un avistamiento y experiencia personal con un ovni que fue visto colectivamente, e incluso informado en la prensa de mi país.[19] No me detendré aquí a describir ni a narrar este hecho, porque amerita un importante capítulo aparte, el cual ciertamente dejaré para más adelante. Por ahora, me interesa destacar que a partir de esa experiencia el tema se me convirtió en una cuestión viva y personal. Comencé a investigar sobre el tema con escaso acceso a buenas fuentes de información, de modo que no avanzaba mucho en conocimiento sobre el tema, hasta que a los 24 años llegó a mi poder el libro 100.000 Kilómetros tras los OVNIS, de J.J. Benítez. Lo que más recuerdo y valoro de aquel libro es la sorprendente experiencia que viví mientras lo leía, ya que, a medida que avanzaba en su lectura, comencé a sentir que yo estaba siendo observado y guiado interna y externamente por unos seres superiores, justo y precisamente lo que descubro que J.J. Benítez narra más adelante como su propia desconcertante experiencia mientras él también avanzaba en su búsqueda e investigación de respuestas acerca de los OVNIS. Esto me causó una sensación de reduplicación apodíctica de realidad, como una especie de hiperrealidad que se me presentaba y se me desencadenaba en mi interioridad, en mi mente y en toda la realidad. Era sensación vívida, era una certeza total, única e inexplicable, de que un o unos seres inteligentes y suprahumanos estaban tomando en adelante, por completo y de hecho, en una especie de super-presencia, el conocimiento y el control de toda mi persona y de mi realidad. Yo sabía que no estaba alucinando, por más que también podía dudarlo racionalmente. Al terminar de leer las últimas líneas del libro de Benítez se me actualizó—casi como un mensaje telepático—que había llegado la hora también para mí de encontrarme cara a cara con Ellos. Podía sentir en mi interior algo así como una continua vibración magnética que nunca había experimentado antes. Aquella noche salí al patio trasero de mi casa a contemplar el cielo estrellado, con la sensación de que podría ver algo. Era tan singular y potente la precepción entonces de que mientras yo observaba el cielo, a su vez, yo era observado. No vi nada especial, pero llegó la certeza a mi conciencia de que aquella noche iba a ser decisiva. Me fui tranquilo y confiado a dormir.

Recuerdo con claridad que repentinamente yo estaba soñando un sueño lúcido: me encontraba en mi cama, recién despertado de algún sueño dentro de mi sueño; me incorporaba y veía por la ventana de mi pieza el cielo oscuro lejos hacia el poniente; distinguía una luz que se movía lentamente, de inmediato aparecía otra, y otra, y otra; aumentaban de tamaño, tomaban colores variados, intensos, cambiantes, mientras realizaban evoluciones que me resultaban muy hermosas, como si formasen un entrelazamiento de figuras y estelas de colores entremezclados—una danza bellísima— a medida que, además, se venían acercando hacia donde yo me encontraba. Justo en el momento en que me percato de que se dirigen hacia mí escucho dentro de mi cabeza una voz poderosa, grave, extraña, que habla retumbando dentro de mi cerebro: “¡Ahora sí!”… Despierto instantáneamente, con máxima conciencia, con todas mis facultades mentales alertas, abro los ojos y en ese mismo instante una luz blanca, vaporosa y al mismo tiempo sólida, como si tuviese volumen, comienza a extenderse desde el marco izquierdo de mi ventana, por sobre la superficie de la cortina gruesa de lino, formando progresivamente una especie de semiesfera que va desarrollándose hasta tocar el marco izquierdo de la misma ventana, llenando así toda su área con esta semiesfera. Justo al completarse esta figura, sobresaliente hasta más o menos medio metro en su radio máximo, desaparece instantáneamente, como si se apagase. No estaba soñando, no más que ahora también sé que no estoy soñando; estaba yo plenamente despierto, o, por lo menos, en indubitable y asombrada conciencia de vigilia. La aparición incomprensible de esta luz por sobre la cortina era para mí irreal y fantástica, más todavía porque la ventana estaba cubierta por fuera con sólidos postigos de madera que dejaban sólo una abertura en el medio, donde faltaban tres o cuatro tablas. Al acabarse la visión de la luz, simultáneamente escucho cerca en el patio un ruido vago, entrecortado, como si algo se moviese rápidamente; se abre la ventana que yo había dejado entreabierta, salta velozmente mi gato al suelo, quedándose agazapado con claras señas de miedo. Puedo sentir y oír una especie de pesada vibración en el aire, sé que afuera hay Algo, entonces se me plantea la disyuntiva más terrible y decisiva que—ahora puedo saberlo— he experimentado en mi vida: correr la cortina y mirar hacia afuera, o no. No pensaba con palabras, pero mi pensamiento procesaba y dialogaba de forma integral e instantánea, como por ideas completas, con algo-alguien que parecía haberse asimilado a mi propia mente. Se insertó en mi mente la idea-certeza de que, si yo estiraba la mano y abría la cortina, conllevaría que yo me aniquilaría, yo desaparecería absolutamente, hasta en mi esencia humanaEso no era solamente morir, como sea que se conciba la muerte natural de cada y todo ser humano. No puedo explicarlo, pero esa idea que se me implantó era una especie de conocimiento-experiencia enteramente real y vívido. Esa idea-vivencia—podía sentirlo, saberlo absolutamente—no era de este mundo, no era conmensurable con nada natural ni humano, con nada mío. Sentí en ese instante el horror más intenso y sobrenatural que—yo creo— puede sentir un ser humano al acercarse a la aniquilación de su propia esencia, por encontrarse con ALGO inconmensurable e incompatible con la esencia humana y natural. Supe, además, que, si abría la cortina, ya no habría vuelta atrás… La realidad que me transparentaba este terror me detuvo. Fui libre de hacerlo; no había ninguna fuerza, ningún bloqueo síquico que me paralizase, que inhibiese descontroladamente mi voluntad ni mis capacidades. Si la abría, supe ahí que podría al fin conocer y experimentar la verdadera realidad que existe tras el fenómeno de los ovnis. Sólo yo decidí no abrirla… ¿Por eso estoy todavía vivo?...

 




Capítulo 11

Delirio y Realidad



 

¿La visión de la luz dentro de mi dormitorio fue una alucinación hipnopómpica?... ¿Todas mis percepciones y mis procesos interpretativos relatados fueron una seguidilla de procesos mentales fantasiosos y subjetivos?... ¡Sí!... ¡Sí!... Pero la clave hermenéutica, la inversión epistemológica fundamental e inicial que yo considero necesario hacer para comprender correcta o, por lo menos, menos limitadamente—por ejemplo, de lo que lo hace la Ciencia—todo fenómeno de esta realidad en la que existimos, TODO—entiéndase enfáticamente y sin restricciones—, consiste, primero, en asumir holísticamente que “TODO ES ILUSIÓN”, y que, a partir de este principio (auxiliar) universal y total, se desgranan los demás estados de realidad (subilusorios—los modos de la ilusión) que parecen o se experimentan (antrópica y paradójicamente) no ilusorios, estables, independientes, sólidos , ciertos, referenciales, verdaderos, absolutos, etc., como, por ejemplo, el Universo material, o bien la percepción sensorial, o el cuerpo biológico, o la racionalidad, o el instante temporal presente, o la tecnología, etc. Yo no logro entender cómo tanta gente pensante e inteligente a través de la historia humana no se ha dado cuenta de lo obvio, necesario, elemental y trascendental del error sobre el cual se ha constituido y construido toda nuestra condición natural, toda nuestra civilización humana, todas nuestras experiencias y conocimientos del orden que sean, incluso de aquellos saberes o cosmovisiones que se han configurado, como lo han hecho, por ejemplo, el Hinduismo y el Budismo, supuestamente a partir del principio de TODO-ILUSIÓN, o Maya. El error, casi como una suerte de horror vacui o bloqueo cognitivo, consiste básicamente en aferrarse por cualquier medio a la convicción injustificada de que necesaria y axiomáticamente existe algo inicial, creador, fundacional, universal, total, etc., absoluto y verdadero, como el número para Pitágoras, el cogito cartesiano, o el Dios de Jesús, o el Universo físico, o el Paranirvana, de modo que una de las consecuencias más importantes para el conocimiento humano es que ese supuesto Principio Absoluto nos condiciona, tanto como nos permite, a discernir entre el Bien y el Mal, la Verdad respecto de la Falsedad, lo Real y lo Irreal, la Vida y la Muerte, el presente respecto del pasado y del futuro, etc. ¡Ni siquiera los simios cayeron en ese error tan delirante, regresivo y absurdo propio de la especie humana! Y no es que nuestros escépticos, agnósticos, intuicionistas, videntes, divergentes lo hayan hecho mejor—pudiendo, y hasta debiendo—, porque de una u otra manera todos han acabado en una trampa inicial-final de este mismo nudo gordiano ilusionista que es en sí mismo el homo sapiens-sapiens.

Si se invierte ese principio, pues, se puede derivar y comprender, pero de una manera radical y sustancialmente diferente, toda la experiencia de verdad y de realidad que hemos desarrollado integral y soberanamente, lo mismo que toda nuestra experiencia y conocimiento en relación con la falsedad y la irrealidad. El eje absoluto de nuestra experiencia de realidad, por lo tanto, debiera ser representado como un sistema integral de ilusión por niveles y grados de ilusión imbricados e interrelacionados, dentro del cual los seres vivos y los humanos experimentamos una forma o dimensión de ilusión degradada que consiste en la alucinación delirante de un estado de realidad física y mental verdadera y autónoma, o sea, la realidad natural. En este sentido, actualmente he llegado a creer que el fenómeno ovni en su totalidad, así como gran parte de la fenoménica forteana, demuestra en forma abierta y decisiva precisamente y de forma dramática la debida inversión trascendental de nuestro principio y experiencia de realidad. Es decir, en gran medida el fenómeno ovni y la fenoménica paranormal representan un estado de realidad mucho más amplificado—o sea, en el ámbito de nuestra conceptualización antrópica, más real—dentro del Holismo Ilusorio, o Ilusión Trascendental.

En la actualidad, la mayor parte de la gente instruida no sabe que muchos importantes y prestigiosos investigadores del fenómeno ovni, tales como Carl Jung,  John Mack, David Jacobs, Jacques Vallée, sostienen que asociado a este fenómeno siempre existe un gran componente productivo o causal de tipo sicológico o mental, sin que ello implique necesariamente que el experimentador de un “encuentro cercano” esté solamente alucinando, o, en el mejor de los casos, sólo distorsionando fantasiosa e irrealmente (sensorial o sicológicamente) algún fenómeno de carácter meramente natural, como sugiere la mayoría de los escépticos y críticos cientistas. En nuestra conceptualización, aquellos ufólogos sí implican—sin declararlo explícitamente—, por una parte, que no existe una incompatibilidad ontológica ni contradicción necesaria entre ilusión/alucinación/subjetividad, y realidad objetiva/natural/física. Y, por otra, a fortiori, que existe algún misterioso, desconocido e hipotético mecanismo, o razón, que articula y compone subjetividad-realidad física (juntos)—en una relación fuera de lo común, incluso anómala y excepcional—para producir causalmente tales experiencias. Es un hecho que nadie ha avanzado todavía en la investigación y elucidación de este “mecanismo”, o la razón que unifica la experiencia mente-ovni.[20] No obstante, considero que el investigador Antonio Caravaca ha dado un paso inicial importante últimamente hacia la línea de la inversión epistemológica y ontológica que aquí proponemos.[21] Con todo, considero que el abismo más ancho y profundo que separa la inversión ontológica y epistemológica que sugiero, respecto de la histórica y natural que hasta aquí ha sostenido y desarrollado íntegramente el ser humano, consiste en su incapacidad natural y antropológica para experimentar esta realidad en parámetros y modos no duales, y en categorías no separadas (no-unidades).[22] Por ejemplo, diferenciar amplia y sustantivamente entre dimensión síquica y dimensión física de la realidad—o bien, interior-exterior—es altamente ilusorio e inadecuado; o bien, entre realidad e irrealidad; o bien, representar la realidad por medio del lenguaje verbal, u otros similares, en tanto siempre los lenguajes humanos son categoriales, es decir, representan la (sub)realidad por identidades, unidades, valores, significados, definiciones, juicios, etc. Es decir, el ser humano naturalmente no puede superponer fenómenos sin identificarlos y procesarlos cognitivamente por separado, como una suma, aunque los perciba como unidad, es decir, siempre y ante todo experimenta “el todo es una suma de partes”. Además, el humano no puede sino superponer aumentativa y progresivamente unos pocos estímulos (unidades) de realidad (poseemos limitada y escasa amplitud atencional), y también es incapaz de integrarlos como nuevo estado de realidad.[23]

En conclusión, si todo es ilusorio, entonces no es un buen criterio afanarse por diferenciar a ultranza—por ejemplo, científicamente—entre verdadero y falso, entre alucinación y realidad física, entre correcto e incorrecto, entre energía y materia y mente, entre 0, 1 y 2, sino debiéramos esforzarnos, ante todo, por tratar de diferenciar los modos implicados de la ilusión y del delirio holistas.[24] Esto solo cambiaría toda nuestra experiencia y conocimientos (ideas) de la realidad, adquiridos y naturales. Considero que ésta es una de las principales enseñanzas que nos aporta, en conjunto, el fenómeno de los ovnis, de lo paranormal, y, por lo tanto, también de mi propia experiencia relatada.

Por lo tanto, quienes hayan leído mi experiencia ovni, relatada en el capítulo anterior, habrán reaccionado con los más variados criterios, sentimientos, pensamientos y juicios, pero nadie se acercará siquiera a mi propia experiencia, ni tampoco al correcto procesamiento de su particular fenomenología de la ilusión.



 


[1] Heráclito de Éfeso, como expondré más adelante, conocía la respuesta como ningún humano de conocimiento público la ha conocido hasta hoy.

[2] Entiendo con este neologismo la condición de la mente en coordinación funcional con la consciencia de vigilia y el yo.

[3] La pretensión de la sicología sicoanalítica y sicodinámica de acceder a contenidos o ámbitos del inconsciente es tan precaria, que podría compararse a suponer que un conjunto de sombras chinescas proyectadas sobre la superficie de un grueso muro representa las cosas que ocurren invisibles por el otro lado de ese mismo muro. Es más probable – de acuerdo a mis experiencias y conocimientos - que los contenidos y el universo del inconsciente sean algo completamente diferente e inconcebible para nuestros contenidos y funciones síquicas asociadas a la condición de consciencia de vigilia. 

 [4] Entiéndase como quiera Humanidad, ya sea como una especie natural, un concepto antropológico, religioso, filosófico, una constatación histórica, una acumulación fáctica de individuos que se reconocen entre sí más parecidos respecto de cualquier otro ser vivo en este mundo, etc.

[5] En publicaciones anteriores he justificado y explicado por qué sostengo esta visión.

[6] Hoy por hoy no nos encontramos con una situación y experiencia tan extremas, aunque también son innumerables los hechos-mierda en escala más reducida. Creo que no necesito dar ejemplos por todos conocidos, aunque todavía no por todos sufridos.

[7] Sólo la macrodimensión Psi (psiquismo) encubre incalculables otras dimensiones de realidad, a las que se accede y se interactúa, en la medida que ello es posible, a través y por medio de la mente, la conciencia, el inconciente, el yo, las diferentes facultades mentales y cognitivas, el espíritu, la energía psico-biológica, etc. Si las Ciencias modernas y la Humanidad inteligente pusiesen la atención en esto, investigasen, experimentasen con nuevas metodologías y nuevos modos epistemológicos, con sus propias facultades cognitivas reconfiguradas, todo lo que hay, e implica, en la Mente o Psiquismo humano y animal, se derrumbaría todo el conocimiento científico adquirido hasta hoy, todo su paradigma de realidad y de conocimiento, toda experiencia humana como se vive y concibe actualmente, TODO, sin excepción.

[8] Una demostración de esto se encuentra en el hecho de que las Ciencias y sus conocimientos van cambiando necesariamente con el transcurso del devenir histórico del ser humano, a causa de su experiencia y transformación colectiva y subjetiva – incluido como tal la tecnología -, pero no por un factor intrínseco (verdad, virtud, poder, creatividad, etc.) a la Ciencia misma, a la tecnología, o a cambios sustantivos de la realidad física y material. No es la Ciencia, sus nuevos conocimientos y creaciones, los que cambian la Ciencia ni la realidad, sino es el ser humano el que cambia el conocimiento relativo de la Ciencia, la Ciencia misma, y sus efectos (logros).

[9] En capítulos anteriores he narrado cómo experimenté en mi adolescencia y adultez un autoencantamiento, una especie de autohipnosis, para exaltar y desarrollar mis propias formas de conocimiento, basadas en, y referidas a, lo que ahora considero la mierda del saber humano, pero que en su momento me resultaron una especie de ascenso sobrenatural hacia la Verdad, un logro precioso para mí y hasta para la Humanidad. También yo me hice trampa y me engañé a mí mismo, sin coacción externa, tanto como con coacción externa.

[10] Los peores enmierdadores son aquellos que afirman que todo, o esto o aquello, es una ilusión de mierda, para enseguida “enchufarte” su solución de mierda, que se te propone para superar la otra ilusión de mierda que ellos tan meritoriamente ya han desenmascarado.

[11] Otras dimensiones de realidad, además del tiempo, del espacio, del (eventual) multiverso, son la dimensión de la vida biológica, el antes y el después de la vida corporal, las dimensiones asociadas a las experiencias paranormales (telepatía, ECM, Ovnis, las apariciones (entidades) personales no biológicas, la memoria kármica, premonición, etc.), la conciencia, etc.

[12] Estos u otros datos matemáticos y teóricos que manejan los cosmólogos son una mierda ilusoria, no tanto así la referencia implícita a algún tipo de un gran antes y un gran después de TODO ESTO, aunque incluso una visión de este tipo (más empírica) pueda llegar a ser también una mierda ilusoria antropogénica, y hasta una mierda extra-antropogénica (universal).

[13] Jn. 1.18.

[14] Jn.4.48.

[15] Himnos de la Noche.

[16] Pedro Calderón de la Barca, La Vida es Sueño.

[17] Guardo hasta la fecha un registro—más bien literario, incompleto y poco riguroso—de este hecho, escrito al día siguiente (lunes 7 de marzo de 1983) en un antiguo conato de diario de vida, comenzando en la primera página con este mismo evento, y dejado de escribir (en blanco) sólo tres páginas después de este primer relato de cinco páginas. A decir verdad, sólo a partir de los días posteriores a este evento y registro comencé a recordarlo y procesarlo cada vez con más precisión y comprensión, como si el evento mismo hubiese continuado desarrollándose en mi inconsciente, en mi mente natural, en toda mi realidad, sin dejar de seguir aconteciendo y transformándose junto conmigo a través de los años, toda mi vida, en un increíble proceso orgánico, progresivo, constructivo, trascendental.

[18] Una traba inicial era que cada vez que lo intentaba me daba cuenta de que inevitablemente iba a escribir una narración, una historia que no podía evitar el estigma de ser y saber ante todo a literaria. Ahora, hoy, sé que igualmente estoy escribiendo literariamente, pero ello no impide, no me separa de cualquier otra condición y expresión necesaria para que esta historia sea más real, verdadera, rigurosa y cierta que, por ejemplo, los principios de la termodinámica, o, incluso, con todo el rigor del científico escéptico que finalmente he llegado a ser; y con toda la espiritualidad, y con toda la filosofía, y con todo de todo.

[19] Aún guardo entre mis documentos un ejemplar de un periódico de la época en el cual se informa acerca de este extraordinario avistamiento y fenómeno.

[20] O como la relación mente-milagro-realidad física que propuse en el cap. 8.

[21] Véanse libros del autor: La distorsión: El fenómeno OVNI en la mente humana (2012), El secreto de los OVNIs (2014), La conciencia OVNI (2017). Igualmente, su blog:  https://caravaca101.blogspot.com/. Su mérito consiste en poner el foco del fenómeno ufológico y sus concomitantes forteanas y paranormales en lo que él denomina “la distorsión”, como un anómalo y excepcional evento en que se implican mente-experiencia física de una manera tan imbricada que no se puede diferenciar un componente del otro. Aunque reconoce que es más probable que el agente externo sea el que cause o administre la distorsión, más que la sique del humano involucrado, dado que evidencia—física y mentalmente—no sólo llevar el control de la situación del “encuentro”, sino, además, exceder en recursos de realidad al ser humano en una medida indeterminadamente mucho mayor, Caravaca presenta confusión/ambigüedad y falta de rigor conceptual tanto en el análisis sicológico, como en todo lo relativo al “agente externo”. En una de las recientes publicaciones en su blog señala en relación con el “agente externo”: “[…] parece algún tipo de fuerza [¡sic!, Caravaca también lo denomina descuidadamente en su post “inteligencia”, sin percatarse ni analizar la distancia fenomenológica y conceptual entre “fuerza” e “inteligencia”] que no solo tiene la capacidad de distorsionar nuestra realidad y percepción, sino que además y esto es lo más importante puede reconfigurar nuestro sistema operativo mental” (miércoles, 1 de enero de 2025). La similitud en cuanto al concepto central de nuestras visiones, pero también la diferencia, se encuentra en el paralelismo entre su concepto de distorsión y mi concepto de ilusión.

[22] Éste es un tema demasiado complejo que requeriría de un tratamiento aparte y extenso para intentar aproximarme conceptualmente a él, ya que por su naturaleza es esencialmente extra-conceptual, extra-lingüístico, para-mental y para-físico.

[23] Al ser humano ya le resulta extremadamente difícil experimentar naturalmente, y en toda su amplitud y variedad, el principio cognitivo de la Gestalt: “el todo es más que la suma de las partes”. Incalculablemente más antinatural le resultaría, a fortiori, percibir cosas y fenómenos instantáneamente ni como todo, ni como partes, es decir, paradójicamente no como cosas, sino como un nuevo estado de realidad (otro no agregativo), por lo tanto, tampoco como un mero fenómeno asociado a la misma cosa. Es decir, en este modo cognitivo no sólo no hay misma cosa (dos veces), sino tampoco cosa (una vez), tal como señalaba Heráclito: “A los mismos ríos entramos y no entramos, somos (estamos) y no somos (estamos)” (49a DK). En nuestra incapacidad connatural, a esta condición para-cognitiva (supra-holista) la percibimos y denominamos filosófica y cuánticamente, insuficiente y ambiguamente, como indeterminación.

[24] Lo que quiero referir con el término “modos implicados” representa vagamente una fenomenología de la ilusión (realidad), que no se ha abordado ni explorado hasta ahora, y que, además difícilmente podríamos indagar y tener acceso a ellos, debido a nuestras limitaciones antropológicas. Volveré sobre el tema en otro capítulo.

 

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