Capítulo 1
12-16 años
Hoy he decidido comenzar a narrar
completa la historia fenomenológica de este ser humano imposible, en tanto imposible, que soy yo. Y
digo “imposible”, porque hasta el momento no logro entender por qué soy una persona
tan extraordinariamente… rara, o única, o sobrenatural, o demente, o qué sé yo,
pues, al final de cuentas, no creo que exista una palabra en lenguaje humano
para calificarme adecuadamente. Claro, cualquiera puede calificarme como quiera
y crea - ¡y vaya si lo han hecho! -, pero hasta hoy no he escuchado ni conocido
a nadie que me ayude a encontrar la palabra que también para mí haga ¡clic!...
Con el correr de las narraciones creo que irán entendido mejor por qué, a falta
de algún término apropiado para la novedad que soy yo mismo, me califico en mi
propia incomprensibilidad como imposible.
Esto lo digo al principio, introductoriamente, con el único fin de que ustedes
se mentalicen ya, con todos sus sentidos on fire - ¡es
necesario! -, como cuando en el cine uno se acomoda nerviosamente al apagarse
las luces para comenzar a ver una película que sabemos por adelantado que
es IMPOSIBLE…
12 años |
Esta
edad es arquetípicamente clave para los seres humanos. Los
niños y niñas en muchas culturas tradicionales son iniciados a
los 12 años. Jesús hace su primera aparición misional y sobrenatural a los 12
años (Lucas, 2:41-50). También es un arquetipo biológico,
o programa biológico: la edad promedio en que se produce la maduración sexual
reproductora - ¡cómo nos cambia la vida! -. En la numerología, en la magia y el
ocultismo, el número 12 está cargado de un significado decisivo y
trascendental. Eso, y mucho más. Eso y mucho más es también lo que me ocurrió a
mí…
Hasta los 11 años fui un niño
promedio, un niñito pasivo y apacible. A los 12 años en punto, me convertí en
un mutante,
en un monstruo de la naturaleza, en un abducido trascendental... Por supuesto
que en ese tiempo yo no me percibía a mí mismo como me percibo desde esta
avanzada edad (63), aunque tampoco la diferencia es cualitativamente tanta. En
esos primeros años post-12 vivía y me vivía a mí mismo casi vertiginosamente;
en cambio ahora vivo, me vivo a mí mismo, me contemplo y contemplo todo
en paz, aunque sólo sea la paz de un hombre intranquilo. No he
cambiado tanto, porque, al fin de cuentas, sigo viviendo hasta hoy solamente
la continuación (la extensión) de mis 12 años.
¿Qué pasó? |
No
lo sé. Hasta el día de hoy busco una explicación a la medida humana, y no la
encuentro. ¡Y vaya si he buscado y rebuscado en todas partes!...
Mi mentalidad rigurosamente científica, al igual que mi mentalidad rigurosamente anticientífica,
me lleva una y otra vez a atenerme a los hechos, a los data, pero
también a los fenómenos. Por ello, intentaré una descripción de
los hechos como hasta hoy se me aparecen a mí.
Cursaba entonces el octavo año de
educación básica en el Liceo Experimental Manuel de Salas. Era yo un oscuro y
tímido alumno promedio, animado sólo por la inercia de la educación
obligatoria. Mi único rasgo especial y espontáneo hasta entonces, como alumno y
persona-niño, consistía en el gusto de leer libros de aventuras. También había
descubierto que podía escribir imitándolas y adaptándolas a mi vida personal.
Recuerdo una ocasión en que mi padre, intrigado al saber que yo escribía, me
pidió durante un almuerzo que le leyera algo de lo que había escrito. Era una
historieta cómica, al estilo de las novelas de Marcela Paz, en la cual, en
lugar de Papelucho – el protagonista de sus historias -, el narrador en primera
persona era yo. Para mi sorpresa, mi padre, un hombre generalmente serio, un
médico bastante hosco y parco, comenzó a sonreír, hasta que finalmente, en
cierta situación que le pareció especialmente jocosa, explotó en
carcajadas sin poder contener las lágrimas, las cuales le caían realmente de
los ojos, y sin parar. Me sentí feliz, y desde ese momento comencé a creer que
podía ser bueno escribiendo. Ése era todo mi contexto literario. Durante el
segundo semestre de ese año escolar, mi profesor de Castellano por primera vez
nos dio a leer un libro profundo, de contenido humano y existencial: Demian,
de Herman Hesse. Desde el primer párrafo, mi niño-yo, mi persona humana, explotó… Durante esos tres días que tardé
en leerlo, morí y resucité innumerables veces. No era conciente de mí mismo,
sólo leía y leía y leía… Vivía a Emil Sinclair desde su propia alma, vivía cada
palabra suya como vivida y salida de mi propia alma. Yo estaba ahí, y él estaba
aquí, conmigo. Era tan natural, siendo tan sobrenatural… Pero en esos 3 días,
simultáneamente ocurría otro fenómeno, una transmutación indescriptible y
extraordinaria en mi mente y en todo mi ser interior, en mi persona toda. Sería
agotador e inoportuno tratar de describir ahora y aquí en qué consistía esa
transformación de cada facultad mental mía, de cada contenido conciente e
inconciente de mi mente, del universo exterior, de mi autopercepción, de mi yo,
de mi consciencia, de mi espíritu, y, en definitiva, de TODO. Por ahora, sólo
mencionaré aquellos aspectos más generales y notables, pues había dado comienzo
a una experiencia y a un proceso descomunales,
que iría progresivamente desarrollándose y progresando a través de mi vida.
Desde mi distancia actual, observo que en gran medida todo lo que he sido hasta
aquí estaba simbólicamente representado en esa novela, en esos dos personajes
unificados: Emil Sinclair y Demian… Pero, sobre todo, en Demian.
De todos aquellos aspectos de mi
ser que mencioné más arriba, no puedo resaltar uno sobre otro, porque
precisamente una de sus características más importantes es que se trataba de un
fenómeno explosivo integral e integrado, asombrosamente integrado y abierto
(dinámico). Todo calzaba con todo dentro de mí, y se extendía fuera de mí,
integrando también a mi proceso interno todo lo que percibía en mi realidad
exterior. Cada día - como dije - nacía y moría, no sólo al despertar y al
volver a dormir, sino también varias veces durante el día, y lo mismo durante
el sueño nocturno. No he conocido una experiencia similar en ningún otro
humano, aunque estoy seguro de que ha ocurrido en muchos ocultos. Mencionaré de
pasada cómo se transfiguraron en mí algunos de los aspectos más representativos
de la condición de persona humana:
1. Mi
sensibilidad. Se amplificó, se diversificó, se
desarrolló tanto, que respondía sensorial, sensitiva y emocionalmente a
fenómenos y cosas de la realidad que las personas normales no
perciben en su rango de sensibilidad, ni de la manera que yo podía sentir la
realidad, en su totalidad y en su infinita diversidad. No digo pensar en
cada cosa, entiéndase bien, sino sentir-percibir –
por medio de cada capacidad humana asociada a la sensibilidad - todas las
cosas, tanto las que todos perciben normalmente, como las que sólo yo percibía
como “cosas” o modalidades de existencia, con una sensación única, con una
relación de sensación única con el aspecto de la realidad percibido y sentido.
Si yo observaba un objeto, podía verlo, graduando mi sensibilidad a voluntad
como con un dial, en diferentes niveles o grados de percepción. Si miraba un
árbol, podía ver una infinidad de matices de color, una geografía y una
coreografía inagotables en su forma externa, en las que podía llegar a ver
infinitas formas conectadas entre sí por algún maravilloso vínculo de
existencia, hasta incluso ver su aura sutil con sensaciones desconocidas para
el ojo natural; pero también podía sentir su yo interior, su palpitación
energética vegetal y única, su raíz arraigada en el planeta, y el planeta junto
con el árbol, arraigado al Universo, y el Universo, inmerso en ALGO
sublimemente Mayor.
¡Era una experiencia extática, sobrecogedora, alucinante, inagotable y
continua!... Todas estas son meras metáforas, porque no hemos desarrollado
términos que describan esa particular y única manifestación de realidad o de
existencia. Cada una de mis emociones y sentimientos se intensificaron más de
lo que a veces resistía en mi estado natural, y me ponía a llorar, o a reír, o
a tiritar, y hasta alguna vez me desmayaba, sin que nunca tuviese una
connotación o un componente dañino para mí; y entre todos mis sentimientos y mi
hipersensibilidad, el amor se
desbordó por sobre toda forma y experiencia sensibles, por sobre y dentro de
todo mi ser y persona, representándome que ningún sentimiento ni emoción
humanas podían asimilar y acceder mejor a TODO lo que existe en esta realidad,
sin excepción ninguna [que el amor].
Pero como mi sensibilidad era una parte más de un todo simultáneo que era mi
mente junto con la realidad, por mi sensibilidad también entraba y salía todo
lo que acontecía en cada parte, función y zona de mi cerebro y de mi mente, sin
que una cualquiera se impusiese descoordinadamente sobre otra.
¿Cómo no colapsaba mi mente, mi cerebro, mi yo, etc., experimentando tal
efervescencia dinámica y continua, caótica y armónica a la vez?... ¿Cómo era
posible que en toda esta experiencia una confianza, una seguridad trascendental
no sólo me aconteciese, sino con toda claridad me guiase tan amorosa y sabiamente?... ¡Imposible!... Porque todo
mi ser y toda la realidad parecían haberse ordenado y danzar animados por un
Espíritu Unificador y Supremo. No creo que en ningún idioma humano haya un
concepto más extremo y superior que Espíritu, pues hasta el
concepto de Dios, en su condición más puramente divina, es concebido por las
mentes humanas como Espíritu. Y si hubiese algo todavía anterior y superior al
Espíritu, entonces todavía mejor sería ESO lo que me ha
poseído…
2. Mi
conciencia. La conciencia es como un ojo-foco ciclópeo interior
de la mente. Cuando exploté, mi consciencia se expandió hacia mi interior y
hacia el exterior, incluso hacia otras zonas periféricas de realidad. Se
encarnó juntamente en mi consciencia un yo milenario, casi sin tiempo, como un anciano
cósmico y al mismo tiempo un niño maravillado. Todo lo que experimentaba con el
ojo-foco de la consciencia iba acompañado de un saber espontáneo y profundo,
como brotado de alguna fuente de conocimiento total. Lo sabía todo como sin
esfuerzo, pero digo todo, como cada cosa – y todo - es conocida de
otra manera allá en lo más profundo de una super-realidad que
se nos aleja, de una manera espiritual, esencial, holística, realizada a través
de un tiempo distinto, juntamente dulce y amarga, como la vida y la muerte
unificadas por una trascendencia superior. Y este saber profundo me hacía arder
humildemente de ambiciosos deseos de conocer todo el saber humano, de aprender
todo cuanto la experiencia humana en este plano de realidad histórica había
propuesto como saber. Y comencé a leer de todo – cuando todavía no existía
internet -, infatigablemente, ansiosamente por abarcar cuanto antes el
conocimiento de todas las cosas. Sin embargo, una voz interior - sí que era como un soplo
imperceptible, inteligente y sutil que yo atribuía a mi propia capacidad de
pensamiento - me llenaba de ideas novedosas, críticas, intuitivas, creativas,
poderosas, contrastantes y atrevidas, como si fuese siempre el más versado en
cada especialidad, en cada materia, en cada doctrina, pero no de datos ni de
contenidos específicos que yo no conocía, sino siempre del espíritu significativo
y superior que sostiene fundacional y estructuralmente a cada saber y a cada
conocimiento, fuese lo mismo en las ciencias, en las matemáticas, la historia,
la moral, la religión, la sicología, antropología, las artes, la existencia, y
todo lo demás… Eso no me hacía obtener mejores rendimientos y resultados en mis
calificaciones escolares, pues el tratamiento reduccionista y trivial de las
materias que me enseñaban en clases me causaba un desaliento y un desinterés
continuos. Pronto comencé a leer libros bajo la mesa durante ciertas clases, o
a escribir versos; o pensaba abstraído en algún asunto de mi propio interés, si
al desatender no corría peligro con el profesor; o derechamente comencé a no
asistir a clases después de un recreo, y quedarme hurgando solo en esos mágicos
pasillos estrechos, con ese peculiar y conmovedor olor a libro antiguo, llenos
de estantes polvorientos con miles de libros hechizados en el inmenso ático de
un edificio antiguo, en el que se encontraba escondida la biblioteca. ¡Cuánta
magia había en esa biblioteca alquímica (para mí) de Alejandría!... Ahora sé
que allí, en paralelo, experimenté un portal hacia los Registros Akáshicos, que
por entonces mi mente nuevamente encarnada comenzaba a recordar confusamente,
pero también exultante. Todo eso pasaba por mi nueva consciencia, una
consciencia ampliada que me unió (mi yo conciente) por un puente angosto, pero
sólido y denso, con el hontanar de mi conciencia profunda, ésa que denominamos
erróneamente inconsciente, pero que es tanto más conciente cuanto
se acerca más al punto eventual de ruptura de esta nuestra ilusión
mental que nos desborda por completo en este estado de vigilia y de
normalidad.
Y he aquí que apareció
sobrecogedoramente en el centro de esta nueva e inmensa conciencia mía, LA
HUMANIDAD… ¡La vi, la vi!... ¡Por primera vez la vi con el ojo-foco de la
consciencia y del espíritu!... En los libros, en la historia, en mi entorno, en
el mundo, muy cerca, en todas partes. Con este descubrimiento de la humanidad y
de las personas que yo comenzaba a experimentar y reconocer de una forma por
completo nueva explotó el sufrimiento…
Mi sufrimiento por la humanidad y a causa de la humanidad. Mi sufrimiento por
mi propia humanidad deformada y sufriente. Entonces descubrí que, al sufrir tan
desgarradoramente por la humanidad embrutecida y perdida, la AMABA. Y descubrí
juntamente que, al amarla y sufrir, así, con toda esta conciencia sobre mi
corazón, mi mente y mi alma, estaba SOLO, completamente SOLO en medio de la
humanidad que me rodeaba de cerca y de lejos. Entonces sentí a Dios, y lo
llamé dios, porque en ese tiempo no conocía otro concepto para esa
Entidad sobrecogedora que se me manifestaba amorosamente sufriendo en todo este
sufrimiento humano y mío. Y no veía entonces, no podía ver, ni me dejaban ver,
que ese Dios amoroso era el mismo Dios criminal que hacía sufrir a la Humanidad
y a mí mismo… ¡Contradicción terrible que comienzo a creer
que comienzo a vislumbrar apenas nebulosamente el día de hoy,
cuando me encuentro con mi cuerpo, mente y alma sobre
el borde-abismo de la-mi realidad!...
¡Imposible!...
He dejado de escribir durante
horas. Una sensación incómoda, complicada, me detiene. Es como si me alejara de
mí mismo, de mi vida, de mi texto y me observase con la conciencia de otros,
con la de ustedes, y como consecuencia de eso dudase de mí mismo, una vez más…
Dudo que tenga el valor que creo que pudiera tener el compartir unas vivencias
tan personales, tan subjetivas, tan ajenas a las de la mayoría de las personas.
No me atrevo siquiera a confesar por qué lo escribo y qué me mueve. Esa
persistente sensación de lejanía insalvable respecto de los demás seres humanos
vuelve a herirme. Porque uno escribe para comunicar, para vincularse, para
intimar, en definitiva. Esto que hago aquí está en un universo opuesto a
tomarse selfies y subirlas a plataformas sociales. Esto que
hago aquí no es sólo exposición, es mucho más extraño, difícil y
peligroso que eso. Y cuando digo peligroso, no es siquiera en un
sentido que ustedes puedan comprender, ni yo explicar. Siento vergüenza de que
me vean así, tan desnudo, y ante ustedes, tonto. Tengo miedo de seguir escribiendo,
y tengo miedo de publicarlo, sí, también, como también tengo razones, como
tengo hijos, como tengo fe en tantas cosas, la fe de esos primeros cristianos
que miraban a los ojos del león que se les iba a abalanzar con las fauces
abiertas en el Circo Romano. Estoy escribiendo esto como si me estuviese
cortando la piel con cada palabra, a pequeños pedazos, para entregárselo a
ustedes como un Jesús se decía pan y carne, sangre y vino.
Esa carne y esa sangre que los seres humanos, todos, después de comerla
y de beberla, vivas,
salen a escupirlas y vomitarlas fuera de su presencia... No soy cristiano, ya
no soy cristiano. Pero Jesús, ¡oh!, si Jesús es el referente para
la Humanidad no superado... ¡Imposible!... ¿Les hiere que me
compare con Jesús?... ¡No soy Jesús!... ¿O sí?... ¿Soy ridículo, megalomaníaco,
narcisista?... Es inevitable, tarde o temprano, que uno asuma honestamente
quien uno cree que es, y no negarlo, aunque sepas que un león está
saltando hacia tu cuello. Tal vez, tal vez es verdad que las palabras pueden
ser una ventana, y logro que ustedes, si se dan las condiciones requeridas,
puedan por ellas siquiera vislumbrar hacia adentro, no sólo mi mente, sino más
invisible, mi alma.
Yo no tenía el control de mi mente,
como tampoco lo he tenido en ningún momento de mi vida. Ustedes tampoco, y
nadie... Hay tantas situaciones, decisiones, estados y procesos mentales que
parecieran ser causados o depender directamente de nuestra volición, no sólo en
la vida de uno como individuo, sino también en nuestras formas de vida
colectivas, pero que esconden una causalidad tan ajena y diferente a la
comprensión y autonomía humanas. Jamás somos independientes y autónomos, aunque
poseamos algún grado de libertad; es algo parecido a experimentar alguna forma
de inmovilidad (libertad), mientras estamos dentro de un planeta que se mueve
alrededor del sol, y de un sol que se mueve dentro de una galaxia, y, así
sucesivamente… Jamás podemos existir en una inmovilidad (científica) que no sea
la que experimentamos respecto de un referente subjetivamente estanco
y relativo. Por ejemplo, yo puedo permanecer con mis brazos inmóviles respecto
del resto de mi cuerpo, pero no respecto del espacio (universal). Es decir,
podemos permanecer inmóviles sólo respecto del espacio inmediato (referencial)
que nos está rodeando, para producir el efecto circunstancial e ilusorio de
inmovilidad, pero no más allá, respecto del que no podemos aparentar no
movernos… ¡Y vaya que es relevante creer conocer y hasta creer controlar
las causas de las cosas - ¡pobre Humanidad! -, pero no conocerlas
en su causalidad profunda y sorpresivamente
ascendente y emergente hasta nuestro pobre plano de ilusiones
científicamente cotidianas, en donde acabarán inevitablemente quebrando de
forma inesperada nuestro sólido ensueño de realidad!... Si mis brazos no se
mueven respecto de mi cuerpo, pero sí respecto del espacio universal, entonces,
¿mis brazos se mueven o no se mueven, cuando no los muevo yo?[1]...
Jamás tampoco podemos sentirnos libres más allá de
un minúsculo contexto circunstancial y, sobre todo, ilusorio. Sin
embargo, sentirnos libres – aunque sea sólo en alguna diminuta forma y grado -,
o creernos libres, o sabernos libres, es más engañoso, diferente y
más complejo que la determinación de la causa aparente de
cualquier experiencia física y material. Esto he llegado a experimentar, a
entender y a creer.
Y lo anterior lo digo aquí,
porque una de las apreciaciones obvias y principales ante mi proceso interno y
existencial a los 12, a los 14 o a los 16, es su condición vertiginosa y transformativa. A
los 17, en cambio, se produjo un quiebre existencial y vital tan profundo en mi
vida y en mi persona, del cual nunca he logrado recuperarme, que cambió
dramáticamente la dirección y la forma de mis procesos previos. Pero eso es
“harina de otro costal”, así es que volvamos a los 12-16 años.
Yo me sabía, con todos mis medios,
que estaba siendo llevado por Algo Inteligente y Sabio.
¡Qué fácil y natural me resultaba toda mi
transformación, todo mi desenvolvimiento imprevisto junto con una realidad
imprevista!... Si yo hacía algo que surgía de una sensación de “mí mismo”, al
mismo tiempo percibía intuitivamente que yo no era diferente
de aquellas personas que gritan una orden repitiendo las palabras que otro oculto – aunque esté en su
propio pensamiento - le ordenó proferir. También era como caer por una cascada
sin tener que hacer ningún esfuerzo para caer, pero igualmente sin poder
resistirse. Es evidente, por otra parte, que la velocidad, la amplitud y la
naturaleza de mi transformación – tan orgánica internamente - inevitablemente
me iba a llevar pronto a un conflicto y desajuste con la realidad humana y
natural de mi entorno próximo y también general, así como le había ocurrido a
Emil Sinclair al romper el cascarón. También lo vi venir, y seguí
adelante. Si la realidad no estaba hecha a mi medida, al menos yo estaba siendo
hecho a la medida de lo que debía vivir en este estado de realidad.
Conocemos tan poco de la mente
humana. Cuando queremos referirnos a la zona más “interna” de la experiencia
subjetiva de la mente, lanzamos ingenuamente el concepto de consciencia,
y luego, como un recurso desesperado, pero también innegable, hemos debido
acuñar el terrible concepto que se esconde tras esta
escenografía primaria de la consciencia: el inconsciente; o, menos perturbador, la inconciencia,
como mera ausencia de conciencia, pero sin que posea entidad síquica
como parte formativa de la mente. Yo he ido más allá en mi autoexploración a
través de mi vida, pero no es oportuno hablar de ello ahora. Lo menciono así
solamente para facilitar la comprensión de un tema difícil de conceptualizar y
verbalizar. Cuando me referí más arriba a mi transformación descomunal de
conciencia, en realidad tuve que reducir y simplificar otros procesos y
fenómenos mentales que experimenté, y que carecen de una terminología conocida
en el área de los estudios de la mente, pero que al menos están directamente
asociados al fenómeno de la consciencia, lo mismo que al concepto
sicodinámico de inconsciente. En palabras muy coloquiales, los
conceptos de consciente e inconsciente son
una “bolsa de gatos”, pero es lo que hay…
Este proceso expansivo integral de
mi mente era estimulado, provocado, dirigido, etc., desde las profundidades de
mi inconsciente, se desbordaba hasta mi consciencia y mi
mente co-funcional[2], las que a su vez recibían sus propios y
directos acompañamientos e intervenciones superiores,
y, aquí, mi yo-conciente trataba de integrar y
asimilar todo ese proceso y fenómeno a mi experiencia existencial de
mí mismo y de la realidad en conjunto… ¿Qué ocurría en mi inconsciente?; ni
siquiera con mínima claridad y precisión puedo explicarlo ni saberlo[3].
Casi todo lo que puedo atisbar es cuanto aparecía como una experiencia mental
(fenómeno mental) a mi propia conciencia de vigilia, incluyendo en ella lo que
podría denominar cierta intuición, o inspiración, acerca
del inconsciente, aunque eso de la intuición, o inspiración, puede
no ser más que un mero espejismo, o simplemente un pseudo-conocimiento (errado),
pero también la mayor de mis verdades. ¿Seremos alguna vez capaces de
saberlo?... Contemplando en retrospectiva esa edad entre los 12 y 14, me produce
la impresión de haber estado soñando continuamente, como en
esos sueños en que uno es el protagonista natural dentro del sueño, pero que
también por momentos se reconoce y se siente soñando dentro de un sueño, como
si uno hubiese entrado al sueño desde un afuera, y por tanto
el yo que sueña adentro sueña y es
soñado al mismo tiempo… ¡Cuánto caos creativo y explosivo, y cuánta sabiduría y
armonía constructiva juntamente!... ¡Qué cerca estaba entonces del total abismo
humano, de la impotencia límite de nuestra naturaleza y de la disolución de la
integridad síquica! Podía presentirlo y entenderlo, pero era tal la pasión, la
beatitud, el hechizo y tantas emociones sublimes más, que no había ni una pizca
de miedo, de desconfianza, ni de cualquiera de esas respuestas tan humanas y
animales al peligro real e imaginado de la realidad y de nosotros mismos. ¡Qué
lejos y qué pobre la Sicología como ciencia humana respecto del conocer y
comprender que nuestra condición mental y la existencia misma es sostenida y activada
desde un PODER TRASCENDENTAL sólo invisible a nuestra propia
mente y a nuestra capacidad de percibir realidad, porque nosotros somos
los incapaces, y no porque las otras realidades
profundas no existan, o sean insustancialmente difusas! Éste
era el Poder Inconsciente que me arrastraba y que yo, al dejarme arrastrar,
comencé a sentir y a percibir tan total y ubicuo, tan amorosa e íntimamente
TODO, que acabé constituyéndolo como una entidad, un Ser plenamente definido y
consistente, un YO-TÚ TRASCENDENTAL e INMANENTE, o sea, un DIOS. Y como este
Ser, esta Experiencia desbordada y desbordaba por todas partes y sin excepción,
también se me abalanzaba providencial, premonitoria y sincrónicamente, de modo
que se materializó en ese mismo tiempo, espontáneamente, en el tomar la Biblia
y leer, como un mero impulso interior e inconciente, y descubrir a ese Ser Trascendental también allí adentro, ante todo y sobre todo en Jesús, y a mí mismo allí también, adentro
de ese Cristo viviente.
Entonces, mi primer Demian-Sinclair se transfiguró en Jesús, con un efecto en
mí y en todo incalculable e insondablemente mayor…
Capítulo 2
El Anciano y el Niño
Esta Historia no
puede continuar así. Vengo a las palabras. El lenguaje articulado me somete a
un estado de conciencia y a una expresión de realidad insatisfactorios, y a
tantas cosas más, que actualmente trato de evitar. Ya casi no estoy en las
palabras, ni en mis palabras… No me busquen aquí. No me reconozcan
aquí. Ésta es sólo una aparición fantasmagórica que se esfuma con el
punto final. Todo esto suena a literatura. No sé cuánto pueda intuirse de lo
que se encuentra en el trasfondo de esta palabrería. Estoy tratando de rescatar
las últimas palabras de mi vida con sentido y algo de trascendencia – si la
descubro - para mí y para ustedes. Algo así como un repentino diálogo conmigo
mismo en medio de una plaza pública. Mucha vida y mucho teatro, todo junto. El
resto del tiempo soy nada más que un cangrejo escondido en su agujero. Allí,
las cosas son bien bien diferentes. Allí, las cosas seguirán siempre otro
curso...
Cada día me pregunto si deberé
pasar por este lapso de vida mía así no más. Siempre he intentado más de lo que
he conseguido y logrado. He sido un ademán grandilocuente, como esos locos
quijotescos que gesticulan tratando de representar el Universo. Un día creí que
hasta la salvación de la Humanidad era parte de mi misión en la tierra. Yo era
una persona especial, muy especial, y suponía que eso debía tener un efecto
concordante con mi paso por el mundo. Mucho tiempo viví en complicidad con
Dios. Lo experimentaba en mí y en todo, de tantas y tan maravillosas maneras.
Ninguna experiencia en toda mi vida se asemeja a la inmensidad y particularidad
de vivir a mi Dios, ese Dios. Ello ha sido mi experiencia suprema… Yo iba a ser un escritor, un buen
escritor. Centré todos mis aprendizajes, mis esfuerzos
concientes e inconcientes, mis motivaciones más queridas, en ese propósito.
¡Cómo me extasiaba escribir!...
No puedo explicar la inmensidad de esa experiencia, siempre. Suponía que podría
llegar a ser leído para bien de tantas personas. No es común que aparezca
un individuo imposible… Escribo en un blog, un sitio
minúsculo en internet, igual que el agujero oscuro del cangrejo que
soy. La mayor parte de lo que he escrito está archivado o destruido,
y nunca verá la luz en otros ojos. Ya no queda casi nada en pie de todo eso. Ya
no queda casi nada en pie de nada, ni tampoco de Dios, aunque este particular casi es
diferente de TODO.
También lo que escribo es parte de
ese casi. Confesó mi amigo Hamlet: “Lo demás es silencio”.
Puedo oler, como un lobo viejo, la
tempestad catastrófica que se avecina para esta Humanidad y para este Mundo, y
que también he olido, como un lobo nuevo, ya desde mi adolescencia, aunque
actualmente casi todo el mundo también es capaz de oler ese tan particular olor
a quemado. Ya sé que no debo tratar de
comprender ni saber para qué, ni por qué, escribo, ni nada de esas cosas “grandes”
que me ha tocado vivir… o sea, TODO. Las razones son sólo etiquetas que les
pegamos a las cosas para jugar a entenderlas y poner cara de serios y
confiados, para jugar lo que llamamos la realidad. Por otra parte,
no nos queda otra opción que jugar el Juego, porque estamos bien
bien bien adentro de Él.
Siento compasión por mí, por
ustedes, por mis seres amados, por la Humanidad. No he dejado de amar. El amor,
mi amor, no se me ha caído de ninguna parte, de ninguna altura, no ha perdido
su valor, quizás porque siempre ha sido lo más humilde, lo
más yo mismo. Sólo está aquí, porque yo mismo estoy
vivo, siempre conmigo, como mi piel ha estado toda mi vida pegada conmigo.
Estoy juntando palabras porque siento amor y compasión. Que el amor sea ilusión
también, ¡lo admito!... Es parte del juego. Pero es inevitable para nosotros
que las ilusiones sean igualmente ilusionismo, o sea, magia, la
magia misma de la existencia. Voy a hablar.
Yo no tengo nada que enseñar, nada
que dar de verdad. Para enseñar y dar de verdad es
necesario saber algo, poseer algo cierto. Todavía puedo crear y
ofrecer ilusiones, como cuando escribía poesía, o me levantaba al alba para ir
a enseñar en un colegio. Podría, pero ahora carezco del don del ilusionismo. No
me puedo encantar a mí mismo, menos podría hacerlo con otros. Yo más bien me
estoy diluyendo, disipando, como he visto que hacen las neblinas. Hasta mi
bienamado Jesús se me presenta demasiado pesado, demasiado duro, demasiado
anticuado, como una roca milenaria y desgastada que se aferra tercamente a sí
misma. Sólo puedo jugar con palabras para ustedes; por ejemplo, palabras de
consuelo, de esperanza, de entrega y de aceptación, subsumidos todos en medio
de tanta palabrería falaz. Y de esas palpitantes por el
reverso, ingrávidas ante este abismo… quedan pocas. Yo me encuentro al borde,
junto al precipicio de mi realidad. Yo he querido con todo mi ser y persona
venir hasta aquí, aunque nunca me imaginé lo que precisamente me
he llegado a encontrar aquí. He caminado hasta aquí como un hipnotizado, un
sonámbulo que da cada paso en la dirección correcta, ¿llevado?... ¿llevado?...
¡Esto es lo único que de verdad he logrado, aunque zigzagueando,
tropezando, volviéndome a levantar, a través de toda mi vida, de principio a
fin!... Creo que ustedes se encontrarán también en el borde y precipicio dentro
de poco tiempo más, pero de su realidad. Me
duele el alma saber que ustedes se encontrarán allí, habiendo NO querido llegar ahí…
Me duele el alma saber que ustedes se encontrarán allí, habiendo aprendido
justo lo contrario – que es parte de Lo Mismo - para
estar ahí… ¿llevados?... ¿llevados?... Recuerden,
amigos míos, no sé por qué, ni para qué… ¡No teman!... Aún así, ¡no teman!...
Sólo cuando estén ahí mismísimo,
lo entenderán, aún sin por qué ni para qué. No necesitamos entender
nada, ni saber nada de verdad, para llegar donde ha llegado la
Humanidad: al borde de su Abismo.
Hace un par de años había comenzado
a escribir estas Historias de un Individuo Imposible, o sea, acerca
de mi propia vida. Quería rescatar los momentos más amados, más grandiosos y
secretos de mi vida pasada y futura. Los resortes y engranajes invisibles del
milagro de mi existencia y de la existencia. Quería revisar con una sola
mirada, como un moribundo, el flujo y la sustancia profunda, como se degusta el
fondo especioso y decantado de un vino añejo, agridulce, en el fondo de la
botella inmóvil. Rescatar y arrojar afuera cuestiones tan íntimas y guardadas,
que pocos las conocen, e incluso, muchas y así, nadie. Entonces, apenas
escritos dos capítulos acerca de mis secretos de infancia y primera
adolescencia, ellos, las más sagradas y supremas experiencias y saberes de esta
existencia, se desprendieron de su halo intocable y divino, se desprendieron
como se desprende el suelo bajo los pies, y el cielo por arriba infinito cae,
ellos, que habían conservado inmarcesible su verdad y trascendencia entre la
corrupción y el deterioro ilusorio de todo saber y experiencia humanos, ellos
también se disolvieron en el mismo ácido de la ilusión y del delirio totales.
Ya ni siquiera podían ser míos. Incluso cualquiera respuesta,
cualquiera, todas, ante esta evidencia repentina se transformó también en una
mascarada, un quid pro quo, una duplicación de la ilusión de la ilusión, sin
excepción posible, hasta la ilusión de la constatación misma de la ilusión
absoluta. Y entonces, ¿qué queda?... ¿Qué me queda?... ¿Qué nos queda?... Aparte de esta
confusión y desorientación trascendentales, omnipotentes.
Capítulo 3
La Cima
Es una alta hora de la noche. Desde
hace rato me conmueven unos extraños sentimientos. Estoy de pie, tiritando en
esta cima, aunque no siento frío. Las palmas de mis manos están tibias una
contra otra, perpendicularmente contra mi boca. Nunca había visto tantas
estrellas sobre mí. Nunca había visto tan inquietantemente negro el
cielo sobre mí. Pero ahora mi vista se mueve pendularmente por abajo, tan abajo
y lejos, que diviso las luces titilantes, amarillentas, de todas las ciudades,
de todos los países, de todas las regiones, de todos los continentes de este
mundo, alrededor de mí. Es una visión tan extraña, tan distinta de lo que allá
abajo cualquiera experimenta y percibe de sí, como cuando se escudriñan entre
sí dos universos paralelos. Si lo pienso, es imposible, pero yo lo
estoy viendo. Eso cuenta. Mientras mi visión deambula por las diferentes
geografías y relieves luminosos, expresivamente humanos, entre inmensas masas y
paños de oscuridad oceánica y terrena, según me encuentre con cada punto de
luz, con cada racimo de luces y resplandores, un sentimiento propio, diferente
y nuevo me conmueve. ¡Qué solo me encuentro, y qué difícil ha sido llegar hasta
aquí!... Entonces, se me aparecen pensamientos, como si se
desgranasen desde todas las rosas de los vientos por el impacto de esta visión.
¿Qué se le debe decir,
qué se le debe enseñar, qué cosa nueva, todavía no dicha,
trascendental, se le debe revelar a la Humanidad[4] actual y futura? ¿Yo mismo soy portador de
alguna obligación personal para con la Humanidad?... ¿Hay alguna cima tan alta,
aunque no sea la más alta posible, desde donde se puedan contemplar conjunta y
verdaderamente todas las cimas construidas y los valles más siniestros de esta
Humanidad? Porque una de las más graves deficiencias de esta especie humana es
la incapacidad colectiva e individual de contemplarse a sí misma y a su entorno
de realidad, con decidida lucidez, por encima, abarcándolo
todo, sin identificarse con nada particular, como si se estuviese
armónicamente adentro y afuera al mismo tiempo, “más allá del bien y del mal”,
pero también conviviendo con el bien y el mal. Porque una
todavía más grave deficiencia de esta especie humana es su propia naturaleza y
su pandemia colectiva e individual, material, biológica, sicológica, cognitiva,
espiritual, moral, total, de persuadirse a sí mismos y a los demás
de que ya se ha alcanzado, al menos, el reconocimiento del verdadero camino
(progresivo) hacia la precisa cima máxima y suprema de TODO, sin excepción, por
una especie de continua autorrevelación científica, o, en la
vertiente religiosa, sin que haya nada por encima de su “verdad”, hacia Dios,
puesto que hasta Dios se supone que no puede revelar nada nuevo que contradiga y refute violentamente
la “verdad” que ya reveló a sus “elegidos”, y a la Humanidad. Para esta Humanidad
es todo sencillo, desbordante de recursos, como un simplemente dejarse llevar
por la corriente de los avances del quehacer colectivo, o un dejarse envolver,
amortajar, por este cómodo y excitante estado de cosas.
No vislumbro, y hasta donde alcanzo
a colegir hoy, no sé, que haya
alguna forma, alguna facultad humana, alguna posibilidad humana de alcanzar, o
siquiera de ir avanzando, hacia una cima de TODO, en ningún sentido.[5]¿Qué
es, entonces, el estar yo aquí?...
Yo no puedo asegurar que esto mío
no sea una ilusión más de la delirancia omnímoda humana, y de
la ilusión no menos delirante que nos impone el entorno físico universal. Pero
estoy aquí con seguridad en la cima de todos los delirios
humanos, conteniéndolos a todos juntos, aceptándolos a todos juntos, con
un amor paciente, pero, honestamente, sin saber qué
hacer… ¡No!... ¡No!... ¡Sí reconozco que estoy delirando!... Es
necesario que yo llegue a ser borrado, olvidado, desechado, superado, como le
es connatural a toda forma encarnada, succionada absolutamente dentro
del torbellino conciencia, tiempo y espacio, incluso a la forma de un Dios,
incluso a la forma real de este Universo. El hecho de que yo
esté de pie en esta cumbre no es prueba de ningún sentido, de ningún valor, de
ninguna certeza, de nada. Sin duda, ésta es una cumbre suprema mirando hacia
abajo, pero al mismo tiempo es el momento crucial en que el ahogado todavía
alcanza a sacar por un instante su boca a la superficie, e inspira su último
sorbo de aire y agua. Pienso ahora mismo tan grande, tan
colosalmente humano, como para aspirar a una verdad, aunque sólo
sea la más insignificante y humilde, en tanto pienso tan erráticamente como
cualquier desquiciado demente. ¡Yo existo!... Esta es la prueba del loco de que
aún existo inevitablemente. Pero, aun así, ¿y si ya estoy muerto, y sólo soy un
texto que habla cuando soy leído?... Todo es tanto más de cuanto
se nos aparece. ¡Qué corta de luces es la conciencia humana! ¿Se puede ir más
lejos en mis pretensiones de enseñar cualquier cosa relevante a esta Humanidad,
si no soy representativo de nadie, por más que pueda ponerme
suficientemente bien en los zapatos de cada individuo real, si nadie puede
siquiera inferir qué me pasa para que me haya transformado en
un perro solitario, extemporáneo, escéptico, descalzo?... Debo tratar de
convencerme de cualquier cosa u opción, pero pensando, y, sobre
todo, girando, girando, como un proceso local más propio
de este punto apical. ¿Podría enseñarles algo que no margine a nadie, algo para
todos, sin que nadie se reconozca ajeno y extraño?... ¿A cuántos de los 8 mil
millones de humanos podría tocarlos?... La Humanidad no depende, en
ningún sentido, de un solo individuo, ni de un montón de individuos, ni
siquiera de un solo Dios. Busquen dentro de la Historia. ¡Nadie!... Estamos
donde estamos y como estamos sin que ningún ser humano nos haya enseñado nada
particular para ponernos aquí. Más parece depender de un destino,
de un designio constrictor, omnipotente respecto de nosotros, de un Algo
desnudo, pero todavía secreto… que de algún conocimiento o enseñanza, revelada
o revelable. El acontecer es
la verdadera revelación y la verdadera enseñanza para nuestra Humanidad, la
cual no por caminar en dos patas, y no cuatro o más, se diferencia
sustantivamente de cualquier artrópodo. Aunque el acontecer y el suceder sean
otra gigantesca ilusión, nos contiene, como el Universo inabarcable contiene
nuestro mundo azul, flotando. ¿Y cuánto más hace con nosotros?... ¡Quién sabe!
Es al acontecer hacia quien nosotros debemos abrirle un nuevo
camino interior, todas nuestras capacidades disponibles, nuestras fantasías
transformativas más delirantes, nuestro infantil discipulado, cima sobre cima,
desde la presente visible, hacia la siguiente invisible e inexistente. También
nosotros podemos llegar a ser más y más acontecimiento y suceso. Yo he
alcanzado aquí la cima de la materialización simbólica. Aquí los
símbolos humanos más altos, más conmovedores de la creación humana ocurren, se
encarnan en cosas, juegan a voluntad con las leyes de la naturaleza, sueñan y
ocurren, piensan y saben, levitan, se desdoblan, se unifican, hacen
milagros, aprenden de otra manera. Aquí las cosas materiales,
los fenómenos, un amanecer contemplado con luna nueva, el vaso que se resbala
de las manos y se quiebra, la ciencia de los números, una mariposa que se posa
en el dorso de tu mano, se transforman ante todo en símbolos, en metáforas
vibrantes, en pura sincronía desbordante de universos paralelos, que necesitan
hablar y ocurrir de una forma nueva, superior. Aquí acontece transfiguración.
Pero mensaje, enseñanza, no hay, ni para mí, ni para ustedes. Lo
que realmente la Humanidad debe saber, debe aprender, solamente debe vivirlo. Yo
tampoco necesito anticipar futuro, aunque en alguna medida eso ya
lo sé, porque desde aquí veo más, algo más.
Capítulo 4
Una Experiencia Repugnante
Desde niño me llenaron la cabeza de
MIERDA; aunque ésta sea una metáfora desagradable, sé que funcionará para
hacerme entender. Cuando digo mierda, lamentable quiero
decir TODO. Advierto que no es en absoluto mi intención herir la
sensibilidad de nadie. Tampoco estoy culpando a nadie, ni me siento
profundamente resentido ni dolido. Es muy raro que uno no use la palabra mierda con
una carga de rabia, con una intensa carga emocional negativa, de desprecio,
asco, ofensa, violencia, etc. Yo carezco de carga emocional negativa, aunque la
utilizo también y la reconozco en mi biografía y aquí para representar
las infiltraciones negativas dentro de mi sensibilidad
personal, y su gravedad en general, en buena parte de mi vida previa… ¡Claro
que podría haber utilizado otra palabra!... Creo que la uso aquí sobre todo
para destacar la dificultad y el desagrado – metafóricamente asco -
que me causa no poder sacarme de adentro más fácilmente esto (mierda,
desecho, residuo conceptual y mental) que todavía me hace tanto daño, que me condiciona,
que me embadurna inaguantablemente por dentro y por fuera. ¿Cómo podrían mis
semejantes haberme ofrecido y dado algo que no fuese mierda, si
ellos mismos tenían y tienen la cabeza llena de mierda?... ¡Está bien,
maticemos!, hay muchos tipos de mierda... Incluso se da la paradoja frecuente
de que hay mierda que no es mierda, o sólo mierda.
Veamos esto de la paradoja tan frecuente. Si alguien me lee ahora, dirá con
seguridad: “Yo no tengo la cabeza llena de mierda”... ¡Sí!, pero también
hay personas que dicen de un pastel: “¡Esto es una mierda!”, y otras,
respecto del mismo: “¡Esto es una exquisitez!”… Una de las grandes
preguntas que se deriva de esta situación universal de la experiencia humana ha
sido siempre histórica y filosóficamente: ¿Ese pastel es realmente algo como una exquisitez, una
mierda, u otra cosa?... Es más, estoy cierto de lo que llamo la
mierda infiltrada dentro de mi cabeza para casi todos los seres
humanos sería otra cosa que mierda, incluso mucho les parecería un
rico pastel. Demos un claro y decisivo ejemplo para que comience a visualizarse
de qué hablo… La Educación.
En todo el Mundo, en todas las culturas, en todos los tiempos, la educación (la formal y la
informal) ha sido un eje central de toda sociedad humana. Sin educación, sin
transmisión de conocimientos y experiencias, la Humanidad no habría sobrevivido
hasta el día de hoy, ni tampoco habría logrado lo que ha
logrado – usted, lector, entienda aquí según su criterio: pastel o mierda,
u otra cosa -. Recuerde que si usted mira hacia la luna y
considera que ya ha habido seres humanos saltando en ella, o piensa en un Mars
Rover desplazándose sobre la superficie de Marte, se henchirá de orgullo
humano, de esta civilización-pastel, y de todo lo demás que
hemos llegado a desarrollar en nuestro “beneficio”. En cambio, si nos
encontrásemos en el año 2043 con un planeta Tierra devastado por la destrucción
nuclear y otras calamidades antropogénicas, esos humanos tendrán que reconocer
que la nuestra ha sido una civilización-mierda.[6] [Ejemplifiquemos
sólo de pasada: el hecho de que Einstein, y sus epígonos físicos, no hayan
reconocido e incorporado la dimensión humana (bio-psico-física)[7] en
sus teorías físico-matemáticas reduccionistas de la realidad, convierte su
Teoría de la Relatividad, sin restarle sus méritos ciertos, también en
una teoría de mierda. Es más, toda la Física y las Ciencias
modernas adolecen de la misma falencia y, a fortiori, falsedad, al
excluir la Dimensión Humana, en tanto dimensión universal, en
paralelo a las dimensiones espacio-tiempo, multiverso, cuántica, hiperespacio,
etc., no sólo de su modelo de realidad, sino de sus propios condicionantes –
actualmente ignorados - para la actividad y área (sistema) de conocimiento de
las Ciencias.[8]]
Bien, con la Educación obviamente
nos encontramos con un conjunto de saberes transmitidos intencionalmente para
beneficio de quienes los reciben y que se inoculan casi sin aceptar ninguna
forma ni grado de oposición en el educado, o bien utilizando las
más variadas y eficaces formas de encantamiento persuasivo (p.e., el
reconocimiento social, el bienestar material).[9] Sin
embargo, ya desde tempranos tiempos la Humanidad ha creado un set de
conocimientos y experiencias tan numeroso y variado en sus características,
condiciones y efectos, que, lo que a unos les resulta beneficioso, a otros les
resulta perjudicial, como, por ejemplo, “El Arte de la Guerra”,
o, en su conceptualización actual: “El Negocio de la Guerra”. Reconozco
que yo también me nutrí a través de los innumerables tipos de medios culturales
y educativos con la firme creencia y experiencia de estar accediendo, como un
privilegiado, a la pastelería más exquisita y superior que nos
ofrecía la civilización humana: las artes, las ciencias, los libros, la
espiritualidad, la religión, Dios, la filosofía, la inteligencia, el
conocimiento, la superación material y la autosuperación, la medicina, los
valores morales, los ideales, el bien, el amor, la justicia, la humanidad,
etc., etc., etc…. He dicho antes que hay muchos tipos de
mierda; también podría agregar – para que se entienda mejor -, de grados,
de experiencias, de parámetros, de criterios,
de sentidos, etc. Se podría, y hasta debería, ampliar y
profundizar en este complejísimo concepto de mierda que aquí
propongo – siempre sólo metafórica y sugestivamente -, para que se comprenda
cabalmente la dimensión, densidad y complejidad implícitas que posee (también
en mi texto). No puedo hacerlo aquí. En cambio, hago explícito que, para mí,
dicho en forma simple y banal, también hay tipos de mierdas mejores y peores.
En buena medida, como meros ámbitos o áreas de la experiencia humana de
civilización, todos aquellos tipos y excelencias que nombré más arriba siguen
siendo para mí todavía las mejores mierdas humanas. En cambio, se han
convertido en una gran mierda sus contenidos, sus logros específicos, sus
conocimientos particulares. O sea, la Física, como Ciencia facultativa, para mí
es una mierda relativamente mejor, que la mierda específica de la teoría de la
relatividad. Sí, uno puede y debe nutrirse de mierda para funcionar
concordantemente en un mundo de mierda, en el cual funciona bastante
bien la mierda, pero no la crema… ¡Esto es una trampa, un engaño, una falacia,
porque nadie te advierte en esta sociedad humana que TODO te está como hipnotizando para
comer heces, pero lo experimentas enteramente pastel!...[10] ¿Cómo
podría uno, tratando de huir de la ilusión de mierda, encontrar un punto
que no sea otro mero punto de mierda desde donde contemplar separadamente
TODO?... ¡No lo sé!... Pero, al menos, es un hecho indesmentible para mí que
estoy viendo feca donde antes veía pastel, y estoy experimentando, viviendo
esta otra mierda separada que se siente mejor en todo sentido que toda esa otra
mierda, aunque no sea del todo diferente. ¡Eso ya es, al menos, un
avance entre mierda y mierda!... Tal vez TODO no sea más que una escala de
mierda al infinito, en la cual uno sólo puede subir o bajar de una grada de
mierda, a otra grada de mierda. [Es desagradable, ¿verdad?, que repita tanto la
palabra mierda, sinónimos y derivados. Bueno, así
precisamente me sé - aunque no siento -, y
por eso mismo la repito por todas partes.] Intercalo aquí otro exabrupto y
ejemplo significativo de algo central en el conocimiento de mierda
actual: las Ciencias… ¡Qué decisiva ha sido para la Humanidad,
también para mí, su presencia imperial, imperialista, que todavía crece y
crece, en desmedro de los demás saberes y cosmovisiones!... Una pobre y
hedionda Ciencia que teoriza sólo con ayuda de la razón humana,
infantil, vérmica, sicótica; una pobre y pegajosa Ciencia que se atiene a una
realidad sólo encuadrable dentro de los sentidos; una pobre y
arrogante Ciencia que se ha representado y le ha metido el guante sólo
con Matemáticas a un minúsculo entorno material (un
Universo con un tamaño de sólo 93.000 millones de años luz) que debiera ser experimentado
en relación con la infinitud incalculable,
indeterminada, de realidades, modos de ser y dimensiones,
a los que tenemos acceso fáctico y también posible; una pobre y delirante
Ciencia que se absolutiza a sí misma como Verdad y Sucesora
de Dios (Supremo)… ¡Qué aborrecible ceguera de las Ciencias, y, como causa
de las Ciencias, la penosa y limitada condición humana, incapaz hasta ahora de
reconocer por dónde va su increíble y desaprovechada propia grandeza!... La persona humana es un cruce interdimensional, un
agujero de gusano multidimensional, incalculablemente multidimensional,
la demostración más completa e inmediata del Multiverso físico y no-físico, la
sobre-superación de toda Física y de toda Ciencia y de toda forma de
conocimiento hasta ahora conocidas; el asombro y el milagro llevado al summum,
pero experimentado desde una conciencia y una autoconciencia espontáneas tan
limitadas del fenómeno, del potencial, de la complejidad de sus realidades
imbricadas, de su verdadera condición natural, que le ha sido conferida de modo
tan fácil, tan gratuitamente dado, tan integrado, tan unificado en su rareza y
multiplicidad, que no alcanza a reconocerlo, que no alcanza a darse cuenta -
¡pobre miope! -, aunque está totalmente inmerso en esa experiencia multiversal[11], pues sólo se ha atenido a la
utilización de los sentidos; a una racionalidad servil de los sentidos y la
materia; a una prolongación y extensión (material-tecnológica-computacional) de
los sentidos y la corporalidad física; a una emocionalidad absorbente tan
básica y animal, que apenas nos diferencia de los lagartos; a un desarrollo de
la mente, de la conciencia y del cerebro que apenas se asemeja al resplandor de
un fósforo que pronto se apaga, habiendo podido brillar desde hace miles de
años como soles hasta ahora desconocidos…
Sin embargo, no soy tan mal
agradecido, tan absurdo, tan desarraigado de la experiencia de realidad que me
ha acompañado toda mi vida a mí, y a todos los seres humanos desde
el principio de nuestra especie, como podría colegirse de lo dicho hasta aquí.
La experiencia directa de la Naturaleza, el conocimiento y desenvolvimiento
humano en sociedades y en el entorno natural y físico del Universo asumido, los
procesos cognitivos y sus producciones, las realizaciones materiales, la
educación y las enseñanzas de todo tipo, no pueden ser calificados tan burda y
exageradamente como desecho, mierda. En buena medida crecí, me
desarrollé hasta donde he llegado hoy (lo mejor de mí) gracias a esos saberes,
a esos maestros, aunque haya tenido que ser un proceso dialéctico, de amor y
odio, de leche y veneno, para sólo así serme entonces positivo, el cual ahora
denuesto y trato de exorcizar. Sólo donde me encuentro hoy, en el Borde
de la Realidad, en esta condición de singularidad, los
contenidos humanos aprendidos o disponibles son para mí, sólo para mí, una
mierda, más que cualquier otra cosa. Incluso pido perdón por todo esto,
pero realmente en mi experiencia actual de realidad es ASÍ.
Seguramente algo, seguramente sólo un poco, muy poquito de tu experiencia, mi
lector, se asemeja o te resuena familiar y tuya en esta mi visión extrema de la
producción omnipresente del excremento humano, que a mí y a ti nos empantana y
nos hunde asfixiantemente, o dulcemente, en contra de nuestra irrenunciable,
profunda e incomprensible necesidad de trascender, de evolucionar hacia un
punto ápex trascendental desconocido, el Gran Agujero de
Gusano hacia una realidad aún no conocida, que exige irresistiblemente de nosotros la
capacidad de irnos desprendiendo de TODO, transformándonos integradora y
vertiginosamente en algo más y superior respecto de nosotros mismos y de TODO,
contenidos por la misteriosa paciencia y gradualidad que demuestra un Universo
de unos 30.000 millones de años hacia atrás, y probablemente de otros tantos
hacia adelante.[12] Seamos
pacientes, también vehementes, en la justa medida lo uno y lo otro, para
devenir experimentando necesariamente este gran pastel y esta gran mierda, todo
junto, definitivamente, al menos por ahora, a ciegas, porque no
sabemos siquiera si vamos a alguna parte (inteligible), si
seguiremos siquiera siendo algo semejante a lo que ahora somos, y dentro de
algo semejante (Universo-multidimensionalidad), como individuos, y/o como
especie.
Capítulo 5
Existencia Humana
La visión más palmaria de nuestra
condición existencial en este plano de realidad no se nos devela tanto en
nuestro estado y progresión después de nacer en nuestra forma de moluscos
dentro de su concha, como sí lo desnuda descarnadamente la muerte. Desde siempre que he puesto
atención en la muerte tal como se manifiesta en el acaecer de mi entorno
natural, en la manera como la muerte mata y rompe tan peculiar y totalmente a
cada individuo, nunca he dejado de experimentar algo tan propio y exclusivo de
la muerte - no lo he podido explicar -, que me instala siempre en un
umbral-frontera ominoso, en una especie de intuición integral de sospecha y
desconfianza, como si una corriente vibrante y alienígena me facilitase
presentir con una sorpresiva modalidad de certeza que todo lo que se me
aparece en existencia, todo lo que yo soy, todo lo que es como es,
es sólo un efecto distorsionado y difuso, este Universo, de lo
que no se
me aparece, de lo que no soy,
de lo que no es
como es. Durante gran parte de mi vida he tratado de
reconocerme a mí mismo en los demás, de aprender discipularmente de otros
humanos todo, humildemente y sin dudar de que había tanto saber
disponible para mí, de que el Universo entero era un libro abierto para mí y
para la humanidad, incluso de creer y presentir que había un poder divino, un
designio superior, supremo, total, que lo hacía necesidad, realización y
destino. Pero al final, como yo mismo me reconocía humano y lograba, en un
acopio casi culpable de grandeza personal, reconocerme igual o semejante a los
más inspiradores y señeros maestros de humanidad, de vida, de superación transformativa,
de verdad, de Dios, y de cualquier realización máxima que un humano pudiese
concebir, ponía atención repentinamente en su muerte, y entonces hasta Jesús,
el Hijo de Dios, acababa apaleado y torturado por judíos y romanos, desgarrado
vilmente en una cruz, como un cualquiera, es decir también como yo, sin nada,
borrado como hijo de Dios, borrado como maestro de verdades, borrado como
humano por la muerte, completa y terriblemente desmentido. Y lo que
es aún peor, cargando él y yo una nueva tortura, todavía más absurda e
incompatible con mi humanidad y la suya, la única del único, de haber
resucitado. Porque, aunque no hubiese resucitado, o, aunque hubiese resucitado,
yo sabía por vibración trascendental que eso mismo era mucho
más incomprensible y desconocido, más incompatible con cualquier forma de
existencia conocida y posible; es decir, más falso que todo lo verdadero, más
separador y destructor de toda forma de vida, de conocimiento y de existencia,
incluso que la muerte; más mortal que toda muerte y resurrección conocidas. Que
las dos vías posibles o ciertas desembocaban estrechándose en un único y mismo
despeñadero abisal. Y también el más sabio de entre los hombres, el más
inteligente y lúcido, Nietzsche, acabar babeando espuma tirado en una calle de
Turín, demente, embrutecido durante años de senectud como el peor humano, hasta
morir deshecho así. Y Buda, el gran liberado en vida, el hombre inquebrantable
y sabio en la verdad suprema, espejo de máxima paz concebible, acabando viejo y
achacoso, desmentido en todo, morir como un cualquiera entre dolores y
excrementos de disentería.
Claro que entonces yo podía creer
en cualquier cosa después de la muerte. Podía tener fe, o agregarle cualquier
argumento de fuerza mayor para salvarnos, para salvarme de la muerte
alienígena, de esta muerte que siempre lanza una carcajada incomprensible justo
al final, al caer el telón. Incluso la tuve intensamente, me solacé en certezas
apacibles de continuidad, pero la muerte seguía vibrando en el aire como un
cruel latigazo siempre más, todavía más incorruptible y mejor que cualquier
evidencia. Y mientras más me desdoblaba de mis propios desdoblamientos, en esta
autosuperación recursiva de molusco fuera de sus nuevas conchas, más la muerte
destruía ubicua más la vida menos. Y ya no era la muerte, sino otra cosa mucho
más inmensamente más que la muerte y que su vida. Y si quedaba algo de la vida,
esta vida insistente que vive mientras vivimos, ahora vibraba que sólo le
pertenece a la muerte.
Yo sé que esto no le ocurre casi a
nadie, y el no experimentarlo lo vuelve fatalmente incomunicable, lo hace
incomprensible, lo hace indiferente, lo hace ridículo, lo hace inexistente. Yo
mismo lo he logrado sólo después de inmensas transformaciones tectónicas de mi
mente, después de prácticas y prácticas centenarias de desdoblamiento, de
separarme de mí mismo; de separarme no de mi cuerpo, sino de mi mente; de
separarme luego no de mi mente, sino de mi yo; de separarme luego no de mi yo,
sino de mi esencia humana… No estoy dejando una huella para que nadie me siga.
Nadie puede seguir a nadie por estos lados. Tal vez el camino del Tao posee una
inclinación propia. No hay nada que conocer.
Capítulo 6
La Hora de Dios
¿Cómo podría creer en un Dios tan
imperfecto, tan poco creativo, tan penosamente humano, incapaz de haber
inventado otra creatura humana con una libertad que sólo tendiese a realizar el
bien universal, y ni siquiera sólo para su propio beneficio?... Eso, suponiendo
que un Dios se hubiese tomado en serio crear una realidad auténtica y
unificadamente Suya, y no un juego incomprensible para su creatura, como se
evidencia éste. ¿Cómo un Dios habría creado a este mamarracho que tiende a la
autodestrucción y al daño permanente de todo lo humano y de todo lo divino?…
¡Qué cosa más tonta y antidivina habría creado ese Dios: a un pobre ignorante y
retrógrado que prefiere echarle la culpa del mal a un demonio traicionero de
ese santo señor Dios, o, en último término, a sí mismo, para así conservar
libre de polvo y paja a un Dios intocable, al verdadero creador y único
responsable de TODO!
¡No!... ¡Para mí es mejor que ese
Dios irreal siga escondido, invisible, delirante, en el interior de la
estructura de la mente humana, como un mero reflejo maníaco e insatisfecho de
nuestra propia incapacidad natural!
Pero, entonces, ¿quién o qué es esa
Entidad que a través de toda mi vida me ha amado y me ha maltratado adentro de
mí—en todo lo que me compone, sin excepción, y en todo lo que soy—y en todo lo
que existe fuera de mí, arrolladora y dulcemente?... ¿Tan infantil y
antropogénico sigo siendo, a pesar de toda esta lucidez inteligente, que no
puedo dejar de seguir experimentando esa—digamos así—Fuerza Directiva de la
realidad, como si igualmente poseyese, aunque sólo fuese en parte, una
condición semejante a Persona?... Es más, toda esa parafernalia sobrenatural,
mágica, taumatúrgica con que lo han descrito desde siempre nimbado de rayos, de
fuego, de ángeles, de milagros, y que ha empujado a todos quienes la
experimentan a caer de bruces hasta golpear la frente contra el suelo en un
gesto de asombro, anonadamiento, terror y adoración, yo también la he vivido, y
también se me han doblado las rodillas deshechas como cera dentro de un horno,
y he besado de un golpe la tierra con mi carne empequeñecida en partículas de
polvo a punto de destruirse por causa de esa sobrecogedora Presencia. Yo
sé—porque en ese instante terrible se nos enciende por primera y única vez,
porque luego se apaga, un sentido y un estado interno de conocimiento
sobrenatural—que no ha sido una alucinación, ni de otros, ni mía. En todo caso,
si lo fuese, no sería menos alucinación que contemplar las estrellas, sumar uno
más uno y que resulte dos, o amar a mis hijos. ¿Dónde y cómo encontrar la razón
y la verdad de todo esto, sin que acabe ingenuamente llamándote Dios?...
Negarte por completo, se lo dejo a los pobres durmientes de sí mismos, e
insensibles a todo lo que vibra en este fuego trascendental llamado realidad.
Yo no puedo negarte, aunque te niego, bendecido y maldito, yo no puedo negarte,
ni quiero dejar de no poder, aunque empecinadamente te siga negando.
Aquí estás, en mí y en todo, como
un misterio, como un acertijo indescifrable, como si yo fuese un niño con el
Universo entre mis manos, imaginando y haciendo sólo niñerías con él. ¿Yo
podría más, si quiero más?... Yo sé que yo soy Tú, y Tú eres yo, y esto es más
que Tú seas Dios, y yo, un yo, pero también, menos, muchísimo más menos que
más. Yo sé que a nadie dejas en paz, en la inmovilidad que se puede
experimentar dentro del caudal de este río. Tú eres el río y la cascada, y tú
la paz, el remanso, la verdad y la ilusión. Por eso quiero más, aunque reciba
menos. ¡Cómo quisiera ver las palmas de tus manos dentro de las que me
encuentro con el Universo herido entre mis manos! Pero no puedo, soy incapaz.
¿Hasta dónde quieres Tú mismo llegar haciéndote sentir en mí que tú y yo somos
incapaces de más? Juegas contigo mismo en mí. Tú sí lo sabes, sólo en mí no lo
sabes, por eso tampoco lo sabes. ¡Vaya juego!...
No puedes dejar de ser Persona,
mientras soy persona, porque entonces no serías yo. Yo quisiera conocerte en tu
ser No-Persona, conocerme tanto a mí mismo, que me trascienda a mí mismo, a mi
humanidad, pero eso no lo puedo. Pero también me has revelado que el rayo
transformador de toda realidad siempre está vibrando, a punto de salir
disparado en cualquier instante de tu arco y de tu mano de fuego sobrenatural y
semihumano. Yo sé que estás apuntando sin cesar esa flecha terrible justo hacia
el centro de mi corazón. Todos cargamos esa sobrecogedora cruz tuya.
Y de ser cierto las profecías
escatológicas, que también en mí has insuflado, y como has inscrito también en
cada átomo y en cada onda, al final del túnel habrá una luz tan descomunal y
tan nueva que lo borrará todo al crearlo todo. Si sólo dejarás entrar a los
buenos, pero no a los malos, no podrás hacerlo, porque tú eres el Dios creador
de tus buenos y de tus malos; pero sí podrás hacerlo, si entonces quieras dejar
una parte de ti fuera de ese Tú mismo, porque me has hecho entender y saber que
eres Dios, tanto como No-Dios. Y nadie sabrá antes ni entonces por qué, ni
cómo, ni para qué.
Capítulo 7
¿Cuántas
personas en el Mundo están buscando seriamente lo que yo he buscado
fervorosamente durante toda mi vida? ¿Cuántas habrán llegado a la asombrosa
garganta del desfiladero en que yo me encuentro? Sobre esto nadie podrá
encontrar datos estadísticos en internet ni en ninguna parte. Yo mismo, ni
nadie podrá hacer un cómputo. Si dijera mil personas, podría creerlo; si diez
mil, también. No más lo creería. Aunque cualquier número no signifique nada,
aunque uno solo más aparte de mí se me haría difícil de creer, aunque
igualmente se me hace difícil de creer que no haya nadie más que yo. Al final
de cuentas, creer vale bien poco si no se sustenta en alguna certeza probable.
Sólo me rodea por todas partes una sobrecogedora sensación de soledad, de
extrañamiento y alienación. Esto es una certeza. Qué he estado buscando
denodadamente, no puedo precisarlo con conceptos definidos y claros. Sin
intención—lo veo ahora— desde los doce años toda mi persona ha tendido con una
misteriosa fuerza interior hacia los límites de la condición humana natural e
histórica, hacia los límites de mí mismo, pero también hacia los confines de
esta experiencia de realidad. Mi vida interior ha sido semejante al efecto que
habría producido un big bang, semejante a una explosión que no ha dejado ni por
un instante de desplegarse y extenderse en todas las direcciones que ella misma
va creando y reconociendo a su paso. Si todo esto hubiese venido desde afuera,
desde el Universo, por el medio que fuese, me habría aterrado y congelado. Habría
experimentado el horror animal de atestiguar la distancia que existe entre mi
yo y alguna insoportable fuerza trascendental y sobrehumana. No se me ocurre
que yo hubiese podido evitar el suicidio o la locura, muchísimo peor que
aquellas personas que han experimentado la peor de las abducciones alienígenas.
Pero desde mi interior se ha infiltrado en mi yo, en mi mente, en mi persona,
en mi cuerpo, proporcionada y progresivamente como el suero y la droga más
natural y maravillosa producida por mi propio cerebro. Ya no puedo distinguir
entre mi persona y esa condición que no es natural ni humana; esa condición,
esa fuerza o entidad que explosionó dentro de mí en cuestión de horas un día y
noche precisos cuando yo tenía doce años. Y no es que pueda siquiera reconocerla
como otra cosa diferente de mí mismo, pues sólo he llegado a interpretar todo
esto, e intuirlo así, al compararme con los demás seres humanos, los vivos que
he conocido por cualquier medio, tanto como los personajes que han quedado
registrados de una u otra manera a lo largo de la Historia. ¡Cuánto leí
buscando saber, conocerlo todo! Leer era como echar con cada libro un leño a la
hoguera de la realidad que sólo se expandía más y más con cada logos, y con un
saber misterioso que así estimulado brotaba desde mi interior y lo llenaba todo
afuera y adentro de mí. Pero yo no encontraba en nadie un igual a mí, sólo
parecidos, conmovedoras similitudes, caracteres y exaltaciones personificadas
de una humanidad descollante que, al mismo tiempo de sobresalir, de
experimentar esta sobrecogedora fuerza interior, se desconoce a sí misma y a
todos los demás. Mis conocimientos crecieron y crecieron progresivamente a
través de mi vida, me volví sabio con todas las sabidurías humanas, experimenté
el vértigo de atisbar las fuentes—digamos—divinas de todo nuestro
saber, y todo ese saber estaba en mí, tan natural como yo me experimentaba a mí
mismo. No veía dónde podía encontrarse un final ni un límite a esa experiencia
de conocimiento ni a esta realidad que se develaba y se multiplicaba a sí misma
en mí mismo y en mi entorno. Pero a los sesenta años periclitó, escoró con la
misma naturalidad y progresión con que una nave se hunde en medio del océano
sin que nadie ni nada la toque. Sí desde dentro, sobrecargado de mí mismo,
desde este mismo fondo que no logro precisar, pero que se me hace más mío que
todo lo mío, y que yo.
Cada
vez que escribo una frase se me abren y ofrecen innumerables ideas y frases que
podría o debería escribir, pero siempre debo elegir una sola, precisamente la
que escribo, y lo demás, todo lo demás se queda en el desván cuántico de mi
consciencia y de este registro verbal. Por eso estoy trabajando en ampliar el
campo de mi consciencia asociada a mi intelección, y por eso escribo todo esto
como un mero ejercicio de traducción y reducción de lo inefable a lenguaje
categorial y conceptual, más que para mí, simplemente como esos náufragos que
lanzan su mensaje en la botella con la esperanza, o por la necesidad, de
fantasear de que alguien en alguna playa de este Mundo lo lea, y además lo
comprenda. Cada día aprendo más y mejor a pensar sin palabras. Esto—estoy
seguro—es una modalidad de integración al campo mórfico de la Humanidad. Lo
puedo sentir, lo puedo constatar por medio de sincronías.
En
aquellos tiempos juveniles cuánto y cómo sufría de soledad, como un expósito
arrojado a la calle y que clama amor, más que pan. No recibí su pan más que
como un guiñapo de miguitas y podredumbre, precisamente como aman los seres
humanos. Hoy amo mi soledad, el exilio, uno de los bienes más preciosos que se
me ha concedido en este plano. No sé si estaré realmente en lo correcto,
seguramente menos que más, pero como lo han supuesto también quienes creen como
yo en el poder extraordinario e incomprensible de ese fenómeno pervasivo y
emocionante que los investigadores como yo curiosos han denominado sincronía,
en parte he provocado también yo que el Universo me devuelva amor y compasión a
través de toda mi vida, porque yo también lo he amado apasionada y
compasivamente toda mi vida. Este Universo resuena en mi sensibilidad como una
hermosa ilusión, una fantasía cruel, imperfecta, excesivamente dualista, pero
sobre un escenario bellísimo en tiempo, materia y forma. Tal como Nietzsche, si
no fuese por la sustancial estética de este Universo, yo no habría soportado ni
el bien ni el mal, ni menos al ser humano. Tal vez por lo mismo el Universo ha
soportado y compensado tanto tiempo al ser humano dentro de su propia creación.
Sí que me costó, debatiéndome como un gusano expuesto a la luz, separar de mi
carne el veneno de humanidad que se me había infiltrado, el tóxico trágico y
fatal de la condición bestial, de los gorjeos mentirosos y superficiales de sus
más grandes y atractivos ideales, Dios, amor, inmortalidad, paz, igualdad,
libertad, ciencia, bienestar, placer, conocimiento, y otros tantos espejismos
con que han aplacado, sometido, encantado y engañado a las multitudes sedientes
y hambrientas de algo más que humanidad. Sí que me costó. Las personas que han
tenido algún atisbo de mi extra-humanidad siempre me han estado preguntando
cómo, ¿cómo lo haces?... Así como se les pregunta a los
magos, ¿cuál es el truco? Yo también quiero hacerlo.
Creo que cada día hay más personas que quisieran abjurar de su condición humana.
Cada día debería haber más personas que quisieran preguntarme, ¿cómo se
hace, por favor, cómo se hace?... Por todas partes se nos enseña a salir de la
condición humana hacia abajo, hacia atrás, y alrededor de
uno mismo, pero ¿cómo se hace hacia arriba, hacia adentro, y hacia
adelante?... O mejor, en todas las direcciones posibles. ¡Vaya qué
pregunta! Para mí no ha sido un preguntarme continuo cómo se hace,
sino derechamente un hacerlo de la forma más natural del mundo. Yo no soy un
Cristo, ni un Buda, ni un Lao Tse, ni un Heráclito. Ellos enseñaron la vía, el
modo, la verdad, y se expusieron a sí mismos como modelos. Yo no soy nada de
eso, ni creo en nada de eso. Yo no sé cómo se hace, esto sí que no es de este
Mundo, apenas tengo borrosos indicios de quién y qué me lo hace. Tal vez este
Poder quiera que yo enseñe algo, pero no sé todavía qué, hoy
menos que nunca; aunque quizás ésta sea la más sólida y segura enseñanza que
pueda comenzar a enseñar desde hoy, el limpio virginal punto de partida in
vacuo de una aventura sin fin. Sin embargo, lo que se dice hoy rara vez no se
desmentirá mañana.
Capítulo 8
Milagros
¡Oh desmesurada visión!... Según la
IA el Universo contiene entre diez cuatrillones de vigintillones y cien mil
cuatrillones de vigintillones de átomos, y de 100.000 trillones a 300.000
trillones de estrellas. A cada segundo se crean 4.75×1042 átomos
en el Universo… Una estrella nace cada 2 diezmilésimas de segundo, y 3 a 5
estrellas en el Universo son aniquiladas por segundo. Si sólo esto —mera
suposición probabilística— para la experiencia humana ya es inabarcable e
incomprensible en lo que conlleva implicado, nuestra máxima locura es
experimentar una realidad desde un aquí y un ahora—como si existiese un aquí y
un ahora ciertos en esta INMENSIDAD—, como si la estuviésemos definitiva y
progresivamente conociendo; como si estuviésemos existiendo dentro
de una realidad tal y como la percibimos y la conocemos. ¡Ah, qué sería de otra
Humanidad completa que pudiese experimentar esta realidad tan “imperativamente
cierta”, en cambio y ante todo como una ilusión y un
delirio imperativos, aunque todavía sin poder escapar de esta ilusión y
delirio!... ¿Sería siquiera adaptativa y viable una Humanidad que supiese esta
realidad como una pura ilusión y un delirio propio, al mismo tiempo que
estuviese condicionada y obligada a vivirla como nosotros la experimentamos
falsamente, incluso dentro de un ingenuo autoengaño extralímites, como
propusieron el Buda o el Cristo: que por algún recurso, práctica o artilugio,
naturales o sobrenaturales, pudiésemos escapar de la Suprema Ilusión? ¿Qué
cambia de esta ilusión y delirio cuando yo sólo sé que todo es así, pero no
puedo dejar de experimentarlo como tal? Posiblemente sólo sea una forma mental
un poco más refinada de la misma ilusión y delirio, pero también una forma
antropogénica que aporte una respuesta sincrónica más refinada de parte del
Universo, por ejemplo, como la aparición en los cielos personales de unos ovnis
inteligentes, sobrenaturales e incomprensibles; o bien, la concesión de una
sincronía más avanzada y para-natural, como en la magia, en la espiritualidad,
o en el milagro, o en lo forteano. O tal vez solamente como el tigre que se
queda agazapado, inmóvil, esperando entre la niebla algo que huele demasiado
extraño y nuevo, sin saber nada más que eso, sin poder hacer nada más que eso.
Al menos yo lo he vivido y
experimentado así desde mi adolescencia. Son demasiados los milagros y las
sutilezas del Universo mío como para hacer mención somera de ellas. O como para
simplemente no hurgar intensamente en ellas un poco más de lo habitual y de lo
ya dado, acuciado por esta compulsión de roedores humanizados que, entre otras,
nos caracteriza evolutivamente. Uno de los obstáculos y espejismos más
limitantes y problemáticos de lo forteano y de la presencia de lo
extranatural en nuestro nivel de realidad es que estamos condicionados
y facultados para experimentarlos y conocerlos sólo desde este lado
nuestro, con nuestros pobres e ilusorios recursos cognitivos,
sicobiológicos, materiales y existenciales, pero desconocer, ignorar y
exclusivamente especular ficcionalmente acerca de todo lo que lo origina (o
está) desde “el otro lado” (Lo no-nuestro). Un caso de un individuo
contemporáneo muy poco conocido en Occidente, el cual representa claramente en
su persona esta ambigüedad sutil de la ilusión llevada al límite del milagro
naturalista en nuestro plano de realidad es Sathya Sai Baba. Sai Baba hacía
milagros, pero no sabía qué eran sus milagros—incluso, ¿esos
serían milagros?—, al igual que Jesús, el cual experimentaba y
especulaba de forma delirante con un Dios causal y padre, porque seguía
hallándose profunda y condicionadamente sumergido en nuestro nivel de realidad
ilusoria, él sólo un poco más sutilmente lúcido que cualquier científico
nuestro respecto de la Suprema Ilusión. ¿Que era un hombre…? Todo lo prueba…
¿Que era un ser divino…? Nada lo prueba… ¿Sus milagros? Muchos humanos hacen
milagros y obras contra las “leyes” de la Naturaleza, sin que demuestren con
ello nada divino. Además, ¿alguien sabe qué es lo divino, si con un poquitín de
honestidad alguien ha reconocido: “a Dios nadie lo ha visto nunca”[13]?
Los milagros, lo sobrenatural, la
magia, lo aparentemente sobrehumano es lo único que ha hecho suponer, por
ejemplo, que Jesús era divino: “Si ustedes no ven señales y prodigios, no
creen”.[14] Pero,
¿por qué habrían tenido que creer por otro medio o razón, si su doctrina no era
más que un zurcido de ideas y conductas “demasiado humanas”, producidas,
tragadas, deglutidas y defecadas a través de toda la Historia humana? Ideas
románticas, rebeldes, utópicas, polémicas, pero estrictamente humanas, como
Novalis hizo eco de ellas: “El hombre debe convertirse en lo que es: un ser
divino, lleno de luz, amor y sabiduría."[15] Ningún
taumaturgo, ni dios, ni alienígena ha revelado nunca nada que demuestre él
mismo un saber inalcanzable y sobrehumano. Toda vez que me he acercado
peligrosamente a la Fuente-Sobrehumana-del-Milagro sólo he
obtenido, primero, la aniquilación de todo saber humano; luego, la comunicación
trascendental que apenas he podido procesar torpemente en mi interior como un:
“TODO ES ILUSIÓN Y DELIRIO”. Si Jesús transformó el agua en vino, o
caminó por encima de las aguas, o resucitó a unos muertos, sólo demuestra que
todo esto es una ilusión y un juego que puede ser manipulado y reordenado de
una manera mucho más fácil y sencilla de lo que desde siempre hemos creído. Yo
creo que no es necesario saber que todo es ilusión y delirio para quebrantar
las reglas de este juego ficcional. Yo creo que basta con alcanzar cierta
interfaz profunda mente-realidad para obtener el crédito de alterar este sueño
que estamos soñando. Pero, —¡cuidado!— ello no implica que nos hayamos
convertido en amos y señores por sobre la ilusión y el engaño, sino simplemente
avanzamos a un “nivel superior” dentro del mismo sueño, ilusión y engaño.
Pasamos del nivel de estar subordinados y sometidos pasivamente dentro de
nuestra existencia ilusoria, a crear y alterar ilusión dentro de la misma Ilusión.
Los cristianos, los musulmanes, los creyentes en cualquier Dios piden, rezan,
desean, porque ellos mismos son incapaces de producir ciertos cambios que
quieren para sus existencias; pero si ellos pudiesen crear cambios en sus
limitaciones e insatisfacciones, si ellos pudiesen controlar mejor el delirio
de sus existencias, si pudiesen hacer milagros y maravillas, ya no necesitarían
a un Dios que les prometa o les facilite el lenitivo de su felicidad—pero
que jamás se realiza aquí y ahora—, y hasta se les haría obvio y
necesario no creer en la existencia de Dios. La inmensa mayoría de
los seres humanos no quiere superar y salir de la Ilusión y del Delirio, sino
sólo experimentar una ficción de realidad más amable para
ellos. Para la inmensa mayoría de los seres humanos sería un non plus ultra, un
máximo concebible, un Paraíso y un Reino de Dios, poder aquí y ahora volar con
su propio cuerpo, teletransportarse, convertir el agua en vino, realizar
cualquier fantasía y deseo sexual, realizar lo que deseen realizar, convertir
casi cualquier sueño en realidad, hacerse inmortales, aunque todo sea una
completa Ilusión que siempre de alguna manera tendrá
que acabar. En cambio, ¿para qué buscar algo inconcebible? ¿Algo que pueda
incluso acabar por completo con la ilusión de uno mismo?
Yo me encuentro en ese umbral
tenebroso. Yo sé que a través de mi vida he ido tomando decisiones difíciles,
elegidas por mí en lugar de otras, donde los más hubiesen elegido las otras,
pero no estas mías. En alguna medida estoy donde estoy, e iré hacia donde pueda
ir, gracias a todas esas pequeñas elecciones previas, gracias a una capacidad
que yo mismo me he llegado a habilitar, porque también me ha
sido permitido habilitar. He venido, pues, a habitar en esta suerte de
continuo y encubierto milagro. Los otros, los de Cristo, los de Sai Baba, los
de los ángeles y extraterrestres, no me interesan. Nunca he deseado ser como
Dios, nunca, consciente o encubiertamente, su poder. ¿Qué sopla furtivamente en
mi corazón para que arda este fuego tan desasido de TODO, tan despiadadamente
enemigo de toda ilusión, hasta de la ilusión de sí mismo? Y aun así me queda
nada más que su aliento, soplo sin forma, sentido ni razón, como última
exhalación ahí del moribundo. Nada más. O, tal vez, hoy me quede mañana,
ese horizonte filudo y gris como un puñal que se va clavando de a poco en las
entrañas mismas e invisibles de toda Ilusión.
Capítulo 9
Compasión
He decidido ser compasivo con
quienes me van a leer. ¿Quién puede dimensionar a qué se renuncia y qué cambia
cuando yo decido ser compasivo con los seres humanos? Sépase que no es una
conducta encubierta—o directamente—despectiva ni arrogante, porque ser un individuo
imposible me pone en cierta condición singular y paradójica. Mis
palabras son siempre nuevas palabras, aunque parezcan las mismas de
todos; pero también son despreciables, porque no sirven para lo que la gente
valida y usa las palabras. Yo me inspiro todo el tiempo y sin cesar en la
poderosa enseñanza del sol: alumbra y calienta sin cesar y sin diferencias
manifiestas lo mismo sobre buenos y malos, sobre humanos y no humanos. La
compasión encierra en mí—creo—algo así como humildad existencial y moral
disponible para que sea Realidad la que decida qué hará con mi compadecido, y
no tenga yo que condenarlo, ni siquiera asignarle un valor, o
estado determinado y definitivo, a ese que no me resulta bien. Sin
embargo, para que se entienda precisamente en aquello que voy a exponer en este
escrito, si me encuentro en la calle con un maleante que está actuando de forma
violenta, por ejemplo, contra un niño, mi compasión no me impedirá que también
actúe de alguna manera suficiente para impedir que
continúe con su manifiesto acto brutal. Se puede y se debe—llegado el caso de
conciencia—ser violento como el más violento, sin poseer una condición y
carácter en absoluto violento. La cuestión de fondo que nos propone la Realidad
continuamente es ante todo en qué estado de realidad tratamos de estar, o
simplemente, o finalmente, realizamos.
Siempre estamos adentro de un algo-realidad que
nos impone sus condiciones y limitaciones. Nuestro sí-mismo, nuestra
consciencia, nuestra mente ya es un algo-realidad impositivo y condicionante.
Si dentro de las Ciencias se hubiese creado una ciencia particular y una
epistemología fundacional acerca de los determinantes de la existencia humana y
universal, yo respetaría algo más a esta coja, tuerta y arrogante necia que
pretende conocer la realidad mejor que nadie, a ciencia cierta. Pero la huye y
la rehúye como una rata asustadiza, porque intuye con el rabillo del ojo tuerto
que ese saber acabaría destruyendo a todas las Ciencias, y trastornaría al
burdo animalillo de dos pies enclenques que la sostiene y la delira. En cambio,
se afana por engrandecer y convencer a esta rata humana delirante que se sube
al escenario del mundo para actuar un diosecillo en camino a la omnisciencia y
omnipotencia, sin anticipar el agujero abismal adonde en masa se encamina. Las
Ciencias también nos imponen un algo-realidad, lo mismo que son a su vez el
resultado de un algo-realidad condicionado.
¡Qué ironía!... Los griegos
buscaron afanosamente el principio (ἀρχή) de todas las cosas, de la
realidad, y se encontraron por todas partes y de todas las maneras con el
relativismo y subjetividad de la condición existencial y mental del ser humano,
del filósofo-científico pensante. A cambio, creyeron descubrir una Naturaleza (Φύσις), un cosmos-orden (κόσμος) independiente del ser
humano, un objeto universal no subjetivo ni relativo—incluso aunque fuese
causado y gobernado por un dios platónico o no-platónico (realidad absoluta)—.
Este Universo podía ser, entonces, el escenario sólido y seguro para constituir
y construir una existencia cierta y un saber ciertos, un parámetro estable y
definido de verdad y falsabilidad. En términos y parámetros siquiátricos: “he
aquí el juicio incontestable de realidad (incontestable)”, la sanidad mental
por excelencia. Pero no, nos
hundieron hasta siempre contra el fondo del mismo pantano ilusorio y sicótico
del que buscábamos huir—huyendo de nuestra delirancia humana—, pues la
Naturaleza es la Causa Suprema de toda ilusión y delirio, las sublimes entrañas materiales
de la Superilusión, el Supremo-Estado-de-Realidad desde donde
nace—sin nacer—y allí mismo habita nuestra condición relativa, alucinada,
efímera, antropogénica. La sólida, incuestionable e inevitable realidad
cotidiana… ¡Qué ironía!
“Sueña
el rico en su riqueza, que más cuidados le ofrece; sueña el pobre que padece su
miseria y su pobreza; sueña el que a medrar empieza, sueña el que afana y
pretende, sueña el que agravia y ofende, y en este mundo, en conclusión, todos
sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende.”[16]
¡Vaya
ironía!... Se puede soñar que se sueña, y se puede delirar que se delira.
¿Cuántas matrioshkas son la Realidad?... ¿Una o/y infinitas?...
Incapaces de superar aunque sólo sea una ilusión, nos
obligamos y estamos obligados a concebir todo en términos disyuntivos, duales,
agregativos, contrapuestos (o/y), por ejemplo, realidad/irrealidad. Yo vengo de
vuelta de las regiones de lo Imposible, o sea, apenas un milímetro más allá de
la punta de sus narices. Yo no traigo respuestas, sólo una
cornucopia de ilusiones para desplegar como confeti ante tus
desorbitados ojos. ¡Coje la que quieras, coje la que puedas! ¿Te preguntas si
yo soy un alienígena/extraterrestre?... ¡Sí lo soy!... Un milímetro más que tú.
Sólo un milímetro más que tú basta para ser Dios y/o Demonio.
¡Qué
difícil y hasta imposible es para ti ir, aunque sólo sea un instante, hacia
afuera de ti mismo! Mírate como piensas todo desde tu único color político, o
sea, a los seres humanos amigos y/o villanos, sólo humanos y/o no-humanos.
Mírate como miras a los que no creen en lo que tú crees. Mírate como sientes a
los que no son tu familia, a los que no son de tu nacionalidad, a los que no
poseen tu color de piel, a los que no hablan tu idioma, a los que no son de tu
sexo, de tu edad, de tu clase, a los pobres, a los enfermos, a los ladrones, a
los mentirosos, a los miserables, o sea, a “los otros”. Mira la manera como
cuentas tu dinero. Mira que respiras sin esforzarte ni quererlo. Mira que la
sangre fluye por tus venas sin cesar, y tú no la sientes. Miras el pasto verde
y llamarías imposible que no sea verde. Miras
hacia arriba y sabes cielo. Miras
las noticias que te ponen delante, y te informas. Ves morir, ves
nacer, y no ves nada más allá, pero igual supones. Duermes, sueñas, despiertas,
duermes, sueñas, despiertas… Sabes tu nombre, pero ¿qué es tu nombre? ¡Mira
cómo estás leyendo ahora, y no sabes que el Universo lee a través de tus ojos!
El
Juego quiere que juguemos. ¡Aprende cómo se juega con la Ilusión! ¡Aprende a
salir de Todo sin salir de Todo! En cambio, tú sales de un
Todo-sin-salir-de-Todo, porque no sabes jugar por ti mismo. Tu juego es un
juego pequeño y elemental, puedes quedarte allí, volviendo una y otra vez de
regreso a la partida, sí, o puedes decidir con voluntad inquebrantable avanzar
al siguiente nivel. Tarea imposible. Para mí es motivación y
recurso suficientes, aunque no sepa dónde acaba, ni cómo sigue, ni qué soy yo.
Capítulo 10
El Terror (parte
1)
Yo nunca he sido una persona
especialmente miedosa. Sólo de niño y durante mi primera adolescencia recuerdo
haber sentido un miedo intenso, rayano en el terror, toda vez que tenía que enfrentar
un par de situaciones particulares. Una de ellas era el miedo a la oscuridad,
aunque la verdadera razón de ese terror se encontraba al interior de la
oscuridad, no en la oscuridad misma. Me ponía la piel de gallina, por ejemplo,
el abrir una puerta de una habitación completamente a oscuras y meter la mano,
sólo la mano, para tantear la pared buscando el interruptor de la luz. Era casi
terrorífico, si en esos momentos me permitía pensar que desde adentro algo pudiese
cogerme la mano. La situación me generaba un complicado juego y desafío
sicológico. La oscuridad siempre me generaba una desazón porque me producía la
intensa y muy real sensación de que algo extraño y amenazante podía llegar
hasta mí precisamente por medio de la oscuridad.
Otra situación fóbica me la
producían las alturas, aunque eso apareció durante mi adolescencia. La
cuestión, sin embargo, era bastante específica. Me producía una sensación
horriblemente vertiginosa acercarme al borde de una altura ya superior a unos
diez metros, y mirar directamente hacia abajo. El componente más horroroso de
ello no era tanto ver o dimensionar la altura, sino la sensación visceral de
que algo interno me impulsaba a lanzarme al vacío, como si la
situación de dejarme caer en sí misma fuese mía y necesaria…
Ambas formas de terror desaparecieron de mi vida a partir de un tiempo
determinado, por razones significativas y particulares que en otra oportunidad
tal vez vaya a relatar. Todos mis demás miedos, en cambio, eran comunes y
corrientes, circunstanciales y sin mayor compromiso emocional, de cosas que a
cualquier ser humano normalmente le causan miedo, como el miedo durante un
accidente vehicular, o el miedo a ser asaltado con violencia, o el miedo a
perder un ser querido, o el miedo a lo desconocido y extraño. En consecuencia,
el miedo me era una emoción bastante ocasional, y al que yo tendía naturalmente
poco. De hecho, todo lo que he escrito a través de mi vida testifica la casi
inexistencia del miedo como un tema literario o biográfico en
mí. Es por ello que nunca se me dio el imaginar ni anticipar lo que iba a vivir
una noche excepcional que llevo grabada en mi memoria, desde los 24 años, como
si se tratase de un video indeleble. Definitivamente, se trata de una situación
imposible para un individuo imposible.[17]
Han transcurrido 42 años desde esa
noche. Hoy tengo 66. Nunca había escrito, ni tampoco podría haberlo logrado, el
relato que voy a producir aquí. Lo he intentado a través de estos 42 años, pero
siempre acababa dándome cuenta de que no podía, como si un conjunto
de trabas poderosísimas me lo impidieran.[18] Vagamente,
y como resumiendo para simplificar, esas trabas me soplaban al oído no es el momento. Vagamente también yo
creía entender por qué no lo era. Hoy, ahora mismo, han desaparecido todas las
trabas, para mí—sólo yo puedo dimensionarlo así—como si hubiese ocurrido un
milagro, como si ese muerto imposibilitado, momificado, siempre invocado
sin respuesta, de pronto y mágicamente resucita dentro de mí y por todas
partes, y anda, y vive enteramente vivo, hasta más vivo que yo, que lo he
llevado conmigo muerto-dormido todo este tiempo... Al final de
este escrito sólo yo sabré por qué me ha llegado la hora de
hacerlo. Ustedes, por su parte, al leer el punto final tal vez tiriten ahí,
apenas comenzando a presentir el terror de esa noche mía que también le toca en
suerte y parte a cada ser humano e individuo (tú) necesariamente.
El tema de los ovnis me había
atraído desde mi primera adolescencia, aunque de una manera un tanto liviana.
Por ejemplo, disfrutaba mucho de las películas sobre ovnis y alienígenas. Nada
más. Con el tiempo se me fueron planteando inquietudes, algunas ideas e
interrogantes, pero siempre con cierta distancia y tibieza. Por entonces, mi
mayor anhelo, en medio de mi ignorancia, era experimentar al menos un
avistamiento ovni. Encontrándome en esta condición un tanto anodina respecto
del tema, a los 21 años ocurrió un primer evento detonante y significativo:
tuve un avistamiento y experiencia personal con un ovni que fue visto
colectivamente, e incluso informado en la prensa de mi país.[19] No
me detendré aquí a describir ni a narrar este hecho, porque amerita un
importante capítulo aparte, el cual ciertamente dejaré para más adelante. Por
ahora, me interesa destacar que a partir de esa experiencia el tema se me
convirtió en una cuestión viva y personal. Comencé a investigar sobre el tema
con escaso acceso a buenas fuentes de información, de modo que no avanzaba
mucho en conocimiento sobre el tema, hasta que a los 24 años llegó a mi poder
el libro 100.000 Kilómetros tras los OVNIS, de J.J. Benítez. Lo que
más recuerdo y valoro de aquel libro es la sorprendente experiencia que viví
mientras lo leía, ya que, a medida que avanzaba en su lectura, comencé a sentir
que yo estaba siendo observado y guiado interna y externamente por unos seres
superiores, justo y precisamente lo que descubro que J.J. Benítez narra más
adelante como su propia desconcertante experiencia mientras él también avanzaba
en su búsqueda e investigación de respuestas acerca de los OVNIS. Esto
me causó una sensación de reduplicación apodíctica de realidad, como una
especie de hiperrealidad que se me presentaba y se me desencadenaba en mi
interioridad, en mi mente y en toda la realidad. Era sensación vívida, era una
certeza total, única e inexplicable, de que un o unos seres inteligentes y
suprahumanos estaban tomando en adelante, por completo y de
hecho, en una especie de super-presencia, el
conocimiento y el control de toda mi persona y de mi realidad. Yo sabía que no
estaba alucinando, por más que también podía dudarlo racionalmente. Al terminar
de leer las últimas líneas del libro de Benítez se me actualizó—casi como un
mensaje telepático—que había llegado la hora también para mí de
encontrarme cara a cara con Ellos. Podía sentir en mi interior algo así como una
continua vibración magnética que nunca había experimentado antes. Aquella noche
salí al patio trasero de mi casa a contemplar el cielo estrellado, con la
sensación de que podría ver algo. Era tan singular y potente
la precepción entonces de que mientras yo observaba el cielo, a su vez, yo era
observado. No vi nada especial, pero llegó la certeza a mi conciencia de que
aquella noche iba a ser decisiva. Me fui tranquilo y confiado a dormir.
Recuerdo con claridad que repentinamente
yo estaba soñando un sueño lúcido: me encontraba en mi cama, recién despertado
de algún sueño dentro de mi sueño; me incorporaba y veía por la ventana de mi
pieza el cielo oscuro lejos hacia el poniente; distinguía una luz que se movía
lentamente, de inmediato aparecía otra, y otra, y otra; aumentaban de tamaño,
tomaban colores variados, intensos, cambiantes, mientras realizaban evoluciones
que me resultaban muy hermosas, como si formasen un entrelazamiento de figuras
y estelas de colores entremezclados—una danza bellísima— a medida que, además,
se venían acercando hacia donde yo me encontraba. Justo en el momento en que me
percato de que se dirigen hacia mí escucho dentro de mi cabeza una voz
poderosa, grave, extraña, que habla retumbando dentro de mi cerebro: “¡Ahora sí!”… Despierto instantáneamente,
con máxima conciencia, con todas mis facultades mentales alertas, abro los ojos
y en ese mismo instante una luz blanca, vaporosa y al mismo tiempo sólida, como
si tuviese volumen, comienza a extenderse desde el marco izquierdo de mi
ventana, por sobre la superficie de la cortina gruesa de lino, formando
progresivamente una especie de semiesfera que va desarrollándose hasta tocar el
marco izquierdo de la misma ventana, llenando así toda su área con esta
semiesfera. Justo al completarse esta figura, sobresaliente hasta más o menos
medio metro en su radio máximo, desaparece instantáneamente, como si se
apagase. No estaba soñando, no más que ahora también sé que no estoy soñando;
estaba yo plenamente despierto, o, por lo menos, en indubitable y
asombrada conciencia de vigilia. La aparición incomprensible de
esta luz por sobre la cortina era para mí irreal y fantástica, más todavía
porque la ventana estaba cubierta por fuera con sólidos postigos de madera que
dejaban sólo una abertura en el medio, donde faltaban tres o cuatro tablas. Al
acabarse la visión de la luz, simultáneamente escucho cerca en el patio un
ruido vago, entrecortado, como si algo se moviese rápidamente; se abre la
ventana que yo había dejado entreabierta, salta velozmente mi gato al suelo,
quedándose agazapado con claras señas de miedo. Puedo sentir y oír una especie
de pesada vibración en el aire, sé que afuera hay Algo, entonces se me plantea la disyuntiva
más terrible y decisiva que—ahora puedo saberlo— he experimentado en mi vida:
correr la cortina y mirar hacia afuera, o no. No pensaba con
palabras, pero mi pensamiento procesaba y dialogaba de forma integral e
instantánea, como por ideas completas, con algo-alguien que parecía haberse
asimilado a mi propia mente. Se insertó en mi mente la idea-certeza de que, si
yo estiraba la mano y abría la cortina, conllevaría que yo me aniquilaría, yo desaparecería absolutamente, hasta en mi esencia
humana. Eso no era solamente morir,
como sea que se conciba la muerte natural de cada y todo ser humano. No puedo
explicarlo, pero esa idea que se me implantó era una especie
de conocimiento-experiencia enteramente real y vívido.
Esa idea-vivencia—podía sentirlo, saberlo absolutamente—no era de
este mundo, no era conmensurable con nada natural ni humano, con nada mío. Sentí
en ese instante el horror más intenso y sobrenatural que—yo creo— puede sentir
un ser humano al acercarse a la aniquilación de su propia esencia,
por encontrarse con ALGO inconmensurable
e incompatible con la esencia humana y natural. Supe,
además, que, si abría la cortina, ya no habría vuelta atrás…
La realidad que me transparentaba este terror me detuvo. Fui libre de hacerlo;
no había ninguna fuerza, ningún bloqueo síquico que me paralizase, que
inhibiese descontroladamente mi voluntad ni mis capacidades. Si la abría, supe
ahí que podría al fin conocer y experimentar la verdadera
realidad que existe tras el
fenómeno de los ovnis. Sólo yo decidí
no abrirla… ¿Por eso estoy todavía vivo?...
Capítulo 11
Delirio y Realidad
¿La visión de la luz dentro de mi dormitorio fue una
alucinación hipnopómpica?... ¿Todas mis percepciones y mis procesos
interpretativos relatados fueron una seguidilla de procesos mentales
fantasiosos y subjetivos?... ¡Sí!... ¡Sí!... Pero la clave hermenéutica, la inversión
epistemológica fundamental e inicial que yo considero necesario hacer para
comprender correcta o, por lo menos, menos limitadamente—por ejemplo, de lo que
lo hace la Ciencia—todo fenómeno de esta realidad en la que existimos, TODO—entiéndase enfáticamente y sin
restricciones—, consiste, primero, en asumir holísticamente que “TODO ES ILUSIÓN”, y
que, a partir de este principio (auxiliar) universal y total, se desgranan los
demás estados de realidad (subilusorios—los modos de la ilusión—)
que parecen o se experimentan (antrópica y paradójicamente) no ilusorios, estables,
independientes, sólidos , ciertos, referenciales, verdaderos, absolutos, etc.,
como, por ejemplo, el Universo material, o bien la percepción sensorial, o el
cuerpo biológico, o la racionalidad, o el instante temporal presente, o la
tecnología, etc. Yo no logro entender cómo tanta gente pensante e inteligente a
través de la historia humana no se ha dado cuenta de lo obvio, necesario,
elemental y trascendental del error sobre el cual se ha constituido y construido toda
nuestra condición natural, toda nuestra civilización humana, todas nuestras
experiencias y conocimientos del orden que sean, incluso de aquellos saberes o
cosmovisiones que se han configurado, como lo han hecho, por ejemplo, el
Hinduismo y el Budismo, supuestamente a partir del principio de TODO-ILUSIÓN, o Maya.
El error, casi como una suerte de horror vacui o bloqueo cognitivo,
consiste básicamente en aferrarse por cualquier medio a la convicción
injustificada de que necesaria y axiomáticamente existe algo
inicial, creador, fundacional, universal, total, etc., absoluto y verdadero,
como el número para Pitágoras, el cogito cartesiano, o el Dios de
Jesús, o el Universo físico, o el Paranirvana, de modo que una de las
consecuencias más importantes para el conocimiento humano es que ese supuesto
Principio Absoluto nos condiciona, tanto como nos permite, a discernir
entre el Bien y el Mal, la Verdad respecto de la Falsedad, lo Real y lo Irreal,
la Vida y la Muerte, el presente respecto del pasado y del futuro, etc. ¡Ni
siquiera los simios cayeron en ese error tan delirante, regresivo y absurdo propio
de la especie humana! Y no es que nuestros escépticos, agnósticos,
intuicionistas, videntes, divergentes lo hayan hecho mejor—pudiendo, y hasta
debiendo—, porque de una u otra manera todos han acabado en una trampa inicial-final
de este mismo nudo gordiano ilusionista que es en sí mismo el homo sapiens-sapiens.
Si se invierte ese principio, pues, se puede derivar y
comprender, pero de una manera radical y sustancialmente diferente, toda la
experiencia de verdad y de realidad que hemos desarrollado
integral y soberanamente, lo mismo que toda nuestra experiencia y conocimiento
en relación con la falsedad y la irrealidad. El eje absoluto de
nuestra experiencia de realidad, por lo tanto, debiera ser representado como un
sistema integral de ilusión por niveles y grados de ilusión imbricados e
interrelacionados, dentro del cual los seres vivos y los humanos experimentamos
una forma o dimensión de ilusión degradada que consiste en la alucinación
delirante de un estado de realidad física y mental verdadera y autónoma, o sea,
la realidad natural. En este sentido, actualmente he llegado a creer que
el fenómeno ovni en su totalidad, así como gran parte de la fenoménica
forteana, demuestra en forma abierta y decisiva precisamente y de forma dramática
la debida inversión trascendental de nuestro principio y experiencia de
realidad. Es decir, en gran medida el fenómeno ovni y la fenoménica paranormal representan
un estado de realidad mucho más amplificado—o sea, en el ámbito de
nuestra conceptualización antrópica, más real—dentro del Holismo Ilusorio, o Ilusión Trascendental.
En la actualidad, la mayor parte de la gente instruida
no sabe que muchos importantes y prestigiosos investigadores del fenómeno ovni,
tales como Carl Jung, John Mack, David
Jacobs, Jacques Vallée, sostienen que asociado a este fenómeno siempre existe
un gran componente productivo o causal de tipo sicológico o mental, sin que
ello implique necesariamente que el experimentador de un “encuentro cercano”
esté solamente alucinando, o, en el mejor de los casos, sólo distorsionando
fantasiosa e irrealmente (sensorial o sicológicamente) algún fenómeno de
carácter meramente natural, como sugiere la mayoría de los escépticos y
críticos cientistas. En nuestra conceptualización, aquellos ufólogos sí implican—sin
declararlo explícitamente—, por una parte, que no existe una incompatibilidad
ontológica ni contradicción necesaria entre ilusión/alucinación/subjetividad,
y realidad objetiva/natural/física. Y, por otra, a fortiori, que existe algún
misterioso, desconocido e hipotético mecanismo, o razón, que
articula y compone subjetividad-realidad física (juntos)—en una relación
fuera de lo común, incluso anómala y excepcional—para producir causalmente
tales experiencias. Es un hecho que nadie ha avanzado todavía en la
investigación y elucidación de este “mecanismo”, o la razón que unifica la
experiencia mente-ovni.[20] No
obstante, considero que el investigador Antonio Caravaca ha dado un paso
inicial importante últimamente hacia la línea de la inversión epistemológica y
ontológica que aquí proponemos.[21] Con
todo, considero que el abismo más ancho y profundo que separa la inversión
ontológica y epistemológica que sugiero, respecto de la histórica y natural que
hasta aquí ha sostenido y desarrollado íntegramente el ser humano, consiste en
su incapacidad natural y antropológica para experimentar esta
realidad en parámetros y modos no duales, y en categorías no separadas (no-unidades).[22]
Por ejemplo, diferenciar amplia y sustantivamente entre dimensión síquica y
dimensión física de la realidad—o bien, interior-exterior—es altamente ilusorio
e inadecuado; o bien, entre realidad e irrealidad; o bien, representar la
realidad por medio del lenguaje verbal, u otros similares, en tanto siempre los
lenguajes humanos son categoriales, es decir, representan la (sub)realidad
por identidades, unidades, valores, significados, definiciones, juicios, etc.
Es decir, el ser humano naturalmente no puede superponer fenómenos sin
identificarlos y procesarlos cognitivamente por separado, como una suma, aunque
los perciba como unidad, es decir, siempre y ante todo experimenta “el todo es
una suma de partes”. Además, el humano no puede sino superponer
aumentativa y progresivamente unos pocos estímulos (unidades) de realidad
(poseemos limitada y escasa amplitud atencional), y también es incapaz
de integrarlos como nuevo estado de realidad.[23]
En conclusión, si todo es ilusorio, entonces no
es un buen criterio afanarse por diferenciar a ultranza—por ejemplo,
científicamente—entre verdadero y falso, entre alucinación y realidad física,
entre correcto e incorrecto, entre energía y materia y mente, entre 0, 1 y 2, sino
debiéramos esforzarnos, ante todo, por tratar de diferenciar los modos implicados
de la ilusión y del delirio holistas.[24]
Esto solo cambiaría toda nuestra experiencia y conocimientos (ideas) de la
realidad, adquiridos y naturales. Considero que ésta es una de las principales enseñanzas
que nos aporta, en conjunto, el fenómeno de los ovnis, de lo paranormal, y,
por lo tanto, también de mi propia experiencia relatada.
Por lo tanto, quienes hayan leído mi experiencia ovni,
relatada en el capítulo anterior, habrán reaccionado con los más variados
criterios, sentimientos, pensamientos y juicios, pero nadie se acercará
siquiera a mi propia experiencia, ni tampoco al correcto procesamiento de su
particular fenomenología de la ilusión.
[1] Heráclito de Éfeso, como
expondré más adelante, conocía la respuesta como ningún humano de conocimiento
público la ha conocido hasta hoy.
[2] Entiendo con este neologismo
la condición de la mente en coordinación funcional con la consciencia de
vigilia y el yo.
[3] La pretensión de la sicología
sicoanalítica y sicodinámica de acceder a contenidos o ámbitos del inconsciente
es tan precaria, que podría compararse a suponer que un conjunto de sombras
chinescas proyectadas sobre la superficie de un grueso muro representa las
cosas que ocurren invisibles por el otro lado de ese mismo
muro. Es más probable – de acuerdo a mis experiencias y conocimientos - que los
contenidos y el universo del inconsciente sean algo completamente diferente e
inconcebible para nuestros contenidos y funciones síquicas asociadas a la
condición de consciencia de vigilia.
[4] Entiéndase como quiera Humanidad,
ya sea como una especie natural, un concepto antropológico, religioso,
filosófico, una constatación histórica, una acumulación fáctica de individuos
que se reconocen entre sí más parecidos respecto de cualquier otro ser vivo en
este mundo, etc.
[5] En publicaciones anteriores
he justificado y explicado por qué sostengo esta visión.
[6] Hoy por hoy no nos
encontramos con una situación y experiencia tan extremas, aunque también son
innumerables los hechos-mierda en escala más reducida. Creo
que no necesito dar ejemplos por todos conocidos, aunque todavía no por
todos sufridos.
[7] Sólo la macrodimensión Psi (psiquismo)
encubre incalculables otras dimensiones de realidad, a las que se accede y se
interactúa, en la medida que ello es posible, a través y por medio de la mente,
la conciencia, el inconciente, el yo, las diferentes facultades mentales y
cognitivas, el espíritu, la energía psico-biológica, etc. Si las Ciencias
modernas y la Humanidad inteligente pusiesen la atención en esto, investigasen,
experimentasen con nuevas metodologías y nuevos modos epistemológicos, con sus
propias facultades cognitivas reconfiguradas, todo lo que hay, e
implica, en la Mente o Psiquismo humano y animal, se derrumbaría todo el
conocimiento científico adquirido hasta hoy, todo su paradigma de realidad y de
conocimiento, toda experiencia humana como se vive y concibe actualmente, TODO,
sin excepción.
[8] Una demostración de esto se
encuentra en el hecho de que las Ciencias y sus conocimientos van
cambiando necesariamente con el transcurso del devenir
histórico del ser humano, a causa de su experiencia y
transformación colectiva y subjetiva – incluido como tal la tecnología -, pero
no por un factor intrínseco (verdad, virtud, poder, creatividad, etc.) a la
Ciencia misma, a la tecnología, o a cambios sustantivos de la realidad física y
material. No es la Ciencia, sus nuevos conocimientos y creaciones, los que
cambian la Ciencia ni la realidad, sino es el ser humano el que cambia el
conocimiento relativo de la Ciencia, la Ciencia misma, y sus efectos (logros).
[9] En capítulos anteriores he
narrado cómo experimenté en mi adolescencia y adultez un autoencantamiento, una
especie de autohipnosis, para exaltar y desarrollar mis propias formas de
conocimiento, basadas en, y referidas a, lo que ahora considero la
mierda del saber humano, pero que en su momento me resultaron una especie
de ascenso sobrenatural hacia la Verdad, un logro precioso para mí y hasta para
la Humanidad. También yo me hice trampa y me engañé a mí mismo, sin coacción
externa, tanto como con coacción externa.
[10] Los peores enmierdadores son
aquellos que afirman que todo, o esto o aquello, es una ilusión de mierda, para
enseguida “enchufarte” su solución de mierda, que se te propone para superar la
otra ilusión de mierda que ellos tan meritoriamente ya han desenmascarado.
[11] Otras dimensiones de
realidad, además del tiempo, del espacio, del (eventual) multiverso, son la
dimensión de la vida biológica, el antes y el después de la vida corporal, las
dimensiones asociadas a las experiencias paranormales (telepatía, ECM, Ovnis,
las apariciones (entidades) personales no biológicas, la memoria kármica,
premonición, etc.), la conciencia, etc.
[12] Estos u otros datos
matemáticos y teóricos que manejan los cosmólogos son una mierda ilusoria, no
tanto así la referencia implícita a algún tipo de un gran antes y un
gran después de TODO ESTO, aunque incluso una visión de este tipo (más
empírica) pueda llegar a ser también una mierda ilusoria antropogénica, y hasta
una mierda extra-antropogénica (universal).
[13] Jn. 1.18.
[14] Jn.4.48.
[15] Himnos de la Noche.
[16] Pedro Calderón de la
Barca, La Vida es Sueño.
[17] Guardo hasta la fecha un
registro—más bien literario, incompleto y poco riguroso—de este hecho, escrito
al día siguiente (lunes 7 de marzo de 1983) en un antiguo conato de
diario de vida, comenzando en la primera página con este mismo evento, y dejado
de escribir (en blanco) sólo tres páginas después de este primer relato de
cinco páginas. A decir verdad, sólo a partir de los días posteriores a este
evento y registro comencé a recordarlo y procesarlo cada vez con más precisión
y comprensión, como si el evento mismo hubiese continuado desarrollándose en mi
inconsciente, en mi mente natural, en toda mi realidad, sin dejar de seguir
aconteciendo y transformándose junto conmigo a través de los años, toda mi
vida, en un increíble proceso orgánico, progresivo, constructivo,
trascendental.
[18] Una traba inicial era que cada vez que lo intentaba me daba cuenta de que inevitablemente iba a escribir una narración, una historia que no podía evitar el estigma de ser y saber ante todo a literaria. Ahora, hoy, sé que igualmente estoy escribiendo literariamente, pero ello no impide, no me separa de cualquier otra condición y expresión necesaria para que esta historia sea más real, verdadera, rigurosa y cierta que, por ejemplo, los principios de la termodinámica, o, incluso, con todo el rigor del científico escéptico que finalmente he llegado a ser; y con toda la espiritualidad, y con toda la filosofía, y con todo de todo.
[19] Aún guardo entre mis
documentos un ejemplar de un periódico de la época en el cual se informa acerca
de este extraordinario avistamiento y fenómeno.
[20] O como la relación mente-milagro-realidad física que propuse en el cap. 8.
[21] Véanse libros del autor: La distorsión: El fenómeno OVNI en la mente humana (2012), El secreto de los OVNIs (2014), La conciencia OVNI (2017). Igualmente, su blog: https://caravaca101.blogspot.com/. Su mérito consiste en poner el foco del fenómeno ufológico y sus concomitantes forteanas y paranormales en lo que él denomina “la distorsión”, como un anómalo y excepcional evento en que se implican mente-experiencia física de una manera tan imbricada que no se puede diferenciar un componente del otro. Aunque reconoce que es más probable que el agente externo sea el que cause o administre la distorsión, más que la sique del humano involucrado, dado que evidencia—física y mentalmente—no sólo llevar el control de la situación del “encuentro”, sino, además, exceder en recursos de realidad al ser humano en una medida indeterminadamente mucho mayor, Caravaca presenta confusión/ambigüedad y falta de rigor conceptual tanto en el análisis sicológico, como en todo lo relativo al “agente externo”. En una de las recientes publicaciones en su blog señala en relación con el “agente externo”: “[…] parece algún tipo de fuerza [¡sic!, Caravaca también lo denomina descuidadamente en su post “inteligencia”, sin percatarse ni analizar la distancia fenomenológica y conceptual entre “fuerza” e “inteligencia”] que no solo tiene la capacidad de distorsionar nuestra realidad y percepción, sino que además y esto es lo más importante puede reconfigurar nuestro sistema operativo mental” (miércoles, 1 de enero de 2025). La similitud en cuanto al concepto central de nuestras visiones, pero también la diferencia, se encuentra en el paralelismo entre su concepto de distorsión y mi concepto de ilusión.
[22] Éste es un tema demasiado complejo que requeriría de un tratamiento aparte y extenso para intentar aproximarme conceptualmente a él, ya que por su naturaleza es esencialmente extra-conceptual, extra-lingüístico, para-mental y para-físico.
[23] Al ser humano ya le resulta extremadamente difícil experimentar naturalmente, y en toda su amplitud y variedad, el principio cognitivo de la Gestalt: “el todo es más que la suma de las partes”. Incalculablemente más antinatural le resultaría, a fortiori, percibir cosas y fenómenos instantáneamente ni como todo, ni como partes, es decir, paradójicamente no como cosas, sino como un nuevo estado de realidad (otro no agregativo), por lo tanto, tampoco como un mero fenómeno asociado a la misma cosa. Es decir, en este modo cognitivo no sólo no hay misma cosa (dos veces), sino tampoco cosa (una vez), tal como señalaba Heráclito: “A los mismos ríos entramos y no entramos, somos (estamos) y no somos (estamos)” (49a DK). En nuestra incapacidad connatural, a esta condición para-cognitiva (supra-holista) la percibimos y denominamos filosófica y cuánticamente, insuficiente y ambiguamente, como indeterminación.
[24] Lo que quiero referir con el término “modos implicados” representa vagamente una fenomenología de la ilusión (realidad), que no se ha abordado ni explorado hasta ahora, y que, además difícilmente podríamos indagar y tener acceso a ellos, debido a nuestras limitaciones antropológicas. Volveré sobre el tema en otro capítulo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario