
Uno
siempre trata de afirmarse en (llegar a) una realidad más fuerte, más
verdadera, más correcta, superior, etc., que (mantenerse) en
una que, en algún sentido, reconocemos como más débil, más imperfecta,
más incompleta, más inadecuada, inferior, etc. Las
Ciencias, por ejemplo, conciben su condición epistemológica, sus
metodologías, la realidad física, etc., como una continua progresión desde un
saber menor a uno mayor; desde una práctica menos eficaz y certera, a una mejor
y superior; desde un conocimiento y develamiento de la realidad menos verdadero
(incompleto), a uno más verdadero (más amplio). Los sistemas y concepciones espirituales
y religiosos universales conciben la experiencia humana y la revelación (divina)
como un continuo progresivo desde un menor saber, a uno mayor y más verdadero;
desde una condición personal, existencial y espiritual que puede desarrollarse
y transformarse progresivamente, certeramente, incluso hasta alcanzar un estado
más próximo a la (suprema) divinidad. La vida cotidiana, la vida común
de todos los seres humanos, en toda su multiplicidad y actividades, en todas
sus formas y manifestaciones, está enteramente inmersa, enteramente
condicionada, normada, constituida, etc., en una visión de cosas peores y otras
mejores, a las que se debe aspirar; siempre el mañana es una oportunidad
para que “todo sea mejor”, se vive la realidad como si ella avanzara
naturalmente desde un menos a más, desde un pasado hacia un futuro. Si estoy
enfermo y me duele el estómago (microilusión), quiero sanarme para que ya no me
duela el estómago (microilusión), porque si estoy sano (microilusión), siento
que la vida merece ser vivida (microilusión), etc. Siempre estamos tratando de
progresar, de avanzar de una condición a otra.
Sin
embargo, no integramos a nuestro sistema cognitivo, a nuestro paradigma sicológico
y semántico inconciente de realidad, a nuestra experiencia del estado de
realidad, el hecho (estado) de que, cuando intentamos y hasta
logramos esto, sólo superamos un modo (estado) de realidad para incorporarnos a
un nuevo modo (estado) enteramente
ilusorio de realidad. Así pues, en cierto sentido microilusorio,
superamos un estado de realidad – particular o general - al ingresar en
un mejor estado de realidad (respecto de otro), pero en otro sentido macroilusorio,
seguimos manteniendo la misma macrocondición de realidad ilusoria, una ilusión,
en otra ilusión, en otra ilusión, en otra ilusión, etc., (aparentemente)
sin progresión ninguna. Por ejemplo, estoy ciego, no puedo ver; me opero quirúrgicamente
de los ojos y ahora puedo ver. Ver, en este caso, es una superación de
la microilusión de no ver, aunque ver también es una
representación microilusoria de la realidad física y una limitación (incapacidad)
para percibir aquello (macroilusorio) que está más allá de mi rango
perceptivo visual. Por ejemplo, también, siempre el ser humano ha concebido que
aprender es pasar de un estado de ignorancia, o de menor saber, a un
estado de mayor saber (conocimiento); sin embargo, todo aprendizaje reemplaza
un tipo de saber o desconocimiento ilusorio, por otro saber sólo más eficiente en
algún sentido relativo, que la ignorancia o el saber menor, aunque genera
otras formas y contenidos ilusorios o determinantes (clausurados), que
normalmente también se ignoran o se desconocen macroilusoriamente (inconciente
o concientemente). Por ejemplo, si
estudio odontología, voy a saber más de la dentadura que antes, pero ya no
estudiaré ingeniería, o egiptología, etc. Si aprendo a tocar guitarra, cada vez
que toque guitarra no tocaré piano. Si aprendo física cuántica, creeré saber que
la realidad es cuántica, y que ya nada desmentirá este saber. Si creo en
(aprendo) la doctrina religiosa de Jesús, no podré aceptar que pueda volver a
venir Jesús (de la forma que sea) y modificar completamente su doctrina de hace
2 mil años. Sin embargo, Jesús, en términos de realidad ilusoria,
podría venir cuantas veces quiera, incluso ninguna más, y hacer y decir cada
vez lo que sea y lo que quiera, sin estar condicionado en absoluto por su
primera aparición (microilusoria) en la Tierra.
Pero,
sobre todo, no podemos saber de ninguna manera si
este mero paso de una microilusión a otra microilusión (¿ad infinitum?) representa,
dentro de un metamarco de realidad inalcanzable experiencialmente para
nosotros, alguna forma, o especie, o semejanza, de progresión, transformación,
evolución, trascendencia, etc., hacia una No-ilusión (No-Macroilusión), o bien,
sólo representa una especie de movimiento circular recursivo (¿ad infinitum?) e
ilusorio. Somos como ratoncillos dentro de un laberinto; nuestro presente
es una experiencia de camino adelante y de camino atrás, a veces abierto, a
veces cerrado; cuando descubrimos un nuevo caminito (abierto-presente), nunca
sabemos cuándo ni cómo alcanzaremos el centro del laberinto que buscamos, ni si
adelante se cerrará por completo, ni si hay una salida, o un centro, o un
afuera, o siquiera si esto es un laberinto.
Ante
esto, ante tanta y absoluta ilusión y delirio humanos, ante la ilusión
redoblada de la realidad física (externa), ¿debiéramos enloquecer,
destruirnos, suicidarnos, o tomar cualquier otra decisión extrema, convulsiva y
desesperada?... Además, ¿algo mínimo siquiera, cualquier cosa que podamos decidir,
querer, realizar es nuestra decisión, es un acto que
decidimos nosotros, desde un absoluto nosotros, como si el comienzo estuviese
en algún punto exclusivo dentro de nosotros, la creación absoluta de esa particular
decisión (¿libre?), y que incluso las opciones que nos planteamos antes de
tomar esta decisión también puedan ser completamente nuestras? El primer
espejismo ilusorio es creer que, porque decidimos hacer algo, y ese algo se
realiza, o nosotros mismos lo realizamos (se cumple), ocurre precisamente
porque nosotros lo decidimos, lo causamos y lo realizamos. Si yo decido mover
el dedo meñique de mi mano izquierda, y el dedo se mueve, ¿siento y creo que no
es mi cerebro, ni mis músculos y nervios, ni mi sistema óseo, ni mi sangre, ni
mis células, ni mis diferentes tipos de energía, etc., quienes deciden
“hacer su parte” para mover mi dedo, sino que es algo invisible y desconocido,
que siento y denomino como mi “yo”, quien causa esa decisión de mover, y ejecutar de hecho,
que mi dedo se mueva? ¿Y qué causa, o hace, que mi yo decida
precisamente eso?... Nadie sabe qué ilusión
se (nos) oculta tras todas estas ilusiones. Yo creo – en mi supuesto
grado superior de microilusión - que TODO lo que nos acontece ocurre
porque Lo que
lo causa y lo provoca (enteramente desconocido e ilusivo para nosotros)
simplemente pasa a través de (por) nosotros, a veces coincidiendo con lo
que nosotros procesamos y decidimos (sentimos) como propio (yo decido, yo
causo), en otras ocasiones, sin coincidir y sin quererlo, como cuando rezamos
para que algo ocurra, y ocurre, o no ocurre; o como cuando lanzamos una moneda
al aire, pedimos cara, y sale cara, o bien, sale sello; o
como cuando estamos transitando por el puente que hemos atravesado cientos de
veces antes, pero el puente esta vez colapsa y se derrumba.
Entonces,
preguntémonos ahora y ante esto, ¿Qué quiero?... ¿Puedo querer, debo
querer, darle sentido a algo?... Si no somos capaces de predecir, de
anticipar, de adivinar lo que va a suceder (futuro, o lo que sea esto [ilusorio]
que adviene en presente) ilusionemos que vamos a lograr lo que queremos; o
que por algún “milagro” de la realidad, eso va a ocurrir precisamente como
quiero o pretendo; o usemos esperanza, este lenitivo ilusorio que está a
montones en nuestra naturaleza mental; o usemos todo este inmenso artefacto de saberes,
conocimientos, técnicas, bienes, logros, facultades, etc., que le
han dado tanta seguridad a la Humanidad actual para justificar cualquier engañito
de realidad y de certeza… O también - como hago yo - podemos aceptar que
las cosas acontezcan a veces como quiero y deseo, lo mismo que no acontezcan
como quiero y deseo, incluso sufriendo porque no sea así, pero siempre,
en uno y otro caso, aceptando
(entregado al movimiento actual y posible de la realidad), por encima de todo,
por dentro de todo, que TODO ES UNA ILUSIÓN. A mí al menos,
este actual trance interno-externo me deja un resabio de algo como paz en
la no-paz. De siempre estar como estoy, de siempre estar donde simplemente
debo estar, de que acontece siempre lo que debe acontecer, aunque eso no
sea lo que puede acontecer, de hacer-no-haciendo, de que estoy
dentro de Algo (ilusorio) que me permite ser y hacer en la medida
y forma que ese Algo es y hace conmigo, o no conmigo.