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viernes, 12 de abril de 2019

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo XLI)



Ningún enemigo común nos unirá, sino el darnos cuenta de que una Fuente común puede hacerlo. Nuestras nociones de lo Divino como Algo más parecen desarrollarse junto con la evolución de nuestra conciencia. Ya no esperamos más que un Dios-matón del Antiguo Testamento abra el mar y nos conduzca adonde necesitamos ir. Ni es probable que un Mesías-salvador nos conduzca hasta la Luz divina.[1]



--¡Señores, Señoras, nos hemos reunido, de acuerdo con los Protocolos prestablecidos 01SS/-02, 33JK/20 y 424 LZ/21, para tomar la decisión de iniciar, o no, EL APOCALIPSIS!... Debemos contar con la anuencia unánime de LA ORDEN para llevarlo a cabo; de lo contrario, nuevamente tendríamos que postergarlo… ¡Señor RTH***, usted ha solicitado la palabra primero!...
Así inició la reunión el Principal WLT***. Sentados en el hemiciclo resplandeciente, lo acompañan los Señores KCH***, BZS***, RCK***, y las Señoras MRS*** y MRG***. Por las grandes pantallas curvas LED ultra HD, que cubren las paredes circulares, participan en la teleconferencia instantánea los Señores DPN***, BSH***, VDM***, WRT***, RTH *** y la Señora MBN***. La fecha de hoy: 12 de diciembre del año 202*. Hora, imprecisa…
--Señores, Señoras, estamos culminando una larga Historia… ¿Acaso nos queda algo pendiente?... Hemos cumplido punto por punto cada uno de los decretos que nos hemos asignado en nuestros Protocolos ancestrales. Hemos sido cautos y amables como palomas; astutos y sutiles como serpientes… No hemos apresurado nada. No hemos violentado nada. Por el contrario, hemos escuchado paciente y comprensivamente todas las verdades; hemos analizado cuidadosamente todas las señales e indicios; hemos investigado en todos los planos de la realidad; hemos probado históricamente a todos los líderes, a todos los pueblos y razas, todas las creencias, todas las ideologías, todos las teorías, modelos y saberes humanos; hemos acogido el mensaje de los cielos; hemos considerado amplia y abiertamente el Bien de esta Humanidad y de este Mundo; finalmente, nos hemos juzgado a nosotros mismos con dureza y valentía… Somos los catalizadores supremos del Destino que la Humanidad misma ha elegido y realizado; contamos con el Poder, los Recursos y la Autoridad requeridos para cumplir con el Mandato del Nuevo Orden… ¡Debemos liberar EL APOCALIPSIS ya!...
En los rostros de cada uno de los presentes no se manifestaba ningún rasgo extraordinario, nada singular, como los rostros de cualquier hombre y mujer comunes. Sus expresiones trasuntaban tranquilidad y serena convicción. Una pequeña e intensa luz azul parpadeó delante de RCK***, junto a su mano derecha: su turno para hablar.
--Los Informes indican que en todas las áreas sensibles propuestas se han cumplido cabalmente las condiciones requeridas… Demografía sobre la cota autodestructiva; medio ambiente irreversiblemente degradado y dañado; hiperdeformación e insustentabilidad de las economía locales y global; desigualdad social extrema, injusticia diversificada, violencia, codicia, miseria y resentimiento a escala descontrolada;  automatismo tecnificado de la condición y actividad humanas; desorientación e ilusionismo conciente e inconciente de la población mundial; desvalimiento sumiso del individuo; descrédito de la verdad, de la fe, de los ideales, de la moral, de la cultura; dependencia vital e insustituible de los bienes materiales y del consumo esclavizante; armamentismo descontrolado, genocida y globalmente destructivo; hostilidad y odio sustanciales, general, multilateral, entre personas y colectivos mundiales; egoísmo rampante como principio del sentido y de la acción humanas; pérdida masiva del sentido de la existencia y de un proyecto humano trascendental. En resumen, líderes y seres humanos universalmente acondicionados para facilitar y llevar a cabo EL APOCALIPSIS… Hemos logrado, de nuestra parte, total sincronización técnica y planetaria… Además, hemos consensuado hace sólo unas horas el Acuerdo de la Transición Planetaria con los Aliados Extraterrenos…
--¿Total sincronización técnica?...--preguntó la Señora MBN***.
--¡Así es!...—confirmó el Señor BZS***-- Los Protocolos de Sobrevivencia prestablecidos se han cumplido a cabalidad… Ciento por ciento de exactitud y sostenibilidad de las condiciones requeridas para adecuarnos al APOCALIPSIS…
--¿Se superaron las deficiencias en los sistemas complejos de transdimensionalidad genética?—preguntó la Señora MRG***.
--¡Así es!...—volvió a responder el Señor BZS***-- Ya no hay riesgo alguno. Los sistemas están completa y recursivamente operativos. Estamos plenamente respaldados en lo personal y en la Siembra de continuidad. Tenemos garantizado por lo menos mil años para cada uno de nosotros… Y La Obra, un millón…
--¿Los Aliados Extraterrenos nos darán acceso Transdimensional, realmente? —preguntó la Señora MRS***.
--¡La Transferencia está en marcha! —intervino el Principal WLT***--… ¡Lo estamos procesando con efectividad absoluta!... ¡Ningún fallo!... Se han abierto los canales necesarios para la recepción y procesamiento singular y colectivo de miles de millones de seres humanos desencarnados de forma inmediata y simultánea. Tendremos definitivamente el acceso a Estados Transdimensionales. Los registros y respaldos están a su disposición en el VIT 14/37/003-42, en sus credenciales personales…
Se hizo un largo silencio, mientras todos revisaban concentradamente el Archivo General, particularmente en la sección sensible y discutida del título Desenlace, y Anexos. Tres minutos después, el Principal WLT*** preguntó solemnemente:
--¿Alguien quiere agregar algo, antes de fundar La Voluntad?...
Todas las voces murmuraron al unísono ante El Censor: ¡No!...
Un minuto después, la votación estaba completada; total consenso, anuencia absoluta de La Orden. En consecuencia, se decreta, se demanda y se ejecuta: ¡LIBERACIÓN INMEDIATA DEL APOCALIPSIS!...



Vi que el Cordero abrió uno de los siete sellos, y oí a uno de los cuatro vivientes que decía como con voz de trueno: ¡Ven!... Miré, y vi un caballo blanco; el que montaba sobre él tenía un arco, y le fue dada una corona, y salió como vencedor, y para seguir venciendo.
Apocalipsis, 6:1-2


Utkr̥ṣṭaśiya amarró por detrás de la nuca de Ildefonso el grueso paño negro que impedía su visión. Había aceptado confiadamente y de buena gana la explicación de que accedería a lugares vedados a toda persona ajena al lamasterio, pero que ésa era la única manera para él de llegar adonde su especial interlocutor. Comprendía, a partir de lo que ya había experimentado y percibido en Sētō Dhōkā, que en aquella morada había zonas y realidades singulares y sensibles que debían ser protegidas de quienes no estuviesen debidamente sintonizados con ellas. Y también entendía que, por alguna razón no del todo clara, se habían hecho con él excepcionales concesiones.
Utkr̥ṣṭaśiya le prestó su brazo para que apoyado en él avanzasen por otro confuso y largo laberinto, hasta detenerse ante un lugar oscuro, frente a una puerta baja, donde el monje retiró la venda de los ojos de Ildefonso. Ingresó solo a un recinto que parecía más bien pequeño, si bien no tuvo una percepción clara del espacio, ya que sólo se divisaba adelante la superficie rectangular de un escritorio iluminado con una pequeña bujía, velada por una pantalla oscura, sobre el cual se distinguían algunos papeles y libros encuadernados artesanalmente. El resto de la habitación se encontraba en penumbras. Un olor extraño, irreconocible, lo desconcertó. Algo se movió en la oscuridad y se acercó lentamente hacia el escritorio. Ildefonso sintió que una sensación de frío y temor le erizaba la piel y los pelos de su espinazo.
--Bienvenido a mi humilde hogar –escuchó una voz cascada y gutural que parecía venir de lejos, aunque era evidente que se encontraba cerca--… Desde hace tiempo lo esperaba, Tulku Ildefonso… Tome asiento, por favor…
Ildefonso puso atención a su alrededor; oteó un taburete junto al escritorio. Se sentó en él y quedó a la espera, cohibido y extrañado. Alguien se acercó al escritorio del otro lado y se sentó también, pues vio aparecer bajo la luz unas manos arrugadas y vaporosas, como si no fuesen del todo materiales y sólidas.
--Entiendo su extrañeza y le pido disculpas… No puede ser de otro modo, por ahora… El tiempo apremia. Tendremos que abreviar y saltarnos los grados y los pasos con que acostumbramos a proceder en esta Vida… Se me ha pedido que le dé las instrucciones y el salvoconducto personalmente. Usted, Tulku Ildefonso, ha sido convocado a Shambhala. El rey, Rigden Jyepo, lo espera con mucho afecto. Ya sabrá que Shambhala es un reino vedado a los no iniciados. Nadie puede acceder a él si no supera los abismos que lo separan de este Mundo… Tampoco esto será fácil, pero contará con nuestra ayuda en todo momento… Yo sólo soy un humilde sirviente del Rey… ¡Aquí estoy!...
El Khenchen Farra-aj tosió, carraspeó, y se detuvo.
--¡Estoy asombrado y maravillado de tantas cosas, Khenchen Farra-aj!... Hay tantas cosas que no entiendo, que pasan de largo sin que les pueda aplicar más que un barniz de atención y comprensión… En alguna medida eso no me importa, porque una Fuerza y Voz interior me guían, por encima de todo; además, siempre agregándome la intuición inteligible de una respuesta, sin respuesta… ¡Quisiera saber nítidamente tantas cosas, pero debo concentrarme en una o dos!… ¿Me puede usted ayudar a comprender qué es Shambhala, y qué tengo que hacer yo allí?...
--Sí… Así debe ser… ¡Shambhala está en todas partes y en ninguna!... Ése es el lugar que usted deberá encontrar. La Cima del Mundo y el Puente Celestial que nos une a la Morada Eterna de los Dioses. La Fuente Suprema donde la Luz y las Tinieblas descansan en paz y armonía perfectas… La mayoría de los seres humanos han llegado a creer que Shambhala es un mito y una fantasía infantil de los antepasados, pero ello no es más que el efecto de su grave alejamiento de su propio Espíritu Interior. Usted, Tulku Ildefonso, ya ha hecho antes el Camino. Sólo deberá recordarlo… El Adam del Mundo, como un anciano sin vitalidad, llega a su fin. El planeta Tierra ha entrado al Cataclismo de la Era del Segundo Despertar. El Principio de Destrucción ha sido liberado finalmente para el Juicio del Mundo, pero el Orden Divino ha establecido los límites que usted, como Guerrero y Artífice de LA LUZ, deberá defender y hacer respetar.
-- ¡Así será!... ¡Puedo creerlo, aunque todavía no entienda!... ¡Puedo vislumbrar una luz delante de mí, en medio de mi propia ignorancia y ceguera!... ¡Mi corazón se entristece y conmueve de una manera increíble y nueva!... ¡Mi corazón conoce y entiende TODO mejor de lo que yo puedo comprender y conocer!... ¡Así sea!... Y así como un dolor más terrible y aniquilador que todo lo que haya sentido antes me anula y destruye también a mí, así también una alegría y una paz sublimes como nunca he sentido antes me liberan, y ambas Fuerzas en oposición me mantienen en un punto de equilibrio medio, sin morir y sin vivir por completo…
--¡Venga, Tulku Ildefonso!...
Farra-aj, sin salir del círculo de oscuridad, extendió sobre la mesa un viejo pergamino de unos treinta por treinta centímetros, con la imagen de un tanka.

--Este mapa lo guiará hasta el Monte Merú, en el centro de Agarthi… Esta reliquia deberá conservarla y defenderla con su vida, de ser necesario. Ha sido protegida durante miles de años por los Maestros Shangshung para guiar y acompañar a los viajeros esperados… ¡Vea usted!...
El Khenchen apuntó con su índice oscuro, arrugado y nebuloso sobre el pergamino, y comenzó a explicar a Ildefonso figura por figura, paso por paso, centímetro por centímetro, revelándole nombres, circunstancias, particularidades y lugares que nadie que no hubiese realizado alguna vez el Viaje podría conocer ni describir, como él lo hacía. Sin embargo, era tal la cantidad de información precisa, detallada, veloz, y tantos y tan ajenos los nombres, todo ello unido a ese extraño olor que parecía haberse desagradablemente intensificado, que Ildefonso comenzó a sentir un penoso vahído que le ofuscaba la vista, el entendimiento y la memoria. No quiso advertirle de esto al Khenchen, pues no se imaginaba cómo podría evitarlo, de modo que confió simplemente en que, llegado el momento y la necesidad, habría de recordar al menos los puntos cruciales de su enseñanza.
El Khenchen Farra-aj calló tras el velo de oscuridad. Mientras enrollaba cuidadosamente el pergamino y lo envolvía dentro de un cilindro de cuero, agregó:
--Debo advertirle, Tulku Ildefonso, que usted y sus acompañantes correrán graves peligros, especialmente usted… Sus amigos no debieran acompañarlo, pero temo que no lo aceptarán… Cada uno cumplirá la parte de su destino. Pero usted, usted posee un don que ni siquiera usted mismo reconoce; un don, un poder, una virtud que puede salvar a millones de seres humanos en esta HORA FINAL… Por ello mismo, Tulku Ildefonso es un inmenso obstáculo para la Voluntad de La Orden, las Fuerzas que han liberado EL APOCALIPSIS… Desde hace mucho tiempo lo han venido siguiendo y persiguiendo para arrebatarle la LLAVE DE LA ESMERALDA, que contiene EL RUBÍ DE DIOS… Ahora usted porta, además, el Tanka de Shambhala… Ellos saben que será su última oportunidad…
--¡No estoy preparado para esto! –gimió con temor.
--¡Lo está!... ¡Lo estará!... –respondió la Sombra con una voz cavernosa y potente.
Ildefonso recibió el rollo en su mano temblorosa, pero no pudo ver la mano que se lo entregaba; sólo parecía flotar en el aire.


[1] John E. Mack, Passport to the Cosmos, e-Kindle, p.300 [trad. del autor].

viernes, 5 de abril de 2019

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo XL)




--…¡Pero Gianni, ¿cómo no ves que lo que calificamos y validamos como LÓGICO es sólo aquello que encaja con nuestro sistema de creencias, de percepción sensorial natural, con nuestros esquemas mentales preformados, con lo que nuestras autoridades, del orden que sean, nos determinan y modelan como “lógico”, con los conocimientos previos ya aceptados como “lógicos”, es decir, consistentes y coherentes sólo con ellos, y con lo que nuestro sistema psico-biológico nos condiciona a experimentar como tal?!...
--¡Aun así, es lo más sólido, comprobable y seguro que poseemos!—respondió Gianni.
Los demás comían y conversaban en parejas o tríos, sentados ante un largo mesón, acerca de diferentes temas, si bien todos relacionados con su situación actual y la necesidad de decidir acerca de su destino próximo, y también futuro. Ildefonso se había alejado a un rincón del mesón para conversar con Darinka.
--A veces pareciera que las cosas toman un sentido y una proyección más allá de lo lógico y comprobable –continuó Gianni--, entonces podemos seguir una pista, un curso probable de hechos o razones, y por cierto que también a veces acertamos; incluso los científicos asumen este riesgo continuamente en sus investigaciones… Sin embargo, también podemos perdernos en un mar de confusiones, espejismos, mistificaciones y hasta delirios, como es tan común ver en quienes se apoyan en las seudociencias, en las religiones, en las supersticiones, en la fe, en la fantasía, en el futurismo, en la intuición, en el gnosticismo, en el humanismo incluso, y en tantas y tantas dimensiones, temas y pretendidos saberes ilógicos y no comprobados del ser humano… No digo que la ciencia y la lógica sean la única medida o parámetro de decisión, de entendimiento y de acción, pero ESTO que tenemos aquí ni siquiera resiste el más mínimo sentido común… Decir que esto no es lógico, que no se puede justificar razonablemente, todavía es demasiado débil… ¡Esto es un completo absurdo y sinsentido!... ¡Esto es una locura, Diabolesa!...
Ildefonso hizo sonar varias veces su escudilla con un palillo de madera. Los demás se callaron y pusieron atención.
--¡Amigos, quiero hablar ahora con cada uno de ustedes, pero entiendo que la situación no es fácil para nadie!... No pretendo que ustedes aborden y resuelvan los desafíos de nuestra situación actual de la misma manera en que yo lo hago. Estoy lejos de ser un modelo de persona y de vida… No entiendo por qué aquí me llaman Śikaka, es decir, “maestro”… ¡No lo soy!... ¡No soy su gurú ni su maestro, entiéndanlo, por favor!... Yo creo que ninguno de nosotros sabe bien por qué esta aquí, y no a decenas de miles de kilómetros, en su lugar propio y familiar… ¿Estamos actuando coaccionados, algunos abiertamente, otros encubierta y sutilmente?... Yo mismo lo siento así en mi caso… Eso podría justificar y hasta requerir rebelarse, oponerse, exigir trasparencia a quién sea que esté detrás. Pero debo reconocer que yo, insisto, sólo yo, no puedo hacerlo, porque no quiero hacerlo; y no quiero hacerlo porque hay algo inmenso y espiritual, quizás también divino, que se me viene manifestando por todos lados, y de muchas y continuas formas… ¡Yo seguiré adelante, y trataré de cumplir con las expectativas y las necesidades de cada uno de ustedes, si deciden acompañarme!... Pero al primer momento en que se me haga manifiesto y claro que no estoy cumpliendo con sus requerimientos y con la necesaria protección y acompañamiento para con ustedes, entonces seré también honesto e inmediato en ayudarlos a echar pie atrás.
--¡No es suficiente, Ildefonso!... ¡No es suficiente!—intervino Gianni con cierta exaltación--... ¡Me da hasta miedo verlos!... ¿Van a seguir a este… cura, hacia “Shambhala”?... ¡Jajajaja!... ¡Por favor!... ¿Se han vuelto locos?... ¡Miren no más a los locos que viven encerrados en este nosocomio, a cuatro mil metros de altura, en la nada misma!... ¿Qué saben ellos de nosotros?... ¿Qué estamos haciendo aquí?... ¡Jajajaja!... ¡Nadie puede decirlo!... ¡Ni ellos, ni nosotros, ni nadie!... ¡Yo me vuelvo!... ¡Ahora mismo me vuelvo!... ¡Pero no puedo dejarlos así, sin más, como si al regresar solo no fuese cómplice de la locura y hasta de los peligros de muerte que van a vivir!...
Se produjo por unos segundos un silencio tenso. Ildefonso bajó la cabeza con expresión de estar concentrado en sus pensamientos. Samantha tomó la palabra:
--Nunca he sido una persona “normal”. Desde niña he tenido sueños, visiones, premoniciones y todo tipo de “locuras”, según lo que nos dice este jovencito… Nunca las he creído literal y sumisamente, pero nunca tampoco han sido meras fantasías y espejismos, pues de una u otra manera siempre han contenido algo de verdad que no podría haber conocido o anticipado por medios normales y naturales… No es este el momento de dar ejemplos, pruebas ni demostraciones de lo que soy, ni de lo que afirmo y he vivido. Es verdad que, ante todo, cada uno deberá dar testimonio y justificar ante sí mismo lo que piense y decida respecto de lo que estamos viviendo y padeciendo. Yo no acepto que nadie que se crea o se sepa iluminado, o simplemente razonable, me dictamine o me fuerce a ajustarme a su visión y sentido de responsabilidad, como dice este joven… ¿Gianni?... Sí, Gianni… Yo tengo mis “razones”, que de seguro parecerán irracionales y locas a él o a otros… ¡Eso no me obliga a nada!... ¡Escucho, sí que escucho, abierta y atentamente a quienes se me opongan!... ¡Yo sé que debo ir con Ildefonso, a Shambhala, al Centro de la Tierra, al Espacio, no sé, adonde sea que fuere!... ¡Por ahora sé que debo hacerlo, pues en el Mundo, las Fuerzas que lo están controlando, esas personas y seres que están detrás de este Nuevo Orden, de este Imperio Final, deben ser confrontadas proporcionalmente, y eso no está allá, de vuelta en Estados Unidos, ni en ninguna otra parte en el mundo, sino en este plano transdimensional al que nos estamos acercando, llámese como se llame!... ¡Sé que puede resultar paradójico, pero la única manera de salvar a mi familia es alejándome por ahora de ellos; dejándolos aparentemente solos y abandonados!... ¡Y soy conciente del tremendo riesgo que estoy corriendo, en diferentes sentidos!...
--¡Ildefonso!—exclamó Solón Vitrubsky, en un evidente estado de exaltación--… ¡Las Fuerzas del Mal están ya desatadas sobre la Tierra!... ¡El Armagedón!... ¡Lo veo!... ¡Ya está aquí!... ¡No podemos volver atrás!... ¡El Mundo está en llamas!... ¡Fui secuestrado en Homey Airport, en el área 51!... ¡Ahora lo sé!... ¡Lo acabo de recordar!... ¡Oh Dios!... ¡Dios!...
Solón rompió en llanto y, después de mirar hacia todos lados, salió corriendo del refectorio, entre exclamaciones y gemidos. Ildefonso y Darinka salieron tras él, pero, al llegar al pasillo, fueron detenidos por Utkr̥ṣṭaśiya.
--¡No se preocupen!... Nuestro hermano Solón será llevado a la Enfermería para tranquilizarlo y atenderlo debidamente… Los mantendremos informados de su estado… ¡No se preocupen!... Lo estamos cuidando como es debido.
Darinka iba a responderle al monje, pero Ildefonso la contuvo, tomándole la mano.
--¡Bien!... ¡Debemos tomar decisiones!... Pronto volveremos con él… Estoy seguro de que estará bien… ¡Vamos, Darinka!... ¡Gracias, hermano Utkr̥ṣṭaśiya!...
Darinka le susurró al oído mientras volvían a entrar al refectorio:
--¡Esto es muy extraño!... ¡No me gusta nada lo que está pasando aquí!...
Ildefonso le hizo un gesto con la mano en la boca, dándole a entender que volverían a hablar en privado sobre el asunto. Todos estaban expectantes a su regreso. Diabolesa, al girar de prisa hacia ellos, volcó el cubilete con bebida de arroz, que rodó sobre la mesa y luego cayó al suelo, quebrándose. Nadie le prestó atención.
--¡Están atendiendo a Solón en la Enfermería! –explicó Ildefonso--... ¡Estará bien!... Entiendo y comparto su desazón, amigos… Permítanme intentar hablar con los lamas; luego tomará cada uno su decisión… ¿Qué les parece?...
Todos asintieron de palabra, o bien con un gesto.
--¿Y tú, Gianni?... ¿Qué piensas?... –preguntó a Gianni, al observar su aparente indecisión.
Gianni se pasó la mano por la cabeza, arreglándose el pelo abundante, luego respondió:
--¡Sí!... Creo que esperaré tu conversación con los lamas, aunque estoy de verdad preocupado…
--¡Te entiendo! —respondió Ildefonso.
Afuera los esperaban tres monjes. Les indicaron que podían reunirse en un pequeño salón o regresar a sus dormitorios, pero que por ningún motivo podían andar libremente dentro del monasterio, pues sus normas de convivencia eran muy estrictas. Tampoco los autorizaron a salir solos al exterior. Utkr̥ṣṭaśiya se acercó a Ildefonso y le habló:
-- Śikaka Ildefonso, el venerable lama Kabūtara Ghāmaharū lo espera a usted…
--¡Vamos!... ¡Vamos!...
Cuando Ildefonso ya se alejaba, Darinka se dio vuelta hacia él para buscar su mirada, pero éste no se percató. Nuevamente se internaron por pasillos y pasadizos oscuros y angostos, subiendo y bajando por escalas largas, cortas, unas de diferentes piedras, otras de madera, hasta llegar a un recinto amplio que, al ingresar en él, le quitó por un momento la respiración. La magnificencia de ninguna iglesia, catedral o templo le había producido la impresión y el efecto que aquel lugar le produjo. Era un recinto de formas irregulares, con muros altos, unos de hermosas maderas, otros de metal y piedra, otros tan cubiertos de vegetación que parecían flotar inexistentes. Sin embargo, lo que más lo conmovía era el efecto de miles de velas encendidas, parpadeando, de diferentes tamaños y formas, que cubrían buena parte de suelos, muros y techo, como si innumerables pequeños seres concientes se encontrasen reunidos, en alguna manifestación de comunión vibrante. No menos sorprendente era la cascada que caía desde lo que parecía una saliente en el cielo hacia el exterior, produciendo un murmullo húmedo que se extendía en oleadas de pequeños ecos transparentes. El agua atravesaba como arroyo de un lado a otro el lugar, y se perdía oscuramente bajo el suelo en una pendiente que se ocultaba a la vista. Por ello, caminaron en medio de este océano de luz y paz, cruzaron un puente de madera en arco, sobre el torrente, hasta llegar a lo que parecía una pequeña ermita o cenador, cerca del fondo del recinto.  Ildefonso ingresó en él y vio a tres seres luminosos, con una hermosa aura dorada, brillando, sentados en sadhana sobre un extenso diván de piedra caliza. No parecían humanos; pensó en ángeles… Un momento después, los tres abrieron sus párpados. Entonces los vio como humanos, como monjes budistas meditando. Utkr̥ṣṭaśiya ya no estaba. En medio de ellos se encontraba Kabūtara Ghāmaharū. Creyó escuchar nuevamente a lo lejos el profundo y grave trémolo de los monjes. Presentía que no estaban solos, sino innúmeras almas y energías sutiles iban y venían, como en el aire simple se entremezclan perfumes con la brisa. Los tres lamas lo saludaron con el anjali mudra. Ildefonso realizó el mismo gesto, aunque solo intuía su sentido de amor y respeto. El lama Ghāmaharū le indicó que se sentara en un asiento tallado en una piedra cilíndrica hacia un lado de ellos. Un gorgojo negro caminaba lentamente y se detenía sobre la superficie del asiento, por lo que Ildefonso lo tomó con cuidado del caparazón y lo depositó dos pasos más allá, en el suelo. Luego se sentó.
--¡Gracias por venir, Śikaka Ildefonso!... Usted guarda una misión divina escrita en su corazón; nosotros, la nuestra… Sabemos que usted y sus amigos han experimentado un camino difícil para llegar aquí, y que las preguntas, las dudas y temores son muchos… Es razonable y justo comprender lo que tenemos que hacer para poder realizarlo, de lo contrario no seríamos más que inocentes animalitos deambulando por el mundo del samsara. Sin embargo, es nuestra conciencia despierta la que se resiste a conocer las respuestas y conocimientos que necesitamos… Sabemos esto y queremos ayudarlo en la medida que podamos.
--¡Gracias a ustedes, rimpoché Ghāmaharū!... Es mucha la confusión que pesa sobre nosotros; en unos más, en otros menos. Debo reconocer, por mi parte, que hace ya mucho tiempo que mi vida ha tomado un curso de eventos que desafía mi comprensión, y que me he ido acostumbrando y adaptando a vivir y comprenderlos sin el tamiz de la razón ni del conocimiento previo… No sé si llamarlo intuición, espiritualidad, don divino, o de otra manera, pero debo reconocer que me ha permitido vivir y avanzar confiada y serenamente por un camino de vida singular y hasta sobrenatural.
--¡Eso es bueno, Tulku Ildefonso!... Por lo tanto, podrá escuchar con el mayor beneficio lo que tenemos que decirle.
Ildefonso se inclinó y realizó nuevamente el anjali mudra. La vibración de muchos cuencos tibetanos invisibles hacía estremecer el aire y el alma de Ildefonso. Utkr̥ṣṭaśiya apareció a espaldas de Ildefonso y se quedó de pie ante el grupo. El lama Satyayahām̐chaina le hizo un gesto afirmativo con la cabeza a Utkr̥ṣṭaśiya; éste se le acercó al oído y le habló en nepalés. A continuación, el monje se retiró; entonces Satyayahām̐chaina tomó la palabra:
--Su joven amigo Gianni ha abandonado nuestro monasterio… Golpeó a dos de nuestros monjes y exigió que se le abrieran las puertas de Sētō Dhōkā.
--¡Lo lamento!... ¡Pido disculpas por el comportamiento de Gianni!... Espero que no haya sido grave la agresión; que no haya lesionado a ninguno de los monjes…
--¡No se preocupe, Tulku Ildefonso!—volvió a hablar Ghāmaharū--… Pero, por causa de esto, tendrán que partir mañana de Sētō Dhōkā… Nuestra morada ya no será un lugar seguro para ustedes.
--¿Adónde?—preguntó espontáneamente.
--Hay una persona que quiere hablar con usted… Él los ayudará, Tulku Ildefonso. Su nombre es Khenchen Farra-aj.

viernes, 29 de marzo de 2019

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo XXXIX)





Conócete a ti mismo a fin de conocer a Dios, pues tú eres la prueba y el signo de Dios.
Sultan Valad, La palabra Secreta.


Las pesadas puertas de madera se cerraron a sus espaldas con una especie de quejido largo y ronco. Ildefonso y sus jóvenes discípulos levantaban sus asombradas miradas hacia uno y otro lado, contemplando las imponentes construcciones, alas, esculturas, adornos y torres del lamasterio de Sētō Dhōkā, construidas sobre la empinada pendiente de la montaña desnuda ante la luz del sol y del viento. Gyatso se escurrió silenciosamente por un angosto pasillo exterior ascendente, pegado al muro, y ya no se lo vio más. Utkr̥ṣṭaśiya y Dōsrō Bhanincha, dos monjes todavía jóvenes, serios y amables, indicaron a los recién llegados que los siguieran, ubicándose uno de ellos por delante y, el otro, por detrás de los invitados. Ildefonso buscó por el reborde de su camisa la cadena que colgaba pegada a su piel, levantó el crucifijo de plata y lo mantuvo fuertemente apretado dentro de su mano. Los condujeron a sendos habitáculos encalados de tres por dos, en los cuales sólo había un pequeño camastro de madera de bambú, cubierto por dos mantas gruesas de lana de yak, una repisa con jofaina y aguamanil de cerámica con agua, y, adosada al muro, una hornacina con una pequeña figura del buda sedente, en meditación. Antes de separarse, Diabolesa les dijo:
--¡Tengo miedo!...
Ildefonso sonrió comprensivamente, en tanto Gianni se volvía hacia Ildefonso con una mirada inquisitiva y atenta.
--¡Estamos más seguros adentro que afuera!...—les dijo Ildefonso, con un guiño de ojo.
Uno de los monjes, que hablaba algo de inglés, les anunció que pronto serían recibidos por los lamas y que esas serían sus habitaciones mientras residieran en el monasterio. La celda de cada uno de ellos se encontraba en un pasillo diferente. Ildefonso se sentó sobre el camastro con las piernas cruzadas, apoyada su espalda contra la pared, igual que el buda que tenía al frente. No había ventanas, sólo una corrida de tragaluces en lo alto de la pared que arrojaba luz apacible y cálida sobre su cama y el entorno. Escuchó una vibración singular y grave que hacía vibrar todo el lugar. Se sentía profundamente conmovido y perturbado. Su sensibilidad se esforzaba por actualizar y procesar la importancia y gravedad de tantos hechos vividos los últimos tiempos, como una ola del mar refleja externamente los profundos e inmensos movimientos del océano. Con los ojos enrojecidos de lágrimas y una sensación eléctrica que lo recorría de pies a cabeza, se quedó contemplando el buda que tenía al frente. Giró el anillo de oro y lo dejó con la imagen de la paloma dorada hacia el exterior. Nunca había tenido contacto con el budismo, ni con nada auténtico de este mundo espiritual. Sin embargo, ahora, ante él, eran tantas, tan especiales, múltiples y sobrecogedoras las vivencias, que se extrañaba de su propia ignorancia y de su propia limitación anterior. Lo golpeaba fuertemente la percepción y la conciencia de que entre Cristo y Buda existía un verdadero abismo de realidad y contenido, pero, al mismo tiempo, existía una maravillosa complementariedad espiritual inexplorada. Una complementariedad y, quizás más, una total e insospechada superación de cada uno de los mundos, occidental y oriental, cristiano y budista, imposible de realizar por separado. Una vez más, era un intenso sentimiento de AMOR el sostén trascendental y total que respondía en su ser interior y abierto a la GRANDEZA que allí y entonces intuía. Y junto con este Amor, un sentimiento extraordinariamente concordante de FELICIDAD. Se sintió abrumado; cerró sus ojos. Con una fuerza casi explosiva visualizó frente a él una enorme paloma blanca resplandeciente, que flotaba vibrátil, observándolo con amor. Abrió con sorpresa sus ojos, sin dejar de verla adentro y afuera de sí mismo.
Una campanilla sonó aguda y extendidamente cerca de su puerta. Luego la voz de un hombre:
--¡Śikaka Ildefonso, los Venerables lo están esperando!...
Ildefonso se incorporó, se arrodilló un momento; encomendándose a Dios, besó el anillo y se puso de pie para inmediatamente salir de su celda. Siguió a Utkr̥ṣṭaśiya por intrincados pasillos, escalas, atrios y edificios sorprendentes. Tuvo la impresión de que aquel camino era semejante a su propio camino interior. El ya cumplido y el que había de venir. Se dio cuenta de que había momentos precisos en su vida, y en la vida de las personas, en que ocurrían estas sincronías densas y desbordantes de sentido totalizador, si bien rara vez se les daba la importancia y el valor debidos, quizás porque la vida del hombre contemporáneo se centra casi todo el tiempo en el mundo exterior, y no en vivir continuamente centrado en su interior, como sí lo hacía cada vez más Ildefonso. Aún así, le pareció que no era suficiente el concepto de mundo interior, ni siquiera de espiritualidad, para representar lo que estaba percibiendo allí. Y aunque carecía por el momento de mayor definición, forma y conciencia, sabía con certeza que AQUELLO era ALGO MÁS…
Nuevamente Ildefonso tuvo la sensación de estar avanzando por un laberinto mágico, por una especie de intrincado pasadizo interdimensional. Al final del camino se encontraron frente a dos puertas altas de caoba oscura, cerradas. Utkr̥ṣṭaśiya apoyó ambas manos ante su boca, luego las llevó contra su pecho e hizo una profunda y larga reverencia. Al ingresar Ildefonso al gran salón escarlata de meditación escuchó el silencio profundo que provenía de los diez lamas sentados en cojines sobre el suelo, encima de un estrado con suelo de madera: Anantapula, hūlōgāḍī, Jahājapāla, Pāritapatha, Kabūtara Ghāmaharū, Satyayahām̐chaina, Satyayōhō, Bhitra Hērnuhōs, Bhagavānakō Jyōti y Maunabharī. Ildefonso se preguntó si era posible que aquellos diez sabios lo hubiesen estado esperando desde antes, y hasta dónde se debía entender ese “esperar” Su guía le indicó con un gesto que se sentase a unos tres metros ante y debajo de ellos, en un pequeño taburete. Ildefonso miró a los sabios, uno por uno, con una inusitada sensación de que cada uno era un fantástico universo; dos de ellos le llamaron especialmente la atención.
-- Śikaka Ildefonso, le damos la bienvenida a nuestro humilde monasterio de Sētō Dhōkāhabló con voz pausada y profunda el lama Kabūtara Ghāmaharū, que se ubicaba hacia el centro--. Estamos muy complacidos de que haya aceptado nuestra invitación, así como sus amigos… Conocemos sus loables propósitos, por lo cual le ofrecemos sin condiciones todo lo que somos.
Ildefonso se quedó mudo por un largo rato, pues había entendido poco o nada de lo que el lama le había dicho, aunque había pronunciado un perfecto y claro inglés. Finalmente se atrevió a hablar.
--Agradecemos tan amable y gratuita invitación, venerables lamas… Aunque, debo reconocer, no sabemos el motivo por el que estamos aquí... Al parecer, tiene algo que ver con este anillo que llevo conmigo.
Ildefonso mostró desde su lugar el anillo, estirando la mano hacia ellos. Algunos de los sabios se movieron e inclinaron un poco para atisbarlo con mayor nitidez.
--¿Puede usted facilitárnoslo un momento… para observarlo de cerca?—preguntó Kabūtara Ghāmaharū.
Ildefonso accedió de inmediato, retirándolo de su anular y entregándoselo a su joven guía. Éste lo llevó al extremo derecho, y lo dejó en la mano del gurú Anantapula. Lo hicieron circular uno por uno, auscultándolo con todos sus sentidos. Finalmente, cuando el lama Maunabharī lo hubo revisado, volvió a las manos del joven Utkr̥ṣṭaśiya, quien lo devolvió a Ildefonso.
--¡Así es, estimado Śikaka Ildefonso!—concluyó Kabūtara Ghāmaharū.
Se escuchó no lejos el golpe penetrante de un gong. Luego un segundo sonido. Los lamas guardaron silencio y cobraron una postura reconcentrada. Utkr̥ṣṭaśiya se dirigió hacia la entrada, abrió una de las puertas e hizo pasar a Diabolesa y Gianni. Acercó dos taburetes junto a Ildefonso y les indicó que tomaran asiento. Repentinos y fuertes sonidos de trompa hicieron retemblar el aposento. Los tres invitados se asustaron, dando un respingo en sus asientos, y mirándose unos a otros con extrañeza. Luego un fuerte estruendo de platillos hizo tiritar los oídos. Los diez lamas iniciaron juntamente un poderoso cántico con voces guturales, graves y misteriosamente vibrantes. El espacio se fue saturando de a poco con un intenso olor a incienso y palo santo. Ildefonso experimentó la sensación de que el espacio y el tiempo estaban cambiando, como si se estirasen hacia otro plano dimensional, alargándose y ampliándose más y más.
--¿Qué es esto?—preguntó Gianni, cuchicheando.
Ildefonso se puso el dedo índice en los labios para hacerlo callar. Los tres se quedaron inmóviles y atentos. Después de unos quince minutos, volvió a hacerse sentir el silencio cargado. Entonces, volvió a escucharse el gong dos veces, igual que antes. De inmediato, Ildefonso giró su torso hacia las puertas de la entrada. Ambas puertas se abrieron; comenzaron a entrar de a uno, en fila, con segundos de diferencia, cinco personas. Todos eran conocidos de Ildefonso … Al divisar a la primera: ¡Darinka van der Leeuwen!, Ildefonso dejó escapar una exclamación de asombro y, de un salto, se puso de pie. Utkr̥ṣṭaśiya les iba indicando que permanecieran parados, uno al lado del otro, a unos diez metros de Ildefonso. Después de Darinka, ingresaron: ¡Samantha Pickleford, Ëcacuji, Senghor y Solón Vitrubsky!… Ildefonso comenzó a llorar, negándose a creer lo que estaba viendo. Sin mediar protocolo ni reflexión algunos, se abalanzó velozmente sobre cada uno de ellos, abrazándolos y besándolos. Los cinco respondieron con la misma efusividad y alegría, si bien habían sido informados previamente de la presencia de Ildefonso en Sētō Dhōkā. Los maestros observaban la escena atentamente, mientras continuaban pasando silenciosamente en oración las cuentas de sus malas. Cuando hubo terminado de saludar y cruzar algunas breves frases con cada uno de ellos, Ildefonso se dio vuelta hacia los lamas, esperando algún tipo de explicación. Kabūtara Ghāmaharū salió de su trance y les hizo un gesto para que tomaran asiento en los taburetes que Utkr̥ṣṭaśiya había ya dispuesto para cada uno. Todos estaban sonrientes y afables, incluidos Gianni y Diabolesa, que se habían contagiado con la alegría general.
--¡Sean todos bienvenidos a nuestro humilde lamasterio de Sētō Dhōkā!... Los seres humanos han iniciado la destrucción final de este mundo… No somos dueños de este planeta ni de nada que aquí existe; sin embargo, nos hemos comportado como si lo fuésemos, faltando a la inmensa responsabilidad que significaba nuestro avatar… Los tiempos del Kali Yuga fueron retenidos tirando una soga kármica que ya no se resiste más… La destrucción que comienza no ha sido experimentada antes por el ser humano. Cada uno de ustedes ha llegado hasta aquí, porque se les ha dado la oportunidad de trascender esta crisis por medio de su propio aprendizaje. Cada uno de ustedes ha venido tras la huella de Śikaka Ildefonso… Es él quien los guiará hasta EL OTRO LADO… La decisión última es suya. Quienquiera regresar, deberá hacerlo desde aquí, no después…
La sonrisa y el ánimo se les fue congelando en el rostro y en el corazón a todos, a medida que hablaba el lama. El único que había bajado la mirada y parecía escuchar en calma era Senghor. La vista de los demás fue recayendo de a uno en Ildefonso. Al final, se hizo un silencio, mientras Ildefonso sentía que todas las miradas y ansiedades lo buscaban a él. Cuando Kabūtara Ghāmaharū acabó de hablar, comprendió que era precisamente ESO lo que había presentido mientras avanzaba por los recovecos del monasterio. Y como respuesta o consecuencia, aunque también como causa, la misma: AMOR… Vivió un instante terrible, sólo un instante: Dudas razonables, dolorosas, angustiosas… ¡Esto es absurdo, una locura!... ¿Y si detrás de esto no hay más que un engaño, una piadosa mentira, como la fe misma?... ¡Yo no sé nada, ni quiero esto!… Es mejor volver atrás… No soy nadie para guiar a estas personas amadas Aunque deba morir, es mejor morir en el mundo, acompañándolos, con todos los seres humanos… Es mejor volver atrás… Los miró con AMOR, a los siete, a los lamas, a Utkr̥ṣṭaśiya, a todos los dioses y demonios, a los demás seres humanos, y a todos, consigo mismo.
--¡Hemos llegado hasta aquí, siguiendo algo así como una obsesión, una verdad, una estrella de Belén, un sentido propio y único!... Yo sé por mí mismo que este es el lugar y la misión que he estado buscando sin plena conciencia… ¡No puedo hablar por cada uno de ustedes!... Eso le corresponde a cada uno saberlo y decidirlo en conciencia… ¡Yo, sólo sé que debo alcanzar por ahora un nombre, todavía no más que un mero nombre, tan grande para mí como el nombre de DIOS, pero por el que ahora mismo y aquí he llegado para ofrecer mi vida, y más allá de mi vida: SHAMBHALA!...
--¡SHAMBHALA!—repitieron en eco los diez lamas con las mismas voces guturales con que iniciaron nuevamente un poderoso y extraño himno, repitiendo sin discontinuidad y cerrando sus ojos--… ¡OM!... ¡OM!... ¡OM!... ¡OM!...
Sus voces unificadas se extendieron como un movimiento telúrico por los espacios, por las estructuras de piedra y de madera, por las mentes colectivas, que replicaban en todo el lamasterio el mismo OM, haciéndolo vibrar con la misma insondable frecuencia. Los ocho invitados quedaron atónitos y traspasados en cuerpo y alma por aquella sobrenatural vibración. ALGO se había hecho presente, sin que nadie lo pudiese explicar ni comprender, pues, aunque se manifestaba en este tiempo y espacio, en su presencia física y real, no era de este mundo
Transcurridos así quince minutos, los lamas se pusieron de pie y, sin dejar de elevar su asombroso himno, salieron caminando de la estancia en fila. A medida que se alejaban, el insondable OM se fue apagando, hasta que todo volvió a quedar sumergido en un desconcertante silencio. Los ocho habían quedado solos, a puertas cerradas. Ildefonso pudo leer de una mirada lo que ocurría en cada uno de ellos. De inmediato caminó hacia Ëcacuji, quien temblaba pálido y lloroso. Al verlo venir hacia él, Ëcacuji se arrojó delante y, arrodillado, pegó su frente al suelo. Ildefonso lo cogió de los hombros y trató de levantarlo, pero éste se resistió, gimiendo.
--¡Hermano Ëcacuji, ¿qué ha pasado contigo?!... ¿Cómo estás aquí?...
--¡No lo sé!... ¡No lo sé, padre Ildefonso!...—respondió con la voz entrecortada por el llanto.
Ëcacuji vestía una túnica escarlata que los monjes le habían facilitado, pues lo habían encontrado desnudo, deambulando como un zombi en las cercanías del monasterio.
--Pero… ¿qué ha sido de ti estos últimos doce años?...
Ëcacuji levantó la cabeza para mirar suplicante a Ildefonso.
--¡No lo sé, padre!... ¡No recuerdo nada!... Lo último que recuerdo es a Tsa’iñe y a usted, caminando delante de mí entre árboles y helechos de la selva…
--¡No traten de entender, amigos!...—intervino Senghor—Ni los conocimientos ni las facultades humanas son apropiadas para conocer las honduras causales de la realidad… ¿Quién de nosotros puede explicar verdaderamente por qué ha llegado hasta aquí?...
--¡Yo sí puedo!—se adelantó a responder Darinka--… He venido en busca de Ildefonso… ¡Necesito urgentemente hablar con él!...
Darinka se quedó mirando con angustia a Ildefonso.
--¡Es cierto lo que dice este joven!—terció Samantha Pickleford--… Gran parte de mi vida no me es posible comprenderla, si no la explico como un milagro, o como algo sobrenatural e ilógico… Yo estoy aquí, porque he recibido mensajes divinos conminatorios que me han conducido hasta el padre Ildefonso… ¡Sé que hay algo superior y terrible en todo esto!... Aunque, ¡vaya!, sigo sin entender lo que está ocurriendo…
--Coincido con la mayoría—dijo por su parte Solón--… No puedo dar razones. Me siento como este joven Ëcacuji, anonadado, con pedazos incoherentes de recuerdos… Como si hubiese sido drogado, mantenido mucho tiempo oculto y secuestrado, hipnotizado tal vez, actuando como sin conciencia ni voluntad, no lo sé… ¡La verdad es que no sé por qué estoy aquí!...
--¡Ah, tengo tanto que conversar con cada uno de ustedes, hermanos queridos!... Los puedo entender tan bien a cada uno. Es evidente, por otro lado, que yo soy el factor común que los une a ustedes… No les puedo explicar por qué están aquí en torno a mí… Yo mismo no sé bien por qué estoy aquí… Y aún así, estamos todos aquí, aunque no le vea sentido que yo pueda asumir un rol de liderazgo o algo así con ustedes… Ni siquiera sabría para qué, y de seguro tampoco cómo…
Diabolesa y Gianni se habían mantenido en un mutismo desconcertado, observando y escuchando. Gianni intervino entonces:
--¡Si para todos esto un absurdo inexplicable, no veo razón para seguir aquí!... ¡Cada uno debiera regresar por donde vino!... Las cosas están harto complicadas en el mundo y en nuestros propios hogares para perder el tiempo de esta manera…
Afuera se dejaron oír los gongs con los intervalos de siempre. Se volvieron hacia la puerta. Entraron Utkr̥ṣṭaśiya y Dōsrō Bhanincha. Ambos hicieron una profunda reverencia y, después de saludarlos y pedirles disculpas por interrumpirlos, los invitaron a pasar al refectorio para alimentarse, ya que ninguno había comido por lo menos desde el día anterior. Todos acogieron con beneplácito la invitación, con la esperanza de continuar allí con la apremiante charla. Al salir, Ildefonso se acercó casi al oído de Utkr̥ṣṭaśiya y le preguntó:
--¿Por qué me llaman Śikaka Ildefonso?... ¿Qué significa Śikaka?...
--Significa Maestro.