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viernes, 7 de diciembre de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo XXIV)




Estaba atravesando algo denso e inexpugnable como un murallón de roca. Estaba superando, de alguna manera física desconocida, la velocidad de la luz. Estaba logrando que el tiempo no se manifestase como presente, pasado y futuro. Estaba logrando la desestructuración de la mente y de la conciencia, pero sin que la consecuencia inevitable e involuntaria fuese la pérdida de la razón ni de sí mismo… ¿Qué estaba logrando?
Un impulso injustificado le hace abrir los ojos, se incorpora y mira por la ventanilla del avión. Afuera, a unos veinte metros de distancia, algo así como una huella resplandeciente y borrosa que pareció llegar o aparecer a una velocidad inmensa, se detuvo instantáneamente frente a él, en línea recta a su ventanilla. Experimentó la sensación de que estaba ocurriendo algo irreal, como si una irrealidad súbitamente emergiera en medio de la realidad y se anularan mutuamente. Se dio media vuelta para ver si alguna de sus vecinas estaba observando aquello, y si no, para hacerlas partícipe, asegurándose, de paso, de que aquello no era una ilusión. ¡Sorpresa!... Los asientos de ambas estaban vacíos. Nuevamente vuelve la mirada hacia la ventanilla. Aquello afuera resplandece con una intensidad extraordinaria; su destello luminoso se transforma en una especie de niebla alrededor, cual si luz y gas fuesen físicamente lo mismo. La esfera de luz desaparece repentinamente, como si nunca hubiese estado allí. Ildefonso experimenta un fuerte vahído, con la sensación de estar flotando. Nuevamente gira la cabeza hacia el interior del avión; esta vez no ve a nadie en los asientos de su entorno. Sólo distingue a una que otra persona sentada a lo lejos. Si mira hacia atrás y luego adelante, dejando de observarlos un instante, y nuevamente hacia atrás, a quienes había visto, ya han desaparecido; lo mismo, cuando vuelve a mirar hacia adelante, también han desaparecido. Ahora está completamente sólo en la cabina… ¡Absoluta irrealidad!... Entonces percibe que por el pasillo avanza una luminosidad alargada; pasa hacia el otro extremo, frente a él; desde el otro extremo ve venir otra silueta luminosa que también pasa frente a él y sigue de largo. Luego, avanzan figuras luminosas y otras sombrías, en ambas direcciones. Aquello le resulta hermoso y, al mismo tiempo, extraño e inquietante, como si estuviesen realizando alguna suerte de ritual o danza. De pronto, una figura alta, translúcida, opalescente y vibrante se detiene frente a él. Le inspira un intenso sentimiento de amor; eso es un ser viviente, inteligente, telepático --por así decir--, pero carece de cuerpo y hasta, tal vez, de materia. Aunque es por completo una situación irreal, se da cuenta de que es más real que todo lo que ha vivido antes. Por un momento piensa en Senghor; al momento siguiente, en Vincenza. Ildefonso sabe que aquel ser se sumerge en su interior… Está ahí afuera, pero también adentro de él. Por lo mismo, Ildefonso también puede sentir la interioridad del ser, aunque sabe que percibe de él sólo lo que con sus minúsculos sentidos internos puede traducir. O quizás sabe sólo lo que ese ser le hace saber… Por ello mismo, ya no se encuentra meramente en el avión, sino que ante él se extiende un inabarcable desierto rojizo. Un sentimiento de desolación y congoja le atenaza el alma. No es meramente una tierra desértica y estéril, es un mundo asolado y desolado. Puede sentir la extensa historia en su presente. Aquí hubo vida, vida evolucionada, sagrada, superior. Ahora no queda nada. Sólo un polvo masacrado, minúsculo, rojizo, desgarrado a roncos soplidos desde las rocas, desde colosales montañas y volcanes mudos, pululando como átomos yermos, resecos, desgajados desde fantasmas rojos, pero ya disueltos e inexistentes, a causa de su propio mil milenario desgaste y progresivo sinsentido. En Ildefonso aflora una duda, una dolorosa y angustiante pregunta: ¿Es esto la Tierra, Marte u otro mundo?... Como respuesta --o reacción al menos-- visualiza desde arriba, como si estuviese planeando, maravillosos lugares con desbordante vegetación, con intensos verdes, variados, deslizándose por vertientes, valles y soberbias llanuras. El aire es puro, transparente, casi vivo, y hacia arriba, por todo lo alto, un cielo tan azul vibra con cada llamarada solar vivificante y amorosa. Una inmensa alegría junto con un sentimiento desgarradoramente doloroso (como si dos tiempos, la vida y la muerte, coincidieran dramáticamente en el mismo instante y sentimiento) lo hacen llorar. Hay (TODAVÍA) aguas por todas partes, líquido liviano y profundo, cornucopia de la vida universal; hay aves palmípedas, multicolores, polifónicas, y animales que corren por las praderas como si repentinamente un trompetazo de energía los hubiese puesto en libertad… ¿El Hombre y la Mujer dónde están al comienzo?... Recibiendo arriba un amoroso secreto mandato que acabarán traicionando… Pero yo, ¿qué soy yo, entonces?... Me miro a mí mismo y no soy cuerpo. Me percibo como una chispita diminuta que va descendiendo lentamente hacia la tierra. SIENTO TU AMOR HACIA MÍ Y HACIA TODAS LAS COSAS… ¡Brillo, giro, caigo, me estrello!… ¡Dios mío!, ¿dónde estás, dónde está la Tierra, dónde yo?... ¿Dónde estoy, qué esto?... ¿Por qué está todo tan dolorosamente NEGRO?... ¿Por qué ahora sólo siento a veces y vagamente tu amor hacia mí, hacia todas las cosas?...
Ildefonso se reconoce dentro de una sustancia negra, viscosa, oleaginosa, hedionda, mortalmente fría… Pero ¡no!, no es tal… es algo más. ¡Son personas!... ¡Miles, millones!… están todas vestidas igualmente de negro, encapuchadas, tan pegadas unas a otras que parecen un solo océano de tinieblas… Son, ¡oh Dios!... ¡Los Sabios de Sión, los Iluminados!... Están en todas partes, lo han llenado todo, todo el mundo se ha mimetizado con ellos. Puedo sentir la angustia, la desesperación de aquellos humanos que aún conservan un atisbo de conciencia… ¡Que hago yo aquí!... ¡Yo no soy como ellos!...
En respuesta, Ildefonso fue alzado a una velocidad vertiginosa. Ya no estaba en la Tierra. No había nada semejante a un planeta por ninguna parte, ni a una luna, ni a un sol. Estaba solo, simplemente flotando en el vacío más inmenso del Universo. Sin embargo, ni estaba solo, ni existía en el vacío… Sólo quien mira con los ojos del cuerpo biológico ve aislamiento y vacío. Carecía de lógica, pero el SER LO LLENABA TODO, dentro de Ildefonso, hasta las raíces de su propia alma, sin que hubiese ya distinción alguna entre el AMOR que lo superaba en sí mismo, así como el AMOR que se extendía desbordante por todo el UNIVERSO, y también MÁS ALLÁ… Ese AMOR unificaba cosmos, galaxias, estrellas, mundos, creaturas. Unos estaban concientes de ESTO, otros no; pero igualmente nadie carecía del AMOR y de su EFECTO, porque la CONCIENCIA no es la única manifestación en el Universo de inteligencia, de certeza y de realidad. Sólo que el AMOR se manifiesta a la CONCIENCIA de una manera y un sentido singulares, que aún el ser humano no puede desarrollar ni conocer… El AMOR que acontece en todo el Universo se asemeja al Amor que es capaz de sentir y comprender el ser humano; por una parte, en que siempre es el MÁXIMO BIEN para el UNIVERSO, y, por otra, en que muchas veces y de muchas formas también se asemeja al sentimiento y tipo de Amor que experimenta naturalmente el ser humano: un Amor puramente constructivo, sensible y protector. Sin embargo, este MÁXIMO AMOR Y MÁXIMO BIEN DEL UNIVERSO, también coincide y se manifiesta muchas veces como el máximo Mal y la máxima ausencia de Amor para el ser humano. ¡Terrible y dolorosa paradoja en la que se encuentra la actual etapa evolutiva del ser humano!...
ESO VIVIÓ, ESO SUPO…
Con la misma celeridad sintió que aquel SER se alejaba, o que él mismo se le alejaba, de modo que dio un brinco al sentir instantáneamente el asiento bajo él. Abrió los ojos, miró a su alrededor; las señoras dormían a su lado. Miró por la ventanilla; sólo la oscuridad de la noche. Observó un reloj empotrado sobre el respaldo del asiento delantero: habían transcurrido 12 horas desde que el avión había despegado… ¿Se había quedado dormido?... Podía recordar cada detalle, cada segundo, si es que aquello pudiese ser traducido a una temporalidad física. Podía experimentar la prolongación de la experiencia como si ahora (despierto) estuviese soñando, y sólo entonces --o al revivir ese estado de conciencia (¿de realidad?)-- se encontrase en un estado de lucidez más concordante con la realidad-en-sí. Tiritaba y las lágrimas anegaban sus ojos enrojecidos... ¿Estoy preparado para vivir esto, para asimilarlo, para integrarlo incluso desde mis células, y hasta desde mis átomos mismos?... No podía dudar de que aquello hubiese sido real, o, mejor dicho, físico… Aunque ahora comprendía, de una vez para siempre, que físico y natural no eran más que la punta de un único alfiler, en medio de un solo Universo, por más infinito que este Universo nos pueda aparecer cuando estamos en estado natural-despierto. ¿Carecía de valor seguir viviendo en adelante, de la misma manera, en este mismo insignificante e ilusorio Universo de todos los humanos?... ¡Sí y no!, le respondió la VOZ… ¡Sí, afuera; no, adentro!, agregó; e Ildefonso comprendió sin más la enormidad de lo que aquello significaba. Ahora ya podía ayudar a empujar con su conciencia su propia nave en la dirección correcta (sincrónica)… La VOZ era el ente de luz; el ente de luz era Ildefonso; Ildefonso era el OVNI; Senghor era Cristo; Cristo era la VOZ; la VOZ era el Universo, y así sucesivamente… Si había sido un sueño, entonces el sueño podía ser una realidad más real que el Universo del despierto. Tenía que aprender a soñar de una nueva manera, del mismo modo que tenía que aprender a existir de una nueva manera.
¡Cristo es la Iglesia!... ¡No hay Cristo ni Dios ni Demonio fuera de la Santa Iglesia Católica!... ¡Todo lo demás es puro ilusionismo al servicio de la fe!”, las últimas palabras del abad Ligetto volvieron a resonar vívidas para él. En seguida, otro eco, el eco de Bendaian-Vitrubsky: “Si Lucifer no fuese Dios, ¿sería acaso calumniado por Adonai (el Cristo), cuyos actos testimonian [engaño, sometimiento] y rechazo de la ciencia? Sí, Lucifer es Dios, y Adonai, lamentablemente, también es Dios.” Ildefonso creía comenzar a comprender esta parte del gran acertijo que hacía tiempo estaba padeciendo. Había claramente, al menos, dos Cristos. El Adonai, el Cristo de la “Santa Iglesia Católica”, asesina de Papas y justos, como Juan Pablo I; es decir, la Iglesia Católica de Cristo-Lucifer, opuesta y enemiga del otro Cristo-Lucifer, el SEÑOR DEL AMOR-TODO, del Saber Trascendental, el Espíritu de la Luz. De cierta manera eran el mismo; de otra, eran contrarios y antagónicos. Uno jugaba a asimilarse y parecerse al otro; el otro, jugaba a diferenciarse y separarse del otro. De sí mismo había Jesús anunciado: “Estén atentos a que nadie los engañe, porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: “Yo soy el Mesías”, y engañarán a muchos. […] Aparecerán muchos falsos profetas y engañarán a mucha gente y, al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría; pero el que persevere hasta el final se salvará.[1]
 ¿Quién habría podido imaginarse que la comunidad sucesora de Pedro, la piedra misma sobre la que se fundaría su Iglesia hasta el final de los tiempos, desde la negación inicial del discípulo Pedro, fundada irrevocable y contumazmente tres veces sobre un ¡NO! negador de Jesús, sería precisamente la que decretaría falsamente a través de toda la Historia: “Yo soy el Mesías” y el Vicario de Dios?... ¿Y con ella, todas las otras falsas Iglesias de Cristo, del Cristo-Lucifer dominador del mundo?... Era justo ésta la Iglesia única, el Cristo único y la fe única de Ligetto. Sin embargo, ALGO había destruido a Ligetto; ALGO que probablemente estaba por encima de este Cristo-Lucifer, de esta Santa Iglesia Católica Apostólica Romana. ¿O bien, había sido este mismo Cristo-Lucifer el que había destruido a un hijo propio, como acostumbra Dios a sacrificar a sus propios Hijos de Dios?... ¿O, incluso mejor, ambos?...
Desde este momento concebía prístinamente cómo había sido él mismo víctima y beneficiado de esta dolosa-ingenua indistinción entre uno y otro Cristo, entre uno y otro Dios, a lo largo de su vida. Un Cristo-Lucifer lo había traído amorosa y sabiamente, desde antes incluso que fuese concebido en el vientre de su madre, hasta su actual transfiguración espiritual y humana, sin que la indistinción y el engaño del otro Cristo-Lucifer pudiesen impedírselo u obstaculizárselo (al menos significativamente). Ningún nombre pretendidamente santo, ninguna doctrina pretendidamente verdadera, ni libro alguno pretendidamente divino habían logrado desviarlo ni engañarlo tanto, como para no seguir profunda y constantemente el Nombre no nombrado, la Doctrina desconocida, el Libro nunca acabado… ¿Cómo no había de recordar en este mismo instante, con inmenso amor, y compasión, y gratitud, a su madre, quien le había enseñado a adorar el “nombre de Dios”, los “verdaderos evangelios de nuestro señor Jesucristo”, y el “amor incondicional de la Santísima Virgen María”? Ella, también, quien lo había conducido de la mano a los diecisiete años, resguardándolo de sus propias agonías vitales y espirituales, hasta las puertas del Seminario Pontificio, y hasta bien adentro de las mazmorras pútridas y al mismo tiempo llenas de luz del sacerdocio de la Santa (Infernal) Iglesia Católica?... ¡Qué largo había sido este camino!... ¡Ahora ya sabía quién había asesinado a Albino Luciani, denominado Juan Pablo I!... Podía ver caras de hombres y mujeres que nunca había visto, prelados, cardenales, asesinos a sueldo, hombres de la Banca, eminentes políticos, autoridades judiciales y policiales, encubridores, mafia, mafia, mafia, Sabios de Sión, Cristo-Lucifer rampante y extendido como una sombra mefítica y acechante sobre la faz de la Tierra



[1] Mt.24:4-13.

viernes, 23 de noviembre de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo XXIII)




Antes de que las nubecillas blancas sobre el cielo azul comenzasen a disolverse alcanzó a leer en ellas: PARÍS 1919. Entonces, su vista planeó sobre un colosal anfiteatro debajo de él. Parecía construido con metales diversos, sólidos y relucientes, lo que le confería una traza de soberbio e inconmovible poder. Divisó decenas de miles de personas repartidas por las gradas circulares y por el espacio de la orchestra, con sus rostros cubiertos por máscaras plateadas con un solo y mismo aspecto delicado, sonriente y andrógino. Se movían lentamente, en silencio, descendiendo y ascendiendo por estrechos pasillos, como un ordenado fluido áureo, alrededor de un ara de mármol y cuarzo que se elevaba en medio del campus de suelo traslúcido, sobre una plataforma cónica de negro basalto, con doce gradas en redondo. Todos vestían una larga toga dorada, y, sobre ella, un escapulario de plata con una cruz roja invertida, por el pecho y por la espalda. Sobre sus cabezas, un bonete piramidal también de oro. Junto al ara, un hombre alto y grande se erguía con la vista alzada hacia el cielo. Escuchó en su interior una voz cavernosa que profería su nombre: WOODROW WILSON… Elevó sus brazos a lo alto, ofreciendo a los cielos una daga verde de peridoto. Sobre el altar, un becerro con su vellocino enteramente de oro, sedado y recostado dentro de una especie de pesebre constituido con láminas de oro (en las que estaba grabado el Decálogo de la Ley), miraba de soslayo con su único ojo siempre abierto en medio de su frente. A Ildefonso le pareció que un rayo de luz cayó desde el cielo sobre la cabeza del oficiante, de manera que éste se iluminó de pies a cabeza. Murmuraba y salmodiaba algo que no alcanzaba a escuchar. Todo el mundo en el anfiteatro se detuvo y dirigió su mirada hacia el altar. Hombres y mujeres se tomaron de las manos, formando una cadena ininterrumpida, por todas partes. El inmenso anfiteatro comenzó a vibrar desde dentro, como un motor. Entonces, Ildefonso puso atención en el suelo translúcido del lugar; vio con horror y terrible congoja que bajo el piso de cristal indestructible existían innumerables mazmorras y niveles subterráneos, en los que habitaban hombres y mujeres de todas las edades, de todas las razas, famélicos, harapientos, enfermos, esclavos sumisos de aquellos que disfrutaban del mundo superior del oro. Estaban también inmóviles, contemplando, con una expresión indescriptiblemente triste y abandonada hacia el cielo de su submundo, a los Señores Dorados, a los Elegidos y Bienaventurados; estaban esperando, sólo esperando poder acatar y satisfacer sus próximas órdenes... El hierofante coge con ambas manos la daga, se cierne por unos segundos en lo alto, luego la deja caer con un golpe certero sobre el cuello del animal, desgarrando su piel y su carne. De su garganta salta un chorro de sangre dorada. El taumaturgo la recibe en un cuenco de obsidiana. Levanta el recipiente hacia el cielo y realiza una plegaria con los ojos cerrados; lo acerca a su boca y bebe. Luego se reinicia el movimiento lento y rítmico de la multitud de fieles, quienes van acercándose al hierofante para beber uno a uno la sangre áurea del cuenco de obsidiana, no sin antes y después inclinar piadosamente el torso delante del becerro moribundo. Ahora la multitud murmura un cántico que intensifica la vibración del anfiteatro. Entonces, ocurre el milagro: desde la espalda de aquellos que han bebido de la sangre del Becerro de Oro comienzan a brotar, como una flor de su capullo, cuatro pequeños élitros rosados, que van creciendo rápidamente, hasta transformarse en cuatro alas de oro que se agitan como hélices de fuego. El zumbido aumenta; cada uno levanta suavemente el vuelo. De igual manera que una bandada de ángeles alza en tropel el vuelo formando una riada hacia el cielo, todos se van alejando en dirección a la inmensa bola incandescente del sol. Ya se han alejado tanto y tan, tan alto, que parecen nada más que un punto negro en medio del disco del sol. Entonces, y repentinamente, todo comienza a oscurecerse tenebrosamente, pues el sol se ha vuelto negro, infinitamente más negro que la noche.
Sintió que su cuerpo temblaba. Luego, algo lo remeció desde su brazo derecho. Finalmente escuchó una voz a su lado:
--¡Señor!... ¡Señor!... ¿Se encuentra bien?... Estaba usted gritando… Parecía muy angustiado…
Ildefonso se había quedado dormido poco después de la primera hora en el aire.
--¡Sí!... ¡Sí!... Estoy bien… Sólo fue una pesadilla…
Miró hacia el lado, y se encontró con las caras curiosas y atentas de las dos damas, inclinadas hacia él.
--¿Tiene usted alguna enfermedad cardíaca?—preguntó Lucy, observándolo por encima de sus anteojos con sus ojos azules. Ildefonso negó con la cabeza.
--Es que usted se apretaba el pecho, mientras gemía…--agregó ella misma.
--Yo tengo dos bypass y sé lo que es eso…--terció Florencia.
--No, no, mi corazón está bien, gracias—respondió Ildefonso, intentando sonreír. Las imágenes de su sueño habían quedado vívidamente grabadas y se repetían en su imaginación.
--Usted es un hombre joven… ¿Cuál es su nombre?...—continuó Florencia.
--Ildefonso.
--¡Ah, bien, Ildefonso!... Seguro que no ha ido al cardiólogo el último año, por lo menos… Mi esposo, que en paz descanse, siempre se resistió a chequearse del corazón… Al fin, su forma de vida y la falta de prevención le pasaron la cuenta.
--¡Esta vida contemporánea tan llena de preocupaciones y estrés!… ¡Uf!—exclamó Lucy.
--¿Cuál es su ocupación, Ildefonso?—preguntó Florencia.
--Soy… diplomático…
Era la primera vez que mentía en su vida. Apenas terminó de proferir diplomático, sintió que su corazón se apretaba. Se acordó instantáneamente de Farandsky: “¿Qué harías, por ejemplo, si alguien te coge del cuello y te lo quiere rebanar?... ¿Qué deberías hacer?... ¿MENTIR?... ¿Me es lícito MENTIR?... Esta vez afloró de alguna zona profunda de su interior una respuesta bien definida, formada, oculta y enigmáticamente ya procesada. ¡Sí!... Pero no ahora, no esta vez, porque no hay un cuchillo hiriendo tu garganta…
--¿Quién podría sentirse tranquilo y en paz, con todos esos terroristas atentando inhumanamente en todas partes del mundo?...—en paralelo escuchaba la voz de las mujeres que continuaban con su diálogo  espontáneo--… ¡Sí!... Si no fuese por ese maravilloso Ronald Trampa que nos protege de los enviados de Satanás… ¡De los inmigrantes ilegales también!... ¡Ese hombre sí es un modelo y ejemplo de honestidad y buena voluntad para todos los gobernantes y pueblos de este mundo!... Ni siquiera en este avión estamos completamente seguros… ¡Oh, sí, los rusos, los árabes, los chinos!... ¡Qué horror!... ¡Jesús y María!... Sin la protección de Dios, este mundo ya se habría acabado…
--¡No!... ¡No soy diplomático!... –interrumpiéndolas, les espetó con firmeza-- ¡Soy un sacerdote de la Compañía de Jesús!... Simplemente no quiero hablar. Les agradezco su preocupación, señoras, pero quiero estar en silencio, en completo silencio. Estoy cansado y necesito meditar… ¡Discúlpenme!...
Volteó hacia la ventanilla sin esperar respuesta; sacó de su bolsillo un pequeño estuche forrado con género negro, lo abrió, extrajo dos tapones que se instaló en sus oídos, y cerró los ojos. Florencia y Lucy prontamente se compadecieron del sacerdote, quien, a ojos vistas, no estaba nada bien. Continuaron cuchicheando y dialogando en voz baja, por respeto. Una vez más, Ildefonso se sorprendió de sí mismo.
Pensó que era tan fácil, tan frecuente y natural encontrarse más dormido e insipiente “(pseudo) despierto”, que incluso el más irrelevante y oscuro sueño “(pseudo) dormido”. Una vez más asoció el fr. 26 DK de Heráclito. Cada vez le parecía que comprendía más de él; cada vez se desplegaba más como experiencia ampliada de realidad. Él mismo se presentía disparado en una dirección divergente respecto de la gente que le tocaba vivir. En estas dos mujeres había algo así como la Humanidad misma. Pero él, ¿por qué ya no se reconocía en esa igualdad, a la que había amado y aspirado tanto desde su niñez y juventud?... ¿Por qué le resultaba más y más su propia humanidad un traje dolorosamente estrecho y ajeno, como el traje dominguero de un niño que se ha pegado el estirón repentino de la adolescencia? Si bien, ese impulso extra-humano le proponía un desafío que era incapaz de sostener y acrecentar todo el tiempo, pues su propia humanidad ya vivida por más de cuarenta años lo lastraba, lo adormecía, lo limitaba y estrechaba “hacia atrás”. Esto era ante todo experimentado como su mente: la estructura y el hábito de su propia mente y de su propia conciencia, igual a sí misma (y a todos) a cada instante, cada día… y en deterioro progresivo y constante, sico-biológico, hacia la vejez y la muerte. Estaba siendo llevado, acarreado incluso, pero también era indudable que ELLOS contaban con su auto-trabajo, con sus decisiones intencionadas y sostenidas para co-empujar y co-transformar lo que querían empujar y transformar en él (en su inmensamente superior y clarividente providencia). Hubiese querido dar más de sí, provocar más cambio trascendente, despertar mucha más conciencia y poder para ser y devenir, pero no podía… no era nada fácil, al fin de cuentas. Si él era el palito arrastrado por la corriente, entonces a su sí mismo no le correspondía más poder que inclinarse voluntariamente (libremente) un poquito más hacia la izquierda, o un poquito más hacia la derecha, y nada más… Trataba de juntar todos los eventos relevantes que podía recordar de a uno; trataba de descubrir más y más memorias más y más significativas desde su conciencia más y más lúcida, pero no podía sino zurcir juntamente uno que otro recuerdo, pegotear uno que otro nuevo entendimiento, y TODO LO DEMÁS se le caía fuera del recordar y de la conciencia atenta, aunque sabía y presentía que al juntar y juntar más contenidos con y en la conciencia, con y en la mente, le acontecerían transformaciones y evidencias superiores que sólo de esa manera podrían ocurrir… Concluyó que tendría que desarrollar nuevas capacidades y habilidades dentro de su propia mente, si quería estar a la altura de lo que le venía aconteciendo, y de lo que él mismo quería continuar. ¿Era sólo una respuesta mecánica de su cerebro el que se le presentase en ese mismo instante a su conciencia el sueño reciente, precisamente porque era su contenido más reciente, o también, y sobre todo, porque su yo superior lo empujaba sabiamente ahora desde el inconciente a su conciencia?...
Primero, le pareció evidente que no lo había soñado para inmediatamente olvidarlo –como ocurre con casi todos los sueños--, sino que poseía una virtualidad de sentido que su conciencia debía desarrollar y asimilar. Como si su conciencia, a su manera, debiese continuarlo y completarlo despierto. En ese mismo momento tuvo la potentísima intuición de que había tantos recuerdos que habían quedado como paralizados y enterrados en su memoria y olvido, pero que ansiaban ser rescatados desde su memoria en el momento oportuno para continuarse, desarrollarse y completarse en algún próximo o lejano futuro-presente. El sueño poseía una intrínseca grandeza simbólica, un lenguaje (contenido) y dimensión tan únicos y especiales, que, aunque pudiese reproducir simplemente una suma de hechos tomados a pedazos de la realidad cotidiana y natural, resaltaba y transformaba significativamente el valor y sentido de los hechos naturales (del universo físico y conciente), asociados siempre metafóricamente al universo del inconciente y del sueño (por más literales y meramente espejo de la experiencia física vivida que puedan parecer).
Por ejemplo, un politólogo y un sociólogo le refutarían a la inteligencia y realismo de mi sueño que la representación de la Humanidad en dos categorías (esclavos y señores) no se corresponde con la complejidad y multiplicidad de los comportamientos y estatus de los grupos sociales en el mundo. Pero la apercepción onírica de la realidad no es meramente descriptiva e inmediata, como lo son natural y casi siempre nuestras apercepciones concientes… La apercepción onírica, en cambio, vive (descubre) siempre un sentido en la mera percepción sensorial y apercepción que experimenta la conciencia despierta como realidad… ¿Descubre algo, procesa algo que la conciencia despierta no alcanza a percibir, o simplemente pergeña una realidad subjetiva y fantasiosa que no existe en absoluto en la realidad física?... Es un poco esto, y un poco aquello… Debo andarme con cuidado con los sueños, lo mismo que con la realidad despierto… ¡Entonces, sí creo que en un nivel de la realidad la Humanidad se contrapone entre amos y esclavos!... ¡Sí creo que en un futuro no lejano habrá una encrucijada de la realidad planetaria en que la Humanidad se resolverá ante dos vías: ESCLAVOS O SEÑORES!... Y otros, como yo, seguramente pocos, que se disponen a VOLAR… Ha sido mi sueño, pues, el que ha resaltado esta línea de realidad, por ahora más subyacente que otros aspectos de la existencia, y me la ha puesto delante para señalarme un curso de realidad, un destino; también un presente, pero, ante todo, un destino… No como la ciencia podría especular con una hipótesis de futuro, sino como precisamente un SUEÑO es capaz de ANTICIPAR EL FUTURO…
¿Había, entonces, un mensaje, un contenido, un sentido incluso en cada detalle, en los pliegues inconsútiles, casi invisibles del sueño (y también de la realidad), que no debía dejar pasar, sino desentrañar con extraordinaria habilidad, como un acucioso investigador de un enigmático y poderoso jeroglífico?... Ildefonso recordó algo, se echó la mano al bolsillo interior de su chaqueta, sacó su pequeña libreta de notas y leyó uno de los pocos textos que había copiado del dossier de Ligetto, de entre aquellos que, a una primera lectura, más lo habían impresionado, tanto más cuanto se trataba de un fragmento escrito por John E. Mack, en relación con las abducciones extraterrestres:
Es como si el agente o la inteligencia en este trabajo aquí estuvieran parodiando, burlándose, estafando y engañando a los investigadores, proporcionando la evidencia física suficiente para ganarse a aquellos que están dispuestos a creer en el fenómeno, pero no la suficiente como para convencer al escéptico. En esta situación aparentemente frustrante, puede haber una verdad y una posibilidad más profundas. Es como si el fenómeno nos invitara a cambiar nuestros modos, a expandir nuestra conciencia y formas de aprender, a usar, además de nuestras formas convencionales de conocer y observar, metodologías más apropiadas para su compleja, sutil y quizás, en última instancia, propia naturaleza desconocida.”[1]
Cerró su cuadernillo y volvió a sentir, unificada con él mismo y con todo, esa insondable oceánica marejada de amor y plenitud que siempre había llamado DIOS… ¿Es necesario que llegue a desconfiar no sólo de la identidad de Dios, sino incluso de este sentimiento sublime?...


[1] Mack, John E., Passport to the Cosmos, White Crow Books, Edición de Kindle, p. 10. [Traducción nuestra] El subrayado es obra de Ildefonso Delenikas.

viernes, 9 de noviembre de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo XXII)




Después de 22 hrs. y 10 mins. de vuelo, el avión de Air India tocó suelo sin mayores contratiempos en el aeropuerto de Katmandú, Nepal. Cuando se está, por un día entero, arrebatado y suspendido a más de diez kilómetros de altura ocurren inevitablemente significativos procesos internos. Ildefonso realizó simultáneamente un alto, propio e inusual vuelo hacia su interior y realidad. Había perdido ya el recuerdo de cuánto tiempo había transcurrido desde que no disponía de un día completo, sin el menor sobresalto ni requerimiento, para detener el bullente flujo de su realidad y, zambulléndose, meditar muy muy dentro de él… Constató también cuánta necesidad y urgencia había experimentado (sin conciencia de ello) de detener el tiempo y la realidad para sincronizar en su conciencia y mente tantas vitales cosas que había ido dejando pasar, al dejarse meramente llevar por el flujo incandescente de la lava de su acelerada realidad. Paradójicamente, el primer acto de concienzuda autobservación no se inició en él mismo, sino en su relación con otros, y a partir del otro (a).
El día anterior, cuando, instalado ya en el Boeing 777-200LR, Ildefonso se sentó en su cómodo asiento de felpa carmín y, en tanto contemplaba con preocupación afuera los misteriosos giros de otras enormes aves de metal reluciente por la ventanilla que se abría a su mano izquierda, se encontró repentinamente adosado a dos señoras sexagenarias e inevitables, que se arrellanaron en los asientos próximos. Allí y entonces algo significativo le ocurrió. Se sumió de inmediato en recuerdos y urgencias. La noche anterior había vuelto a indagar y a escarbar en la carpeta del abad Ligetto. Apenas había dormido unas tres horas, sobresaltado. Se llevó la mano a su bolsillo izquierdo, extrajo una hoja amarillenta, la desdobló y leyó allí:
Tengo que hacer una breve declaración sobre Palestina. El jueves pasado, mi honorable amigo, el Secretario de Asuntos Exteriores dio a la Cámara un informe completo del asesinato de Lord Moyne. Este crimen vergonzoso ha conmocionado al mundo. No ha afectado a nadie con mayor fuerza que a aquellos --como yo-- que, en el pasado, han sido amigos consistentes de los judíos y arquitectos constantes de su futuro. Si nuestros sueños para el sionismo han de terminar en el humo de las pistolas de asesinos, y nuestras labores para su futuro habrán de producir solo un nuevo grupo de gánsteres dignos de la Alemania nazi, muchos como yo tendremos que reconsiderar la posición que hemos mantenido de manera tan consistente y por tanto tiempo en el pasado. Si hay alguna esperanza de un futuro pacífico y exitoso para el sionismo, estas actividades perversas deben cesar, y los responsables de ellas deben ser destruidos de raíz y de rama.[1]
Esta hoja le había provocado un eco sensible, de manera que la extrajo del legajo y se la echó a ese bolsillo, como también otras que repartió en uno y otro saquillo del pantalón, de la chaqueta, y por el revés de su ropa. Antes, sin embargo, había copiado varias veces y de diferentes modos todo el contenido de la carpeta; se había asegurado de repartirlo y dejarlo en custodia en varios lugares del mundo material y también virtual. Había en aquel dosier documentos que de hacerlos públicos –sospechaba Ildefonso-- podrían detonar, a lo menos, un caos político, moral y social en el mundo. Todo él era una especie de rompecabezas incompleto, que, no obstante, ostentaba trazas claras de un cierto entramado de información secreta (simbólica y cifrada) y altamente trastornadora del paradigma de Humanidad actual. A una primera mirada, el conjunto de documentos parecería a cualquiera un galimatías confuso y casual. El mismo texto de Chuchill que sostenía en su mano no parecía más que una anécdota personal e histórica, y sólo con una irrelevante resonancia actual. De pasada, en serie, se acordó del archivo del computador de Bendaian, de ciertos libros y textos leídos en diferentes momentos y circunstancias, de la visión de los Jueces del Mundo con Senghor, de las informaciones comprometedoras que indagaba Solón, de los extraños sucesos asociados a John E. Mack, del saber oculto de Samantha, de numerosos diálogos, testimonios y experiencias extraordinariamente significativos (pero ocasionales), y tantos otros retazos de evidencias que sin querer había dejado pasar (sólo a su conciencia despierta) por no poder aún enlazarlos por medio de un patrón único y común, como ahora presentía y ya veía delante que comenzaba a materializarse y emerger. Volvió a releer el texto que mantenía ante sus ojos… Descifró entre líneas una terrible amenaza, un plan secreto de alcance mundial asociado en primera instancia al sionismo, como cara visible. Era fácil constatar una zona geográfica amplia de conflicto en Medio Oriente; permanentemente en Palestina, en Siria, en el Líbano, y, como foco central, en Israel, zona que él conocía de cerca y bien. Sin embargo, intuyó que el sionismo israelita había llegado a ser una fuerza “internacional” que se adentraba profundamente, de variadas maneras, en distintos niveles de los Estados del mundo, y que, tras él, se ocultaba en realidad un Supra-gobierno, una Superorganización de poderes y dimensiones descomunales e insospechadas; una Voluntad de Poder –en términos nietzscheanos--, cuya Moral no guardaba relación alguna con ninguna ética ni moral conocidas históricamente por el ser humano. Aun así, ésta no era más que una pista, una muy incompleta y velada pista que tal vez le correspondería seguir… ¿Hasta dónde?... ¿Para qué?...
Cerró unos segundos sus ojos, luego echó la mano al bolsillo de su pantalón y sacó de allí otro pastiche arrugado: “Según William Cooper, la Tercera Guerra Mundial estaba prevista para mediados de 1996. Él obtuvo esta información de documentos secretos que fotocopió durante su servicio en la Naval Intelligence (Servicio Secreto de la Marina). Según estos documentos, estaba previsto aniquilar una de las mayores ciudades de Estados Unidos (Nueva York, San Francisco o Los Ángeles), lanzando sobre ella una bomba atómica.
Culparían de ello a los extremistas del Oriente Medio en crisis (¿Irak?)  para poder justificar el desencadenamiento de la tercera guerra mundial. ¿La bomba que estalló en el World Trade Center podría haber sido una prueba para tantear la reacción del público? Que el lector reflexione sobre eso.[2]… Se le vinieron a la memoria las voces que siempre había considerado fantasiosas y malintencionadas en relación con el supuesto autoatentado de los Estados Unidos contra las Torres Gemelas… “Que el lector reflexione sobre eso”… Ahora, uniendo esto y aquello, colgándose de la hebra profunda que guiaba su sensibilidad, ahora sí hacía sentido precisamente así, aunque con un trasfondo muchísimo más inquietante, todavía más amplio, más complejo y hasta aterrador… Estados Unidos era, sin duda, el otro eje geográfico de este Supra-gobierno… Lo había vivido ya desde hacía un tiempo; ahora lo vivía intensamente así, con una percepción, una comprensión y un sentido superiores. Con esas repentinas apercepciones que ya acostumbraba a experimentar, recordó y relacionó a Samantha Pickleford con la pista y la prolongación de este Supra-gobierno en USA… Ella seguramente le guardaba –esperándolo en una esquina adelante en el tiempo-- un saber concomitante con este mensaje críptico y parcial del papel. Es más, no le cabía duda de que el asesinato del presidente Kennedy contenía una relación profunda con el atentado de las Torres Gemelas y con este Poder Oscuro detrás del actual gobierno de los Estados Unidos… Avanzó aún más, recuperando de un tercer bolsillo una tercera nota, que presintió tan significativa y sincrónica con las dos anteriores, y con las demás restantes, las que habría de volver a leer en el instante preciso para que cobraran y provocaran el sentido apropiado, dependiente y asociado a la justa ocasión. Ya tenía en sus manos la tercera, desdoblada y superpuesta a las dos anteriores, cuando la señora que estaba a su lado se volvió hacia él y, con una rápida mirada sobre lo que Ildefonso hacía, le sonrió amistosamente y se presentó:
--¡Hola!... Me llamo Florencia… Y aquí a mi lado, mi amiga Lucy… Seremos los tres compañeros de viaje… ¡Qué emocionante!... ¿Usted también va a Katmandú?...
Ildefonso se descubrió en ese momento reaccionando de una manera impropia y desconocida para él.
--¡Hola!... –iba a agregar: “con mucho gusto”, pero se mordió los labios, asintió con la cabeza, enmudeciendo y volviendo su rostro hacia la ventanilla que tenía a su izquierda. Volteó los tres papeles por el revés y los apegó a su costado para alejarlos lo más posible de la mirada, que sentía indiscreta, de la mujer. Aguardó algunos minutos en esta postura, hasta que volvió a oír que las damas reanudaban su diálogo sin prestarle la menor atención. Se volteó un poco hacia la izquierda, dio vuelta de nuevo las hojas y leyó de reojo, lentamente:
[…]considerando que el Arquetipo creado es sólo una mera copia de la Forma Increada, sería posible orientarse nuevamente hacia el Origen si se comprendía al Arquetipo con el Símbolo del Origen presente en la Sangre Pura; y allí estaba la Sabiduría. […] La misión familiar no culminaba, pues, con la simple aprehensión trascendente del Arquetipo creado, sino que exigía su recreación espiritual. Partiendo de una cualidad existente en el mundo, se volvería sobre ella una y otra vez, incansablemente, durante eones, hasta penetrar en la íntima esencia y concretar su perfección arquetípica: se recrearía, entonces, a la cualidad en el Espíritu y se la comprendería con el Símbolo del Origen. Sólo así se daría la condición de la Existencia para el Espíritu, sólo así el Espíritu sería algo existente más allá de lo creado: no percibiendo la ilusión de lo creado sino recreando lo percibido en el Espíritu y comprendiéndolo con lo Increado. Al cumplir de ese modo con la misión familiar, la sangre astral, no la hemoglobina, sería purificada y haría posible una trasmutación que es propia de los Iniciados Hiperbóreos o Guerreros Sabios, la que transforma al hombre en un superhombre inmortal.[3]
Reflexionó sobre su propio y extraño comportamiento, al mismo tiempo que asimilaba los efectos de la lectura del texto. Entonces volvió a aparecer no precisamente en su mente --si bien para un observador externo aquello habría sido sólo una representación de su mente--, sino en SU REALIDAD aquella ENTIDAD que, paulatinamente, cobraba una forma y figura definidas, por ahora no más que como mero sinónimo de proximidad. Era ¡LA VOZ!… Ya no ambiguamente como advierten al comienzo los esquizofrénicos: Una voz, el Verbo, sino la presencia arrebatadora y totalizadora que, por ejemplo, todos los esquizofrénicos consumados de todos los tiempos y mundos han denominado DIOS MANIFESTADO, o DIOS GLORIFICADO… Sin embargo, –recordemos-- Ildefonso ya hacía un tiempo no LA identificaba con esa presencia esquizofrénica llamada por las historias humanas: DIOS. Quería descubrir ALGO MÁS ALLÁ, ALGO TODAVÍA INCREADO, ALGO QUE SE REVELASE ARRAZADORAMENTE POR SÍ MISMO, aunque con ello Ildefonso LO obligase a jugar su juego, en este espacio, tiempo y conciencia, como si Dios tuviese que oficiar del mono vestido con la ropa de Ildefonso, y él, humano, su Dios inalcanzable y terrible… A sabiendas de que, al fin de cuentas y en realidad, más allá de lo enteramente humano, era precisamente al revés, tan lejano como una estrella.
Esta tercera hoja lo conmovía de una manera particularmente singular e intensa. Cada palabra lo dejaba palpitando. Había en ella algo tan profundo, tan trascendente, tan misteriosamente denso y ambiguo, que apenas podía otorgarle una mínima definición mental. ¿Hasta qué punto la realidad cotidiana, hasta lo más trivial y ordinario no eran más que la prolongación de un infinito número de Universos y Realidades, pero que, además, eran necesariamente irreconocibles, ininteligibles, inalcanzables desde la experiencia de lo Natural y de lo Inmediato para el ser humano?... Entonces advenía LA VOZ, como un don, una gracia, un puente de luz y oscuridad que atravesaba esos INFINITOS ETERNOS hasta la cabeza del Hombre para expandir con terrible presión interna, aunque sólo fuese unos pocos milímetros, los huesos fosilizados del cráneo y los tejidos muertos del cerebro humano. Habló:
Soy dentro y fuera de ti, en todas partes. No soy la misma VOZ de todos, sino TU VOZ, para tu momento, para tu realidad, que es diferente de la de tu prójimo y de la de los demás. La Voz de ningún libro, por más santo que sea, ni de ningún sabio, ni Dios, o iluminado, ni de Verdad alguna es en sí misma TU VOZ, pues TU VOZ puede transformar TODO en cualquier COSA, en cualquier SENTIDO, hacia cualquier ACCESO. Tu VOZ siempre oculta por el reverso LA SOMBRA ILUSORIA DE TU VOZ. Nunca podrás saber del todo si es TU VOZ o LA SOMBRA ILUSORIA DE TU VOZ la que te habla…
Miró el anillo de oro vibrando en su dedo. Vio la paloma, el ave, y también el grifo. Resonó en él: “El Símbolo del Origen presente en la Sangre Pura”… Creyó comprender que el Símbolo del Origen era la Luz, y la Sangre Pura, la Oscuridad, en un solo Arquetipo… ¿Estaba preparada ya la Humanidad para experimentar en conciencia totalizadora que la Luz y la Oscuridad, el Bien y el Mal, Dios y Demonio eran una sola Presencia y una sola Esencia, o, si no… EXTINGUIRSE?... ¿Lo SABÍA realmente Ildefonso, cuando comenzaba a pensarlo?... Aunque también empezaba a sospechar que el SABER sólo se producía precisamente cuando SE DEJABA DE SABER, es decir, que SABER sólo podía significar COMENZAR A SABER… EL INICIO HACIA UNA VIRTUALIDAD EN EXPANSIÓN.
Le acontecía obvio que ir a Katmandú era un salto atrás, a través de la frontera, hacia la Forma Increada de TODO y de SÍ MISMO, así como la progresión del DESTINO del Universo hacia la SINGULARIDAD. Allí, y en ese instante minúsculo y trivial, comenzaba a saberlo. Sintió que una corriente eléctrica lo recorría de la coronilla a los pies. ¡Cómo he cambiado, Dios mío!... ¡Ya no me reconozco del que era!... Y aun así, soy más yo que antes… No sé cómo esto sea posible… ¿Qué me está pasando?...
Y al observarse a sí mismo experimentaba nostalgia, inquietud, extrañeza, pero, sobre todo, avidez y fervor por ir de frente, transformativamente, con todo su ser hacia sí mismo, como fuese posible.
El aparato volador comenzó a vibrar internamente, emitiendo un sonido sordo y potente. Algo así como un largo y muy agudo quejido, cada vez más intenso, acompañó el inicio del avance por la pista de asfalto del ingenio humano volador. Sin razón aparente se acordó de su prima, sor Vincenza… ¡Vincenza no está muerta!... ¡Vincenza no está muerta!...
A su lado una vocecita contenida de mujer susurró:
--¡En nombre sea de Dios!... ¡Protégenos Virgen Santísima!... ¡En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo!...
--¡Amén!... –escuchó la voz emocionada de la otra dama, en el asiento que daba al pasillo.









[1] Discurso de Winston Churchill, Epping (Essex), 12:00 a.m., Noviembre 17 de 1944.
[2] Jan van Helsig, Las Sociedades Secretas, p.176.
[3] Nimrod de Rosario, El misterio de Belicena Villca, p.39.

viernes, 26 de octubre de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo XXI)


Por un momento le pareció tan absurdo e irreal el hecho que ocurría ante él, que no pudo pensar ni sentir nada. Cuando las cosas no guardan relación alguna entre sí, la mente se inhabilita y deja de funcionar. Sin embargo, una señal clara y oportuna se había instalado en su cerebro como respuesta a estos eventos que se volvían más frecuentes en el cotidiano de Ildefonso: “¡SAL DE AHÍ!”… Y así lo hizo de inmediato.
Afuera la lluvia había amainado, pero un fuerte viento y las nubes casi negras hacían presagiar que la tormenta sólo se tomaba un descanso. Tuvo la extraña sensación de que los automóviles y autobuses que pasaban por la calle, ante él, eran veloces carros de tren que chirriaban amenazadoramente al avanzar. Una imagen macabra lo asaltó ante sus ojos: Adam Farandsky mutilado, desgajado a pedazos bajo las ruedas de acero… El sobre ocre aún permanecía en su mano crispada, como la mano de un náufrago se aferra al salvavidas que lo mantiene por poco tiempo sobre el agua. ¿Estaba loco?... ¿Ese hombre estaba loco?, se preguntaba una y otra vez. No cabía otra respuesta racional que la afirmación categórica de su locura. Ahora, le parecía aún más enigmática su sentencia: “No debes tratar de evitar volverte loco… Sólo procura elegir bien tu forma de locura”. Aun así, apurando el paso por momentos hasta alcanzar un trotecito corto, para luego casi detenerse y, en seguida, volver a trotar, no le parecía en absoluto un insensato, sino muy por el contrario, ¿Y si era un ángel de Dios?... ¿Un ángel que no podía morir?...
Puso atención en el sobre que llevaba en su mano precisamente cuando se acercaba a una pequeña iglesia, ya cerca de la 7th Avenue. Consideró que era justo el lugar que necesitaba. Al abrir el portón de acceso, escuchó que una música colosal hacía estremecer los vidrios de la iglesia. Reconoció la música del Tiento de primer tono, de Juan Cabanilles, que de inmediato le puso la piel de gallina. La música del órgano siempre le producía ese efecto cosmogónico. Ningún feligrés, sólo un solitario sacristán que ocasionalmente se escabullía tras el altar preparando algún oficio para más tarde. Ildefonso buscó el lugar más retraído, detrás de una columna de granito gris, junto a una hornacina de San Miguel arcángel. Se sentó en un banco recortado, de espaldas a la nave. Todavía resonaban en sus oídos las últimas palabras de Adam: “¡Debes lograrlo, Ildefonso, de lo contrario mi muerte habrá sido en vano!”... Inevitablemente su pulso se aceleró, mientras rasgaba cuidadosamente el sobre. Se detuvo antes de terminar su tarea. Un rayo de luz solar, aparecido de quién sabe dónde, cayó sobre sus nerviosas manos. Levantó la vista. Vio hacia el poniente que el sol, muy lejos, se asomaba un instante poderosamente en medio de la tormenta y encendía el vitral por donde había caído el rayo de luz. La música arrebatadora del órgano se unió de modo sublime con la imagen que cobraba vida y movimiento en el vitral resplandeciente.
La paloma resplandecía alba y pulsante sobre la cabeza de Jesús, y giraba hacia abajo y hacia arriba sobre su propio eje, formando una figura semejante a una estrella de seis puntas. En el fondo, las nubes (lenticulares) también brillaban de forma pulsante, como si fuesen seres vivientes que iban y venían. Duró sólo unos segundos. Fue todo tan reminiscente, tan emocionante e íntimo, tan potente, tan espiritualmente mágico, que Ildefonso se conmovió hasta las lágrimas, sabiéndose, sobre todo y ante todo, AMADO… Cesó la música sublime del órgano. Un silencio tan hondo como la música se dejó oír por toda la nave. Devolvió su vista al sobre, lo levantó verticalmente y dejó caer su contenido sobre su mano izquierda. Eran objetos diversos, por lo que debió contenerlos con ambas manos para evitar que algunos resbalasen. Dejó el sobre en el asiento y comenzó a indagar en ellos. Los identificó primero con una ojeada rápida: algo semejante a un boleto, una esquela plegada, una tarjeta comercial y un paquetito de papel de mantequilla con algo en su interior. Tal vez por su mayor tamaño, o por alguna razón inconciente, Ildefonso cogió la hoja oblonga, mientras depositaba los demás objetos encima del sobre arrugado que yacía en el asiento. Dirigió con algo de ansiedad su mirada al papel que cogió con sus dos manos, y leyó: Boarding pass; Nombre del pasajero: Ildefonso Delenikas Tatay; Desde: Nueva York; Hasta: Nepal; Fecha: 17 MAR 201_; Hora: 11:15… ¡¿Qué es esto?!... ¡¡NEPAL!!... ¡Mañana, 17 de marzo!... Iba a agregar: “No puede ser…no puedo”, pero se contuvo; en cambio, se abalanzó sobre la esquela, la desdobló, leyó y palideció. Levantó la mirada, con la boca entreabierta, y observó delante de él la estatua furibunda de San Gabriel blandiendo una gran espada sobre algo invisible, hacia un lado y debajo de él. En el papel estaba escrito: MIRA A SAN GABRIEL ARCÁNGEL.
Sin comprender nada, pero, siguiendo una hebra del pensamiento y de la intuición, cogió con premura el pequeño envoltorio de papel mantequilla, lo desgarró por una esquina, y, al percibir que había dentro un objeto sólido, lo dejó caer sobre la palma de su mano. Una nueva sorpresa: un anillo de oro de Ley, de una sola pieza, con un chatón en la parte superior, sobre el cual se encontraba grabada sobre relieve la efigie de una paloma, o un ser alado, de aspecto triangular. Se lo probó en el dedo anular de la mano izquierda; lo sintió como hecho a su medida. Ese anillo estaba tan cargado de tantas cosas inmensas que habrían de sucederle… Lo conservó allí. Experimentaba intensos insights que lo inquietaban y, al mismo tiempo, lo colmaban de una singular sensación de poder y bienestar. Extrañamente percibía la presencia de Adam Farandsky, como si estuviese en todo lugar, sonriéndole, actuando libremente entre la materia y el tiempo, sin necesidad ya de cuerpo, de materia, ni de tiempo. Miró el anillo y sintió que también ahí estaba Farandsky, ¿ahora el ángel?...
Escuchó que alguien tosía a su espalda. Giró y descubrió a unos pasos al sacristán que lo observaba con curiosidad.
--¡Perdón!... Debo cerrar la iglesia.
--¡Sí!... ¡No hay problema!...
Ildefonso cogió los objetos junto con el sobre y los guardó de prisa en el bolsillo interior de su abrigo. En ese momento se acordó de Darinka, de Samantha, de Senghor, de Solón, de Franz Bendaian, de John E. Mack y su sobrina, de la carpeta adherida a su espalda, ¡Quedará todo interrumpido!... ¡Darinka!... ¡Darinka!...
--¿Me dice la hora, por favor?...
--Las seis con siete minutos.
--¡Qué mal!... ¡Gracias!...
Ildefonso salió precipitadamente de la iglesia, mientras encendía su teléfono móvil. No tenía mensajes. Se detuvo en el atrio, al constatar que estaba nuevamente lloviendo. Envió un mensaje de whatsap: Hola, Darinka/ perdón, me retrasé/ estoy en cinco minutos más en café/ espérame.
Contra su deseo y costumbre, dejó encendido el celular. Mientras trotaba por la calle, con los zapatos llenos de agua y los pantalones mojados hasta más arriba de las rodillas, doblando por la 7th Avenue, se vio a sí mismo y pensó: ¿Qué estoy haciendo?... Debiera excusarme con Darinka, postergar esto… Acabo de presenciar la muerte de un hombre que se ha suicidado por mí… ¿Un loco?... Es posible… Aun así… ¡Uf, qué confusión!...
Un sentimiento intenso y especial lo mantuvo en carrera, desatendiendo a sus razones. Miró su aparato móvil mientras seguía trotando, pero no había visos de que hubiese siquiera leído su mensaje. Tan pronto pudo distinguir de lejos el café Couleur creyó divisar a Darinka que salía del mismo, bajo un paraguas blanco con lunares rojos, mientras un taxi amarillo se detenía delante de ella. Ahora Ildefonso corría. Comenzó a gritar su nombre antes de que pudiera oírlo. Darinka subió rápidamente al coche, pero su paraguas se trabó al intentar cerrarlo, de manera que se quedó luchando contra el paraguas con el brazo afuera, los cuales, paraguas y brazo, además, se enredaban torpemente con la puerta semiabierta.  Darinka decidió salir del taxi para resolver el entuerto. Ildefonso volvió a gritar su nombre. Darinka giró la cabeza y vio venir corriendo a Ildefonso. Se quedó con el paraguas abierto, indicó al chofer que no iba a ocuparlo, cerró la puerta del vehículo y esperó a Ildefonso con una sonrisa condescendiente, pues el aspecto del sacerdote empapado era lamentable. Ildefonso le pedía disculpas con la respiración entrecortada, salpicándola con el agua que caía hasta su boca mientras jadeaba y hablaba; al mismo tiempo ambos reían por la situación jocosa y dubitativa de protegerse o no bajo el mismo paraguas, pues Ildefonso ya no lo necesitaba.
Entraron al café y se arrimaron a una estufa de gas. Ildefonso observó a Darinka y le pareció muy hermosa, aunque nunca había puesto atención en ello. Darinka, por su parte, volvía a sentir ese atractivo intenso e inexplicable que sólo el sacerdote le producía. Pidieron café y medialunas. La conversación se centró prontamente en ellos. Primero, Darinka respondió a las preguntas de Ildefonso sobre sus estudios avanzados y su trabajo universitario. En seguida, Darinka replicó con una pregunta directa e incisiva:
--¿Has dejado el compromiso y el activismo sociales?... ¿No es un mandato crístico y sacerdotal evitar el sufrimiento humano, en todas sus formas?... Recuerdo haberte escuchado predicar y defender esto varias veces…
Ildefonso percibió un brillo especialmente intenso en sus ojos al dirigirle esta pregunta. Se tomó una pausa sin dejar de mirarla a sus ojos azules; bebió un sorbo de café.
--Probablemente deba decirte que sí… Aunque no sé bien por qué… Seguramente fui tomando decisiones que paulatinamente me fueron alejando de esas mismas acciones. No lo había pensado antes... Y no es que haya dejado de ser una obsesión para mí evitar el sufrimiento humano… Pero una corriente igualmente vital y espiritual me ha conducido hacia otras búsquedas que guardan relación con procesos evolutivos míos profundos y al parecer invisibles desde el plano natural. Aun así, es un conjunto de cosas… No me avergüenzo de esto; tal vez debiera… es egoísta, pero en el fondo no me avergüenzo…
Ildefonso hizo una pausa, bajó la mirada.
--Continúa, por favor, te escucho atentamente…--lo animó Darinka con voz aterciopelada. Hubiese querido además tomarle la mano, pero lo reconsideró.
--Afortunadamente hay bastante gente que está dispuesta a la acción, a ayudar, dedicándole una gran cantidad de tiempo y de entrega personal a los necesitados, a los que sufren, a los niños… --Se le llenaron los ojos de lágrimas; tragó café para relajar la garganta que se le había apretado—Tal vez haya tomado un camino equivocado… ¡Y la Iglesia, y Cristo!... ¡No sé!... No soy nadie para juzgar a mi Iglesia ni a mi Cristo… pero ya no veo relación entre el sufrimiento humano y la vocación mediadora y salvadora de la Iglesia. Ya no hay menos corrupción dentro de mi Religión que en otra institución humana cualquiera… ¿Dónde está Cristo?... Estoy comenzando a presentirlo en otra realidad muy diferente de la Historia… En un misterio nuevo, al menos para mí…
--¿Qué clase de misterio?...
--¡Uy, eso sí que nos tomaría demasiado tiempo!... ¡Todo un retiro espiritual!... –rio, recordando tiempos pasados con Darinka.
A ella pareció no hacerle gracia la chanza de Ildefonso y se quedó seria, esperando.
--Mira, querida…--Ildefonso también se puso serio—No es un tema del que pueda ni deba hablarte ahora, pero te prometo que lo haré cuando volvamos a encontrarnos… En todo caso, todo este proceso personal mío no se encamina hacia otro logro final que no sea servir por encima de todo al prójimo, e incluso, servir a la Humanidad toda, entera…
--No sé si te entienda cabalmente, pero, hasta donde sí alcanzo a comprenderte, sigues siendo igualmente partidario y colaborador con la misión salvadora y benefactora de Cristo.
--¡Sí, seguro y completamente!... No podría ser de otra manera.
--¿Entonces, apoyarías un proyecto de acción e intervención social, aunque sólo fuese indirectamente, sin comprometerte en lo personal?...
--¿Cómo así?...
--¿Recuerdas cuando me decías que el lograr cambios espirituales, significativos, sustanciales, definitivos en los seres humanos es más difícil que perdonar al enemigo, que devolverles la vista a los ciegos y que levantar a los muertos?... Entonces, ¿no existe ninguna posibilidad de oponerse eficazmente y modificar de raíz las prácticas invisibles, deshonestas, perversas, intransigentes, maquiavélicas, conspirativas e infernales?...
--¿De quiénes, precisamente?...
--¡Están en todas partes!... En las sombras, en el hombre de la calle, en los agentes políticos, económicos, sociales; en los medios de comunicación, en los organismos y fuerzas de seguridad, en los líderes religiosos, en los académicos e ideólogos, en los artistas populares, en las fuerzas armadas, en los cárteles de la droga, en los entretenedores de la gente, en los traficantes de armas, en los investigadores científicos; en los sistemas de educación, en los paradigmas médicos y de salud, en los sistemas de producción, en la Banca, en la inconciencia mundial
--¡Sí!... ¡Lo creo!... Cada vez lo veo y lo creo más…
--Yo no me he quedado tranquila con esto, al igual que tú… ¿Qué ha hecho la Iglesia Católica?... ¿Qué han hecho las religiones en el mundo?... ¡Y aun así, Dios está detrás y por encima de todo esto!... ¡Y aun así, hay un Cristo Hombre que sufre con nosotros, pero también y sobre todo Uno que LUCHA con nosotros para cambiar al Hombre y al Mundo!… ¡Hemos sido víctimas durante miles de años del engaño de los dueños de la religión!… De los que han escrito y regalado, a condición de regalarles tu conciencia y tu alma, una pseudo-verdad revelada por un tal Dios omnipotente, para someter a las naciones y el mundo… ¡Quieren modelar la conducta humana por medio de un Cristo, Humano y Dios, crucificado hasta morir sumisamente en la cruz!... ¡Qué burdo, qué probadamente ineficaz!... ¿Quién ha visto y reconoce en verdad al Cristo resucitado, reencarnado en Espíritu y Poder, El que está dispuesto a enfrentar al Mundo, hoy y siempre, de ser necesario con la espada, incluso con la Espada del Apocalipsis?...
Ildefonso se quedó reflexionando en las palabras de Darinka, que lo miraba echando llamaradas por los ojos, con las mejillas arreboladas de pasión. El presbítero dio un mordisco a su medialuna; bebió un sorbo de café.
--¡Arcángel Gabriel!...—murmuró para sí Ildefonso; acarició el anillo en su dedo anular, luego continuó en voz alta-- ¡Terrible!... ¡Terrible realidad que acabas de desnudar!... Desde hace años me vengo preguntando ante eso, ¿Qué hacer?... ¿Hasta dónde es lícito llegar?... ¿Es la violencia y el daño un recurso verdaderamente odioso y prohibido por Dios?... ¿Quién es verdaderamente Cristo?... ¿Quién es verdaderamente Dios?...
--Sin duda hay un Cristo amable y paciente que perdona setenta veces siete a su prójimo; un Cristo dispuesto a dejarse crucificar por amor… ¡Sí!... Pero también hay un Cristo, El que nos han ocultado los poderosos, que “ensucia” sus manos con la sangre de sus enemigos, ¡POR AMOR!…
--Mmmm… Me hace sentido… en parte… Aunque no me es nada transparente… Me incomoda mucho, me hiere, me hiere profundamente, como me ha venido ocurriendo desde hace ya tiempo, tal vez toda mi vida… Todavía soy un sacerdote, servidor y soldado jesuita de la Iglesia y de Cristo… ¡No sé qué más decirte!… Pero tengo la impresión de que tú no estás sola en esto…
--Es cierto; afortunadamente no estoy sola… Participo en un grupo post-cristiano, espiritualista de la acción…
--¿Cómo es eso?... Explícame, por favor…
Darinka se recostó sobre la mesa para hablarle más cerca a Ildefonso.
--Queremos invitarte a una reunión para compartir nuestros puntos de vista, sobre estos y otros temas trascendentales… Algo muy fuerte me dice que tú ya eres uno de los nuestros…
Ildefonso volvió a mirarla con detención. No la recordaba así. Su rostro ahora era extraordinariamente delicado, con líneas finas en todos sus rasgos; su piel inmaculada, casi radiante; su pelo rubio, que caía con cierto ingrávido desorden alrededor de su cara; su nariz, casi respingada, era el puente perfecto entre sus ojos grandes, expresivos, entre grises y azules, y su hermosa boca roja. Le resultaba, pues, masculinamente natural y propio… desear besarla... Instintivamente, Ildefonso dio un respingo hacia atrás. Una larga historia de concienzudo celibato se le hizo presente.
--¡Sí…sí!...—tartamudeó un poco—Seguro que quiero… ¡Gracias!... Me interesa mucho, demasiado, a decir verdad… Sin embargo, mañana, mañana mismo debo tomar un avión y partir a otros rumbos por tiempo indeterminado… ¡A mi regreso, a mi regreso aquí!… o donde sea que nos encontremos… ¡Ya ves, parece que Dios nos junta cuando quiere y donde quiere!…
Esta vez Darinka no se contuvo y cogió la mano derecha de Ildefonso dentro de sus dos manos. Si bien, otra vez, como antes, se contuvo, pero ahora de besarlo.


[1] Piero della Francesca, Bautismo de Cristo (c.1440-1460).