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viernes, 17 de marzo de 2017

AKARGHI (capítulo 112)





¿Se justifica el fanatismo?... ¿Pero hay algo siquiera, lo más horrible, aberrante y repulsivo que normalmente y por sentido común provoca esa percepción y valoración, que bajo alguna circunstancia y perspectiva no resulte bueno, necesario y hasta universal?...

Así pensaba Akarghi mientras observaba el comportamiento de miles y hasta millones de personas reunidas a los pies de un gurú, en las inmensas llanuras del Kumbhamela.

Ellos darían la vida por su gurú, o la quitarían a quien fuese, si el maestro así se lo exigiese…

Pero no eran fanatismo sólo aquellas conductas que tantas veces Akarghi había visto en esos mismos hombres que observados dentro de ciertas circunstancias se comportaban como frágiles y mansas palomas, pero en cualquier momento, y sólo con el cambio de algunas circunstancias internas o externas, se transformaban abruptamente en los mayores criminales y delincuentes, hasta movidos por las más nobles e ideales razones y virtudes. Precisamente eran las razones, las ideas, las doctrinas, los saberes, las creencias detentadas como absolutas, como perfectas, como intocables, como universales, las que volvían a los seres humanos en fanáticos y, al fin de cuentas, sicóticos, porque en el trasfondo respondían a, y generaban, un estado de mente clausurado y delirante. Akarghi había logrado observar y reconocer que todos los seres humanos, por cierto él mismo también ∞uno mismo es siempre el mayor desafío y problema, pues la autobservación se encuentra en un estado de mente que condiciona y relativiza más la autopercepción, que la observación del otro, se encuentran en un determinado estado de mente bastante clausurado y delirante. El camino de la Verdad, a los veintinueve años, se le había manifestado en una primera e inevitable etapa, como simplemente el reconocimiento y el descondicionamiento de un estado mental asociado a una estructura de mente con los cuales uno vive todo lo que vive ∞¡Cuán difícil es para la gente, para la gran mayoría de los seres humanos, identificar simplemente esta realidad interior!∞. Sin esta primera deconstrucción total de la mente, no se podía adquirir ni media verdad, como habían pretendido tantos sabios y maestros, que sólo producían efectos de su propia mente, tantas veces maravillosos, sabios, espirituales, revelados y hasta sobrenaturales, pero que al fin de cuentas no reflejaban más que un determinado y clausurado bendito estado de mente.

--Mi mente es una selva que flota sobre un océano invisible –le había dicho en una ocasión a Kynpham, mientras observaban los giros delicados e ingrávidos de Koi en la pileta—. Y simplemente es invisible el océano porque yo no puedo verlo, no porque realmente lo sea, como no puedo ver el agua dentro de la que flota Koi, aunque no flota. La mente lo interpreta todo de acuerdo a su estado de mente.

--¿Es posible salir de la selva de la mente, si uno mismo es la selva? –preguntó Kynpham, que tenía una gran admiración por el modo de saber de Akarghi.

--No hay que salir de la mente, porque eso para un humano es imposible, pero sí activar los poderes mágicos de la mente para transformar la selva en otra cosa…

--¿Qué cosa?

--¿Quién sabe?... ¡Eso es lo que yo quiero arriesgar!... ¡Abrir un nuevo sentido que nunca ha percibido, y encontrarme por primera vez con lo que nunca he percibido!... ¿Qué pueda ocurrir?... ¿Tú te atreverías?...

--Me gustaría, pero no creo que esté preparada mi mente como lo está la tuya…

Akarghi sonrió, bajó la vista y meneó negativamente la cabeza.

--¡No sé si estoy preparado, amigo mío, pero una convicción y fuerza profundas me animan a arriesgarlo todo!... Quizás, como tú dices, esa mera fuerza interior es mi preparación… o tal vez no.

Al recordarlo Akarghi volvía a preguntarse una vez más si él mismo no había sido, desde entonces y hasta ahora, otro fanático más. Le parecía que la mente por sí misma es una estructura, un fenómeno que por naturaleza genera un estado fanático a través de cada una de sus facultades, características y efectos… Y volvía a preguntarse, como lo hacía cada día, varias veces al día –y con su inconciente, siempre--, si era posible desprenderse por medio de algún procedimiento, un yoga por así decir, de aquellos condicionamientos esclavizantes, o de llegar siquiera por algún medio no conocido a eventualmente alcanzarlo y lograrlo, porque todos los medios hasta entonces --y ahora-- conocidos le parecían que acababan siempre en alguna forma y condición de esclavitud y de encierro final. ∞Ningún ideal o proyecto de perfección hasta ahora propuesto o imaginado por humano alguno le parecía realmente abierto al infinito, a la trascendencia como método y fin…∞ 

¡Éste concepto de infinito es lo único que nos fue dado como concepto y facultad para evitar caer una y otra vez, por donde fuese en un hoyo que –hasta el más luminoso y sublime, como por ejemplo Dios o espíritu—no acabase atrapándonos en un fondo bendito, estrecho y mortalmente asfixiante!... ¡Pero tampoco quiero transformarme en un fanático del infinito que libera de todo fanatismo!... ¡No tengo más que conciencia y mente, y mente para huir de la trampa de la conciencia y de la mente!...

Entonces, la verdad, creer, pensar, ser uno mismo, respirar, vivir incluso eran formas y grados importantes de fanatismo… El desafío, la prueba, pues, no era evitar a toda costa el fanatismo, sino avanzar hacia la trascendencia de todo fanatismo, a través del fanatismo mismo, como las aves que migran sin brújula de un extremo al otro del mundo. Casi nadie lograba no hundirse en el pantano de alguna manifestación de fanatismo, de dogmatismo y locura. Quizás la fórmula, el método, la religión de trascendencia consistía ante todo en oponer siempre y a cada momento negación, duda, nuevo descubrimiento, a cada afirmación, a cada principio, a cada verdad y forma con que se encontraba y producía nuestra mente.

Cuando todo un pueblo busca la Verdad, no hay nada más fácil para cualquier persona que buscar la verdad. Cuando todo un pueblo se duerme en la inconciencia, no hay nada más fácil que quedarse dormido∞ La primera y más básica forma de despertar era ofrecerse realmente otra opción frente a lo evidente; la primera y más simple forma de libertad era ofrecerse una alternativa real a lo evidente y necesario. La peor de todas las formas de aniquilar la libertad era concebir opciones que sólo esconden en su esencia lo mismo

Por eso Akarghi se estaba quedando solo, solo en el mundo; y ya no le importaba tanto, como en sus años de adolescencia, cuando la comunidad sostenía con su red de saberes y mentes colectivas la realidad, su mente y el alma. Aunque la mente humana estaba diseñada para fortalecerse y desarrollarse en una red, en una telaraña de otras mentes, Akarghi había avanzado en su autoliberación, y gradualmente iba traspasando los límites, la frontera del condicionamiento natural y mental que se impone al sí mismo, para alimentarse y vincularse con otras fuentes de saber universal, más sutiles, más poderosas y más libres. La primera mutación humana de verdadera trascendencia, la más difícil, pero no más que la primera y más diminuta trascendencia.

viernes, 10 de marzo de 2017

AKARGHI (capítulo 111)


   


¿Cuándo empieza una historia de vida?... Si ya es difícil entender a una persona, un uno mismo, como un proceso de vida, un algo continuo y consistente… Lo hemos dicho antes: hasta donde alcance la memoria, sea cual sea el registro del pasado al que llamamos memoria del pasado. Algunos dirán que al momento de nacer, otros a la hora de ser concebido, otros en la historia de los padres, de los antepasados, y así, podrán decirse cosas también como en el momento que la persona experimenta hechos que son decisivos, o en las vidas pasadas, o en el plan de Dios o del destino, y mucho más… ¿Por qué negar cualquiera de ellas, y no abrirse a todas, e innumerables más? Al sumergirse en la profundidad del sí mismo, mucho más allá de donde han alcanzado con sus teorías los sicólogos y los sabios, mucho más allá de donde han concebido las experiencias religiosas, espirituales y místicas, Akarghi avanzaba y se sumergía abriendo espacios, tiempos y dimensiones, lentamente, vastamente, produciendo un cataclismo tras otro en su ser interno y en la marea arrasadora que desbordaba hacia el mundo exterior en unificación.

¿Podía olvidar tan fácil a la mujer amada, la mujer que desde una loca aventura erótica y pasional, se fue encendiendo como luz de un amor creciente, más interno y más vasto, como la experiencia misma de la Verdad? Porque toda experiencia significativa e intensa se clava como un puñal, como un eje, un centro de gravedad alrededor del cual se vive como un perro amarrado y herido. ¿Era posible liberarse, como lo hacen los brahmanes a los cincuenta o sesenta años abandonando a su mujer, a sus hijos, a su vida entera, y dedicarse a una vida nueva de aislamiento y trascendencia? Akarghi hasta ahora sólo había reconocido a hombres extraordinarios, de gran valor y convicción, que se habían sumergido en el sueño profundo de la espiritualidad, y en un pequeño y maravilloso rincón de la mente, en un asilo pacificador donde se trataba con espiritualidad la enfermedad de vivir, con meditación y anulación del flujo de la mente; para medicar así el sufrimiento de dejarlo todo porque no se está satisfecho consigo mismo ni con la vida. Akarghi, en cambio, sabía que no debía escapar del dolor, del abandono, de su confusión, y si quería avanzar en su historia de vida, en su necesidad de trascendencia, de evolución –o lo que fuese aquello--, debía hacerlo como el carnero que enfrenta sólo con sus cuernos y la dureza de su cráneo, directamente y por el centro, todo lo que se le opone y lo daña. Pero no se crea que debía golpear sólo en el centro, directa y brutalmente su sí mismo, ni su realidad, pues después o junto con cada golpe consigo mismo, debía acompañarlo su movimiento yin, su pasivo circular concéntrica, paciente y envolventemente alrededor de lo mismo, de lo golpeado, también como si jamás hubiese sido golpeado.

Y puesto que la existencia humana se construye siempre por movimientos de oposición o diferencia, ahí estaba el camino hacia arriba y hacia abajo; en oposición al dolor insuperable y radical de la pérdida de Latniavira y de Prâsad, se les enfrentaba Kautsa y los demás sanyasines. Para Akarghi no debían existir separadamente; aunque la existencia les había creado circunstancias y momentos diferentes, sin que se conociesen entre sí, sin que hubiese ni la menor relación en el plano natural y físico, existían en la simultaneidad y en el sentido unificado y continuo, sin la menor ruptura ni accidente en su ser-para-Akarghi como un solo ser vital ∞como en una dimensión de realidad paralela y simultánea. Y esto había de ser así, fuese Akarghi conciente o no de ello. Pero si Akarghi se hacía conciente, como lo estaba siendo, entonces el proceso vital se hacía consecuentemente más poderoso, más personal, más misteriosamente nuevo e increado… Seguía amando a Latniavira, escuchaba con su alma a Kautsa, pero ni uno ni otro por separado ni juntos desorientaban el rumbo que, gracias y a pesar de ellos, Akarghi iba sosteniendo y tomando.

Esos puntos neurálgicos en las historias de vida, que también hemos llamado centros de gravedad, en la existencia de Akarghi ninguno había sido tan extraordinario, terrible y decisivo, como el amor de la mujer única y sobrecogedora que ya había perdido; aunque misteriosa e inexplicablemente cuando se ha amado tanto, tan inmensamente tanto, una maravillosa presencia viva de ese ser amado continúa siempre actuando, real e inmortal. Quizás por eso Kynpham venía a Akarghi, y Latniavira comenzaba a tomar una forma y un cuerpo nuevos, como si la muerte fuese también pura presencia inmortal. Porque si bien Akarghi no había recibido confirmación alguna de la muerte física de Latniavira, esta nueva Latniavira se le enseñaba con un cuerpo superior, todavía más deseable y perfecto –si pudiera decirse así—que su bellísimo cuerpo mortal, dulcemente transfigurado en este otro vehículo superior. Pero no se engañe nadie con la idealización del amor, como si el amor espiritual, metafísico, del alma fuese todo el amor cuando se vive intensamente como tal, pues el cuerpo de carne, de fluidos, sensaciones y tacto, de sexo, ama por sí mismo, absoluto, intransable por nada superior, insobornable por sublimación alguna, tan seguro de ser único y poderoso en sí mismo, que exige, como exige todo lo vivo, ser valorado y asumido. Y Akarghi necesitaba sexo y amor de besos y caricias como cualquier otro humano en un cuerpo vivo. Un cuerpo que ha amado como cuerpo ya nunca más lo olvida, ya nunca más se resigna a no volver a gozar de su extraordinaria cualidad. Es muchísimo más fácil mantenerse célibe virgen, que mantenerse asceta después de haber conocido la delicias del erotismo y del sexo. Es muchísimo más fácil mantenerse célibe y virgen sin haberse nunca masturbado, que sostenerse sin erotismo y sexo, una vez que se ha conocido incluso sólo masturbándose la gracia, la beatitud del orgasmo. Akarghi sólo le ofrecía ya a su cuerpo masturbarse, cuando su cuerpo lo exigía, y no dañaba ni un ápice su espiritualidad, ni su meditación, ni su lucidez de conciencia y de alma –carecía de resistencia, de pecado y de culpa--, tanto más cuanto al hacerlo recuperaba los recuerdos del cuerpo voluptuoso de Latniavira, y la presencia de los soberbios actos de sexo y de amor vividos con su mujer amada. No lograba comprender la prohibición de tener sexo en la vida espiritual y ascética, como si la energía sexual o su efecto mental enturbiase o disminuyese algo vital y personal, o al espíritu mismo en algún sentido, ¡Si es pura energía revitalizadora y autogenerativa, inagotable!... salvo –pensaba él—cuando se es incapaz de integrarlo armónicamente a la energía vital, espiritual y universal del todo, como bien lo entendía y experimentaba el tantra.

Por otra parte, ¿hasta cuándo hubiese continuado amarrado al cuerpo y al amor de Latniavaira, si los eventos no se hubiesen precipitado así como ocurrió? ∞Así… con ese factor casi siempre incomprendido que identificamos como accidente o simple suceso. Porque el amor y el cuerpo, como incluso la adoración a Dios o la espiritualidad,  también pueden acabar deviniendo un palacio de cárcel, un exquisito fumadero de opio, una adicción que sostiene toda la existencia y la realidad misma, y que además exige eternidad…

viernes, 3 de marzo de 2017

AKARGHI (capítulo 110)




Me sé un aristócrata, un ser superior del espíritu, de la conciencia, de la mente, de la sensibilidad y de la inteligencia, no para establecer distancias, diferencias y categorías respecto de los que no lo son, sino porque definirme así ME OBLIGA a ayudar a  alcanzar mi condición a todos los que no lo son… Si no lo logro… ¡seré el peor incluso de todos los miserables, inconcientes, inútiles, innecesarios y vulgares!... ¡El más miserable ante todos ustedes, que me consideran un inalcanzable maestro, y, sobre todo, seré lo peor de mí mismo!... ¡Todos ustedes sí serán entonces mi dios inalcanzable, y yo mismo, mi demonio!… ¡Ése es mi don y mi condena!...

Akarghi despertó sobresaltado. Se había quedado dormido, mientras meditaba bajo una higuera antes del amanecer. Se había visto en un sueño, de pie ante una multitud de miles de personas, parado sobre una roca, anunciándoles su enseñanza, que se reproducía como en eco profundo a través de las montañas. Los cinco acaryas se encontraban junto a él, sentados en la posición de loto, escuchándolo con los ojos cerrados.  Recordaba sus últimas palabras con total fidelidad y con dolorosa preocupación. ¿Qué es esto?... ¿Cuánta vanidad, cuánta soberbia y egolatría hay en mí?... ¿No debería arrancarme la cabeza y arrojarla desde lo alto de un barranco, para borrar esta locura de grandeza que me mueve?... ¿No ha sido toda mi vida hasta hoy una mera autoexaltación encubierta por una espiritualidad, una obediencia, una pobreza y humildad fingidas?... ¿Y mi aislamiento, mi soledad, no esconden sino un violento sentido de superioridad y de desprecio por los demás?... ¿Qué es eso de buscar la Verdad, de buscarme a mí mismo, de unificarme con todas las cosas en un amor infinito?...

Akarghi interrumpió sus pensamientos al ver salir a Kautsa de su choza y encaminarse hacia el río para realizar sus abluciones matutinas. Dio un salto y comenzó a correr hacia el asceta. Al llegar ante él, se echó al suelo y aferrándose a sus pies comenzó a llorar. Kautsa lo miró con compasión y tocó con suavidad la cabeza de Akarghi.

--¡Venerable, yo no soy quien tú crees!—gimió.

--¡Lo sé!... ¿Quién no posee una sombra de sí mismo?...

--¡Todo lo que soy y hago no es más un intento de engrandecerme a mí mismo!

--¡Estás siendo demasiado drástico contigo mismo, Akarghi!... ¡Mira la humildad de los árboles que no dañan a nadie y sólo están al servicio de la vida y del entorno, pero cuánta autoexaltación, cuánto para sí hay en su voluntad y necesidad de crecer y crecer, de sostenerse todo el tiempo solos y magníficos ante el mundo!... ¡Ésa precisamente es tu mayor virtud, Akarghi, te pareces tanto a un árbol!...

--Pero nuestros maestros nos han enseñado la negación del yo, la postergación de uno mismo, la anulación en lo Absoluto Todo, la ilusión de lo inmediato… Y aún más, ¿han defendido alguna vez la constitución  de la realidad y la evolución del espíritu desde algún engrandecimiento fundacional del yo?

--¿Crees tú, realmente, en la contradicción, en la incompatibilidad de avanzar infinitamente en la Verdad y hacia la Verdad desde el engrandecimiento del yo?...

Akarghi se quedó un momento en silencio, mientras Kautsa lo cogía de un brazo y le ayudaba a levantarse. Comenzaron a caminar juntos por el sendero que conducía al río. Akarghi se estremeció de frío y también a causa del intenso y húmedo olor de las flores tropicales que colgaban entre los árboles, todavía invisibles en la borrosa oscuridad de la madrugada. Escuchó el trinar dichoso y oculto de los pájaros que esperaban el nacimiento de la luz. Escuchó voces en todos ellos. Sintió la fuerza diferenciada en cada cosa, incluso al levantar sus ojos hacia el cielo desbordante de estrellas, experimentó la misma esencia multiplicada hasta el infinito, y la paz, su paz, como única respuesta posible, como máxima respuesta posible, ante ese misterio de lo infinitamente diferenciado y de lo infinitamente mismo. Yo, tú, él, eso, todo infinitamente unido y diferenciado al mismo tiempo. Kautsa lo acompañaba a su lado en silencio, unido a su pensamiento, a su alma, como un otro y un mismo. La pregunta rebotaba, reverberaba hacia uno y otro punto cardinal del Universo… ¿Era posible entronizar su yo, su alma, su mente, lo que fuese que le diese a él identidad, como un eje, una palanca evolutiva, un dios, un principio para toda esa sobrecogedora realidad que lo devolvía justa y necesariamente a su natural miseria y humildad negadora de sí misma?

Entonces constató que su mente, su conciencia, eso que llamamos yo era donde se encontraba lo más propio, si se entiende simplemente como propio aquello que parece depender de uno, y uno de ello, como nada más existe así de propio. No podía renunciar a esta verdad, a esta condición, a este estado de realidad, al menos dentro de su cuerpo vivo. Una vez más concluía que no era posible saltarse esta interfaz, esta sustancia o materia personal y síquica para alcanzar el Universo y la realidad que fuese. Negarlo, eso sí era una ilusión. Negarlo, y alcanzar la anulación del yo, era lo mismo que caer en un sueño profundo negador de la conciencia que sueña.

Akarghi miró a los ojos a Kautsa y percibió en ellos una sonrisa quizás, tal vez condescendencia, pero sobre todo tuvo la más inmediata sensación de que el ermitaño leía su pensamiento y asentía. Volvió a mirar hacia adelante, mientras bajaban hacia las márgenes del río. Todo estaba ahí, diferenciado y Uno, lo sentía, lo vivía con cada una de sus facultades, entero, desbordante y absolutamente lleno. ¡Era maravilloso!... Quería seguir ahí, así, extático, para siempre… Pero, ¿eso era todo?... ¿Era ya Uno con la Realidad?... ¿No había nada más allá?... ¿Nada más en sí mismo y nada más en lo Otro?

--El camino hacia arriba y hacia abajo es uno y el mismo – casi murmuró Rautsa, mientras entraba a las aguas del río y comenzaba a rociarse.

Akarghi se detuvo perplejo y posó su mirada en el sabio que se hundía bajo las aguas para luego volver a aparecer. El camino hacia arriba y hacia abajo, hacia adentro y hacia afuera… ¡Eso es lo mismo!... ¡Debo caminar hacia arriba y hacia abajo, hacia adentro y hacia afuera AL MISMO TIEMPO! Pero mi mente, mi conciencia, mi yo no están facultados, no están adecuados, no poseen la capacidad natural de hacerlo AL MISMO TIEMPO… ¿Será posible?...

Akarghi se hundió en las aguas, de la misma manera que Kautsa. El agua estaba helada, cerró los ojos, y experimentó el vacío. Se quedó ahí, bajo el agua tanto tiempo como una eternidad. Volvió a emerger fuera del agua. El acarya se acercó a él, lo tomó de ambos brazos y, atrayéndolo hacia sí, lo besó en los labios. Luego se dio media vuelta y se fue caminando de regreso.