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viernes, 21 de abril de 2017

AKARGHI (capítulo 117)


   
Poco importa si era un sueño o estaba despierto: era real… Faluyya le tomó la mano y lo tiró con fuerza hacia fuera de su lecho. ∞Faluyya, la anciana mujer que servía en su hogar a los siete años; pero ahora Akarghi tendría veinticinco, ¿o doscientos cincuentaitrés?...∞ Luego comenzó a caminar delante de él, diez pasos adelante, liviana como una sombra, con su sari negro y con el velo impenetrable cubriendo su cabeza de pelo blanco y escaso. 

--Latniavira te espera-- le había susurrado al oído para despertarlo.

Al tomar conciencia de sí mismo reconoció que su pene estaba lleno de sangre caliente y excitado. ¿Cuántos años hacía ya que no poseía el cuerpo de su amada mujer?... Había perdido la cuenta, pero su sexo no la olvidaba ningún instante, ningún día, ningún despertar. Quizás no fuese más que otro sueño intenso, erótico, orgásmico, seminal, como le acontecía cada cierto tiempo. Pero fuese lo que fuese, real o irreal, iría tras ella, tras ese deseo más profundo que toda evidencia. Ella lo llamaba, donde sea que estuviese, ardiendo con su propio deseo animal, inmediato y trascendental, eternamente femenino. Al abrir la puerta se encontró con una noche azul, un océano de estrellas mareadas con el perfume blanquecino del jazmín que caía desde los zarcillos trepadores y colgantes de los pórticos, o tal vez del cielo mismo. Así también olían los besos que resbalando por sus muslos temblorosos se encontraban repentinamente con la fontana perfumada de su vulva.

A los pocos pasos se encontró dentro de la penumbra de un bosque de palmeras, tecas, sisus y dátiles, y aunque ya no distinguía delante a Faluyya, vislumbraba invariablemente su figura entre la vegetación, esperándolo y acompañándolo. Creyó ver correr a Latniavira hacia lo más profundo del bosque; entonces también él se lanzó a la carrera tras ella. Ya no seguía a Faluyya, sino a Latniavira. De pronto comenzó a ensancharse una suerte de corredor entre la penumbra de los árboles, ante él se hizo un camino como de polvo de diamantes, y al fondo, resplandeciente bajo la luz de la luna llena, se irguió maravilloso, plateado, el inmenso templo piramidal de Khajurajo. Podía ver los frisos, las figuras procaces, carnales y lúbricas como agitadas por su convulsión libidinal, moviéndose en piedra viva con el deseo frenético del ansia sexual, y a la entrada del templo, recostada sobre un lecho de losa el cuerpo desnudo de Latniavira, ardiendo de deseo y palpitante para él. Su torso semierguido, apoyado con sus antebrazos sobre la piedra brillante, y la cabeza arrojada hacia atrás, con los párpados entornados, y la luz de la luna deshecha a pedazos sobre su piel de miel.

Alcanzó a dar tres pasos, mientras se desanudaba el dhoti para ir a amar a Latniavira, pero una mano lo cogió del tobillo y lo retuvo con fuerza. Volvió la vista y se encontró con un sanyasin ciego, sentado a la orilla del camino, cuyo tripundra de ceniza blanca resplandecía al centro, profundamente en al ajna-chakra

--¡Detente, insensato!—exclamó el santo con voz ronca.

--¿Quién eres?—preguntó Akarghi sorprendido.

--¿Eres tú, Akarghi, el joven sanyasin que lo dejó todo por seguir el camino de la Verdad?

--¡Sí, yo soy, pero ahora voy a amar a mi mujer!...

--¿Amar?... ¡Tú, que has conocido el poder de la abstinencia en la búsqueda de la Verdad!... ¡Avergüenzas a millares de maestros e iluminados que, guardando la enseñanza de los dioses, dieron su vida en el ascetismo, al señalar la ilusión del placer de los sentidos, del placer del cuerpo y de la mente!... ¿Por qué vas gustoso tras tu propia perdición, si sabes cuál es el camino de la Verdad?

--Es verdad, mis maestros me enseñaron con su ejemplo y con la sabiduría de los divinos antepasados que debo huir del placer y del apego a toda forma, a todo encantamiento de la mente… Pero tú mismo, venerable maestro, sabes que allí delante, en el divino Khajurajo, en la adoración al poder trascendental del erotismo y la sexualidad, también se nos enseña que hay un camino hacia la Verdad tras el fondo de toda ilusión, en el fondo mismo de toda realización de las gunas, como la puerta doble que es necesario saber cruzar intrépida y lúcidamente para no caer en el lado oscuro de su elección y camino.

--¿Eres tú quien franqueará gustoso esa puerta sin caer en tu propia trampa, en tu propia complacencia y engaño, mentiroso y débil?

Akarghi volvió su vista hacia el lugar donde se encontraba Latniavira, pero no la vio allí, ni en ningún otro lugar. A cambio, divisó a la entrada del pórtico principal la figura del abad Farra-aj, vestido con un extraño atuendo negro pegado a su cuerpo, y a su lado a Chien-Tzu, quienes se dieron media vuelta para contemplarlo con una singular sonrisa, casi desafiante. En seguida se dirigieron hacia el interior del templo y ya no los vio más.

--¿Esto es un sueño?—le preguntó al anacoreta.

El sanyasin levantó su rostro hacia Akarghi, como si pudiese verlo, y esbozó la misma misteriosa sonrisa que había atisbado en los rostros de sus maestros de Lamayuru.

--¿Tuyo o mío?—preguntó de vuelta el sanyasin.

Akarghi se quedó pensativo, luego se sentó en padmasana delante del rishi y cerró por un momento sus ojos.

--Infinitos son los caminos de la Verdad –dijo Akarghi aún con los párpados entornados--. Los Agentes del Sueño vigilan todas las vías por las que puede transitar un ser humano, en su inagotable multiplicidad. Nadie puede denunciar mayor o menor justicia en cualquiera de esos caminos, pues el brahmán, lo mismo que el torturado, o la mujer violada, o el niño descuartizado vivo, o el rico de principio a fin, o el poblador sin fortuna, lo mismo que el campesino esclavizado, o el humano invisible que vive sin mérito especial, o también el drogadicto, el amante impenitente y lujurioso, o el asesino, adelantan, por su propia manera de vivir, en el Camino de la Verdad, que se despliega ante cada humano en infinitos caminos.

--¡Sabes que eso es blasfemia!... El camino humano de la Verdad no puede avanzar sino a través del centro y orificio de la virtud. Si no realizas el espíritu en ti mismo, no hay progreso ni trascendencia.

--¡Es cierto, venerable, pero también hay progreso y trascendencia en la perdición, en la maldad, en la inmoralidad, en la ilusión, en el placer de los sentidos y en el sexo, pero otra dimensión y naturaleza del progreso, y otra de la trascendencia, que las de la espiritualidad y de la virtud!...

--¡Yo no las conozco, Akarghi!... ¿Podrás demostrártelo a ti mismo sin engaño –ese mismo engaño que has denunciado y develado en tantos bodhisattvas, tantos santos y maestros, pero que a ti puede estar amarrándote sólo con otro nudo diferente--, y luego mostrarlo sabiamente a los demás buscadores de Verdad?

--¡Quiero hallarlo!... No tendré paz ninguna si no alcanzo la realización.

--¡Ve, entonces, Akarghi, tras la mujer que tú amas!

Akarghi se inclinó hasta tocar con su frente el manto del anacoreta, saludó devotamente con sus manos unidas ante su corazón, y continuó con paso decidido hacia el templo Khajurajo.


viernes, 14 de abril de 2017

AKARGHI (capítulo 116)




En menos de una hora la benevolencia del tiempo cambió terriblemente. Los contrastes de luces y sombras de una montaña sobre otra se opacaron hasta fruncir el ceño recargado por más altas montañas y montañas de nubes grises arremolinadas en torbellinos de vapor. El zumbido de los vientos en los altos acantilados se abalanzó por las pendientes lanzando desgarradores aullidos. Akarghi se maravilló ante la belleza y la fuerza de los demonios del mundo superior que advenían en tropel infernal a cumplir su obra destructiva y oscura sobre la tierra. No lo buscaban a él, y no sentía miedo. Aun así debía encontrar un asilo, un refugio protector de tamaña violencia y frío. El sol a veces lograba atravesar en largos y temblorosos fascículos de luz la cacería desenfrenada de nubes, pero era rápidamente estrangulado por oleadas de nubes todavía más veloces, más ingentes y tonantes. Levantó la vista buscando lo que sabía que debía estar por ahí… A unos cincuenta metros en diagonal ascendente lo esperaba una gruta excavada por algún témpano milenario. Hacia allá dirigió el esfuerzo y la pericia de sus pasos caprinos.

Al detenerse en la entrada de la caverna observó hacia el interior. Se abría una especie de cámara de piedra de algunos metros de circunferencia, y luego iba adelgazándose hacia el interior, donde ya no se divisaba nada debido a la oscuridad. Tuvo la singular sensación de que adentro había alguien, o algo inusual. Se acordó de Farra-aj, vio su dedo huesudo extendido y tembloroso en el aire, indicando con furor en dirección al Camino de la Verdad donde debería padecer la tortura de Sirshasana (cabeza abajo), mientras escribía en un papel apergaminado: “A 23 de Mayo del año 2057, Akarghi, 6 horas por el Camino de la Verdad…” ¿Qué año era éste… y ése? Nunca había dejado de inquietarlo esa experiencia. Carecía de explicación y lógica, pero presentía que había algo de Farra-aj allá en el fondo de esa caverna, de la misma manera que siempre hubo algo inquietante de Farra-aj en el fondo de Lamayuru. Akarghi recordó entonces aquella ocasión en que, sentados en el alféizar del campanario, después que Kynpham había estado a punto de saltar al vacío, trataba de explicarle a su amigo la extraña sensación que se le hacía cada vez más evidente, pero también cada vez más inasible:

--Me siento en medio de un juego, la vida, y todo a mi alrededor se encuentra en tinieblas porque alguien me ha vendado los ojos. Estiro mis brazos y mis manos en el aire para tratar de coger algo, pero no consigo coger a nadie ni nada; sólo escucho ocasionales susurros que me llaman por mi nombre, y tratan de ayudarme a orientarme hacia donde debo buscar, pero avanzo a tientas, inseguro, ansioso, esperanzado, en riesgo de accidentarme, e igualmente no encuentro nada ni a nadie, sólo unas voces que a cierta distancia vuelven a repetir mi nombre… ¿Me guían hacia alguna parte? ¿Qué quieren de mí y para mí?

Se dio media vuelta y vio afuera el mundo de ensueños que instala la nieve en el mundo cuando cae como un lento y pacífico barrido de ensoñación, sin límites, sin horizonte, sin tiempo. Volvió a apretar el morral en su costado, sopló aire caliente dentro de sus manos y se dirigió hacia el interior de la cueva. Buscó un rincón bien protegido, escarbó la tierra con una rama seca que hasta ahí le había servido de bastón y se formó una especie de nido para recostarse adentro hecho un ovillo. Su mente se adelantaba una y otra vez a las demandas de lo inmediato, o se quedaba atrás, o simplemente se iba de la realidad que se impone naturalmente y por sí. El estar solo, el vivir solo los últimos meses y años le habían facilitado romper la inmediatez, porque los seres humanos se asocian precisamente para amurallar la realidad en un espacio evidente y próximo, donde puedan descansar, aunque no tenga más consistencia que un sueño breve y reparador.

Akarghi comenzó a sentir que el frío disminuía gracias a la posición y al lugar protegido donde se encontraba. En ese momento le pareció distinguir un leve resplandor hacia el fondo de la caverna, que iba en descenso. Su inquietud aumentó. Se quedó inmóvil, con los ojos fijos en la oscuridad. Afuera el viento había amainado, pero un susurro extraño soplaba dentro de la gruta. El resplandor despareció. Un minuto después vio cerca de él, con total certidumbre, que se iban encendiendo diminutas luminarias, una tras otra, en pares de lucecillas verdosas y profundas, como adheridas a los muros de roca. Un fuerte soplo de viento helado, extraño, lo entumeció. Su cerebro reptiliano reaccionó de inmediato a la defensiva ante el evento amenazante; dio un salto para salir de su escondrijo, pero no se movió. Trató de mover su cabeza, su cuello, sus manos, pero nada… ¡no podía moverse! Las lucecillas verdosas comenzaron a acercarse, y cuando se encontraban a sólo unos pasos de distancia pudo recién vislumbrar que se trataba de unas criaturas horribles y oscuras, cubiertas de pelo hirsuto, de menos de un metro de estatura que lo observaban con miradas malévolas y sarcásticas. Cinco de ellas se le acercaron con movimientos bamboleantes y comenzaron a danzar a su alrededor --o al menos a Akarghi se lo pareció--, lanzando gruñidos hostiles y graves.

Repentinamente un inmenso resplandor estalló a su alrededor, cegándolo tan poderosamente que cerró instintivamente los párpados. Duró tan sólo un segundo. Volvió a abrir sus ojos, pero se encontró con la más completa tiniebla. ¿Estoy ciego? ¿No puedo ver o realmente todo está en oscuridad?... Tampoco había señas de las horribles criaturas, ni había ya en el aire ningún hedor ni magnetismo extraño. Se agitó dentro de su vaina de tierra y notó que tenía movilidad. Por su sentido de deber volvió a llevar su mano derecha hacia el pecho, donde sostenía el morral, y se encontró con una evidencia que lo hizo empalidecer. Estaba rasgado por la mitad. Su mano se encontró con el legajo de sobres colgando del borde abierto como una herida sangrante. Se incorporó, se sentó en asana, desplegó los sobres entre sus manos y contó: Uno, dos tres, cuatro… ¡Sólo cuatro!... ¿Y el quinto?...

--¡El quinto!—gritó como no lo hacía muchísimo tiempo.

Como no podía ver ni la punta de su nariz, comenzó a tantear sobre el suelo, alrededor, de rodillas, gateando, suspirando y agitado. No lo podía creer, aunque algo le decía que aquellos seres infernales tenían que ver con su desaparición. Se detuvo en su búsqueda y dejando caer su frente hasta el polvo, suplicó a viva voz:

--¡Señor, Señor, Maestro mío, no me abandones en esta hora aciaga!... ¡Enséñame dónde encontrar ese talismán que tú mismo me has encomendado!... ¡Ya sé que no soy suficientemente digno de que tú me hayas encomendado esta misión!... ¡Que no sea yo la causa del fin de esta humanidad, sino el medio para su salvación!... ¡Sin ti no puedo!...

¿El silencio era la respuesta, o en el silencio estaba la respuesta?

viernes, 7 de abril de 2017

AKARGHI (capítulo 115)



   
Los cinco rishis habían encomendado a Akarghi una misión que por alguna indefinida sensación le parecía inquietante, pero también inevitable. Debía acudir al templo de La Luna en el Agua, en Shangri-La, más allá de la frontera de la India, y entrevistarse con el lama Lobsang Tsangyang, después de entregarle cinco misivas selladas, que por ningún motivo Akarghi debía leer, ni perder en el camino. Kautsa había advertido a Akarghi que el destino de la humanidad estaba en sus manos y que no debía hacer ninguna pregunta más, sólo cumplir con lo que se le pedía…

Los cinco acaryas se habían reunido con Akarghi junto al río Fujilai, sentados en padmasana unos frente a otros. Ya llevaban tres días ininterrumpidos en profunda meditación. Akarghi sabía que esta sería la última vez que los vería así, unidos en un círculo de oración y quietud, unidos más allá del tiempo y del espacio, disueltas ya las ataduras del cuerpo y de la mente. Sin abrir sus ojos podía verlos vibrando como una luz purísima por encima de las cimas de cinco enormes montañas de energía viviente. Ellos le habían enseñado a unificar la realidad en un acto perceptivo que su cerebro no podía ya procesar. Deteniendo la actividad neuronal se abría un espacio áurico trascendental y la multiplicidad acudía sin jamás llenar el ojo abierto, semejante a una NADA que recibe en su seno TODO, sintiendo con una sensación unificada e infinitamente múltiple, como no existe sentimiento humano capaz de producir, ni bueno ni malo, sino solamente OTRO.

Los cinco santos se habían reunido en silencio, sin tocar con sus pies translúcidos el suelo ni la hierba, que brillaba levemente cuando sus átomos se reconocían mutuamente. La luna teñía con su luz ingrávida la superficie de las cosas de este mundo, y las aguas del río. Detrás de ellos, veinticinco seres sutiles revestidos de amor y muerte empujaban la zona de los cuerpos sentados rígidamente en la zona geométrica. Detrás de los veinticinco seres sutiles, seiscientos veinticinco principios angélicos aunaban los hilos de la red infinita para sostener el tiempo y el espacio y la conciencia inalcanzables…

Si Akarghi abría los ojos ya no los vería más. Entonces debía elegir… Abrió los ojos, porque tenía que abrirlos para cumplir con la misión que le había sido encomendada ∞Llámala misión, o necesidad, o destino, o simplemente vida∞. Sabía adonde tenía que ir, pero también ya sabía adonde tenía que ir después de acabar con su misión. ¿No es ya bastante para una sola vida humana, que se debate en un dormir y despertar para volver a dormir y despertar, saber esto? Porque así podía ya vivir con una sonrisa compasiva ese jamás, ese nada después, ese irreal con que satisfacemos  nuestra propia convicción de creer algo fuerte, firme, definitivo --aunque sea incluso una negación contra uno mismo--, en vez de no creer en nada, un mero y confiado dejarse ir.

--Cuando hayas cumplido tu peregrinaje –le dijeron los cinco dentro de su alma—habrás completado la activación de tu debilidad humana. Habrás llenado tu sustancia de toda la debilidad y miseria de la que eres capaz; entonces podrás activarla en la Fuerza que te lleve más allá de todo lo humano. La Fuerza reside en ti mismo, pero no te pertenece. Tú mismo eres en ti mismo irreconocible.

Siete días después Akarghi caminaba por los senderos de la montaña hacia Shangri-La. Su figura delgada, calva, como una manchita granate entre las paredes grisáceas de la montaña que aprieta, se movía pausadamente con su morral de corteza de alcornoque cruzado desde el hombro hacia su costado izquierdo, portando las cartas de la Vida. Akarghi veía, pero no veía; escuchaba, pero no escuchaba; estaba, pero no estaba. La Verdad, esa Mentirosa que juega a cambiar, haciéndose más verdadera, envolvía a Akarghi en su drama renovado, intenso, inevitable. Allí, en lo alto de la montaña, a solas con la Verdad Mentirosa había comprendido las mentiras de las verdades de sus maestros, de sus shastras, de sus gathas, de las doctrinas aprendidas penosamente, acumuladas en bibliotecas, en cerebros, en palabras, en tradiciones y prácticas protegidas y veneradas. Ya las había ido abandonando desde el momento en que ingresó a los nueve años como aprendiz en Lamayuru, y mientras más saberes espirituales acumulaba, y mientras más maestros sabios conocía, mientras más monasterios y templos y ashram y stupas y gompas conocía, esas formas, esos fantasmas más bellos que la Naturaleza toda, se volvían más y más pequeños y lejanos, como se va volviendo lejano y pequeño el fondo del valle amado, cuando se asciende más y más por el sendero de la montaña que te empuja hacia lo alto en contra de la lógica natural (gravity). Akarghi ya podía contemplar esas líneas sutiles de energías luminosas, de sorprendentes colores no vistos que van demarcando lo inmediato, lo propio, lo necesario, lo destinal por donde se debe avanzar en el caos sublime de la realidad, del entorno infinito que se despliega como la desorientación de la existencia creada para todos y para nadie en particular. Podía ver cómo se encendía de sentido vibrante el sendero único, el que la omnisciencia divina había trazado y escondido entre infinitos senderos por los que podía avanzar o perderse o entretenerse o tardarse. Poseía ya el don de la omnisciencia aplicada, el don y la clave para trascender este nivel del juego real. Llevaba consigo las insignias ganadoras del juego, los pases maestros para el ascenso, para cruzar la aduana del tiempo y la ruptura del cuerpo biológico sin pérdida de la conciencia ni apego, como las luces transitan desde la luz a las tinieblas, y las oscuridades transitan desde las tinieblas a la luz, sin ruptura ni diferenciación. Akarghi se había vuelto paciente e inmarcesible, como los contrafuertes de la montaña milenaria, que esperan al caminante por eones hasta que el aparecido la huella con sus pies casi intactos en un instante más breve que su grano de arena recién desgajado de la roca por una gota de viento cualquiera más entre las infinitas gotas que rascan a besos su enorme espalda, se mueve y cae. En ese punto y crac la conciencia se consolida en evento sobrenatural más poderoso, más inquietante y real que todo universo físico, que toda ley necesidad de la Naturaleza, y evidencia material ∞¿Realidad?∞.
 
Akarghi presionaba cada cierto rato el morral a su costado para confirmar que aún se encontraba intacto. Una intranquilizadora sensación lo acompañaba. Misión tan alta y decisiva no debía ser entregada a las manos y la integridad de un solo hombre, por más omnisciente que fuese. ¿Por qué los grandes maestros debían confiar en él, si era tan pequeño y frágil como una tortuga en las lomas de un desierto?... La fatalidad del ser humano era inevitablemente la dualidad, la oposición y la muerte, en esta zona del Juego. Jamás podía caminarse sobre una recta perfecta, por más que el espíritu lo pusiese todo para cumplir a cabalidad.