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viernes, 19 de agosto de 2016

AKARGHI (capítulo 81)






--¡Sin duda que sería insuperable no volver a encarnar más para quedarse eternamente contemplando el Ser!... Sin  embargo, no me daña seguir encarnando una y otra vez, eternamente incluso, si puedo experimentar una y otra vez la maravilla divina que reconozco y vivo en esta dolorosa existencia. Lejos de ser inmóvil y perfecta, como lo es el gozo de la unión con el Ser, en esta dimensión mortal no hay fin ni reposo para la superación de uno mismo y de la divinidad.

La comadreja del pandit Chandulal Gavendas se irguió en dos patas y comenzó a otear hacia uno y otro lado nerviosamente. Las palabras que acababa de declarar Akarghi la inquietaban y contradecían el saber más respetado por milenios en su mundo.

--¡No, no, no! –repitió varias veces, volviendo su pequeña y aguzada cabeza hacia el interior de la casa de su amo Gavendas. Lanzó una risita y continuó…-- ¿Qué es ese absurdo que acabas de afirmar?... ¡Millones y millones de humanos han confirmado la experiencia y la verdad de lo que acabas de negar y confundir!... ¿Qué pruebas tienes tú? ¿Cuál es la divinidad que te sostiene y se manifiesta en ti?... ¿Quién te sigue?... ¿Cuántos dan testimonio de tu verdad? ¿Cuál es tu poder?

--¡Ah, no, yo carezco de toda autoridad!... Ninguna autoridad del mundo puede enseñar ninguna verdad. ¡Mira cuántas verdades detenta el poder en el mundo!... La verdad se manifiesta siempre desde el interior de uno mismo, no desde la sabiduría de otro. Yo soy apenas un buscador penitente. Si hablo de mi creencia no es para enseñar ni convencer a nadie; sólo lo hago como una expresión mía, una narración de mi experiencia interna.

Mientras sostenían este diálogo, una pareja de gatos siameses, un cerdo joven y un perro labrador de color mate se habían sentado cerca a escuchar con atención. Desde dentro de la casa se dejaba oír una letanía de voces humanas que salmodiaban un himno a Agni, dios del fuego. Por la chimenea ascendía una gruesa columna de humo blanco; el aire olía a leche, aceite, y gacha agria; a eucaliptus y pino.

--¡Mírate a ti misma, hermana comadreja!... ¿Cómo crees que puedes conocer realmente la verdad si todo lo que has aprendido lo has aprendido de tu amo Gavendas, que además es un ser humano?

--¡Me subestimas!—respondió dejando escapar de nuevo una risita nerviosa, y miró hacia la concurrencia--… Si hablo contigo, entonces mi inteligencia no es menor que la tuya, Akarghi. No puedo leer, es verdad, pero puedo comprender todo lo que escucho y me enseña el venerable señor y brahmin Chandulal Gavendas. Él es un hombre sabio, honesto, piadoso, justo y bueno. ¿Por qué habría de dudar de la verdad de innumerables hombres y santos que han sido consecuentes y coherentes hasta el fin? Yo soy un animal pequeño y limitado. Mi mundo, mi universo no puede acceder a otros espacios y mundos fuera de este divino hogar que me ha tocado vivir… Necesito creer en todo aquello que no puedo experimentar por mí mismo.

--¡Así debe ser, no puede ser de otra manera!... Tantas veces yo mismo he reconocido mis limitaciones y he necesitado creer, a cambio. Ser humano no presenta menos limitaciones que las que tú como animalillo y comadreja reconoces. Sin embargo, creer nunca me ha limitado el buscar otras verdades, el poner a pruebas mis creencias y las de los demás todo el tiempo, el tener creencias solamente para iniciar un recorrido que carece  de norte, fundamento y creencias. Sólo así he terminado descubriendo una que otra verdad, nunca igual a la de todos, o siquiera de la mayoría, o siquiera de otro más que yo mismo.

--¿Y cuáles son esas verdades, puede saberse?...

Akarghi comenzó a reír; a reír cada vez con mayor intensidad, de manera que las decenas de animales que ya se habían congregado alrededor de los contrincantes -- continuaban llegando de los alrededores-- sintieron el contagio de la risa y comenzaron también a reír más y más, en número y en volumen. Tres flamencos que pasaban volando por el lugar escucharon las risas, vieron con curiosidad esta muchedumbre de animales reunidos y se posaron sobre el caballete más alto de la techumbre, a un lado de los halcones y buitres. Comenzaba a oscurecer; todos consideraban que ya era prudente retirarse a sus casas, madrigueras, nidos, establos, cuevas y otros albergues, pero nadie se movía del lugar.

--Poca cosa, pero decisiva para la manera que me ha correspondido vivir… Estos vehículos que son el cuerpo material, la mente, la conciencia y el yo son penosamente imperfectos, frágiles, equívocos. Con ellos tenemos que experimentar, representar y conocer realidades, dimensiones, centros, profusiones, seres, que nos superan a veces tanto, a veces infinitamente, y aun así, se nos aparecen difusa pero palmaria y evidentemente también. En cambio, nuestra tendencia natural, nuestras facultades y nuestro entorno mismo nos tientan, nos proponen, nos convencen incluso, de que estas realidades son estables, definidas, inteligibles, accesibles, inmediatas, mensurables, controlables... ¡Y lo son!, en la medida y condición que queramos vivir las realidades ahí. Sin embargo, esta decisión de vivir engañados, reducidos, enclaustrados, justificados, comienza y dura desde que nacemos hasta que morimos --¡nadie escapa a ello!--, o sea, lo mismo casi que nada… ¡Un parpadeo de la eternidad!... Además, se evidencian como realidades abiertas e insustanciales por todos lados cada vez que ponemos nuestra atención honesta y profunda en estas experiencias inmediatistas de realidad. Quedarse en esta realidad es continuar durmiendo. Despertar es alejarse dificultosa y progresivamente de esta realidad, inventando tantas cosas nuevas y peligrosas para no volver a caer en el más hondo de los sueños, al que se puede regresar incluso creyendo estar ya despertando.

Cuando acabó de hablar, algunos animales más sensibles, como los monos, los elefantes, las mariposas, las serpientes, comenzaron a aplaudir y expresar con sus voces propias el júbilo por las verdades de Akarghi. Pronto todos los animales estaban chillando de alegría, y saltaban, brincaban, aleteaban, corcoveaban, aullaban, se abrazaban. Entonces Chandulal Gavendas salió del interior de la vivienda, con expresión furiosa, llevando un rifle de caza en su mano. Al observar la algarabía de miles de animales reunidos en el atrio, le pareció que aquello era un absurdo pandemónium, de manera que, enrojeciendo de ira, apuntó hacia la multitud y comenzó a disparar a diestro y siniestro, mientras gritaba:

--¡Fuera de aquí, fuera de aquí, animales salvajes, impuros, grotescos!...

Se produjo una horrible desbandada. Los elefantes, los caballos, las vacas, los rinocerontes aplastaron a cientos de animales mientras todos huían despavoridos en todas direcciones. La comadreja corrió hacia el interior de la casa. Akarghi caminó con decisión hacia Gavendas, tomó con ambas manos el cañón del rifle y lo empujó con fuerza hacia el suelo.

--¿Quién eres tú, quién eres tú…?—gritó todavía más enfurecido el brahmín.

--¡Despierta!—respondió Akarghi.

sábado, 13 de agosto de 2016

AKARGHI (capítulo 80)





El pequeño Akarghi, de cuatro años, contemplaba la lluvia con la frente y las manos apoyadas en el vidrio de una ventana del estudio de su padre. Amaba sentir la lluvia delicada y poderosa bajar a la carrerita del cielo gris con su música líquida, enredarse en las hojas, en las flores, en los árboles, y, al llegar de repente al suelo, cubrirlo todo con su espejo ingrávido y tembloroso de mundo. Sentía, contemplando, unas olitas que bajaban y subían de su corazón a su estómago, y viceversa, como si algo invisible, oculto y muy suyo se aproximase bien cerca de él, sin acabar nunca de revelar su secreto. Amaba recibir en su piel el frío de las gotas de lluvia resbalando por el vidrio, que le transmitía algo más, algo aún más intenso, inquietante y vital de ese arcano, al mismo tiempo, cercano y distante.

Largo tiempo llevaba así, tal vez una hora, cuando escuchó que se abría a su espalda la puerta de la habitación. Dio un brinco, como si despertase de pronto, y corrió tres pasos, luego se detuvo y bajó la cabeza, al ver el rostro adusto de su padre. Había sido cogido en falta. Tejalami Mendalhayam también se detuvo, miró hacia el escritorio sobre el que yacían algunos libros, varios cuadernillos y algunos lápices  de carbón; preguntó con su voz ronca:

--¿Terminaste tu trabajo?

Akarghi se mantuvo en silencio y sólo movió una vez la cabeza para negar. Tejalami caminó hacia el escritorio de caoba, se detuvo a un lado, estiró su mano y hojeó los cuadernos y los libros.

--¿De dónde sacaste este libro?... No es lo que te he pedido que leas y copies. ¿Por qué has escrito esto? –Tejalami leyó en voz alta del cuaderno de caligrafía de Akarghi--…  IV-iv-8: Yajnavalkya prosiguió: ‘Todavía otra instrucción lapidaria: ‘La vía sutil, este sendero milenario que posee la delicadeza de un átomo y sin embargo se encuentra en todas partes, yo la he descubierto. Aún más, la he realizado en mí mismo. Es por ella que los sabios –esos conocedores de Brahma—ganan igualmente la esfera celeste de la liberación después de la muerte del cuerpo físico; es por ella que ya estaban liberados de su ser viviente’.
IV-iv-9: ‘Algunos la ven como si fuese de color blanco; otros, azul, gris, verde o roja. Esta vía es realizada por un brahman, es decir, un auténtico conocedor de Brahma; la sigue cualquiera que conoce a Brahma, que ha cumplido actos virtuosos y se identifica con la Luz suprema.’

IV-iv-15: ‘Cuando un hombre, siguiendo las instrucciones de su maestro, llega a contemplar sin intermediario a este Sí de esplendor radioso, Señor de todo lo que fue y será, entonces ya no desea separarse de Él.’[1]

El rostro de Akarghi se iluminó de alegría. Corrió hacia el escritorio y se detuvo bruscamente, apoyando ambas manos sobre el canto para evitar chocar.

--¡Papá, mira, de ahí lo tomé! –mostró el hueco que había quedado en un anaquel al que había alcanzado arrimando una silla.

--¿Por qué has escrito esto?... ¿Qué estabas haciendo, perdiendo el tiempo?

--¡No! –exclamó de inmediato, giró la cabeza hacia la ventana, pero la volvió rápidamente—Es que… no sé, me ha llamado la atención; me parece hermoso, aunque no entiendo mucho.

--¿No entiendes mucho?... ¿Qué has entendido tú, rapazuelo?

Tejalami hizo una mueca con la comisura de los labios, arrojó por allí un resoplido, sacó sus anteojos de lectura de un cajón y se sentó ante el escritorio, volviendo a fijar su vista sobre el cuaderno. Akarghi miró con intensidad a su padre.

--Entiendo que Brahma es el dios que se encuentra en todas las cosas y que sólo los sabios pueden experimentarlo como espíritu de todas las cosas… Los seres humanos corrientes, como yo, sólo podemos ver sus fantasmas, o sólo su reflejo ilusorio en las cosas…

Tejalami miró el cuaderno de notas, luego dirigió su mirada escrutadora al niño, se puso de pie y caminó lentamente hacia el estante de libros, para quedarse observando de cerca el espacio vacío que allí había quedado.

--¿Quién te enseñó eso?... ¿Sabes que este libro es un Upanishad? – al decir Upanishad su voz se volvió más ronca, lenta y enfática.

--¡Nadie!... Eso es lo que yo entiendo, o… ¡perdón, papá! Es que…

Akarghi se contuvo, avergonzado y atemorizado. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Tejalami se volvió hacia él y se lo quedó observando:

--¿Qué pasa?

Akarghi, emocionado, apenas articuló con voz temblorosa, tratando de no llorar:
--Quiero… conocer… a Brahma.

Tejalami soltó sin pensarlo una carcajada; si bien, dos segundos después cambiaba su expresión y volvía a fruncir el ceño, con mayor preocupación. Se quitó los lentes, que habían resbalado casi hasta la punta de su nariz:

--¡Eso no es posible!... Ningún ser humano puede conocer a Brahma. Brahma está más allá de todo… ¡Eres muy pequeño para entender esto, Akarghi!

--¿Cuál es la vía sutil de los sabios?... ¿Por qué yo no podría tener un maestro que me enseñe “a contemplar sin intermediario a este Sí de esplendor radioso, Señor de todo lo que fue y será”? –repitió de memoria.

Akarghi se acercó a su padre. Superando el límite que el trato habitual con él le había impuesto, tomó su mano izquierda con las dos suyas y se quedó esperando expectante una respuesta. Tejalami guardó silencio, con la vista perdida en algo muy distante. Una tropilla de niños pasó corriendo cerca de la ventana, riendo y jugando. La lluvia y las nubes se habían ido lejos, y ahora el sol brillaba con la misma alegría que experimentaban los niños liberados de sus aburridos encierros. Akarghi se volvió hacia la ventana y, al ver pasar a sus amigos, sonrió y dio un pequeño saltito. Tejalami pareció despertar al percibir la inquietud de Akarghi:

--¿Quieres ir a jugar con tus amigos?

--¡Sí!—exclamó con júbilo.

--¡Anda… ve! 

Akarghi giró y partió corriendo hacia la puerta. Antes de llegar a ella, su padre lo detuvo con voz imperiosa:

--¡Akarghi!... ¿Quién te ha hablado de Brahma?

Akarghi respondió de prisa, sin pensar:

--¡Faluyya!

Giró la manilla con premura para no facilitarle tiempo a nuevas preguntas, y salió a la carrera, dándole desde afuera un tirón a la puerta, pero sin llegar a cerrarla.

Tejalami ordenó los cuadernos y los libros sobre el escritorio. Devolvió el libro de los Upanishads a su anaquel, miró con desazón hacia la ventana, y salió de la habitación con las manos entrelazadas por la espalda, a paso lento. Se fue caminando con el mismo paso cansino hacia la sala de estar, donde se reunían las mujeres para tejer, leer y bordar. Necesitaba imperiosamente hablar con Faluyya.




[1] Brihadaranyaka Upanishad.