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viernes, 12 de enero de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo II-4)




En ese mismo instante se abrió ante él una visión extensa y vívida. No pocas veces volvería a ocurrirle en su vida. Por primera vez contempló con ojos de varón a una mujer. Florencia poseía una voluptuosidad poco común para una niña de dieciséis: labios rojos y carnosos en una boca de sonrisa amplia; pelo negro, perfumado y brillante; piel caoba y tersa; ojos verdes, grandes y atigrados; busto sobresaliente y escotado; formas sinuosas y marcadas; manos grandes, pardas, atractivas. Fue lo mismo que un repentino y doloroso golpe de corriente. Algo explosionó con un chirrido metálico en la base de su columna, entre sus nalgas, y ascendió como chorro de lava, quemándole los órganos, los músculos, los genitales, los huesos, los tendones y el alma. Se estremeció con la fuerza de un terremoto, enrojeció como un meteoro ingresando a la atmósfera y, cuando estaba a punto de abalanzarse, desbordarse y estallar sobre la boca y el cuerpo de Florencia, llegó aquel fluido quemante a la punta de su coronilla, y, en vez de fuego y explosión, se transformó súbitamente en una increíble flor multicolor, una especie de loto resplandeciente con un millar de pétalos de luz, que comenzaron a girar lentamente, en sincronía con el mundo. Florencia misma se sorprendió de Ildefonso; percibió algo inusual y extraño que la impulsó a ponerse de pie, dar un paso atrás y quedarse contemplándolo con desconfianza.
--¡Yo!... ¡Yo!... ¡No…puedo!—balbució Ildefonso maquinalmente, mientras sentía que su cuerpo, su mente y su alma se expandían como una nebulosa de plasma incandescente recién creada en el seno del Universo.
--¡No!... ¡No te preocupes!—Florencia respondió de prisa, se dio media vuelta y se alejó trotando.
Ildefonso se quedó perplejo, meditando durante horas y tratando de comprender lo que acababa de ocurrirle. Entonces no sacó casi nada en limpio, pero la intuición de que algo profundamente instintivo, humano y al mismo tiempo animal se había quebrado para siempre, como se quiebra por el medio una caña seca, y luego se consume ante el fuego arrasador de una energía de otra dimensión y mundo, lo conmovió indeciblemente.
Ildefonso ya no experimentó nunca más en su vida el poder alquímico, irresistible, enamorador y transformador del sexo. No porque una suerte de impotencia y ausencia de libido le impidiesen disfrutar de una relación sexual, o del atractivo sexual del cuerpo de la mujer –oportunidades tuvo varias--, sino porque SIEMPRE una fuerza arrolladora y trascendental, que no experimentaba descanso, se le imponía a todo deseo e instinto, hasta de hecho anularlo. Nunca habló con nadie de esta vivencia ni del proceso abismal que contenía y explicaba verdaderamente su apatía sexual, o --como la mayoría que lo estimaba suponía ingenuamente-- su sobresaliente voluntad espiritual y su asombrosa vocación religiosa. Sus respuestas y explicaciones acerca de su celibato fueron evasivas incluso con sus maestros, guías y confesores. Algo así como pudor era esta raíz última y final de su extinta sexualidad.
Este hecho extraordinario, sublime tanto como dramático, fue el lanzazo preciso que ahondó la grieta que venía calando su alma. Sin embargo, recordemos que nunca los hechos son las únicas y principales causas de sus propias consecuencias, por lo cual iremos paulatinamente investigando y ahondando en este caso, en la misma medida que Ildefonso se tornará más conciente e inquisitivo acerca de la extraordinaria dimensión de su nueva realidad.
Durante los últimos dos años la fe y la religiosidad de Ildefonso habían medrado, ocupando todos los momentos y espacios de su vida. Leía con profundo deleite la Biblia y las vidas de los santos; recitaba de memoria largos pasajes de los Salmos de David y de los Evangelios; rezaba concentrada y emocionadamente al despertarse, a cada momento en el día y al acostarse, pero también participaba gustoso de todas aquellas oportunidades que los demás le daban para rezar en comunidad; asistía a misa puntualmente los domingos; cumplía cuidadosamente los mandatos espirituales y morales que le indicaban los presbíteros, santos y doctores de la Iglesia; se sentía inmensamente feliz cuando tenía oportunidad de conversar de Dios, de contemplar a Dios, porque había hecho propio y vital el primer mandamiento: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”. Yamil, su padre, se inquietaba cada vez más por esta exagerada conducta religiosa, pues Ildefonso había cambiado ostensiblemente su comportamiento, distanciándose del trato de todas las personas que lo circundaban, descuidando sus estudios, leyendo y rezando buena parte del día, encerrándose en un mutismo y aislamiento progresivos, y sin el menor interés por las mujeres. No obstante este aislamiento, Ildefonso se cobijaba en el amor y en la protección incondicional y aleonada de su madre, quien, por lo demás, era la única que conocía el otro lado de su mundo interior y, por lo mismo, se sabía imprescindible y total para él.
Ildefonso luchaba contra el Demonio. En las honduras de su subconciente, y escasamente a la luz de la conciencia atenta, padecía una terrible enfermedad y un desolador tormento. La Madonna lo veía claramente, pero lo callaba. Su instinto de madre, a un tiempo animal y sobrenatural, le informaba que no sólo debía sostenerlo y aliviarlo de su inconmensurable dolor, sino, sobre todo, que Dios le asignaba animar y fomentar su comportamiento extremo, incluso hasta el delirio religioso, de ser necesario. Ese miasma era una sombra nebulosa, verdinegra, melancólica, como el peso angustioso de algo importante que por olvido se dejó de hacer. No tenía forma, ni cuello, ni garras, pero le rasgaba el alma por dentro. Aun así, sólo el amor de Dios lo exorcizaba y lo mantenía a raya, como a tropa de demonios sometidos por el poder de la Cruz. La Madonna, sin embargo, observaba con desazón que aquello horrible y martirizador crecía como un cáncer del alma, contenido, jadeante, ejerciendo presión más y más intensa, que desbordaba sólo por el brillo más y más febril de sus ojos. Ella rezaba, sobre todo rezaba con toda su alma, cada hora del día, muchas veces desecha en llanto, pidiéndole a Dios, a la Santísima Virgen y a su Hijo amado, que lo liberaran ya de su tormento, porque comenzaba a presentir lo peor para él.
Con todo, Ildefonso era feliz, si puede llamarse felicidad al resplandor jubiloso de un sol que comienza a extinguirse en medio de un espacio vacío. Ingenuamente, como el espíritu de una blanca paloma, ascendía y aspiraba a llegar más alto, al mismísimo Cielo de Dios --de ser posible--, sin tener la menor conciencia de si era el llamado de su Padre Celestial lo que le confería más y más ardor, o era el magnetismo horrendo de su Infierno lo que lo animaba más y más a huir. ¿En esto era distinto de la experiencia y vida de tantas personas espirituales y santas?...


martes, 9 de enero de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo II-3)




Sin duda hay seres humanos cuyas gracias y dones se asemejan a las gracias de Cristo Jesús. Hombres y mujeres que se adhieren al sufrimiento humano como el imán al hierro; capaces de resistir cualquier horror, de absorber la maldad, la tortura, el abandono y el estertor desesperado del alma, sin pausa, sin medida ni cuidado de sí mismos. Ciertamente no poseen la sobrenaturalidad del Hijo de Dios, la grandiosidad de su poder sin límites, cuidadosamente velado tras una aparente, frágil y modesta humanidad. En cambio, manifiestan la auténtica fragilidad y modestia de lo humano, oscuramente, sin el menor reconocimiento de nadie, empujados, no obstante, hasta los límites mismos de la naturaleza del Hombre, la cual, en toda su incontrovertible pequeñez, acaba en estos distantes límites demostrándose en el fondo grande, casi promisoriamente sobre-humana, pero no divina.
Ildefonso, como todas las personas crísticas, luchaba consigo mismo. La conciencia, esta cimera torre que observa toda la realidad desde su soberbia elevación, sin embargo cuando se observa a sí misma y al pantanoso cuerpo mental y físico que la sostiene y la produce se desconcierta y sufre. Entonces, de la misma manera que la gota de lluvia, en tanto va cayendo desde las altísimas nubes, refleja la inmensidad del universo en su interior, pero justo antes de reventarse contra el suelo descubre que ella misma no es más que una efímera gota de agua, así mismo la conciencia humana se experimenta en sus diferentes momentos de vida. Ildefonso se reventó contra el suelo después de esta dolorosísima experiencia.
Doce niños asesinados en la playa de Bodrum… como si nada. ¿Todo era cuestión de perdonar, “77 veces 7”, como había dicho el Señor? ¿Y todos aquellos niños que morían por decenas y cientos en los bombardeos, pero también en las ignoradas crueldades cometidas en el anonimato en todas partes del mundo, cada día?... ¿Por qué tenía que sufrir incomparablemente más a sus doce niños asesinados, que a todos los demás? ¿Acaso era suficiente que Jesús y Dios mismo bajasen hasta él sobre un albísimo caballo alado para darle sentido y aceptación a la pérdida de sus hijitos?... Demasiadas preguntas se habían venido agregando desde aquel sacrificio absurdo de Feliciano, y lejos de responderlas, sólo seguían llegando cada día como dolorosas saetas lanzadas por la mano de un dios griego, más que por el Dios del amor cristiano. Había visto, había sufrido a tantas personas que podían pasar al lado de un niño herido sin apenas mirarlo. Había sentido el frío glacial del alma humana ante el sufrimiento y la desolación del otro, de ese mismo prójimo que Jesús había tratado de salvar de la indiferencia propia de nuestra especie.
Un frío 27 de julio de 19__, a los veinte años, Ildefonso había regresado a su celda monacal después de una larga jornada buscando niños bajo los puentes. Las terribles imágenes de abandono y miseria se mezclaban con los olores repugnantes y el frío mortal, que acaba con al menos uno de esos niños cada noche. Su mentor y acompañante, el padre César da Silva lo había contenido todo el día para no sucumbir al desánimo y al colapso nervioso. El clérigo da Silva, un hombre ya de sus entrados sesenta, alto, canoso y con apacibles ojos azules, poseía el don de VER a las personas, de manera que sabía siempre anticipar y actuar conforme a lo no evidente y razonable, sorprendiendo a todo el mundo con su extraño comportamiento, pero también irreprochablemente certero. Sólo así podría entenderse que al dejar a Ildefonso retirarse a su celda de meditación para cumplir la tercera semana de los Ejercicios de San Ignacio de Loyola, lo abrazase con una fuerte presión contra su pecho, y luego depositase en sus manos no el consabido rosario y el crucifijo de plata, sino un libro, un pequeño libro ajado, forrado con una tela oscura. Ildefonso, con desánimo, pero también curiosidad, se sentó en el borde trasero de la cama de roble y, luego de permanecer unos segundos con la mirada ensombrecida, lo abrió al azar:
“Lunes 29 de enero de 1932.
Algo me ha sucedido, no puedo seguir dudándolo. Vino como una enfermedad, no como una certeza ordinaria, o una evidencia. Se instaló solapadamente poco a poco; yo me sentí algo raro, algo molesto, nada más. Una vez en su sitio, aquello no se movió, permaneció tranquilo, y pude persuadirme de que no tenía nada, de que era una falsa alarma. Y ahora crece.”[1]
Ildefonso leyó todavía una y hasta dos páginas más. Se dejó caer de espaldas sobre la cama. ¿Cómo lo había logrado?, pensó. Sintió unos intensos deseos de arrodillarse y bendecir a la santísima Virgen María, pero se quedó ahí, inmóvil, experimentando con atención el extraño fenómeno que le ocurría. Además, aquel sentimiento de devoción y felicidad no era puro, sino que estaba teñido por esa angustiosa opacidad de la Náusea. Nunca hasta entonces se le había vuelto tan clara y patente la subjetividad humana. Sentido y sin sentido convivían ahora en él, como un gólem sin historia ni destino. Podía empatizar y entender a Sartre lo mismo que a Santa Teresita, pero no podía entenderse a sí mismo. Si sentía pena y desesperación por esos niños abandonados y moribundos, pronto le retrucaba un sentimiento poderoso y sobrecogedor de paz y trascendencia. Entonces ocurría aquella misteriosa e incomprensible MEZCLA, como sin forma ni definición alguna, y como él mismo había acabado en llamarla: CRISIS…
Desde los doce a los catorce se incubó en él esa enfermedad, al decir de Sartre, profunda y visceral, pero al revés. Feliciano, semejante a un portaestandarte, lo guiaba, desde algún cielo invisible, irremisiblemente a su desenlace personal. Seguía viviendo en el mismo mundo púber de todos sus amigos y compañeros. Había remitido al poco tiempo su estrés post traumático, y parecía a los ojos de todo el mundo ni haber dejado secuelas. Sólo su Madonna estaba cerca y al tanto de su proceso interno; de la arrolladora fuerza dramática y espiritual que buscaba empinarse sobre su personalidad entera, como esos tsunamis que solamente suben y avanzan lentamente, sin el menor ruido.
Al cumplir precisamente los catorce un hecho singular marcó el quiebre y el giro catastróficamente vital. El mandato de la genética y de su proyección en el cuerpo y en la mente, empujó con total naturalidad a chicos y chicas hacia el sexo, y en su mayoría, hacia el sexo opuesto. Ildefonso no era particularmente bello, ni tampoco feo, pero poseía el atractivo singular del joven especial y apasionado. Sus amigos comenzaron a buscar las miradas de las chicas y a poner sus encantos en el centro de sus conversaciones, de sus fantasías e interés. Ildefonso de inmediato se replegó en sí mismo y priorizó los paseos, las oraciones a solas y los largos momentos de lecturas pías, silenciosas y solitarias. Entonces Florencia, amiga de su hermana, apareció un día a su lado, se sentó con él, bien cerca y, sin mediar explicación ni vergüenza, le dijo a quemarropa que él le gustaba.



[1] J.P. Sartre, La Náusea.

viernes, 5 de enero de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo II -2)




Al cuarto día de su postración, en la madrugada aún despierto y sin dormir ya las últimas tres noches, su madre lo acompañaba paciente y cariñosa, velando por su niño exangüe… Una luz piadosamente suavizada por una gruesa pantalla sólo deja caer un rayo de luz sobre el libro abierto en la falda de la Madonna. Ella abre sus ojos después de un sueño liviano y breve, observa a Ildefonso y, sólo guiada por su instinto de madre, sabe que aún su hijo está despierto e inquieto. Comienza a leer con voz pausada y emocionada:
“Al cabo de unos minutos, me puse a llamar muy bajito: «Mamá... mamá». Leonia, acostumbrada a oírme llamar siempre así, no hizo caso. Aquello duró un largo rato. Entonces llamé más fuerte, y, por fin, volvió María. La vi perfectamente entrar, pero no podía decir que la reconociera, y seguí llamando, cada vez más fuerte: «Mamá...» Sufría mucho con aquella lucha violenta e inexplicable, y María sufría quizás todavía más que yo. Tras intentar inútilmente hacerme ver que estaba allí a mi lado, se puso de rodillas junto a mi cama con Leonia y Celina. Luego, volviéndose hacia la Santísima Virgen e invocándola con el fervor de una madre que pide la vida de su hija, María alcanzó lo que deseaba...
También la pobre Teresita, al no encontrar ninguna ayuda en la tierra, se había vuelto hacia su Madre del cielo, suplicándole con toda su alma que tuviese por fin piedad de ella...
De repente, la Santísima Virgen me pareció hermosa, tan hermosa, que yo nunca había visto nada tan bello. Su rostro respiraba una bondad y una ternura inefables. Pero lo que me caló hasta el fondo del alma fue la «encantadora sonrisa de la Santísima Virgen».
En aquel momento, todas mis penas se disiparon. Dos gruesas lágrimas brotaron de mis párpados y se deslizaron silenciosamente por mis mejillas, pero eran lágrimas de pura alegría... ¡La Santísima Virgen, pensé, me ha sonreído! ¡Qué feliz soy...! Sí, pero no se lo diré nunca a nadie, porque entonces desaparecería mi felicidad.
Bajé los ojos sin esfuerzo y vi a María que me miraba con amor. Se la veía emocionada, y parecía sospechar la merced que la Santísima Virgen me había concedido... Precisamente a ella y a sus súplicas fervientes debía yo la gracia de la sonrisa de la Reina de los Cielos. Al ver mi mirada fija en la Santísima Virgen, pensó: «¡Teresa está curada!» Sí, la florecita iba a renacer a la vida. El rayo luminoso que la había reanimado no iba ya a interrumpir sus favores. No actuó de golpe, sino que lentamente, suavemente fue levantando a su flor y la fortaleció de tal suerte, que cinco años más tarde abría sus pétalos en la montaña del Carmelo.” [1]
A medida que las palabras avanzaban desde la boca de su madre, Ildefonso, aún con sus ojos cerrados comenzó a sonreír y, hacia el final de la lectura, se escurrieron también por sus mejillas algunas lágrimas. Abrió sus ojos, se incorporó en la cama y abrazó a su madre, llorando desconsoladamente.
--¡La Virgen me ha visitado!—susurró junto al oído de su madre.
La Madonna lo apretó en su pecho, le acarició la cabeza, lo besó suavemente en los labios y, con la misma sonrisa extática de Idelfonso, lo reclinó sobre su lecho. Cuando la cabeza de Ildefonso se posó en la almohada ya estaba profundamente dormido.
¿Santa Teresa del Niño Jesús? ¿La fe de la Madonna? ¿La Virgen? ¿Dios? ¿La mente humana? ¿Su hermana y sus conocidos? ¿El Universo?... ¿No eran todos ellos, e infinitamente más, cuantos habían participado --no causado-- en la transformación de Ildefonso?... Cuando se es parte de los inmediatos, los cercanos, los prójimos (vecinos), la respuesta a esta interrogante es siempre también la más inmediata y ya conocida, la de ellos: alguna de las anteriores… Para Ildefonso, lo que ocurrió esa madrugada fue más que un milagro y una verdad conocida–que también lo fue--: fue una vivencia propia, cierta y sublime.
En este tipo de vivencias trascendentales y milagrosas PARA UNO --aunque también puedan serlo para otros, pero de otra manera—son reunidos y absorbidos instantáneamente todo pasado, todo presente y todo futuro. Ninguna ley ni demostración científica, ni siquiera el dogma o escrito santo más venerado, ni la realidad evidente e inmediata del mundo que nos rodea pueden compararse con la certeza y perfección que se experimentan en esta VIVENCIA. Esta VIVENCIA siempre altera, transfigura, trastorna, invalida, supera la realidad previa y verdadera. Una de las virtudes que posee esta VIVENCIA es que incluso aquello que hasta entonces considerábamos perfecto, se transmuta súbitamente en una suerte de espectro, incomodidad y difuso anticipo de esta OTRA PERFECCIÓN. Entonces nada ni nadie que pertenezca a ese nivel de realidad anterior y superado podrá reconocerte ni validarte ni acompañarte, aunque traten de seguirte amando y respetando. Podrá llegar a ocurrir que incluso juiciosa, realista y válidamente te CRUCIFIQUEN, como hicieron las autoridades judías con el ícono de la trascendencia humana. JESÚS, ícono y arquetipo de este nivel y grado de experiencia transpersonal se le aparece necesariamente a todo aquel que experimenta esta misma VIVENCIA: la vivencia del drama del cuerpo y de la personalidad humana maltratados injusta, salvaje y violentamente.
La recuperación fue rápida y promisoria. El descubrimiento de Dios lo iluminaba todo. El amor de Jesús y María desbordaba su corazón. Sin embargo, en su inocencia aún infantil no se había siquiera preguntado ni atisbado siquiera si aquella “vivencia propia, cierta y sublime” era lisa y llanamente evidencia de la enseñanza religiosa recibida y de la imaginería católica que su entorno familiar y social habían desplegado para explicar su vivencia. Ildefonso no era entonces capaz de preguntarse seriamente: ¿ESTO es realmente DIOS?... Incluso más, como acabó ocurriéndole más temprano que tarde: ¿ESTO es realmente EL DIOS CATÓLICO?...
El acopio progresivo de conciencia acabaría inevitablemente señalándole las grietas profundas, las dolorosas inconsistencias, los juegos sicológicos que se encuentran adheridos e incluso representan a toda forma de religiosidad y hasta de fe. Esto mismo fue la señal de un nuevo milagro a los ojos de sus mayores: Ildefonso había encontrado la fe, la fe en el Dios vivo y verdadero: “¡Nuestro Señor Jesucristo!”... Pero esto mismo sólo veinticuatro horas después del milagro de la aparición a Ildefonso de la mismísima Virgen de Santa Teresita des Lisieux cobraría también una dimensión crítica gracias a su sobreabundancia de conciencia y honestidad –y que ya no cesaría de acompañarlo por el resto de su vida--.
Después de dormir más de 14 horas seguidas, Ildefonso despertó con mucha hambre. Comió con gusto pastas, puchero y un buen trozo de asado acompañado de verduras salteadas. Luego la Madonna llamó a toda la familia y a los allegados para que se reunieran en torno a la figura de la Virgen engalanada con azucenas olorosas; encendió doce velones bendecidos y una barra de incienso. Con profunda devoción, alegría y gratitud más de cincuenta personas rezaron de rodillas sólo los misterios gozosos, dado que Ildefonso aún se encontraba débil. De hecho hacia el final, aunque Ildefonso era uno de los que más intensamente levantaba la voz en la jaculatoria, se fatigó y, dejándose caer de lado, se quedó profundamente dormido...
Sentado en las últimas bancas de una imponente catedral gótica escuchaba con admiración la música del órgano que hacía vibrar el aire y los objetos. Su alma se encontraba en una especie de éxtasis jubiloso, pero contenido. Entonces giró su vista hacia uno de los altos vitrales por los que ingresaba un chorro de luces de colores que atravesaba la imagen del Hijo de Dios crucificado. Una paloma blanca que se cernía sobre el madero aleteó y luego se acercó volando a Ildefonso; dio algunos giros alrededor de él, para en seguida dirigirse hacia la derecha. Ildefonso la siguió encantado con la vista, pero la paloma voló raudamente hacia el mar. Desde la playa de arenas albas como el plumaje de la paloma Feliciano le hacía señas para que se acercase. Ildefonso comenzó a correr por la arena, hacia su amigo, pero éste también comenzó a correr hacia las mansas aguas de un hermoso color calipso. A medida que Ildefonso se acercaba, Feliciano gritaba dichoso y daba saltos entrando al mar. Ildefonso observó que las ropas de Feliciano se habían vuelto blancas y asemejaban una túnica que le llegaba hasta más abajo de las rodillas. Sin embargo, a medida que Feliciano avanzaba, el mar cobraba un color terroso y oscuro. Comenzó a agitarse el oleaje al punto de que una ola arrastró a Feliciano, quien ya no podía echar pie sobre el fondo. Feliciano giró la cabeza hacia Ildefonso y le arrojó una mirada angustiosa. De pronto se levantó dese la distancia una ola verdinegra que se empinaba más y más a medida que avanzaba hacia la costa. Feliciano seguía vuelto hacia Ildefonso, por lo que no podía ver la ola inmensa que seguía creciendo. Ildefonso se quedó atónito y paralizado, esperando. Feliciano estiró su brazo por encima del agua, buscando la mano salvadora de Ildefonso; se quedó así con los ojos exorbitados de miedo, hasta que la cresta de ola, cien metros por encima de él, se derrumbó atronadora sobre su cabeza. Ildefonso dio un alarido, y de un brinco se sentó sobre su cama…




[1] Obras completas de Teresa de Lisieux, Manuscrito dedicado a la madre Inés de Jesús, cap.3.

martes, 2 de enero de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (Capítulo II)




¿Es un hecho como éste el que marca el destino de una persona, o es el destino el que se materializa en el hecho?... Ildefonso había ido un poco más lejos en su necesidad de comprender el misterio de Dios, porque Dios, igual que el destino, se ocultaba a cualquier atisbo de inteligencia humana tras el destino mismo y tras los hechos. Entonces, su pregunta había desembocado en una interrogante todavía más osada: ¿Y si el destino y los hechos interactúan entre sí respondiendo en realidad a causas profundas, ignoradas, múltiples, incluso no-causas? ¿Y si Dios mismo no era más que una apercepción mediada por la conciencia humana, como TODO, sin excepción?...
Ildefonso sabía con claridad meridiana que el asesinato de Feliciano lo había marcado como un referente y un agente continuo por el resto de su vida. Feliciano siempre había sido decisivo y presente en cada decisión importante que desde ese mismo momento y en adelante había tomado. Un sicólogo y un físico habrían afirmado con justa razón que la muerte de Feliciano era la causa manifiesta e irrefutable, y no otra. Era innegable también que si ese hecho no hubiese ocurrido, ninguna de aquellas decisiones hubiesen sido las que fueron. Sin embargo, al día de hoy la cuestión ya no era tan simple y clara para Ildefonso.
El asesinato de Feliciano provocó una crisis, la primera y tal vez más profunda de toda su vida. Hasta ese momento su vida transcurría como la vida de cada niño protegido por el amor de sus padres: a resguardo de toda experiencia del mal, y, en lo posible, de toda experiencia riesgosa y sufrida. Nunca había visto un muerto, y menos morir a alguien. Pero contemplar cómo moría desgarradoramente su mejor amigo, sin poder hacer absolutamente nada, le partió el alma en pedazos y le ofuscó tanto la mente, que los primeros tres días no durmió, ni comió, ni habló, y apenas bebió unos sorbos de agua que su madre amorosamente consiguió que bebiera. No podía quitar ni un instante de su cerebro y de su mente afiebrada la imagen insoportable de su amigo agonizando. Sólo lo veía a él, y por él experimentaba nada más que un dolor desconocido y tan profundo, que avanzaba minuto a minuto despertando y abriéndose cada vez más honda y ampliamente algún trágico ser interior y, en consecuencia, la existencia toda.
La muerte es quizás la vivencia más sobrecogedora y desconcertante que puede experimentar un ser humano vivo. Desde ese mismo día Ildefonso comenzó a vivir la muerte como el flanco abierto del alma y de la carne, o como la sombra inseparable que surge de la luz de la vida, o como la exhalación de cada respiración; Muerte incluso más cierta y cercana que Dios. Y precisamente en ese horror y abismo de la muerte y la locura estaba contenido su opuesto, la ley y esencia suprema del mismo-otro que constituye el dinamismo antitético sin final de todo lo que adviene a este plano de existencia y realidad. Nadie puede negar en conciencia que las señales contrarias, los signos premonitorios, los futuribles potenciales están siempre ahí delante, al mismo tiempo que las evidencias avasalladoras de lo que se impone inequívocamente como acto y presencia. Sólo nuestro siquismo auto-exaltado y auto-referente nos niega muchas veces constatar lo Opuesto, o lo Abierto, tan cierto y real como lo evidente y lo presente. Por ello mismo es necesario entender crisis no como un ahogo y encierro en un pozo sin fondo, o como una caída sin final ni regreso, sino precisamente como una posible disyunción de dos caminos existenciales, cuya condición incierta y aún no definida provoca esa angustia y desorientación que siempre emocionalmente la acompaña, mientras dura. Muchas personas se quedan interminablemente en ese estado crítico, incluso durante toda su vida. Otras, como Ildefonso, reciben desde alguna zona profunda y misteriosa el aliento necesario para construir y re-construir realidad a partir del magma más caótico y trágico de toda crisis, como una especie de Voluntad Trascendental de Oposición.
Allí, en esas precisas terribles circunstancias, en ese caos desintegrador del dolor supremo que alcanza a hacer suyo un ser humano, surgió como única antítesis posible y necesaria la dimensión “divina” del ser humano. Cuando se alcanza el límite, la frontera del sufrimiento, entonces sólo es posible o bien sucumbir y morir, o bien renacer, en ese mismo instante y cuerpo, transfigurado desde el espíritu. Y no digo primero la epifanía de Dios, como una aparición sobrenatural, ex machina, que desgarra la realidad física y su legalidad espacio-tiempo, sino pura y simplemente la transfiguración interior de la sustancia humana, como principio de realidad. A esto le llamamos espíritu, por excelencia, sin necesidad todavía de Dios. A los niños se les enseña religión y Dios porque carecen aún de espíritu propio. Sólo desde los doce años un niño varón puede comenzar a experimentar el drama de ser humano, en un cuerpo y una mente cuya conciencia repentinamente se golpea profundamente contra la vida. Sólo entonces puede aparecer desde dentro de sí, como consecuencia y causa, el verdadero espíritu.
Yamil, padre de Ildefonso, y la misma Madonna atribuyeron al poder del Señor la salvación de su hijo. Leonidas rezó ininterrumpidamente mil rosarios a la Virgen del Monte Carmelo. Falushka prometió nunca más maldecir ni pecar los domingos de Dios. Los abuelos hicieron mandas y votos a San Miguel, a Santa Teresita, a San Expedito, a San Pedro y San Pablo. En privado muchas familias celebraron también actos y ritos de adoración y de inmensa fe al Santísimo, al Padre, a la Madre, al Hijo y al Espíritu Santo. El padre Sebastián de la parroquia del Buen Pastor de Ñuñoa no dejó pasar un solo día sin encomendar a Ildefonso en la sagrada eucaristía. Sin embargo, la Madonna, por sobre todos, había dispuesto una pequeña estatuilla de la Virgen sobre un zócalo en el muro frontero a la cama de Ildefonso, y había colgado del cuello de su hijo un milagroso crucifijo de plata, que, según se decía, había pertenecido al Papa Sixto IV. ¿Cuál de todas estas expresiones de fe (o todas juntas) ejerció finalmente el verdadero milagro?...

Más aun, hubo un hecho particular y único que a los ojos de todo el mundo causó la sanación de Ildefonso, y finalmente, mucho más que eso… Primero fue un perfume exquisito, luego un resplandor translúcido y bello, finalmente el roce de una caricia continua desde dentro del alma.

viernes, 29 de diciembre de 2017

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo I-4)



Era una de esas mañanas primaverales que ponían particularmente de buen humor a Ildefonso, y, como de costumbre, al revés de su hermana Falushka, dos años mayor que él. Justo antes de subir a la carreta Ildefonso se había encontrado junto a la rueda de madera el tallo quebrado de una de esas cerrajas amarillas de esas tantas malas hierbas del campo. El peludo bobtail ladraba y daba saltos alrededor de Ildefonso, haciendo ademanes de abalanzarse sobre él. Cuando Falushka pasó a su lado para empinar su pie sobre el estribo de la carreta el perro le lamió la mano; Falushka dio un gritito y exclamó:
--¡Qué asco!
Ildefonso lanzó una sonora carcajada y abrazó a Zikki, el can. Leonidas los apuró:
--¡Niños, llegaremos tarde!...
Falushka volvió la vista hacia la casa y se quedó pensativa, con el ceño fruncido. Leonidas se apeó del carro, cogió delicadamente el antebrazo de la joven y esperó que ella tomase la iniciativa. Ildefonso se puso la flor detrás de la oreja, lanzó por encima su fardo de cuadernos y libros, se aferró a las barandillas y de un salto se encaramó por el lado. Una vez arriba se dejó caer de espaldas sobre el tablado de la carreta. Falushka se sentó junto a Leonidas, giró la cabeza para mirar a Ildefonso y, al observarlo sonriente tirado en el piso, dio un respingo, arrugó un poco la nariz y se acomodó en el asiento, levantando orgullosamente la barbilla, y fijando la vista al frente.
A lo lejos se escuchó un chiflido y Zikki partió a la carrera hacia la casa, mientras la carreta se ponía en movimiento, tirada por el fiel caballo de tiro. Ildefonso cerró los ojos para sentir el golpeteo de las irregularidades del camino contra su espalda. Sus sentidos se habían aguzado el último tiempo. Una exquisita sensación de paz y bienestar lo acunaba allí, en el fondo de la carreta, pero sobre todo en una suerte de fondo y cuna cósmica de toda la realidad. Abrió nuevamente sus ojos para contemplar el cielo azul, y allá, vio a un costado nubes bajas que parecían colgar del techo celeste. Una decena de gorriones se arremolinó por encima, entrelazándose alegres y bulliciosos, luego continuaron velozmente su vuelo hacia el norte. Inspiró lenta y profundamente el aroma a tomillo, a romero y azafrán que por los alrededores el aire fresco levantaba de las hojas verdes al evaporar suavemente su humedad con los templados rayos del sol. Sorpresivamente, casi como una voz interna, se preguntó a sí mismo: ¿Esto es Dios?...
En ese mismo instante una de las ruedas se encontró con una piedra en el camino y dio un fuerte brinco sobre y contra ella. Ildefonso se elevó un poco del piso y luego se golpeó con fuerza la cabeza. Perdió el sentido por un rato; al volver en sí se encontró rodeado por varios de sus amigos, por Leonidas, que lo observaba con notoria preocupación, y también por su tío Saúl, el profesor de la escuela.
--¿Cómo estás?—preguntó Leonidas.
--¡Bien!—contestó Ildefonso con una desagradable sensación de mareo. Saúl lo escrutaba por encima de sus anteojos, sonriendo casi sardónicamente.
--¿Quieres que te devuelva a casa?—agregó Leonidas.
--¡No!... ¡No!... ¡No!—gritó un grupito de amigos a su alrededor.
Ildefonso se sintió complacido y satisfecho por el interés que demostraban sus amigos. Se irguió valientemente y, sentado sobre el piso, asentía con la cabeza. De hecho, pronto se sintió bien y con la ayuda de sus compañeros bajó de la carreta, envuelto en una algarabía de niños felices. Todos se dirigieron hacia el bodegón desteñido de color terracota. Benigno, el ayudante del maestro había depositado, sobre los mesones de estudio, sesentaitrés jarros de leche humeante y el mismo número de frescas magdalenas, que uno u otro de los padres aportaba cada mañana.
Después de las primeras lecciones y actividades de la mañana uno de los chicos se acercó con sigilo y le dejó algo en el bolsillo de su pantalón. Ildefonso lo sacó con curiosidad y se encontró con un papelillo estrujado. Lo desplegó y leyó escrito con mayúsculas: “AL RECREO EN EL ORATORIO”. Así le llamaban a una hornacina con un Cristo Crucificado y una Virgen doliente, orando a sus pies, que habían construido a unos cincuenta metros de la escuela, siguiendo un sendero boscoso que ascendía hacia la montaña, donde la comunidad escolar concurría a celebrar las fiestas religiosas. Cuando Benigno hizo repicar la campanilla para que salieran al patio, Ildefonso buscó con la mirada a Gael, pero no lo divisó entre la algarada de niños que corrían hacia todas partes. Por un momento dudó, se echó la mano al bolsillo y, como si esperase encontrar alguna pista no observada, volvió a leer el mensaje. Estos juegos estaban completamente fuera de su práctica y conocimiento. Por alguna razón que no comprendía el mensaje le producía inquietud. Sin embargo, tampoco pergeñaba nada que le impidiese cumplir la solicitud. Fabián le gritó desde la distancia: ¡Ven a jugar a la pelota!... Pero Ildefonso le hizo un gesto negativo con la mano.  Se dirigió decididamente hacia el Oratorio. Al llegar a la explanada descubrió a tres jóvenes conocidos, aunque algo mayores que él. Se encontraban de rodillas ante las sagradas imágenes, en actitud de oración. Se acercó sigilosamente por detrás, se prosternó junto a ellos y comenzó a orar un padrenuestro. Antes de que transcurriera un minuto, comenzaron a moverse, girando la cabeza hacia Ildefonso.
--¡Hola, Ildefonso!—lo saludó Gael.
--¡Hola!—respondió abriendo los ojos.
--¡Qué bueno que viniste!—saludó Nicolaus, un muchacho de pelo rubio, corto y tieso, con nariz aguileña y ojos marrones, pequeños, un tanto juntos para el tamaño de la cara.
--Queremos pedirte un favor, Ildefonso—terció Serafín, el chico más alto y delgado, que vestía una jardinera de mezclilla, como los granjeros.—Los chicos nos temen y tenemos mala fama, pero hemos decidido cambiar. Ya no queremos molestar ni perjudicar a nadie. Al contrario, queremos hacer el bien a todos aquellos que de una u otra manera lo han pasado mal con nosotros…
Serafín se calló y junto a sus dos amigos se quedaron observando la reacción de Ildefonso.
--¡Bien!... ¡Muy bien me parece!... –respondió Ildefonso con una sonrisa de satisfacción.
--¡Bien!... ¡Bien!... --exclamaron a su vez los jóvenes.
—Entonces, ¿nos ayudarás? – preguntó Gael.
--¿Cómo?
--¡Ven!... Sentémonos aquí—señaló Serafín, acomodándose en el entorno de unos escaños de piedra que rodeaban la hornacina. Quedaron mirándose unos a otros a escasos centímetros. Serafín se persignó bajando la mirada, al tiempo que los demás repetían el mismo gesto piadoso.
--Queremos comenzar retribuyendo a Feliciano, uno de los chicos que más hemos maltratado—dijo Gael--. Sabemos que es tu amigo, y que hoy es su cumpleaños, aunque él no quiere que nadie lo sepa. Pero le hemos preparado una celebración en secreto para no avergonzarlo...
--Queremos que sea una sorpresa. Se llevará la más linda impresión de ver que nosotros estamos ahora de su lado –agregó Serafín--.
--Pero, para que no sospeche nada –continuó Gael--, debes convencerlo de que te acompañe al bosque de las coníferas, en el alto. Allí le tendremos golosinas, regalos, y una que otra sorpresa más… ¡Te aseguro que será inolvidable para él!...
Estaban realmente emocionados. Sólo Nicolaus, sin proferir una sola palabra, sonreía y sonreía con una expresión extraña y distante.
Ildefonso accedió con gusto y excitación, pues le parecía una gran idea y una nobilísima acción. Consideraba de gran importancia espiritual, y hasta motivo de orgullo, ayudar a que esos tres pillos se convirtieran, de la misma manera que el Maestro había convertido a tantos arrepentidos pecadores. Volvieron a clases. Ildefonso encontró el momento de susurrarle a Feliciano que necesitaba hablar con él a la salida. Cuando llegó la hora Feliciano buscó a Ildefonso, y con la confianza que caracteriza al amigo verdadero se dejó convencer por Ildefonso de acudir al bosque de las coníferas, mientras sus demás compañeros almorzaban. Se fueron parloteando contentos y despreocupados hacia el alto, dispuestos a pasar una tarde entretenida, ya que ese día de talleres libres los padres vendrían tarde a buscarlos.
Cuando avanzaban ya cerca del peñón de la Virgen, y, de acuerdo a lo convenido, se escucharon algunas voces que gritaron al unísono: “¡Feliz cumpleaños!”. Entonces Ildefonso también exclamó: “¡Feliz cumpleaños!”, dirigiendo su mirada feliz a Feliciano, mientras se descubrían desde atrás de los árboles los otros tres muchachos. Feliciano abrió desmesuradamente los ojos y, palideciendo, se puso de inmediato a temblar. Ildefonso, por su parte, no podía creer lo que ahora estaba viendo… Gael, Serafín y Nicolaus saltaron literalmente alrededor de los dos, y se plantaron como felinos agazapados, listos para arremeter contra su presa, con los rostros transfigurados de rabia y malignidad, esgrimiendo cada uno hacia adelante un cuchillo. Ildefonso pensó por un momento que aquello era una broma, pero los movimientos decididos y amenazantes con que cogieron a Feliciano y le acercaron a la garganta sus cuchillos, lo aterrorizaron.
--¡Bien, niñitos, feliz cumpleaños!—repitió Nicolaus, que ahora sacaba la voz y parecía haberse transformado en el líder.
--¿Qué… qué es esto?—balbuceó Ildefonso.
--¿Creían que se nos iban a escapar?... ¡No, no!... No tan fácil, amigos. ¿Creían poder burlarse de nosotros sin ningún castigo?... ¡Ahora, caminen!... Y tú, Ildefonso, si quieres que no le hagamos daño a tu estúpido amigo, harás todo le que te digamos… ¿Entendido?...
Ildefonso asintió con la cabeza y se le llenaron los ojos de lágrimas. Los empujaron un par de kilómetros por entre las breñas, cruzaron el río por un vado hasta llegar a un sector de difícil acceso entre matorrales y peñascos.
--¿Qué van a hacer con nosotros?—preguntó con nerviosismo Feliciano durante la caminata.
Como respuesta recibió una patada en el trasero de parte de Gael, y un empujón de Nicolaus. Ildefonso por más que lo pensaba no podía imaginar qué harían con ellos, aunque confiaba en que todo aquello no tuviese más propósito que hacerlos pasar un buen susto. Sin embargo, le extrañaba particularmente la conducta de Nicolaus, quien no cesaba de hablarles con grandes ademanes a sus compañeros, pero sin esperar respuesta, en una suerte de monólogo dramático.
Después de subir y bajar repetidas veces por estas fragosidades, alcanzaron una formación de rocas como gruta, a la que ingresaron casi reptando. La luz entraba con cierta dificultad, por lo que adentro se veía sombríamente. Efectivamente habían allí variados objetos de fiesta de cumpleaños: una torta, velas, gorros, antifaces, serpentinas, golosinas y bebidas. Gael y Serafín amarraron las manos de Ildefonso a la espalda y los hicieron sentarse a un par de pasos uno de otro, sin dejar de amenazar con un afilado cuchillo a Feliciano, quien, comenzó a hacer pucheros mientras se orinaba en los pantalones. Ildefonso observaba a uno y otro de sus secuestradores tratando de adivinar sus intenciones. Cada uno se puso un antifaz, desplegaron los utensilios, encendieron las velas que clavaron en la torta, y comenzaron a cantar a viva voz el cumpleaños feliz a Feliciano. Al terminar su canto, Feliciano balbuceó:
--No… es…toy… de…cumple…años…
Entonces Nicolaus, repentinamente transformado, le dio un fuerte puñetazo en la cara a Feliciano y, rojo de ira, comenzó a gritar:
--¡Maldito gusano, hijo de tu perdición!... ¡No saldrás vivo de aquí!... ¡Pagarás todo lo que nos has hecho!... ¡Así acaban las garrapatas malditas que sangran a sus víctimas!... ¡Ya ves que existe la justicia divina y la venganza de Dios!... ¡Tú padre mató al mío!... ¡Ahora de nada te servirá tu padre asesino, hijo de polizonte!...
Los otros dos compañeros de Nicolaus se acercaron a Feliciano y le propinaron algunos golpes y bofetadas, pero Nicolaus, nuevamente transformado, los contuvo con un sonoro: ¡Alto!... Sonrió dulcemente, cortó con cuidado un pedazo de pastel y se lo acercó a la boca de Feliciano. Éste lo miró con terror y mantuvo los labios apretados. Con la misma beatífica sonrisa Nicolaus le restregó el pastel en la cara a Feliciano. Se limpió sin chistar la crema que cubría sus ojos y se quedó a la espera de la siguiente acción de sus captores.
--¡Un brindis, señores, un brindis!... ¡Por el cumpleañero!...—gritó emocionado Nicolaus.
Pusieron un vaso en la mano de Feliciano y Nicolaus, con una mirada torva y maligna le susurró al oído:
--Si no bebes, verás morir degollado a tu amigo Ildefonso, y luego te arrancaré los ojos con mis propias manos antes de cortarte la garganta también a ti…
Feliciano miró a los ojos a Ildefonso y, sin pensarlo más, bebió todo el contenido del vaso. Cuando acabó la última gota, los tres agresores aplaudieron dichosos.
--¡Listo!—exclamó con satisfacción Nicolaus.
Él mismo tomó una venda, la colocó tapando la boca de Feliciano, y la amarró por detrás de su cabeza. Los otros compinches amarraron firmemente sus brazos y pies, lo mismo que hicieron con Ildefonso. Se quedaron comiendo y bebiendo, riendo y bromeando, felices por el éxito de su hazaña.
Después de unos quince minutos, Feliciano comenzó a quejarse y se dejó caer de costado y contraído.
--¡A llegado la hora de partir!—vociferó Nicolaus--… ¡El ancho mundo nos espera!... ¡Feliz cumpleaños, niños!...
Se levantaron y salieron de inmediato con rumbo desconocido. Feliciano comenzó a retorcerse de dolor, gimiendo y gritando, pero su voz no salía más que opacamente. Durante más de dos horas Ildefonso contempló, sin poder hacer nada, cómo su amigo Feliciano convulsionaba, se hinchaba y cobraba un color verdoso, hasta finalmente yacer inmóvil y morir.


viernes, 22 de diciembre de 2017

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo I-3)



Primero, el juez local se había opuesto al rescate. Un turco rechoncho y sudoroso, ornado con un gran bigote de cerdas negras que desbordaba el ancho de su cara, sin siquiera levantar la vista de los papeles que tenía delante, declaró con voz cortante y gutural, mientras estampaba con fuerte golpe el timbre metálico de color violeta sobre su firma:
--Sin los debidos permisos, ningún niño sale de este país.
Ildefonso se quedó un segundo en silencio, atónito, luego se dio vuelta para buscar apoyo en su abogado, pero no encontró a nadie a su lado, ni tampoco en parte alguna del juzgado. Los dos días siguientes golpeó más de cien puertas en diferentes lugares. Más de quinientas personas escucharon sus alegatos, sus esperanzas, sus frustraciones, sus exigencias, sus gemidos, sus súplicas, sus ofrecimientos, su angustia. A veces lograba que una persona sonriese y se compadeciese de esa docena de niños que trataba de sacar de la guerra. Entonces un él o una ella piadosamente le prometía algo y, a continuación, lo enviaba proactivamente a hablar con un superior, el cual era siempre un “amigo confiable” que con total seguridad habría de apoyarlo y facilitarle un paso más en su noble propósito. Sin embargo, con ninguno de ellos logró superar la sonrisa inane, el halago escurridizo, la indiferencia encubierta, el desprecio prejuicioso, la cortesía hipócrita, pero, sobre todo, la eterna e inconciente mentira de un alguien consigo mismo. Ildefonso los conocía bien, se los había encontrado ya en sus tempranos años de escuela, luego en la Santa Iglesia Católica, más tarde simplemente en cada hombre y mujer que detentaba algo, lo que fuese, donde fuese, incluso el mendigo y el vendedor ambulante. Sin importar las características, las circunstancias y sus diferencias, todos los seres humanos, siempre, como una sola y misma persona terminaban –sólo un poco más o un poco menos-- en esto: la falsedad de sí mismos y la defraudación del prójimo. Mas, aun así, Ildefonso volvía a sonreír honestamente ante la sonrisa falsa de cada uno de ellos; volvía a perdonarlos compasiva y visionariamente; volvía a tener esperanzas en el próximo hombre y mujer; volvía a creer. Y es posible que su optimismo y su benevolencia no fuesen tanto una inspiración divina, ni su consecuencia con el elemental mandato moral de Cristo Jesús, ni su carácter débil y conciliador, ni su condición y rol de cura, sino más que nada la necesidad de no abandonar a su suerte y perdición a tantos niños y seres humanos por los que casi nadie hacía nada… Una y otra vez tendían a aflorar la rabia y el insulto desde el fondo de su barriga animal cada vez que constataba la injusticia, el engaño y la traición; una y otra vez el desánimo y la frustración le insinuaban abandonar lo imposible, abandonar lo negado, abandonar lo usurpado, pero de inmediato una respuesta fulgurante y arrebatadora desde alguna conmovedora zona de sí borraba por completo el rastro de cualquier memoria deprimida y fracasada. ¡Eran los niños!... ¡Los niños causaban ese efecto instantáneo en él!
--¡¡¿Quién crees que soy?!!...
Así le había gritado en la cara a un policía que había comenzado a golpear a Paul, uno de sus doce menores, porque éste atemorizado y desconfiado no dejaba de chillar al oír del funcionario competente que sus padres habían muerto. Rojo de ira y retirándole al niño de su cercanía, volvió a decir:
--¡¿Quién crees que soy?!... ¡¿Un santo?!...
Iba a agregar: ¿Un cura?... Pero se contuvo. El policía reaccionó a la furia de Ildefonso y le propinó un fuerte empellón, dispuesto a trabar combate con él. Ildefonso se dio cuenta de que también él mismo era un fraude, una pantalla, una construcción social y religiosa por encima de algo profunda y dolorosamente diferente… ¿Hasta dónde era capaz de llegar por defender la integridad de un niño? Se asustó de sí mismo, cogió a Paul entre sus brazos, se dio media vuelta y salió precipitadamente del consulado, dejando inconclusa la solicitud.
La guerra era connatural a la naturaleza humana. Ningún individuo, por más trascendido que fuese, podía escapar al instinto brutal de matar. Sólo en niños y en algunos ancianos Ildefonso había constatado la ausencia total del instinto asesino. Sin embargo, le cabía duda de que aquel absoluto pacifismo no fuese más que una cierta incapacidad de ser completamente persona, y, particularmente, de ser plenamente conciente...
Al salir de la cancillería rojo de ira y despedirse con un fuerte portazo, su conciencia voló instantáneamente hasta el Priorato. ¿Qué no haría por aquellos ocho niños que allí lo esperaban?... Cada cierto tiempo volvía la crisis. Todo había comenzado con la crisis de los doce años, con el síntoma que se acostumbra llamar la adolescencia, es decir, la enfermedad… Después de treinta años en crisis intermitentes y cada vez más continuas, ya podía reconocer que había hecho un largo recorrido y un acopio de las más variadas experiencias y procesos asociados, al punto de que había llegado a actualizar una suerte de igualdad entre CRISIS y VIDA, sea lo que fuese aquello que denominaba crisis, y sea lo que fuese esto que llamamos vida.
La primera crisis de los doce años es ante todo una crisis de conciencia. Los cambios biológicos que acompañan este genético despertar de conciencia son facilitados por la maduración del sistema nervioso y del cerebro, de manera que la mente puede activar y encarnar estos registros dormidos de la mente profunda durante la infancia. Fueron particularmente dos los hechos que marcaron la dirección de este despertar de Ildefonso. (Designamos despertar a esta experiencia, pues acontece repentinamente un acceso de conciencia que devela una realidad que jamás se había visto, y ni siquiera presentido, antes.)

La familia completa de Ildefonso era oriunda de Nvardolenk, un pequeño pueblo del noroeste de Ucrania con apenas un millar de personas, y que de tan insignificante ni siquiera aparece en los mapas. Los lugareños profitaban de una agricultura magra y de diferentes artesanías que comerciaban en la distante Boikivshchina. Los Cárpatos circundaban el paisaje cercano y lejano con sus fragorosos muros de nieve infranqueable durante los inviernos, y con sus montañas grises, afiladas e inaccesibles durante el verano. El terreno de unas pocas hectáreas de los Delenikas Tatay descendía en suave pendiente, entre hierbas, variados árboles, hortalizas y matorrales hasta el Kirkulk, accidentado riachuelo, afluente del distante Olshanka. Por las mañanas Ildefonso asistía a la escuela del pueblo, un bodegón acondicionado para estos menesteres y contra las inclemencias del tiempo, donde un único maestro, tío en segundo grado de Ildefonso, acompañado por un asistente cojo y viejo, enseñaba a los sesentaitantos niños que acudían, la mayoría de ellos felices de aprender de aquel notable y excéntrico maestro, pero los menos, obligados por sus padres. Ildefonso era uno de aquellos niños que saltaba de la cama con la sonrisa en su cara, cantaba los himnos religiosos matinales junto a su padres, abuelos y hermanos, se bebía toda la leche humeante, correteaba un rato por el patio saludando a sus animalitos regalones, mientras esperaba que su hermana Falushka, una de los niños obligados, acabase, entre gemidos y maldiciones, de desenredarse el pelo oscuro y ensortijado para luego subir a la carreta que guiaba Leonidas, el más confiable de los trabajadores ayudantes de su padre Yamil, con las labores del campo y de las innumerables otras labores del cuidado de la granja.

viernes, 15 de diciembre de 2017

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo I - 2)



¡Qué desoladora!, ¡qué desolada se le aparecía a sus sentidos y a su conciencia la playa de Bodrum, cubierta de niebla y húmedo frío! ¿El ruido turbio y arrastrado de las olas querían transmitir algo, o eran simplemente la intermitencia del rodar de una cosa sobre otra, como el segundo aplasta al segundo anterior? ¿En qué había más sordera?... ¿En escuchar allí la voz de Dios, o las voces silenciadas para siempre de una docena de niños, o el retumbar de las olas, o simplemente el natural sinsentido de todo, escuchar la nada? Ildefonso se restregaba maquinalmente las manos, mientras recorría con sus ojos atónitos la niebla que le impedía ver, diez pasos más allá, aquello que sin embargo su alma le impedía ver en absoluto. Porque si ahora no sabía qué hacer ni adónde ir, su mente y su alma se resistían como un muro de acero, o simplemente un vacío, que no devuelve nada a la conciencia, ni siquiera dolor. De pronto, experimentó un empujón violento, como si una fuerza gravitacional desconocida lo arrojase diez metros hacia lo alto, fuera y por encima de su cuerpo. Se vio a sí mismo, su cuerpo pequeño y ajeno allá abajo, pero su alma y su conciencia liberadas por encima de todo viviendo su propia expansión y sosiego en el sentimiento sublime de una realidad autoconciente y totalizada. Nunca había experimentado tanta felicidad. ¿Estoy muerto?, pensó. Y como si ese mero pensamiento fuese un peso aplastante volvió a derrumbarse instantáneamente dentro de su cuerpo. Por un momento sintió vergüenza. ¿Estoy huyendo de mí mismo, de mi realidad?... Como si fuese una respuesta le sobrevino un recuerdo vívido. Todos aquellos niños eran hijos de la guerra. Ildefonso los buscaba como un sabueso entre los escombros de las ciudades bombardeadas, pero no sólo desde abajo de los bloques de cemento de cielos y muros, sino también desde la desesperación de unos escombros humanos, padre y madre destrozados, familias enteras, mutilados e inválidos que ya no podían continuar protegiendo y sosteniendo la vida de sus hijos. Ildefonso los sacaba de la guerra y los entregaba a miembros de organismos internacionales, a las ONG, al Patronato de la Infancia de la Curia, al Buró de Bruselas para refugiados, a Cáritas, al ACNUR, al OIR de las Naciones Unidas, e incluso a todo particular filantrópico que estuviese bien dispuesto a recibir a un niño expósito. Sabina, la madre de Camila, una niña tímida de cuatro años que se aferraba con desesperación al cuerpo destrozado de su madre (después de un bombardeo de la coalición), se la había entregado con lágrimas en los ojos que no dejaban de correr por su cara manchada y sanguinolenta, mientras la trataban de subir a una improvisada parihuela. Con apenas tres dedos en su único brazo cogió con fuerza la mano de Ildefonso y le suplicaba:
--¡Padre, júreme por Dios, que no la dejará morir!... ¡Júreme, padre!...
Ildefonso reconoció que aquella infortunada mujer se aferraba unos minutos más a la vida sólo para tratar de dejar en sus manos esperanzadoras a su hija.
--¡Te lo juro, mujer, por Dios y por mi madre que así lo haré!...
¿Habría un solo ser humano que pudiese haberle dicho que no? Pero no por ello Ildefonso tendría que haberla asumido como si se tratase de su propia hija. Porque es muy fácil decir que sí a la súplica de un moribundo, o a la necesidad del dolor, pero el real compromiso que habita en el trasfondo de toda alma humana nunca se encuentra a la vista, ni siquiera de la propia conciencia de esa alma. Y aun así no basta. Ildefonso le había fallado a aquella mujer moribunda, pero sobre todo madre, lo mismo que a su Madonna. ¿Acaso no era él mismo un vicario de Cristo y del mismísimo Dios?... ¡Había jurado en nombre de su madre y de Dios, pero no lo había cumplido! ¡Mintió! ¿De quién era la culpa, o si se quiere, la responsabilidad, o hasta más prosaicamente, la causa?... ¿No había asumido también un juramento implícito con cada uno de esos doce niños que se le habían destruido y masacrado por su culpa, responsabilidad y causa?
Sólo tres días después brotó el dolor de su alma como un pus infernal. Una violenta fiebre que alcanzó los 41 grados lo abatió casi hasta las puertas de la muerte. Deliró durante una semana en el hospital San Juan de Dios entre alaridos, convulsiones, sedantes y pesadillas despierto. No respondía a tratamiento alguno, y ante su debilidad manifiesta y extrema, se le había otorgado la extremaunción. Pero así como había caído, así se levantó, cual un Lázaro resucitado por el Verbo divino. Al séptimo día, a eso de las tres de la tarde, abrió repentinamente los ojos y se persignó. Le refirió al médico sorprendido que un ser maravilloso, resplandeciente de luz vibrante y no vista, descendió volando sobre un caballo alado, mientras una música maravillosa que se oía en eco profundo, en contrapunto por todas las partes del Universo, cantaba un himno de alabanza al Bien que lo colmaba todo. Cuando se aproximó a su lecho descendió como flotando hasta su lado y tomándole una mano con su mano infinita, más blanca que la nieve, le dijo sin mover los labios, desde su sonrisa limpia como una mañana de sol estival:
--¡Mis niños vendrán a ti como las olas del mar, uno tras otro, sin descanso!... ¡Debes continuar, Ildefonso, yo estaré contigo!...
Luego se elevó nuevamente por los aires sobre su corcel de fuego hasta desaparecer más allá del horizonte. El médico extrañado le preguntó, mientras le tomaba el pulso en su muñeca izquierda:
--¿Quién era ese ser milagroso?...
--¡No lo sé!... Pero como yo creo en Jesús, lo llamaré Jesús
--Bien, sea Jesús o no sea Jesús, esto es un milagro y debes dar gracias a Dios. Ahora tienes que descansar para reponerte y volver a tu valiosa labor, padre Ildefonso.

El médico salió de la habitación. Ildefonso volvió la mirada hacia la ventana, por la que alcanzaba a distinguir un cielo azul más luminoso de lo que recordaba. La luz no era sólo la luz de este mundo; la ventana no era sólo una abertura hacia este mundo, y la conmovedora sensación de bienestar, no era sólo la paz de una mente de este mundo. A lo lejos escuchó el retumbar desgarrado de una bomba de racimo.

viernes, 8 de diciembre de 2017

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo I)

PREÁMBULO

He comenzado a dar a luz una nueva novela, y, lo mismo que Akarghi, la escribiré poco a poco, publicando en la medida que este bebé avance en su trabajo de parto. Generalmente publicaré semana a semana, si bien no tendrá el formato de capítulos diferenciados por remesa. Espero que la sigan con agrado y me regalen la paciencia de continuar su lectura interrumpida por tanto tiempo cuanto tarde en escribirla por completo. Ahora pues, a leer...




CAPÍTULO I



Ildefonso Delenikas Tatay observaba desde la orilla con evidente impaciencia y nerviosismo, junto a una pequeña hoguera que ya comenzaba a declinar, la oscura inmensidad del mar silencioso y sin luna. En sus brazos, pegada a su pecho, dormía una pequeña niña, cuya diminuta cabeza colgaba delicadamente desde su brazo izquierdo, dejando caer sus cabellos largos y lisos hacia el centro de la Terra, tan negros como esta noche otoñal sin estrellas. A su alrededor, todos de pie, el rebaño ansioso de una docena de niños se encontraba en silencio, prendidos con su mirada de la mirada fija y en lontananza de Ildefonso, atentos al amoroso mandato de su pastor, a la espera de aquella maravillosa sorpresa que les había prometido…
Primero arrugó las cejas, tratando de vislumbrar un diminuto resplandor que creyó ver en el horizonte; luego, dejó escapar el aliento que había contenido por un minuto, y un bosquejo de sonrisa casi temblorosa iluminó en él la esperanza.
--¡Niños míos, miren allá!— exclamó, separando sólo su antebrazo del cuerpecito de la niña, y mostrando con el índice hacia la luz que avanzaba lentamente hacia ellos.
El grupo de párvulos comenzó a moverse ansiosamente. Unos se apretujaban, otros daban saltitos intentando ver algo por encima de las cabezas de los otros más altos, aquellos miraban hacia todos lados, estos se quedaban con la boca abierta y sorprendidos.
--¡Shtttttt… silencio! –susurró Ildefonso, conteniendo las variadas expresiones de los pequeños.
Todos enmudecieron a la orden de Ildefonso, salvo un pequeñín de pelo negro muy corto, casi rapado, que hacía unos ruiditos agudos, mientras levantaba su mano, pidiendo la palabra.
--¿Qué pasa, Valentín?—preguntó Ildefonso.
--¡Quiero pipí… quiero pipí!—repitió angustiado el niño.
--Ven conmigo.
Se retiraron juntos una decena de pasos del grupo, hacia el interior de la playa; Ildefonso depositó cuidadosamente a la niña sobre la arena y ayudó al pequeño a bajarse el pantalón. Volvió la mirada hacia el grupo de niños que seguía hipnotizado contemplando la luz creciente sobre el fondo negro de las aguas, mientras escuchaba a su lado el sonido intermitente de la diminuta cascada. Con cierta extrañeza comenzó a percibir que el sonido acuoso se hacía más agudo e intenso, rápidamente más agudo e intenso, hasta que una especie de trueno silbante bajó de los cielos y en menos de un segundo, con un estrépito infernal, estalló a la orilla del mar una inmensa expansión de fuego que encendió todo el lugar, arrojando esquirlas, llamaradas y humo hacia todos lados. Ildefonso saltó disparado por los aires, voló varios metros, hasta caer rodando sobre la arena, inconciente.
Después de un tiempo indefinido, volvió en sí, adolorido, con la ropa destrozada y sangrante. Comenzaba a amanecer y una luz grisácea y torva teñía la cercana escena marina de horror. Una especie de vapor fétido ascendía silenciosamente desde el inmenso socavón en la playa. No había niños, no había cuerpos, sino pedazos de carne chamuscada, restos de manos, de esqueletos, de cráneos, vísceras y zapatitos pequeños, todavía humeantes. Ildefonso se llevó ambas manos al pecho, se inclinó sobre la arena y, sollozando, comenzó a vomitar.
Treinta años antes había escuchado de boca del cardenal Jonas Kukszinsky: “La vida no es justa”. Entonces él replicó desde su atolondrada juventud:
--¿Dios lo es?...
El cardenal, que había lanzado esa frase casi como una muletilla en medio de una decena de clérigos amigos, se volvió hacia Ildefonso y luego de escrutarlo con una mirada seria, sonrió complacido:
--¿Quién es Dios?—le respondió con otra pregunta.
Ildefonso enmudeció, e incluso su rostro palideció como papel. Kukszinsky se había abierto paso hasta el fondo de su alma y había escrito en ella con un estilete al rojo vivo las palabras que lo acompañarían por el resto de su vida: “¿Quién es Dios?”…
La Madonna, como habían apodado a su madre (porque era como la Señora por excelencia, la mismísima madre de Dios), de pequeño lo había instruido en la fe, en esa maravillosa creencia que durante una veintena de años había concebido como la única fe, la fe de todos los hijos de una mujer tan buena como su propia madre, o sea, la misma fe de todos los seres humanos. --¡Qué bella es la vida cuando se vive en la paz de un pequeño mundo fundado y fundido con la espiritualidad y el bienestar interior!...-- Desde ese amor y luminosidad que irradia tan naturalmente el hogar de unos padres bondadosos, cristianos, un hijo receptivo y apasionado puede construir con absoluta naturalidad y consecuencia una realidad y una experiencia universal de amor y de luz, como si ese amor y luz lo contuviesen y animasen TODO, de principio a fin, desde el alfa al omega. Muchos años después, una tarde en la plaza de San Marcos de Venecia, había visto a contraluz, cegado por un sol primaveral y sereno, que hombres y mujeres a los treinta, a los cincuenta, a los setenta continuaban viviendo en el extrañamiento de ese beatífico mundo, como si la realidad no fuese al fin de cuentas nada más que lo que uno quiere ver y crear.
--¿Cómo es posible que el sufrimiento más insoportable, y hasta la aberración de la crueldad y la humillación progresiva y degradante que ejerce el monstruo humano sobre otro ser humano lleguen a ser transfigurados y espiritualizados en esta fe pacificadora y delirante?...
--¡Jesús es tu respuesta divina y la salvación al abismo humano!...
Mientras recorría con su vista anonadada y perdida la desolada playa de Bodrum, el recuerdo de aquel misterioso consuelo que alguna vez había recibido de su Madonna, cuando ya flaqueaban sus fuerzas en el último año del Seminario, se le reflotaba como un cuerpo agonizante que se resiste a aceptar tanto la vida como la muerte. ¿Acaso la religión y la sublime experiencia de Dios no eran más que el efecto alucinado de la mente humana, tan poderosa, que puede incluso construir y experimentar un Universo de Amor y un Dios de Amor que en realidad no existen ahí delante, ni en ninguna otra parte que en la ilusoria mente humana?