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viernes, 23 de septiembre de 2016

AKARGHI (capítulo 86)





Había caminado meses, quizás años… ya no podía recordarlo. ¿Cuántas veces durante los últimos  diez, quince o veinte años había experimentado la certeza, a veces la intuición, a veces el pensamiento, a veces la duda, a veces el recuerdo de encontrarse aún y siempre en el tormento del Camino de la Verdad, en Lamayuru, pasando tan lentamente el tiempo, y a la vez tan densamente y veloz, que experimentaba las interminables seis horas como si en realidad durasen decenas de años?... ¿Cuánto más habrían todavía de durar? De la misma manera que una ramita seca sobre las aguas de un río –si le agregamos conciencia-- aspira a saber dónde acabará su recorrido, pero dejándose llevar por la fuerza del cauce nada puede hacer para acelerar su expectativa, y entonces acepta lo inevitable del presente sin por ello renunciar a que su mente alada se adelante en el tiempo y en la dirección de su camino, así también Akarghi se encontraba ya en la encrucijada de dos o más dimensiones de realidad. ¡La realidad  entera se volvía tan diferente si había o no memoria asociada al flujo y resplandor de la conciencia!… Pero, ¿qué certeza, qué verdad y realidad garantizaba siquiera la conciencia misma, por sí misma?

¡Perdóname, Akarghi,  por traer a la palabra y al lenguaje tu existencia tan extraña al lenguaje, a la razón y a la palabra!

Cualquier sueño, cualquier fantasía, cualquier recuerdo, cualquier ilusión o imposible incluso, son estados de realidad tan ciertos, diferenciados, nuestros, continuos y reales-ahí, como esto físico y material que llamamos el mundo real

Quienquiera que lea esto, que se considere tan cierto y superior,  y conciba tan fingido e irreal a este Akarghi, aunque Akarghi pase a través de mí, lo mismo que un hijo que viene del otro lado pasa hacia acá a través de su madre… ¿Alguien siquiera se preguntará cómo Akarghi me afecta a mí, yo, que soy aquí nada más que la sombra de Akarghi?

Akarghi caminaba el parikrama en torno a la pequeña fuente de jade de forma circular, como si fuese el cielo, realizando el mudra de anjali. De manera similar la rueda del samsara gira cuando depositamos dentro de ella nuestra conciencia. Akarghi contemplaba sus pies y al verlos avanzar ordenadamente uno después de otro se decía (Yo no soy mis pies, sin embargo camino sobre unos pies que siento y llamo mis pies… Esta es la ilusión, en diversos sentidos, de ser yo unos pies que dirijo con mi voluntad, de ser los pies unas cosas, pero también de no ser unos pies…). Entonces se detuvo repentinamente, miró por todo el entorno y, a continuación, entró a la pequeña pileta sin dejar de mirar sus pies. Contempló el movimiento primero desordenado de las aguas, luego las ondas concéntricas  que concurrían con cada pequeño movimiento alrededor de los dedos de sus pies y de su ropa mojada. De un golpe comprendió que habían allí tantos universos, tantas posibilidades que pasaban por él, así como habían tantos otros paralelos a él, divergentes a él, superiores a él, inferiores a él (¿Y si…?) Flexionó las rodillas, tomó impulso y saltó hacia arriba. Cayó sobre las aguas provocando su estallido. Lanzó una sonora carcajada y comenzó a patear el suelo del estanque, provocando un aluvión alrededor del mismo. Su túnica azafranada se empapó; el agua le corría por el rostro y los brazos. Akarghi no dejaba de reír a gritos, como si nunca hubiese reído antes.

Saddinavi observaba a Akarghi a una decena de metros con el gatito blanco adormecido en sus brazos. Ella lo observaba con la dulzura de una madre, y con el volcánico deseo de una hembra ardiente… Sonrió feliz y empática con la vivencia de Akarghi, mostrando la doble media luna de los dientes albos de su boca. Dejó al pequeño felino en el suelo, que se desperezó alargándose y arqueándose sobre sus patitas delanteras extendidas. Saddinavi se quitó su sari de color negro, y la luz del sol se hizo cuerpo humano, y piel morena, y carne de delicadas y sinuosas formas de mujer joven. Entonces, lo mismo que un repentino relámpago en la noche deslumbra igualmente al que mira hacia las nubes del cielo, como al que reposa adormecido y con sus párpados entornados, Akarghi giró inopinadamente la vista hacia un lado, y vio a Saddinavi desnuda, caminando hacia él. Cada paso suyo, lento y continuo, era un universo sublime que se realizaba en un orgasmo cósmico, renovado, eterno, nuevo y único, en el paso siguiente. La mente y el cerebro de Akarghi replicaban a cada paso:

Los muslos de la mujer son el altar del sacrificio; sus pelos púbicos son la hierba sacrificial; la carne interior es el fuego quemante; los dos labios externos son las dos piedras de la prensa de soma. Quien, al poseer este conocimiento, realiza el acto sexual, accede a un mundo tan elevado como el que otorga el sacrificio Vajapeya; adquiere por sí mismo el fruto kármico de los actos positivos cumplidos por la mujer. A la inversa, quien practica el acto sexual ignorando esto, transmite a la mujer el fruto kármico de sus propios actos positivos.[1].

Saddinavi se acercaba cada vez más lento, mientras más cerca se encontraba de él. Akarghi contemplaba el cuerpo de Saddinavi recorriéndola de arriba abajo, y se asombraba con la perfección realizada en cada milímetro de su desnudez. El mantra continuaba martilleando en su cabeza, y todos los arduos años de abstinencia, de celibato, ganados paulatinamente a la vida natural hasta alcanzar la tranquila mortificación del instinto (después de abandonar a Latniavira) parecían instantáneamente inexistentes y nunca vividos… (Los muslos de la mujer son el altar del sacrificio; sus pelos púbicos son la hierba sacrificial; la carne interior es el fuego quemante; los dos labios externos son las dos piedras de la prensa de soma…)

Saddinavi, ya a no más de veinte centímetros de él, tardó un minuto en aproximar su boca a la boca de Akarghi, mirándose ambos a los ojos, en éxtasis inmóvil, ardiente, como si el universo del cuerpo anticipase el gozo de su propia orgásmica conflagración. Entonces Akarghi alzó su mano y, con la yema de sus dedos, acarició la roja protuberancia y húmeda seda de los labios de Saddinavi, siguiendo las líneas de placer del mirar y de su tacto. Desde los rosados labios entre sus piernas de mujer brotaba soma. Finalmente, sólo los dedos de Akarghi apartararon sus labios y sus cuerpos. Los retiró suavemente; su propia túnica se deslizó mágicamente desde sus miembros hasta las aguas, y comenzaron a amarse, uniendo cada rítmica palpitación, cada sobrecogido sentido, los sexos en llamas, uno besando al otro.


[1] Brihadaranyaka Upanishad, VI-iv-3.

jueves, 22 de septiembre de 2016

Génesis





¡Ah, si pudiese
(como un dios)
traspasar
a tus labios
el amor
que mueve los míos
en tu boca!




Demasiada perfección




¡Me exiges que sea perfecto,
y tú ni siquiera me amas!





domingo, 18 de septiembre de 2016

El amor





El amor se parece tanto
al fuego y al agua,
al aire y a la tierra.

A la vida y
a la muerte,
a las estrellas,
al cielo
y al infierno.

A ti
y a mí.