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viernes, 15 de junio de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo XI)



Si los hechos se abalanzan sobre ti y te apuran, te amenazan o presionan, el andamiaje de tu conciencia homínida te activará automáticamente la corteza frontal del cerebro y el sistema límbico: razón antropoide y emoción reptiliana… De esta manera estimulado, Ildefonso devolvía sus pasos hacia su hogar. Inquieto y reflexivo, por momentos apuraba el paso, por momentos lo retardaba observando de reojo, a través de la niebla. Nunca antes había puesto tanta atención sobre sí mismo; al menos, nunca con todas sus facultades volcadas hacia la autopercepción, y, además, con la autorreflexión como un estado de conciencia asociado a su natural estado de conciencia y de mente. A causa de este proceso no pocos caracteres suyos habían caído en desuso, o simplemente se habían debilitado tanto que no manifestaban existir. Con el volcán de su mente en plena erupción y movimiento bajó la vista inquieta sobre el suelo, y se encontró con un objeto singular. Un diario, evidentemente del día, pero doblado. No era en absoluto lector de periódicos ni devorador de noticias, pues prefería enterarse de los hechos del mundo con los parroquianos, conocidos y amigos que frecuentaba; sin embargo, esta vez le resultó particularmente significativa la situación, por lo que se inclinó hasta el suelo y lo recogió. Buscó un farol cercano y se acercó ansioso de luz. Leyó los grandes titulares de la primera plana, pero nada nuevo le llamó especialmente la atención. Abrió luego la primera hoja; se encontró delante de una imagen que le hizo cerrar rápidamente el periódico y otear nerviosamente por los alrededores. Volvió a abrir el diario en la misma página y se quedó esta vez contemplando tembloroso el titular de la noticia, pero sobre todo la imagen. Se informaba el horroroso crimen de una joven mujer, cuya foto coincidía exactamente con la que había recibido en un sobre la noche anterior. Se acordó de Senghor y de las últimas palabras de Senghor… ¿Se refería a esto? ¿Y si lo sabía, cómo lo sabía?... ¿Si lo sabía, por qué no me lo dijo? ¿O sólo estoy forzando una correlación?... Al instante una voz interior replicaba, a veces con palabras, a veces sin ellas.
Tranquilo, los hechos tienen una razón de ser, aunque tú no los comprendas. Siempre están ahí. No trates de devanarte los sesos tratando de descubrir una verdad que no está a tu alcance. Por ahora, observa, observa atentamente a tu alrededor. Descubrirás muchas puertas y pasillos falsos, y sólo algunos pocos portales verdaderos para ti.
Había comenzado a clarear y la niebla perdía densidad, aunque se mantenía inquieta ahí delante. Volvió a abrir el periódico mientras seguía caminando hacia su departamento. Alcanzó a leer la primera línea: “Brutalmente torturada, violada y degollada en lo que parece ser un desconocido rito satánico…”, pero tropezó con dos féminas jóvenes que caminaban en sentido contrario, concentradas ambas en la imagen de un teléfono celular. Una de ellas lanzó un grito, el aparato electrónico cayó al suelo, e Ildefonso, tratando de auxiliarlas y perdiendo al mismo tiempo el equilibrio, dejó caer como un reguero las hojas del periódico, quedándose sólo con la hoja arrugada de la portada entre sus manos. Mientras se deshacía en disculpas y trataba de ordenar la situación, miró a las mujeres; se quedó perplejo al reconocer en una de ellas a Darinka van der Leeuwen. Darinka, por su parte, experimentó una sorpresa similar a la de Ildefonso. Ambos se quedaron mirando a los ojos por varios segundos. A Darinka se le llenaron los ojos de lágrimas; a Ildefonso comenzaron a temblarle las manos y su rostro palideció. La otra joven comenzó a recoger silenciosamente las hojas del periódico repartidas por el suelo sin dejar de mirar extrañada a una y a otro.
--¡Darinka!—acabó diciendo Ildefonso, con la voz cargada de emoción.
--¿Recuerdas mi nombre?—respondió la joven, tomando aplomo y endureciendo un poco el ceño.
--¡Por supuesto!... ¿Cómo no iba a acordarme de ti?...
--Han pasado varios años… ¿Unos cinco?...
--Sí… puede ser…
--¡Hola!—intervino la otra joven—Soy Elizabeth…
--¡Hola!... Ildefonso… Es un gusto conocerte, Elizabeth.
La joven sonrió como respuesta.
--¿Qué haces aquí?—volvió a dirigirse a Darinka, mientras se ponía bajo el brazo el montón de papeles que Elizabeth le había devuelto.
--Vamos a la Universidad. Estoy haciendo un postgrado en Letras… ¿Y tú?...
--Yo… (¡Tamaña coincidencia!) Estoy… investigando…--Se detuvo, pues no supo cómo continuar.
--¿Tú, investigando?... ¿Y tu misión con los niños abandonados, las guerras y todo eso?...
--¡Perdón!... ¡Perdón! ---interrumpió Elizabeth, poniendo las manos juntas ante su boca—Es que tenemos un examen ahora, ¿verdad Darinka?...
--¡Oh, sí, sí!... ¡Vamos!...
--¡Espera!... ¡Quiero hablar contigo!... ¿Puedes hoy en la tarde?...
Darinka miró a los ojos de Ildefonso y vio en ellos algo especial que la llevó a responder:
--¡No!... Hoy no puedo, pero si tú puedes mañana, a eso de las seis de la tarde…
--¡Sí, por supuesto!... Dame tu número de teléfono…
Ildefonso se tocó los bolsillos una y otra vez, pero no encontró su celular.
--¡No importa! –exclamó—Dímelo, me lo aprenderé de memoria...
Darinka sonrió con cierta malicia y se lo recitó dos veces. Ella tenía lápiz y papel, pero no quiso facilitárselo. Elizabeth no dejaba de observarlos, estudiando cada gesto de una y otro para tratar de sacar sus propias conclusiones.
--¡Bien, te llamaré!... --dijo en voz alta, mientras las jóvenes se alejaban, riéndose cómplices y a escondidas.
¿Cómo debía reaccionar ahora, y a QUÉ?... Los hechos extraordinarios, significativos, insinuantes se sucedían con tanta rapidez que no alcanzaba a procesarlos ni asumirlos más que un instante con su limitada conciencia y mente naturales. Apenas comenzaba a reaccionar intensamente a uno, ya venía otro a desafiarlo con la misma vehemencia que el anterior; más aún, tantos otros parecían reanimarse y converger espontáneamente desde la memoria lejana (y futura), pero eran abortados prontamente. No obstante, una vez más en medio de este caos creciente, el mismo SABIO interior volvía a abrirse paso y actuaba en él como un centro o un eje catalizador:
Observa y fluye con esta misma conciencia que ahora advierte tus limitaciones. Observa serenamente como esta mera autoconciencia de tus incapacidades fluye sutilmente hacia la superación gradual y progresiva de esas mismas incapacidades… Observa también, más allá, como tu propia conciencia y tus propios procesos mentales podrían obstaculizar este flujo sutil… Acabarás descubriendo y comprendiendo como co-construyes y como destruyes en tus planos sutiles de conciencia.
Su memoria operativa dio entonces un pequeño salto hacia atrás y recordó la escena en su departamento cuando se le apareció vivamente el rostro de Darinka y, en seguida, el de Senghor. Ya no era una mera sospecha, de esas que se vienen a la conciencia como volutas de humo que se disipan al momento siguiente. Ya no era el ladrillo que se apega al ladrillo del lado para formar la hilera de una misma línea de construcción. Había la mente profunda completado el trabajo horizontal y ahora, con una forma nueva ya acabada y configurada, le correspondía el salto de nivel, hacia arriba, para comenzar ladrillo tras ladrillo (de nuevo en la horizontal) una figura futura todavía increada. Había logrado un salto de nivel, es decir, un salto de conciencia; una nueva forma de conciencia que le permitía ya ser un poco menos constructor inconciente y pasivo (en esta línea de realidad), es decir, hacia un agente de neo-realidad conciente. Ahora podía convocar y facilitar conciente y voluntariamente el acceso de ciertas formas sincrónicas de realidad. Entonces, se dijo a sí mismo, convocaré intencionalmente a mi realidad la presencia del abad Kumonar Ligetto 
¿Por qué precisamente a él y no a otros más cercanos y significativos?... Lo explicaremos en breve. En paralelo, se había propuesto esperar hasta llegar a su departamento para leer y centrar su atención en el tema de la mujer asesinada. Darinka y Senghor, por su parte, estaban en la inminencia de lo mismo, de un presente que se desenvolvía complejamente, pero que por el momento no requería de la misma concentrada atención de lo otro, pues –se le hacía saber-- iban a aparecer por sí solos en el instante preciso. A poco más de una cuadra del 157 de la Knickerbocker Avenue, Ildefonso observó que, en uno tras otro de los siguientes tres edificios ante los que avanzaba a derecha y a izquierda entre ramalazos de humedad y de niebla, se abría una cortina o una persiana y alguien se lo quedaba observando detrás de un visillo. Se mostraban y se escondían. Solón, Senghor, Bill Cooper, John F. Kennedy, Edward Snowden, tantos más, lo habían dicho: “Te están vigilando y ni siquiera te das cuenta”… Entonces Ildefonso comprendió por primera vez ALGO de lo que aquello implicaba. De inmediato se entristeció, TEMIÓ, y, por esta misma causa, una poderosa onda reactiva (de origen desconocido) lo fortaleció a sí mismo… ¡NO ESTÁS SOLO!...
Subió la escala hasta el tercer piso. Al llegar al descanso miró hacia adelante; se sorprendió al observar que la puerta de su departamento se encontraba abierta hasta atrás. Con el apuro no la he cerrado bien, se justificó tranquilizadoramente. Miró hacia el interior de su habitación; al final del pasillo que terminaba en una pared con una pequeña ventana divisó en la penumbra una vez más el deslizamiento ondulante de una serpiente, si bien esta vez distinguió un cuerpo voluminoso con piel escamosa y verde que se contoneaba veloz hacia el exterior por el espacio de la ventana entreabierta y el marco de la misma. ¡Ahí está!... ¡Lo puedo empezar a ver!...
Cerró la puerta tras de sí, recorrió pieza tras pieza el departamento, mientras invocaba la presencia de Cristo y sus ángeles protectores. No necesitaba ya más rito que una sola acción significativa de conciencia. Nada… Todo estaba en orden, o al menos así lo parecía. Se encaminó hacia el despacho, después de encender un incienso en el pasillo. Se sentó en su poltrona, se caló los lentes sobre el arco de la nariz, abrió el diario y volvió a mirar la foto de la mujer. Su rostro le alcanzó una sensación de tristeza. Desde el departamento de al lado escuchó un grito de mujer y un portazo. Iba a retomar la lectura, pero su móvil comenzó a sonar con inusual fuerza. Lo cogió con desgano del escritorio; casi dio un salto de su asiento al observar que tenía dieciséis llamadas perdidas del mismo que ahora volvía a llamarlo: ¡su amigo Solón Vitrubsky!…
--¡Por Dios, Ildefonso, dónde diablos te habías metido!...
--Bueno, a decir verdad, “trabajando para usted”—bromeó, tratando de aminorar la tensión que evidenciaba su amigo y la suya propia.
--¡La foto!... ¡La mujer de la foto!... ¿Ya viste el diario?...
Ildefonso se hundió en su poltrona.
--¿Qué?... ¿Por qué me preguntas precisamente si ya vi el diario?... ¿De qué hablas?...
La voz de Vitrubsky temblaba y se cortaba con pausas:
--¡Es la… sobrina de… John E. Mack… fue asesinada!… ¡Sacrificada!...
--¿Queeeeeé?... ¿John E. Mack?... ¿Cómo es posible?...
--¡Ildefonso, no salgas por ningún motivo!... ¡Estaré en media hora en tu apartamento!...
--¡Está…bien!... ¡Te espero!...
Ildefonso se quedó con el aparato en la mano, pensando. Luego cogió el periódico y comenzó a leer la noticia. El texto era breve y con escasa información. No se informaba de la identidad de la mujer, pero sí se mencionaba con detalle que había sido torturada al colgarla desnuda desde una viga, con las piernas abiertas, amarradas a lo alto del madero, y los brazos a su vez abiertos y atados a estacas de fierro clavadas en el suelo. Había sido degollada; tres litros de su sangre fueron recibidos en una palangana de cobre, en el fondo de la cual se había encontrado un antiguo crucifijo de plata.
Sintió un frío intenso y una penosa inquietud. Se acordó de Ecacuji. Se acordó de la calabaza que había bebido con sabor a sangre en la selva ecuatoriana. Y la frase volvió a retumbar en su cabeza: “¡ILDEFONSO!, ¿POR QUÉ HAS TRASPASADO EL UMBRAL PROHIBIDO?”... Se arrodilló ahí mismo, bajó la frente hasta el suelo y comenzó a rezar como hacía mucho tiempo no lo hacía, sin razón, sin fe, a nadie en particular, pero sí buscando enardecidamente LA PRESENCIA…

viernes, 1 de junio de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo X)



“[…] veían el destacamento de trabajo de los internos pasando por las calles bajo vigilancia y, en algunos casos, a las SS comportarse brutalmente incluso con la gente del pueblo. Cuando se les preguntó si se habían dado cuenta de que en los últimos 3 meses antes de la liberación 13.000 hombres habían perdido la vida a un tiro de piedra de donde vivía la gente, alegaron que estaban conmocionados y sorprendidos.”
William Cooper, He aquí un caballo pálido, p.103.


174 Eagar Street, Arizona. (11:15 a.m.) 5 de noviembre de 2001. Después de consultar la hora en el panel del vehículo, Raimundo López, oficial de policía, le hace con la cabeza una seña afirmativa a su compañero. Éste coge una radio portátil y se comunica con alguien que escucha al otro lado:
--La nave encalló a medianoche…
Entonces el agente López gira al máximo la perilla del volumen de la radio estéreo del vehículo particular en el que se encuentran aparcados junto a las vallas de un terreno de pastos agrícolas. El sonido de la música es ensordecedor… William Cooper, que viene aproximándose en su jeep Lupifor D-200 a la entrada de su casa, lanza una exclamación de rabia. Mira hacia lo alto de la pendiente y avizora el automóvil que con su ruido desaforado asfixia el vecindario. Enfila hacia lo alto de la ruta, pero se detiene bruscamente a unos cincuenta metros del vehículo. Se baja de él, da algunos pasos adelante, se detiene, gira su cabeza en sentido contrario y distingue un automóvil particular que avanza lentamente desde la esquina, más allá de su casa. Regresa a su jeep, abre la cajuela frente al copiloto y extrae un revólver. Los agentes del automóvil estacionado en la colina descienden y avanzan hacia Bill (como le dicen sus amigos a William). El oficial López levanta en su mano izquierda la orden de aprehensión para que Bill la vea claramente. De fondo, llenándolo todo, Wasted Years de Iron Maiden electriza el aire azul del mediodía de una forma que nadie puede ver.
--¡¡¡Juré que jamás me dejaría devorar por el Anticristo!!!...
Mientras gritaba esto, Bill sacó el revólver que había escondido en un bolsillo de su cortaviento. Apuntó rápida, cuidadosamente, y disparó. El oficial López se desplomó al suelo herido en la cabeza. El otro agente sacó de su cartuchera la pistola de 9 mm. y disparó repetidamente al pecho de Bill. William Cooper cayó pesadamente al suelo, muerto dentro de un charco de sangre… Éste era el mismo William Cooper que varios meses antes había anunciado –gracias a sus privilegiados contactos dentro de los sistemas de “Inteligencia” -- que las Torres Gemelas del World Trade Center iban a ser blanco de una de las más desastrosas conspiraciones de la modernidad…


Invertir en una buena arma y estar de pie en el porche con el arma en la mano cuando vengan a visitaros.[…] Es hora de ponerse en pie con un arma y gritar, "¡BASTA!" Es el momento de trazar la línea. Es el momento de tomar decisiones y llevarlas a cabo. Es hora de resistir a cualquier y todos los costos. El castigo por no hacerlo es la esclavitud.[1]

Desde el momento que Solón Vitrubsky ya no era una presencia de este lado de la puerta, Ildefonso pensó primero que era su mente la que debía enloquecer, la que debía ajustarse a la realidad, la que debía tomar el control para seguir adelante en la superación de sí misma, pero también de lo que se manifestaba como la realidad; aunque enloquecer era por definición PERDERSE A SÍ MISMO… S.J., Societas Jesu… Compañía de Jesús. JESÚS: ya se le había insinuado hacia donde seguir con su transfiguración. SU Jesús era quizás tan herético (y tan poderoso) como el Jesús de los templarios. Pero la SOCIETAS estaba aún por descubrir. Ya no le cabía duda de que ELLOS se movían detrás de todo esto, pero se cuidaban bien de no ser alcanzados por NADIE.
Ildefonso cae de rodillas, se arranca de un tirón el crucifijo de plata que cuelga de su cuello y lo aprieta entre sus palmas, ante su boca. Luego exhala con un gemido:
--¡Señor!... ¡Señor!... ¡Tú diste ya una vez tu vida por toda la Humanidad!... ¡No nos puedes abandonar en esta horrible HORA DE HUMANIDAD!... ¡Aunque tengas que dar ahora y siempre TU VIDA, SEÑOR JESÚS!...
Por un rato experimentó la sensación de que su alma se agrandaba como los círculos de una piedra en el agua, agregando a millones y millones de seres humanos en su misma súplica, cada uno con su propia angustia, cada uno con su propia necesidad. Estuvo a punto de desvanecerse de impresión y dolor, pero apoyó la palma de su mano sobre el suelo y la frente sobre el dorso de la misma mano. En medio de los vertiginosos resplandores de su alma, ascendió como una llamarada el rostro inquieto de Darinka van der Leeuwen, la hermosa joven a la que hacía años había guiado en los ejercicios ignacianos, pero con la misma prisa fue desplazada por la mirada penetrante e hipnótica de Senghor que se le hizo viva delante, como a cinco centímetros de su cara, pero sin abrir sus ojos.
--¡SENGHOR JESÚS!...—exclamó, con una explosión de lágrimas.
Se dejó caer a lo largo sobre el suelo, apoyó su mejilla contra el piso helado y comenzó a llorar con fuertes sollozos, como nunca lo había hecho… ¿Era Senghor realmente su nuevo Jesús? Su profundo llanto-sentimiento manaba desde las zonas oscuras y vitales del ininterrumpido abandono existencial, lo mismo que del milagro repentino, supraconciente, agradecido, de tanto amor divino inmerecido y sobrecogedoramente total. Aquello no era precisamente lógico, pero estaba allí en él, del modo que siempre lo había estado… Las ideas –o algo así—borboteaban en su interior como burbujas de lava, si bien un espíritu sabio se movía por encima de todo, al que se iba entregando poco a poco, gradualmente, no porque le inspirase alguna desconfianza o temor, sino simplemente porque él mismo no poseía naturalmente las facultades para fundirse con ÉL. Lo que otro, con un sentido de normal y necesaria sensatez habría instintiva y racionalmente evitado y descalificado, Ildefonso intentaba alimentarlo y protegerlo, porque su incipiente LOCURA debía ser mimada y sostenida voluntariamente para que la absorbente inmediatez del universo y de su propia genética normalidad no la “curasen”… En esto, su amigo Senghor lo guiaba con paso seguro.
Se incorporó y caminó hasta su despacho. Evitaba al máximo todo recurso tecnológico, pero no tenía otra opción para comunicarse con él. Encendió el computador, abrió su mail y escribió:
Senghor: Necesito hablar urgente contigo”… Se detuvo, contempló la pantalla durante unos segundos, y decidió acabar ahí. Presionó Enviar y apagó de inmediato el aparato. Giró el sillón para ponerse de pie, pero una sensación acuciante lo mantuvo pegado al asiento. Volvió a encender el equipo, abrió nuevamente su mail y, ¡zaz!, delante de él la respuesta inmediata de Senghor:
Mañana a las seis a.m. en el paso peatonal del puente Brooklyn
Ildefonso dio un respingo de sorpresa. Advirtió que Senghor no estaba al otro lado de un computador, en otro lejano terminal –incluso en otro país, y hasta en otro mundo--, sino que estaba ahí mismo, con él, observándolo, percibiéndolo, viviéndolo: un SER omnisciente que acaba arrastrándote inexorablemente también a ti dentro de su infinito PODER. Si esto mismo le hubiese ocurrido sólo cinco años atrás, se hubiera quedado perplejo y escéptico, para olvidarlo pronto en una precoz indiferencia. Pero ahora –siempre desde ahora-- le era ya la aurora boreal de su propia realidad. Se sintió alegre; lanzó una sonora carcajada. Avanzaba… si puede llamarse así a retroceder hasta los inicios. Había visto tanta humanidad creyente, tantos católicos que creían como también él había creído; tantos crueles y malvados, tantos comunes y corrientes que se sostenían desde cualquier creencia, incluso desde la negación de toda creencia; tantos victimarios, tantas víctimas, con cualquier apellido y color… cada uno creyendo en LO SUYO. Tantos puros, limpios, espirituales, buenos, santos, satisfechos… sostenidos en su propia creencia, o en las de quienes creían a favor de ellos. Ahí los veía como esos centelleos que duran sólo un instante en el vaivén de las aguas que pasan y pasan bajo un sol tan alto, tan alto para ellos, que apenas reflejan un instante móvil esa GRANDEZA, y perecen por el empuje de otras y otras oscuras e invisibles aguas. ¿Cuántos (pocos) de ellos lograban primero reconocer que SU resplandor no provenía de ellos mismos, sino del SOL?... ¿Cuántos (más pocos) de ellos lograban desestructurarse a sí mismos para comenzar a aprender a elevarse por medio del rayo que diariamente cae, hacia el-rayo-que-sube al SOL?...
No bien una forma de realidad –sea cual sea la forma que tome-- se manifiesta muy, muy poderosa y fuerte, entonces todo LO DEMÁS de la realidad (en el entono humano) se subordina y se organiza en torno a ELLA. Así concluyó Ildefonso, y se fue a dormir con una sensación de apacible confianza.
¿Podría ser el mundo de los sueños, EL ENSUEÑO, una zona menos absoluta y perfecta para quien ha ido realmente MÁS ALLÁ, comparada con este Universo hipócrita, ficticio y mañoso que nos propone un orden científico-matemático, y esta realidad que se impone evidente, cerrada y definitiva, mientras nos experimentamos “despiertos” y “concientes”, AQUÍ y AHORA?... Por ello, dejemos por el momento respetuosa y sagradamente silenciados los extraordinarios sueños que esta misma noche vivió con inusitada intensidad Ildefonso, para acompañarlo en su despertar justo a las 5:30 hrs., atento al canto de un gallo absoluto en alguna granja velada, presente.
La cosa va bien, pensó. Su mente continuaba disparando fogonazos de realidad, cargamentos de sentido como estrellas fugaces que, aunque duran sólo un instante brillando, se eternizan en un antes y en un después por el sólo hecho de haber existido presentes. ¿Era la misma presencia que durante la noche se le había plantado delante de la cama, en silencio, primero misteriosamente oscura, muy alta, para luego estallar en infinitos resplandores de los más intensos e inagotables pixeles y tonos?... Era de seguro el mismo estallido de luces de esencias de vida que ahora despierto experimentaba su mente, y que Ildefonso dejaba fluir acomodando cada vez su conciencia y su mente al devenir de este sobrecogedor portento.
Al abrir la puerta vidriera de entrada del edificio un golpe de frío intenso lo sacudió. Estaba oscuro y con ramalazos de tintes grises a causa de la húmeda y espesa niebla. Sonrió, aunque sabía que entidades malignas se parapetaban detrás de la oscuridad y la negación. Él se encontraba ya conciente sobre el tablero del juego; jugaba dentro de las blancas, y, por más que sucumbiese ante la voluntad de las negras, su paz estaba en el amor eterno del dueño que LO MOVÍA, y por el cual estaba dispuesto a morir… incluso JUNTO CON ÉL. Las calles estaban vacías. Sólo cuando ya enfilaba por la avenida principal una pareja pasó por su lado; avanzaban con cierta torpeza, abrazados, y reían. Ildefonso no pudo ver sus ojos, pero le pareció que un cierto fulgor salía de sus caras. Se dieron vuelta para mirarlo, mientras se decían cosas al oído, lo cual, sin duda, hacía acrecentar sus risas. No bien se los engulló la niebla, sus voces dejaron de escucharse. A lo lejos percibió el ladrido ronco de un perro y la sirena de un vapor que parecían quejarse de temor y frío. Al llegar al puente se detuvo para mirar hacia todos lados, pero la oscuridad y la espesa niebla no le permitían ver más allá de un metro, excepto la farola cercana que se erguía como un delgado fantasma que observaba el vacío con su único y pálido ojo. Por un momento caviló si llamar en voz alta a Senghor, pero una sensación inusual lo contuvo: se sentía observado… Ya no buscaba explicaciones, como en otros tiempos más racionales. Simplemente se arrebujó dentro de su abrigo y se sentó en el banco que alumbraba la farola fantasma. Se quedó en silencio, auscultando sonidos internos subsumidos en su neblina interior. Ya no le cabía duda alguna de que existían lenguajes sutiles, mágicos, infinitos, que se comunicaban entre sí sin que ningún humano pudiese oírlos; hacía esfuerzos para percibirlos, pero se le escapaban como diminutos soplos helados alrededor de sus orejas.
No supo cómo ni cuándo, pero de pronto atisbó un bulto a su lado. Giró la cabeza y se encontró con la mirada luminosa y extraña de Senghor.
--¿Eres tú?...—le preguntó.
--¡Por supuesto que soy yo!... ¿Esperabas a alguien más?—soltó una risita.
--¡Bueno, qué menos me podía esperar de ti!... ¡Mira el lugarcito donde me has traído!—también rió Ildefonso.
Senghor se puso serio abruptamente y preguntó:
--¿Qué ocurre, amigo?...
Ildefonso primero pensó en hablarle de la misteriosa foto, pero habló de otra cosa más acuciante.
--¿Es posible que me estén siguiendo?... ¿Tienes tú la impresión de que te observan y vigilan?...
--¡Es un hecho!
--¿Qué?... ¿Qué quieres decir con eso?
--Que nos observan y vigilan, a ti y a mí…
--¿Quiénes?
--¡No lo sé!
--¿Estamos en peligro?... ¿Por qué nos vigilan?
--¡No lo sé!... Por ahora no corremos peligro.
Sin mayor razón Ildefonso se sintió tranquilo con la respuesta de Senghor. Comenzó a sentir frío y a tiritar.
--¿Para qué me llamaste?—preguntó Senghor.
Ildefonso apretó el abrigo alrededor de su cuerpo y se frotó las manos. Luego le narró la visita de Solón Vitrubsky, la persona y muerte de John E. Mack, y la misteriosa esquela con su nombre.
--Me vino muy fuerte la sensación de que tú tenías algo que decirme sobre esto.
--¡Es posible!... ¡Es posible!—repitió Senghor, mientras se ponía de pie—Debo irme ahora.
--¿Cómo?... ¿No vas a decirme nada?... ¿Ya te vas?
--Quiero presentarte a alguien que te dará varias respuestas… Por ahora no me preguntes más. A la larga vas a entenderlo todo.
--¿Podrías al menos darme un número de teléfono o algún lugar donde encontrarte?
--¡No!... Estaré cerca de ti… ¡No te preocupes!... ¡Hay cosas misteriosas y extrañas, lo sé, pero debes confiar en mí!... Por ahora…
Senghor se abalanzó sobre Ildefonso y le dio un fuerte abrazo. Luego se dio media vuelta y partió hacia la niebla. Unos pasos más adelante se detuvo, giró hacia Ildefonso que continuaba mirándolo como embobado, y dijo con una curiosa entonación:
--Te acordarás de mí… Muy pronto te acordarás de mí…



[1] William Cooper, He aquí un caballo pálido, p.112.

viernes, 18 de mayo de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo IX)



“La idea de que un Espíritu del mundo exterior se encarnaba de pronto en la forma de una persona ordinaria, y obraba o intentaba obrar sobre nosotros en ciertos momentos graves de la vida, sin que esa persona tuviera conocimiento o guardara algún recuerdo, me obsesionaba con frecuencia.”[1]



-- Existe un solo refugio cuando uno descubre la verdadera realidad: la locura…
Ildefonso lo alcanzó a escuchar al pasar, con esas oídas que hacemos primero inconcientemente, pero que luego, sólo si son significativas para nosotros, superan el umbral y son atrapadas por la conciencia, una vez que ya han dejado de existir. Se dio media vuelta y observó el grupo de jóvenes de donde había surgido tan singular afirmación. Cinco jóvenes negros discutían acaloradamente ante la escalinata de entrada a uno de esos típicos edificios del barrio de tres o cuatro pisos de ladrillo inglés, mientras los humos ácidos de la marihuana ascendían por la chimenea de su corro fraterno. (Knickerbocker Avenue, 157 de Brooklyn, 20:56 hrs.)
Se detuvo y dio un paso atrás. Nadie en su sano juicio habría hecho lo que entonces hizo él.
--¿Cuál es la “verdadera realidad”, amigos?...—les preguntó a bocajarro.
Los jóvenes, que acostumbraban a reunirse en ese lugar para compartir sus vicisitudes y sus estimulantes, enmudecieron y se quedaron perplejos. Sin embargo, uno de ellos que, evidentemente hacía las veces de líder, se echó con decisión la mano al bolsillo y, sin sacarla de allí, se aproximó amenazadoramente a Ildefonso. Otro de ellos, al observar el clergyman de Ildefonso lo retuvo de un brazo, se le acercó y le susurró algo al oído. Éste le devolvió una mirada sorprendida, se volvió a Ildefonso, lo miró de arriba abajo, y luego hizo un gesto con la cabeza al grupo, el cual rápidamente se dispersó en diferentes direcciones. Ildefonso se los quedó mirando; recién entonces comprendió su conducta desafortunada. Siguió reflexivamente en su caminata, clavando la mirada en sus pies, sin poder sacarse de la cabeza la frase que había escuchado.
Cuando abrió la puerta de su departamento y entró al vestíbulo, se volvió hacia el espejo ovalado que reflejó su imagen. Se desconoció a sí mismo. Pasó ambas manos por su pecho, por su cuello, por su espalda. Al verse y, en seguida, al palparse, se estremeció; una sensación de temor y frío le erizó la piel.
--¡Ildefonso Delenikas Tatay!—dijo en voz alta y lentamente.
Desde el departamento de al lado escuchó un grito de mujer y un portazo, pero le pareció que todo aquello se alejaba a gran velocidad hacia el horizonte decreciente de la realidad. La verdadera realidad, repitió para sí. Una intensa sensación de que él mismo se disolvía, se desintegraba, se transformaba en otro ser, junto con las cosas, con sus categorías, con sus significados y esencias, se le hacía más y más presente, continuo, intenso, inquietante.
--¡La locura!...—exclamó en voz alta, casi en un grito agudo.
Se tomó la cabeza con ambas manos.
--¡Dios!... ¡Mi Dios!... –gimió, volviendo a mirarse en el espejo.
Dudar de sí mismo, dejar de ser el mismo, también acarreaba la consecuencia de dudar de Dios, de alejarse de Dios; o, tal vez, era justo Dios el que causaba su propia disolución para manifestar una dimensión de sí todavía NO CONOCIDA… Como un acto reflejo se animó a sí mismo en la voluntad y necesidad de encontrarse con el arzobispo Samuel Bisschop. No conocía a nadie que pudiese confrontarlo mejor consigo mismo. Algún Cristo interior, profundamente suyo, necesitaba dar la última batalla para renacer o, definitivamente, morir dolorosamente para avanzar en un inesperado ADELANTE. Levantó la mirada hacia una muralla lateral pintada con óleo blanco desde donde pendía un antiguo reloj de pared… Solón  Vitrubsky llegará en siete minutos más… Hacía inmensos esfuerzos para tratar de contradecir y olvidar a Senghor, no porque en realidad quisiese negar y olvidar a Senghor, sino porque algo superior en su fuero interno le hacía saber que precisamente así este ser maravilloso, este taumaturgo de aspecto humano debía acabar venciéndolo y ganándolo por completo. ¿No había sido precisamente de esta manera como Cristo había ganado a cada converso para sí?... ¿No había sido precisamente de esta manera como el Cristo había dejado de ser meramente Jesús, sólo el primogénito de José y María? Las resistencias síquicas internas y externas son el mecanismo trascendental que nos facilita la generación de profundas y superiores energías opositivas para impulsar el salto transfigurador de nosotros mismos, aunque no siempre podamos generar la fuerza suficiente para producir el CAMBIO. En este último caso, simplemente sucumbimos en las dinámicas del pasado, hasta una próxima oportunidad existencial. Ildefonso hasta ahora iba adelante, y concitaba una energía excepcionalmente transformadora…
Le pareció escuchar un sonido sibilante, como si una serpiente amenazase a su presa. Se dio media vuelta y miró al suelo, a lo largo del pasillo. Al fondo, a los pies de la puerta de entrada creyó ver el movimiento furtivo de la cola de una cobra que escapaba hacia un rincón. Fue hasta la cocina, tomó el palo de un escobillón, y se dirigió con cautela hacia la entrada. No vio la serpiente, pero en cambio se encontró tirado en el suelo un sobre de color ocre y de tamaño mediano. Lo levantó con una sensación de inquietud. Volvió a mirar por los alrededores, pero al no percibir nada semejante a una serpiente, se concentró en el sobre que, ya sobre sus manos, se evidenciaba sin ninguna seña ni escritura que pudiera darle luz acerca de su contenido. Volvió a la cocina para devolver el escobillón y coger un cuchillo, con el que abrió el sobre. Primero miró al interior; distinguió una hoja y nada más. La sacó del sobre y se encontró con la fotocopia de una foto en blanco y negro. El sonido repentino de la chicharra del timbre lo sobresaltó. Volvió a arrojar una rápida mirada sobre la foto. Se trataba del rostro de una mujer que no conocía. La devolvió al sobre mientras caminaba hacia la puerta. Aunque no acostumbraba a hacerlo, esta vez acercó su pupila al ojo de la puerta. Se retiró hacia atrás casi de un salto. Alguien o algo estaba bloqueando la lente desde el otro lado.
--¿Quién es?—preguntó, alzando la voz y con cierto recelo.
Después de esperar en vano durante unos quince segundos, volvió a repetir la pregunta. Esta vez creyó escuchar un murmullo del otro lado. Acercó un poco el oído cerca de la juntura de la puerta y repitió la pregunta esta vez en voz baja.
--¡Soy Solón!...—escuchó un susurro del otro lado.
Dudó, desconfió, vaciló… Al mismo tiempo se alarmó de sentirlo, pues nunca se había identificado con tales sentimientos como ahora le acontecía. En respuesta a esta evidencia, giró con decisión la manilla y abrió la puerta. Efectivamente ante el vano se encontraba Solón, aunque le resultó extraño reconocerlo escondido tras unos grandes anteojos oscuros, un sombrero alón bien calado hasta las cejas y una barba tupida que no le conocía.
--¿Solón?...—preguntó igualmente.
Su amigo entró apresuradamente, cerró la puerta tras de sí y, haciendo un gesto de silencio con el índice verticalmente sobre sus labios, lo cogió de un brazo y se lo llevó al interior del departamento.
--¿Qué pasa?... ¿Por qué tanto misterio?...—preguntó Ildefonso.
--¡Ya no sé si estamos seguros aquí o en cualquier otra parte!...—respondió Solón, haciendo rotar su vista por el entorno.
Ildefonso experimentó entonces esa singular sensación de déjà vu que lo acompañaba con frecuencia. Miró el sobre que aún apretaba entre sus manos. Solón se lo quedó observando inquisitivamente y preguntó:
--¿Qué llevas ahí?...
--¿No…?—iba a agregar ¿lo dejaste tú?, pero se detuvo.
En cambio, con un gesto casi maquinal abrió el sobre, extrajo la foto y se la extendió a su amigo. Solón la observó apretando las cejas. Tuvo por un momento un resplandor de sorpresa, pero pronto su vista se insegurizó; levantó la vista hacia Ildefonso y preguntó:
--¿Quién es?...
--¡Esperaba que tú me pudieses dar luces sobre esto!...
Como respuesta Solón se metió la mano en un bolsillo interior de su abrigo, sacó una pequeña bolsa de plástico y, desde dentro de ella, extrajo un papel doblado, que extendió a su amigo. Ildefonso lo abrió con curiosidad; se encontró con unas letras angulosas y gruesas: ILDEFONSO DELENIKAS TATAY, S.J… Éste levantó extrañado sus ojos hasta los ojos de su amigo y preguntó:
--¿Qué es esto?...
-- Un contacto, cuya identidad por ahora no te puedo revelar me hizo llegar este papel… Fue encontrado en un bolsillo del cuerpo atropellado y sin vida del Dr. John E. Mack… psiquiatra, en Londres… Hace 14 años…
Solón se quedó observando las expresiones de Ildefonso, como si quisiese leer más allá de lo que el mismo Ildefonso pudiese querer decirle.
--¡Jamás había tenido noticias de este señor!... ¿Cómo es posible?...
--¡Hummm!, lo sospechaba…--murmuró Solón como para sí.-- ¡Bien!... Ahora tenemos una foto y un mensaje de un muerto casi de otro siglo que no podemos explicar…
Lanzó una risita nerviosa.
--¿Tienes whisky?...
--¡No!... O tal vez sí…
Ildefonso se dirigió a la cocina seguido por su amigo; abrió el refrigerador y se encontró en un rincón los restos líquidos y pardos de una botella de whisky que hacía dos meses había dejado abandonada el arrendatario anterior.
--¡Vaya, qué suerte!...—exclamó Iledfonso, con expresión de sorpresa.
Le sirvió en un vaso buena parte del contenido, y a sí mismo, un vaso con agua y hielo. Ambos se quedaron en silencio, reflexionando. Luego Ildefonso lo condujo a su despacho y, sentados unos junto a otro en el pequeño espacio alumbrado por una lámpara de pie, se miraron nuevamente a los ojos.
--¿Qué sabes de ese psiquiatra Mack?—preguntó Ildefonso.--¿Por qué podría haber guardado un papel con mi nombre?...
--Bien, partamos por ahí…
Solón le contó primero cuanto sabía de su vida personal y académica, para luego concentrarse en su trabajo de investigación relativo a abducciones y extraterrestres. Este tema nunca había sido de interés para Ildefonso; cada vez que había escuchado hablar sobre él, incluso de boca de su mismo amigo Vitrubsky, lo había dejado indiferente y ajeno.
--Su muerte ha dado harto que hablar a los conspiracionistas…
Solón le dio un informe rápido y somero de esas teorías. Lágrimas comenzaron a caer por la cara de Ildefonso, sin comprender él mismo lo que le ocurría.
--Hay muchísimas personas, en realidad casi todas, --continuó Solón sin percatarse de lo que ocurría con Ildefonso-- que, en relación con el tema de los OVNIS y extraterrestres, estudian seriamente, investigan acuciosamente, manejan información clasificada y de primera fuente, son exaltados por la comunidad científica y validados como autoridades en el tema, e incluso invierten y reciben más dólares que lo que cualquier persona gana en toda su vida, pero que lo realizan simplemente desde la misma posición y experiencia de un humano que se involucra con lo que ocurre en una estrella que dista 3 billones de años luz de donde se encuentra, sólo a través de su “poderoso” y sofisticado telescopio… Pero, precisamente, John Edward Mack NO era uno de esos tantos… Ahora, yo te pregunto a ti, Ildefonso, ¿por qué crees tú que un hombre como John Mack guardaba tu nombre de esta manera al momento de morir?...
Ildefonso se quedó cavilando con la mirada en el suelo. De inmediato se le vino a la memoria Senghor Cisse Aubert, pero, al mismo tiempo, la carita angustiada del pequeño Valentín que le imploraba: ¡Quiero pipí!... Entonces volvió a experimentar ese resplandor y ese estruendo horrorosos que habían cambiado su vida para siempre…
--¿Te sientes bien?—le preguntó Solón.
--¡Sí!... ¡Sí!... Sólo que … me he acordado de algo.
Después de una pausa, continuó:
--Creo que sé quién me podría dar alguna pista de esto…
--¿Quién?...
Ildefonso levantó la mirada y clavó sus ojos inquisitivos en Solón.
--Por ahora tampoco yo puedo darte nombres…
Ildefonso trató de convencer y tranquilizar a su amigo de que pronto le daría una información más precisa, pero que antes tendría que esperar que se contactase con cierta persona. Solón se despidió de su amigo, nuevamente bajando la voz:
--¡Sé cauto, amigo mío!... Estamos siendo observados y vigilados…
Ildefonso abrazó a Solón y, asintiendo con la cabeza, lo dejó ir. Al cerrar la puerta a su espalda volvió a recordar aquella frase:  Existe un solo refugio cuando uno descubre la verdadera realidad: la locura.







[1] Gérard de Nerval, Aurelia o El sueño y la vida, Eneida, 1855, pp.18-19.

viernes, 4 de mayo de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo VIII)



 “El sueño es una segunda vida. No he podido penetrar sin estremecerme en esas puertas de marfil o de cuerno que nos separan del mundo invisible. Los primeros instantes de sueño son la imagen de la muerte; un entorpecimiento nebuloso se apodera de nuestro pensamiento y no podemos determinar el instante preciso en que el yo, bajo otra forma, continúa la obra de la existencia.”[1]


 27 de septiembre de 2004. London. United Kingdom. 23:34 hora local. Viento otoñal, de intensidad variable, húmedo y frío. El psiquiatra John E. Mack apretaba el portafolios bajo el brazo. Después de escribir unas cuantas planas a la carrera sentado sobre un reborde de concreto bajo la luz de neón de la plaza Parliament Square, ahora caminaba de prisa por la Great George Street. Por esas extrañas coincidencias de la vida, rondaba en su cabeza un repentino enjambre de hechos inquietantes y en confuso tropel. Miraba el cielo cada cierto rato, como si buscase una señal clara de alguna próxima tormenta. Durante su conferencia, sólo una hora y media atrás, había experimentado un inusual insight. Al discurrir ante su auditorio acerca de la línea inexistente entre la alucinación paranoide y el trastorno producto de un TEPT se había reconocido inopinadamente a sí mismo más allá de esa supuesta frontera… ¿Cuánto más allá?, se preguntó, dando un saltito hacia el lado. Sintió que su libro Abducción. Encuentros humanos con extraterrestres se le resbalaba desde debajo del brazo. (La distinguida dama que en la conferencia de la tarde había demostrado tanto interés en el tema no había acudido a la conferencia de la noche en el T.E. Simposio de la Sociedad Lawrence. Volvía con el ejemplar hacia su departamento.) El libro cayó pesadamente y se abrió como un abanico soplado por una fuerte ráfaga de viento. Levantó la vista y miró hacia atrás y hacia los lados. Tres personas vestidas con un traje oscuro y un sombrero negro calado hasta los ojos, tal vez el mismo, se volvieron hacia él para observarlo desde tres puntos diferentes. Un presentimiento atemorizante se le hizo patente. Sintió miedo; sin dudarlo, abandonó el libro sobre el pavimento y se alejó todavía más de prisa. Se observó a sí mismo con descontento. Su sistema límbico se estaba posesionando de su trabajada corteza cerebral, y el profesional de la salud mental parecía haber renegado de sí mismo, para dejarse dominar por ese atávico reptil temeroso que todos llevamos en el fondo de nuestra masa encefálica. Después de todo, ¿dónde acababa la frontera entre él, el eminente doctor de Harvard, y sus pacientes? ¿Cuál era la supuesta distancia entre cualquiera de sus desvalidos abducidos y la incólume fortaleza de su mente sólida y científica? ¿Por qué no iba a ser parte también de la misma historia humana de los observados, de los experimentados, de la omnímoda atención de unos seres inquisitivos y desconcertantemente superiores a quienes, sin duda, su poder no les impedía acceder a cada humano sobre la faz de la Tierra? ¿Sólo porque él era el siquiatra, y los otros, sus pacientes o las “víctimas”, ELLOS debían ajustarse a su condición especial y jerárquica? Además, ¿QUIÉNES eran realmente ELLOS?... En un gesto maquinal e inconciente se tocó por fuera el bolsillo de su gabán. Quería cerciorarse de que aún estuviese allí la hoja con el misterioso nombre que, a toda costa y con urgencia, se había propuesto encontrar: ILDEFONSO DELENIKAS TATAY, S.J…. Sabía con esa meridiana certeza que ya no se puede explicar ni justificar con la razón o con cualquier saber civilizado, que estaba a punto de dar un salto cuántico desde una realidad normal, humana y conocida, a un portal de incertidumbre máxima, y máxima transformación.
Tenía miedo. Había llegado a un punto en que era inevitable comprometer su condición humana y hasta visceralmente animal. Por encima de él y por detrás de él se habían materializado unas fuerzas cada vez más ciertas y activas, cuya naturaleza, cuyas características y señales se le manifestaban progresiva, personal y angustiosamente amenazantes. Se sintió en ese mismo momento como debían padecer sus ratitas grises y blancas sometidas a cruentos maltratos experimentales. Escuchó con un estremecimiento que desde corta distancia alguien lo llamaba con una voz horrible y metálica: ¡John!... Volteó un poco la cara hacia la izquierda, al tiempo que daba un salto instintivo hacia la calzada que tenía delante. Un furgón oscuro lo impactó sin la menor disminución de velocidad; su cuerpo se enredó con un sonoro crujido entre las ruedas delanteras que, primero, lo aplastaron, para en seguida recibir, con las ruedas traseras, el peso de la máquina sobre su esternón, el cual se partió, atravesándole el corazón.
La calzada se manchó con una oscura poza de sangre, mientras una decena de hojas manuscritas desparramadas por el suelo comenzaron a volar en todas direcciones, arremolinadas por el viento. Sólo una de ellas se adhirió a su rostro sanguinolento, dejándose leer por un momento antes de enrojecer por completo, con unas grafías nerviosas y rápidas:
Si me presentan a un ángel, a un Cristo, a un Dios, a un extraterrestre, una entidad superior o un demonio –no importa quién sea, si es un ser que ha influido en nuestra Historia y destino--, le exigiría muchas explicaciones, justas, mínimas y necesarias. Él verá entonces si me responde con buenas y comprensibles razones, o simplemente con la misma ininteligibilidad y poder impositivo que ha demostrado hasta ahora. Si bien, cada vez estoy más convencido de que la mayoría de las cosas que ocurren en el UNIVERSO no son ni razonables ni racionales. En cambio, somos nosotros los humanos quienes las forzamos para que parezcan y se nos comporten como racionales.


Ildefonso seguía a Senghor pisando cuidadosamente sobre los escalones de piedra. Senghor le había facilitado una pequeña linterna que había sacado desde algún bolsillo de su vestimenta, con la que alumbraba débilmente donde debía apoyar cada pie. Sin embargo, su amigo parecía no prestarle atención y descendía adelantándose cada vez más. Ildefonso trataba de atisbar por los alrededores, pero la oscuridad no sólo era total, sino que el espacio parecía haberse ido ampliando a su alrededor. Si alumbraba con su pequeño haz de luz, no podía ver ni muros, ni cielo, ni nada. De pronto tuvo la impresión de que ni siquiera el suelo se sostenía sobre algo firme. Un par de veces intentó llamar a Senghor, pero, o bien desistió, o bien una sensación obstaculizante se lo impedía. No obstante, conservaba todo el tiempo la sensación de que Senghor era un guía confiable, y que lo debía conducir hacia algo importante. Tal vez porque la situación lo exigía así, su mente se concentraba exclusivamente en el círculo de luz que hacía aparecer un nuevo escalón, sin pensar en nada, ni tratar de comprender lo inmediato, ni los hechos que se habían venido desarrollando más y más extrañamente durante el último tiempo.
El descenso se había extendido ya por una media hora, y el frío se hacía sentir al punto de que Ildefonso podía ver cómo flotaba por un segundo alrededor de su rostro el vaho blanquecino de su propia respiración. Sólo el ejercicio continuo impedía que el frío lo entumiese. El silencio era tanto que parecía aumentar y expandirse hacia el fondo de las tinieblas. Podía escuchar los latidos de su corazón, el crujido de sus articulaciones, el estiramiento de sus músculos, el paso palpitante de la sangre por los pequeños canales de las venas; incluso creyó escuchar a Senghor que susurraba, como si estuviese conversando con alguien, pero estaba demasiado lejos para ser posible. Se dio cuenta de que no sentía miedo, a pesar de que su vida comenzaba a correr evidente riesgo, y también –por qué no decirlo—su salud mental y su cordura, aunque esto tampoco le era motivo de la menor resistencia. Cuando Senghor ya se le había adelantado como cincuenta metros, le pareció que se detuvo, y ya no vio avanzar más el resplandor de su luz.
Efectivamente, a poco andar le fue evidente que Senghor se había detenido, y que parecía esperarlo. Al llegar junto a él, se lo encontró sentado sobre una roca, en lo que parecía una explanada. Había dejado la linterna a un lado, por lo que no podía verle la cara.
--¿Estoy vivo?—le preguntó Ildefonso.
--¡Eso ya no es importante!... Ni siquiera es una identificación adecuada para tu forma de realidad.
Senghor se puso de pie y caminó hacia adelante. Luego se inclinó e iluminó con su linterna un objeto que tenía el aspecto de canoa, y que flotaba inmóvil junto a una especie de pequeño muelle. Se vio a sí mismo en aquellas noches impenetrables y tórridas en el amazonas, cuando acompañaba a los indígenas Secoya a pescar pacos y gamitanas. Aunque desde niño había intuido que la realidad no es exactamente lo que nos enseñan los sentidos, ni lo que explica la ciencia, ni el Universo natural, ni tan siquiera la materia y el tiempo, ni las representaciones del cuerpo y de la mente, ahora se le hacía más evidente que la realidad era todavía más diferente que todo aquello, en la medida (y sobre todo) que él se descondicionaba de su propia mente. Por alguna razón o sinrazón que aún no se manifestaba suficientemente explícita, no podía creer que meramente se estaba volviendo loco, y punto… Tampoco “perder la fe”, la fe de los padres, de la religión sacrosanta, de los maestros y de los santos, de la infancia y juventud, la fe del Cristo le era motivo de preocupación alguna. Quizás se debía a que su yo podía percibirse y contemplarse a sí mismo desde fuera y desde dentro de sí mismo, lo que le concedía ese mínimo sentido de orientación fundacional en el espíritu –sea lo que fuere--, en la existencia indefinible y en sí mismo, sin importar por ahora cuáles fuesen las consecuencias de ello.
Su mente humana intentaba balbucear algunas preguntas coherentes, pero un silencio interior más profundo y significativo las acallaba una y otra vez. Escuchó el borboteo de las aguas cuando se agitan levemente, y siguió a Senghor al interior de la embarcación. El frío comenzaba a dejarse sentir. A un lado del estrecho lugar donde se sentó se hallaba una manta que cogió y se la echó sobre la espalda. Senghor apagó su linterna y, por una notable coincidencia, la suya se agotó y dejó de alumbrar, quedando todo insondablemente invisible. Durante un largo rato sólo escuchó el golpe del remo de Senghor que, sentado en la punta de la canoa, ora se abría paso por las aguas a babor, ora a estribor. El agua se estremecía, vibraba, rodaba por encima de la superficie exclamando algún cántico ancestral, y pronto volvía a su hondura silente. Una poderosa sensación de misterio creciente, de singularidad y tensión vital lo ganaban minuto a minuto. Otros sentidos internos se habían activado, unos sin palabras, sin pensamientos, ni razones, ni formas mentales; unos sentidos profundamente conectivos, más sutiles, evidentes e inmediatos que cualquier otro sentido natural. Miró hacia lo alto y creyó vislumbrar el centelleo de innumerables estrellas, pero sin verlas; sólo sabía que se ordenaban con una perfección que ninguna inteligencia humana podría concebir. Aunque no había luz alguna, podía percibir delante de la canoa la silueta vaporosa y lilácea de Senghor, que le producía un sentimiento de extrañeza, lo mismo que de irresistible atracción. No sentía miedo; no había en él ninguna de esas preguntas tan humanas, como el ¿adónde?, o el ¿qué?, o el ¿por qué?... La piragua tocó tierra suavemente. Senghor saltó por el lado y empujó un poco la embarcación hacia adelante. Ildefonso supo que habían llegado a su destino, de modo que avanzó hasta la proa y saltó confiadamente a tierra. Ya no sentía frío, a pesar de que descubrió primero que sus pies estaban descalzos al sentir el contacto de esa arena –todo océano tiene en sus playas arena—que parecía sólida como una roca, al mismo tiempo que blanda como pisar ceniza. Luego, esa misma agradable sensación lo impulsó a tocar su pecho, sus brazos, su sexo y sus piernas: estaba completamente desnudo, aunque no tuvo ninguna sensación de desnudez ni de pudor protector. Además, ni su pecho, ni sus brazos, ni su sexo, ni sus piernas eran ya pecho ni brazos ni sexo ni piernas. Ya no era necesario ninguna luz, ninguna linterna. Caminaron por un terreno llano, hasta que después de varios minutos subieron una suave y extensa colina hasta llegar a un reborde que parecía crepitar veladamente y girar sobre su eje con unos tonos multicolores y vaporosos.
--¡Espera un momento!—dijo Senghor con una voz que no parecía venir de él, sino de lejos y de cerca.
Unos minutos después Senghor comenzó a caminar, descendiendo por el otro lado de la colina. Ildefonso supo que debía seguirlo.
--¡Ven! –le dijo en un momento—Camina diez pasos adelante.
Así lo hizo Ildefonso. Entonces ocurrió algo que le causó desconcierto y sorpresa. Frente a él se encendió algo así como un foco desde lo alto y apareció la figura de un hombre sentado ante un alto escritorio negro, cubierta su cara con una máscara horrible, como de un macho cabrío sonriente. Primero la luz lo ofuscó, obligándolo a entrecerrar los párpados, pero pronto se acostumbró a la luz lechosa. Entonces escuchó la voz de aquel hombre que, en un tono extraño, casi gutural y deformado, como robótico, dijo:
--En nuestros días, el poder del oro ha reemplazado al poder de los gobiernos liberales. La política nada tiene que ver con la moral.
De inmediato se encendió otro foco de luz justo al lado izquierdo del anterior, y una figura igual a la anterior, alzó la voz:
-- Es verdad que las fieras se adormecen cuando se las harta de sangre y que así puede encadenárselas fácilmente. Pero si no se les da sangre, no se adormecen y sus instintos de lucha se despiertan.
Un tercero apareció al lado de los anteriores:
-- Nuestra dominación se distinguirá por un despotismo tan manifiesto y tan grandioso que estará en condiciones en cualquier tiempo y lugar de hacer callar a los Esclavos que intenten oponérsenos de hecho o de palabra.
Luego un cuarto:
-- En lugar de los actuales Gobiernos, estableceremos uno verdaderamente terrible que se llamará administración del Súper-gobierno. Sus manos alcanzarán a todas partes, a manera de unas enormes tenazas, y su organización será tan colosal que ningún pueblo podrá dejar de sometérsenos.
Y un quinto:
-- Hemos reemplazado el gobierno por una caricatura de gobierno, por un presidente que sacamos de la multitud de los miles de hechuras y esclavos nuestros. Aquí está el fondo de la mina cavada por nosotros bajo el suelo de los pueblos Esclavos.
Y un sexto:
--Imprimiendo ahora verdades luego mentiras encenderemos o calmaremos los ánimos en las cuestiones políticas; los persuadiremos o los desconcertaremos publicando unas veces la verdad, otras la mentira, hechos, o sus contradicciones, de acuerdo con su estado para recibirlos.
Y un séptimo:
-- Con el objeto de que no lleguen a nada por medio de la reflexión, los distraeremos con entretención, juegos, pasatiempos, pasiones, casas públicas… Muy pronto propondremos por medio de la prensa concursos en arte, en deportes y de todo tipo.
Y un octavo:
-- La muerte es el fin inevitable de todos. Mejor es acelerar el fin de aquellos que ponen obstáculos a nuestra obra, que no el de nosotros que somos los que a esa obra hemos dado el ser.
Y un noveno:
-- Haremos de los jóvenes, niños obedientes a las autoridades y amantes de los que gobiernan, como un apoyo y una esperanza de paz y de tranquilidad.
Y un décimo:
-- El sistema de represión del pensamiento ya está en vigor en el método llamado enseñanza por medio de la imagen, que debe transformar a los Esclavos en animales dóciles, que no piensen, que necesiten la representación por las imágenes para comprenderlas.
Y un décimo primero:
-- Entonces no se considerará deshonroso servir de espía y delator, sino algo digno de alabanza y premio; pero las delaciones mal fundadas serán cruelmente castigadas, para que no haya abusos en este sentido.
Y un décimo segundo, con el que se cerró por completo el círculo de los enmascarados alrededor de Ildefonso:
--A esas sociedades tendrá que ahogarlas en sangre para hacerlas luego resucitar bajo la forma de un ejército bien organizado que sepa luchar y combatir conscientemente contra toda infección que pudiera invadir al organismo del Estado.[2]


[1] Gérard de Nerval, Aurelia o El sueño y la vida, Eneida, 1855, pp.14-15.
[2]Ver passim: Los Protocolos de los Sabios de Sión.