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viernes, 18 de mayo de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo IX)



“La idea de que un Espíritu del mundo exterior se encarnaba de pronto en la forma de una persona ordinaria, y obraba o intentaba obrar sobre nosotros en ciertos momentos graves de la vida, sin que esa persona tuviera conocimiento o guardara algún recuerdo, me obsesionaba con frecuencia.”[1]



-- Existe un solo refugio cuando uno descubre la verdadera realidad: la locura…
Ildefonso lo alcanzó a escuchar al pasar, con esas oídas que hacemos primero inconcientemente, pero que luego, sólo si son significativas para nosotros, superan el umbral y son atrapadas por la conciencia, una vez que ya han dejado de existir. Se dio media vuelta y observó el grupo de jóvenes de donde había surgido tan singular afirmación. Cinco jóvenes negros discutían acaloradamente ante la escalinata de entrada a uno de esos típicos edificios del barrio de tres o cuatro pisos de ladrillo inglés, mientras los humos ácidos de la marihuana ascendían por la chimenea de su corro fraterno. (Knickerbocker Avenue, 157 de Brooklyn, 20:56 hrs.)
Se detuvo y dio un paso atrás. Nadie en su sano juicio habría hecho lo que entonces hizo él.
--¿Cuál es la “verdadera realidad”, amigos?...—les preguntó a bocajarro.
Los jóvenes, que acostumbraban a reunirse en ese lugar para compartir sus vicisitudes y sus estimulantes, enmudecieron y se quedaron perplejos. Sin embargo, uno de ellos que, evidentemente hacía las veces de líder, se echó con decisión la mano al bolsillo y, sin sacarla de allí, se aproximó amenazadoramente a Ildefonso. Otro de ellos, al observar el clergyman de Ildefonso lo retuvo de un brazo, se le acercó y le susurró algo al oído. Éste le devolvió una mirada sorprendida, se volvió a Ildefonso, lo miró de arriba abajo, y luego hizo un gesto con la cabeza al grupo, el cual rápidamente se dispersó en diferentes direcciones. Ildefonso se los quedó mirando; recién entonces comprendió su conducta desafortunada. Siguió reflexivamente en su caminata, clavando la mirada en sus pies, sin poder sacarse de la cabeza la frase que había escuchado.
Cuando abrió la puerta de su departamento y entró al vestíbulo, se volvió hacia el espejo ovalado que reflejó su imagen. Se desconoció a sí mismo. Pasó ambas manos por su pecho, por su cuello, por su espalda. Al verse y, en seguida, al palparse, se estremeció; una sensación de temor y frío le erizó la piel.
--¡Ildefonso Delenikas Tatay!—dijo en voz alta y lentamente.
Desde el departamento de al lado escuchó un grito de mujer y un portazo, pero le pareció que todo aquello se alejaba a gran velocidad hacia el horizonte decreciente de la realidad. La verdadera realidad, repitió para sí. Una intensa sensación de que él mismo se disolvía, se desintegraba, se transformaba en otro ser, junto con las cosas, con sus categorías, con sus significados y esencias, se le hacía más y más presente, continuo, intenso, inquietante.
--¡La locura!...—exclamó en voz alta, casi en un grito agudo.
Se tomó la cabeza con ambas manos.
--¡Dios!... ¡Mi Dios!... –gimió, volviendo a mirarse en el espejo.
Dudar de sí mismo, dejar de ser el mismo, también acarreaba la consecuencia de dudar de Dios, de alejarse de Dios; o, tal vez, era justo Dios el que causaba su propia disolución para manifestar una dimensión de sí todavía NO CONOCIDA… Como un acto reflejo se animó a sí mismo en la voluntad y necesidad de encontrarse con el arzobispo Samuel Bisschop. No conocía a nadie que pudiese confrontarlo mejor consigo mismo. Algún Cristo interior, profundamente suyo, necesitaba dar la última batalla para renacer o, definitivamente, morir dolorosamente para avanzar en un inesperado ADELANTE. Levantó la mirada hacia una muralla lateral pintada con óleo blanco desde donde pendía un antiguo reloj de pared… Solón  Vitrubsky llegará en siete minutos más… Hacía inmensos esfuerzos para tratar de contradecir y olvidar a Senghor, no porque en realidad quisiese negar y olvidar a Senghor, sino porque algo superior en su fuero interno le hacía saber que precisamente así este ser maravilloso, este taumaturgo de aspecto humano debía acabar venciéndolo y ganándolo por completo. ¿No había sido precisamente de esta manera como Cristo había ganado a cada converso para sí?... ¿No había sido precisamente de esta manera como el Cristo había dejado de ser meramente Jesús, sólo el primogénito de José y María? Las resistencias síquicas internas y externas son el mecanismo trascendental que nos facilita la generación de profundas y superiores energías opositivas para impulsar el salto transfigurador de nosotros mismos, aunque no siempre podamos generar la fuerza suficiente para producir el CAMBIO. En este último caso, simplemente sucumbimos en las dinámicas del pasado, hasta una próxima oportunidad existencial. Ildefonso hasta ahora iba adelante, y concitaba una energía excepcionalmente transformadora…
Le pareció escuchar un sonido sibilante, como si una serpiente amenazase a su presa. Se dio media vuelta y miró al suelo, a lo largo del pasillo. Al fondo, a los pies de la puerta de entrada creyó ver el movimiento furtivo de la cola de una cobra que escapaba hacia un rincón. Fue hasta la cocina, tomó el palo de un escobillón, y se dirigió con cautela hacia la entrada. No vio la serpiente, pero en cambio se encontró tirado en el suelo un sobre de color ocre y de tamaño mediano. Lo levantó con una sensación de inquietud. Volvió a mirar por los alrededores, pero al no percibir nada semejante a una serpiente, se concentró en el sobre que, ya sobre sus manos, se evidenciaba sin ninguna seña ni escritura que pudiera darle luz acerca de su contenido. Volvió a la cocina para devolver el escobillón y coger un cuchillo, con el que abrió el sobre. Primero miró al interior; distinguió una hoja y nada más. La sacó del sobre y se encontró con la fotocopia de una foto en blanco y negro. El sonido repentino de la chicharra del timbre lo sobresaltó. Volvió a arrojar una rápida mirada sobre la foto. Se trataba del rostro de una mujer que no conocía. La devolvió al sobre mientras caminaba hacia la puerta. Aunque no acostumbraba a hacerlo, esta vez acercó su pupila al ojo de la puerta. Se retiró hacia atrás casi de un salto. Alguien o algo estaba bloqueando la lente desde el otro lado.
--¿Quién es?—preguntó, alzando la voz y con cierto recelo.
Después de esperar en vano durante unos quince segundos, volvió a repetir la pregunta. Esta vez creyó escuchar un murmullo del otro lado. Acercó un poco el oído cerca de la juntura de la puerta y repitió la pregunta esta vez en voz baja.
--¡Soy Solón!...—escuchó un susurro del otro lado.
Dudó, desconfió, vaciló… Al mismo tiempo se alarmó de sentirlo, pues nunca se había identificado con tales sentimientos como ahora le acontecía. En respuesta a esta evidencia, giró con decisión la manilla y abrió la puerta. Efectivamente ante el vano se encontraba Solón, aunque le resultó extraño reconocerlo escondido tras unos grandes anteojos oscuros, un sombrero alón bien calado hasta las cejas y una barba tupida que no le conocía.
--¿Solón?...—preguntó igualmente.
Su amigo entró apresuradamente, cerró la puerta tras de sí y, haciendo un gesto de silencio con el índice verticalmente sobre sus labios, lo cogió de un brazo y se lo llevó al interior del departamento.
--¿Qué pasa?... ¿Por qué tanto misterio?...—preguntó Ildefonso.
--¡Ya no sé si estamos seguros aquí o en cualquier otra parte!...—respondió Solón, haciendo rotar su vista por el entorno.
Ildefonso experimentó entonces esa singular sensación de déjà vu que lo acompañaba con frecuencia. Miró el sobre que aún apretaba entre sus manos. Solón se lo quedó observando inquisitivamente y preguntó:
--¿Qué llevas ahí?...
--¿No…?—iba a agregar ¿lo dejaste tú?, pero se detuvo.
En cambio, con un gesto casi maquinal abrió el sobre, extrajo la foto y se la extendió a su amigo. Solón la observó apretando las cejas. Tuvo por un momento un resplandor de sorpresa, pero pronto su vista se insegurizó; levantó la vista hacia Ildefonso y preguntó:
--¿Quién es?...
--¡Esperaba que tú me pudieses dar luces sobre esto!...
Como respuesta Solón se metió la mano en un bolsillo interior de su abrigo, sacó una pequeña bolsa de plástico y, desde dentro de ella, extrajo un papel doblado, que extendió a su amigo. Ildefonso lo abrió con curiosidad; se encontró con unas letras angulosas y gruesas: ILDEFONSO DELENIKAS TATAY, S.J… Éste levantó extrañado sus ojos hasta los ojos de su amigo y preguntó:
--¿Qué es esto?...
-- Un contacto, cuya identidad por ahora no te puedo revelar me hizo llegar este papel… Fue encontrado en un bolsillo del cuerpo atropellado y sin vida del Dr. John E. Mack… psiquiatra, en Londres… Hace 14 años…
Solón se quedó observando las expresiones de Ildefonso, como si quisiese leer más allá de lo que el mismo Ildefonso pudiese querer decirle.
--¡Jamás había tenido noticias de este señor!... ¿Cómo es posible?...
--¡Hummm!, lo sospechaba…--murmuró Solón como para sí.-- ¡Bien!... Ahora tenemos una foto y un mensaje de un muerto casi de otro siglo que no podemos explicar…
Lanzó una risita nerviosa.
--¿Tienes whisky?...
--¡No!... O tal vez sí…
Ildefonso se dirigió a la cocina seguido por su amigo; abrió el refrigerador y se encontró en un rincón los restos líquidos y pardos de una botella de whisky que hacía dos meses había dejado abandonada el arrendatario anterior.
--¡Vaya, qué suerte!...—exclamó Iledfonso, con expresión de sorpresa.
Le sirvió en un vaso buena parte del contenido, y a sí mismo, un vaso con agua y hielo. Ambos se quedaron en silencio, reflexionando. Luego Ildefonso lo condujo a su despacho y, sentados unos junto a otro en el pequeño espacio alumbrado por una lámpara de pie, se miraron nuevamente a los ojos.
--¿Qué sabes de ese psiquiatra Mack?—preguntó Ildefonso.--¿Por qué podría haber guardado un papel con mi nombre?...
--Bien, partamos por ahí…
Solón le contó primero cuanto sabía de su vida personal y académica, para luego concentrarse en su trabajo de investigación relativo a abducciones y extraterrestres. Este tema nunca había sido de interés para Ildefonso; cada vez que había escuchado hablar sobre él, incluso de boca de su mismo amigo Vitrubsky, lo había dejado indiferente y ajeno.
--Su muerte ha dado harto que hablar a los conspiracionistas…
Solón le dio un informe rápido y somero de esas teorías. Lágrimas comenzaron a caer por la cara de Ildefonso, sin comprender él mismo lo que le ocurría.
--Hay muchísimas personas, en realidad casi todas, --continuó Solón sin percatarse de lo que ocurría con Ildefonso-- que, en relación con el tema de los OVNIS y extraterrestres, estudian seriamente, investigan acuciosamente, manejan información clasificada y de primera fuente, son exaltados por la comunidad científica y validados como autoridades en el tema, e incluso invierten y reciben más dólares que lo que cualquier persona gana en toda su vida, pero que lo realizan simplemente desde la misma posición y experiencia de un humano que se involucra con lo que ocurre en una estrella que dista 3 billones de años luz de donde se encuentra, sólo a través de su “poderoso” y sofisticado telescopio… Pero, precisamente, John Edward Mack NO era uno de esos tantos… Ahora, yo te pregunto a ti, Ildefonso, ¿por qué crees tú que un hombre como John Mack guardaba tu nombre de esta manera al momento de morir?...
Ildefonso se quedó cavilando con la mirada en el suelo. De inmediato se le vino a la memoria Senghor Cisse Aubert, pero, al mismo tiempo, la carita angustiada del pequeño Valentín que le imploraba: ¡Quiero pipí!... Entonces volvió a experimentar ese resplandor y ese estruendo horrorosos que habían cambiado su vida para siempre…
--¿Te sientes bien?—le preguntó Solón.
--¡Sí!... ¡Sí!... Sólo que … me he acordado de algo.
Después de una pausa, continuó:
--Creo que sé quién me podría dar alguna pista de esto…
--¿Quién?...
Ildefonso levantó la mirada y clavó sus ojos inquisitivos en Solón.
--Por ahora tampoco yo puedo darte nombres…
Ildefonso trató de convencer y tranquilizar a su amigo de que pronto le daría una información más precisa, pero que antes tendría que esperar que se contactase con cierta persona. Solón se despidió de su amigo, nuevamente bajando la voz:
--¡Sé cauto, amigo mío!... Estamos siendo observados y vigilados…
Ildefonso abrazó a Solón y, asintiendo con la cabeza, lo dejó ir. Al cerrar la puerta a su espalda volvió a recordar aquella frase:  Existe un solo refugio cuando uno descubre la verdadera realidad: la locura.







[1] Gérard de Nerval, Aurelia o El sueño y la vida, Eneida, 1855, pp.18-19.

viernes, 4 de mayo de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo VIII)



 “El sueño es una segunda vida. No he podido penetrar sin estremecerme en esas puertas de marfil o de cuerno que nos separan del mundo invisible. Los primeros instantes de sueño son la imagen de la muerte; un entorpecimiento nebuloso se apodera de nuestro pensamiento y no podemos determinar el instante preciso en que el yo, bajo otra forma, continúa la obra de la existencia.”[1]


 27 de septiembre de 2004. London. United Kingdom. 23:34 hora local. Viento otoñal, de intensidad variable, húmedo y frío. El psiquiatra John E. Mack apretaba el portafolios bajo el brazo. Después de escribir unas cuantas planas a la carrera sentado sobre un reborde de concreto bajo la luz de neón de la plaza Parliament Square, ahora caminaba de prisa por la Great George Street. Por esas extrañas coincidencias de la vida, rondaba en su cabeza un repentino enjambre de hechos inquietantes y en confuso tropel. Miraba el cielo cada cierto rato, como si buscase una señal clara de alguna próxima tormenta. Durante su conferencia, sólo una hora y media atrás, había experimentado un inusual insight. Al discurrir ante su auditorio acerca de la línea inexistente entre la alucinación paranoide y el trastorno producto de un TEPT se había reconocido inopinadamente a sí mismo más allá de esa supuesta frontera… ¿Cuánto más allá?, se preguntó, dando un saltito hacia el lado. Sintió que su libro Abducción. Encuentros humanos con extraterrestres se le resbalaba desde debajo del brazo. (La distinguida dama que en la conferencia de la tarde había demostrado tanto interés en el tema no había acudido a la conferencia de la noche en el T.E. Simposio de la Sociedad Lawrence. Volvía con el ejemplar hacia su departamento.) El libro cayó pesadamente y se abrió como un abanico soplado por una fuerte ráfaga de viento. Levantó la vista y miró hacia atrás y hacia los lados. Tres personas vestidas con un traje oscuro y un sombrero negro calado hasta los ojos, tal vez el mismo, se volvieron hacia él para observarlo desde tres puntos diferentes. Un presentimiento atemorizante se le hizo patente. Sintió miedo; sin dudarlo, abandonó el libro sobre el pavimento y se alejó todavía más de prisa. Se observó a sí mismo con descontento. Su sistema límbico se estaba posesionando de su trabajada corteza cerebral, y el profesional de la salud mental parecía haber renegado de sí mismo, para dejarse dominar por ese atávico reptil temeroso que todos llevamos en el fondo de nuestra masa encefálica. Después de todo, ¿dónde acababa la frontera entre él, el eminente doctor de Harvard, y sus pacientes? ¿Cuál era la supuesta distancia entre cualquiera de sus desvalidos abducidos y la incólume fortaleza de su mente sólida y científica? ¿Por qué no iba a ser parte también de la misma historia humana de los observados, de los experimentados, de la omnímoda atención de unos seres inquisitivos y desconcertantemente superiores a quienes, sin duda, su poder no les impedía acceder a cada humano sobre la faz de la Tierra? ¿Sólo porque él era el siquiatra, y los otros, sus pacientes o las “víctimas”, ELLOS debían ajustarse a su condición especial y jerárquica? Además, ¿QUIÉNES eran realmente ELLOS?... En un gesto maquinal e inconciente se tocó por fuera el bolsillo de su gabán. Quería cerciorarse de que aún estuviese allí la hoja con el misterioso nombre que, a toda costa y con urgencia, se había propuesto encontrar: ILDEFONSO DELENIKAS TATAY, S.J…. Sabía con esa meridiana certeza que ya no se puede explicar ni justificar con la razón o con cualquier saber civilizado, que estaba a punto de dar un salto cuántico desde una realidad normal, humana y conocida, a un portal de incertidumbre máxima, y máxima transformación.
Tenía miedo. Había llegado a un punto en que era inevitable comprometer su condición humana y hasta visceralmente animal. Por encima de él y por detrás de él se habían materializado unas fuerzas cada vez más ciertas y activas, cuya naturaleza, cuyas características y señales se le manifestaban progresiva, personal y angustiosamente amenazantes. Se sintió en ese mismo momento como debían padecer sus ratitas grises y blancas sometidas a cruentos maltratos experimentales. Escuchó con un estremecimiento que desde corta distancia alguien lo llamaba con una voz horrible y metálica: ¡John!... Volteó un poco la cara hacia la izquierda, al tiempo que daba un salto instintivo hacia la calzada que tenía delante. Un furgón oscuro lo impactó sin la menor disminución de velocidad; su cuerpo se enredó con un sonoro crujido entre las ruedas delanteras que, primero, lo aplastaron, para en seguida recibir, con las ruedas traseras, el peso de la máquina sobre su esternón, el cual se partió, atravesándole el corazón.
La calzada se manchó con una oscura poza de sangre, mientras una decena de hojas manuscritas desparramadas por el suelo comenzaron a volar en todas direcciones, arremolinadas por el viento. Sólo una de ellas se adhirió a su rostro sanguinolento, dejándose leer por un momento antes de enrojecer por completo, con unas grafías nerviosas y rápidas:
Si me presentan a un ángel, a un Cristo, a un Dios, a un extraterrestre, una entidad superior o un demonio –no importa quién sea, si es un ser que ha influido en nuestra Historia y destino--, le exigiría muchas explicaciones, justas, mínimas y necesarias. Él verá entonces si me responde con buenas y comprensibles razones, o simplemente con la misma ininteligibilidad y poder impositivo que ha demostrado hasta ahora. Si bien, cada vez estoy más convencido de que la mayoría de las cosas que ocurren en el UNIVERSO no son ni razonables ni racionales. En cambio, somos nosotros los humanos quienes las forzamos para que parezcan y se nos comporten como racionales.


Ildefonso seguía a Senghor pisando cuidadosamente sobre los escalones de piedra. Senghor le había facilitado una pequeña linterna que había sacado desde algún bolsillo de su vestimenta, con la que alumbraba débilmente donde debía apoyar cada pie. Sin embargo, su amigo parecía no prestarle atención y descendía adelantándose cada vez más. Ildefonso trataba de atisbar por los alrededores, pero la oscuridad no sólo era total, sino que el espacio parecía haberse ido ampliando a su alrededor. Si alumbraba con su pequeño haz de luz, no podía ver ni muros, ni cielo, ni nada. De pronto tuvo la impresión de que ni siquiera el suelo se sostenía sobre algo firme. Un par de veces intentó llamar a Senghor, pero, o bien desistió, o bien una sensación obstaculizante se lo impedía. No obstante, conservaba todo el tiempo la sensación de que Senghor era un guía confiable, y que lo debía conducir hacia algo importante. Tal vez porque la situación lo exigía así, su mente se concentraba exclusivamente en el círculo de luz que hacía aparecer un nuevo escalón, sin pensar en nada, ni tratar de comprender lo inmediato, ni los hechos que se habían venido desarrollando más y más extrañamente durante el último tiempo.
El descenso se había extendido ya por una media hora, y el frío se hacía sentir al punto de que Ildefonso podía ver cómo flotaba por un segundo alrededor de su rostro el vaho blanquecino de su propia respiración. Sólo el ejercicio continuo impedía que el frío lo entumiese. El silencio era tanto que parecía aumentar y expandirse hacia el fondo de las tinieblas. Podía escuchar los latidos de su corazón, el crujido de sus articulaciones, el estiramiento de sus músculos, el paso palpitante de la sangre por los pequeños canales de las venas; incluso creyó escuchar a Senghor que susurraba, como si estuviese conversando con alguien, pero estaba demasiado lejos para ser posible. Se dio cuenta de que no sentía miedo, a pesar de que su vida comenzaba a correr evidente riesgo, y también –por qué no decirlo—su salud mental y su cordura, aunque esto tampoco le era motivo de la menor resistencia. Cuando Senghor ya se le había adelantado como cincuenta metros, le pareció que se detuvo, y ya no vio avanzar más el resplandor de su luz.
Efectivamente, a poco andar le fue evidente que Senghor se había detenido, y que parecía esperarlo. Al llegar junto a él, se lo encontró sentado sobre una roca, en lo que parecía una explanada. Había dejado la linterna a un lado, por lo que no podía verle la cara.
--¿Estoy vivo?—le preguntó Ildefonso.
--¡Eso ya no es importante!... Ni siquiera es una identificación adecuada para tu forma de realidad.
Senghor se puso de pie y caminó hacia adelante. Luego se inclinó e iluminó con su linterna un objeto que tenía el aspecto de canoa, y que flotaba inmóvil junto a una especie de pequeño muelle. Se vio a sí mismo en aquellas noches impenetrables y tórridas en el amazonas, cuando acompañaba a los indígenas Secoya a pescar pacos y gamitanas. Aunque desde niño había intuido que la realidad no es exactamente lo que nos enseñan los sentidos, ni lo que explica la ciencia, ni el Universo natural, ni tan siquiera la materia y el tiempo, ni las representaciones del cuerpo y de la mente, ahora se le hacía más evidente que la realidad era todavía más diferente que todo aquello, en la medida (y sobre todo) que él se descondicionaba de su propia mente. Por alguna razón o sinrazón que aún no se manifestaba suficientemente explícita, no podía creer que meramente se estaba volviendo loco, y punto… Tampoco “perder la fe”, la fe de los padres, de la religión sacrosanta, de los maestros y de los santos, de la infancia y juventud, la fe del Cristo le era motivo de preocupación alguna. Quizás se debía a que su yo podía percibirse y contemplarse a sí mismo desde fuera y desde dentro de sí mismo, lo que le concedía ese mínimo sentido de orientación fundacional en el espíritu –sea lo que fuere--, en la existencia indefinible y en sí mismo, sin importar por ahora cuáles fuesen las consecuencias de ello.
Su mente humana intentaba balbucear algunas preguntas coherentes, pero un silencio interior más profundo y significativo las acallaba una y otra vez. Escuchó el borboteo de las aguas cuando se agitan levemente, y siguió a Senghor al interior de la embarcación. El frío comenzaba a dejarse sentir. A un lado del estrecho lugar donde se sentó se hallaba una manta que cogió y se la echó sobre la espalda. Senghor apagó su linterna y, por una notable coincidencia, la suya se agotó y dejó de alumbrar, quedando todo insondablemente invisible. Durante un largo rato sólo escuchó el golpe del remo de Senghor que, sentado en la punta de la canoa, ora se abría paso por las aguas a babor, ora a estribor. El agua se estremecía, vibraba, rodaba por encima de la superficie exclamando algún cántico ancestral, y pronto volvía a su hondura silente. Una poderosa sensación de misterio creciente, de singularidad y tensión vital lo ganaban minuto a minuto. Otros sentidos internos se habían activado, unos sin palabras, sin pensamientos, ni razones, ni formas mentales; unos sentidos profundamente conectivos, más sutiles, evidentes e inmediatos que cualquier otro sentido natural. Miró hacia lo alto y creyó vislumbrar el centelleo de innumerables estrellas, pero sin verlas; sólo sabía que se ordenaban con una perfección que ninguna inteligencia humana podría concebir. Aunque no había luz alguna, podía percibir delante de la canoa la silueta vaporosa y lilácea de Senghor, que le producía un sentimiento de extrañeza, lo mismo que de irresistible atracción. No sentía miedo; no había en él ninguna de esas preguntas tan humanas, como el ¿adónde?, o el ¿qué?, o el ¿por qué?... La piragua tocó tierra suavemente. Senghor saltó por el lado y empujó un poco la embarcación hacia adelante. Ildefonso supo que habían llegado a su destino, de modo que avanzó hasta la proa y saltó confiadamente a tierra. Ya no sentía frío, a pesar de que descubrió primero que sus pies estaban descalzos al sentir el contacto de esa arena –todo océano tiene en sus playas arena—que parecía sólida como una roca, al mismo tiempo que blanda como pisar ceniza. Luego, esa misma agradable sensación lo impulsó a tocar su pecho, sus brazos, su sexo y sus piernas: estaba completamente desnudo, aunque no tuvo ninguna sensación de desnudez ni de pudor protector. Además, ni su pecho, ni sus brazos, ni su sexo, ni sus piernas eran ya pecho ni brazos ni sexo ni piernas. Ya no era necesario ninguna luz, ninguna linterna. Caminaron por un terreno llano, hasta que después de varios minutos subieron una suave y extensa colina hasta llegar a un reborde que parecía crepitar veladamente y girar sobre su eje con unos tonos multicolores y vaporosos.
--¡Espera un momento!—dijo Senghor con una voz que no parecía venir de él, sino de lejos y de cerca.
Unos minutos después Senghor comenzó a caminar, descendiendo por el otro lado de la colina. Ildefonso supo que debía seguirlo.
--¡Ven! –le dijo en un momento—Camina diez pasos adelante.
Así lo hizo Ildefonso. Entonces ocurrió algo que le causó desconcierto y sorpresa. Frente a él se encendió algo así como un foco desde lo alto y apareció la figura de un hombre sentado ante un alto escritorio negro, cubierta su cara con una máscara horrible, como de un macho cabrío sonriente. Primero la luz lo ofuscó, obligándolo a entrecerrar los párpados, pero pronto se acostumbró a la luz lechosa. Entonces escuchó la voz de aquel hombre que, en un tono extraño, casi gutural y deformado, como robótico, dijo:
--En nuestros días, el poder del oro ha reemplazado al poder de los gobiernos liberales. La política nada tiene que ver con la moral.
De inmediato se encendió otro foco de luz justo al lado izquierdo del anterior, y una figura igual a la anterior, alzó la voz:
-- Es verdad que las fieras se adormecen cuando se las harta de sangre y que así puede encadenárselas fácilmente. Pero si no se les da sangre, no se adormecen y sus instintos de lucha se despiertan.
Un tercero apareció al lado de los anteriores:
-- Nuestra dominación se distinguirá por un despotismo tan manifiesto y tan grandioso que estará en condiciones en cualquier tiempo y lugar de hacer callar a los Esclavos que intenten oponérsenos de hecho o de palabra.
Luego un cuarto:
-- En lugar de los actuales Gobiernos, estableceremos uno verdaderamente terrible que se llamará administración del Súper-gobierno. Sus manos alcanzarán a todas partes, a manera de unas enormes tenazas, y su organización será tan colosal que ningún pueblo podrá dejar de sometérsenos.
Y un quinto:
-- Hemos reemplazado el gobierno por una caricatura de gobierno, por un presidente que sacamos de la multitud de los miles de hechuras y esclavos nuestros. Aquí está el fondo de la mina cavada por nosotros bajo el suelo de los pueblos Esclavos.
Y un sexto:
--Imprimiendo ahora verdades luego mentiras encenderemos o calmaremos los ánimos en las cuestiones políticas; los persuadiremos o los desconcertaremos publicando unas veces la verdad, otras la mentira, hechos, o sus contradicciones, de acuerdo con su estado para recibirlos.
Y un séptimo:
-- Con el objeto de que no lleguen a nada por medio de la reflexión, los distraeremos con entretención, juegos, pasatiempos, pasiones, casas públicas… Muy pronto propondremos por medio de la prensa concursos en arte, en deportes y de todo tipo.
Y un octavo:
-- La muerte es el fin inevitable de todos. Mejor es acelerar el fin de aquellos que ponen obstáculos a nuestra obra, que no el de nosotros que somos los que a esa obra hemos dado el ser.
Y un noveno:
-- Haremos de los jóvenes, niños obedientes a las autoridades y amantes de los que gobiernan, como un apoyo y una esperanza de paz y de tranquilidad.
Y un décimo:
-- El sistema de represión del pensamiento ya está en vigor en el método llamado enseñanza por medio de la imagen, que debe transformar a los Esclavos en animales dóciles, que no piensen, que necesiten la representación por las imágenes para comprenderlas.
Y un décimo primero:
-- Entonces no se considerará deshonroso servir de espía y delator, sino algo digno de alabanza y premio; pero las delaciones mal fundadas serán cruelmente castigadas, para que no haya abusos en este sentido.
Y un décimo segundo, con el que se cerró por completo el círculo de los enmascarados alrededor de Ildefonso:
--A esas sociedades tendrá que ahogarlas en sangre para hacerlas luego resucitar bajo la forma de un ejército bien organizado que sepa luchar y combatir conscientemente contra toda infección que pudiera invadir al organismo del Estado.[2]


[1] Gérard de Nerval, Aurelia o El sueño y la vida, Eneida, 1855, pp.14-15.
[2]Ver passim: Los Protocolos de los Sabios de Sión.

viernes, 20 de abril de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo VII)



Ildefonso despertó de su desmayo sobre la acera de una calle en Belén. No había ninguna razón para estar allí. De hecho, ni siquiera sabía dónde se encontraba. Sí recordaba con lujo de detalles el encuentro con Senghor y, sobre todo, el horripilante lugar donde se cometían las más abominables atrocidades humanas. Este extrañamiento le facilitó contemplarse a sí mismo. La presencia de Cristo, el Cuerpo de Cristo, ¿dónde estaban para él?... Podría incluso haberse avergonzado de sí mismo, de revestirse todavía como sacerdote de Cristo y de la Santa Iglesia Católica. Reconoció una misteriosa relación entre el sufrimiento, el mal experimentado en esta vida, y la sobrevivencia de un Cristo siempre renovado aun desde la disolución de su Cristo, como un Cristo leproso al que se le van cayendo las carnes putrefactas, quedando por debajo siempre la carne más viva, amorfa y sanguinolenta de alguien que ya no es el mismo, sin dejar de ser, al mismo tiempo, el mismo. Sólo su Santa Iglesia Católica no había conseguido renovarse, de manera que para él ya no era más que cualquiera otra ONG humanitaria, si bien la más poderosa. Razón suficiente para continuar sirviéndola, y sirviéndose de ella. Un hombre pordiosero, desgreñado, con una barba espesa y sucia que le cubría la mitad del pecho casi escamoso de grasa y tierra, se le acercó y estiró su mano huesuda, temblorosa. Ildefonso se metió la mano al bolsillo, se encontró con unas monedas que depositó compasivamente en la mano del mendigo. Éste se inclinó y posó su frente sobre la palma abierta de Ildefonso, luego se irguió, dio media vuelta y se alejó rengueando entre la gente. Sobre la palma de su mano había quedado un pequeño papel doblado en cuatro. Lo abrió:
Ewaan 10, te espero a las 15 hrs. Seng
A un joven palestino que pasó a su lado le preguntó la hora: 12:27 p.m., y por Ewaan... Levantó los hombros y continuó caminando calle arriba.
Hotel Bethlehem, leyó en un cartel sobre el frontis de un edificio antiguo. Volvió su inteligencia a resistirse: ¿Cómo es posible?... Hace un momento me encontraba en Deir Ezzor, y ahora a miles de kilómetros, ¿en Belén?...
Si era Senghor realmente quien lo esperaba a las 15 hrs., entonces podría responderle este despropósito. A no ser que… Interrumpió el curso de su pensamiento. La imagen de Senghor cubriéndose con la capa para no ser visto por él le causó una nueva desazón. Escuchó gritos atrás. Se devolvió hasta la esquina. Al girar hacia la otra calle se encontró con una aglomeración de gente que se mantenía a cierta distancia de una pareja de hombres que forcejeaba. Al observar la escena tuvo la intensa sensación de que aquello lo había soñado. Se inquietó, pues uno de los hombres había cogido al otro por la espalda y presionaba un gran cuchillo sobre su garganta. El agresor gritaba en árabe ¡Al·lahu-àkbar!... ¡Al·lahu-àkbar!... ¡Al·lahu-àkbar!... Mientras el otro levantaba sus ojos hacia lo alto. Ildefonso se adelantó con decisión y le dijo en árabe:[1] !سلام الله معك Entonces, el rehén se agitó para tratar de liberarse de su agresor, mas éste, con un movimiento rápido y decidido atravesó el cuello con la daga, cortando las venas yugulares. La sangre pareció explotar de su cuello y salpicó hacia todos lados. El árabe arrojó el cuchillo al suelo y salió corriendo. A media cuadra se encontró con varios soldados israelíes quienes, apuntando sus fusiles, lo ametrallaron repetidas veces. Algunas personas que se encontraban cerca de los soldados se dieron media vuelta y apuntaron con sus manos e índices hacia donde se encontraba Ildefonso. Éste miró hacia el hombre que, caído en el suelo, se apretaba la garganta tratando de contener infructuosamente la sangre que manaba a borbotones. Luego recorrió con la vista las caras de los circundantes; se encontró con terribles miradas de odio y desconfianza. Por un momento dudó. Se iba a inclinar para tratar de ayudar al moribundo, pero una angustiosa y desagradable sensación de certeza y miedo lo impulsó a dar un giro y salir corriendo del lugar, aunque sabía que eso probablemente le significaría la muerte. Primero corrió tratando de evitar a la gente que se le cruzaba en el camino, pero unos cincuenta metros más adelante no pudo esquivar un perro que realizó un movimiento repentino, y rodó por el suelo. Sintió que le ardían las manos y la rodilla izquierda. Giró la cabeza hacia atrás con el corazón tamborileando, pero se llevó una inesperada sorpresa. El barrio ni la calle eran el mismo barrio ni la misma calle por la que había iniciado la huida. Ahora veía una calle estrecha, en pendiente, con antiguas casas pintadas de albayalde, por la que se movía uno que otro automóvil, y apenas dos o tres transeúntes por las veredas. Una mujer tocada con un pañuelo rojo se acercó a él y le preguntó si se encontraba bien.
--¡Sí!... ¡Sí!... ¡Gracias!...
La mujer sonrió, bajó la mirada y dio un paso. Entonces Ildefonso la detuvo con su pregunta:
--¿Qué calle es ésta?
-- Ewaan.
Ella movió la cabeza con cierta inquietud, como esperando algo más, pero sin levantar la mirada siguió adelante.
Ewaan, murmuró Ildefonso. Se sacudió el polvo de su ropa, mientras miraba hacia uno y otro lado, incrédulo. Tuvo la impresión de que alguien lo acompañaba. Siempre lo había llamado Dios y Jesús, pero ahora no resultaba natural ni propio… Ni tan divino, como Dios, ni tan humano, como Jesús. Vio a lo lejos un portón verde con un número inscrito en el muro lateral: 10. Se acercó a un hombre de edad avanzada que cerraba su negocio de telas.
--¿Me puede decir la hora, por favor?...
--Las tres.
Ni siquiera consideró el incomprensible salto en el tiempo que acababa de experimentar. Ildefonso caminó con convicción hacia el portón. Se podía percibir desde afuera que el sitio estaba abandonado y vacío, aunque lo cercaba un muro de unos dos metros y medio de alto. ¿Cómo había llegado hasta ahí?... ¿Dónde habían quedado esos soldados, y las gentes odiosas, y el judío agonizante, y la calle del otro mundo y otro tiempo?... Le pareció que a su vida entera, a cada momento, le podía preguntar lo mismo. Sabía que adentro estaba Senghor. No podía ser de otra manera. Abrir aquel portón representaba abrir una inmensa nueva puerta de la realidad. Estaba cerrado. Lo empujó y se abrió un poco, como si alguien lo estuviese conteniendo desde adentro. Parecía habérsele despertado un sentido que le permitía anticipar algo del momento siguiente, o algo del sentido profundo del presente que inevitablemente se prolongaba más allá. No era más que una sensación, o una corazonada, o un roce interior de un algo que no se deja atrapar por ninguna facultad de la mente, ni se reduce a materia ni a energía, como el balbuceo gutural de un bebé que trata de cantar en su poema el asombro de la nueva realidad que descubre. Ingresó mirando a uno y otro lado, mientras cerraba maquinalmente el portalón a su espalda. Un gran terreno que alguna vez albergó construcciones y humanos, de los que ya no había más que rastros visibles en las formas de los cimientos allanados sobre el suelo, o una que otra escama de concreto que se empinaba unos décimos de centímetros respecto de la horizontal. A veces manchas ocres de musgo seco, u ortigas desplegadas en macetas espontáneas, verdes, o ramas quebradas de una higuera caída, o polvos acumulados en montoncitos, o en pátinas grabadas sobre los restos de cemento por el cincel del viento, sobresalían y llamaban la atención de esa instantánea observación de un Idelfonso que mira un entorno por primera vez, y SIENTE… Avanzó mirando, giró, se detuvo, levantó y bajó la vista, dudó, perseveró, hasta que descubrió un llamativo bulto negro entre la hierba y a los pies de un alto madero en forma de cruz. Caminó hacia él; a medida que se acercaba comenzó a desplegarse como los pétalos de una flor acaban descubriendo la profundidad de su centro, y, desde adentro de lo que se evidenció inicialmente como un manto esférico, se descubrió la figura encorvada de Senghor, quien también se desplegó a sí mismo, incorporándose desde la posición fetal inicial, hasta la postura erguida, incluso hierática.
--¿Cómo es posible que esté ocurriendo todo esto?—le preguntó Ildefonso.
--¿Por qué no me saludas?... ¿Por qué no me preguntas cómo estoy, o si estoy bien?...
Ildefonso iba a responderle: ¡Perdón!, pero se contuvo, pues un rayo de conciencia lo iluminó de una manera diferente. Si le respondía así, se estaría condicionando por otro estado de conciencia y por otro estado de realidad: el estar y el bienestar de Senghor… Él mismo ocurriría como una persona enteramente diferente. Su pregunta y las preguntas de Senghor se encontraban dentro de dos universos radicalmente separados; iban por rutas divergentes de la existencia, a pesar de lo inofensivo y coloquial que pudiese parecer una pregunta o la otra. ¿En cuál quería realmente estar?
¿Cómo podía confiar con seguridad en Senghor, después de lo vivido con él?... ¿Cómo podía confiar con seguridad de que fuese la realidad aquello que estaba viviendo últimamente? El curso de la realidad a través de la vida de la mayoría de las personas no era más que una sucesión de hechos y acontecimientos accidentales, o bien impuestos por el contexto cultural, por las características psicológicas del individuo mismo, por las imposiciones del entorno social, ambiental, laboral, geográfico, etc.; por los condicionamientos biológicos y genéticos; por la familia, por los padres, por los amigos y los enemigos, por la pareja, por los hijos, etc. Sin embargo, para Ildefonso el curso de su vida, jalonado sucesivamente por hechos cargados de significancia humana, se habían ido aglutinando en un continuo trascendente que, por una parte, se hacía progresivamente más explícito y definible, y, por otra, iban siendo alimentados y promovidos por el mismo reconocimiento de un sentido progresivo desde la conciencia inteligente y lúcida de Ildefonso. De ahí que la respuesta inicial que le aportaba Jesús y María, Dios y su religión católica, su orden jesuita, la Madonna y su propia espiritualidad concordante, habían sido puestas a prueba por la naturaleza de los HECHOS, y por la honestidad espiritual y de conciencia que poseía el mismo Ildefonso. Hubiese sido fácil para él no hacer ese largo recorrido y ascesis evolutiva, si hubiese poseído esa naturaleza de la que gozan tantos seres humanos, que les permite autoengañarse, tranquilizarse, asentarse en cualquier suelo ideológico para procesar desde lo más grande y grave, a lo más pequeño y fútil de la realidad, sin moverse nunca más desde ese estado mental y, en consecuencia, de ese estado de realidad acomodado y falsificado. Era necesario, para Ildefonso, el suministro de una dosis casi tóxica de valentía, de desapego a la validación de lo que uno experimenta como lo propio, de ansias de verdad, de autoconciencia y búsqueda interior. Si a ello se suma que la REALIDAD se manifiesta por sí misma en esta misma dirección, facilitando este proceso y proyecto, entonces no es del todo extraño que la realidad y uno mismo se despeñen como por un abrupta pendiente de irracionalidad, de incoherencia, de sobre-naturalidad, pero también de exaltación de la conciencia y de descubrimientos asombrosos en uno mismo y en TODO.
Sin esperar respuesta, Senghor se dio media vuelta, se encaminó hacia un amplio seto de zarzas que cubría el fondo del terreno. Ildefonso creyó percibir en él un gesto sutil para que lo acompañase, de modo que lo siguió de cerca. Su cerebro parecía haberse cargado con una energía singular que le provocaba esa particular sensación de que todo lo que estaba aconteciendo en su entorno obedecía a un propósito y naturaleza sobrenaturales, pero absolutamente creados y ajustados para él. Que las cosas relevantes para él se le acercaban, sin dejar de estar todas por igual AHÍ, y las menos relevantes o no relevantes se le alejaban como en perspectiva existencial y ontológica, pero sin dejar de estar todas por igual AHÍ. Por eso, no le extrañó que al volver la vista atrás no viese ya el madero en forma de cruz, sino una pila de astillas amontonadas en el suelo. Y que, al levantar la vista al cielo, sólo viese un amplio cielo azul, por todas partes azul, y nada más.
Senghor cogió las ramas recubiertas de grandes y pequeñas espinas; las fue echando a un lado, mientras daba unos cuantos pasos entre ellas, hasta que se encontró frente a una losa resplandeciente en el suelo. La capa, que antes flotaba alrededor de su cuerpo, ahora se le había apegado completamente a la piel y fungía de ajustado mono. Se inclinó, y con una sola mano cogió algún canto saliente sobre la lápida, la levantó y la hizo batirse sobre su marco hasta depositarla a un lado. Ingresó al espacio vacío y comenzó a descender por una escala de piedra caliza.
--¡Ven, sígueme!—Ildefonso escuchó que Senghor le decía con claridad y firmeza, pero dentro de su propia cabeza.



[1] “¡La paz de Dios sea contigo!”

sábado, 7 de abril de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo VI-3)




No bien puso su pie dentro de la basílica experimentó una vivencia singular. De pronto dejó de pensar en el fiscal. Había habitado en aquellos espacios por años. Las calles de Roma, las personas de todas las etnias y pueblos, los templos, los tintes y rastros históricos, el ruido, el ir y venir de las locas ciudades europeas modernas y antiguas en un solo instante. Eso le era habitual y sabido. Ya no lo era. Ahora la nave relucía con un brillo propio; todo estaba palpitando con una vida nueva y significativa, aún ignorada. Nada primero era cosa; todo estaba colmado de sentido incipiente que se expresaba en cosa. Era como mirar el universo con los ojos de niño. Juntamente tuvo este atisbo de autoconciencia: estaba contemplando aquello como un punto milimétrico de luz alumbra repentinamente hacia su entorno vacío, negro, dentro de un Universo y que, por un secreto trascendental designio, intuye en ese mismo acto insignificante, efímero y minúsculo, EL INFINITO. Entonces su mente paupérrima resonó intentando atraer su propio infinito, y recordó a sus doce niños mártires de Bodrum, todos sus niños y víctimas de la guerra, su Feliciano, su Madonna, sus amores, sus héroes y sus demonios, en un instante sin tiempo ni forma, ni siquiera recuerdo. ¿Sería INFINITO?... Y esa veintena de personas que deambulaban por el recinto sacro, ¿por qué habían dejado de ser el centro de su atención y deber? ¿Por qué sus Evangelios ya no eran aquí el Camino, la Verdad y la Vida, justamente AHORA y AQUÍ?... Era otra cosa lo que él buscaba ahora y aquí, tanto como era buscado por otra cosa. San Pietro in Vincoli no era ni templo, ni museo; ni bello, ni macabro. Las cadenas de San Pedro, allá en el fondo, no eran ni reliquias, ni cadenas, ni fierro, pero palpitaban dentro de un designio vital. Asombrado comenzó a caminar hacia el ara. Lo mismo que un océano, todas esas extraordinarias formas del arte, coloridas y luminosas, se asemejaban a diminutas olas y sinuosidades que, individualizadas por un breve instante sobre la superficie marina, sin embargo, prolongaban a la vista otra cosa menos evidente: una misteriosa, intuida y profunda unidad. Y como él era también una olita más dentro de ese mismo océano, en cualquier momento ese mismo océano se le acercaría a él en la manifestación de una forma singularizada e intencional. 
¿Quién o qué está en posición de derrocar una fuerza invisible? Y esto es precisamente lo que nuestra fuerza es.
Esta frase extraña acuñó repentinamente su pensamiento. Como extensión de ella, Ildefonso distinguió a su derecha, en diagonal, el mausoleo de Julio II; en el centro, como si una luz interior la hiciese resplandecer por sobre el entorno en penumbras, la imponente figura sedente del Moisés de Miguel Ángel. Las pocas personas que se encontraban observándola se alejaron a medida que Ildefonso se acercaba. Recordó que alguna vez había leído algún libro de Freud sobre el Moisés, pero ahora todo aquello se le hacía indistintamente actual y confuso. Sintió que una vibración eléctrica bajaba desde la coronilla hasta sus pies. Esto delante no era una escultura de mármol. Era un ente vivo. Un ser intranquilo, apesadumbrado, contenido, escéptico, que se aferraba a unas tablas divinas que pugnaban por caer y romperse. ¿A quién o quiénes contemplaba hacia un lado? ¿Al pueblo judío, adorando el becerro de oro?... ¡Ya no! Contemplaba el mundo. De pronto, con una sola mirada, comprendía el siglo XXI, ¡el planeta Tierra!... EL OCÉANO… ¿DÓNDE CRISTO?...
Ildefonso alcanzó por un breve lapso a observarse a sí mismo: ¡enloquecía!... Respuesta instantánea: ¡Jesús enloqueció hasta dejarse crucificar!... Era inevitable, porque éste era el único Camino, la única Verdad, la única Vida. Su vista se dirigió hacia la cabeza del Moisés, entonces dos olitas en forma de cachos se materializaron sobre su testa. Nuevamente los archivos de la memoria le informaron que había leído sobre aquello: representación simbólica de rayos de santidad e iluminación, o legado de representaciones de dioses escandinavos, o tradición eclesiástica medieval, o error hermenéutico de San Jerónimo, y otras cosas más que acabaron igualmente sin sentido… ¡Eran representación de la Dualidad en el ser humano y divino!... ¡Representación del Bien y del Mal en el ser humano y divino! Aquel diminuto cuerno desviado hacia la izquierda representaba la humanidad desviada en el Mal de Dios… ¡EL MAL DE DIOS!...  ¡No a pesar de Dios, como nos quería convencer San Agustín, sino EL MAL HIJO DE DIOS –surgido de una sola y misma cabeza--, desviado, sin miedo ni vergüenza!...
IUS VIS[1]… IUS VIS…
Resonó dentro de su cráneo. Las campanas de la basílica comenzaron a repicar con una fuerza inusitada.

El año 15, en el período de Mesut-Necheru, día 2, bajo la majestad del faraón del Alto y Bajo Egipto, Ikhnaton.[2]
--Abiertas están las puertas del cielo, abiertos los cerrojos de las puertas del templo. ¡La casa está abierta para su señor! ¡Que salga cuando quiera salir, que entre cuando quiera entrar!
El faraón, después de proferir guturalmente estas mágicas palabras, retiró el ankh de oro de la cerviz del joven hombre que se humillaba de rodillas ante él. Luego dejó caer suavemente los cetros Nejej y Heka sobre los hombros desnudos y húmedos del varón. Con los ojos cerrados, apoyando sus palmas una con otra ante su pecho erguido, meditó un minuto, mientras el poder divino se transmitía para siempre del Cielo a la Tierra, y volvía de la Tierra al Cielo. Sólo el silencio de un abismo sacro eternizaba el instante en la ciudad templo de Karnak. Solos Ikhnaton y Moisés dentro de la colosal arquitectura de piedra y fuego. A sus espaldas el lago sagrado, inmóvil, resplandecía con un azul acerado. Atón ardía en lo alto, en medio del cielo, el Único. Nadie más. Solos Ikhnaton y Moisés. Atón, el único Dios.
--¡Ve, Moisés!... ¡Sólo el Único Innombrable puede ya enseñarte el Camino!...
El faraón lo despidió con un abrazo y con lágrimas en sus ojos teñidos de khol azulino. La figura de Moisés se perdió entre nubes de arenas del desierto, caminando lentamente con su delgada figura cubierta por una túnica parda, y el nemes de Ikhnaton anudado en torno a su cabeza.

Era Senghor. Al menos físicamente era Senghor Cisse Aubert. Estaba ahí ante su puerta, con una mirada indefiniblemente extraña. Ildefonso se replegó como un cangrejo; pero Cristo no podía rechazar a otro igual… ¿Igual?... Ni siquiera Cristo hablaba del amor de un igual.  No se trataba de un amor presuntamente crístico a todos por igual. Entonces, ¿al cercano?[3]… ¿Cómo podía experimentarse cercano a alguien que se comporta de una manera tan extraña? ¿Era éste el mismo Senghor Cisse Aubert que había dejado la noche anterior en el bunker? Una incómoda sensación de que se le escapaba de todo lo conocido, de todo patrón de normalidad y cercanía despertaba en él su animal temeroso y ancestral.
--¡Ven!... ¡Ven conmigo!... –le dijo Senghor con una voz ronca.
Se dio media vuelta y comenzó a caminar delante de Ildefonso, sin prestarle atención. Bajó veloz las escaleras, de manera que a Ildefonso le costó mantenerlo a la vista, si bien Senghor parecía saber cuándo esperar a Ildefonso hasta que volvía a serle visible. Se perdía entre la gente, atravesaba una calle, doblaba una esquina, pero siempre estaba ahí para guiar a Ildefonso. En un momento Ildefonso tropezó tratando de avanzar un poco más rápido; cayó rodando por el suelo. Senghor estiró la mano y lo cogió de un brazo para ayudarlo a levantarse. Ildefonso se incorporó y vio a su alrededor un lugar inesperado. No estaba en la ciudad. Se encontraba en las afueras, en un conjunto de construcciones de diferentes dimensiones y estado, en general dañadas, polvorientas y solitarias. Sólo a lo lejos se divisaban edificaciones presumiblemente habitadas.
--¡Ven!... ¡Ven conmigo!... –volvió a decir Senghor, mientras lo miraba a los ojos con una mirada penetrante.
Ildefonso escuchó un zumbido en sus oídos y experimentó una sensación nauseosa. No podía negarse a seguirlo, a pesar de que una resistencia interior se le hacía evidente. Se acordó de San Antonio Prisco, del abad Kumonar Ligetto, del Alma vegetal, de la mujer embozada bajo la luna, de Sehuoque, de la santísima Virgen María, de Yacumama…
¡Khalfani!... ¡Khalfaniiiiiiiiii!... escuchó una voz que, ya lejana, parecía irse apartando a gran velocidad allende su mente. Dos hombres armados salieron al encuentro de Senghor. Se detuvieron ante él y se lo quedaron mirando con atención. Senghor se volvió hacia Ildefonso y le dijo:
--¡No temas!... No te harán daño.
Ildefonso, sin comprender por qué Senghor producía ese efecto, confió en él, de modo que se dejó guiar por los guardias, así como por el mismo Senghor, que caminaba delante de ellos. Había un entendido entre Senghor y los guardias que Ildefonso no podía comprender, ya que actuaban coordinadamente, pero sin mediar palabras ni gestos. Además, era evidente que Senghor poseía un ascendiente sobre ellos como los de un superior. No bien había avanzado diez pasos, cuando se encontró sorpresivamente dentro de un recinto enorme, un óvalo de tierra rodeado por muros de metal bruñido, altos y brillantes, rematados por unas especies de almenas, en el cual la vista se sorprendía por todas partes con extraños y terribles espectáculos. Aunque el espacio se encontraba abierto hacia lo alto, el cielo no parecía cielo, sino una bóveda celeste, sólida. Ildefonso dio un paso hacia atrás, pues aquello que observaba le pareció irreal, aunque se sabía despierto y lúcido.
--¡Esto no es posible!—exclamó.
--Si esto que ves no te parece real, entonces ¿qué dirías de la verdadera realidad?—le respondió Senghor, ocultando su rostro tras una capa oscura con la que se cubrió de la cabeza a los pies.
--¡Senghor! …—iba a decir: me asustas--.
Una sensación ilógica, pero más certera que toda lógica, le hizo saber que Senghor lo protegía; que Senghor lo guiaba por un sendero peligroso y terrible de la realidad, como un guía experto y sabio conoce el terreno que pisa como conoce la palma de su mano. Un guía, cuyos recursos carecen de límites. Así, cubriéndose con aquella capa, lo protegía.
--¡Dios!, ¿qué es esto?...—gimió Ildefonso y cayó de rodillas al suelo.
--¡Mira!—respondió Senghor--… Todos aquellos que observas que hacen sufrir horriblemente a otros, son los mismos que fueron antes torturados horriblemente por los que ahora sufren … Todos aquellos que observas en aquel otro sector son quienes hacen sufrir a otros porque necesitan hacer sufrir a quienes les inspiran malos sentimientos… Y todos los cuerpos, miembros y fragmentos de aquellos que yacen en la inmensa fosa común que ocupa el centro de todo son los de aquellos que después de sufrir, murieron.
--¡Pero, ¿quién dirige todo este horror?!... ¿Por qué no lo detienen?... ¿Cómo nadie hace nada para evitarlo?...
--¡Imposible!... ¿Cómo podría evitarse la naturaleza humana?... ¿Cómo podría evitarse su historia y destino?... ¿Quién sabe realmente QUIÉN está detrás de todo ESTO?...
--¿Dónde Cristo?—murmuró Ildefonso casi en un quejido.
--La misma pregunta en el corazón de cada persona produce un efecto diferente. El mismo Cristo en el corazón de cada persona produce un efecto diferente.
--¡Soy un sacerdote!... ¡Soy un servidor de Cristo!... No puedo quedarme inactivo ante tanta violencia, maldad y sufrimiento… ¡Aunque me maten, impediré lo que pueda impedir de esta locura!...
--¡¡¡Ildefonso!!!—gritó Senghor, mientras Ildefonso comenzaba a correr hacia el hemiciclo--… ¿Qué has impedido tú de todo este horror a través de tu vida?... ¿Qué podrías lograr realmente AHORA?...
En un solo segundo se reactivaron innumerables recuerdos de dolor, cercanos, pasados, antiquísimos, unos tras otros, y al mismo tiempo simultáneamente. Fue igual que un mazazo en el cráneo. Se quedó inmovilizado, temblando. La imagen de aquellas riadas de cientos de miles de humanos juntos que había contemplado en diversas partes del mundo, cada uno con una expresión de dolor única y diferente, caminando, arrastrándose, cargados con el madero de la existencia, huyendo de otros seres humanos… Y, por otro lado, aquellas imágenes vividas de pequeños e íntimos gestos, consoladoras palabras, besos, abrazos, que calmaron compasiva y amorosamente tantos instantes de sufrimiento de hombres y mujeres cercanos y prójimos –como decía Cristo--, pero que luego se disiparon en las tinieblas del desconsuelo del alma como se disipa el instante en el minuto siguiente. ¡Eso sí que era miseria!... Porque tapar con la palma de la mano por un segundo la piel adolorida de otro ser humano era fácil, era emocionante y efectivo. Pero fundir la piel macerada y en descomposición por el sufrimiento profundo de un hombre y de una mujer, con la piel lozana y brillante de uno que ha logrado la paz, es ¡imposible!...


[1] Latín: (lit.) FUERZA-DERECHO, o, DERECHO DE LA FUERZA.
[2] 1335 a.C.
[3] En el original: tÕn plhs…on. (Mt. 22:39) “Amarás a tu cercano como a ti mismo”.