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viernes, 23 de febrero de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo V-2)




Nadie ante la puerta. Miró alrededor y vio las formas opacas de las cabañas sin luz que recibían el resplandor de la luna sobre las tejuelas de sus techos. Estiró la Biblia delante de sí, dio dos pasos fuera de la cabaña: sólo el silencio sonoro de una selva que en parte duerme y en parte vigila. Miró hacia el pabellón que colindaba con la primera línea de árboles tropicales; creyó ver una silueta voluminosa que se movía zigzagueando hacia el centro del caserío. Dudó un momento si regresar adentro o mantenerse ahí, pero algo particular le llamó la atención. La sombra comenzó a seguir cierto patrón que él ya conocía: avanzó como ocultándose de los abiertos rayos de la luna, detrás de los mismos objetos y en los mismos lugares que la noche anterior. El observarla con atención le producía una fuerte inquietud, pero no miedo. Se quedó inmóvil, tratando de no respirar, mientras la sombra avanzaba hacia la cabaña del abad. Esperó y constató el mismo comportamiento, salvo que al llegar ante la puerta vio con claridad que la sombra la entreabría y se colaba adentro. Esta vez no esperó más y, cobrando valor y decisión, se encaminó hacia la cabaña del abad. Al llegar ante ella, se detuvo y escuchó. Creyó oír unos murmullos; luego, como un grito ahogado. Abrió la puerta de un empujón; en el fondo de la pieza había un camastro que había visto antes. Sobre él, justo iluminado por un haz de luna que entraba por la ventana, se encontraba el abad Liggeto, sin sotana ni calzones, tendido de espaldas, y sobre él, completamente desnuda y a horcajadas sobre su pelvis, una mujer morena, de largos cabellos, moviendo su cuerpo ondulante hacia adelante y hacia atrás, mientras el abad con una mano le introducía los dedos en su boca, y con la otra le acariciaba un pecho. Al escuchar el ruido de la puerta, la mujer saltó de un brinco al suelo, cogió una larga tela que se encontraba en el suelo y se la llevó delante de su cuerpo, cubriendo también su cara.
--¿Quién está ahí?—gritó Liggeto.
--¡Yo, Delenikas!...
El abad hizo un gesto con la mano, la mujer se cubrió completamente con el manto y salió corriendo de la cabaña.
--¡Date vuelta!—le dijo el abad con molestia.
Ildefonso cumplió con la orden, mientras el abad terminaba de vestirse. En seguida encendió una lámpara de keroseno y la depositó sobre le mesa que ocupaba un lugar central en la habitación. Le indicó a Ildefonso que tomara asiento. Se dirigió a una pequeña alacena que se encontraba detrás de la cocina, sacó una botella de ron, dos vasos, un frasco con jugo de piña y los plantó sobre la mesa con la desenvoltura de los bebedores empedernidos. Sin decir una palabra llenó casi hasta el borde los vasos con ambos líquidos, alargó uno de ellos ante Ildefonso y se lo quedó mirando a los ojos con una sonrisa desfachatada.
--No bebo—dijo Ildefonso anonadado y sin poder comprender lo que estaba ocurriendo.
--¡Yo tampoco bebo, pero ahora tendremos que beber juntos!... ¡Lo vas a necesitar!...
Ilefonso cogió sumisamente el vaso y se lo llevó a los labios, al mismo tiempo que el abad. Bebió sólo un sorbo, aunque le pareció agradable. El abad, en cambio, sorbió de una vez hasta la mitad, después agregó:
--El Señor dijo:  “¿No comprenden que todo lo que entra por la boca pasa al vientre y se expulsa en la letrina?, pero lo que sale de la boca brota del corazón; y esto es lo que hace impuro al hombre.”[1]
--Pero… estabas fornicando, padre Ligetto…
--¡No, Ildefonso, te engañas si juzgas por lo que viste!... Hay actos que son pecaminosos y malos por sí mismos, es cierto, pero recuerda que nuestro Señor Jesucristo vino a superar la literalidad de la Ley y la moralidad puramente dicotómica. Innumerables veces Jesús no actuó bien, conforme a la moral religiosa y social, para actuar conforme al amor y al espíritu de Dios. ¿Estuvo bien que Jesús haya maldecido una higuera, porque no era el tiempo de sus frutos?... ¿Estuvo bien que haya intimado con una prostituta?... ¿Estuvo bien que no se haya opuesto a la opresión criminal del César sobre el pueblo judío?... El espíritu de Dios es libre de darle sentido espiritual y moral al acto más aberrante e infernal, si así lo quiere.
Ildefonso no podía menos que sentirse bastante representado por las palabras del abad,  sin embargo también le causaban recelos sus actos y la relación con el espíritu de Cristo, tal como él los había estado observando.
--Yo no puedo juzgar la pureza de su corazón, ni de sus pensamientos, ni de su gracia divina, padre Ligetto, pero sí me inquieta no poder evidenciar en sus actos la presencia de nuestro Señor Jesucristo, ni del Espíritu de Dios. Yo lo he visto romper sus votos de castidad. Yo lo he visto fornicar… ¿Qué es eso?...
El abad se revolvió en su asiento, se despachó el resto del licor, se acercó por sobre la mesa a la cara de Ildefonso y le dijo con una mirada grave:
--¡Tú no te imaginas hasta dónde puede llegar la voluntad de Dios!... A mí me ha pedido grandes cosas, difíciles cosas, pero ya ves, lo he servido con humildad y obediencia. Hacer el amor, fornicar, adulterar con esa mujer, o como quieras llamarlo, es una parte diminuta de todo lo que el Señor me ha revelado y pedido. Tú simplemente no puedes entenderlo, porque no conoces en mi corazón el valor de todo lo que puedes apreciar de mí con tus sentidos. Dios se me ha estado revelando desde hace años, Ildefonso… ¡Voy a confiar en ti!...
El abad se puso de pie y buscó algo con la mirada dentro de la habitación. Ildefonso trató de acompañar la mirada del abad; éste se puso de pie, caminó hacia un rincón de la pieza, donde guardaba diferentes objetos amontonados sobre el suelo; se inclinó y comenzó a escarbar entre ellos. Entonces Ildefonso vio como una entidad indefinida, alta, muy oscura y tenebrosa, se extendía por la espalda del abad Ligetto, acercándose hacia él con un sonido crepitante.
--¡No!... ¡Alto!... ¡Padre, cuidado!...—gritó, poniéndose de pie de un salto.
Ligetto volteó, pero se quedó perplejo, mirando de arriba abajo a Ildefonso.
--¿Qué pasa?—preguntó.
--Detrás de usted…--alcanzó a murmurar.
La entidad había desaparecido instantáneamente, como si nunca hubiese estado allí.
--¿Qué?... ¿Dónde?...
--¡Ya no está!... Una figura horrible y amenazante se le acercaba por detrás, pero desapareció cuando usted se dio la vuelta.
--¡Estás nervioso, Ildefonso!... Es evidente que estás nervioso. Aquí no hay nada. Debes estar cansado. Hoy tuviste un desmayo… Sí, me he aprovechado de ti. Te he obligado a beber. Es mejor que vayas a descansar… Mañana continuaremos nuestra plática… ¡El Señor te bendiga!... En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…--el abad se acercó a Ildefonso, le grabó con dos dedos la señal de la cruz sobre la frente, y luego le besó ambas mejillas.
Ildefonso seguía atónito, de manera que siguió maquinalmente, sin chistar, las instrucciones del abad, se dio media vuelta y salió de la cabaña. Afuera, la noche continuaba durmiendo bajo la luna. Había tantas cosas girando velozmente dentro de su cabeza que un fuerte vahído lo obligó a aferrarse del cocotero que encontró al alcance de su mano. Pronto apareció una sensación nauseosa que se intensificó hasta que no pudo controlar el vómito. Después de vomitar se sintió más tranquilo y despejado. Entonces, sin razón alguna se acordó de un pasaje de la epístola del apóstol Santiago:
Y si alguno de vosotros carece de sabiduría, pídasela a Dios, que da a todos generosamente y sin reproche alguno, y él se la concederá. Pero que pida con fe, sin titubear nada, pues el que titubea se parece a una ola del mar agitada y sacudida por el viento. No se crea un individuo así que va a recibir algo del Señor; es un hombre inconstante, indeciso en todos sus caminos.[2]
--¡Dios mío y Señor mío—habló consigo mismo en voz alta--, reconozco que carezco de toda sabiduría, pero mi fe es tan pequeña y dubitativa que no logro la menor respuesta tuya; no voy a ninguna parte!... ¿Me estoy volviendo loco?... ¿Es eso?... ¡No entiendo nada, no entiendo nada!...
Se dirigió en línea recta hacia su cabaña, entró en ella y se acostó tal como estaba sobre su cama. Se quedó dormido de inmediato.

--¡Oh, dioses todos y diosas todas, volved vuestro rostro hacia mí! ¡Yo soy vuestro dueño, hijo de vuestro dueño! ¡Venid a mí y acompañadme, yo soy vuestro padre! ¡Yo soy vuestro compañero de Osiris, he recorrido el cielo en todos los sentidos, he hollado la tierra, he atravesado el mundo intermedio sobre los pasos de los venerables iluminados, ya que estoy equipado con innumerables fórmulas mágicas!...
Khalfani, khery-heb (el mago), gritó con fuerza y decisión el hechizo que resonó terroríficamente en todo lo alto y ancho de la gran cúpula abierta al cielo de la Casa de la Vida, en cuyo centro Sirio brillaba ardiendo por sobre todos los demás astros. Khalfani, our maour , vestía su piel de león ornada de estrellas y levantaba con su mano derecha el báculo de remate espiralado del gran sacerdote de Heliópolis. Grabó siete veces las huellas de sus pies en el suelo con la luz de su akh. A viva voz recitó siete veces fórmulas mágicas en honor de la Osa Mayor, orientándose hacia el eje del mundo. La voz profunda que había surgido de su centro interno de poder vibraba y se arremolinaba alrededor de algunos jeroglíficos de la bóveda del templo; parecían iluminarse brevemente a su contacto, luego en otros, y otros, sucesivamente, como si pulsase con su voz algún mágico y extraordinario instrumento que esperaba la precisa secuencia para estremecerse y despertar. No pudo evitar que sus ojos delineados con galena azul se llenasen de lágrimas y que la piel desnuda de sus brazos morenos se erizase de emoción y miedo…
¿Por qué tengo que someterme y aceptar que el supremo poder de los dioses, el secreto de Osiris, la iniciación de Isis, la fuerza de Ptah sean detentados sólo por el divino faraón, por los arquitectos de Deir el-Medineh, por los cófrades del Udyat , incluso por otros grupos secretos, si yo soy por derecho propio el gran sacerdote de Ra y de Geb, príncipes de todos los dioses?
Así había pensado, reflexionado progresiva y concienzudamente por nueve años, hasta llegar aquí. El conocimiento le había otorgado poder, y el poder le había otorgado conocimiento. Ya no le era suficiente ni lo uno ni lo otro. Había accedido con influencias, con chantajes, con cohechos, con amenazas y beneficios, a los papiros secretos de los seguidores de Horus, pero todas las puertas herméticas se habían conservado silenciosas y firmes ante sus insistentes pretensiones. ¡Por fin había llegado su hora!... ¡Se había posesionado al fin de la verdadera clave de todos los portales del Universo!... Sabía que arriesgaba una acción temeraria y terrible; sabía que el costo de un fracaso era más horrible que el tránsito hacia la muerte de un ser maldito. No volvería atrás, de seguro no daría ni un solo paso atrás, de aquí en adelante. ¡Tanto poder mágico no podía quedar para él sin tesoro!... ¿A qué podía temerle, si estaba en su poder convocar las nubes en lo alto del cielo y provocar la lluvia a voluntad, o sanar y quitar la salud de los enfermos y de los sanos, invocar las plagas del infierno sobre los campos de los enemigos, o multiplicar las mieses de los valles lejanos del Iteru con un sacrificio grato a los dioses?... ¿Y el faraón mismo no era su más caro benefactor y protector, a quien había beneficiado innumerables veces con su poderosa magia?...
Levantó el anillo de magnetita y oro hacia la estrella. Luego inclinó piadosamente la barbilla contra el pecho, esperó unos segundos, mientras las palabras por él proferidas se habían convertido en una especie de murmullo de miles de inquietantes voces, y verdaderas llamaradas eléctricas circulaban en una hipnótica y sorprendente danza por las columnas y los muros, de arriba abajo y de abajo hacia arriba… ¡Quería todo el poder de los dioses para sí!... ¡Quería la magia de acompañar a los muertos a través del reino subterráneo y rescatar del vientre de la mismísima Amémet el alma del difunto hasta devolverlo a la vida!... ¡Quería todo el poder y toda la riqueza disponible en el mundo para sí!... ¡Quería porque podía!... Desplegó un papiro con las fórmulas secretas e invioladas, salmodió a media voz algunas frases ininteligibles, luego introdujo ambas manos en sendos cestos de mimbre, y cogiendo con la derecha una víbora cornuda, y con la izquierda un enorme escorpión, los levantó también hacia Sirio. Un fortísimo estampido semejante a un trueno se escuchó al interior de la Casa de la Vida; todo se estremeció y pareció cobrar vida, estertor y movimiento. La víbora y el escorpión saltaron de las manos de Khalfani y desaparecieron dentro de una nube tétrica que se extendía por la losa repentinamente ennegrecida. El mago abrió desorbitadamente los ojos, y se estiró rígido. Luego se llevó angustiosamente ambas manos a la garganta, abrió la boca, y trató de respirar. Decenas de sombras de diferentes tamaños comenzaron a flotar y a errar veloces alrededor de él, mientras el murmullo infernal se iba apagando lo mismo que se apagaba la vida de Khalfani, quien después de un par de minutos se desplomó hasta el suelo, asfixiado y ya sin alma.


[1] Mt.:15:17-18.
[2] Stgo. 1:5-8

viernes, 16 de febrero de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo V)




Los niños que jugaban con la pelota de trapo fueron quienes dieron las pistas para hallar a Ildefonso. La noticia del colapso del padre Ildefonso había circulado rápidamente por la zona, de manera que se habían reunido cerca de setenta personas en el centro del caserío y alrededor de él, donde el presbítero descansaba sentado bajo un toldo de ramas de palmera y bebía sonriente un reconfortante jugo de frutas. Éste guardó para sí la extraordinaria experiencia, explicando que había sufrido un desvanecimiento a causa de su larga exposición al sol, y al ayuno extendido que mantenía. Mientras daba estas razones se percató, con pena, de que estaba mintiendo; en su corazón le suplicó perdón a Dios, pero aun así no se retractó. Entonces ocurrió un hecho singular. Desde el campanario se escuchó un grito largo y extraño; la campana comenzó a repicar con fuerza. Todo el mundo dirigió la mirada hacia aquel lugar. En lo alto y con la mitad del cuerpo inclinado por sobre el antepecho, el abad Ligetto abrió los brazos, levantó sus ojos al cielo y, por un momento, todos creyeron que iba a lanzarse desde la cima del campanario.  Sin embargo, torció la mirada hacia la multitud y les habló con una voz sonora y grandilocuente:
--¡Pueblo mío, hijos de Dios, creyentes en nuestro Salvador Jesucristo!... ¡El Padre que habita en los Cielos se me ha revelado en una visión!... ¡Vengan, vengan todos a la Iglesia del Señor para conocer las maravillas de su Palabra y su Verdad!... ¡Que nadie quede afuera, me ha dicho!... ¡Benditos todos porque verán con sus propios ojos los milagros que el Señor me ha inspirado!... ¡Vengan, vengan!...
La mayoría de los indígenas se quedó con la boca abierta, mirando hacia la torre, en tanto el abad descendía por la escala interior hacia el templo. El sacerdote Tom Wayle SJ, y el fraile Finah Argabacic –los otros dos miembros de la Misión—respondieron de inmediato al llamado de su superior y comenzaron a dar voces y a animar a los embobados indios que no comprendían lo que estaba ocurriendo, para que los siguiesen a la iglesia. Repentinamente se escuchó un trueno y, acto seguido, una inmensa nube de agua se precipitó sobre la tierra. Los aborígenes corrieron junto con el sacerdote, Ildefonso y el fraile hacia el interior del templo para protegerse del turbión, más que por cualquiera otra razón. Allí, se encontraron con la nave completamente iluminada, con todos los faroles encendidos, los muros cubiertos con guirnaldas de flores, y, en el centro, de espaldas al altar, el abad con su casulla púrpura levantaba hacia lo alto el Santísimo y repetía estentóreamente:
--¡ Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación de todos los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sacratísimo Corazón y del Inmaculado Corazón de María, te pido la conversión de los pobres pecadores!...
Tom Wayle y Finah Argabacic indicaban, invitaban y empujaban a los indios, mujeres y niños, para que tomaran asiento en las bancas, aunque varios de ellos se resistían y seguían de pie. Ildefonso se quedó perplejo, observando junto a la puerta. El abad calló, se dio media vuelta, depositó el Santísimo sobre el altar y, volviéndose nuevamente hacia la gente que callaba expectante, les dijo:
--¡Hijos míos, el Señor ha dicho: “Pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre.”[1]… ¡La fe en el Hijo de Dios, en el Santísimo Corazón de Jesús, en la Santísima Virgen María, mueve montañas!...
Mientras hablaba con fuerte voz de esta manera, comenzó a avanzar por el pasillo central, lentamente. Se acercó primero a un aborigen ya mayor vestido a la usanza occidental que lo observaba atentamente, realizó en el aire unos movimientos giratorios con la palma de la mano hacia el suelo, apretó el puño, y al abrirlo apareció sobre su palma una cadena de plata con un crucifijo dorado. Un murmullo de sorpresa se escuchó por todas partes. El abad se lo entregó dentro de las manos al hombre, que no cesaba de hacer zalemas de agradecimiento. Luego se acercó, en la fila contraria, a un niño indígena semidesnudo que  lo miraba con algo de susto. Esta vez hizo girar ambas manos de la misma manera, realizó el mismo acto con sus puños y, juntando sus manos, las abrió con un montoncito de golosinas de colores. El niño comenzó a aplaudir, dando saltitos de contento, en tanto los aplausos se sumaban también por toda la iglesia. El abad repartió los dulces entre los niños que se encontraban próximos a él.
--“¿Quién de ustedes, si su hijo le pide pan, le da una piedra?¿O si le pide un pescado, le da una serpiente? Pues si ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a los que le pidan!”[2]
Kumonar Ligetto continuó predicando y realizando maravillas durante una hora, haciendo aparecer de la nada numerosos y variados objetos que, a veces, hacía aparecer desde el aire; otras, los sacaba del interior de su boca; otras, desde atrás de las orejas de las personas, y las iba regalando a la gente feliz, asombrada y risueña. Después, el abad volvió a los pies del altar, rezó en voz alta un Padre Nuestro y un Ave María, levantó nuevamente el Santísimo y se dirigió a Él:
--¡Dios supremo, Dios de todos los hombres, Padre, Hijo y Espíritu Santo, bendice y protege a estas familias que han venido humildemente a tus pies a recibir tus infinitos dones, y concédeles la paz y la prosperidad para que puedan alabar tu Santo Nombre por los siglos de los siglos!...
--¡Amén!—respondió una veintena de personas.
Afuera, en tanto, el poderoso sol estival había vuelto a resplandecer, la selva se movía acompasada, silenciosamente, y sólo se apreciaba una que otra charca lodosa en los terrenos de la Misión.

Ildefonso suspendió la sesión de lengua secoya con su maestro indígena Mujuecaye que habían acordado previamente para la tarde. Para Mujuecaye también fue un alivio, pues las comunidades indígenas de la zona se encontraban conmocionadas por los milagros del abad Kumonar Ligetto y ya se estaban reuniendo en las malocas, en grupos, entre amigos y familias para comentar los hechos y beber chuchuhuasi hasta el amanecer. La mañana había sido particularmente intensa para Ildefonso, por lo que se enclaustró en su cabaña para orar y poner en orden sus emociones y pensamientos. Primero, el calor pegajoso y húmedo lo llevó a abrir todas las ventanas para que entrara un poco de aire; luego, se dirigió al oratorio que había dispuesto en un rincón, junto a su cama; encendió los dos cirios que flanqueaban la cruz basta de caoba que colgaba desde el techo, ante el muro; se arrodilló sobre el reclinatorio que se encontraba frente a la cruz y, con una expresión de inquietud en su mirada, elevó sus ojos hacia el crucifijo para buscar la presencia interior de su amado Cristo. Como ya era su costumbre y práctica, rezó, respirando acompasadamente, durante quince minutos para entrar en comunión con su propio espíritu; en seguida, entregó su pensamiento y su voz interior al Señor. Si Él estaba “cerca”, entonces incluso podría verlo y dialogar con Él. Su mente lo llevó de inmediato a la experiencia del bosque, aunque, por alguna razón inescrutable, el abad Ligetto se le hacía simultáneo y participante con su incomprensible comportamiento. Las dos experiencias parecían superponerse y entretejerse una con la otra, en la medida que su atención y su mente actuaban con una o con la otra. Por ello, apenas podía rescatar una que otra idea razonable, pues todo fluía más parecido a un sueño que a un proceso conciente y lúcido. Si trataba de visualizar al Señor, veía su cuerpo vívidamente como un inmenso árbol a través del cual brillaban los rayos del sol divino, pero en seguida extendía hacia él sus ramas, que eran brazos, y le ofrecía entre sus extremidades-hojas, al separar sus manos, un gran escarabajo de oro brillante, con una cruz de plata que protruía desde la frente. Siempre había sido el mundo vegetal una creación de Dios maravillosa para él, pero nada semejante, ni de lejos, le había ocurrido antes con planta o árbol alguno. Siempre había creído, incluso en concordancia con el saber científico, que existía una sola categoría de estos seres multicelulares a los que se denomina Plantae, y que no poseían más que una funcionalidad biológica y orgánica específicas. Pero ahora, después de esta conmovedora experiencia, todas aquellas racionalizaciones, estudios, ciencias y teorías quedaban reducidas a meros balbuceos de una inteligencia y entendimiento humanos penosamente limitados y antropocéntricos. Y, sin embargo, lo que aquí afirmamos es harto más claro e inteligible de lo que entonces era para Ildefonso la meditación sobre su propia experiencia, que se le presentaba ante todo extraordinariamente sensitiva y espiritual, aunque no precisamente religiosa, cuestión inquietante que le influía más en paralizarle todo entendimiento.
El abad Liggeto, por su parte, se le presentaba con otra complejidad y confusión. Con anterioridad a la Misión sabía poco y nada de él, pero lo que hasta aquí había conocido, tampoco se condecía con lo que esta mañana había visto… ¿Era un hombre santo y milagroso?... ¿Eran todo aquello milagros?... Sabía que lo correcto era ir ahora mismo a hablar con él y preguntárselo directamente. Sin embargo, tanta era su confusión que esas simples preguntas le parecían ridículas y sin sentido. Aun así, la presencia y la gracia de Cristo alentaban impregnándolo todo, en el trasfondo de todo esto, del abad, de sus milagros, del árbol, de los vegetales, de los indígenas, del mundo, de TODO…
Y así continuó meditando y divagando por horas, hasta que cayó la tarde y las oscuridades envolvieron la Misión y la selva. Desusadamente nadie vino a verlo ni a buscarlo. Ildefonso logró volver a concentrar su espíritu y a orar hasta pasadas las 23 hrs. El cansancio por la posición genuflecta –aunque caminaba por la habitación cuando comenzaban a dolerle las articulaciones—,y también por la hora avanzada, le hicieron tomar la decisión de irse a dormir. En ese preciso momento sintió que una corriente fría, casi un soplido, le heló la espalda y el cuello. Las velas se apagaron abruptamente y la habitación quedó a oscuras. Ildefonso experimentó una sensación desagradable y extraña en el estómago, asociada al mismo miedo que ya había sentido en el bosque. Esta vez cogió con ambas manos la Biblia que leía durante su oratorio y la acercó a su pecho. Giró sobre sí mismo y miró el entorno en penumbras, apenas alumbrado por la luna. No vio nada desacostumbrado. Entonces escuchó que algo se movía y avanzaba alrededor de su cabaña, acercándose a la puerta. Tuvo la sensación de que se trataba de algo voluminoso y anormal, amenazante. Miró la Biblia que apretaba contra su pecho y gritó, al tiempo que corría hacia la puerta:
--¡En nombre de Jesucristo, Hijo de Dios y Padre mío, te ordeno que te alejes de aquí!...
Cogió el picaporte y, animado por una llamarada de fe, abrió de un tirón la puerta.


[1] Mt.7:7-8.
[2] Mt.7:9-11.

viernes, 9 de febrero de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo IV-2)




Ildefonso lloró y gimió ante Dios un día entero, encerrado en su habitación del altillo del hotel Purpurine del Monte, en el barrio dei Gladiatori di Roma. Niños asesinados, un Papa muerto, Feliciano… ¿Cuántas muertes más se le escaparían de entre sus manos torpes, como el agua amada se escurre por entre los dedos demasiados débiles para retenerla?... ¿Por qué Dios introducía la muerte como la cosa más natural del mundo en la vida de los seres humanos?... ¿Por qué Dios no parecía distinguir entre el sufrimiento y la muerte de un bueno, y los de un malo?... ¿Y Jesús y la Virgen María, uno asignado como Hijo de Dios, la otra como Santísima y Madre de Dios, dónde hacían de verdad la diferencia entre el bueno y el malo?...
Alguien, algunos poderosos en la jerarquía eclesiástica impidieron que se le realizase una autopsia legal al cuerpo de Juan Pablo. Se consignó en el informe de defunción simplemente infarto al miocardio. Ildefonso podía oler el azufre del Infierno que se escapaba por entre los bellos bastidores del imponente Vaticano. Una vez más sentía en su propia alma que el tridente del Diablo traspasaba el Cuerpo de Cristo, su venerada Iglesia Católica Apostólica Romana. ¿Quería mirar o no quería mirar?... Volvió la crisis… ¿Qué debía hacer ahora?
Sor Vincenza se negó a volver a hablar con él, o al menos eso le comunicaron. Cada vez que pensaba en el hecho, una sensación de opresión en el pecho y un atenazamiento de garganta le advertían que esa era una zona peligrosa y vedada para él. La opinión pública estaba dividida entre la sospecha de asesinato y la muerte natural, sin embargo la Iglesia seguía siendo poderosa y unida, de manera que el Colegio Cardenalicio logró concitar la atención del mundo católico y no católico en la designación del nuevo Papa, y mantener a raya toda investigación y toda sospecha sin el debido fundamento. Ildefonso se sentía profundamente abatido, paralizado. Todo se le había vuelto significativo, tanto como dolorosamente confuso y opresivo. Trataba de orar y meditar para estabilizar la mente y conciliar el sueño, pero una y otra vez comenzaba a tropezar, a tartamudear la voz interior, y se callaba para no masticar palabras, sólo palabras. Como si fuese poco, al tercer día de la muerte de Juan Pablo I, mientras se enteraba por la televisión de la designación de Karol Woytywa como el nuevo Papa polaco, golpearon a su puerta. Recibió un documento, firmado por el Superior Regional de Misiones, en el que, sin mayor explicación, se le asignaba como nuevo destino la Misión de San Antonio Prisco, en las Sierras del alto Ecuador, para una labor de evangelización de los pueblos indígenas aún resistentes a la santa Verdad de Dios y al consiguiente progreso de vida. Intentó un par de llamados de apelación, se entrevistó con el Obispo Francesco Silvalonga, cercano al General de Misiones, rezó y rezó, pero la respuesta, en todos los casos, fue casi la misma: “Alta misión de confianza”, y nada más.
¿Dios mío, Señor mío, quién eres tú?... Acabó gimiendo, después de tratar de comprender lo ocurrido. Casi nada parecía tener sentido, no obstante todo se encontraba cargado de sentido, como el extraño llamado que recibió, antes de salir hacia el Aeropuerto, de Solón Vitrubsky, un viejo amigo periodista que quería recabar información privilegiada acerca de las investigaciones e intenciones de Juan Pablo I de reestructurar y transparentar el Instituto para las Obras de Religión (Banco del Vaticano), así como de sus intenciones de separar a la Iglesia de todo vínculo con la mafia y la masonería. Podría haberle referido su sueño y su último intento, pero intuyó que no era ése su fin. Prefirió negar y callar todo conocimiento sobre los temas que su amigo le proponía. Prefirió bajar la cabeza hasta besar el suelo para no faltar al sagrado voto de obediencia, pero, sobre todo, para no enturbiar ni dañar aún más la dañada imagen y cuerpo de su amada Iglesia de Dios…
Cuando soltaba el pasamanos de la pasarela para entrar al avión, Ildefonso giró la cabeza hacia la Ciudad Santa; escuchó sus propias palabras retumbando dentro de su alma:
--…¡En tu conciencia y ante Dios sabrás para siempre que no hiciste nada!...
Las lágrimas le enturbiaron la vista e ingresó al avión que lo llevaría lejos, muy lejos de aquí.

Los primeros dos meses transcurrieron en la selva ecuatoriana sorpresivos, veloces. No le era difícil olvidar. Sorprendido por la exuberancia de la vida natural, por la variedad, riqueza y originalidad de la vegetación, de los colores, los olores, los sabores de comidas y productos exóticos y nuevos, inimaginables; el despliegue interminable de especies animales, de insectos descomunales y terribles alimañas; las inundaciones del cielo reventado en aguaceros de cataratas tibias o frías; los mosquitos y coleópteros que infestaban las zonas pantanosas, húmedas y ardientes; el calor inhumano, las noches de ensueños, insomnes, febriles, las serpientes, los caimanes, y los hombres y mujeres, blancos, negros, indios, mestizos por igual, en medio de este desborde de vida delirante, como la más débil y humilde de todas las criaturas de la Creación de Dios, desmintiendo tajantemente la narración de un bíblico Génesis antropocéntrico.
La Misión jesuita se había instalado el año 19__ en las cercanías del río Napo, próximo a la frontera con Perú, por solicitud del gobierno ecuatoriano, para evangelizar a un centenar de indígenas Secoya todavía resistentes a la civilización euro-americana. Una terrible y legendaria historia marcada por abusos, guerras, esclavitudes y maltratos los habían hecho guarecerse en zonas de difícil acceso, entre montañas y zonas pantanosas de la amazonia, trasladándose frecuentemente de un lugar a otro para evitar el odioso contacto con los extraños.
La Misión jesuita de San Antonio Prisco no es más que un pequeño caserío de diez sencillas construcciones de madera alrededor de la iglesia, que sobresale, por encima de los techos de las otras cabañas oscurecidas por la extrema humedad, cuatro metros con su cruz de fierro oxidado y su altillo cubierto de líquenes, donde se esconde una modesta campana de cobre. Este oasis de cielo, de luz y espacio abierto de cincuenta metros cuadrados se encuentra casi engullido por la selva que la cerca con sus inmensas palmeras, sus eschweileras inalcanzables, sus abaremas de escultóricas flores, sus pentagonias con flores de blancas lanzas, y el coro vegetal, con todos los verdes del mundo entrelazados, sobrecogedor, de innumerables y polimórficas especies nunca nombradas, apenas vistas por el hombre blanco.
No es de extrañar, pues, que en estas tierras exóticas, efervescentes, oníricas, fantásticas y hasta delirantes ocurran habitualmente hechos que desafían la cordura, la experiencia y la equilibrada razón humana... En una de esas noches tardías en que Ildefonso, lejos de descansar se concentraba en la lectura de uno de aquellos libros históricos que el abad Kumonar Ligetto guardaba en su biblioteca personal y que, al llamarle su atención y hojearlo cuando este orgullosamente se la enseñaba, se lo había generosamente ofrecido de inmediato, interrumpió repentinamente su lectura, levantó la vista y miró por la ventana hacia el zaguán iluminado por la poderosa luna llena. Algo inusual le pareció que avanzaba sigilosamente como buscando la sombra y las cavidades de las cosas. Se quedó observando aquello que avanzaba a trechos y estirándose en una tenebrosa mancha de negrura. Por más que aguzaba su vista y esperaba el preciso resplandor de luz de luna, aquello nunca se dejaba descubrir abierta y descuidadamente. Había algo en el hálito de aquella sombra que lo intranquilizaba extrañamente, pero no podía tampoco darle ninguna consistencia ni precisión. Finalmente, se acercó a la puerta de la cabaña del abad Ligetto y, sin poder creerlo Ildefonso, la atravesó de un lado a otro, invisible, para ingresar en ella. Ildefonso se puso de pie de un salto con la intención de partir corriendo hacia la cabaña del abad, pero se detuvo sorprendido al constatar que se encendía una luz en su habitación y alguien, que se asemejaba al mismo abad, descorría la cortina, abría la ventana y cerraba los postigos. Un minuto después la luz volvió a apagarse. Ildefonso se quedó mudo, escuchando la sinfonía de grillos, de ranas, de aves nocturnas que dialogan, de jaguares hambrientos y monos encogidos y temerosos. Concluyó que debía confiar en… Dios, y que el abad Ligetto probablemente se encontraba bien.
Después de una noche intranquila, a la mañana siguiente, Ildefonso se despertó con la campana que llamaba a laudes. Se aseó de prisa, se vistió y caminó raudo hacia la capilla. Allí se encontraba, como todos los días, el abad Ligetto dirigiendo las lauretanas a la Virgen de Loreto, de quien era el más devoto servidor y maestro:
--Santa María…
--¡Ruega por nosotros!—respondían a coro las veinte personas que lo acompañaban piadosamente de rodillas, entre bocanadas de humo de palo santo.
--Santa Madre de Dios…
--¡Ruega por nosotros!
--Santa Virgen de las vírgenes…
--¡Ruega por nosotros!
--Madre de Cristo…
--¡Ruega por nosotros!
-- Madre de la Iglesia…
--¡Ruega por nosotros!
--Madre de la divina gracia…
--¡Ruega por nosotros!
--Madre purísima…
--¡Ruega por nosotros!
--Madre castísima…
--¡Ruega por nosotros!...
Sin motivo ni explicación alguna Ildefonso se quedó de pie en la puerta; luego de escuchar en silencio durante un minuto el servicio religioso, se persignó, se dio media vuelta y salió de la capilla. Comenzó a caminar hacia el refectorio, se detuvo a mitad de camino, alzó la vista hacia las copas crujientes de los árboles, luego divisó a unos niños que jugaban con una pelota de trapo, bajó su mirada hasta sus pies, se dio media vuelta y se encaminó con paso discontinuo hacia el río. Siempre que su cerebro se sobrecargaba con pesadumbre, las aguas lentas, verdes, hondas e impermanentes de una corriente lo calmaban y le devolvían una significativa imagen de sí mismo. Sentado a la orilla, se tomó con ambas manos la cara, apoyados los codos en sus rodillas, y se quedó allí meditando… Aparecían por uno y otro lado de su cuerpo interior, una y otra vez, las heridas vivas de los estigmas espirituales de Cristo. El misterio, la desconfianza, la incertidumbre, a veces cotidianas y hasta insignificantes, reanimaban una contraparte abisal y dolorosa que Ildefonso no lograba reconocer ni asumir concientemente, de manera que acababa siempre regurgitando su dolor informe hasta el olvido y el hondón de su alma. Había sí reminiscencias y recuerdos que se hilaban en ovillos de sufrimiento que su conciencia trataba como a parroquianos diaria y frecuentemente, pero otros, semejantes a azulosos cetáceos se movían difusamente en las profundidades lóbregas de su alma. Estos, los más incomprensibles, descomunales y extraños, en ocasiones ascendían a la superficie de su conciencia, y entonces Ildefonso se conmovía más allá de lo que lograba resistir.
La visión de aquella sombra que se deslizaba furtivamente en la noche apenas alumbrada por una luna cómplice había reanimado un dolor insondable y una inquietud profunda… ¿Era ése el espectro de Juan Pablo I, o de su asesino?... ¿O el de Feliciano?... ¿O el de Dios?...
Ildefonso iba a buscar refugio en Jesús, en su fe, pero no pudo. Algo sólido y frío lo detuvo en su interior. En respuesta, se aferró al crucifijo que colgaba de su cuello. Escuchó a sus espaldas el sonido de una presencia que avanzaba entre la floresta. Giró rápidamente, sintiendo un miedo inusual.
--¡Hola!... ¿Hay alguien ahí?—preguntó, tratando de superar así su temor.
Sólo prestó atención a lo lejos al canto intermitente de los tinamús y las chachalacas. Sin embargo, al mantener el oído sensiblemente agudizado comenzó a escuchar algo desusado y sorprendente: Primero fue como un susurro, un roce, un murmullo aislado, cercano. Recorrió con la vista todo el entorno, pero no divisó nada inusual. Luego, parecían sumarse miles y millones de voces o suaves, diminutos gemidos, todos juntos, moviéndose en una misma dirección, como sin espacio ni tiempo. Trató de precisarlo, de medirlo, de analizarlo, pero iban y venían desde todas partes, ubicua, confusa y armónicamente, sin definición ni lugar ni forma alguna. Entonces alargó un pie para dar un paso, se tropezó con una raíz de guatteria, perdió el equilibrio, e instintivamente se abrazó al enorme tronco del árbol. Su mejilla y su oreja derecha quedaron pegados a la corteza rugosa. Ildefonso experimentó un estremecimiento, como si una agradable vibración eléctrica estuviese abarcándolo de arriba abajo, al tiempo que aquel flujo vibrante se expandía y se expandía, comunicando y conectándose con los vegetales sin distinción, en una espiral expansiva, escuchando, percibiendo, en conciencia inclusiva, la sustancia viva del Alma vegetal. Tan sublime, tan asombrosa, sobrecogedoramente natural, espiritual y divina le resultaba la creciente unificación que experimentaba del Ser vegetal, que pronto su mente, su conciencia, su sensibilidad ya no resistieron más tal extática expansión y un fogonazo como de una explosión solar y un estruendo insoportable lo derribaron sin sentido e inconciente al suelo.






viernes, 2 de febrero de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo IV)



Con una violenta contracción abdominal se sentó sobre la cama, abrió desmesuradamente los ojos y dio tres o cuatro manotazos al aire, como quien trata de arrancarse unos horribles velos que caen ante el rostro. A pesar de que ya miraba con sus ojos abiertos la luz damasquinada que se traslucía a través de las cortinas y el contorno oscuro de los muebles de su habitación, aún seguía contemplando la terrible visión que había comenzado mientras dormía. En ella se encontraba el recientemente elegido Papa Juan Pablo I (el Papa Bueno) sentado ante su escritorio de trabajo, en la sala de los Oficios, solo, concentrado, leyendo algunos documentos que cogía con su mano izquierda, mientras la derecha sostenía una plumafuente. Con su cabeza inclinada y la vista enmarcada dentro del campo de visión de sus anteojos metálicos, no podía ver como un par de sombras oscuras y tenebrosas giraban alrededor de él; luego se levantaban desde abajo del piso, brotaban desde los muros y del cielo raso más y más sombras que acercándose más y más, lo rodeaban, sin dejar de girar alrededor de él. El Papa seguía sin percatarse de ello; sin embargo, las figuras fantasmales, horribles y sombrías eran tantas y ya tan próximas a Juan Pablo, que finalmente oscurecieron la habitación y su entorno. El Papa entonces levantó la cabeza y se encontró súbitamente con esta horrorosa visión. Abrió la boca para exclamar algo, pero las sombras comenzaron a entrar como una gruesa bocanada de humo infernal por su boca abierta, hasta que todas ya estuvieron dentro de él. En ese momento Albino Luciani se desplomó muerto sobre su escritorio.
Desde la muerte de Feliciano, Ildefonso había comenzado a experimentar diversos tipos de fenómenos parapsicológicos, misteriosos, milagrosos, sobrenaturales, que le sobrevenían cada cierto tiempo, de diferentes maneras. Muy rara vez sentía miedo o incredulidad ante estos fenómenos, y ya se había habituado a anticipar tragedias e incluso la muerte de personas queridas, con calma y mucha fe en Dios. Por otra parte, nunca les había dado gran importancia, y los dejaba pasar sin mayor consideración ni sentido, como si fuese algún tipo de anomalía de la realidad, pero sin trascendencia. Sin embargo, esta vez Ildefonso sintió que su corazón bombeaba fuerte y velozmente en su pecho, que le palpitaban las sienes, que sus manos temblaban, aferrándose a las sábanas.
--¡Dios mío, van a asesinar al Papa!—exclamó con voz ronca y arrastrada.
Se pasó el dorso de la mano por la frente, se dejó caer de espaldas sobre la cama. Veloces y quemantes como llamaradas acudían emociones e ideas a su mente.
--¡Tengo que impedirlo!... ¡En lo que de mí dependa, tengo que impedirlo!...
Con los ojos cerrados imaginaba decenas de formas de conseguirlo, pero todas le parecían débiles, imperfectas, dudosas y hasta ridículas. Comenzaba a luchar con el desánimo y la angustia. De pronto se percató de que estaba dejando fuera de todo esto a Jesús, a su Dios amado y todopoderoso… Saltó de la cama, se arrodilló e inclinó la frente hasta tocar el suelo. Oró con todo el fervor, con toda la fe y con todo el amor a Dios que le permitía su condición humana. Entonces, como una involuntaria respuesta, se le apareció vívidamente la imagen dulce e iluminada de su prima Vincenza Tatay, sor Vincenza, que venía caminando hacia él por un largo y amplio pasillo monacal. Abrió los ojos encendidos y exclamó:
--¡Gracias Jesús mío, Padre mío, Dios mío!...
No se podía explicar por qué el recuerdo de su prima Vincenza le hacía sentir feliz y aliviado, ni cómo podría ella llegar a influir en que Juan Pablo I no fuese asesinado. Era un sentimiento grandioso, una intuición simplemente inmensa e indubitable, ante la cual la razón, el sentido común y hasta la cordura se someten felices y en silencio.
Temprano se comunicó con José Ramón Llull, conocido suyo en el Centro Internacional de Comunicaciones para la Evangelización de los Pueblos. José Ramón se comprometió a tenerle noticias durante el día sobre el paradero de sor Vincenza. Hacía por lo menos dos años que Ildefonso no hablaba con ella. En ese entonces Vincenza se encontraba en Ontario, Canadá, pero esperaba que pronto fuese trasladada a cierta misión de confianza en el Congo belga, que ya le había sido anunciada.
Durante el día Ildefonso pasó por diferentes fases y estados mentales. Después de la primera hora en que prevaleció la poderosa vivencia que había experimentado, y no dejaba de sentir la fuerza sobrenatural del espíritu que en ella se manifestaba, cedió esta intensidad, de manera que la conciencia y la razón, que le eran facultades propias, pudieron contemplar y procesar los hechos a su peculiar manera. Lo primero que le aconteció fue la duda¿Y si todo esto no ha sido más que una pesadilla más realista que lo habitual de toda pesadilla?... ¿Qué puedo provocar con esto?... ¿Nerviosismo, desconfianza, angustia, errores, costos impredecibles, filtraciones y escándalos públicos, burla y escepticismo?... ¡Dios mío, pero si estoy en lo correcto…! ¡Ningún escrúpulo, ningún costo se compara con la necesidad y con el deber de evitarlo!...
Poco después:
Y si esto es cierto… ¡Por mi Madonna y la Virgen Santísima, ¿quién o quiénes están detrás de este intento de asesinato?!...
Su inteligencia trató de atar uno que otro cabo suelto que había adquirido durante sus innumerables viajes, informaciones, vínculos y contactos, pero se percató de que cualquier avance en esta línea era no más que una aventura sin fundamento ni sentido. ¿Qué clase de odios, de poderes oscuros, de visiones aberrantes podían albergarse al interior de la Iglesia, o alrededor de ella, como para inspirar un magnicidio tan horrendo?... ¿Qué consecuencias podrían derivarse para la Iglesia y el mundo de un crimen tal?... Lo desechó.
Influencias… ¿Personas influyentes que pudieran acceder al Papa para advertirle y tomar las medidas adecuadas y necesarias para evitar y esclarecer este complot?...
Conocía a varios cardenales, obispos, secretarios, adjuntos, doctores, diplomáticos, amigos y cercanos al Vaticano, incluso al Papa. Volvió a parecerle demasiado incierto, aleatorio y poco eficaz. Nadie, con todos los argumentos y antecedentes de su conocimiento y de la luz de la inteligencia le ofrecía la seguridad, la garantía, e incluso la intuición de que podía evitar el curso de los ominosos acontecimientos que él también quería evitar. Se detuvo aquí, como si repentinamente hubiese chocado contra la evidencia de un camino sin salida.
En las primeras horas de la tarde, y cuando ya cierto nerviosismo comenzaba a hacérsele notar por la ausencia de noticias acerca de sor Vincenza, pensó:
¿Por qué yo?... ¿Por qué yo?...
Entonces vino a él, como una respuesta de esas que advienen especialmente en los momentos críticos de la existencia cotidiana, ¡la paz de Dios!… Pero no la “paz de Dios” como ese sentimiento casi ingenuo, sicológico y superficial que se experimenta como respuesta de la sensibilidad a cualquier estímulo positivo (incluso religioso y espiritual), sino esa sustancia universal que subyace a toda experiencia de totalidad, de sentido unificado y trascendental que contiene simultáneamente a todas las COSAS, incluso cuando las COSAS se están odiando, masacrando y destruyendo entre sí, y que se desborda desde adentro de la mente, en un afuera-adentro unificado, en sentimiento oceánico –como poetizaba Romain Rolland--.   
Ildefonso se experimentó entonces a sí mismo no como un escuálido y solitario peón en medio de una horrenda conspiración, sino como un minúsculo y decisivo ser humano en el infinito amor de Dios, que participa de una trama de un juego sublime, DIVINO, por encima de TODO, y, al mismo tiempo, siéndolo TODO.
Recién a eso de las ocho de la tarde Ildefonso recibió la llamada telefónica de José Ramón. Sor Vincenza se encontraba sirviendo en el Vaticano, en las dependencias del mismísimo Palacio de San Pedro, cuidando de las vituallas y del servicio doméstico y privado de Su Santidad, Juan Pablo I. Ildefonso enmudeció primero ante la señal evidente de la mano de Dios; estuvo a punto de caérsele el teléfono de entre sus dedos. De todas las ideas y pensamientos que habían pasado por su corazón y su entendimiento, ninguna poseía el poder que esta loca y peregrina convicción ejercía en él… ¿Acaso Dios trazaba una huella para él, personal, natural y sobrenatural al mismo tiempo?... El sentido y la trascendencia de aquella huella tan derechamente encaminada hacia la persona de Juan Pablo I, poseía también un mensaje, un llamado tan exclusivamente suyo, tan en la huella de un Dios que avanzaba en otra y la misma dirección que el mundo y el bien del otro humano, escondiéndose y mostrándose sólo a Ildefonso, en la mera intimidad de él con Él, pero también más adelante, siempre más adelante, aún sin Él…
Sin dilación llamó al Vaticano, a la Oficina de Servicios del Palacio, y, una vez más se sorprendió de que en menos de un minuto, como saltándose todo imposible, estuviese escuchando la voz de su querida prima Vincenza Tatay. Cumplió con el protocolo habitual de enterarse primero de las novedades de la familia, para luego apurar el abordaje del tema que lo obsedía. Sor Vincenza casi no entendió las ambiguas razones que Ildefonso sostenía para conminarla a reunirse personalmente con él al día siguiente, a las 8 hrs. a.m. en los jardines del Palacio, pero la alta estima y consideración que la animaban hacia su primo la condujeron sin darse cuenta a romper todo protocolo y aceptar ese intempestivo encuentro.      
Ildefonso no tuvo inconveniente para obtener los permisos y venias correspondientes. La noche la pasó con inquietud, a pesar de que una buena parte de ella estuvo orando y meditando en Dios, en Jesús y la Virgen. A las cinco ya estaba definitivamente despierto. La noche le había dejado como herencia una convicción espiritual casi dolorosa de que debía avanzar, sin temerle a nada, hasta salvarle la vida a Albino Luciani.     A las 7:30 hrs. se encontraba paseándose con un librito de los Salmos bajo el brazo, entre las sombras alargadas de los cipreses y los floridos setos de adelfas y begonias, junto a la fuente Castalia. Se sentía inquieto y ansioso, con la secreta misión de un espía que podía fácilmente caer en las garras del enemigo. Rezaba casi como un condenado. A las 8:05 vio acercarse de lejos, menuda y humilde, la figura vestida de negro de su prima Vincenza. A las 8:12 hrs. caminaba con ella cogida del brazo hacia un templete y le susurraba cerca del oído:
--Vincenza, se me ha revelado que quieren asesinar al Papa… ¡Tienes que ayudarme a evitarlo!...
Sor Vincenza se detuvo en seco y, girando hacia él, se lo quedó mirando a los ojos, inmóvil y asustada. Ildefonso observó hacia uno y otro lado, luego continuó:       
--Vincenza, si me equivoco, que toda la responsabilidad caiga sólo sobre mi cabeza y sobre nadie más que sobre mí, pero si estoy en lo cierto, ¡te lo suplico!, no podemos ni yo ni tú ni nadie, dejar de hacer todo lo humanamente posible para evitarlo… ¡Así lo quiere Dios!... ¡Así lo quiere Dios!...
Vincenza se estrujó las manos, apretó dolorosamente los labios e hizo ademán de alejarse, pero Ildefonso las cogió fuertemente con las suyas y la retuvo enfrente de él.
--¡Ya no puedes huir!... ¡En tu conciencia y ante Dios sabrás para siempre que no hiciste nada!...       
Poco después Sor Vincenza caminaba a prisa de regreso a las dependencias del Palacio sin saber realmente cómo había aceptado hablar con Su Santidad Juan Pablo I para obtener una reunión en privado con su primo Ildefonso, pero ya había jurado por el Padre Celestial que así lo haría, y eso no era siquiera posible ponerlo en duda, ni menos desdecirse.
A las 8:45 hrs. sor Vincenza se detuvo una vez más ante la puerta de Su Santidad y se quedó dubitativa, con la mirada fija sobre la reluciente manilla de oro. El olor del café recién preparado le trajo a la memoria las lejanas mañanas vénetas en la villa Promasqua con su abuela Cedrina, el canto alegre y animado de las mujeres que abrían puertas y ventanas a la luz, al aire y al sol, las sábanas blancas animadas por el viento, los ladridos de los perros, las manos arrugadas, humildes y cálidas de la nonna; pero, de pronto, su rostro pálido y un poco alargado se ensombreció al recordar que sólo ayer por la tarde había recibido noticias preocupantes sobre la salud de su Cedrina… ¡Ildefonso!... ¡Ildefonso!... Se le atravesó como un rayo brutalmente justo en medio de su corazón. Comenzó a rezar mascullando un Ave María protector, supremo, y se dio ánimo para entreabrir la puerta del dormitorio. Su intuición le decía que aquello no iba a andar bien… Vio la luz encendida, pidió permiso en voz alta, y entró. Entonces lo vio allí, sentado sobre su cama, apoyado contra el respaldo, con las gafas puestas, el mentón caído sobre el pecho y algunos papeles dispersos sobre el edredón. Se acercó de prisa, tomó su mano, auscultó su pulso, y exclamó junto con un agudo grito: ¡Mi Dios santísimo, está muerto!... ¡Ildefonso!... Se sobresaltó al percibir una sombra que se movía veloz desde un rincón hacia la puerta, se dio media vuelta, pero no vio nada; sólo experimentó una breve sensación de frío, una corriente de aire helado desde el exterior. Salió de prisa en busca de su primer secretario. El mundo podía saberlo: ¡Había muerto Albino Luciani, el Papa Juan Pablo I!...

En alguna zona residencial y apartada de Philadepios, Donald Roccafella se paseaba por sobre las losas cuadradas de mármol blancas y negras de su gran estudio pulcro e iluminado con decenas de ampolletas y exquisitas lámparas de araña, con las manos cogidas entre sí por la espalda. Levantaba la vista, miraba hacia el inmenso parque de noche; el visillo albo le permitía entreverlo ocasionalmente a causa de los movimientos ondulantes de la brisa; observaba con impaciencia su reloj, tomaba la taza de porcelana, bebía unos sorbos de café irlandés y continuaba con su paseo. Al pasar delante del espejo Luis XVI se plantó con digna compostura, separó los hombros, se alisó un poco el bigote oscuro y le guiñó un ojo a su imagen. Entonces sonó el ring del teléfono rojo que descansaba sobre su amplísimo escritorio. Caminó de prisa hasta él, cogió el auricular y escuchó una voz femenina que le decía:
--¡Está hecho!...

Miró hacia el techo, esbozó una sonrisa y cortó.

viernes, 26 de enero de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo III-2)


--¡Tú no eres un cura, tú eres un loco!...
Así le había gritado a la cara Darinka, en el café des Rossignols, en la rue Singale de París. Roja de ira --si hubiese podido lo habría abofeteado--, se levantó de su asiento y salió como una bacante furiosa del lugar.
En julio del año 201_, dos meses antes de esta escena, Ildefonso había sido solicitado por el arzobispo Samuel Bisschop que se hiciese cargo, junto con el padre René Flamcourt, de un seminario en el Centre Ignatien des Enfants de Dieu, en Montmorency, para jóvenes laicos que querían iniciarse en los ejercicios ignacianos, durante sus vacaciones de verano. Ildefonso se encontraba expectante y un tanto a la deriva en París, pues ya hacía casi medio año que había solicitado a su jerarquía eclesiástica la autorización para embarcarse a Medio Oriente, para ayudar a los refugiados de la desastrosa guerra que asolaba esta región. Gozaba a la sazón de la simpatía y el apoyo del arzobispo Bisschop, que veía en él la proporcionada conjunción de pasión, carisma y criticismo para influir y atraer a esa treintena de jóvenes universitarios católicos a la obra ecuménica de Dios. Además, con el padre René se conocían desde el Seminario Jesuita y, aunque era unos años mayor que Ildefonso, mantenían una relación cercana y profunda.
Ildefonso ardía cuando debía hablar y enseñar acerca de Dios y su Sagrada Familia, como gustaba llamar a todos aquellos seres humanos y divinos en los que Dios se manifestaba exaltada y especialmente. Y no porque considerase que los demás seres humanos quedasen excluidos de la Sagrada Familia de Dios, sino que, por una mera coincidencia de nombres, en aquella primera Familia había simplemente una diferenciación en los roles de maestría, pero no en alguna condición excluyente de la esencia divina una para todos. Sin embargo, esta pasión e intensidad no se le daba simplemente como un reflejo, una realización o respuesta a un sistema, doctrina o mundo religioso dado, externo, social, y, por lo tanto, católico, sino como un proceso y fuente crecientemente personales, auténticamente originales y --por decirlo de alguna manera comprensible-- progresiva y profundamente interior (sin causalidad ni relación externa perceptibles). Con todo, esto interior, que como palabra y concepto alcanza a describir poco y mal aquello “interior” que quiere representar, también comenzaba para Ildefonso a desplegarse de una manera singular, maravillosa, compleja, perturbadora, y tantas cosas más, que por el momento es mejor dejarlas en reserva.
Un santo impresiona a todo el mundo con la grandeza de su personalidad; no podría ser de otra manera, pues la santidad en sí misma es un estado de sobrecogedora y grandiosa interioridad. No existe santo alguno que no asombre por la fuerza, la autenticidad y la intensidad de su ser interior. Ildefonso comenzaba, sin embargo, aún lejos de alcanzar estos niveles de santidad, y por algún misterioso designo divino, a descubrir zonas todavía más profundas del alma y del espíritu humanos, en donde comienzan a diluirse incluso los conceptos y vivencias más sublimes y divinos que pueda experimentar una persona humana, en la medida que estas experiencias y conceptos se refieran de cualquiera manera (y hasta de mínima manera), a algo no TRASCENDENTEMENTE INTERIOR.
Y esto, aunque no se exprese explícitamente --ni siquiera concientemente--, de algún modo se comunica, y hasta más eficientemente que cualquier mensaje verbal y formal. Por ello, Ildefonso, durante tres semanas, encantó, inspiró, catequizó, conmovió, convirtió, ayudó, aportó a los jóvenes estos y otros tantos bienes que se obtienen de un alma exaltada en Dios y devota del Sagrado Corazón de Jesús, pero también sorprendió y sembró dudas y hondas inquietudes en algunas de aquellas jóvenes almas, incluso en la inteligencia y el corazón del mismo padre René.
Una de estas almas nobles e inquietas pertenecía a Darinka van der Leeuwen. Hija de padres separados a temprana edad, Darinka se había criado con su madre, una atractiva mujer, a su manera piadosa, pero con un carácter complicado, irritable, fumadora y algo alcohólica. De ella había acogido afortunadamente el modelo religioso, pero no los demás rasgos, y sí --sin saberlo, porque casi nunca lo había tratado--, su parecido en disposición y personalidad se asemejaba más a su padre Ferdinand, prestigiado académico de Física de la Université Paris-Sorbonne 6. Darinka había acudido con bastante reticencia a este seminario ignaciano, mayormente solicitada por su mejor amiga de carrera, Laura Piemonte, quien, a su vez, junto al interés espiritual y personal, guardaba la secreta esperanza de intimar con Louis Cournot, a quien sólo conocía a la distancia y por referencias de amigos. Desde el sólo ver de entrada al presbítero Ildefonso, Darinka se sintió fuertemente atraída por él. Cuando Ildefonso la miró directamente, por primera vez, sus ojos le quemaron alguna zona sensible en su interior, sin que fuese eso algo en absoluto desagradable, sino muy por el contrario. Darinka era una joven de veinte años, bonita, delicada, de ojos grises y pelo corto, rubio, más bien retraída socialmente, pero con un gran dinamismo, simpatía y encanto cuando compartía con sus amigos más cercanos, los que, por demás, eran pocos, en su mayoría mujeres. Nunca había estado de novia con ningún chico, y además de virgen, sentía un vivo recelo y hasta una declarada repulsión por la sexualidad. Particularmente chocante le resultó, pues, experimentar este ardor que inusitadamente y de manera confusa le activó algo de sus zonas erógenas. Más chocante le resultó constatar al punto que el hombre que la impresionaba y conmovía así era un sacerdote, ministro consagrado de Dios.
Los días y las semanas del retiro avanzaron y fortalecieron esta primera impresión. Una secuencia de hechos extraordinarios y significativos alimentaron la llamarada inicial y la extendieron en diferentes direcciones. La primera semana, centrada en la indagación, reconocimiento, arrepentimiento y liberación de los pecados en Cristo Jesús, comenzó en su día primero con fuertes impresiones para Darinka, así como para los demás jóvenes. Ildefonso había realizado un aprendizaje en parte serio, en parte espontáneo e intuitivo, de diferentes prácticas espirituales, doctrinas y técnicas de introspección y autoconocimiento, siguiendo también la línea primigenia de ascesis cristiana de San Antonio y los esenios de Qumrán. Por ello, la primera sorpresa que les regaló a los jóvenes participantes fue no iniciar el taller con exposiciones programáticas e introductorias, ni oraciones, ni contenido católico ninguno, sino con una práctica de postura, relajación, respiración y meditación a la manera del yoga oriental.
En un amplio y aireado salón hexagonal, austero, sin ícono alguno, de cálido ambiente, con un artesonado atravesado por gruesas vigas, revestimiento y pisos de hermosas tonalidades y nobles maderas, grandes ventanales hasta el suelo, abiertos, pero velados con cortinas de papel de arroz mate, Ildefonso, René y treintaiún jóvenes de varias etnias y nacionalidades se encontraban ya hacía casi una hora con los ojos cerrados, sentados sobre cojines, en posición de loto, realizando ejercicios de meditación guiada. Ildefonso y René se encontraban también en asana, sobre un proscenio cincuenta centímetros más alto que el resto del salón, al que se accedía por tres planos de gradas semicirculares y de frente a los jóvenes. Darinka se sentaba en la tercera fila del hemiciclo de alumnos, hacia la izquierda. Meditaba concentradamente y se sentía muy tranquila, extraordinariamente liviana, casi como si flotase sobre el suelo, y hasta sobre su propio cuerpo. De pronto un intenso perfume de rosas la hizo estremecerse y abrir los ojos. Creyó ver, en diagonal a ella, que Ildefonso se encontraba dentro de un vaporoso huevo vibrante de luz blanco-dorada. Parpadeó varias veces para tratar de despejar la vista que suponía ofuscada, pero con estupor observó que la visión se mantenía así, y aún más clara, pues la luz aparecía ahora matizada, como en estratos de hermosas tonalidades de colores delicados e intensos, que variaban y se entrelazaban sin dejar de vibrar, y que claramente provenían desde –por así decir—el interior de su cuerpo y de su alma. Sus oídos comenzaron a zumbar. Entonces vio –y no dudó de ello--, que esa aura maravillosa se levantaba y se ponía de pie delante de Ildefonso, quien seguía allí, sentado, con los ojos cerrados, plácidamente. Darinka contempló hipnotizada cómo esa luminosidad reconcentrada cobraba forma y vida: otro Ildefonso de luz que la observaba con una maravillosa sonrisa. Este Ildefonso de luz y colores se separó por completo del otro y avanzó como flotando hacia ella. Mientras avanzaba lentamente abrió su boca, sacó la lengua, y empezó a extenderse en forma de largo pergamino sepia hacia Darinka. Estaba escrito en él un texto con extraños y borrosos signos de alguna lengua para ella desconocida, pero, aun así, una parte del texto comenzó a hacerse nítido y comprensible en cada palabra que leía sin leer:
  “Dios no habita en un lugar, ni en la tierra, sino en el corazón; y si buscas el lugar de Dios, su morada es el corazón puro. El mismo dice que habitará en este lugar cuando afirma por medio del profeta: ‘Habitaré con ellos y en medio de ellos andaré; ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, dice el Señor’.
Considera, por tanto, que tal vez en cada una de nuestras almas hay también un pozo de agua viva, hay latente un cierto sentido celeste junto con la imagen de Dios. Este es el pozo que los filisteos, es decir, las potencias adversas llenaron de tierra. ¿De qué tierra? De sentimientos carnales y de pensamientos terrenos; por eso, hemos llevado la imagen del terrestre. Precisamente entonces, mientras llevábamos la imagen del terrestre, los filisteos llenaron nuestros pozos. Pero, puesto que ahora ha venido nuestro Isaac, acojamos su venida y excavemos nuestros pozos, saquemos la tierra, purifiquémoslos de toda suciedad y de todos los pensamientos fangosos y terrenos, y encontraremos en ellos el agua viva, esa agua de la que el Señor dice: Quien cree en mí, de su vientre brotaran ríos de agua viva.[1]
Cuando terminó de leer, experimentó una intensa emoción, sintió ganas de llorar y dar gracias a Dios a gritos. Un gran estruendo, como un trueno, se dejó oír. Darinka comenzó a sentir que se desmayaba, cerró los ojos y escuchó con claridad la voz de Ildefonso, a lo lejos, que la llamaba por su nombre. Volvió a abrir sus ojos y se encontró nuevamente con Ildefonso a un paso suyo, entre los jóvenes, que, vueltos hacia ella, le dirigían con curiosidad la mirada. Primero oteó hacia el estrado, pero sólo distinguió a René, que se había puesto de pie, y caminaba hacia una espaldera que se apoyaba al fondo del proscenio. Había un solo Ildefonso, éste que le estaba extendiendo un libro abierto, acompañado con una amplia sonrisa.
--¡Aquí… lee, Darinka!—le dijo alegremente, y le señaló con el índice el pasaje que le solicitaba leer en alta voz a la concurrencia.
Darinka, mareada aún, confusa y medio ausente, dejó caer la vista sobre las páginas que tenía delante, mientras cogía maquinalmente el libro con ambas manos. De la misma ofuscada manera comenzó a leer, sin entender lo que leía, pero a la tercera línea lo comprendió todo de golpe. Estaba leyendo el mismo texto que hace un momento acababa de leer…
Gruesas y abundantes lágrimas cayeron de sus ojos mientras siguió leyendo. Al final de la lectura, se puso de pie, roja de asombro y tensión, y sin decir ni una palabra salió de prisa de la sala. Ya fuera, le pareció que el mundo perdía consistencia: daba vueltas y vueltas alrededor de ella; pero en su interior las emociones intensas, los procesos de pensamiento iban y venían de todas partes y hacia todas partes como nubes prietas cargadas de electricidad que acaban chocando y entremezclándose unas con otras. Corrió, corrió, siguiendo los meandros de senderos entre los frondosos y tupidos árboles hasta llegar a las orillas del lago. La inmensidad de las aguas, el resplandor del sol en su superficie, el cielo azul abierto a otros espacios contuvieron los estremecimientos de su alma. Darinka se dejó caer sentada sobre la arena; con los codos apoyados sobre sus rodillas, cogió su cabeza con ambas manos y trató de calmarse. Por su cabeza giraban cosas enormes y extrañas, pero entre todas sobresalía, como la cresta de la montaña, la misteriosa persona del cura Ildefonso Delenikas. No habían transcurrido ni cinco minutos cuando sintió que alguien se sentaba a su lado. Abrió los ojos y se encontró con la mirada sonriente y cálida de Ildefonso. No se asustó, no se sorprendió, sino que una sensación de bienestar y agrado la ganó suavemente, casi como si hubiese estado esperando que llegase.
--¿Cómo estás, Darinka?—preguntó el sacerdote.
--Extrañada, pero bien… muy bien.
--¿Te ha ocurrido algo?
Darinka bajó la vista hacia sus pies, cogió una ramita seca y comenzó a dibujar algo así como una forma ovalada con extensiones internas y externas.
--¡Sí!... Ha sido maravilloso…
--¿Quieres hablarme de eso?...
Darinka alzó la vista y miró a los ojos por un segundo a Ildefonso, luego volvió a su posición anterior.
--Creo que he experimentado el Sagrado Corazón de Jesús…
--¡Ciertamente eso es maravilloso!...
Darinka pareció encenderse súbitamente, sus ojos brillaron y se irguió, levantando la mirada por sobre la superficie del lago.
--¡Estoy segura de que usted va a entenderme, padre Ildefonso!...
--Te escucho atentamente…
--Cuando usted me pidió que leyera, hacía sólo un minuto antes ya lo había leído… ese mismo texto.
Darinka volvió a detenerse y mirar a Ildefonso. Nuevamente su mirada complacida y serena la animó a continuar:
--¡Nunca me había ocurrido algo así!... Fue… ¡sobrenatural!—exclamó, cerrando por un momento los ojos y apretando una mano dentro de la otra-- ¡Pude experimentar el Espíritu vivo de Dios detrás de las palabras del santo!... ¡Cuánto Amor!... ¡Cuánta Sabiduría y Verdad!... Pero nuestros oídos, nuestra mente, nuestro corazón, nuestra conciencia están tan llenos de tierra que nos impiden alcanzar el Amor, la Sabiduría y la Verdad de Dios que anhelan ascender y derramarse desde el fondo de un pozo de agua viva más hondo que todas las palabras santas y divinas, que todos nuestros sentimientos y emociones más puros y nobles, que todos nuestros actos y pensamientos más generosos y positivos, que toda nuestra conciencia despierta, buena y cotidiana…
Darinka se detuvo y, con una mirada intensa, casi febril, con las mejillas arreboladas se quedó esperando y al mismo tiempo tratando de comunicarle su sentir sin palabras, mirándolo fijamente a los ojos.
Esta vez el sacerdote no pudo sostener la mirada de Darinka. Había en su ardor (¿en el espíritu?) algo extraño para él, un sentimiento demasiado arrollador y hasta violento que en un principio lo desconcertó…
--Es interesante… profundo y muy significativo lo que me acabas de decir. Sin embargo…--Ildefonso se atrevió a mirar nuevamente a Darinka, pero se detuvo para calcular el efecto de lo que iba a decir—es… un tanto extrema tu interpretación del sentido espiritual de la palabra.
Darinka lo miró con cierta extrañeza.
--¿No te parece demasiado excluyente considerar de error y obstáculo las manifestaciones de religiosidad, bondad y espiritualidad de la mayoría de los seres humanos sólo porque no alcanzan un nivel de trascendencia mayor?... ¿De ser así, no los estarías considerando igualmente alejados del espíritu de Dios como al más recalcitrante de los filisteos y pecadores?...
Darinka nuevamente se quedó mirando a Ildefonso. Los argumentos que le retrucaba apenas podía procesarlos con su propia razón, ya que otras razones le exigían atención. Además, no le había referido nada de la visión que había tenido con él, porque, entre otras cosas, seguían ocurriéndole nuevas y potentes sensaciones. Su instinto de mujer la protegía cauta y astutamente de dar un paso en falso y exponerse más de la cuenta. Por ello, asintió con la cabeza, pero, sin convicción alguna tras ese gesto maquinal, contrajo las cejas expresando así su verdadero sentir. Ildefonso miró la hora en su reloj de pulsera, se dio media vuelta para mirar por donde había llegado, y agregó:
--Creo que tenemos mucho que conversar, Darinka… Gracias a Dios tenemos harto tiempo por delante, pero ahora debemos regresar para continuar con los ejercicios… Creo que nos esperan grandes momentos… ¿Te parece?...
Darinka volvió a asentir con la cabeza, sonrió sin convicción, y apoyándose en la mano que le ofrecía Ildefonso, se puso de pie junto con él.



[1] Orígenes, Homilía sobre el Génesis, XIII, 3.