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viernes, 21 de julio de 2017

AKARGHI (capítulo 130)



¿Debo ir?... ¿Puedo ir?... ¿Necesito ir?... ¿Sería bueno que fuese?... ¿Es razonable que vaya?... ¿Es mi deber que vaya?... ¿Si voy?... ¿Intuyo que debo ir?... ¿Iré?... ¿Fui?... ¿Me obligarán a que vaya?... ¿Sé ir?... ¿Tiene sentido ir?... ¿Cómo ir?... ¿Cuándo ir?... ¿Con quién ir?...

Después de tanto camino andado, Akarghi sabía que, si había orden en el Universo, se debía ante todo a que la mente le confería orden; y si había desorden, porque la mente humana le asignaba desorden, no porque realmente hubiese ante todo orden y desorden en el Universo. Si había camino, se debía precisamente a que la mente descubría un camino; si no había camino, se debía exclusivamente a que la mente no percibía camino… Meditando profundamente, tan profundamente que los estados de conciencia se superponen y se experimentan al mismo tiempo diferenciados y unificados, como si uno mismo fuese infinitos yo de un solo y único yo, Akarghi se experimentaba a sí mismo como pensamiento y duda, al tiempo que se experimentaba como observador de pensamiento, y también no-pensamiento.

Había observado y contemplado a tantos seres humanos que ante el camino sus mentes se comportaban sólo de dos maneras: ¿Voy o no voy?... Y así enfrentaban todo en sus vidas, con un sí o un no, un verdadero o falso, con aprecio o desprecio, un bien o un mal, con un dios o un humano; con dualidad y nada más que dualidad, o bien con un término medio (monismo) que no era más que el antecedente de uno u otro contrario, antes de la definición y desenlace de uno u otro, al que su dinámica interna acabaría llevando. Akarghi reconocía que su propia mente había sido labrada por la naturaleza de esa manera. No era sólo una arbitrariedad de la mente humana. La Naturaleza misma era naturalmente dual, en tanto experimentamos un rango de realidad al que denominamos e identificamos como naturaleza. El paso o desenlace siguiente era llegar a experimentar e identificar hasta qué punto ese nivel de realidad que reconocemos como naturaleza se sostenía y cobraba valor, realidad y sentido en otro nivel de realidad sobre-natural, al que “desde acá” se tenía menos y casi nada de acceso por las condiciones propias y restrictivas de este estado natural.

Era sin duda una violencia, un contrasentido y una desorientación el paso o camino desde un estado al otro, como lo había sido señeramente el tormento del Camino de la Verdad al que lo había sometido tempranamente Farra-aj. Su vida era una suerte de fractal de repetidos eventos que en su multiplicidad y particularidad reproducían un leitmotiv común: el tránsito a través de la ruptura de una dimensión de realidad a otra. De esta manera, incluso su vida entera no era hasta entonces más que la minúscula e incompleta experiencia del tránsito por un umbral, por una delgada frontera y precipicio de realidad, que ya no es esto, ni todavía es aquello

Todas esas preguntas sobre el ir, se repetían entonces de una u otra manera, una y otra vez, en su interior y en el Universo todo. Y aunque tampoco sabía por ningún medio conciente hacia dónde debía ir,  hacia dónde simplemente iba, no obstante IBA… Constante y sostenidamente se movía en una cierta dirección que el mero movimiento vital e inmediato ∞llámese automatismo, destino, o, hasta paradójicamente, azar∞ dirigía. Cuando su corazón latía para latir al segundo siguiente, y bombear la sangre dentro de su cuerpo, o las tripas crujían de hambre, o el estornudo accedía una y otra vez a la nariz, iban ya en alguna dirección que él nunca elegía, y a la que sólo debía acompañar con su fosforito encendido de la conciencia y de la mente. Cuando salía el sol por el horizonte, cuando la tierra apoyaba sus pies, cuando los campos se colmaban de flores, también ya iban hacia alguna parte sin que él nada hiciese para no ir con ellos.

El solo hacerse conciente de esto lo ponía en una delicada encrucijada y problema… Se preguntaba a sí mismo, entre otras cosas, si la conciencia tenía a su vez su propia dirección. ¿Era una de ellas el otorgar libertad al individuo? Porque el contemplar las cosas en su dirección natural y espontánea, le otorgaba la posibilidad de cambiar la dirección y alterar el automatismo connatural de las cosas. Pero al liberarse del automatismo de las cosas por naturaleza, ¿no entraba, tal vez, simplemente en otro nivel de automatismo: el automatismo de la conciencia? Caminando por esos inmensos montes, montañas, espacios y cielos no podía evitar saberse llevado por Algo irresistible dentro de irresistibles circunstancias, pero, al mismo tiempo, le parecían tan descomunales sus pensamientos y visiones de esto mismo, que le resultaba también inevitable reconocer más y más que en él germinaba el impulso y probablemente la capacidad de hallar la salida de aquello tan inmenso, activando el automatismo de este divergente y paradójico ente de la conciencia y del espíritu, si es que no era, al final de cuentas –como advertían por todas partes sus venerados maestros--, el efecto observador, liberador y creador de la conciencia sólo la peor y más tramposa de todas las ilusiones que la realidad había creado al interior del Universo... Quería estar lo bastante atento y despierto a esto, de manera que aunque ya estuviese cayendo (dirigido) por el abismo mismo de su ilusión, pudiese, por un acto de liberación de la mente de sí mismo, regresarse al seno materno de la realidad inmediata, natural, verificable y carnal, como un modesto animal social, humildemente arrepentido.

Akarghi recordó la historia de aquel hombre que en otro tiempo, movido por alguna fuerza interior desconocida y nueva, se empecinó en creer y realizar que más allá del horizonte en el Océano, cuando todos creían que abruptamente se quebraba y que sus aguas como terroríficas cascadas se precipitaban en un abismo infernal, había otra maravillosa Tierra, en una tierra circular. También aquel hombre, cuando avanzaba en las inextinguibles llanuras del Océano, sumergido casi en la inmutabilidad de lo mismo, debió sufrir hasta el límite la angustia de no saber si, de un momento a otro, acabaría muriendo antes de alcanzar la respuesta, o simplemente al caer hacia el otro lado de una equivocada realidad.

Este, bhikkhūs, es el camino medio que el Tathāgata ha comprendido perfectamente, que genera la visión, que genera el entendimiento, que conduce a la paz, que conduce a la sabiduría, que conduce a la Iluminación y al Nirvana.[1]… Paipadā[2] el asceta murmuraba como un mantra las palabras de Gautama a la orilla de un sendero en lo alto de la montaña, justo delante de Akarghi, quien se arrodilló ante él y lo saludó piadosamente. Comenzaba a oscurecer y un viento frío advertía la llegada de la noche sin calor. Ahí estaba una vez más el hombre significativo, la sincronía misteriosa y difusa, el mensaje difuso para su mente todavía demasiado rudimentaria y pueril que veía una señal, un signo incluso divino, pero que no acababa de descifrar certeramente; y entonces volvían los extremos terriblemente lejanos, la dirección contrapuesta de la realidad virtual, y hasta el temor de estar siendo hipnotizado existencialmente por un demonio sabio… ¿No era incluso el mismo Thatagata un dios verdadero y un verdadero demonio engañador?... ¿Cómo acabar con esta dolorosa e ilusoria dualidad, que al mostrar más, también ocultaba más?

Akarghi se levantó, depositó ante el santo su último pedazo de pan, que había guardado para comer antes de dormir, y sin decirle ni una palabra, para no decirle mil que pugnaban por ir hacia Paipadā, se alejó sabiéndose siempre movido para IR…







[1] El Sutra de Benarés.
[2] Sánscrito: “Camino, alcanzar un objetivo, destino, modo o método de progreso.”

viernes, 14 de julio de 2017

AKARGHI (capítulo 129)



   
No quiero escribir una ficción, pero es inevitable hacerlo si escribo… Quisiera huir de mi necesidad de escribir una ficción, por ello escribo símbolos y contenidos de mi propia alma, ya que nadie sabrá cuánto de verdadero hay en Akarghi, más allá de Akarghi, el monje de Lamayuru… Sólo yo sabré cuánto de Akarghi es real, y cuánto, ficción literaria; en cuanto Akarghi soy yo, o yo quiero hacer de él una realidad en esta novela... Incluso Akarghi quiere escapar de la mera ficción. 

Quiero yo, además, hacer realidad de Akaghi. Quiero hacer también realidad de ti, caro lector, en mi propia novela, al ser leída por ti… Tú entras en mi realidad, si me lees. Tú también eres mi novela, como yo soy novela, tanto como hombre vivo… ¿Acaso no crees que mi mano ya tiembla al pensar que depende de mí ponerle punto final, y matar a Akarghi, tal como mataré Akarghi: Seis Horas en el Camino de la Verdad? Sé que tú también nos puedes dar muerte en cualquier momento, y dejar de leernos, incluso para siempre. Otros ya lo han hecho. Eso me apena, por ellos y por mí, pero no me quita el sueño… Eso no hará precisamente que Akarghi tenga más sexo del que ya tuvo, o que haga cualquier cosa asombrosa y peregrina que a ti te mantenga aferrado a la lectura semanal y continua de mi Akarghi. Depende de ti sólo en alguna medida; en otra, depende de otras causas y otras dimensiones de realidad, de las que tú, lo mismo que yo, ni siquiera podemos soñar que existen… ¿Molesto o incómodo por este exabrupto mío en medio del encanto de la narración, y estás a punto de apretar el botón mágico que te saque ya de esta desagradable página? Si has leído hasta aquí, jamás podrás escapar de Akarghi, de la misma manera que jamás podrás escapar de tu propia ficción, aunque por ahora no entiendas qué quiero decir, ni la real dimensión de lo que ha de venir… Pero ¡no temas!... Yo te amo, tanto como amo a Akarghi, aunque eso no te exime de que te haga sufrir; ¡sólo te ofrezco sufrir por tu propio bien!... ¡Lee o deja de leer!... De cualquier manera tú también eres Akarghi, y habrás de enterarte de lo mismo, tarde o temprano, viviendo o siendo leído.

¿Yo escribo a Akarghi, o Akarghi me hace escribirlo a él, aunque lo que parece obvio es que yo escribo a Akarghi?... Sin embargo, mientras más escribo a Akarghi, más probable se vuelve, o se va haciendo más fuerte --¿…porque le insuflo más y más conocimiento y poder?-- que Akarghi se me impone como un otro al que yo simplemente manifiesto en este plano textual. Si comencé yo otorgándole más y más conocimiento y poder, ahora ya ha adquirido suficiente para comenzar a darse entidad y existencia a sí mismo, independizándose de mí, aunque yo siga decidiendo lo que diga y haga de él… ∞¡Paradoja!,¿o sin sentido?

Y mientras yo medito en esto sentado frente a mi computador, Akarghi medita en algo también, sentado sobre una roca, contemplando la grácil pagoda del Templo Rojo, desde cierta altura en el monte Azul. Lo aquejan mis dudas, y a mí las suyas. Akarghi, arrastrado por una historia de vida, ya entiende y sabe que él es algo así como la obra ficticia de una divinidad que crea su destino y su realidad. Pero en su avance vital y espiritual ha descubierto que aquello que hemos identificado y conceptualizado como divinidad es algo inmensamente más inalcanzable, extraño y misterioso que todo eso divino… Su memoria está colmada de extraordinarios e innumerables significativos recuerdos de vida, sin embargo evidencia que unos sobresalen de otros, como las olas en medio del mar suben mostrándose oportunamente, y luego bajan, escondiéndose en las aguas indiferenciadas después de un momento de altura descollante… Saddinavi refulgía como esa luz repentina del relámpago que maravilla y sorprende. Sólo Latniavira había provocado esa sorpresa y desconcierto hacía diez años atrás, pero nadie más desde entonces hasta ahora. Y ahora que creía que lo femenino había sido entonces una sublime pero también salvaje y caótica experiencia primigenia ya para siempre superada por una evolución transformativa de realidad y de naturaleza suya, una vez más se transformaba con su magia secreta, y se asumía ante Akarghi con una forma nueva, de seguro también por un interno y continuo proceso de evolución y trascendencia: Saddinavi (Lo Eterno Femenino)… Sabía ya que algo así como el espíritu vivo y progresivo de Latniavira se había realmente encarnado ahora en Saddinavi, tal como lo dual se puede fundir en lo uno. Porque si lo femenino se había concentrado en la dimensión sensual, voluptuosa, física y erótica de la persona de Latniavira, en cambio en Saddinavi, también siendo hermosa en sus delicadas y femeninas formas físicas, había asentado su centro de poder y presencia en la femineidad de su alma, de su mente y de su espíritu, las que acababan devolviendo un encanto y una belleza físicas, únicas y aún más irresistibles que las de la diosa Latniavira…

Después de su largo periplo, dentro y fuera de Lamayuru, Akarghi había logrado un vínculo con la realidad no ya natural, como le acontece –o cree que le acontece-- a todo humano, sino sobrenatural… Y es que si la realidad por sí misma es enteramente sobrenatural, es, por otro lado, la persona individual quien acaba resaltando y canalizando esa dimensión, o la acaba degradando y reduciendo desde su propia personalidad a un universo azaroso o regulado, bello, y simplemente natural. Entonces Akarghi, si le acontecía conocer a una mujer como Saddinavi, o encontrarse con el rishi Dur-pah, o con la garza blanca del lienzo, le acontecía juntamente porque él mismo los había atraído, tanto como porque habían sido puestos en su camino… 

¿Por quién?... ¡Hay Alguien detrás de todo esto que me acontece y ha venido aconteciendo conmigo! Una mano poderosa que me da forma y da forma al escenario de mi existencia. Una voluntad poderosa y sabia que me guía juntamente con todos los que experimento reales en alguna dirección y sentido que apenas alcanzo a intuir, y que busco y busco a través del Camino de la Verdad. Y así como la garza atrapa y vuela con el dragón firmemente atenazado entre sus patas hacia lo alto de la Eterna Montaña Nevada, y así como yo atrapé el gobio desde el río de la Vida, pudiendo quitarle la vida, se la devolví al río, así también comienzo a atrapar a quien me tiene atrapado, dejándose al mismo tiempo atrapar por mí…

Y aun así, con toda la conciencia de lo avanzado hasta aquí, Akarghi se inclinó conmovido hasta tocar el suelo con su frente, conociendo en un destello de conciencia momentánea su insignificante condición, capacidad y miseria interior para hacerse desde sí mismo el señor tan siquiera de su propia realidad, cuánto más de la realidad misma, dentro de la cual trataba de respirar con su diminuta conciencia, como un pez trata de respirar fuera del agua.

martes, 11 de julio de 2017

Afuera






Afuera de este diminuto espacio iluminado y tibio
veo sólo oscuridad por las ventanas,
tenebrosas ventanas que me protegen del precipicio de un mundo abisal,
o de montañas de rocas fantasmagóricas y negras
que van escalando dificultosamente
hasta lo más alto y ancho por encima de todo:
la muerte.

Y más allá de la oscuridad y la muerte
un sol poderoso, invisible, inalcanzable,
se burla al igual que la muerte
de la tenebrosa ceguera humana
que dormita detrás de unas minúsculas ventanas.