José Francisco Antonio alzó la mirada sobre el océano
tremolante de banderas azules rojas y blancas. La primavera de la vida era
hermosa. Su vista se alejó por encima de la efervescencia humana, descansó sobre
un horizonte dulcemente lejano anaranjado pálido. Hasta los gritos filudos ensordecedores,
los vítores multitudinarios se le ablandaron hasta diluirse a sus pies en
ronroneos de felino feliz. ¡Misión cumplida!... Levantó su mano derecha,
la misma con la que había jurado solemnemente hace unos momentos, la agitó de
uno a otro lado por sobre su cabeza con la gracia y la emoción de un amante que
se despide por la mañana de su esposa. Se dio media vuelta, entró al gabinete. ¡Misión
cumplida!... Un gesto agrio casi maligno deformó su cara. Ya no necesitaba
sonreír todo el tiempo, sólo lo justo y necesario. Había logrado sorprender
persuadir a todo un pueblo feliz, delirante, engañado. Ahora sí era el Presidente
de la República.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario