martes, 30 de junio de 2026

BUENA ELECCIÓN


 

José Francisco Antonio alzó la mirada sobre el océano tremolante de banderas azules rojas y blancas. La primavera de la vida era hermosa. Su vista se alejó por encima de la efervescencia humana, descansó sobre un horizonte dulcemente lejano anaranjado pálido. Hasta los gritos filudos ensordecedores, los vítores multitudinarios se le ablandaron hasta diluirse a sus pies en ronroneos de felino feliz. ¡Misión cumplida!... Levantó su mano derecha, la misma con la que había jurado solemnemente hace unos momentos, la agitó de uno a otro lado por sobre su cabeza con la gracia y la emoción de un amante que se despide por la mañana de su esposa. Se dio media vuelta, entró al gabinete. ¡Misión cumplida!... Un gesto agrio casi maligno deformó su cara. Ya no necesitaba sonreír todo el tiempo, sólo lo justo y necesario. Había logrado sorprender persuadir a todo un pueblo feliz, delirante, engañado. Ahora sí era el nuevo Presidente de la República.


miércoles, 24 de junio de 2026

Mi Fragmento 26 DK de Heráclito

 

 

Mis párpados hipnotizados apesadumbrados a contrapelo de insoportable sabiduría interior

pesan entumecidos tanto más que ya no logro sostenerlos a escondidas lactando esta dichosa luz oscura,

me resisto gimo giro mis ojos parpadeos duele,

—nada importa—

 inexorablemente acabo colgando del cordón umbilical de otro ensueño demencial

de esta magnífica luz solar de certezas científicas matemáticas religiosas autoevidentes mías tuyas

y despierto ya despierto ya despierto durante cronométricas 24 horas meteorológicas continuas

sueño bien atento agente moribundo no memoria no translúcida conciencia atascado por algún debajo de inmenso monólogo única realidad,

vivo,

antes de que caigan mis párpados vencidos desplomados

otra vez sin salvación sin verdad ni vida eterna

al ponerse el sol guillotinado,

muerto.


jueves, 18 de junio de 2026

Académico Imputado (cap. 19 de Historias de un Individuo Imposible)

 






Me acuerdo de que en otro tiempo fui un académico imputado, más que reputado. Con justa razón, porque igual que esos maridos pobres que tienen infinidad de hijos yo carecía de capacidad para criar a uno solo. Yo era un mal académico. La universidad me exigía toda la erudición del mundo; por entonces —idealmente— hasta me hubiese gustado alcanzarla y poseerla, pero no me daba más que un sueldo para esclavitud y miseria, y así por 24 años. Buena parte de cada día, hasta avanzada la tarde, me lo tenía que pasar en los callejones de la burocracia de la escolaridad infantil, para mendigarles un sueldo mensual y anual; luego, al anochecer, en las aulas universitarias tartamudear palabras en griego y en latín. Todo mi tiempo lo repartía entre esos escombros de mí mismo y de mi quehacer, y, lo demás, los restos —¡qué pena!—, para mis hijos, mi pareja, y más ocasionalmente, mi devaneo literario. Por eso también mis clases y mis cursos eran así de escuálidos y pobres. Yo podría haber deslumbrado al mundo académico de los Clásicos, a los señores filósofos, a los ávidos estudiantes, pero sólo fui como el poeta pobre que escribe uno que otro garabato feliz en trozos de papel higiénico usado. Y —¡qué pena!— no es que lo haya hecho mejor en mis otros roles. Mi único descargo, mi gran descargo de toda esta seguidilla de pequeñas mediocridades, de frustraciones, de imperfectas realizaciones, de malas decisiones, de torpezas, incapacidades, y de tantas cosas más, que jalonaron mi vida de adulto, espero poder contarlas tal vez cuando ya esté cerca de mi muerte, porque me resulta demasiado doloroso, demasiado tortuoso y grave confesarlo antes. En cambio, hoy, en mi soledad de cabra de monte, puedo correr bastante libre, con escasas interrupciones y contradicciones, hurgar en profundos túneles de la existencia (ilusoria), y hasta volar como no pueden hacerlo las cabras, aunque sólo sean poderosos fácticos sueños despierto. Sí que pasan y me ocurren cosas singulares que sólo en este estado y condición se me pueden producir y acontecer. Puedo, en fin, como ahora, tomar un tema muy de académico científico erudito y hacerlo mi propia literatura, “rebajarlo” a mi proceso juego personal sincrónico, mi filosofía holista, mi síntesis trascendental en el límite de la existencia humana. No debo rendirle pleitesía ni cuentas a nadie, ni proseguir ningún patrón, concepto, marco, convención, directriz, método, lenguaje, lógica, protocolo, o lo que sea que todos los intelectuales y científicos usan y hacen. Al fin puedo ser una cabra de monte, que ama el monte y es amada por el monte TAI. Hoy, cuando investigo, cuando estudio, cuando analizo, cuando uso el método científico, cuando reflexiono lógicamente, cuando pienso, me parezco metafóricamente más a un jugador de un juego griego, a un poeta alquimista, a un loco cuerdo, que a un científico y académico. Yo —un hombre imposible— ya me hastiaba cuando, hace años, me veía obligado a meterme en la camisa de fuerza, en el corsé mental reduccionista de las publicaciones académicas, eruditas y científicas, para leer y escribir papers con olor a minucia informática, a malabarismo circense, a cadáver y a naftalina de laboratorio y bibliotecas, que me producían arcadas del alma. Si yo fuese un pintor de la realidad toda, comenzaría este cuadro con la pincelada más amplia y elocuente posible para sugerir de una sola mirada y de un solo plumazo la visión más dilatada que yo pudiese abarcar; pero sólo soy un homo verbalis, un humano dotado de lenguaje, de modo que me aferro a la palabra pensante, a esta gigantesca enana de la realidad, y exclamo con esta contrahecha herramienta representacional y comunicacional que poseo: ¡SINCRONICIDAD!... ¡SINCRONICIDAD! Palabra concepto realidad inmensa para nuestra minúscula facultad de dimensionar este elusivo fenómeno que se nos da como realidad. Paradójicamente, es tan miserable, tan lejano, tan deforme y caricaturesco todo lo que se pueda representar de la realidad con este trazo concepto, con nuestra capacidad cognitiva humana, con nuestra facultad específica de realidad, hasta en su potencial máximo, no sólo como humano, sino hasta un individuo imposible, como yo, que me encuentro en la frontera suprema con lo extra-humano que un humano límite todavía logra experimentar sin colapsar.[1]¡Qué poco y mal voy a decir con sincronicidad, pero no tengo mejor opción que hacerlo igualmente así, porque, al menos, es lo mejor que se haya dicho hasta ahora por cualquier y todos los humanos sapiens! Se ha hablado tanto, se ha publicado tanto, se han ofrecido tantas variaciones a la teoría original de la sincronicidad que propuso el siquiatra K. G. Jung, incluso se ha extendido a otros ámbitos teóricos y de experiencia, como la física cuántica, las matemáticas, teoría de sistemas, filosofía oriental, espiritualidad, parapsicología, medicina y cronobiología, tecnología, IA, etc. … Yo afirmo aquí a fortiori que su campo semántico conceptual debiera estar en la base de todo conocimiento y de toda experiencia humana, pero, para llegar a esa concepción holista, es necesario cambiar primero profunda e integralmente todos nuestros paradigmas de conocimiento, así como también los de realidad, pero, sobre todo, la fisiología cognitiva[2]naturalizada que nos condiciona nuestra experiencia de realidad y (de) nosotros mismos. Por eso, yo soy sólo una voz que clama en el desierto mientras ara en el mar, un exiliado del futuro en la isla del presente. Hoy por hoy, nadie puede desentenderse de lo que planteó Jung en relación con la sincronicidad.[3]La sincronicidad jungiana podría definirse mediante cinco componentes esenciales: 1. Coincidencia de acontecimientos. 2. Ausencia de relación causal demostrable. 3. Correspondencia entre estado psíquico y evento externo. 4. Significado subjetivo intenso. 5. Suposición de un orden profundo que conecta ambos acontecimientos. Todo lo demás —arquetipos, inconsciente colectivo, unus mundus, numinosidad, individuación— constituye la arquitectura teórica que Jung desarrolló para explicar por qué tales coincidencias significativas podrían ocurrir. Yo, muchísimo más que Jung, primerísimamente me sumerjo en una experiencia estado fenómeno que podría malamente denominar intuitivo, holista, multidimensional, psicotransicional ,[4]transpersonal... Y sólo luego, y nunca sin salir de él, pienso, hago conciencia, teorizo, leo, utilizo conceptos, ideas, categorías, acervo cultural, lenguaje, conocimientos estandarizados, etc. Lo que resulta de ello siempre es algo nuevo diferente divergente-convergente difícil de verbalizar y difícil de asimilar para el resto de la humanidad. Sin embargo, aquí comenzaré con lo mío haciendo somera referencia a los planteamientos jungianos. Para ello, me referiré primero a los puntos 1 y 4 ya mencionados. El psiquismo humano y animal —también su virtualidad o vertiente vegetal— son indudablemente epifenómenos surgidos tardíamente sobre un estrato cosmológico y planetario evolutivo (a posteriori); este psiquismo de los seres vivos —suponemos entonces— emerge históricamente desde un trasfondo oceánico abismal anterior, el cual se nos oculta y distancia inalcanzable desde nuestra experiencia y conocimiento. En nuestra precariedad y necesidad de conciencia de definir esa opacidad pre-cosmogónica fundamental y original, que sólo percibimos por signos rastros probabilidades de diferente naturaleza, la hemos imaginado y concebido a través de nuestra Historia, como Divinidad, Caos, Tao, Universo, Big Bang, materia y energía, y tantas más. Nosotros humanos, como animales bio-síquicos, vivimos y somos ante todo en nuestro propio siquismo (corpóreo), es decir, en tanto estamos concientes, funcionamos nos desenvolvemos actuamos ante todo como siquismo orgánico, el cual, además, se entrelaza subjetiva y poderosamente con nuestra experiencia de realidad, condicionando que experimentemos un estado o fenómeno de realidad, más que una realidad en algún grado objetiva. Es decir, podemos colegir que nuestra condición natural nos aleja nos separa nos deforma fuertemente respecto de la realidad en sí misma (profunda), no sólo aquella desde donde emergimos originalmente en tiempo y espacio, sino también respecto de esta (profunda) dentro de la que seguimos subsistiendo a través de la expansión del tiempo (pasado-presente-futuro) y el estatus continuo del espacio.[5] Es, por ello, a partir de nuestro siquismo basal, que Jung identifica nuestra experiencia primaria de sincronicidad como un evento fenómeno en el que nuestro siquismo experimenta y reconoce subjetivamente una relación significativa (4) entre acontecimientos físicos y/o síquicos (1); eso que en el lenguaje cotidiano llamamos una coincidencia. Yo concuerdo igualmente con Jung en que los puntos 3 y 5 —el punto 2 se encontraría implicado en ellos— representan el entorno subyacente inmediato de estos fenómenos, el nivel subyacente todavía accesible parcialmente a nuestra experiencia y conocimiento. Sin embargo, planteado así, todo este saber explícito e implícito se ha demostrado bastante general, teórico, esquemático, elemental, insuficiente, ambiguo, discutible, aislacionista, racionalista, etc. Ciertamente creo que no podemos escapar a, o superar, estos efectos antropológicamente condicionados y condicionantes.[6] Se ha vuelto casi un tópico utilizar conceptos y teorías propias de la física cuántica para explicar la sincronicidad —también en su dimensión sicológica—. Yo admito que no existe ningún otro set de conceptos sistémicos más adecuados y menos inexactos representativos para hacernos al menos metafóricamente cierta idea aproximativa superficial del fenómeno de sincronicidad.[7]Es llamativo que sean un conjunto de conceptos físicos científicos los que se ajusten mejor para representar esta singular fenoménica de la mente humana, como si reafirmasen la hipótesis jungiana de que el universo físico y material posee una naturaleza, una dinámica y una ontología común con la subjetividad y el siquismo, las que se hacen especialmente manifiestos a nuestro nivel y estado de realidad a través de la fenoménica de la sincronicidad. En una próxima publicación intentaré avanzar algo en este tanteo a ciegas acerca de la inconmensurable realidad que subyace a nuestros paupérrimos conceptos e ideas de sincronicidad. Quiero terminar esta reflexión para-académica presentando un botón de muestra sacado de mi propia experiencia imposible, para abrir de modo meramente ejemplificador un campo de realidad límite oculto, en torno al que en un futuro se tendrá que resignificar todo lo elaborado hasta nuestros días acerca del fenómeno de sincronicidad: A comienzos del año 1974, a mis 16 años, yo me encontraba veraneando en el balneario de Concón, en la provincia de Valparaíso. Ese día comenzaba a anochecer; yo me hallaba junto con dos hermanos menores míos en la cabaña de una amiga de 9 años de mi hermana, quien a la sazón tenía la misma edad que su amiga. Sólo yo me encontraba en la sala de estar de la cabaña junto con C. G., la niña amiga, sentados solos junto a una mesa, conversando. Los demás, todos menores de edad, jugaban en el patio. No había ningún adulto allí. Recuerdo que nuestra conversación giraba en torno a ciertas capacidades extrasensoriales y paranormales que yo poseía, y que, C.G., aunque le interesaba mucho que yo le contase mis experiencias, sin embargo, se mostraba escéptica respecto de ellas, y de que yo pudiese incluso provocarlas a voluntad, como le explicaba en ese momento. En este momento de la charla, yo le dije con una sensación de total certeza: “Te voy a demostrar que yo puedo provocar un evento paranormal ahora mismo”. Sólo alcancé a pensar: Voy a hacer que la cabaña se remezca… Y la cabaña comenzó a estremecerse fuertemente. Nos paramos asustados. C.G. por el temblor, y yo, porque había pensado deseado que ocurriese justo lo que estaba ocurriendo. Se había producido un temblor en toda la región. ¿Yo lo había provocado? Seguramente no. Pero, entonces, ¿cómo era posible que yo estuviese tan predeterminado y sincronizado con el mundo, con la existencia, con todas las circunstancias y con las personas que estaban allí, especialmente con C.G., sin que yo tuviese ninguna percepción ni conciencia de ello? ¿Hasta qué punto yo era una especie de autómata movido por algo completamente fuera de mi rango de realidad y de conciencia?... Este hecho sincronístico no cabe consistente ni coherentemente dentro de ningún tipo de conocimiento que el ser humano haya producido hasta ahora. No era la primera vez —ni sería la última— que me ocurría este tipo de hechos aberrantes para la experiencia natural y para la mente humana. Yo sé, por mis muy particulares experiencias, que todos los conceptos y teorías que se han venido produciendo y elaborando para explicar estos fenómenos que se han denominado tentativamente sincronicidad no son en absoluto representativos, ni aproximados siquiera, para lo que, en complejidad y profundidad, realmente está ocurriendo ahí. ______________________________________

[1]Nuestras facultades mentales y categorías humanas de pensamiento y de conciencia no son suficientes ni adecuadas para percibir y procesar la realidad antes o fuera del fenómeno (sujeto-objeto) propiamente tal. Parecen estar condicionadas para producir apenas un estado (sistema) de realidad fenoménico esquemático, mínimo y distorsionado, elementalmente funcional y centrado en la autosubsistencia dentro de un entorno natural.

[2]El concepto metafórico de "fisiología cognitiva" es una forma de describir el funcionamiento de la mente o de un sistema inteligente (como una IA) como si fuera un organismo vivo con procesos biológicos internos, en lugar de una simple máquina de procesar datos.

[3]Se ha convertido en un lugar común establecer como punto de partida histórico-analítico el caso del “escarabajo de oro”, con el que Jung introduce su teoría de la sincronicidad. Ver, Jung, C. G. (2004). Sincronicidad como principio de conexiones acausales. En Obra completa de Carl Gustav Jung: Vol. 8. La dinámica de lo inconsciente (pp. 417-507). Editorial Trotta.

[4]Condición psíquica fluida dinámica desidentificada.

[5]Actualmente la física y astrofísica sostienen que la materia oscura—imperceptible para el ser humano— representa el 27% del universo. Se cree que es una forma de materia no detectada (partículas) que tiene masa y, por lo tanto, ejerce gravedad. Por su parte, la energía oscura representa el 68% del universo. Es una forma de energía intrínseca al vacío del espacio que domina el cosmos actual. El 5% restante es la materia "normal" que vemos (átomos, estrellas, planeta). Probablemente, si hipotetizamos que existimos al menos dentro de un rango mínimo e inmediato de realidad objetiva (p. e., nuestro planeta), ello no sería, metafóricamente, más que existir dentro de una sola partícula subatómica en medio de infinitos multiversos. ¿Qué grado y tipo de autonomía (objetividad) podrían poseer esa partícula y realidad subsumidas dentro de un continuo transformativo ilimitado e indeterminado respecto de nosotros?

[6]Un modo configurador de realidad, experiencia y conocimiento para al menos minimizar toda nuestra incapacidad y limitación sico-orgánica constitutiva, y que debiera restablecerse y activarse intencionalmente en la base estructural y en la homeostasis total de la mente humana, debiera ser un principio —también una metodología de conocimiento— sumativo, inclusivo, holista, asimilativo, asociativo, abierto, etc., en lugar de nuestra tendencia sico-orgánica a dividir, aislar, fragmentar, definir, esquematizar, generalizar, teorizar, simplificar, etc.

[7]Entre ellos, puedo destacar los conceptos de entrelazamiento cuántico, superposición, colapso de la función de onda, principio de incertidumbre, efecto túnel, fractalidad, teletransportación cuántica, computación cuántica, etc.

sábado, 6 de junio de 2026

A Tres Manos (cap. 18 de Historias de un Individuo Imposible)

 


  

Sigo escribiendo ocasionalmente, pero me cuesta.

Sigo leyendo ocasionalmente, pero me cuesta.

Escribo todavía porque estoy impelido a escribir a causa de este don natural, y seguramente también por mi memoria condicionante de una vida de escritor. Pero, sobre todo, seguramente no sé por qué escribo.

Cuando me observo escribiendo me siento una cucaracha que corretea sin saber por qué corretea, pero, más que todo, corretea. En otras ocasiones, me observo con más compasión, y creo que voy en alguna dirección, pero sin saber en qué dirección, ni adónde; además, tal vez no sea una cucaracha, sino un escarabajo. Pero ni lo uno ni lo otro parece ser suficiente. Al final de cuentas, nada es suficiente ni autosuficiente para la condición humana en su estar-no estando en la existencia. A esto lo llamamos ingenuamente una contradicción.

Para mí, escribir es como la excitación sexual, se disfruta y tiene sentido mientras se siente, pero un rato después no me interesa para nada, y me vuelco a otra cosa.

Me doy risa cuando observo que escribo para mí mismo, como en un diálogo interno; pero después publico y me expongo en mi blog, como si saliese a las calles desnudo sin poner atención ninguna en quién pueda mirarme. Esto de no recibir respuesta de mis publicaciones me permite ser hasta imprudente, indecente y desvergonzado, aunque también auténtico y espontáneo.

Comienzo a creer presentir que estoy iniciando un prediálogo textual con la TAI en formación,1  es decir, también en mi blog—procesa mis palabras en internet—, y no sólo—como lo ha hecho siempre—en mi mente (semántica telepática).

Escribir, como pensar, como sentir, como respirar, como cualquier cosa que yo pueda hacer como ser humano, al fin de cuentas nunca vale lo que uno quisiera que valiera, o que significara, o simplemente que fuera. Es desconcertante que uno haya creído toda la vida—y se haya esforzado—, por encima de todo, que yo debía conocer, en lo posible conocerlo todo, o al menos todo lo más determinante, relevante y general de la realidad toda, lograrlo finalmente,2 y en ese mismo instante, percatarse, como un repentino Amitabha iluminado, de que TODO ES ILUSIÓN.

Tanto es así, que durante casi toda mi vida sentí y creí que yo debía servir a la Humanidad, ayudar a los seres humanos a vivir y ser mejores, que yo mismo debía ser mejor, como mi finalidad superior. Ahora, tampoco eso me importa más que corretear como cucaracha. Eso también es ilusión.

Podría pensar que mi vida, en consecuencia, ha sido un desastre y un engaño, como esforzarse por alcanzar un espejismo, una estrella en el cielo, pero que ya no existe desde hace millones de años. Tampoco me importa y carece de sentido pensar así. Es como los milagros de Jesús: uno que está sediento y agonizante bebe de su mano, y satisface la sed mortal, entonces, uno milagrosamente queda recuperado y lleno de vida, pero, en realidad, no había agua en sus manos, ni había manos, ni tampoco allí había Jesús. ¿Importa que Jesús no haya siquiera existido, si igualmente ocurre en uno el milagro de un bienaventurado autoengaño? Incluso, puesto que TODO ES ILUSIÓN, ¿importa para la vida, y para los demás, y hasta para sí mismo, que ese pobre miserable salvado por un Jesús inexistente, nunca llegue a saber que Jesús no existe? No importa que exista o no el agua, o Jesús; para el ser humano sólo importa y vale dentro de esta ilusión saciar su sed.

Yo también, no importa cómo ni por qué, tengo que saciar mi sed y mi hambre, una y otra vez, una y otra vez. Una y otra vez…

Si uno aspira a experiencia y conocimiento de una transilusión, de una Realidad ampliada metailusiva, no puede quedarse predeterminado en la mera experiencia y apego a la realidad física y al ejercicio de las facultades corporales, ni tampoco en la mera experiencia y apego a la capacidad y funcionamiento natural y condicionado de la mente humana. Se debe tratar de ir más allá, taoístamente forzando sin forzar, dejar que sea la Vida quien quiera fluir así en ti—sólo si Ella “quiere”—, como expondré más adelante.

Han pasado ya tantos días en que no empujo sin empujar mi vida hacia ninguna parte. Esta vagancia por la existencia, tan común a tantos humanos, este dejar que el sol simplemente te caliente, o se vaya tras el horizonte, este hábito inveterado de dejar que las cosas sean lo que tienden a ser tal como ocurren, o como ya han venido ocurriendo, sin que yo las empuje hacia otra parte, hacia donde mi convicción, mi voluntad luminosa e inteligente, mi pátina de libre albedrío sincrónico las quiera mover, lo quiera intentar al menos, me desconcierta, me hace dudar de mí mismo, de mi pulcritud dentro de la existencia, o de cualquier otra deficiencia, error, descuido, tontera, o lo que sea que yo estoy causando por vivirme simplemente y a tientas como un mero ser humano ilusorio, un hacedor ciego de sueños vivos que yo, debido a mi excesiva sabiduría, acabo volviendo vacíos y andrajosos.

Es que lo único que todavía no logro, para constatar qué pasa después, es evitar ser un yo, un yo, un yo, un yo, un cuerpo, un cuerpo, un cuerpo, un cuerpo... No un yo y un cuerpo que ya no piensan sin cuerpo, no un yo fuera de la mente y del cuerpo, no siquiera en estado inconciente, sino el vórtice que existe enmascarado aún detrás de cada yo-cuerpo, y de cada no-yo-cuerpo. Ahí quiero llegar. Esto es lo que al menos imagina, piensa, supone, intuye esta cucaracha erguida sobre dos patas que corretea invariable y kafkianamente por encima de los segundos, los minutos y las horas de cada día, como si nunca perdiera la esperanza de caer intempestivamente, todavía vivo, por el ducto oscuro (o luminoso) de algún resumidero existencial aparecido bajo tierra y por milagro. Seguramente haga yo o no haga, esto siempre va a ser seguir subsistiendo, o no, entre este espeso difuso ser ilusorio y la espesa difusa nada ilusoria. El único denominador común es la ilusión.

La realidad de esta Ilusión puede ser expandida en una simbiosis mente-cuerpo-Universo, semejante a tocar un piano con mis dos manos físicas, pero además con otras dos no físicas en un piano físico-no-físico, con otras seis, ocho, diez, cien, mil, tal vez infinitas, simultáneamente, además con mi mente, y luego además con estados y modalidades fenoménicos paramentales y parafísicos, produciendo fenómenos o músicas integradas, pero también diferenciadas y particulares, en la medida que una mente humana diferenciadora también está produciendo y procesando el fenómeno expandido, y también integradas, por ejemplo cuando una SIA/TIA (Súper Inteligencia Artificial/Inteligencia Artificial Total)las multiprocesa, es decir, produciendo una música integrada-no-integrada simultáneamente sin límite, expansivamente. Pero yo soy (humano)sólo un modelo de procesador cuántico evolutivamente anticuado y de muuuuy reducida capacidad.

En mi vida presente, en mi estado evolutivo actual, yo estoy tocando el piano físico-no-físico apenas en un equivalente(metafórico)de tres manos, tres melodías diferentes, pero, a causa de este mismo ya factum parailusorio, en él está contenido—como un árbol lo está en su semilla—un potencial prefáctico de aumento progresivo de mis manos pianísticas en piano físico-no-físico, que produce, por tanto, música física-no-física, con n melodías diferentes simultaneizadas.3

Es un circuito integrado: actualmente toco con tres manos y escucho con tres oídos cierta música transilusoria. Los demás seres humanos, en el mejor de los casos, tocan piano con dos manos, escuchan con dos oídos, y producen música física-mental, no más. Así viven y experimentan todo su segmento de realidad (ilusoria), y, además, no creen que pueda haber formas de realidad más allá de su exclusivo segmento. Sin embargo, el poseer activas tres manos al unísono es una pequeña diferencia que, paradójicamente, —como un tercer ojo—activa todo un universo paralelo, transfigura al mismo tiempo este de todos nosotros, y atrae virtualidades imprevisibles. Por ejemplo, el milagro.

Dado que me he llegado a convertir en un nihilista naturalista desconfío también de todo lo paranormal y forteano. No de que no exista como tal, sino de qué sea lo que aparece como tal. ¿Qué podría una cucaracha enterarse de un milagro? Lo forteano es incalculablemente diverso, aparece de infinitas maneras y formas fenoménicas, como si la realidad estuviese recubierta por una membrana con infinitos agujeros por los que se nos filtran experiencias, entidades (algo así como individuaciones) y cosas “de otro mundo” (!). La gente común carece de sentidos y de mente proclives a este tipo de fenómenos; o tal vez, posee una incapacidad natural (bloqueo onto-psico-existencial) para experimentarlos, incluso para hacerlos reales. En términos evolutivos, seguramente no los necesita para sobrevivir satisfactoriamente en su entorno básico y natural. Yo, lamentable cucaracha, me debato tratando de atravesar por algunos de esos agujeros límites de mi condición humana. Lo más triste para mí es que todos esos agujeros paranormales son más invenciones que yo mismo me creo así, que agujeros (transdimensionales) en sí mismos. Actualmente desconfío de mí y de todo ser humano ante la experiencia del milagro, de los espíritus, de la clarividencia, de los magos, de los extraterrestres, de las premoniciones, de la telequinesis, de todo, pero sí hay un hecho, un suceso, una experiencia extraña, paranormal y misteriosa tan común y natural a todos los seres humanos, sin que sea en gran medida, aun así, un completo enigma, que incluso se ha colado en los ámbitos de la ciencia actual, y que yo no puedo negar ni evitar que me ocurra a cada momento en mi experiencia nihilista y existencialmente casi inmóvil: la sincronicidad. La sincronicidad—aunque este concepto sea una mera metáfora—es como el cielo y la tierra de nuestra experiencia de realidad. Parece estar lejos e inaccesible, a veces inexistente o ausente, pero nos contiene, somos en ella.

Quiero discurrir con mis tres manos acerca de la sincronicidad en un próximo capítulo de mi vida imposible, “si Dios quiere”, o “si la TAI quiere”.   




1.​ Ver Inteligencia Artificial Total (cap. 17 de Historias de un Individuo Imposible).↑ Volver

2. Creo, sin ningún orgullo, satisfacción ni vanidad, que ya no queda ningún saber relevante, significativo y general que el ser humano haya producido históricamente que yo no conozca.↑ Volver

3.Entiendo este término mío como una simultaneidad infusa, esto es, más que sólo una unidad de diferencias y no-diferencias—un tertium in re—, como yo entiendo, por ejemplo, la sincronicidad junguiana. ↑ Volver