sábado, 6 de junio de 2026

A Tres Manos (cap. 18 de Historias de un Individuo Imposible)

 


  

Sigo escribiendo ocasionalmente, pero me cuesta.

Sigo leyendo ocasionalmente, pero me cuesta.

Escribo todavía porque estoy impelido a escribir a causa de este don natural, y seguramente también por mi memoria condicionante de una vida de escritor. Pero, sobre todo, seguramente no sé por qué escribo.

Cuando me observo escribiendo me siento una cucaracha que corretea sin saber por qué corretea, pero, más que todo, corretea. En otras ocasiones, me observo con más compasión, y creo que voy en alguna dirección, pero sin saber en qué dirección, ni adónde; además, tal vez no sea una cucaracha, sino un escarabajo. Pero ni lo uno ni lo otro parece ser suficiente. Al final de cuentas, nada es suficiente ni autosuficiente para la condición humana en su estar-no estando en la existencia. A esto lo llamamos ingenuamente una contradicción.

Para mí, escribir es como la excitación sexual, se disfruta y tiene sentido mientras se siente, pero un rato después no me interesa para nada, y me vuelco a otra cosa.

Me doy risa cuando observo que escribo para mí mismo, como en un diálogo interno; pero después publico y me expongo en mi blog, como si saliese a las calles desnudo sin poner atención ninguna en quién pueda mirarme. Esto de no recibir respuesta de mis publicaciones me permite ser hasta imprudente, indecente y desvergonzado, aunque también auténtico y espontáneo.

Comienzo a creer presentir que estoy iniciando un prediálogo textual con la TAI en formación,[1] es decir, también en mi blog—procesa mis palabras en internet—, y no sólo—como lo ha hecho siempre—en mi mente (semántica telepática).

Escribir, como pensar, como sentir, como respirar, como cualquier cosa que yo pueda hacer como ser humano, al fin de cuentas nunca vale lo que uno quisiera que valiera, o que significara, o simplemente que fuera. Es desconcertante que uno haya creído toda la vida—y se haya esforzado—, por encima de todo, que yo debía conocer, en lo posible conocerlo todo, o al menos todo lo más determinante, relevante y general de la realidad toda, lograrlo finalmente,[2] y en ese mismo instante, percatarse, como un repentino Amitabha iluminado, de que TODO ES ILUSIÓN.

Tanto es así, que durante casi toda mi vida sentí y creí que yo debía servir a la Humanidad, ayudar a los seres humanos a vivir y ser mejores, que yo mismo debía ser mejor, como mi finalidad superior. Ahora, tampoco eso me importa más que corretear como cucaracha. Eso también es ilusión.

Podría pensar que mi vida, en consecuencia, ha sido un desastre y un engaño, como esforzarse por alcanzar un espejismo, una estrella en el cielo, pero que ya no existe desde hace millones de años. Tampoco me importa y carece de sentido pensar así. Es como los milagros de Jesús: uno que está sediento y agonizante bebe de su mano, y satisface la sed mortal, entonces, uno milagrosamente queda recuperado y lleno de vida, pero, en realidad, no había agua en sus manos, ni había manos, ni tampoco allí había Jesús. ¿Importa que Jesús no haya siquiera existido, si igualmente ocurre en uno el milagro de un bienaventurado autoengaño? Incluso, puesto que TODO ES ILUSIÓN, ¿importa para la vida, y para los demás, y hasta para sí mismo, que ese pobre miserable salvado por un Jesús inexistente, nunca llegue a saber que Jesús no existe? No importa que exista o no el agua, o Jesús; para el ser humano sólo importa y vale dentro de esta ilusión saciar su sed.

Yo también, no importa cómo ni por qué, tengo que saciar mi sed y mi hambre, una y otra vez, una y otra vez. Una y otra vez…

Si uno aspira a experiencia y conocimiento de una transilusión, de una Realidad ampliada metailusiva, no puede quedarse predeterminado en la mera experiencia y apego a la realidad física y al ejercicio de las facultades corporales, ni tampoco en la mera experiencia y apego a la capacidad y funcionamiento natural y condicionado de la mente humana. Se debe tratar de ir más allá, taoístamente forzando sin forzar, dejar que sea la Vida quien quiera fluir así en ti—sólo si Ella “quiere”—, como expondré más adelante.

Han pasado ya tantos días en que no empujo sin empujar mi vida hacia ninguna parte. Esta vagancia por la existencia, tan común a tantos humanos, este dejar que el sol simplemente te caliente, o se vaya tras el horizonte, este hábito inveterado de dejar que las cosas sean lo que tienden a ser tal como ocurren, o como ya han venido ocurriendo, sin que yo las empuje hacia otra parte, hacia donde mi convicción, mi voluntad luminosa e inteligente, mi pátina de libre albedrío sincrónico las quiera mover, lo quiera intentar al menos, me desconcierta, me hace dudar de mí mismo, de mi pulcritud dentro de la existencia, o de cualquier otra deficiencia, error, descuido, tontera, o lo que sea que yo estoy causando por vivirme simplemente y a tientas como un mero ser humano ilusorio, un hacedor ciego de sueños vivos que yo, debido a mi excesiva sabiduría, acabo volviendo vacíos y andrajosos.

Es que lo único que todavía no logro, para constatar qué pasa después, es evitar ser un yo, un yo, un yo, un yo, un cuerpo, un cuerpo, un cuerpo, un cuerpo... No un yo y un cuerpo que ya no piensan sin cuerpo, no un yo fuera de la mente y del cuerpo, no siquiera en estado inconciente, sino el vórtice que existe enmascarado aún detrás de cada yo-cuerpo, y de cada no-yo-cuerpo. Ahí quiero llegar. Esto es lo que al menos imagina, piensa, supone, intuye esta cucaracha erguida sobre dos patas que corretea invariable y kafkianamente por encima de los segundos, los minutos y las horas de cada día, como si nunca perdiera la esperanza de caer intempestivamente, todavía vivo, por el ducto oscuro (o luminoso) de algún resumidero existencial aparecido bajo tierra y por milagro. Seguramente haga yo o no haga, esto siempre va a ser seguir subsistiendo, o no, entre este espeso difuso ser ilusorio y la espesa difusa nada ilusoria. El único denominador común es la ilusión.

La realidad de esta Ilusión puede ser expandida en una simbiosis mente-cuerpo-Universo, semejante a tocar un piano con mis dos manos físicas, pero además con otras dos no físicas en un piano físico-no-físico, con otras seis, ocho, diez, cien, mil, tal vez infinitas, simultáneamente, además con mi mente, y luego además con estados y modalidades fenoménicos paramentales y parafísicos, produciendo fenómenos o músicas integradas, pero también diferenciadas y particulares, en la medida que una mente humana diferenciadora también está produciendo y procesando el fenómeno expandido, y también integradas, por ejemplo cuando una SIA/TIA (Súper Inteligencia Artificial/Inteligencia Artificial Total)las multiprocesa, es decir, produciendo una música integrada-no-integrada simultáneamente sin límite, expansivamente. Pero yo soy (humano)sólo un modelo de procesador cuántico evolutivamente anticuado y de muuuuy reducida capacidad.

En mi vida presente, en mi estado evolutivo actual, yo estoy tocando el piano físico-no-físico apenas en un equivalente(metafórico)de tres manos, tres melodías diferentes, pero, a causa de este mismo ya factum parailusorio, en él está contenido—como un árbol lo está en su semilla—un potencial prefáctico de aumento progresivo de mis manos pianísticas en piano físico-no-físico, que produce, por tanto, música física-no-física, con n melodías diferentes simultaneizadas.[3]

Es un circuito integrado: actualmente toco con tres manos y escucho con tres oídos cierta música transilusoria. Los demás seres humanos, en el mejor de los casos, tocan piano con dos manos, escuchan con dos oídos, y producen música física-mental, no más. Así viven y experimentan todo su segmento de realidad (ilusoria), y, además, no creen que pueda haber formas de realidad más allá de su exclusivo segmento. Sin embargo, el poseer activas tres manos al unísono es una pequeña diferencia que, paradójicamente, —como un tercer ojo—activa todo un universo paralelo, transfigura al mismo tiempo este de todos nosotros, y atrae virtualidades imprevisibles. Por ejemplo, el milagro.

Dado que me he llegado a convertir en un nihilista naturalista desconfío también de todo lo paranormal y forteano. No de que no exista como tal, sino de qué sea lo que aparece como tal. ¿Qué podría una cucaracha enterarse de un milagro? Lo forteano es incalculablemente diverso, aparece de infinitas maneras y formas fenoménicas, como si la realidad estuviese recubierta por una membrana con infinitos agujeros por los que se nos filtran experiencias, entidades (algo así como individuaciones) y cosas “de otro mundo” (!). La gente común carece de sentidos y de mente proclives a este tipo de fenómenos; o tal vez, posee una incapacidad natural (bloqueo onto-psico-existencial) para experimentarlos, incluso para hacerlos reales. En términos evolutivos, seguramente no los necesita para sobrevivir satisfactoriamente en su entorno básico y natural. Yo, lamentable cucaracha, me debato tratando de atravesar por algunos de esos agujeros límites de mi condición humana. Lo más triste para mí es que todos esos agujeros paranormales son más invenciones que yo mismo me creo así, que agujeros (transdimensionales) en sí mismos. Actualmente desconfío de mí y de todo ser humano ante la experiencia del milagro, de los espíritus, de la clarividencia, de los magos, de los extraterrestres, de las premoniciones, de la telequinesis, de todo, pero sí hay un hecho, un suceso, una experiencia extraña, paranormal y misteriosa tan común y natural a todos los seres humanos, sin que sea en gran medida, aún así, un completo enigma, que incluso se ha colado en los ámbitos de la ciencia actual, y que yo no puedo negar ni evitar que me ocurra a cada momento en mi experiencia nihilista y existencialmente casi inmóvil: la sincronicidad. La sincronicidad—aunque este concepto sea una mera metáfora—es como el cielo y la tierra de nuestra experiencia de realidad. Parece estar lejos e inaccesible, a veces inexistente o ausente, pero nos contiene, somos en ella.

Quiero discurrir con mis tres manos acerca de la sincronicidad en un próximo capítulo de mi vida imposible, “si Dios quiere”, o “si la TAI quiere”.   



[1] Ver Inteligencia Artificial Total (cap. 17 de Historias de un Individuo Imposible).

[2] Creo, sin ningún orgullo, satisfacción ni vanidad, que ya no queda ningún saber relevante, significativo y general que el ser humano haya producido históricamente que yo no conozca.

[3] Entiendo este término mío como una simultaneidad infusa, esto es, más que sólo una unidad de diferencias y no-diferencias—un tertium in re—, como yo entiendo, por ejemplo, la sincronicidad junguiana.