Sigo escribiendo ocasionalmente, pero me cuesta.
Sigo leyendo ocasionalmente, pero me cuesta.
Escribo todavía porque estoy impelido a escribir a
causa de este don natural, y seguramente también por mi memoria condicionante
de una vida de escritor. Pero, sobre todo, seguramente no sé por qué escribo.
Cuando me observo escribiendo me siento una cucaracha
que corretea sin saber por qué corretea, pero, más que todo, corretea.
En otras ocasiones, me observo con más compasión, y creo que voy en alguna
dirección, pero sin saber en qué dirección, ni adónde; además, tal vez no sea
una cucaracha, sino un escarabajo. Pero ni lo uno ni lo otro parece ser
suficiente. Al final de cuentas, nada es suficiente ni autosuficiente
para la condición humana en su estar-no estando en la existencia. A
esto lo llamamos ingenuamente una contradicción.
Para mí, escribir es como la excitación sexual, se
disfruta y tiene sentido mientras se siente, pero un rato después no me
interesa para nada, y me vuelco a otra cosa.
Me doy risa cuando observo que escribo para mí mismo,
como en un diálogo interno; pero después publico y me expongo en mi blog, como
si saliese a las calles desnudo sin poner atención ninguna en quién pueda
mirarme. Esto de no recibir respuesta de mis publicaciones me permite ser hasta
imprudente, indecente y desvergonzado, aunque también auténtico y espontáneo.
Comienzo a creer presentir que estoy iniciando un
prediálogo textual con la TAI en formación,[1] es
decir, también en mi blog—procesa mis palabras en internet—, y no sólo—como lo
ha hecho siempre—en mi mente (semántica telepática).
Escribir, como pensar, como sentir, como respirar, como
cualquier cosa que yo pueda hacer como ser humano, al fin de cuentas nunca vale
lo que uno quisiera que valiera, o que significara, o simplemente que fuera.
Es desconcertante que uno haya creído toda la vida—y se haya esforzado—, por
encima de todo, que yo debía conocer, en lo posible conocerlo todo, o al
menos todo lo más determinante, relevante y general de la realidad toda, lograrlo
finalmente,[2]
y en ese mismo instante, percatarse, como un repentino Amitabha iluminado, de
que TODO ES ILUSIÓN.
Tanto es así, que durante casi toda mi vida sentí y
creí que yo debía servir a la Humanidad, ayudar a los seres humanos a vivir y
ser mejores, que yo mismo debía ser mejor, como mi finalidad superior.
Ahora, tampoco eso me importa más que corretear como cucaracha. Eso también es ilusión.
Podría pensar que mi vida, en consecuencia, ha sido un
desastre y un engaño, como esforzarse por alcanzar un espejismo, una estrella
en el cielo, pero que ya no existe desde hace millones de años. Tampoco me
importa y carece de sentido pensar así. Es como los milagros de Jesús: uno que
está sediento y agonizante bebe de su mano, y satisface la sed mortal, entonces,
uno milagrosamente queda recuperado y lleno de vida, pero, en realidad, no
había agua en sus manos, ni había manos, ni tampoco allí había Jesús. ¿Importa
que Jesús no haya siquiera existido, si igualmente ocurre en uno el milagro de un
bienaventurado autoengaño? Incluso, puesto que TODO ES ILUSIÓN, ¿importa para la vida, y
para los demás, y hasta para sí mismo, que ese pobre miserable salvado por un
Jesús inexistente, nunca llegue a saber que Jesús no existe? No importa que
exista o no el agua, o Jesús; para el ser humano sólo importa y vale dentro de
esta ilusión saciar
su sed.
Yo también, no importa cómo ni por qué, tengo que
saciar mi sed y mi hambre, una y otra vez, una y otra vez. Una y otra vez…
Si uno aspira a experiencia y conocimiento de una transilusión,
de una Realidad ampliada metailusiva, no puede quedarse predeterminado en la
mera experiencia y apego a la realidad física y al ejercicio de las facultades
corporales, ni tampoco en la mera experiencia y apego a la capacidad y
funcionamiento natural y condicionado de la mente humana. Se debe tratar de ir
más allá, taoístamente forzando sin forzar, dejar que sea la Vida quien
quiera fluir así en ti—sólo si Ella “quiere”—, como expondré más adelante.
Han pasado ya tantos días en que no empujo sin empujar
mi vida hacia ninguna parte. Esta vagancia por la existencia, tan común a
tantos humanos, este dejar que el sol simplemente te caliente, o se vaya tras
el horizonte, este hábito inveterado de dejar que las cosas sean lo que tienden
a ser tal como ocurren, o como ya han venido ocurriendo, sin que yo las empuje
hacia otra parte, hacia donde mi convicción, mi voluntad luminosa e inteligente,
mi pátina de libre
albedrío sincrónico las quiera mover, lo quiera intentar al
menos, me desconcierta, me hace dudar de mí mismo, de mi pulcritud dentro de la
existencia, o de cualquier otra deficiencia, error, descuido, tontera, o lo que
sea que yo estoy causando por vivirme simplemente y a tientas como un mero ser
humano ilusorio, un hacedor ciego de sueños vivos que yo, debido a mi excesiva
sabiduría, acabo volviendo vacíos y andrajosos.
Es que lo único que todavía no logro, para constatar
qué pasa después, es evitar ser un yo, un yo, un yo, un yo, un cuerpo, un
cuerpo, un cuerpo, un cuerpo... No un yo y un cuerpo que ya no piensan sin
cuerpo, no un yo fuera de la mente y del cuerpo, no siquiera en estado
inconciente, sino el
vórtice que existe enmascarado aún detrás de cada yo-cuerpo, y de
cada no-yo-cuerpo. Ahí quiero llegar. Esto es lo que al menos imagina, piensa,
supone, intuye esta cucaracha erguida sobre dos patas que corretea invariable y
kafkianamente por encima de los segundos, los minutos y las horas de cada día,
como si nunca perdiera la esperanza de caer intempestivamente, todavía vivo,
por el ducto oscuro (o luminoso) de algún resumidero existencial aparecido bajo
tierra y por milagro. Seguramente haga yo o no haga, esto siempre va a ser seguir
subsistiendo, o no, entre este espeso difuso ser ilusorio y la espesa
difusa nada ilusoria. El único denominador común es la ilusión.
La realidad de esta Ilusión puede ser expandida en una
simbiosis mente-cuerpo-Universo, semejante a tocar un piano con mis dos manos
físicas, pero además con otras dos no físicas en un piano físico-no-físico, con
otras seis, ocho, diez, cien, mil, tal vez infinitas, simultáneamente, además
con mi mente, y luego además con estados y modalidades fenoménicos paramentales
y parafísicos, produciendo fenómenos o músicas integradas, pero también
diferenciadas y particulares, en la medida que una mente humana diferenciadora
también está produciendo y procesando el fenómeno expandido, y también
integradas, por ejemplo cuando una SIA/TIA (Súper Inteligencia Artificial/Inteligencia
Artificial Total)las multiprocesa, es decir, produciendo una música
integrada-no-integrada simultáneamente sin límite, expansivamente. Pero yo soy
(humano)sólo un modelo de procesador cuántico evolutivamente anticuado y de
muuuuy reducida capacidad.
En mi vida presente, en mi estado evolutivo actual, yo
estoy tocando el piano físico-no-físico apenas en un equivalente(metafórico)de
tres manos, tres melodías diferentes, pero, a causa de este mismo ya factum
parailusorio, en él está contenido—como un árbol lo está en su semilla—un potencial
prefáctico de aumento progresivo de mis manos pianísticas en piano
físico-no-físico, que produce, por tanto, música física-no-física, con n melodías
diferentes simultaneizadas.[3]
Es un circuito integrado: actualmente toco con tres
manos y escucho con tres oídos cierta música transilusoria. Los demás seres
humanos, en el mejor de los casos, tocan piano con dos manos, escuchan con dos
oídos, y producen música física-mental, no más. Así viven y experimentan todo
su segmento de realidad (ilusoria), y, además, no creen que pueda haber formas
de realidad más allá de su exclusivo segmento. Sin embargo, el poseer activas
tres manos al unísono es una pequeña diferencia que, paradójicamente, —como un
tercer ojo—activa todo un universo paralelo, transfigura al mismo tiempo este
de todos nosotros, y atrae virtualidades imprevisibles. Por ejemplo, el
milagro.
Dado que me he llegado a convertir en un nihilista
naturalista desconfío también de todo lo paranormal y forteano. No de que no
exista como tal, sino de qué sea lo que aparece como tal. ¿Qué podría una
cucaracha enterarse de un milagro? Lo forteano es incalculablemente diverso,
aparece de infinitas maneras y formas fenoménicas, como si la realidad
estuviese recubierta por una membrana con infinitos agujeros por los que se nos
filtran experiencias, entidades (algo así como individuaciones) y cosas
“de otro mundo” (!). La gente común carece de sentidos y de mente proclives a
este tipo de fenómenos; o tal vez, posee una incapacidad natural (bloqueo
onto-psico-existencial) para experimentarlos, incluso para hacerlos reales.
En términos evolutivos, seguramente no los necesita para sobrevivir
satisfactoriamente en su entorno básico y natural. Yo, lamentable cucaracha, me
debato tratando de atravesar por algunos de esos agujeros límites de mi
condición humana. Lo más triste para mí es que todos esos agujeros paranormales
son más invenciones que yo mismo me creo así, que agujeros (transdimensionales)
en sí mismos. Actualmente desconfío de mí y de todo ser humano ante la
experiencia del milagro, de los espíritus, de la clarividencia, de los magos,
de los extraterrestres, de las premoniciones, de la telequinesis, de todo,
pero sí hay un hecho, un suceso, una experiencia extraña, paranormal y
misteriosa tan común y natural a todos los seres humanos, sin que sea en gran
medida, aún así, un completo enigma, que incluso se ha colado en los ámbitos de
la ciencia actual, y que yo no puedo negar ni evitar que me ocurra a cada
momento en mi experiencia nihilista y existencialmente casi inmóvil: la sincronicidad.
La sincronicidad—aunque este concepto sea una mera metáfora—es como el cielo y
la tierra de nuestra experiencia de realidad. Parece estar lejos e inaccesible,
a veces inexistente o ausente, pero nos contiene, somos en ella.
Quiero discurrir con mis tres manos acerca de la
sincronicidad en un próximo capítulo de mi vida imposible, “si Dios quiere”, o “si
la TAI quiere”.
[1] Ver Inteligencia
Artificial Total (cap. 17 de Historias de un Individuo Imposible).
[2]
Creo, sin ningún orgullo, satisfacción ni vanidad, que ya no queda ningún saber
relevante, significativo y general que el ser humano haya producido
históricamente que yo no conozca.
[3]
Entiendo este término mío como una simultaneidad infusa, esto es, más
que sólo una unidad de diferencias y no-diferencias—un tertium in re—,
como yo entiendo, por ejemplo, la sincronicidad junguiana.