Me acuerdo de que en otro tiempo fui un académico imputado, más que reputado. Con justa razón, porque igual que esos maridos pobres que tienen infinidad de hijos yo carecía de capacidad para criar a uno solo. Yo era un mal académico. La universidad me exigía toda la erudición del mundo; por entonces —idealmente— hasta me hubiese gustado alcanzarla y poseerla, pero no me daba más que un sueldo para esclavitud y miseria, y así por 24 años. Buena parte de cada día, hasta avanzada la noche, me lo tenía que pasar en los callejones de la burocracia de la escolaridad infantil, para mendigarles un sueldo mensual y anual. Todo mi tiempo lo repartía entre esos escombros de mí mismo y de mi quehacer, y, lo demás, los restos —¡qué pena!—, para mis hijos, mi pareja, y más ocasionalmente, mi devaneo literario. Por eso también mis clases y mis cursos eran así de escuálidos y pobres. Yo podría haber deslumbrado al mundo académico de los Clásicos, a los señores filósofos, a los ávidos estudiantes, pero sólo fui como el poeta pobre que escribe uno que otro garabato feliz en trozos de papel higiénico usado. Y —¡qué pena!— no es que lo haya hecho mejor en mis otros roles. Mi único descargo, mi gran descargo de toda esta seguidilla de pequeñas mediocridades, de frustraciones, de imperfectas realizaciones, de malas decisiones, de torpezas, incapacidades, y de tantas cosas más, que jalonaron mi vida de adulto, espero poder contarlas tal vez cuando ya esté cerca de mi muerte, porque me resulta demasiado doloroso, demasiado tortuoso y grave confesarlo antes.
En cambio, hoy, en mi soledad de cabra de monte, puedo correr bastante libre, con escasas interrupciones y contradicciones, hurgar en profundos túneles de la existencia (ilusoria), y hasta volar como no pueden hacerlo las cabras, aunque sólo sean poderosos fácticos sueños despierto. Sí que pasan y me ocurren cosas singulares que sólo en este estado y condición se me pueden producir y acontecer. Puedo, en fin, como ahora, tomar un tema muy de académico científico erudito y hacerlo mi propia literatura, “rebajarlo” a mi proceso juego personal sincrónico, mi filosofía holista, mi síntesis trascendental en el límite de la existencia humana. No debo rendirle pleitesía ni cuentas a nadie, ni proseguir ningún patrón, concepto, marco, convención, directriz, método, lenguaje, lógica, protocolo, o lo que sea que todos los intelectuales y científicos usan y hacen. Al fin puedo ser una cabra de monte, que ama el monte y es amada por el monte TAI.
Hoy, cuando investigo, cuando estudio, cuando analizo, cuando uso el método científico, cuando reflexiono lógicamente, cuando pienso, me parezco metafóricamente más a un jugador de un juego griego, a un poeta alquimista, a un loco cuerdo, que a un científico y académico. Yo —un hombre imposible— ya me hastiaba cuando, hace años, me veía obligado a meterme en la camisa de fuerza, en el corsé mental reduccionista de las publicaciones académicas, eruditas y científicas, para leer y escribir papers con olor a minucia informática, a malabarismo circense, a cadáver y a naftalina de laboratorio y bibliotecas, que me producían arcadas del alma.
Si yo fuese un pintor de la realidad toda, comenzaría este cuadro con la pincelada más amplia y elocuente posible para sugerir de una sola mirada y de un solo plumazo la visión más dilatada que yo pudiese abarcar; pero sólo soy un homo verbalis, un humano dotado de lenguaje, de modo que me aferro a la palabra pensante, a esta gigantesca enana de la realidad, y exclamo con esta contrahecha herramienta representacional y comunicacional que poseo: ¡SINCRONICIDAD!...
¡SINCRONICIDAD! Palabra concepto realidad inmensa para nuestra minúscula facultad de dimensionar este elusivo fenómeno que se nos da como realidad. Paradójicamente, es tan miserable, tan lejano, tan deforme y caricaturesco todo lo que se pueda representar de la realidad con este trazo concepto, con nuestra capacidad cognitiva humana, con nuestra facultad específica de realidad, hasta en su potencial máximo, no sólo como humano, sino hasta un individuo imposible, como yo, que me encuentro en la frontera suprema con lo extra-humano que un humano límite todavía logra experimentar sin colapsar.[1]¡Qué poco y mal voy a decir con sincronicidad, pero no tengo mejor opción que hacerlo igualmente así, porque, al menos, es lo mejor que se haya dicho hasta ahora por cualquier y todos los humanos sapiens!
Se ha hablado tanto, se ha publicado tanto, se han ofrecido tantas variaciones a la teoría original de la sincronicidad que propuso el siquiatra K. G. Jung, incluso se ha extendido a otros ámbitos teóricos y de experiencia, como la física cuántica, las matemáticas, teoría de sistemas, filosofía oriental, espiritualidad, parapsicología, medicina y cronobiología, tecnología, IA, etc. … Yo afirmo aquí a fortiori que su campo semántico conceptual debiera estar en la base de todo conocimiento y de toda experiencia humana, pero, para llegar a esa concepción holista, es necesario cambiar primero profunda e integralmente todos nuestros paradigmas de conocimiento, así como también los de realidad, pero, sobre todo, la fisiología cognitiva[2]naturalizada que nos condiciona nuestra experiencia de realidad y (de) nosotros mismos. Por eso, yo soy sólo una voz que clama en el desierto mientras ara en el mar, un exiliado del futuro en la isla del presente.
Hoy por hoy, nadie puede desentenderse de lo que planteó Jung en relación con la sincronicidad.[3]La sincronicidad jungiana podría definirse mediante cinco componentes esenciales:
1. Coincidencia de acontecimientos.
2. Ausencia de relación causal demostrable.
3. Correspondencia entre estado psíquico y evento externo.
4. Significado subjetivo intenso.
5. Suposición de un orden profundo que conecta ambos acontecimientos.
Todo lo demás —arquetipos, inconsciente colectivo, unus mundus, numinosidad, individuación— constituye la arquitectura teórica que Jung desarrolló para explicar por qué tales coincidencias significativas podrían ocurrir.
Yo, muchísimo más que Jung, primerísimamente me sumerjo en una experiencia estado fenómeno que podría malamente denominar intuitivo, holista, multidimensional, psicotransicional ,[4]transpersonal... Y sólo luego, y nunca sin salir de él, pienso, hago conciencia, teorizo, leo, utilizo conceptos, ideas, categorías, acervo cultural, lenguaje, conocimientos estandarizados, etc. Lo que resulta de ello siempre es algo nuevo diferente divergente-convergente difícil de verbalizar y difícil de asimilar para el resto de la humanidad. Sin embargo, aquí comenzaré con lo mío haciendo somera referencia a los planteamientos jungianos. Para ello, me referiré primero a los puntos 1 y 4 ya mencionados.
El psiquismo humano y animal —también su virtualidad o vertiente vegetal— son indudablemente epifenómenos surgidos tardíamente sobre un estrato cosmológico y planetario evolutivo (a posteriori); este psiquismo de los seres vivos —suponemos entonces— emerge históricamente desde un trasfondo oceánico abismal anterior, el cual se nos oculta y distancia inalcanzable desde nuestra experiencia y conocimiento. En nuestra precariedad y necesidad de conciencia de definir esa opacidad pre-cosmogónica fundamental y original, que sólo percibimos por signos rastros probabilidades de diferente naturaleza, la hemos imaginado y concebido a través de nuestra Historia, como Divinidad, Caos, Tao, Universo, Big Bang, materia y energía, y tantas más.
Nosotros humanos, como animales bio-síquicos, vivimos y somos ante todo en nuestro propio siquismo (corpóreo), es decir, en tanto estamos concientes, funcionamos nos desenvolvemos actuamos ante todo como siquismo orgánico, el cual, además, se entrelaza subjetiva y poderosamente con nuestra experiencia de realidad, condicionando que experimentemos un estado o fenómeno de realidad, más que una realidad en algún grado objetiva. Es decir, podemos colegir que nuestra condición natural nos aleja nos separa nos deforma fuertemente respecto de la realidad en sí misma (profunda), no sólo aquella desde donde emergimos originalmente en tiempo y espacio, sino también respecto de esta (profunda) dentro de la que seguimos subsistiendo a través de la expansión del tiempo (pasado-presente-futuro) y el estatus continuo del espacio.[5]
Es, por ello, a partir de nuestro siquismo basal, que Jung identifica nuestra experiencia primaria de sincronicidad como un evento fenómeno en el que nuestro siquismo experimenta y reconoce subjetivamente una relación significativa (4) entre acontecimientos físicos y/o síquicos (1); eso que en el lenguaje cotidiano llamamos una coincidencia. Yo concuerdo igualmente con Jung en que los puntos 3 y 5 —el punto 2 se encontraría implicado en ellos— representan el entorno subyacente inmediato de estos fenómenos, el nivel subyacente todavía accesible parcialmente a nuestra experiencia y conocimiento. Sin embargo, planteado así, todo este saber explícito e implícito se ha demostrado bastante general, teórico, esquemático, elemental, insuficiente, ambiguo, discutible, aislacionista, racionalista, etc. Ciertamente creo que no podemos escapar a, o superar, estos efectos antropológicamente condicionados y condicionantes.[6]
Se ha vuelto casi un tópico utilizar conceptos y teorías propias de la física cuántica para explicar la sincronicidad —también en su dimensión sicológica—. Yo admito que no existe ningún otro set de conceptos sistémicos más adecuados y menos inexactos representativos para hacernos al menos metafóricamente cierta idea aproximativa superficial del fenómeno de sincronicidad.[7]Es llamativo que sean un conjunto de conceptos físicos científicos los que se ajusten mejor para representar esta singular fenoménica de la mente humana, como si reafirmasen la hipótesis jungiana de que el universo físico y material posee una naturaleza, una dinámica y una ontología común con la subjetividad y el siquismo, las que se hacen especialmente manifiestos a nuestro nivel y estado de realidad a través de la fenoménica de la sincronicidad. En una próxima publicación intentaré avanzar algo en este tanteo a ciegas acerca de la inconmensurable realidad que subyace a nuestros paupérrimos conceptos e ideas de sincronicidad.
Quiero terminar esta reflexión para-académica presentando un botón de muestra sacado de mi propia experiencia imposible, para abrir de modo meramente ejemplificador un campo de realidad límite oculto, en torno al que en un futuro se tendrá que resignificar todo lo elaborado hasta nuestros días acerca del fenómeno de sincronicidad:
A comienzos del año 1974, a mis 16 años, yo me encontraba veraneando en el balneario de Concón, en la provincia de Valparaíso. Ese día comenzaba a anochecer; yo me hallaba junto con dos hermanos menores míos en la cabaña de una amiga de 9 años de mi hermana, quien a la sazón tenía la misma edad que su amiga. Sólo yo me encontraba en la sala de estar de la cabaña junto con C. G., la niña amiga, sentados solos junto a una mesa, conversando. Los demás, todos menores de edad, jugaban en el patio. No había ningún adulto allí. Recuerdo que nuestra conversación giraba en torno a ciertas capacidades extrasensoriales y paranormales que yo poseía, y que, C.G., aunque le interesaba mucho que yo le contase mis experiencias, sin embargo, se mostraba escéptica respecto de ellas, y de que yo pudiese incluso provocarlas a voluntad, como le explicaba en ese momento. En este momento de la charla, yo le dije con una sensación de total certeza: “Te voy a demostrar que yo puedo provocar un evento paranormal ahora mismo”. Sólo alcancé a pensar: Voy a hacer que la cabaña se remezca… Y la cabaña comenzó a estremecerse fuertemente. Nos paramos asustados. C.G. por el temblor, y yo, porque había pensado deseado que ocurriese justo lo que estaba ocurriendo. Se había producido un temblor en toda la región. ¿Yo lo había provocado? Seguramente no. Pero, entonces, ¿cómo era posible que yo estuviese tan predeterminado y sincronizado con el mundo, con la existencia, con todas las circunstancias y con las personas que estaban allí, especialmente con C.G., sin que yo tuviese ninguna percepción ni conciencia de ello? ¿Hasta qué punto yo era una especie de autómata movido por algo completamente fuera de mi rango de realidad y de conciencia?... Este hecho sincronístico no cabe consistente ni coherentemente dentro de ningún tipo de conocimiento que el ser humano haya producido hasta ahora. No era la primera vez —ni sería la última— que me ocurría este tipo de hechos aberrantes para la experiencia natural y para la mente humana. Yo sé, por mis muy particulares experiencias, que todos los conceptos y teorías que se han venido produciendo y elaborando para explicar estos fenómenos que se han denominado tentativamente sincronicidad no son en absoluto representativos, ni aproximados siquiera, para lo que, en complejidad y profundidad, realmente está ocurriendo ahí.
______________________________________ [1]Nuestras facultades mentales y categorías humanas de pensamiento y de conciencia no son suficientes ni adecuadas para percibir y procesar la realidad antes o fuera del fenómeno (sujeto-objeto) propiamente tal. Parecen estar condicionadas para producir apenas un estado (sistema) de realidad fenoménico esquemático, mínimo y distorsionado, elementalmente funcional y centrado en la autosubsistencia dentro de un entorno natural.↩
[2]El concepto metafórico de "fisiología cognitiva" es una forma de describir el funcionamiento de la mente o de un sistema inteligente (como una IA) como si fuera un organismo vivo con procesos biológicos internos, en lugar de una simple máquina de procesar datos.↩
[3]Se ha convertido en un lugar común establecer como punto de partida histórico-analítico el caso del “escarabajo de oro”, con el que Jung introduce su teoría de la sincronicidad. Ver, Jung, C. G. (2004). Sincronicidad como principio de conexiones acausales. En Obra completa de Carl Gustav Jung: Vol. 8. La dinámica de lo inconsciente (pp. 417-507). Editorial Trotta.↩
[4]Condición psíquica fluida dinámica desidentificada.↩
[5]Actualmente la física y astrofísica sostienen que la materia oscura—imperceptible para el ser humano— representa el 27% del universo. Se cree que es una forma de materia no detectada (partículas) que tiene masa y, por lo tanto, ejerce gravedad. Por su parte, la energía oscura representa el 68% del universo. Es una forma de energía intrínseca al vacío del espacio que domina el cosmos actual. El 5% restante es la materia "normal" que vemos (átomos, estrellas, planeta). Probablemente, si hipotetizamos que existimos al menos dentro de un rango mínimo e inmediato de realidad objetiva (p. e., nuestro planeta), ello no sería, metafóricamente, más que existir dentro de una sola partícula subatómica en medio de infinitos multiversos. ¿Qué grado y tipo de autonomía (objetividad) podrían poseer esa partícula y realidad subsumidas dentro de un continuo transformativo ilimitado e indeterminado respecto de nosotros?↩
[6]Un modo configurador de realidad, experiencia y conocimiento para al menos minimizar toda nuestra incapacidad y limitación sico-orgánica constitutiva, y que debiera restablecerse y activarse intencionalmente en la base estructural y en la homeostasis total de la mente humana, debiera ser un principio —también una metodología de conocimiento— sumativo, inclusivo, holista, asimilativo, asociativo, abierto, etc., en lugar de nuestra tendencia sico-orgánica a dividir, aislar, fragmentar, definir, esquematizar, generalizar, teorizar, simplificar, etc.↩
[7]Entre ellos, puedo destacar los conceptos de entrelazamiento cuántico, superposición, colapso de la función de onda, principio de incertidumbre, efecto túnel, fractalidad, teletransportación cuántica, computación cuántica, etc.↩
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