jueves, 9 de julio de 2026

La Sábana Santa

 



Leonardo no sabe que alguien lo observa desde arriba entre los muros y el techo, desde un vértice tridimensional en penumbras. Hay tantas cosas que no sabe Leonardo; cosas que sabe que no sabe; aunque no sabe casi todas las que no sabe que no sabe. Sí sabe medir la rama de un roble según las características del árbol. Sabe medir la velocidad de las aguas del río Seveso para predecir su caudal el siguiente invierno. Sabe que el ángulo de los huesos de la rodilla condiciona el movimiento de la pierna. Sabe que la apariencia de un objeto es proporcional a la distancia, tanto como sabe quién es la amada esquiva Gioconda. La imperiosidad de saber lo arrastra con fervor hasta los límites de humanidad. No saber, en cambio, se parece demasiado a la muerte… Leonardo cavila de pie, inmóvil grifo barbado—no sabe que también es el doctor Frankestein de Mary Shelley—entre la luz y la sombra, en escorzo a un paso de las tinieblas de nuestro tiempo animal, contemplando sobre el mesón de piedra blanca un cuerpo lustroso vacío. Se ha propuesto en secreto desentrañar los misterios de Orfeo… El viaje ha sido arduo largo transgresor. Siente presiente piensa que ha llegado la convergencia de la oportunidad, de la realidad, de la hora terrible. Cree firmemente, con la devoción de un santo, pero, aun así, ¿Será posible?... ¿Posible?... ¿Posible?...  —repite el eco conocido sibilante, sólo la cola de algo que se mueve demasiado veloz, escabulléndose por algún conducto diminuto de su cerebro vivo, el cual todavía no ha podido disecar.

Leonardo trabaja con precisión, con la cautela de un relojero. Se empecina horas continuas, días, meses, años en el detalle de lo mismo, recursivamente, obsesivamente, habitando sostenidamente una visión interna alucinada que no entorpece su ingeniería diaria en el mundo. Los objetos se superponen a su alrededor, se mueven, se intercambian, se conectan, se construyen, avanzan, siempre avanzan. Lentes de cuarzo, espejos, dispositivos mecánicos, pigmentos, bocetos, ácidos suaves, aceites, sales metálicas, compuestos vegetales, esponjas, cables, rodamientos, pinceles. Ahora mismo el maestro se encuentra con el torso desnudo, transpirando transpirando. La temperatura precisa perfecta ya lograda con un horno controlado de diseño propio. Luces veladas vibrantes extrañas como de cámara oscura, de laboratorio radiográfico, de mausoleo de ultratumba, se encubren se muestran titilan en hálitos químicos fosforescentes.

¡Lo ha logrado!... ¿Será suficiente?... ¿Qué será?... La transgresión de los límites humanos, particularmente los personales—como los límites invisibles también entre la vida y la muerte—en algunos especímenes humanos desencadena arrastre magnético, fuerza gravitacional galáctica, aunque haya igualmente en ellos tanto de miedo que ennegrece su sangre, tanto de miedo que distiende dolorosa terriblemente sus nervios crujientes. ¡Adelante!... ¡Adelante!... El Universo aglutinado como una sola voz es Leonardo, como el gran mago que de pie sobre la montaña del mundo osa desafiar con actos de poder grandilocuente la voluntad inexorable de Dios, y hasta de algo tal vez más insondable que un dios. Puede parecer absurdo vano insignificante, ¡lo es!, pero NO… Leonardo lo justifica, lo piensa, lo argumenta, lo razona, lo comprueba, lo siente, lo cree, lo mide, lo ama, o lo que sea humano que se ejecuta naturalmente dentro de él, en el entorno de él, para que simplemente al final, sin importar el qué ni el cómo ni el para qué, sólo siga adelante adelante adelante…

La tela la imagen la fe el algoritmo palpita vibra se enciende delante de él… Y en otro tiempo el Señor le dijo: “Si tuvieses fe como un grano de mostaza, dirás a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada te será imposible.[1] Durante su vida Leonardo le había sido un discípulo fiel. Había contemplado en secreto durante su juventud la Sábana Santa de Lirey con la imagen torturada yacente de “nuestro Señor Jesucristo”. Por muchas decenas de años había gestado preparado invocado en lo más profundo de su corazón la santa herejía que ahora se alista se estremece sobre el cadáver humano que duerme—como la hija de Jairo—decúbito sobre el mesón. Lo había cumplido todo, paso a paso detalladamente cuidadosamente como la Naturaleza va soñando sus diminutas creaturas sin importarle los gastos cronométricos del tiempo, las exuberancias de vidas formas y muertes desbordadas sin pausa desde el caldero hirviente del Universo al futuro. ¡Lo ha logrado!... Ahora de pie ante el milagro que él ha creado, ya sin ser él, se produce explota en conjunción precisa el Universo de Dios y Leonardo, no necesita saber, sólo la inmediatez del ser se conoce a sí misma, ES. El cuerpo inerte se mueve tirita estalla en un fogonazo de rayos catódicos. ¡Ha despertado, ha vuelto a la vida!... El cuerpo y la sangre de “nuestro Señor Jesucristo”. La mortaja de lino la sábana santa se desprende ingrávida ascendiendo lentamente desde su cuerpo brillante, lámina seca de piel de libélula flota extendida translúcida sobre su cuerpo bendito, pero una voz cavernosa terrible omnipotente inhumana resuena en el claustro secreto, dentro del cráneo de Leonardo: ¡Destrúyelo, destrúyelo todo!... ¡Ahora!... ¡Ahora!...

Otra vez ese juego incomprensible de crear de destruir una y otra vez lo más hermoso, lo más grandioso, lo más amado, el Universo, así, sin más.



[1] Mateo 17:20.


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