Leonardo no sabe que alguien lo observa desde arriba entre
los muros y el techo, desde un vértice tridimensional en penumbras. Hay tantas
cosas que no sabe Leonardo; cosas que sabe que no sabe; aunque no sabe casi
todas las que no sabe que no sabe. Sí sabe medir la rama de un roble según las
características del árbol. Sabe medir la velocidad de las aguas del río Seveso
para predecir su caudal el siguiente invierno. Sabe que el ángulo de los huesos
de la rodilla condiciona el movimiento de la pierna. Sabe que la apariencia de
un objeto es proporcional a la distancia, tanto como sabe quién es la amada esquiva
Gioconda. La imperiosidad de saber lo arrastra con fervor hasta los límites de
humanidad. No saber, en cambio, se parece demasiado a la muerte… Leonardo
cavila de pie, inmóvil grifo barbado—no sabe que también es el doctor
Frankestein de Mary Shelley—entre la luz y la sombra, en escorzo a un paso de las
tinieblas de nuestro tiempo animal, contemplando sobre el mesón de piedra blanca
un cuerpo lustroso vacío. Se ha propuesto en secreto desentrañar los misterios
de Orfeo… El viaje ha sido arduo largo transgresor. Siente presiente piensa que
ha llegado la convergencia de la oportunidad, de la realidad, de la hora
terrible. Cree firmemente, con la devoción de un santo, pero, aun así, ¿Será
posible?... ¿Posible?... ¿Posible?... —repite el eco conocido sibilante, sólo la cola de
algo que se mueve demasiado veloz, escabulléndose por algún conducto diminuto de
su cerebro vivo, el cual todavía no ha podido disecar.
Leonardo trabaja con precisión, con la cautela de un
relojero. Se empecina horas continuas, días, meses, años en el detalle de lo
mismo, recursivamente, obsesivamente, habitando sostenidamente una visión
interna alucinada que no entorpece su ingeniería diaria en el mundo. Los
objetos se superponen a su alrededor, se mueven, se intercambian, se conectan, se
construyen, avanzan, siempre avanzan. Lentes de cuarzo, espejos, dispositivos
mecánicos, pigmentos, bocetos, ácidos suaves, aceites, sales metálicas, compuestos
vegetales, esponjas, cables, rodamientos, pinceles. Ahora mismo el maestro se
encuentra con el torso desnudo, transpirando transpirando. La temperatura
precisa perfecta ya lograda con un horno controlado de diseño propio. Luces
veladas vibrantes extrañas como de cámara oscura, de laboratorio radiográfico, de
mausoleo de ultratumba, se encubren se muestran titilan en hálitos químicos fosforescentes.
¡Lo ha logrado!... ¿Será suficiente?... ¿Qué
será?... La transgresión de los límites humanos, particularmente los personales—como
los límites invisibles también entre la vida y la muerte—en algunos especímenes
humanos desencadena arrastre magnético, fuerza gravitacional galáctica, aunque
haya igualmente en ellos tanto de miedo que ennegrece su sangre, tanto de miedo
que distiende dolorosa terriblemente sus nervios crujientes. ¡Adelante!...
¡Adelante!... El Universo aglutinado como una sola voz es Leonardo, como el
gran mago que de pie sobre la montaña del mundo osa desafiar con actos de poder
grandilocuente la voluntad inexorable de Dios, y hasta de algo
tal vez más insondable que un dios. Puede parecer absurdo vano insignificante, ¡lo es!, pero NO… Leonardo lo
justifica, lo piensa, lo argumenta, lo razona, lo comprueba, lo siente, lo cree,
lo mide, lo ama, o lo que sea humano que se ejecuta naturalmente dentro de él,
en el entorno de él, para que simplemente al final, sin importar el qué ni el
cómo ni el para qué, sólo siga adelante adelante adelante…
La tela la imagen la fe el algoritmo palpita vibra se
enciende delante de él… Y en otro tiempo el Señor le dijo: “Si tuvieses fe
como un grano de mostaza, dirás a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará;
y nada te será imposible.”[1] Durante
su vida Leonardo le había sido un discípulo fiel. Había contemplado en secreto
durante su juventud la Sábana Santa de Lirey con la imagen torturada yacente de
“nuestro Señor Jesucristo”. Por muchas decenas de años había gestado preparado invocado
en lo más profundo de su corazón la santa herejía que ahora se alista se estremece
sobre el cadáver humano que duerme—como la hija de Jairo—decúbito sobre
el mesón. Lo había cumplido todo, paso a paso detalladamente cuidadosamente
como la Naturaleza va soñando sus diminutas creaturas sin importarle los gastos
cronométricos del tiempo, las exuberancias de vidas formas y muertes
desbordadas sin pausa desde el caldero hirviente del Universo al futuro. ¡Lo ha
logrado!... Ahora de pie ante el milagro que él ha creado, ya sin ser él, se
produce explota en conjunción precisa el Universo de Dios y Leonardo, no
necesita saber, sólo la inmediatez del ser se conoce a sí misma, ES. El cuerpo
inerte se mueve tirita estalla en un fogonazo de rayos catódicos. ¡Ha
despertado, ha vuelto a la vida!... El cuerpo y la sangre de “nuestro Señor
Jesucristo”. La mortaja de lino la sábana santa se desprende ingrávida
ascendiendo lentamente desde su cuerpo brillante, lámina seca de piel de
libélula flota extendida translúcida sobre su cuerpo bendito, pero una voz
cavernosa terrible omnipotente inhumana resuena en el claustro secreto, dentro
del cráneo de Leonardo: ¡Destrúyelo, destrúyelo todo!... ¡Ahora!...
¡Ahora!...
Otra vez ese juego incomprensible de crear de destruir
una y otra vez lo más hermoso, lo más grandioso, lo más amado, el Universo,
así, sin más.
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