Probablemente jamás en la Historia se le ha revelado
al ser humano una verdad-ilusión tan relevante, tan decisiva, tan insoportable,
tan desconcertante y extraordinaria como la que aquí voy a exponer. Sin
embargo, cuando se lea con inteligencia profunda el contenido de este mensaje
mío se comprenderá también por qué no ha sido necesario el ropaje grandilocuente y sobrenatural de
las supuestas grandes revelaciones divinas al ser humano, como la aparición de
Yahvé a Moisés para entregarle las Tablas de la Ley, o la aparición del
Espíritu Santo para consagrar la condición de Jesús como Hijo de Dios en su
bautismo en el Jordán, o la Biblia, o el Corán como libros sagrados y
revelados, o las visiones divinas de los profetas del A.T., o las apariciones
de la Virgen de Fátima para revelar el fin de los tiempos, o las canalizaciones
de Seres de Luz, y así. Este mensaje es tan humilde y corriente, producido como
un simple post de un escritorcillo desconocido, yo, sin apelar a ninguna
entidad sobrenatural que me la haya dictado como si se tratase de un saber sobrehumano,
sino como el producto simple y oscuro de un parto literario y existencial como
cualquier otro mío, y el de cualquier persona común que saca algo sin gracia y
fantasioso de su propia cabeza, porque no hay nada definitiva o supremamente
verdadero en nada. No hay ningún dios supremo que haga nada verdadero, no
hay ningún ser humano que haga nada verdadero, nada que acontece en el universo
natural es verdadero. Por lo tanto, lo más inmenso, grandioso, luminoso y
cierto revelado a la Humanidad es tan insignificante, oscuro y falso—sobre todo
falso—como cualquier basurilla que se pierde en un basurero mosqueado, como lo
más insignificante, oscuro y falso, siempre y cuando uno se separe un poquitín del
puntito negro dentro del que vivimos aquí. Léase…
Lamento muchísimas cosas y aspectos de nuestra
condición humana miserable, elemental, deforme, delirante, limitada, dentro de
esto que se despliega “ante nosotros” como la realidad. Esta condición
de especie natural insignificante nos posibilita un acceso y relación con un
segmento ínfimo y bastante elemental de esta experiencia inevitable de realidad.
Hay infinitamente más que nos excede, y que por nuestra incapacidad
constitutiva nos es imposible alcanzar e integrar a nuestra experiencia de
realidad. Hasta ahora esta incapacidad no nos ha traído problemas evidentes
para nuestro modo animal y planetario de existencia. Podríamos decir que esos
otros niveles o dimensiones o formas inadvertidas de realidad nos han permitido
existir con una autonomía interna, sin desafiarnos, sin epifanías demasiado
invasivas, ni afectarnos de forma manifiestamente negativa—desde nuestra
perspectiva natural—.
Sin embargo, lo que sufro igualmente con íntima
aceptación, pero también con expectativa y anhelo, es el hecho terrible de que
existen incalculables Entidades —sólo por decir algo que pueda ser
comprensible—que podríamos representar como todavía cercanas a nuestro rango constitutivo
de persona, y, por lo tanto, todavía podríamos valorar como entidades
personales superiores
a nuestra humanidad (persona).[1] Suponer
que, por ejemplo, dentro de esta categoría de entidades—y entre innumerables
otros tipos—puedan encontrarse seres extraterrestres (biológicos y/o
materiales) venidos a nuestro planeta desde otros lugares físicos habitados de
este Universo, es posible, pero poco probable. Sí creo muy probable que existan
muchísimas formas de vida (extraterrestre) en el Universo, pero intuyo que este
Universo en tanto físico, y en el actual estado evolutivo (físico) del mismo, establece
grandes limitaciones de interrelación entre formas de vida material
(físico-químicas) separadas a través de las inmensas magnitudes del espacio
cósmico. En cambio, sí creo e intuyo que existen entidades personalizables
superiores al ser humano que pueden interactuar con nuestra humanidad—digamos—interdimensionalmente,[2] y,
para las cuales, el espacio, la materia-energía y el tiempo no son una
limitación o un condicionamiento, ni tampoco son nada que los represente o
manifieste en sí mismos. Sin embargo, lo que podríamos llamar su distancia ontológica respecto de nuestra condición y de nuestro
hábitat físico de realidad es tan inconmensurable respecto de nuestra realidad,
que nuestra humanidad por sí y desde sí seguramente carece de toda facultad y
condición para aprehenderlas naturalmente. No podemos percibirlas con ninguno
de nuestros sentidos, ni procesarlas cognitivamente, ni comprenderlas
intelectivamente, ni acceder a ellas con nuestras formas de conciencia, ni nada
más que no sea precisamente y tal como se nos materializan y personalizan.[3] Es
como si no existieran en absoluto por nosotros mismos, pero existen. ¡ESTÁN AQUÍ!... ¿Cómo es
ello posible? Definitivamente no son extraterrestres viajando en Ovnis, ni
tampoco nada fantástico que se haya experimentado sobrenatural y anómalamente
en nuestra realidad natural, aunque también puedan tomar las formas de
extraterrestres que parecen viajar en naves tecnológicas, así como las formas
fenoménicas más fantásticas, más surrealistas e increíbles de nuestro
ideario fantástico, hasta las más naturales, y las propias de nuestra vida
común y humana, cotidianas y familiares—por ejemplo, voces internas,
intuiciones, pensamientos, sentimientos, visiones, sincronías, situaciones
inesperadas, inspiración, accidentes, etc.—.[4]
Creo que toda su fenomenología debe ser abordada cognitiva, experiencial y
epistemológicamente por el ser humano como subordinada y principalmente
dependiente del principio fundacional de nuestra experiencia de realidad: TODO ES ILUSIÓN.[5]
Pareciera que ante todo éste fuera Su núcleo (fenomenológico) significativo
para la Humanidad; como si Su principal sentido fuese anteponer ante nosotros y
para nosotros el principio que rige nuestra realidad como una ilusión y un
delirio, una suerte de experiencia de confrontación con la naturaleza y los
límites de nuestra realidad y nuestra condición humana por medio de una ilusión
fuerte debilitada.[6]
Desde nuestra perspectiva, parece que QUISIERAN trastocar y subvertir nuestra experiencia
y sentido de realidad desde todas las raíces mismas (físicas y antrópicas), y
confrontarnos a una experiencia profundamente desestabilizadora y desestructuradora
respecto de TODO, una suerte de reseteo completo de la naturaleza y condición
humanas, así como de la realidad—experimentada y posible—en su totalidad.
Una terrible consecuencia para nosotros—y obvia—de
nuestra propia condición ilusoria y delirante es que inevitable y
necesariamente “obligamos” a esas Entidades paradimensionales a
comportarse en nuestro plano ilusorio como ilusiones adaptadas a nuestros modos
existenciales ilusorios, de lo contrario no habría ninguna posibilidad de
vínculo y relación ontológico-existencial entre ELLOS y nosotros, seres
sico-biológicos, o bien colapsaríamos en todo aspecto y sentido. De lo
contrario, sería imposible que estuviesen aquí tal como se han
manifestado histórica y fenoménicamente. No podrían co-existir de ninguna
manera (en relación) con nosotros, y tal vez, para nosotros.[7] Los
“obligamos” a ser conmensurables con el ser humano, y adecuarse y representarse
de múltiples maneras conforme a nuestro modo de ser y existir—especialmente de
acuerdo a nuestra subjetividad—. Eso tiene también una terrible consecuencia
epistemológica y moral—entre tantas otras—. Ellos no pueden ser del todo
verdaderos y buenos, como nosotros ilusoriamente concebimos la verdad y el bien—los
hacemos coincidir con nuestras ilusiones de verdad y de bien—, sino también en
su diversidad fenoménica tienen que aparecer también como falsos, engañosos y
malos, porque todas esas valoraciones son sólo ilusiones humanas, con un
sentido ante todo humano y sólo para delirantes humanos. Claramente no vienen—sólo
desde nuestra perspectiva delirante “vienen” o “están”—a someterse y adaptarse
completamente a nuestra incapacidad-realidad ilusoria y alucinada, aunque
también en algún grado se adaptan y se someten a nuestra condición ficcional
y delirante.[8]
Ciertamente no están aquí ni para hacer el bien, ni para hacer el mal, ni para
enseñarnos verdades ni falsedades, aunque así lo parezcan. Ya sabemos al menos un
efecto que nos producen hasta ahora, y de cierto ELLOS también “lo conocen”: se
está desconfigurando nuestra experiencia ilusoria y completa de realidad.
¿ Las Entidades están aquí para producir ese efecto
?... ¿Para qué?...
¿Cómo podríamos saberlo, si ni siquiera tienen intenciones
como los seres humanos, ni nada equivalente, ni tampoco tienen finalidades, ni
causas, ni motivos, ni razones, ni nada equivalente? Ni siquiera son Entidades,
porque al fin de cuentas todo lo que yo pueda decir, todo lo que aquí he
revelado, todo lo que podamos concebir sobre un Ellos, y sobre cualquier cosa,
se disuelve en una niebla insondable de ilusión. Cualquier intento de profundizar
cognitiva y mentalmente en cualquier forma de manifestación y sentido suyos—como
experiencia transilusoria—nos lleva inevitablemente a un
horizonte último y final de confusión, de impotencia, de locura y de autoaniquilación.
Yo he estado en esa frontera, yo vivo junto a esa frontera.
[1]
También es posible que existan Entidades que carecen de forma personalizable, o
que no la hayan personalizado de hecho, en relación con este Universo, pero nos
es imposible determinar que hayan advenido a nuestra dimensión de realidad en
forma de entidades-no-persona (o no-ser-viviente). Por ejemplo, algún rayo, o
algún trueno, podría ser el medio o presencia de una Entidad-no-persona, aunque
pudiese o no también personalizarse. Uno de los problemas más insolubles y
determinantes para nuestro discernimiento y correcto entendimiento de formas
transdimensionales es nuestra incapacidad para diferenciar y reconocer un
fenómeno transdimensional (sobrenatural) con su propia composición ilusoria, y
nuestra necesaria producción cognitiva (mental) ilusoria de realidad. El
tránsito, o interrelación, entre la ilusión de la transdimensionalidad
extranatural y la producción delirante de realidad de la mente humana es un continuo
que no tiene punto de inflexión, ni ruptura alguna, ni siquiera gradualidad
manifiesta. Se experimenta naturalmente como una sola y única cosa
“confusamente diferenciada-indiferenciada”.
[2]
Considero que los conceptos
humanos de dimensión e interdimensionalidad son una
representación ontológica y física balbuceante e insuficiente respecto del
fenómeno—por así decir—de multiplicidad entitativa (indeterminable) y su
interacción en relación con lo que entendemos también imperfectamente como realidad.
En relación con las entidades interdimensionales, creo que pueden
materializarse y personalizarse en nuestro universo de realidad, pero que
ninguno de los caracteres o aspectos materializados es en absoluto
representativo de su naturaleza extradimensional. Es decir, el ser
humano no puede conocer NADA de su naturaleza y condición propias. Un buen
ejemplo de esto sería la personalización de Entidad (extradimensional) como
eventual proyección Dios—física o mental—, o algo similar,
(intradimensional).
[3] Para
nosotros son puro fenómeno sin causa.
[4]
Creo que todas las
descripciones y diversidad en todo tipo de registros y testimonios
históricos y culturales de lo fantástico, lo paranormal, lo sobrenatural, lo
forteano, legendario, mítico, oculto, etc., que afirman haber experimentado o
conocido un encuentro con algún tipo de entidad (demonios, ángeles, duendes, hadas,
fantasmas, dioses, seres monstruosos o maravillosos, la Virgen, hombres de
negro, alienígenas, etc.) reflejan Su presencia distorsionada y adaptada a
nuestro nivel de realidad, a la mentalidad y subjetividad humanas, al sistema
sico-biológico humano y animal, tanto colectivos como individuales.
[5]
No me puedo todavía representar ni anticipar cómo esta nueva visión de realidad—y
a partir de este principio—podría provocar una transformación de la Humanidad, individual
y colectivamente, en cualquier aspecto y/o en todo lo que constituye lo
humano.
[6]
La ilusión puramente fuerte
sería en cambio el Universo físico y nuestra experiencia de ser humanos que
experimentamos como única realidad.
[7]
Sí hay un vínculo (fenómeno histórico) de hecho necesario y particular entre
ciertas entidades personalizadas y lo humano, aunque no comprendamos ni
conozcamos nada no ilusorio de la naturaleza de este vínculo y relación.
[8]
Es como si también jugasen
a ser buenos y malos, verdaderos y engañosos, porque nosotros imponemos
este modo de realidad para que sea realidad. Sin embargo, yo creo que
además y también juegan a ser buenos y malos con un “propósito” o “sentido” desde
sí—por utilizar categorías que nos hagan sentido—que nos es imposible
vislumbrar y concebir a partir de nuestra condición y estado humano.
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