Esta
Historia no puede continuar así. Vengo a las palabras. El lenguaje
articulado me somete a un estado de conciencia y a una expresión de realidad
insatisfactorios, y a tantas cosas más, que actualmente trato de evitar. Ya
casi no estoy en las palabras, ni en mis palabras… No me busquen aquí. No me
reconozcan aquí. Ésta es sólo una
aparición fantasmagórica que se esfuma con el punto final. Todo esto suena a
literatura. No sé cuánto pueda intuirse de lo que se encuentra en el trasfondo
de esta palabrería. Estoy tratando de rescatar las últimas palabras de mi vida
con sentido y algo de trascendencia – si la descubro - para mí y para ustedes.
Algo así como un repentino diálogo conmigo mismo en medio de una plaza pública.
Mucha vida y mucho teatro, todo junto. El resto del tiempo soy nada más que un
cangrejo escondido en su agujero. Allí, las cosas son bien bien diferentes.
Allí, las cosas seguirán siempre otro curso...
Cada
día me pregunto si deberé pasar por este lapso de vida mía así no más. Siempre
he intentado más de lo que he conseguido y logrado. He sido un ademán
grandilocuente, como esos locos quijotescos que gesticulan tratando de
representar el Universo. Un día creí que hasta la salvación de la Humanidad era
parte de mi misión en la tierra. Yo era una persona especial, muy especial, y
suponía que eso debía tener un efecto concordante con mi paso por el mundo. Mucho
tiempo viví en complicidad con Dios. Lo experimentaba en mí y en todo, de
tantas y tan maravillosas maneras. Ninguna experiencia en toda mi vida se
asemeja a la inmensidad y particularidad de vivir a mi Dios, ese Dios. Ello ha sido mi
experiencia suprema… Yo iba a ser un escritor, un buen escritor. Centré
todos mis aprendizajes, mis esfuerzos concientes e inconcientes, mis
motivaciones más queridas, en ese propósito. ¡Cómo me extasiaba
escribir!... No puedo explicar la inmensidad de esa experiencia, siempre. Suponía
que podría llegar a ser leído para bien de tantas personas. No es común que
aparezca un individuo imposible… Escribo en un blog, un sitio
minúsculo en internet, igual que el agujero oscuro del cangrejo que soy. La mayor parte de lo que he escrito está
archivado o destruido, y nunca verá la luz en otros ojos. Ya no queda casi nada
en pie de todo eso. Ya no queda casi nada en pie de nada, ni tampoco de Dios,
aunque este particular casi es diferente de TODO.
También
lo que escribo es parte de ese casi. Confesó mi amigo Hamlet: “Lo
demás es silencio”.
Puedo
oler, como un lobo viejo, la tempestad catastrófica que se avecina para esta
Humanidad y para este Mundo, y que también he olido, como un lobo nuevo, ya
desde mi adolescencia, aunque actualmente casi todo el mundo también es capaz
de oler ese tan particular olor a quemado.
Ya sé que no debo tratar de comprender ni saber para qué, ni por qué, escribo,
ni nada de esas cosas “grandes” que me ha tocado vivir… o sea, TODO. Las
razones son sólo etiquetas que les pegamos a las cosas para jugar a entenderlas
y poner cara de serios y confiados, para jugar lo que llamamos la realidad.
Por otra parte, no nos queda otra opción que jugar el Juego, porque estamos bien bien bien
adentro de Él.
Siento
compasión por mí, por ustedes, por mis seres amados, por la Humanidad. No he
dejado de amar. El amor, mi amor, no se me ha caído de ninguna parte, de
ninguna altura, no ha perdido su valor, quizás porque siempre ha sido lo
más humilde, lo más yo mismo. Sólo está aquí, porque yo mismo
estoy vivo, siempre conmigo, como mi piel ha estado toda mi vida pegada
conmigo. Estoy juntando palabras porque siento amor y compasión. Que el amor
sea ilusión también, ¡lo admito!... Es parte del juego. Pero es inevitable para
nosotros que las ilusiones sean igualmente ilusionismo, o sea, magia, la
magia misma de la existencia. Voy a hablar.
Yo
no tengo nada que enseñar, nada que dar de verdad. Para enseñar y
dar de verdad es necesario saber algo, poseer algo cierto. Todavía
puedo crear y ofrecer ilusiones, como cuando escribía poesía, o me levantaba al
alba para ir a enseñar en un colegio. Podría, pero ahora carezco del don del
ilusionismo. No me puedo encantar a mí mismo, menos podría hacerlo con otros. Yo
más bien me estoy diluyendo, disipando, como he visto que hacen las neblinas.
Hasta mi bienamado Jesús se me presenta demasiado pesado, demasiado duro,
demasiado anticuado, como una roca milenaria y desgastada que se aferra
tercamente a sí misma. Sólo puedo jugar con palabras para ustedes; por ejemplo,
palabras de consuelo, de esperanza, de entrega y de aceptación, subsumidos todos
en medio de tanta palabrería falaz. Y de esas palpitantes por el reverso,
ingrávidas ante este abismo… quedan pocas. Yo me encuentro al borde, junto al
precipicio de mi realidad. Yo he querido con todo mi ser y persona venir hasta
aquí, aunque nunca me imaginé lo que precisamente me he llegado a
encontrar aquí. He caminado hasta aquí como un hipnotizado, un sonámbulo que da
cada paso en la dirección correcta, ¿llevado?... ¿llevado?... ¡Esto es lo único
que de verdad he logrado, aunque zigzagueando, tropezando, volviéndome a
levantar, a través de toda mi vida, de principio a fin!... Creo que ustedes se
encontrarán también en el borde y precipicio dentro de poco tiempo más, pero de
su
realidad. Me duele el alma saber que ustedes se encontrarán allí,
habiendo NO querido llegar ahí… Me duele
el alma saber que ustedes se encontrarán allí, habiendo aprendido justo lo
contrario – que es parte de Lo Mismo - para estar ahí… ¿llevados?... ¿llevados?... Recuerden, amigos míos, no sé por qué, ni para
qué… ¡No teman!... Aún así, ¡no teman!... Sólo cuando estén ahí mismísimo, lo entenderán,
aún sin por qué ni para qué. No necesitamos entender nada, ni saber nada de
verdad, para llegar donde ha llegado la Humanidad: al borde de su Abismo.
Hace
un par de años había comenzado a escribir estas Historias de un Individuo
Imposible, o sea, acerca de mi propia vida. Quería rescatar los momentos
más amados, más grandiosos y secretos de mi vida pasada y futura. Los resortes
y engranajes invisibles del milagro de mi existencia y de la existencia. Quería
revisar con una sola mirada, como un moribundo, el flujo y la sustancia profunda,
como se degusta el fondo especioso y decantado de un vino añejo, agridulce, en
el fondo de la botella inmóvil. Rescatar y arrojar afuera cuestiones tan
íntimas y guardadas, que pocos las conocen, e incluso, muchas y así, nadie.
Entonces, apenas escritos dos capítulos acerca de mis secretos de infancia y
primera adolescencia, ellos, las más sagradas y supremas experiencias y saberes
de esta existencia, se desprendieron de su halo intocable y divino, se
desprendieron como se desprende el suelo bajo los pies, y el cielo por arriba
infinito cae, ellos, que habían conservado inmarcesible su verdad y
trascendencia entre la corrupción y el deterioro ilusorio de todo saber y
experiencia humanos, ellos también se disolvieron en el mismo ácido de la
ilusión y del delirio totales. Ya ni siquiera podían ser míos. Incluso
cualquiera respuesta, cualquiera, todas, ante esta evidencia repentina se
transformó también en una mascarada, un quid pro quo, una duplicación de la
ilusión de la ilusión, sin excepción posible, hasta la ilusión de la
constatación misma de la ilusión absoluta. Y entonces, ¿qué queda?... ¿Qué me
queda?... ¿Qué nos
queda?... Aparte de esta confusión y desorientación trascendentales,
omnipotentes.