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viernes, 30 de diciembre de 2011

ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE


La evidencia y necesidad de morir y ver morir es tan evidente y necesaria que sólo la insistencia y terquedad de la vida por su parte nos obliga a vivir la vida “hasta la muerte”; nos la retira de los sentidos como si no existiese hasta que aparece como cosa muerta. ¡Qué digo! ¿Me enredo o simplemente soy cazado por este matrimonio ad aeternum entre la vida y la muerte? ¿Sólo vivimos la vida, y en algún momento la muerte acaece como un mal ajeno, un fantasma malvenido y antipático que nos echa a perder la fiesta?

No la vemos cuando miramos el cielo y las montañas, los edificios y las calles, la gente y el espejo. ¿Acaso no está ahí, en todo ello todo el tiempo? Nuestra sabiduría popular y del sentido común nos susurra a la inteligencia: “la muerte está siempre acechando”. Así me la imagino como un tigre invisible entre la hierba alta del mundo, que en cualquier momento puede sorprender-te, atacar-te y devorar-te.

Pero su manifestación errática, su dejar ser la vida en un aquí y un ahora consistentes—pareciera no haber quiebres ni en el espacio ni en el tiempo--; su indiferencia la mayor parte del tiempo hacia estas víctimas de la mortalidad nos lleva desde su provocación a la respuesta de un estado mental ingenuo, como dentro de una permanencia (pero inexistente), como en un vivir real y extendido en el tiempo, incluso en un acceso sostenido de ceguera y asco hacia la muerte misma, con el cual tratamos de separarla tanto de nosotros que logramos incluso quitarla de nuestra conciencia y de nuestro modo de vivir.

“Es mejor vivir y no pensar en la muerte”, vuelve a afirmar la sabiduría popular. No deja de tener razón que si la muerte es verdadera e incontestablemente una cosa real cuando algo muere, pero que no afecta mayormente a lo que vive en tanto vive, y si indagar en la muerte con la conciencia no te aporta un valor ni un impulso para vivir mejor, sino al contrario, te dificulta el vivir al máximo las facultades de la vida, como puede ser volverte triste, escéptico y pesimista, entonces es mejor no pensar y simplemente dejarse “vivir”.

Así viven los animales. No es tan malo ser animal, pero es mejor ser un buen humano. Sin embargo, es más fácil que el humano sea un buen animal, a que el humano sea un buen humano. Morir como animal es más fácil que morir como un verdadero humano.

Morir es estar vivo. ¿Para qué separar la vida de la muerte, como dos condenados enemigos en celdas diferentes? Ni cárcel, ni juicio ni castigo es esto. Si muriésemos más seguido, digamos una vez al día; si concordásemos que cuando nos vamos a dormir, en realidad morimos, y cuando despertamos, nacemos o reencarnamos, entonces ya morir como cadáver y cuerpo no sería más que un estado más de este proceso de vivir-morir a cada instante y por todas partes.

Me parece que nuestra forma de concebir la muerte de una manera judeo-cristiana, o musulmana, o materialista-científica, o indoeuropea, o budista, representa una mera convención cultural y un condicionamiento sicológico. Nos hemos puesto de acuerdo con demasiada facilidad de que esto es la muerte y de que esto otro es la vida.

Que en el separarse de lo amado pueda estar el mayor dolor de la muerte, lo concedo. Sin embargo, –creo-- la solución no presenta grandes dificultades. Reconozcamos que existimos separados, individuados por naturaleza, y que en su sentido profundo el amor es un anhelo de re-unificación con algo que en definitiva se niega a fundirse con nosotros… y que al final inexorablemente se va. Si no somos capaces de ver para dónde va lo que se va, ni para dónde vamos con la muerte, entonces modestamente dejemos que la realidad haga su trabajo contigo, conmigo y con todo. Como Buda diría: “amar sin posesión; amar sin ser dueño de nada ni ser dominado por nada”.

Si no somos capaces de saber de dónde viene la vida y adónde va, entonces no nos aferremos a esto que insulsamente llamamos vida, y de la que apenas poseemos una pincelada parpadeante de conocimiento y experiencia.

Lloremos la vida cuando se la lleve la muerte. Lloremos, entonces, simplemente la vida. Pero no dejemos de reír, de reír y de reír. Todas nuestras emociones están al servicio de la vida y de la muerte. Las mismas emociones son constataciones de que estamos vivos y de que estamos muertos. Así nos hemos acondicionado y adaptado como animales a experimentar la vida y la muerte; el primer y más elemental nivel de la vida y la muerte.

Es hora de que nos humanicemos y comencemos a evolucionar por medio de nuestras emociones; dejemos de alucinar ya con la percepción de nuestros sentidos elementales y con nuestra razón mendiga. Es hora de que nuestras emociones superiores descerrajen el candado de nuestra corporalidad biológica y de nuestra conciencia animal.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

No imaginan

No imaginan lo que están próximos a ver
Lo he sabido desde hace cuarenta años
Lo he llevado conmigo como una maldición
He sido torturado por siquiatras para callar
He sido torturado por siquiatras para no saber
Aquí estamos, ahora llegó la hora, 2012
2013-2014-2015-2016 y con eso basta
Una sola epidemia podría borrar la humanidad del planeta
Biológica radiactiva espacial geológica mental mortal
Una visión imposible se hace posible con tecnología 3D
Y tú y yo y cada uno de nosotros en medio de todo
No puedo dejar de gritarlo aunque de nada sirve
Más que gritar y gritar porque hay que gritar en esta hora
Por ahora calla tú, gira tú la cabeza a otro lado, ignórame
Vuelve a realizar los actos que te mantienen vivo
Esos minúsculos comentarios al margen de tu existencia
Quédate ahí, quieto, agazapado en el padrenuestro cotidiano
El pan nuestro de cada día que te da la paz
A ti el más ateo de todos, que rezas por los que tienen fe
Con tu día a día, tu confianza en el porvenir y tu simplemente
Hacer nada, nada verdadero para cambiar ESTO
Ahora mismo que todavía parece que esto nunca ocurrirá
La enfermedad de no pensar que nunca fuimos
Más que doce mil años en medio de la eternidad
Tic tac tic tac tic tac tic tac y al final ¡TAC!
Púdranse siete mil millones de gusanos
Menos diez que volarán con alas en el momento justo.
¡Yo los amo, malditos siete mi millones de gusanos
Los amo hasta morir!
Malditos humanos que lo tienen todo
Pero TODO, como en otro tiempo se les prometió.
Un planeta se extingue
Otro comienza a ser sembrado
En otro lugar del universo.
Un planeta se extingue
Sólo si el Universo lo quiere así.
¡Sorpresas muchas sorpresas!

lunes, 26 de diciembre de 2011

Aun así


Aunque de los árboles sólo cuelguen flores de lata
del cielo sean las estrellas pegotes de un bastidor insolente
y en los bares muera la vida sin sentido de los lugareños,
aunque caigan fermentos de ácidos de las farmacias de nubes
me tomaré firmemente de otras manos
para deslumbrar al mundo
arreciando
con la estampida de las pavesas de mis yeguas de oro
y volveré a sembrar naturaleza en algún lugar de esta tierra
y repetiré el grito primal salvaje
de los únicos humanos soñadores de futuro.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Somos


Somos vidas que se sumergen unas en otras
                   que se rozan unas con otras
                   que se destrozan unas con otras

Somos vidas que duran un instante y ya
                                               ¿ya qué?

Somos una protuberancia en el destino
que una vez disuelta
es dudoso si existió

Somos el borde de algo
         la sonrisa de alguien
         algún intento

Somos un poco con deseo de más
         el esfuerzo que nunca se completa
         la angustia de una lágrima corporal

Somos el desaliento que no acaba de convencerse
         el despertar entre una eternidad y la nada
         la omnipotencia que juega con un revólver en la sien

Somos algo más y algo menos
que humanos.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Mortales inmortales


Aquiles murió simplemente con una flecha
arrojada en el momento oportuno contra su talón;
Edipo acabó haciéndole el amor a su madre
aunque corrió toda su vida lejos de ella;
Zeus el padre de los dioses y de los hombres
aunque dios inmortal y rey del universo
logró sólo inmortalidad en los poemas de Homero
lo mismo que todas las divinidades sacras y sus palabras
siempre se quemarán sobre una siempre nueva pira funeraria
soplada por un nuevo y omnipotente dios.

martes, 20 de diciembre de 2011

CUANDO NO EXISTÍA LA TELEVISIÓN

Cuando no existía la televisión los humanos vivíamos en el horizonte de nuestros sentidos. Por eso mismo soñábamos con maravillosas y terribles tierras lejanas, en ciudades deslumbrantes como nuevos planetas, en una América primal y salvaje, y nos levantábamos enérgicamente en las mañanas para agradecer al sol su perseverante despliegue de luz y vida.  
Imaginábamos ingenuamente que todo era verdadero. Que la paz de nuestros pequeños espacios estaba sustanciada en rocío de eternidad; que si nos alcanzaba la desgracia de la pobreza y del odio humano en alguna de sus renovadas formas de injusticias, podíamos luchar con ideas y palabras como banderas transformadoras de mundos.
Entonces la poesía y el arte no se avergonzaban de los lugares comunes, ni de las flores, ni de las nubes, ni del agua cantarina de los ríos. Había arcoíris por todos lados, sonidos de plumas, de líquidos, de vegetales y leyendas misteriosas; incluso un Dios en el que todavía se podía creer.
Desde los caminos de tierra provincianos el viento rasgueaba coplas de Violeta Parra por las cuerdas de los sauces; el oleaje de la Isla Negra adormecía los crepúsculos marinos de un Neruda abrazado a Matilde en su cama, y en la Frontera los trenes humeantes de Teillier abrían el camino de un mañana que se resistía a llegar por los humedales del sur.
Entonces todos esos locos ansiaban acudir a la capital y brillar entre las escasas luces de neón y las galeras del único periódico, pero bebiendo vino tinto en tugurios que se calentaban con sueños y versos, como si el cielo se hubiese vuelto al fin próximo y humano.
Yo no sé qué pasó. Yo no sé qué me pasó. Híbrido entre cola de lagarto y cabeza de software ahora estoy aquí, despojado de fe-mueve-montañas, despojado de un mundo verdadero que pueda sostenerse sin pastillas para dormir, sin contrato de trabajo, sin versos de silicona, sin servicios básicos, por todos lados bien equipado contra el sin, incluso sin amigos.
Y aun así credo de profundis, como el último de los dinosaurios latinos, cansado de ser el último que espera el cosquilleo de las hormigas que por millares comienzan a subir por mis patas agobiadas de hombre antediluviano;
creo eso sí más que todos los nihilistas que se solazan en esta cultura contemporánea, destripando todo a fuerza de no amar nada. Los jóvenes, los jóvenes, ¡ay, quién sabe ya de amar!... Y los viejos, mis viejos, se han encerrado también en pequeñas alcobas que han comenzado a tapiar por dentro. Yo me miro en el espejo y me digo: “No eres ni joven ni viejo”.
A veces yo también me quedo mirando la pantalla de mi computador, o sea, simplemente mirando para afuera. Entonces dudo de todo, desconfío de todo; los ojos sólo miran apariencias envasadas y colores editados, los oídos escuchan sólo fricción de metales, y humanos en pequeñas figuritas se encienden y se apagan en 3D, veloces, rápidos destellos que se van alejando entre días y horas cada vez más breves… hasta que un día más corto que un segundo lo comprima todo y sin que nadie se percate.
Los ensueños de una sola realidad sustantiva arraigada en un tiempo lento e ingenuo se me rompen y me desangro en un nadie, en un miserable bit de información. Eso es cierto, eso me parece más cierto que nada. Me descubro fragmentándome en desgarros de conciencia, disgregando la realidad en infinidad de opacas otredades, camuflándome en esos semejantes que me imponen su propia desintegración.
Pero les aseguro, amigos por internet, que aquí no me quedo; aquí nada ni nadie podrá retenerme. Eso de estar a mitad de camino me otorga el privilegio de seguir adelante o volver atrás. Y aunque salga de aquí como don Quijote sobre un caballo de palo, volaré sobre ese palo adonde nadie ha visto aún.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Si las olas se doblaran


Si las olas se doblaran enmudecidas de dolor
contra sí mismas
pálidas moradas espumosas
si un gorrión volara  cada vez más alto
atraído por el vértigo del sol
sin hallar ni un solo olivo al norte
si las calles despojadas y vacías
mojadas por un sol sangrante y único…
soñarían un millón de años para nadie
que pudimos ser mejores.

viernes, 16 de diciembre de 2011

LOS ALBAÑILES


Los albañiles bajan de sus obras sin un ¡ay! ¿Quién leerá en sus manos el destino de sus vidas, si el pasado ha dejado en ellas un hollejo imperceptible y magro? ¿Por qué vuelven por las tardes a su hogar modesto sin las fuerzas para construir un nuevo amor? Una voluntad invisible les ha sorbido el alma cuando sellaban argamasa alegre entre piropo y chanza, acróbatas de la arquitectónica grandeza y la miseria humanas. Los albañiles que sigilosamente construyen, sólo bajan la cabeza para recibir su paga, pero nunca olvidan el camino de regreso a su hogar.