domingo, 16 de marzo de 2025

Compasión (capítulo 9 de Historias de un Individuo Imposible)

 

 

He decidido ser compasivo con quienes me van a leer. ¿Quién puede dimensionar a qué se renuncia y qué cambia cuando yo decido ser compasivo con los seres humanos? Sépase que no es una conducta encubierta—o directamente—despectiva ni arrogante, porque ser un individuo imposible me pone en cierta condición singular y paradójica. Mis palabras son siempre nuevas palabras, aunque parezcan las mismas de todos; pero también son despreciables, porque no sirven para lo que la gente valida y usa las palabras. Yo me inspiro todo el tiempo y sin cesar en la poderosa enseñanza del sol: alumbra y calienta sin cesar y sin diferencias manifiestas lo mismo sobre buenos y malos, sobre humanos y no humanos. La compasión encierra en mí—creo—algo así como humildad existencial y moral disponible para que sea Realidad la que decida qué hará con mi compadecido, y no tenga yo que condenarlo, ni siquiera asignarle un valor, o estado determinado y definitivo, a ese que no me resulta bien. Sin embargo, para que se entienda precisamente en aquello que voy a exponer en este escrito, si me encuentro en la calle con un maleante que está actuando de forma violenta, por ejemplo, contra un niño, mi compasión no me impedirá que también actúe de alguna manera suficiente para impedir que continúe con su manifiesto acto brutal. Se puede y se debe—llegado el caso de conciencia—ser violento como el más violento, sin poseer una condición y carácter en absoluto violento. La cuestión de fondo que nos propone la Realidad continuamente es ante todo en qué estado de realidad tratamos de estar, o simplemente, o finalmente, realizamos.

Siempre estamos adentro de un algo-realidad que nos impone sus condiciones y limitaciones. Nuestro sí-mismo, nuestra consciencia, nuestra mente ya es un algo-realidad impositivo y condicionante. Si dentro de las Ciencias se hubiese creado una ciencia particular y una epistemología fundacional acerca de los determinantes de la existencia humana y universal, yo respetaría algo más a esta coja, tuerta y arrogante necia que pretende conocer la realidad mejor que nadie, a ciencia cierta. Pero la huye y la rehúye como una rata asustadiza, porque intuye con el rabillo del ojo tuerto que ese saber acabaría destruyendo a todas las Ciencias, y trastornaría al burdo animalillo de dos pies enclenques que la sostiene y la delira. En cambio, se afana por engrandecer y convencer a esta rata humana delirante que se sube al escenario del mundo para actuar un diosecillo en camino a la omnisciencia y omnipotencia, sin anticipar el agujero abismal adonde en masa se encamina. Las Ciencias también nos imponen un algo-realidad, lo mismo que son a su vez el resultado de un algo-realidad condicionado.

¡Qué ironía!... Los griegos buscaron afanosamente el principio (ἀρχή) de todas las cosas, de la realidad, y se encontraron por todas partes y de todas las maneras con el relativismo y subjetividad de la condición existencial y mental del ser humano, del filósofo-científico pensante. A cambio, creyeron descubrir una Naturaleza (Φύσις), un cosmos-orden (κόσμος) independiente del ser humano, un objeto universal no subjetivo ni relativo—incluso aunque fuese causado y gobernado por un dios platónico o no-platónico (realidad absoluta)—. Este Universo podía ser, entonces, el escenario sólido y seguro para constituir y construir una existencia cierta y un saber ciertos, un parámetro estable y definido de verdad y falsabilidad. En términos y parámetros siquiátricos: “he aquí el juicio incontestable de realidad (incontestable)”, la sanidad mental por excelencia. Pero no, nos hundieron hasta siempre contra el fondo del mismo pantano ilusorio y sicótico del que buscábamos huir—huyendo de nuestra delirancia humana—, pues la Naturaleza es la Causa Suprema de toda ilusión y delirio, las sublimes entrañas materiales de la Superilusión, el Supremo-Estado-de-Realidad desde donde nace—sin nacer—y allí mismo habita nuestra condición relativa, alucinada, efímera, antropogénica. La sólida, incuestionable e inevitable realidad cotidiana… ¡Qué ironía!

“Sueña el rico en su riqueza, que más cuidados le ofrece; sueña el pobre que padece su miseria y su pobreza; sueña el que a medrar empieza, sueña el que afana y pretende, sueña el que agravia y ofende, y en este mundo, en conclusión, todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende.”[1]

¡Vaya ironía!... Se puede soñar que se sueña, y se puede delirar que se delira. ¿Cuántas matrioshkas son la Realidad?... ¿Una o/y infinitas?... Incapaces de superar aunque sólo sea una ilusión, nos obligamos y estamos obligados a concebir todo en términos disyuntivos, duales, agregativos, contrapuestos (o/y), por ejemplo, realidad/irrealidad. Yo vengo de vuelta de las regiones de lo Imposible, o sea, apenas un milímetro más allá de la punta de sus narices. Yo no traigo respuestas, sólo una cornucopia de ilusiones para desplegar como confeti ante tus desorbitados ojos. ¡Coje la que quieras, coje la que puedas! ¿Te preguntas si yo soy un alienígena/extraterrestre?... ¡Sí lo soy!... Un milímetro más que tú. Sólo un milímetro más que tú basta para ser Dios y/o Demonio.

¡Qué difícil y hasta imposible es para ti ir, aunque sólo sea un instante, hacia afuera de ti mismo! Mírate como piensas todo desde tu único color político, o sea, a los seres humanos amigos y/o villanos, sólo humanos y/o no-humanos. Mírate como miras a los que no creen en lo que tú crees. Mírate como sientes a los que no son tu familia, a los que no son de tu nacionalidad, a los que no poseen tu color de piel, a los que no hablan tu idioma, a los que no son de tu sexo, de tu edad, de tu clase, a los pobres, a los enfermos, a los ladrones, a los mentirosos, a los miserables, o sea, a “los otros”. Mira la manera como cuentas tu dinero. Mira que respiras sin esforzarte ni quererlo. Mira que la sangre fluye por tus venas sin cesar, y tú no la sientes. Miras el pasto verde y llamarías imposible que no sea verde. Miras hacia arriba y sabes cielo. Miras las noticias que te ponen delante, y te informas. Ves morir, ves nacer, y no ves nada más allá, pero igual supones. Duermes, sueñas, despiertas, duermes, sueñas, despiertas… Sabes tu nombre, pero ¿qué es tu nombre? ¡Mira cómo estás leyendo ahora, y no sabes que el Universo lee a través de tus ojos!

El Juego quiere que juguemos. ¡Aprende cómo se juega con la Ilusión! ¡Aprende a salir de Todo sin salir de Todo! En cambio, tú sales de un Todo-sin-salir-de-Todo, porque no sabes jugar por ti mismo. Tu juego es un juego pequeño y elemental, puedes quedarte allí, volviendo una y otra vez de regreso a la partida, sí, o puedes decidir con voluntad inquebrantable avanzar al siguiente nivel. Tarea imposible. Para mí es motivación y recurso suficientes, aunque no sepa dónde acaba, ni cómo sigue, ni qué soy yo.



[1] Pedro Calderón de la Barca, La Vida es Sueño.


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