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sábado, 16 de mayo de 2015

LA VIDA Y LA MUERTE



La vida no comienza en un punto y en un lugar determinado, como la persona que cree nacer en un parto. La vida comienza en todas partes y en todo momento, y se cuida poco de que el humano la reconozca en su omnímodo poder y presencia. Y no pienso siquiera en la vida asombrosa pero obvia de un amanecer en el momento justo, o el brillo de una mirada que se encuentra enamorada con otra, o el germinar vibrante y silente de una flor de cerezo, o la vida de alguno emocionado que aporta un “gracias” oportuno… Digo la vida sobre todo que se acurruca en la rigidez del cuerpo de un hijo muerto, o el golpe sangriento del metal en la carne humana, o la ira descubierta y brutal, o el silencio de la inmensidad negra del universo, y el mal… sobre todo el mal. --¿Qué vida?, me preguntarán los deudos. Y yo inclinaré mi cabeza conmovida por el dolor de la humanidad toda, y abriré mis brazos en cruz para responder --¿Acaso no ha pasado todo el dolor que ha querido pasar a través de mí? Aun así, adonde quiera que mire, continúa el tiempo adelante, pero también hacia todos lados… Una Vida quizás con mayúscula que absorbe toda pequeña vida y toda muerte, toda negación y todo absurdo en un resplandor eterno –para nosotros casi invisible-- que nunca comenzó ni nunca terminará. Pero, te ruego, no lo llames Dios, porque todo dios es demasiado limitado y humano para contener tanta destrucción, tanto mal, tanto sufrimiento y tanta indiferencia, cuanto la vida realmente experimenta, goza y padece.

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