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sábado, 30 de julio de 2011

GRACIELA

Graciela 82 años camina por la vereda de una calle de Santiago apoyada en su bastón. Por su lado pasa Agustín de 12 años raudamente en su bicicleta. Ella no lo mira, él no la mira. Graciela camina dentro de un cuerpo ruinoso cada día más bella. Cuando atraviesa la calle no mira. Cada día sus ojos entelados de recuerdos se apagan más, y camina. Camina sola, porque la vida no se detiene. Ella no teme ningún final. Graciela, la mujer y anciana, quedará retratada en un álbum de fotos arrumbado, pero la otra, esa que volaba por las calles más veloz que Agustín, sólo será visible en el cielo de los delirantes.

jueves, 28 de julio de 2011

Con los ojos simplemente abiertos

Con los ojos simplemente abiertos mirando de frente el abanico del mundo
la catedral de los tiempos se desmorona ante mí;
ante las órbitas de una gruta infernal evoco los manes del universo,
son demasiadas las voces fracturadas y los anhelos para atender siquiera una,
tanto como las olas del mar se ahogan en un océano único.
Yo soy la entrada del universo, el portal forzado de mi propia eternidad,
una minúscula célula reproduciéndose en la nada;
me he vuelto inmortal de tanto experimentarme morir,
y aunque ofuscado por el vértigo—¡perdón!--, aquí me tienen adelante para ser.
Yo no puedo sino volar como una flecha rota de tensión en su arco
más allá del instante, más allá del presente que retrocede en cada instante,
yo no puedo sino ver arrancándome los ojos, ni oír sin enmudecer
prisionero de alguna ancestral maldición, profeta del dios desconocido.
¿Cuántas veces queriéndote pregonar no me detuve en la plaza de los pueblos
y alzando la voz –tímido yo-- carraspeé tu nombre y tu palabra,
que se pretendía a sí misma más antigua que todo nombre y palabra?
Mal profeta te elegiste incapaz de levantar un muerto ni de perdonar un villano.
Así me creí llamado a otra labor a evocar los muertos en las mentes infantiles
 entonces me diste plaza y rugido alimento y majada.
Nubes de espectros de almas vivas ventolera de fantasmas muertos
todos  cálidos todos vivos amantes cada uno el único para mí
pero cada uno arrastrado lejos de mi abrazo paterno ¿yo debía ahijarlos a todos?
Tan pequeño soy  no obstante tan grande me has hecho con tanto amor y tantas vidas
que han venido a sucumbir en mí masticadas y sorbidas como un solo uno.
Tan uno y tan yo que ni siquiera a mí me necesitas; dejas de hacerte persona presente
dejas de convertirte en un hombre sólo yo a mí mismo no me reconozco como dios.
Me resisto a cantar los himnos de tu cólera ya mi garganta se nutre de gorjeos fatales;
tendré que acechar como esfinge a vuestros caminantes y recitar enigmas incomprensibles
para llamarme poeta que no tu verdugo ni tu criminal.
¡Cantaré y vocearé tan alto y tan fuerte que mi voz la reconocerán las cimeras de los cerros
pero bien lo sabes los humanos no me escucharán!
Con todo yo te seguiré como el gusanillo sigue el sendero de la flor hasta convertirse en alas de seda
aunque no conozca sino a medias tu verdad y a medias despliegue la ilusión de mi furibunda locura
ésta que al rodear el milenio guardo con más celo que el elixir su hechicero
y por el que tú sabes también que he sacrificado más que cualquier otro humano.
¡Veamos qué acontece al dejar caer desde mi cielo una gota de horror sobre la faz de la tierra!



miércoles, 27 de julio de 2011

LA BOLITA DE BARRO

Comenzó así. Mientras me hallaba tendido junto al estero vino mi hija María, la de ojitos claros, y colocó riendo una bolita de barro en mi espalda. Yo también reí al ver como el lodo se estiraba en mi piel. Entonces ella corrió hacia el río y para aumentar mi alegría instaló una nueva masa de barro. Volvimos a reír. El calor y su virtud sanadora se trasladaron a mi cuerpo. Ya hacia el anochecer, felices el uno y el otro, María tenía levantado sobre mí un pequeño promontorio de algunos metros de alto. Alguien la llamó por su nombre, y ella partió corriendo entre risas saltarinas. Me quedé allí bajo la tierra, en paz, esperando las lluvias del otoño, y los pastos tiernos, las nubes en lo alto y la nieve y el vuelo alto de los cóndores que anidarían entre los peñascos de mis cumbres.

lunes, 25 de julio de 2011

LA FLOR DEL MAGNOLIO

La niña enteramente vestida de blanco volvió la mirada temerosa hacia uno y otro lado, pero, al ver que nadie la vigilaba, se estiró cuanto más pudo con la mano temblorosa y alba para alcanzar la rosada flor del magnolio. El peso de su cuerpo se tensó hacia adelante como la cuerda de un arpa, pero el parapeto que la sostenía se quebró de vejez y frío. La niña lanzó un pequeño lamento de pajarillo herido y comenzó a caer y caer como otra flor del magnolio desgarrada por los aires.

sábado, 23 de julio de 2011

LA VIDA ES SUEÑO



Al emerger del cascarón de mis sueños comprendo mi necesidad de soñar. La vida se replica infinitas veces a sí misma en un parto absurdo y sublime, dentro del cual mis sueños son no más que otra forma de desgranarse a sí misma, como se mutila procreativamente en átomos y seres. Yo despierto mientras ella sueña que yo despierto; yo duermo y sueño que ella duerme y sueña que yo vivo. Uno y otro sueña el mismo sueño de amor. Y como yo la amo, ella me ama; y como ella me ama, yo la amo. Hay otros que se odian en pesadillas de dolor, que se reproducen a sí mismas como células cancerosas contemplándose en oníricos espejos de vanidad. Sólo debo reprocharle que me haya hecho parte de algunos sueños que recién están comenzando, aunque ella me ha puesto allí como un germen de perfección. Amor y horror. Despertar y volverse a dormir con ese peso dulce y atenazante que vuelve rígidos los párpados hasta caer en ese sueño inevitable de la muerte. ¡Duelen los párpados de la muerte, como duele en los ojos ciegos también el renovado despertar a la luz!... Sin embargo, he descubierto una nueva forma de soñar: ¡Sueños lúcidos!