
Debe
resultar extraño que uno inicie un estudio de la Realidad refiriéndose a la
fenomenología de los ovnis.
Seguramente no sería extraño, si mi intención fuese desarrollar sólo el tema de
los límites de la realidad – no es nuestro caso -. Y es que
existe una cierta deformación de perspectiva (esquema cognitivo) que nos tiene culturalmente
instalado el asunto Ovni bien por allá, en las fronteras lejanas de lo
real, o sea, a punto de caerse por el precipicio de lo irreal y fantasioso, si
es que no, para muchos, ya en caída libre derechamente hacia el fondo de ese
abismo... Es incuestionable y natural que cada uno haya desarrollado su sentido
de realidad, la mayoría de las veces sin siquiera darse cuenta, alrededor de sí
mismo (o “lo propio”), y un poquito caricaturescamente, “girando y girando en
torno a su propio ombligo”.
La Psicología del Desarrollo en general sostiene que el individuo va
desarrollando un proceso gradualmente superador de la condición egótica
infantil a través de su vida (desarrollo). Aunque esto pueda ser válido si
establecemos los parámetros de desarrollo en relación con ciertas habilidades y
realizaciones cognitivas, sicológicas y hasta conductuales (funcionales),
consideramos que deja de ser válido cuando evaluamos su “desarrollo” en
relación con un concepto ampliado y totalizador de realidad e irrealidad.
Ante este particular desafío, el individuo, mientras crece y se “desarrolla”,
sólo va reproduciendo una y otra vez – aunque en cierto sentido nuevos -
procesos y realizaciones egóticas, concordantes con sus nuevas habilidades (“superiores”)
y circunstancias (“superiores”), casi siempre inconscientemente… Un niño
de cuatro años que juega con su amigo imaginario, y hasta está dispuesto a dar
la vida por él, pronto va a la escuela, se educa, crece, aprende mucho, estudia
en la Universidad y, ¡gran logro!, realiza un PhD, incluso summa cum laude.
Luego, es contratado en el MIT (Massachusetts Institute of Technology), ¡y ya!,
tenemos a un ser humano en su máximo desarrollo posible, ¡tenemos a un científico
prestigioso y brillante!... Pero, háblale a ese científico de los alienígenas y
de los ovnis – el “amigo imaginario” - … Dale a leer The Interrupted Journey,
de John G., Fuller, y, si es capaz de leerlo completo, y aún te permite otra
solicitud, dale a leer Captured!, de Stanton T. Friedman y Kathleen
Marden… Te aseguro que se sabrá confrontado por ti a eso que él y la mayoría
llaman la “irrealidad” y la “fantasía”. Entonces, no tendrá cómo evitar
reproducir su paradigma egótico infantil todavía enquistado en sus estructuras
síquicas,
y “desarrolladamente” experimentarlo como irreal y fantasioso.
Tal vez, sólo tal vez, sea uno de esas notables excepciones, como los
científicos Jacques Vallée o J. Allen Hynek, que en ese desafío se
convierten de escépticos, en creyentes de la realidad (dura) del fenómeno ovni.

Neo intentando
saltar el abismo por primera vez, en la película Matrix (Captura de pantalla).
La
experiencia humana de realidad es un evento complejo y compuesto de
muchos factores, condiciones, elementos, situaciones, etc., que acaban
produciendo también este efecto que concebimos como “realidad”.
Para un humano experimentar e investigar la realidad es como seguir el hilo de
Ariadna ya dentro del laberinto, sin que sepamos a ciencia cierta dónde
estamos, ni adónde vamos.
Actualmente creemos saber, como uno de sus varios aspectos fundamentales, que
lo que el individuo común experimenta como la realidad se produce como
resultado de una combinación entre lo dado y una construcción empírico-existencial
progresiva (un Yo que vive). Lo dado, a su vez, es un compuesto
de condicionamientos y tendencias aportados por la condición biológica
(orgánica, genética, evolutiva, endocrina, etc.), por la estructura o estrato sico-biológico
(mente-cuerpo), y por el entorno físico-ambiental y social (geografía, clima,
cultura, familia, localidad, etc.). En grado variable, todo lo anterior ya está
dado como realidad desde el momento en que la persona nace, aunque a
posteriori, también en grado variable, es posible modificar estos factores y
condicionamientos. A veces se modifican de forma espontánea o involuntaria, por
ejemplo, como parte de una enfermedad, de un trastorno sicológico, de un
desastre natural, de un accidente, de un conflicto social, etc. En otras
ocasiones, se modifican voluntariamente, por ejemplo, por matrimonio, por
aprendizaje, por cambio de residencia, por terapia sicológica, por ideología, por
creencia religiosa, por intervención médica, etc. Sin embargo, en uno u otro
caso, la persona rara vez realiza estos cambios o es consciente de ellos como
procesos y experiencias que modifican, o para modificar, la realidad. Es
posible incluso que la persona pueda reconocer: ¡Qué
difícil es mi realidad!...
Como si fuese conciente de una distinción y distancia entre mi realidad
y la realidad. Y no es que no lo sea; nadie “normal” o en su “sano
juicio” carece del todo de conciencia práctica y sicológica de esta distinción.
Pero también nadie normal y en su sano juicio está exento de confusión e
inconsciencia de esta relación de planos y realidades. No existe ningún tipo de
ciencia o de saber que te enseñe en la práctica - con un corpus
sustentable de conocimientos y evidencias integrales – donde termina el YO, y
donde comienza LO OTRO.
Y nuevamente no es que no lo haya del todo, porque toda la experiencia humana
está constituida sobre esta polaridad básica, y, por lo tanto, todo el saber
humano, en todas las áreas y épocas, ha propuesto algo sobre esta distinción y
relación. Algo que históricamente en alguna medida sí ha funcionado – civilización,
progresos múltiples -, pero pobre, y seguramente insuficiente
para lo que planetariamente, por primera vez, se nos avecina. Porque la
inconsecuencia, la confusión, la inconsistencia, el autoengaño, la ilusión
colectiva, la inconciencia, la contumacia, el orgullo, la ambición, y mucho
más, todo está ahí mezclado, junto a un atisbo de conciencia lúcida acerca de
la relación entre “mi yo-ombligo”, y aquello (LO OTRO) que comienza a
alejarse progresivamente de mi YO. ¿Es posible siquiera percibir y experimentar
la Realidad – científica, y hasta supracientífica -, es decir no como
una ilusión o delirio de realidad, si no podemos evitar la
inconsecuencia, la confusión, la inconsistencia, el autoengaño, la ilusión
colectiva, la inconciencia, la contumacia, el orgullo, la ambición, y mucho
más, o sea, el filtro todopoderoso de LO DADO, remachado por la productividad subjetiva
del YO y de la mente-cuerpo humana a través de la experiencia de vida?...
¿No se parece más este hecho y fenómeno a la producción de un estado de irrealidad
y delirio, que a la experiencia y conocimiento de un estado de realidad
cierta?...

Escher,
Mano con esfera
reflejante (1935).
De
ninguna manera queremos desacreditar los méritos del YO.
Para los milenarios sabios hinduistas, el Atman (YO) es un principio divino,
consustancial a su naturaleza última y absoluta (Brahman-Atman). La percepción
y reconocimiento de la grandeza y maravilla de la Realidad es en gran medida
una realización autoperceptiva del YO, que puede percibir grandeza y divinidad
sólo porque el mismo YO la contiene y la reproduce (auto)perceptivamente –
recordemos que el YO produce en gran medida la realidad -. Sin
embargo, a diferencia del principio Atman, que configura toda individualidad
diferenciada en el Universo, pero sin ruptura ni separación sustantiva de nada
entre sí, el YO humano posee la misteriosa y exclusiva capacidad de diferenciar
y separar (sicológica y cognitivamente) cada cosa respecto de todo lo demás, y
de concebir todas las cosas diferenciadas y aisladas entre sí
(irreductiblemente identificadas y únicas)
, por ejemplo, como constituidas por átomos definidos, separados (material,
espacial y temporalmente) y sin unión física constitutiva con todos los demás
átomos del Universo. Sin embargo, la física cuántica ha refutado consistentemente
esto, y ha vuelto a validar - incluso experimentalmente - el viejo paradigma unitotal
hindú. No existe, según este saber cuántico, una separación sustantiva ni física
(local) entre un átomo y otro en todo el Universo.
¿Cómo es posible que nosotros, siendo parte constitutiva de la realidad,
creemos en cambio este estado de ficción separativa, y de irrealidad?...
No
es atribuible sólo al YO este efecto distorsionador que produce una realidad
centrada en la subjetividad yoica y que, además, constituye la realidad con
un patrón de diferenciación constante (identidad de las cosas separadas). Por
muy fuerte y central que sea este YO, sin embargo, también es interdependiente
de las otras facultades y funciones constituyentes directamente de la mente
humana, pero, además, de los condicionantes biológicos que sustentan
la mente (cerebro, sistema nervioso, cuerpo), y todavía más allá, desde la
interacción con el medio ambiente (entorno social y natural). Sin ir más lejos,
el Yo en su interrelación primaria y orgánica con la mente es determinado por
las demás funciones de la mente - y también las determina –, por ejemplo, la
consciencia,
la razón, las emociones, la inteligencia, la memoria, la percepción, la
atención, la voluntad, etc. Con esto, quiero poner en el foco que el YO se
manifiesta y se comporta de determinada manera (permanente y/o
circunstancialmente), porque las otras facultades también se manifiestan y se
comportan de determinada manera, “influyendo” y “siendo influenciadas” por el
YO.
Con esto también trato de decir que mi yo es una mezcla
inseparable o indeterminable de un yo mismo (teórico, eventual,
sustancial, estructural, o lo que sea) y una cantidad y tipo de
variantes concomitantes (interactuantes) múltiples que lo consolidan
fluida y dinámicamente, pues varían a cada instante empírico. La primera
y más íntimamente ligada con el YO es la consciencia. ¿Qué otra facultad
de la mente es más esquiva al conocimiento científico y materialista que la
consciencia?...
La consciencia es precisamente nuestra capacidad por excelencia
de acceder a la realidad y, al mismo tiempo, a la irrealidad. Otra vez,
con ella y por ella, nos enfrentamos a nuestra característica paradoja de
constitución natural. Es decir, experimentamos realidad por la conciencia, pero
al mismo tiempo creamos irrealidad por la consciencia. Por ejemplo, miramos una
mariposa amarilla que la conciencia percibe real-ahí, pero al mismo
tiempo es nuestra consciencia la que crea la ilusión de una mariposa
precisamente como la percibimos, sin que sea realmente como la percibimos, sino
como nuestro cerebro y nuestra mente la producen, la procesan y representan
(subjetivamente). ¿Hasta qué punto la mariposa amarilla que observamos posada
sobre la margarita es real e irreal al mismo tiempo?... En las condiciones
actuales de la ciencia, pero más aún, en el estadio evolutivo sicobiológico
natural en que se encuentra la especie humana no es posible saberlo con
certeza, y ni siquiera aproximada o probabilísticamente.
En
resumen y conclusión, no son sólo el YO junto con la consciencia
las causas de este fenómeno de realidad-irrealidad que entrelaza y condiciona
indisolublemente la naturaleza y la experiencia humana, sino cada una de
las facultades sicobiológicas, junto con los demás factores constituyentes (lo
dado). Desmentimos con confianza que alguna de nuestras facultades
cognitivas - ya sean los sentidos, la razón, la inteligencia, la memoria, etc.,
ni tampoco la suma o agregación de ellas - pueda producir alguna forma o grado cierto
de realidad (transreal). Por el contrario, creemos con buenas
razones e indicios – aunque siempre sean sólo probabilísticos o sugestivos –
que la experiencia de irrealidad como (pseudo)realidad prevalece siempre
en la naturaleza y ejercicio de la condición humana, sin que logre tal vez
nunca acceder a un eventual plano de transrealidad.
Entonces,
si somos incapaces de justificar y saber cuán real e irreal es lo más inmediato
y evidente para un ser humano; si nuestras ciencias y todos nuestros saberes
son sólo aproximaciones funcionales y auxiliares a una experiencia
subjetiva-objetiva de realidad-irrealidad, ¿cómo podríamos aproximarnos – en
cualquier sentido – a una experiencia que incluso trasciende y supera por
completo – o en forma extrema - la condición humana?... ¿Cómo podría no ser
una consecuencia necesaria e inevitable que todo ser humano – y cualquier saber
humano - sea incapaz de experimentar y conocer la naturaleza del
fenómeno Ovni-Entidades, y, además, no se resista a creer que es real –
sino concebirlo como irreal (incluso inconcientemente) -, si no ha
vivido nunca una experiencia personal de Encuentro Cercano (EC)?... Y
¿qué otra cosa podría ocurrir, si, para terminar de anonadarnos, esas
experiencias de EC casi siempre producen la ruptura completa o profunda del
sentido realidad-irrealidad de los experimentadores?...
Después
de esta exposición inicial y somera, creo que ya puedo esbozar hacia donde
comienza a apuntar mi investigación y mi punto de vista. Sostengo que eso de la
“realidad” no es en absoluto ni evidente, ni cierto, ni sustentable, ni
objetivo, ni científico, ni material, ni muchas otras cosas más que
tradicionalmente se le asocian, sino un constructo multiforme y multicausal que
tanto sicobiológicamente, como físicamente, es producido en referencia a una
eventual transrealidad, que actualmente es inexperimentable (inalcanzable)
para el ser humano. Además, que todo esto que producimos como realidad, e
igualmente todas las facultades y factores que la producen, están más cerca de
una completa irrealidad, o ilusión, o delirio – alucinación individual y
colectiva -, que de una experiencia de realidad transitiva hacia una transrealidad
original. O sea, que vivimos natural y forzosamente en una triple condición
de irrealidad – triplemente clausurada -: 1) la naturaleza física,
Universo, por sí misma ilusoria, o por lo menos indeterminada; 2) la condición
sicobiológica (naturaleza) humana; 3) la experiencia (existencial) de
realidad (pseudorealidad).
Entonces, como decíamos al principio, el abismo de la irrealidad no estaría en
las fronteras, bien lejos de nosotros, sino que estaríamos todos cayendo sin
pausa por el centro mismo del abismo, creyendo ilusoria y demencialmente que
nos encontramos firmemente asentados en el centro del “Universo de la
Realidad”.
De
confirmarse en el futuro la validez de esta teoría que parece fortalecerse a
pie firme en los campos investigativos de avanzada o alternativos en todas las
ciencias, acarrearía las más trascendentales y totales transformaciones de
TODO, como no lo ha experimentado antes la humanidad histórica. Tamaña
revolución o cataclismo ontológico – inevitable - hace sensato
resistirse cuanto se pueda a la experiencia de esto, lo mismo que a su mera
reflexión y consideración intelectual ecuánime. No me arredran, por tanto, las
polémicas ni los más intensos negacionismos y escepticismos en mi contra. Es
inevitable, además, errar y caerse en algún momento cuando uno se desliza en la
cresta del tsunami.
¡Allí
mismo se encuentra, justo allí, en el límite mismo de la Realidad-Irrealidad, el
fenómeno Ovni-Entidades!... O sea, EN TODAS PARTES. ¡Sigamos adelante!...