
Mientras viajaba hoy hacia mi casa en
automóvil me encontré con un extraño personaje vestido de verde, instalado en
la mitad de un cruce de calles, dirigiendo el tránsito. Tantas veces había
pasado junto a personajes similares que me producían una velada respuesta de
antipatía y extrañeza. Esta vez me lo
quedé observando y ocurrió algo distinto. Vi un rostro adusto, pero
también leí en él una mirada inquieta, quizás una pena, una preocupación, o quizás
lo mismo que yo pensaba de él… ¿Era necesario que estuviese ahí, dirigiendo el
tránsito?... ¿Acaso esa postura hierática, extraña, o simplemente su trabajo
era verdaderamente importante, o siquiera tenía sentido?... Yo tenía claro que
jamás me pondría un traje como el suyo para salir a la calle, pero él lo había
hecho, y asimismo tantos otros. Vi en él a otros, pero ante todo a una persona,
a una persona que tenía deseos de ir al baño, de comer, de fumarse un
cigarrillo o tomarse una cerveza, de llorar y gritar, de hablar con sus hijos,
de reír y cerrar los ojos por un largo rato… Reconozco que al pensar en él yo
lo estaba inventando; imaginaba su alma y su vida, sus circunstancias y su
sentido. Es posible que él fuese muy otro de lo que yo me representaba; es
posible que este policía no fuese más que la proyección de mí mismo. Pero aun
así entre él y yo había una identidad común. Yo no quería ser él, pero
inevitablemente era como él. Entonces se me ocurrió algo inusitado, un poco
loco, pero necesario. Me devolví al cruce y me lo encontré ahí. Me estaba esperando.
Abrí la puerta del copiloto y me saludó con cierta compostura. Le dije que
quería conversar con él y lo invité a tomar una cerveza. Me dijo que no podía
beber porque estaba de servicio, pero que con gusto aceptaba mi invitación a
conversar. Nos fuimos a un bar y allí me contó su vida. Una vida común; una
vida salpicada de anécdotas, de recuerdos, de penas, de esfuerzos, de deberes,
de mujeres, de hijos y amigos; una vida de minúsculos y pequeños gustos y
disgustos; me habló de su capitán, de su trabajo y de los sueños que todavía no
había logrado realizar; me preguntó la hora, dejó la gorra a un lado y se me
quedó mirando escrutadoramente… Y tú
–me preguntó-- ¿qué haces? Entonces
me di cuenta de que yo también me había inventado, igual que lo había inventado
a él… Soy profesor, soy escritor –le
respondí con cierta incomodidad--, soy un hombre que ha vivido una historia
como tantas otras, y ahora, policía dirigiendo el tránsito en un cruce de
calles.