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sábado, 31 de octubre de 2015

AKARGHI (31-32 continuación)





31



“¿Se puede estar durmiendo si uno sabe que está durmiendo?”, se preguntó Akarghi, mientras meditaba. Abrió los ojos y miró a su alrededor. Doce piedras de diferentes colores lo rodeaban y lo observaban atentamente… “¿Se puede estar durmiendo si uno es conciente de igual manera, y de todo cuanto puede ser conciente de sí mismo, que cuando se está despierto?” 

--¿Se puede estar despierto si nosotras hablamos y escuchamos tu pensamiento?—dijeron a coro las piedras con un sonido gutural.

--Cuando estoy despierto las piedras no hablan. Todo el mundo experimenta lo mismo.

--¡Necio!, cuando estás despierto sólo eres tú la causa de que no escuches a las piedras que hablan cuando hablan… ¿De qué te sirve estar despierto? ¿De qué sirve que todos experimenten lo mismo, sólo porque experimentan un mismo sueño en común? Es lindo experimentar lo mismo que todos y vivir todos en el mismo planeta, pero no por ello deben convencerse de que están despiertos. Además, tampoco todos experimentan lo mismo…

--Entonces ¿ahora estoy despierto?

--No estás durmiendo ni despierto. Sólo estás conciente en cierto estado de mente… En este estado de mente, hablamos y te escuchamos. En el otro, no.
--Pero si ahora me escuchan y hablan, entonces el otro estado en el que no las escucho es ilusorio, y éste, verdadero…

--¡Escucha, escucha bien, Akarghi!... No podrás entenderlo aún, pero debes recordarlo… Ni estar durmiendo ni estar despierto es verdadero ni ilusorio…

Desde los flancos de cada una de las piedras comenzaron a abrirse un par de alas, que agitaron, como se estremece el cuerpo al despertar, y levantaron el vuelo en distintas direcciones, encendiendo el aire con rayos de todos colores. Akarghi se las quedó mirando lleno de gozo, aunque no tenía razón alguna para sentirlo.

--¿Qué miras?—preguntó una voz que parecía venir de todos lados, pero que no producía ningún sonido.

Akarghi miró hacia todos lados, pero no vio a nadie.

--¿Quién eres?... ¿Dónde estás?—preguntó intrigado.

--Eso no importa, porque no podrías entenderlo.

--¿Adónde habrán ido esas piedras?

--¿Qué piedras?

Entonces Akarghi pensó si quizás no estaría ni despierto ni dormido, porque estaba muerto…

--¿Cómo podrías estar muerto, si sólo un cerebro vivo en un cuerpo vivo produce pensamientos?—preguntó las voces-una voz.

--Esos pensamientos sí necesitan un cerebro vivo en un cuerpo vivo; pero estos pensamientos son otros pensamientos, y al parecer no necesitan un cerebro vivo en un cuerpo vivo.

--Dices bien, Akarghi. Aunque hay pensamientos diferenciados por nivel de existencia, también existe un pensamiento indiferenciado y común a toda realidad que puedas experimentar en una conciencia manifestada.

--¿Por qué tendría que creerte si no eres nadie? Puedes ser sólo una ilusión de mi mente.

--Porque primero eres conciencia, y luego crees o no crees…

--Entonces tú eres conciencia.

--Soy la conciencia de la conciencia.

--Dios.

--No lo sé.

--¿Me dejarás que te llame Dios?

--¡Sí!

--¿Me dejarás que te llame no-Dios?

--¡Sí!

Un gallo cantó cerca de la ventana. Akarghi despertó bruscamente. El gallo aleteó y se posó sobre el marco de la ventana. Lanzó un largo y agudo quiquiriquí.




32



--¡Despierta, niño!—exclamó el lama Sapilaspatti, ofreciéndole a Akarghi una sonrisa compasiva y maliciosa a la vez—. Después de los deshielos, ¿para qué cae el agua de la cascada del Velo de la Virgen en lo alto de la Montaña Azul?—preguntó a continuación a los doce jóvenes sishyas que lo escuchaban atentamente, sentados en torno a él.

--Para nutrir la vida de los seres vivos del Valle de los Recuerdos—respondió un joven a su derecha.

--Bien dicho… ¿Cómo podría vivir el venado o la amapola del Valle si no recibiesen el agua de la cascada?... Pero, ¿ésa es la razón por la que cae el agua de la cascada?

--El agua de la cascada cae porque la tierra la atrae con su fuerza gravitatoria hacia el centro de ella misma. El agua, por lo tanto, cae para cumplir con una ley natural—. Respondió el joven de los anteojos de vidrios redondos.

--Bien dicho… ¿Cómo podría no cumplir el agua con la ley de la naturaleza? Pero, ¿ésa es la razón por la que cae el agua de la cascada?

--El agua de la cascada del Velo de la Virgen cae sin un para qué –respondió Akarghi, con la voz temblorosa de emoción--… Sólo las cosas que la rodean le otorgan, cada una, un para qué o un para sí. ¿Podemos saber qué es realmente el agua de la cascada del Velo de la Virgen en lo alto de la Montaña Azul?... ¿Cuando canta el ruiseñor, es realmente bello su canto?

--Bien dicho, sishya… El agua de la cascada del Velo de la Virgen en la Montaña azul no tiene nombre, ni esencia, ni realidad. El ruiseñor, cuando canta, también no canta… Mediten en ello.

El lama hizo una profunda reverencia que sostuvo alrededor de un minuto; luego se levantó en silencio, sin el menor gesto, y salió del salón. Akarghi sintió una extraña emoción que apretó su pecho, se incorporó velozmente y salió a la carrera del salón para no llorar delante de sus compañeros y del abad Farra-aj.

Akarghi continuó corriendo una vez que se encontró en el patio, y se encaminó hacia los cerros. Todavía corrió una media hora más, sin importarle ni el cansancio ni el esfuerzo que lo hacía jadear y sudar, hasta que llegó al lugar donde había estado con sus compañeros el día anterior. Necesitaba sentarse bajo la higuera; necesitaba experimentar la energía de ese árbol milenario. Ya no lloraba, pero aún una sensación desagradable oprimía su pecho. Volvía a faltar a las reglas de su orden monástica y arriesgaba otra vez un severo castigo, pero en su interior algo parecía desafiar esta veneranda norma y su vida monástica misma. Hacía ya unos meses que sus amados maestros, sus amados amigos, su amado monasterio, su amada vida toda se había visto amenazada y cuestionada por extraños sentimientos que iban manifestando de a poco una forma intelectual y expresión conceptual. Al escuchar y experimentar las palabras del lama Sapilaspatti no dejaba de sentir el regocijo y el asombro de la verdad y la belleza que se desplegaban como una evidencia sublime ante él y en su propio interior. Sin embargo, igual que una sombra inseparable y negadora de la forma original, se proyectaba por todas partes también la duda terrible, el sentimiento intuitivo y corrosivo de que todo esto no estaba bien… De que, de alguna incomprensible y sutil manera, en la medida que avanzaba y experimentaba más y más la Verdad, en esa misma medida, y como contraparte, se alejaba más y más de ella, del mismo modo que una mosca atrapada en la tela de la araña, al moverse más y más en ella para liberarse, más y más es envuelta y prisionera de su propia intención. Dios, Brahma, la Verdad, la Realidad, Akarghi, e incluso la evidencia como sentimiento en sí mismo --en definitiva lo supremo y lo irrenunciable-- proyectaban en su mente, en su conciencia, en su interior profundo e insondable la sombra de un bufón que en una mueca infernal deformaba y se reía victorioso de mentirlo todo, de engañar por completo a todos los seres humanos y también a todos los seres divinos, pero, sobre todo, a Akarghi mismo.

sábado, 24 de octubre de 2015

AKARGHI (29-30 continuación)


29


 Los jóvenes discípulos, en más de una decena y de diferentes edades, comenzaron a sentarse desordenadamente en la grama del cerro, donde acostumbraban a descansar después de jugar durante una media hora al perseguidor. Una tarde aireada, activa y no con mucho sol había conseguido templar los ánimos de los jóvenes que gozaban de una jornada especial, liberada ya la sobrecarga de energías que su dichosa edad les proporcionaba. La visita del abad Sapilaspatti del monasterio de Ladakh había facilitado que se les concediera la tarde libre, después de una mañana intensa bajo las enseñanzas del mismo reverendo Sapilaspatti, un hombre ya mayor que gozaba de una gran reputación como maestro en el Yoga y el Budismo, el cual les había dejado la tarea de meditar en sus densas palabras, a fin de compartirla a la mañana del próximo día, en el salón de estudio, los jóvenes novicios de Lamayuru con él.

Los jóvenes no por monjes dejaban de bromear, de reír y experimentar los sanos deleites de una atolondrada excitación emocional propia de la edad. Sin embargo, a sus dieciséis años, Akarghi, entre todos ellos, con frecuencia manifestaba comportamientos diferentes, a veces calificados de admirables por sus propios compañeros, pero otras también como raros. Si bien había participado en el juego con tanta o mayor energía y contento que sus demás amigos, ahora prefería retirarse a unas decenas de metros del grupo, bajo la sombra de una higuera, a descansar y meditar en importantes asuntos que quería volver a traer a su conciencia. Reclinada su cabeza sobre un leño abandonado vio llegar desde lo alto un ruiseñor, que se posó entre la fronda de la higuera sobre un ganchuda rama gris, y a una distancia de sólo un par de metros, de manera que Akarghi podía verlo y oírlo a su placer. De inmediato se acercó su amigo Kynpham Sing y le preguntó si podía acompañarlo, y en qué meditaba o pensaba. Akarghi le señaló el ruiseñor y respondió:

--¡Mira y escucha la belleza de ese ser!...

Mientras Kynpham ponía su atención en el ave, comenzaron a llegar los demás integrantes del grupo, y se sentaban alrededor para escuchar el diálogo. Kynpham sonrió complacido al contemplar el pajarillo, que parecía no atemorizarse con la presencia de los jóvenes.

--¿Recuerdan la enseñanza que nos impartió esta mañana Sri Sapilaspatti?

Como varios de ellos lo mirasen con una expresión dudosa, Akarghi recitó con ayuda de su prodigiosa memoria: “Los dioses se volvieron entonces hacia el ojo: “¡Canta el Udgitha (Himno) para nosotros!” “De acuerdo”, respondió éste, y entonó el canto. Todo el bien común que proporciona la vista, el ojo garantiza su beneficio para los dioses, mientras que el placer sutil que otorga la belleza es utilizado por él mismo [que posee ese ojo]. Los asuras (dioses menores) comprendieron que este canto iba a conferir a los dioses el poder de sobrepasarlos. De la misma manera, atacaron el ojo con las flechas del mal. Este mal se encuentra hoy día cuando vemos la fealdad o mostramos actitudes incorrectas – esto es, el mal por la vista.[1]

El ruiseñor levantó el vuelo cuando Akarghi terminó de recitar, y los jóvenes lo siguieron con la mirada.

--¿Cómo lo entiendes tú?—preguntó Aadarshini, uno de los mayores de entre los novicios, y que siempre escuchaba con interés  los comentarios de Akarghi.

--Yo hablaré por lo que me enseña mi propia inteligencia, pero cada uno de ustedes tiene la suya propia, por lo que les pido disculpas por esto.




30



--Hablaré con respeto y humildad ante esta sabiduría divina—continuó Akarghi--. Y porque mi mente limitada y pobre apenas atisba la belleza divina que experimenta el ojo, como nos enseña nuestro Brihadaranyaka, me concentraré por esta vez en el placer sutil de nuestro ojo cuando observa todo el tiempo la belleza, y su contraparte, la fealdad….Todas las personas aman la belleza y se sienten atraída por ella, y todos experimentamos cosas feas que naturalmente rechazamos, gracias, en uno y otro caso, a un sentido, emoción o facultad especial y natural que los dioses y los asuras nos han creado… ¿Los dioses y los asuras?... ¿Quiénes son ellos?, podremos preguntarnos, si no son parte de nuestra experiencia, como sí lo es la belleza y la fealdad, que las reconocemos en las cosas Nosotros creemos, primero que todo, porque nuestros antepasados, nuestros mayores y maestros nos lo enseñan así. Es decir, primero creemos en los dioses, porque creemos en nuestros mayores, y éstos creen en los dioses porque creen en sus propios mayores, y así sucesivamente hasta que alguien, generalmente el primero de todos, lo experimentó realmente por sí mismo, o simplemente lo inventó…--Algunos murmullos de descontento se dejaron oír entre los jóvenes, y en otros apareció una sonrisa irónica, aunque otros pocos asintieron.

--Yo no diré ahora por cuál de las dos creo, pero creo—continuó Akarghi, capturando de igual forma el interés de todos sus compañeros--. En cierto nivel de experiencia de los seres humanos no es relevante si existen o no los dioses: experimentamos belleza y fealdad en las cosas, creamos en ellos o no. La mayoría de las personas experimentan lo bello y lo afirman así: “¡Eso es hermoso; esto es feo!” Y ni se les pasa por la imaginación preguntarse si las cosas son bellas como las percibimos bellas, o ¿en qué medida nosotros creamos la belleza y la fealdad con nuestro ojo personal y subjetivo? Y es que esta mera pregunta nos pone de inmediato fuera del campo de la experiencia de los sentidos, e incluso de la autopercepción de nuestra mente. Entonces experimentamos una sensación de desvalimiento y vacío, como si ya no tuviésemos suelo que pisar, ni aire que respirar. Entonces, en un acto de necesidad y urgencia la gente puede responderse: es nuestra naturaleza, o nuestra genética, o las estructuras de la mente, o la cultura, o los dioses… Pero al fin de cuentas todo ello queda al margen, excluido y ciego de la directa experiencia de las causas… Una vez más la experiencia. ¿Ese ruiseñor era bello, feo o indiferente?... Primero, era lo que cada uno de nosotros sintió. Pero más allá de ese nivel elemental y superficial de la realidad, ¿hacia qué causa se explica lo que hayamos sentido de una o de otra manera con el ruiseñor?...

--¿Y cuál sería entonces la experiencia de la causa primera de la belleza y la fealdad?—interrumpió, preguntando con vehemencia el más joven del grupo, un chico delgado y con lentes de vidrios redondos.

Akarghi guardó silencio unos segundos, dirigió su mirada en dirección adonde había visto volar el ruiseñor, levantó los hombros y respondió en voz baja:
--¡No lo sé!...


[1] Brihadaranyaka Upanishad, I-iii-4.