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Es
una alta hora de la noche. Desde hace rato me conmueven unos extraños
sentimientos. Estoy de pie, tiritando en esta cima, aunque no siento frío. Las
palmas de mis manos están tibias una contra otra, perpendicularmente contra mi
boca. Nunca había visto tantas estrellas sobre mí. Nunca había visto tan
inquietantemente negro el cielo sobre mí. Pero ahora mi vista se mueve
pendularmente por abajo, tan abajo y lejos, que diviso las luces titilantes,
amarillentas, de todas las ciudades, de todos los países, de todas las regiones,
de todos los continentes de este mundo, alrededor de mí. Es una visión tan
extraña, tan distinta de lo que allá abajo cualquiera experimenta y percibe de
sí, como cuando se escudriñan entre sí dos universos paralelos. Si lo pienso,
es imposible, pero yo lo estoy viendo. Eso cuenta. Mientras mi visión
deambula por las diferentes geografías y relieves luminosos, expresivamente
humanos, entre inmensas masas y paños de oscuridad oceánica y terrena, según me
encuentre con cada punto de luz, con cada racimo de luces y resplandores, un
sentimiento propio, diferente y nuevo me conmueve. ¡Qué solo me encuentro, y
qué difícil ha sido llegar hasta aquí!... Entonces, se me aparecen pensamientos,
como si se desgranasen desde todas las rosas de los vientos por el impacto de esta
visión.
¿Qué
se le debe decir, qué se le debe enseñar, qué cosa nueva, todavía
no dicha, trascendental, se le debe revelar a la Humanidad
actual y futura? ¿Yo mismo soy portador de alguna obligación personal para con
la Humanidad?... ¿Hay alguna cima tan alta, aunque no sea la más alta posible,
desde donde se puedan contemplar conjunta y verdaderamente todas las cimas construidas
y los valles más siniestros de esta Humanidad? Porque una de las más graves
deficiencias de esta especie humana es la incapacidad colectiva e individual de
contemplarse a sí misma y a su entorno de realidad, con decidida lucidez, por
encima, abarcándolo todo, sin identificarse con nada particular,
como si se estuviese armónicamente adentro y afuera al mismo tiempo, “más allá
del bien y del mal”, pero también conviviendo con el bien y el mal.
Porque una todavía más grave deficiencia de esta especie humana es su propia
naturaleza y su pandemia colectiva e individual, material, biológica,
sicológica, cognitiva, espiritual, moral, total, de persuadirse a sí mismos y a los demás de
que ya se ha alcanzado, al menos, el reconocimiento del verdadero camino
(progresivo) hacia la precisa cima máxima y suprema de TODO, sin excepción, por
una especie de continua autorrevelación científica, o, en la vertiente
religiosa, sin que haya nada por encima de su “verdad”, hacia Dios, puesto que
hasta Dios se supone que no puede revelar nada nuevo que contradiga y refute
violentamente la “verdad” que ya reveló a sus “elegidos”, y a la Humanidad.
Para esta Humanidad es todo sencillo, desbordante de recursos, como un simplemente
dejarse llevar por la corriente de los avances del quehacer colectivo, o un dejarse
envolver, amortajar, por este cómodo y excitante estado de cosas.
No vislumbro,
y hasta donde alcanzo a colegir hoy, no sé, que haya alguna forma, alguna facultad humana, alguna
posibilidad humana de alcanzar, o siquiera de ir avanzando, hacia una cima de
TODO, en ningún sentido.¿Qué
es, entonces, el estar yo aquí?...
Yo
no puedo asegurar que esto mío no sea una ilusión más de la delirancia
omnímoda humana, y de la ilusión no menos delirante que nos impone el entorno
físico universal. Pero estoy aquí con seguridad en la cima de todos los
delirios humanos, conteniéndolos a todos juntos, aceptándolos a todos juntos,
con un amor paciente, pero, honestamente, sin saber qué hacer… ¡No!...
¡No!... ¡Sí reconozco que estoy delirando!... Es necesario que yo llegue a ser
borrado, olvidado, desechado, superado, como le es connatural a toda forma
encarnada, succionada absolutamente dentro del torbellino conciencia, tiempo
y espacio, incluso a la forma de un Dios, incluso a la forma real de este
Universo. El hecho de que yo esté de pie en esta cumbre no es prueba de
ningún sentido, de ningún valor, de ninguna certeza, de nada. Sin duda, ésta es
una cumbre suprema mirando hacia abajo, pero al mismo tiempo es el momento
crucial en que el ahogado todavía alcanza a sacar por un instante su boca a la
superficie, e inspira su último sorbo de aire y agua. Pienso ahora mismo tan grande,
tan colosalmente humano, como para aspirar a una verdad, aunque sólo sea
la más insignificante y humilde, en tanto pienso tan erráticamente como cualquier
desquiciado demente. ¡Yo existo!... Esta es la prueba del loco de que aún
existo inevitablemente. Pero, aun así, ¿y si ya estoy muerto, y sólo soy un
texto que habla cuando soy leído?... Todo es tanto más de cuanto se nos
aparece. ¡Qué corta de luces es la conciencia humana! ¿Se puede ir más lejos en
mis pretensiones de enseñar cualquier cosa relevante a esta Humanidad, si no
soy representativo de nadie, por más que pueda ponerme suficientemente
bien en los zapatos de cada individuo real, si nadie puede siquiera inferir qué
me pasa para que me haya transformado en un perro solitario, extemporáneo, escéptico,
descalzo?... Debo tratar de convencerme de cualquier cosa u opción, pero pensando,
y, sobre todo, girando,
girando, como
un proceso local más propio de este punto apical. ¿Podría enseñarles algo que
no margine a nadie, algo para todos, sin que nadie se reconozca ajeno y
extraño?... ¿A cuántos de los 8 mil millones de humanos podría tocarlos?...
La Humanidad no depende, en ningún sentido, de un solo individuo, ni de un
montón de individuos, ni siquiera de un solo Dios. Busquen dentro de la
Historia. ¡Nadie!... Estamos donde estamos y como estamos sin que ningún ser
humano nos haya enseñado nada particular para ponernos aquí. Más parece depender
de un destino, de un designio constrictor, omnipotente respecto de
nosotros, de un Algo desnudo, pero todavía secreto… que de algún conocimiento o
enseñanza, revelada o revelable. El acontecer es la verdadera revelación y la
verdadera enseñanza para nuestra Humanidad, la cual no por caminar en dos
patas, y no cuatro o más, se diferencia sustantivamente de cualquier artrópodo.
Aunque el acontecer y el suceder sean otra gigantesca ilusión, nos contiene,
como el Universo inabarcable contiene nuestro mundo azul, flotando. ¿Y cuánto
más hace con nosotros?... ¡Quién sabe! Es al acontecer hacia quien
nosotros debemos abrirle un nuevo camino interior, todas nuestras capacidades
disponibles, nuestras fantasías transformativas más delirantes, nuestro
infantil discipulado, cima sobre cima, desde la presente visible, hacia la
siguiente invisible e inexistente. También nosotros podemos llegar a ser más y
más acontecimiento y suceso. Yo he alcanzado aquí la cima de la materialización
simbólica. Aquí los símbolos humanos más altos, más conmovedores de la
creación humana ocurren, se encarnan en cosas, juegan a voluntad con las leyes
de la naturaleza, sueñan y ocurren, piensan y saben, levitan, se desdoblan, se
unifican, hacen milagros, aprenden de otra manera. Aquí las cosas
materiales, los fenómenos, un amanecer contemplado con luna nueva, el vaso que
se resbala de las manos y se quiebra, la ciencia de los números, una mariposa
que se posa en el dorso de tu mano, se transforman ante todo en símbolos, en
metáforas vibrantes, en pura sincronía desbordante de universos paralelos, que
necesitan hablar y ocurrir de una forma nueva, superior. Aquí acontece transfiguración. Pero mensaje, enseñanza,
no hay, ni para mí, ni para ustedes. Lo que realmente la Humanidad debe saber,
debe aprender, solamente debe vivirlo. Yo tampoco necesito anticipar futuro,
aunque en alguna medida eso ya lo sé, porque desde aquí veo más, algo
más.