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domingo, 29 de mayo de 2016

AKARGHI (capítulo 69)






Tras el umbral había otro umbral. Tras cada noche había una alborada. Tras cada movimiento, un acto. Tras cada existencia, inexistencia… Aquello no era una habitación humana. Los objetos se acumulaban unos sobre otros, hasta alcanzar el techo. No había espacio; sin embargo vivían personas allí, muchas personas. Olía a infierno. Las personas, familiares de la niña, se encontraban ahí, en todas partes, pero no eran visibles; era imposible verlas entre montañas de trastos y desechos. Sólo se escuchaba el silencio... Todos debían estar hablando, sin duda, pues no hay humanidad sin palabras, pero el silencio era total, como sólo puede serlo el silencio de los sordos. Akarghi comprendió que había llegado la hora.

Por el medio de la montaña de escombros, de oscuridad y pobreza, se entreabría una especie de angosto pasadizo, que se adentraba hacia una profundidad ilógica y absurda. En el fondo del pasadizo distinguió una figura pequeña que levantaba su mano en alto, haciéndole una seña para que se encaminase por ahí. Ya nada parecía real, si bien Akarghi conocía esa experiencia desde temprana edad, de manera que en todo momento podía también sintonizar a voluntad su mente para experimentar la irrealidad de toda realidad.

Cuando dio el primer paso, sintió que su piel era arrancada de su cuerpo hacia arriba y hacia atrás, como se desuella  de un tirón la zamarra de un animal. No sintió dolor, pero sí un desgarramiento interno. Ocurrió como si con esa piel se le hubiese arrancado un pedazo de conciencia que se iba alejando junto con esa piel, observándose conciencia con conciencia, como dos personas que se observan simultáneamente, aunque siendo la misma. “¿Sería eso mi cuerpo?”, pensó sólo un momento; luego ya no importó. Se sintió liviano de cuerpo y de alma. A su alrededor las cosas se distanciaron; le pareció escuchar un rumor, una multitud de pequeños sonidos que al agregarse unos con otros aparentaban el lejano girar de las olas del mar, o el diálogo nocturno de infinidad de grillos, o el repicar de la lluvia por entre las hojas de los árboles. Todo estaba oscuro; al igual que una noche podía ver el cielo lleno de estrellas, pero no eran estrellas sino nebulosas y galaxias de maravillosos colores que giraban alrededor de su propio centro, desplegando brazos de estrellas como filamentos de luces, y que se desplazaban hacia todas las direcciones, en una armonía sublime que hizo saltar de júbilo el corazón de Akarghi. Entonces le pareció que alguien se encontraba de pie junto a él y le tocaba suavemente la mano. Giró hacia abajo y divisó a la niña zarrapastrosa que lloraba mirándolo a los ojos. Akarghi se estremeció al contemplar el sufrimiento en sus ojos, al sentir la angustia y el abandono mortal en su alma.

--¡Kali, pequeña mía!… --exclamó Akarghi y la atrajo hacia sí, abrazándola y apretándola contra su pecho.

La niña comenzó a gemir. Akarghi la separó de su abrazo y miró su rostro contraído de dolor. Le pareció que la piel de la niña comenzaba a palpitar, como si innumerables burbujas creciesen bajo su epidermis y acabasen reventando. Toda ella parecía vibrar como si estuviese recibiendo una descarga eléctrica. Entonces su ojo derecho se agrandó y presionó hacia el exterior de su párpado, hasta que con un sonido sordo saltó fuera de su órbita, salpicándolo de sangre. De inmediato ocurrió lo mismo con su ojo izquierdo. Luego se le desprendieron las orejas de su lugar, y la nariz, y las manos, y los brazos, hasta que al deprenderse sus piernas, se derrumbó al suelo. Pronto sus músculos, sus tendones y nervios, sus órganos todos se licuaron en sangre; sólo quedó a la vista un montón de huesos y, encima de ellos, la calavera. Akarghi sintió horror y pena.

Escuchó cerca de él voces, murmullos, gemidos, choques de objetos. Desde todos lados aparecieron esas personas que siempre habían estado allí, detrás de todo, adentro de todo, debajo de todo. Comenzaron a acercarse a él, extendiendo sus brazos suplicantes.

--¡Sálvanos, Akarghi!—imploraban--… ¡Líbranos de morir!... ¡Líbranos del dolor!... ¡Líbranos de la eternidad!... ¡Sácanos de aquí, Akarghi!...

No pudo evitar sentir miedo y hasta terror. Sintió deseos de huir, de escapar de esta horrorosa realidad. Ante sus ojos espantados cada uno de ellos comenzó a padecer el mismo deterioro, la misma descomposición en vida que la niña Kali, y sus voces se diluían con borboteos, ahogadas en charcos de sangre. Sus huesos nauseabundos, blancos, rojos y negros, comenzaron a volar en todas las direcciones hasta ocupar la inmensidad del cielo en tinieblas, de un extremo a otro, moviéndose intermitentemente y entrechocando con espeluznantes sonidos, como una universal sinfonía macabra. 

--¡Yo soy tú!... ¡Tú eres yo!-- exclamó Akarghi, tratando de sostener aún la realidad en sí mismo.

Percibió un movimiento alrededor de sus pies. Los huesos de la niña Kali se movían. Comenzaron a girar alrededor de él, ascendiendo y rosándolo, hasta que al alcanzar la altura de sus ojos empezaron a ordenarse en forma de esqueleto, pero no de un esqueleto humano, sino de un ser monstruoso, horrible, en cuyas cuencas vacías brillaba, con el ardor de un fuego demoníaco, la insoportable mirada que revelaba el fondo mismo de lo humano… Ella, eso, el horroroso esqueleto lo cogió de ambos brazos y lo obligó a contemplar sus ojos abominables. Akarghi sintió que esa mirada, esa cosa, se metía dentro de su cabeza y comenzaba a presionarlo por dentro, hasta el punto que presintió que su cráneo iba a estallar. Simultáneamente la calavera crecía y crecía;  finalmente lo levantó por los aires, todavía aprisionándolo fuertemente con sus afiladas falanges. Abrió sus enormes mandíbulas con una sonrisa infernal y,  lanzándole al rostro su resuello de tumba abierta,  lo acercó de cabeza a su gigantesco hocico y se lo tragó.

Mientras caía adentro de aquello, por lo que podría ser el alma vacía de la Muerte Original, Akarghi constató: “Esto soy yo”… Y se encontró con el alma de sus padres, de sus abuelos, de sus maestros, de sus condiscípulos, de sus conocidos y desconocidos, de sus dioses, de los animales y de los árboles, de los elementos, de la rosa de los vientos, de los sueños, de los mundos, de los gritos y las sonrisas, de las moléculas y de todos los átomos resplandecientes, gozosos, girando danzantes, padeciendo la misma caída que él experimentaba, envueltos en un largo, interminable estallido de luz, que se iba extinguiendo muy de a poco, como un Universo que está siendo engullido a través de las eras por la insaciable boca de su Creador.

sábado, 21 de mayo de 2016

AKARGHI (capítulo 68)





Nadie está solo, hijo… Nadie está solo”… Recordó las palabras del sanyassin Vijnanamaya, mientras observaba a cientos de niños, mujeres, hombres y ancianos escarbando en inmensos cúmulos de basura. Su aspecto era terrible. Los niños en su mayoría estaban casi desnudos o completamente desnudos, con sus pieles negras y arrugadas de hambre, pegadas a su esqueleto frágil, y coronados con grandes cabezas de ojos anonadados por la miseria. Los hombres apenas cubiertos con unos taparrabos grasientos y colgantes se enterraban sin repulsión en el pus animal y el deshecho nauseabundo, buscando un pedazo de algo que pudiese comprar un instante de vida. Incluso las aves carroñeras y los perros se alejaban asqueados del lugar. El sol fulguraba inclemente en estas latitudes, muy arriba, como si la fuente de la luz no se inmiscuyese en los dramas humanos.

“¿Qué hacen ahí?”, pensó Akarghi… Se acordó de Tashi Aburghasim, de Latniavira, de Balu Nadeem, de Savir Dhariwal, de Sunashi Ghosh, de Hrithik Goswami, y tantos otros a quienes una caprichosa fortuna les había entregado tanta riqueza, tanto poder, con camas blancas de seda, con vista al mar y a la belleza, con bebidas espirituosas de todos colores, con la realización de todos sus deseos y voluntades al punto. Observándolos a aquéllos, en cambio, oscurecidos de dolor, ennegrecidos de pura privación, intocables y aislados como perros sarnosos, ¿qué podía significar el aceptar que no estaban solos?... ¿Acaso era necesario reconocer que no estaban solos, y, entonces, que la providencia y la sabiduría de Dios sabrían recompensarlos, premiar su humilde y paciente sometimiento a su miseria y abandono? ¿Cuándo, dónde?... En otra vida. Siempre en otra vida, en otro cielo, en otra era, en otro mundo, en otro cuerpo, porque era evidente que nunca los satisfacía, los sanaba, los salvaba, los liberaba, los amaba en éstos. Ningún darçana (enseñanza) poseía el poder de facilitarle creer que el dolor y la miseria humana que tenía delante había que tolerarlas tal cual, por la razón que fuese, pues ahora esto ya le parecía más un subterfugio cómodo y falaz, que cualquier otra cosa. 

Una niña se le acercó y le estiró un pedazo de género sucio que alguna vez había sido una muñeca. Ella lo miró sin expresión alguna, aunque Akarghi creyó distinguir el surco seco de una lágrima sobre su mejilla polvorienta. Akarghi la tomó delicadamente y miró a la niña con una sonrisa compasiva. Vio en sus ojos el brillo de una vida que iba apagándose demasiado aprisa. La niña se dio media vuelta y se alejó musitando algo, por entre la basura.

¿A quién o a qué le creería en definitiva?... Pues sea cual fuere la certeza o la opción que lograse, siempre sería ante todo una creencia, un acto de peligrosa fe, sustentada en algún tipo de fundamento invisible, donde siempre convergen amigablemente la verdad y la ilusión. Una tras otra había visto derrumbarse desde dentro cada creencia humana, cada certeza que había conocido, y hasta compartido, convencido. Esa niña cumplía con llevarse otra vez todas sus verdades; todas las verdades de montañas y montañas de libros sagrados y verdaderos. ¿O debería oponerle un no rotundo, fanático, espiritual, y dejarla disolverse en el trasfondo del pasado, confiado en que Dios, o la buena voluntad de algún alma noble –o necia—la acompañase mínimamente para que no cayese fácil y rápido en la anulación, en la agonía, generalmente más larga que todo, y al final en la muerte? La observó como se iba apartando de su vista entre dos montículos de desechos, y visualizó con inquietud las dos opciones que se le adelantaban, como dos largos caminos, quizás tan largos como para alcanzar, por uno u otro, alguna inalcanzable estrella en el firmamento, o bien, incluso –de haberla--, la meta del Universo. “Cuando intuyes la realidad de cada momento como si fuesen dos caminos divergentes ante ti, sólo estás comenzando a ver en forma de dos, lo que simplemente no tiene número…”, le había revelado en un sueño el rishi Dur-pah.

--¡Destino!... ¡Por todas partes destino!...

Exclamó con un estremecimiento, y saltó para ir a la siga de la niña. Esa palabra mañosa y ambigua (destino) bailaba delante de él; se escondía como una danzarina sensual y misteriosa, siempre mostrando un poco más de sí, prometiendo más, como si todo, más y más, fuese moviéndose armónicamente con ella. Pero siempre también engañando, siempre encantando con su conmovedora apariencia… Se le saltaron las lágrimas al constatar a cuantas y tantas sufrientes personas iba dejando abandonadas en ese basural cuando pasaba a su lado sin detenerse, por seguir a una sola, a la niña que lo llamaba más que nadie.

Un buitre que volaba en círculos con sus negras alas extendidas, a baja altura, le graznó:

--¡Déjalo, Akarghi!... La buddhi (inteligencia) humana jamás podrá develar ni comprender la razón detrás de todo… ¡Vete!... ¡Nada elijes, nada conoces, nada progresa!

Akarghi lo miró con compasión y, sin detenerse, le gritó:

--¡Sé tú mi destino, sea!... ¡Pero yo seré también el tuyo!

Y con una convicción que presentía más allá de sí mismo, continuó adelante, desafiando con su sí mismo al pasado y al presente, comprendiendo que todo, aun lo más evidente y cierto, podía igualmente no ser más que una ilusión y un engaño. 

Caminó como un sabueso de las existencias posibles. Perdió de vista a la niña varias veces, pero esas mismas veces encontró también a la distancia su figura pequeña y mortecina, que rengueaba levemente. No quiso asustarla, por lo que se mantuvo a suficiente distancia para reconocerla y no perderla. Un instinto, o una voz interna, lo conminaba a seguirla, a seguirla y seguirla, sin saber hasta cuándo.

La niña caminó por senderos de tierra, más allá de los basurales extensos como cementerios de lo que nadie quiere ver, y se adentró en poblaciones de miseria, como cloacas hundidas todavía más abajo de la tierra, en las que sólo pueden habitar humanos descartados para siempre, incluso más olvidados que los muertos. Allí la niña se detuvo delante de una choza de cartones, ante el vano de una entrada cubierta por un paño oscuro, se dio media vuelta y miró hacia Akarghi; bajó la vista y, apenas empujando con su cuerpo la tela, entró.

Akarghi esperó dos minutos inmóvil ante el aparejo de puerta, se concentró profundamente, pues podía anticipar lo que adentro ocurría; finalmente descorrió con suavidad la tela que colgaba desde el dintel, al tiempo que avanzaba con el corazón estremecido. Primero experimentó la visión de un estallido de luz; en seguida sólo vio oscuridad, una insondable y angustiosa oscuridad.

sábado, 14 de mayo de 2016

AKARGHI (capítulo 67)





--Nadie está solo, hijo… Nadie está solo. Si tú dejas a tu mujer y a tu hijo, ellos jamás conocerán el abandono. Tú eres la manifestación visible del amor divino… Si tú ya no estás, el amor divino se materializará de otras innumerables maneras para ellos, en el tiempo preciso, en el lugar preciso.

Akarghi inclinó con reverencia su calva morena ante la mirada profunda y sostenida del sanyassin Vijnanamaya. El sabio de larga barba grisácea, curtido, envejecido y ennegrecido por el sol, sentado en posición de loto, lo contemplaba con respeto y afecto. Lo esperaba… Hacía años sabía que vendría. Al contemplar el resplandor de Akarghi su alma se engrandecía y evidenciaba su propio destino, aunque destino no significaba para él la hermosa y evidente figura de una tela bordada delante, sino la incertidumbre de un corto momento que se devela ante la mirada sorprendida, y luego ya no existe más.

--No me duele tanto su abandono de mí, sino la soledad mía… Me he ido quedando solo rápidamente en mi vida. He perdido a mis padres, a mis amigos, a mis maestros, a mi mujer amada, a mi hijo amado, a mis prójimos, a mis dioses y, tal vez, ante todo, me he perdido a mí mismo… La soledad ha venido hasta mí por todos los caminos internos y externos, buscándome como encrucijada de todas las soledades. Cuando mis padres me entregaron a Lamayuru, ¿podían conocer ellos la voluntad que yacía escondida en mi propio huevo interior?... ¿Y mi propia voluntad ha sido algo más que un impulso espiritual y volcánico, el cual, encubiertamente, no representa sino la ceguera del interminablemente obsedido por su exceso de visión?

El sanyassin Vijnanamaya entornó los párpados y un punto de luz dorada resplandeció en medio de su frente. Un grupo de palomas caminó confiadamente entre los dos sanyassines, picoteando invisibles granos en el suelo. La luz del sol del atardecer iba y venía entre las nubes beiges. Un ronroneo de oraciones llegaba desde los templos cercanos. Gotas trasparentes goteaban por la punta de los cabellos de hombres y mujeres que realizaban sus abluciones a la orilla del río.

--Hemos invocado al universo entero, y a los dioses junto con él, en este minúsculo fragmento de existencia de nuestro atman, que respira. Todas las vidas humanas se esfuerzan por necesidad y sin darse cuenta en introducir Todo en casi nada (el yo), pero no se dan cuenta de que a Él mismo lo rechazan y deforman al afirmar  y acrecentar su yoidad. Tú ya los has visto, Akarghi, en su dramática contradicción y caos… Amor y odio; verdad e ilusión; lealtad y traición; solidaridad y egoísmo; espiritualidad y materialismo; felicidad y angustia… Tú ya los has conocido como un mero tú mismo. Sin embargo una voluntad superior anima la existencia de todos e, inadvertidos de la fuerza evolutiva, ella misma y por sí mismos los encamina dentro de esto, un destino. Tú has despertado primero a esta verdad y te has puesto prestamente en el Camino, porque ella te ha despertado y te hace caminar.

Un niño pequeño se acercó a ellos y depositó una diminuta moneda plateada, casi sin valor, en el cuenco de Vijnanamaya. El sanyassin estiró su mano; el niño se arrodilló ante él y esperó humildemente que Vijnanamaya posara su mano sobre su cabeza y lo bendijera. “Tvayi anurāgavān bhavāmi[1], murmuró tres veces. El niño inclinó su frente hasta el suelo, se levantó con una sonrisa beatífica, y se alejó sin comprender lo que el sanyassin le había dicho.

Akarghi también sonrió mientras cruzaba una mirada significativa con el rishi. Por un momento pensó decir algo, pero se contuvo o, mejor dicho, ya no encontró nada qué decir. Vijnanamaya tomó la moneda del cuenco, cerró la mano y tendió su puño hacia Akarghi. Éste ofreció su palma abierta hacia el maestro, el cual la dejó caer sobre la mano extendida de Akarghi. Vijnanamaya repitió tres veces sonriendo: “Tvayi anurāgavān bhavāmi”. Akarghi se inclinó hasta el suelo, besándolo; se puso en pie y se alejó por entre la multitud de peregrinos.

Hacía tiempo y años que no se sentía tan jubilosamente bien; tan puro de recibir una pureza superior a sí mismo, pero también accesible desde sí. Ser amado y amar movía la Voluntad de todos los Universos…No temió recordar a Latniavira, la sensualidad irresistible, la lujuria; no temió recordar ninguno de los gestos crueles y mortales  que él mismo había compartido y realizado junto a Tashi Aburghasim; no temió el ciclo de las rencarnaciones como realización de un juicio mortal. Vijnanamaya había tendido nuevamente hasta él la realidad pura, aquella que alguna vez, hace eones, había sacado desde sus propias vísceras al primer ser humano puro hombre-mujer. Pero todavía más poderosa que aquel día inicial, ahora y en Akarghi, perdonaba, absorbía y transfiguraba la larga historia de dolor de una humanidad culpable y fracasada, a la que, en justicia, sólo le correspondía ya la extinción… Esta pureza nueva, en cambio, no se alejaba, hacia lo alto, de su enemiga Impureza e Imperfección, sino nacía desde ella misma, de la sustancia misma del Mal. Akarghi no era ningún hijo de Dios, ningún dios, ningún avatar, ni siquiera un santo, sino un simple y maligno humano ansioso de lograr la redención, como cualquier otro.

Sintió sobre su pie desnudo una caricia y hasta un beso; bajó la vista y vio que una víbora se deslizaba sinuosa y tranquilamente por el empeine de su pie. No sintió miedo; por el contrario, dejó pacientemente que su temblorosa cola terminara de besar su pie, y que su propio pie terminara de besar su rugosa cola. Sin embargo, observó como la víbora avanzaba dos metros más allá, se acercaba a una mujer joven, y le clavaba en el talón sus colmillos desbordados de veneno. La joven lanzó un grito agudo de dolor; al descubrir la roja y negra serpiente que ya comenzaba a alejarse velozmente hacia un sector despoblado, se desplomó al suelo desvanecida. La gente se quedó paralizada, sin saber qué hacer. Akarghi fue veloz a coger una navaja desde la mesa de un vendedor, corrió hacia la joven, realizó dos pequeñas y profundas incisiones en el talón de la mujer y, acercando su boca al pie, comenzó a sorber con fuerza y a escupir a un lado la sangre que manaba negra y emponzoñada. La gente comenzó a levantar un reclamo sordo al observar la maniobra impúdica de Akarghi, que incluso dejaba ver la pierna de la joven hasta más arriba de la rodilla. Una fuerte patada en sus costillas lo tumbó a un lado, luego otra, y luego varias más en diferentes partes de su cuerpo, mientras escuchaba gritos descontrolados de un par de hombres que, acto seguido, tomaron el cuerpo de la joven, la levantaron en brazos y se la llevaron del lugar.

Un niño de diez años se acercó a él y le ayudó a incorporarse. Sólo su pericia para esquivar y asimilar los golpes impidió que sufriese fracturas en las costillas. Akarghi miró con lágrimas en los ojos al niño; vio en sus grandes ojos almendrados un sueño hermoso y triste, como si sus propios ojos lo estuviesen mirando.



[1] Traducción del sánscrito: “Te amo”.