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domingo, 11 de mayo de 2014

LUX AETERNA



7 A.M. Los transeúntes vuelven a sus lugares de trabajo. La oscuridad de sus conciencias dejó el planeta del sueño, y habituados a su despertar diario no advierten que amanece. Un océano feliz de bullentes fotones se deja caer como lluvia fértil sin excluir a nadie y nada. Los pasajeros miran, piensan, tocan, caminan; sus estructuras de acero y concreto mental los condicionan a lo mismo de siempre. Sólo perciben colores, volúmenes y formas, pero nunca advierten la luz profunda y evidente, por detrás y por delante de todo. 

La tórtola en el campo corre aleteando cuando amanece, y tras ella la sigue piando su parvada ansiosa de más alimento. Brillan más y más los minerales bajo la superficie en un proceso evolutivo ancestral. El agua resucita en el mundo porque la vida la ha tocado mágicamente. Los seres señores de verde se vuelven translúcidos y se dejan mover por el viento. El cielo modula su tinte hacia el azul, pero es la luz quien lo sostiene, la luz que progresivamente se va mostrando más intensa. Sólo la luz aumenta y avanza; el mundo se encuentra inmovilizado en sus formas de siempre, esperando. El sol alcanza la cima de la montaña del cielo y estalla en un resplandor que enciende el universo. Todo brilla infinitamente en un solo ser de oro, no hay formas, no colores, no deseos ni temores. La labor divina ha llegado sin retraso. Los seres humanos miran la hora a cada momento, buscando sólo un débil efecto del tiempo eterno que se dispara en todas direcciones. No logran sincronizarse, aunque realizan denodados esfuerzos por comprender.

Podríamos comenzar a sanarnos si descubriésemos profundamente que estamos ciegos precisamente porque vemos; que estamos dormidos, precisamente porque estamos despiertos. El sol demarca la ruta eclíptica hacia el interior de todo. Luz y símbolo.

23 P.M. Los transeúntes agotados se retiran a dormir.

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