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viernes, 26 de octubre de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo XXI)


Por un momento le pareció tan absurdo e irreal el hecho que ocurría ante él, que no pudo pensar ni sentir nada. Cuando las cosas no guardan relación alguna entre sí, la mente se inhabilita y deja de funcionar. Sin embargo, una señal clara y oportuna se había instalado en su cerebro como respuesta a estos eventos que se volvían más frecuentes en el cotidiano de Ildefonso: “¡SAL DE AHÍ!”… Y así lo hizo de inmediato.
Afuera la lluvia había amainado, pero un fuerte viento y las nubes casi negras hacían presagiar que la tormenta sólo se tomaba un descanso. Tuvo la extraña sensación de que los automóviles y autobuses que pasaban por la calle, ante él, eran veloces carros de tren que chirriaban amenazadoramente al avanzar. Una imagen macabra lo asaltó ante sus ojos: Adam Farandsky mutilado, desgajado a pedazos bajo las ruedas de acero… El sobre ocre aún permanecía en su mano crispada, como la mano de un náufrago se aferra al salvavidas que lo mantiene por poco tiempo sobre el agua. ¿Estaba loco?... ¿Ese hombre estaba loco?, se preguntaba una y otra vez. No cabía otra respuesta racional que la afirmación categórica de su locura. Ahora, le parecía aún más enigmática su sentencia: “No debes tratar de evitar volverte loco… Sólo procura elegir bien tu forma de locura”. Aun así, apurando el paso por momentos hasta alcanzar un trotecito corto, para luego casi detenerse y, en seguida, volver a trotar, no le parecía en absoluto un insensato, sino muy por el contrario, ¿Y si era un ángel de Dios?... ¿Un ángel que no podía morir?...
Puso atención en el sobre que llevaba en su mano precisamente cuando se acercaba a una pequeña iglesia, ya cerca de la 7th Avenue. Consideró que era justo el lugar que necesitaba. Al abrir el portón de acceso, escuchó que una música colosal hacía estremecer los vidrios de la iglesia. Reconoció la música del Tiento de primer tono, de Juan Cabanilles, que de inmediato le puso la piel de gallina. La música del órgano siempre le producía ese efecto cosmogónico. Ningún feligrés, sólo un solitario sacristán que ocasionalmente se escabullía tras el altar preparando algún oficio para más tarde. Ildefonso buscó el lugar más retraído, detrás de una columna de granito gris, junto a una hornacina de San Miguel arcángel. Se sentó en un banco recortado, de espaldas a la nave. Todavía resonaban en sus oídos las últimas palabras de Adam: “¡Debes lograrlo, Ildefonso, de lo contrario mi muerte habrá sido en vano!”... Inevitablemente su pulso se aceleró, mientras rasgaba cuidadosamente el sobre. Se detuvo antes de terminar su tarea. Un rayo de luz solar, aparecido de quién sabe dónde, cayó sobre sus nerviosas manos. Levantó la vista. Vio hacia el poniente que el sol, muy lejos, se asomaba un instante poderosamente en medio de la tormenta y encendía el vitral por donde había caído el rayo de luz. La música arrebatadora del órgano se unió de modo sublime con la imagen que cobraba vida y movimiento en el vitral resplandeciente.
La paloma resplandecía alba y pulsante sobre la cabeza de Jesús, y giraba hacia abajo y hacia arriba sobre su propio eje, formando una figura semejante a una estrella de seis puntas. En el fondo, las nubes (lenticulares) también brillaban de forma pulsante, como si fuesen seres vivientes que iban y venían. Duró sólo unos segundos. Fue todo tan reminiscente, tan emocionante e íntimo, tan potente, tan espiritualmente mágico, que Ildefonso se conmovió hasta las lágrimas, sabiéndose, sobre todo y ante todo, AMADO… Cesó la música sublime del órgano. Un silencio tan hondo como la música se dejó oír por toda la nave. Devolvió su vista al sobre, lo levantó verticalmente y dejó caer su contenido sobre su mano izquierda. Eran objetos diversos, por lo que debió contenerlos con ambas manos para evitar que algunos resbalasen. Dejó el sobre en el asiento y comenzó a indagar en ellos. Los identificó primero con una ojeada rápida: algo semejante a un boleto, una esquela plegada, una tarjeta comercial y un paquetito de papel de mantequilla con algo en su interior. Tal vez por su mayor tamaño, o por alguna razón inconciente, Ildefonso cogió la hoja oblonga, mientras depositaba los demás objetos encima del sobre arrugado que yacía en el asiento. Dirigió con algo de ansiedad su mirada al papel que cogió con sus dos manos, y leyó: Boarding pass; Nombre del pasajero: Ildefonso Delenikas Tatay; Desde: Nueva York; Hasta: Nepal; Fecha: 17 MAR 201_; Hora: 11:15… ¡¿Qué es esto?!... ¡¡NEPAL!!... ¡Mañana, 17 de marzo!... Iba a agregar: “No puede ser…no puedo”, pero se contuvo; en cambio, se abalanzó sobre la esquela, la desdobló, leyó y palideció. Levantó la mirada, con la boca entreabierta, y observó delante de él la estatua furibunda de San Gabriel blandiendo una gran espada sobre algo invisible, hacia un lado y debajo de él. En el papel estaba escrito: MIRA A SAN GABRIEL ARCÁNGEL.
Sin comprender nada, pero, siguiendo una hebra del pensamiento y de la intuición, cogió con premura el pequeño envoltorio de papel mantequilla, lo desgarró por una esquina, y, al percibir que había dentro un objeto sólido, lo dejó caer sobre la palma de su mano. Una nueva sorpresa: un anillo de oro de Ley, de una sola pieza, con un chatón en la parte superior, sobre el cual se encontraba grabada sobre relieve la efigie de una paloma, o un ser alado, de aspecto triangular. Se lo probó en el dedo anular de la mano izquierda; lo sintió como hecho a su medida. Ese anillo estaba tan cargado de tantas cosas inmensas que habrían de sucederle… Lo conservó allí. Experimentaba intensos insights que lo inquietaban y, al mismo tiempo, lo colmaban de una singular sensación de poder y bienestar. Extrañamente percibía la presencia de Adam Farandsky, como si estuviese en todo lugar, sonriéndole, actuando libremente entre la materia y el tiempo, sin necesidad ya de cuerpo, de materia, ni de tiempo. Miró el anillo y sintió que también ahí estaba Farandsky, ¿ahora el ángel?...
Escuchó que alguien tosía a su espalda. Giró y descubrió a unos pasos al sacristán que lo observaba con curiosidad.
--¡Perdón!... Debo cerrar la iglesia.
--¡Sí!... ¡No hay problema!...
Ildefonso cogió los objetos junto con el sobre y los guardó de prisa en el bolsillo interior de su abrigo. En ese momento se acordó de Darinka, de Samantha, de Senghor, de Solón, de Franz Bendaian, de John E. Mack y su sobrina, de la carpeta adherida a su espalda, ¡Quedará todo interrumpido!... ¡Darinka!... ¡Darinka!...
--¿Me dice la hora, por favor?...
--Las seis con siete minutos.
--¡Qué mal!... ¡Gracias!...
Ildefonso salió precipitadamente de la iglesia, mientras encendía su teléfono móvil. No tenía mensajes. Se detuvo en el atrio, al constatar que estaba nuevamente lloviendo. Envió un mensaje de whatsap: Hola, Darinka/ perdón, me retrasé/ estoy en cinco minutos más en café/ espérame.
Contra su deseo y costumbre, dejó encendido el celular. Mientras trotaba por la calle, con los zapatos llenos de agua y los pantalones mojados hasta más arriba de las rodillas, doblando por la 7th Avenue, se vio a sí mismo y pensó: ¿Qué estoy haciendo?... Debiera excusarme con Darinka, postergar esto… Acabo de presenciar la muerte de un hombre que se ha suicidado por mí… ¿Un loco?... Es posible… Aun así… ¡Uf, qué confusión!...
Un sentimiento intenso y especial lo mantuvo en carrera, desatendiendo a sus razones. Miró su aparato móvil mientras seguía trotando, pero no había visos de que hubiese siquiera leído su mensaje. Tan pronto pudo distinguir de lejos el café Couleur creyó divisar a Darinka que salía del mismo, bajo un paraguas blanco con lunares rojos, mientras un taxi amarillo se detenía delante de ella. Ahora Ildefonso corría. Comenzó a gritar su nombre antes de que pudiera oírlo. Darinka subió rápidamente al coche, pero su paraguas se trabó al intentar cerrarlo, de manera que se quedó luchando contra el paraguas con el brazo afuera, los cuales, paraguas y brazo, además, se enredaban torpemente con la puerta semiabierta.  Darinka decidió salir del taxi para resolver el entuerto. Ildefonso volvió a gritar su nombre. Darinka giró la cabeza y vio venir corriendo a Ildefonso. Se quedó con el paraguas abierto, indicó al chofer que no iba a ocuparlo, cerró la puerta del vehículo y esperó a Ildefonso con una sonrisa condescendiente, pues el aspecto del sacerdote empapado era lamentable. Ildefonso le pedía disculpas con la respiración entrecortada, salpicándola con el agua que caía hasta su boca mientras jadeaba y hablaba; al mismo tiempo ambos reían por la situación jocosa y dubitativa de protegerse o no bajo el mismo paraguas, pues Ildefonso ya no lo necesitaba.
Entraron al café y se arrimaron a una estufa de gas. Ildefonso observó a Darinka y le pareció muy hermosa, aunque nunca había puesto atención en ello. Darinka, por su parte, volvía a sentir ese atractivo intenso e inexplicable que sólo el sacerdote le producía. Pidieron café y medialunas. La conversación se centró prontamente en ellos. Primero, Darinka respondió a las preguntas de Ildefonso sobre sus estudios avanzados y su trabajo universitario. En seguida, Darinka replicó con una pregunta directa e incisiva:
--¿Has dejado el compromiso y el activismo sociales?... ¿No es un mandato crístico y sacerdotal evitar el sufrimiento humano, en todas sus formas?... Recuerdo haberte escuchado predicar y defender esto varias veces…
Ildefonso percibió un brillo especialmente intenso en sus ojos al dirigirle esta pregunta. Se tomó una pausa sin dejar de mirarla a sus ojos azules; bebió un sorbo de café.
--Probablemente deba decirte que sí… Aunque no sé bien por qué… Seguramente fui tomando decisiones que paulatinamente me fueron alejando de esas mismas acciones. No lo había pensado antes... Y no es que haya dejado de ser una obsesión para mí evitar el sufrimiento humano… Pero una corriente igualmente vital y espiritual me ha conducido hacia otras búsquedas que guardan relación con procesos evolutivos míos profundos y al parecer invisibles desde el plano natural. Aun así, es un conjunto de cosas… No me avergüenzo de esto; tal vez debiera… es egoísta, pero en el fondo no me avergüenzo…
Ildefonso hizo una pausa, bajó la mirada.
--Continúa, por favor, te escucho atentamente…--lo animó Darinka con voz aterciopelada. Hubiese querido además tomarle la mano, pero lo reconsideró.
--Afortunadamente hay bastante gente que está dispuesta a la acción, a ayudar, dedicándole una gran cantidad de tiempo y de entrega personal a los necesitados, a los que sufren, a los niños… --Se le llenaron los ojos de lágrimas; tragó café para relajar la garganta que se le había apretado—Tal vez haya tomado un camino equivocado… ¡Y la Iglesia, y Cristo!... ¡No sé!... No soy nadie para juzgar a mi Iglesia ni a mi Cristo… pero ya no veo relación entre el sufrimiento humano y la vocación mediadora y salvadora de la Iglesia. Ya no hay menos corrupción dentro de mi Religión que en otra institución humana cualquiera… ¿Dónde está Cristo?... Estoy comenzando a presentirlo en otra realidad muy diferente de la Historia… En un misterio nuevo, al menos para mí…
--¿Qué clase de misterio?...
--¡Uy, eso sí que nos tomaría demasiado tiempo!... ¡Todo un retiro espiritual!... –rio, recordando tiempos pasados con Darinka.
A ella pareció no hacerle gracia la chanza de Ildefonso y se quedó seria, esperando.
--Mira, querida…--Ildefonso también se puso serio—No es un tema del que pueda ni deba hablarte ahora, pero te prometo que lo haré cuando volvamos a encontrarnos… En todo caso, todo este proceso personal mío no se encamina hacia otro logro final que no sea servir por encima de todo al prójimo, e incluso, servir a la Humanidad toda, entera…
--No sé si te entienda cabalmente, pero, hasta donde sí alcanzo a comprenderte, sigues siendo igualmente partidario y colaborador con la misión salvadora y benefactora de Cristo.
--¡Sí, seguro y completamente!... No podría ser de otra manera.
--¿Entonces, apoyarías un proyecto de acción e intervención social, aunque sólo fuese indirectamente, sin comprometerte en lo personal?...
--¿Cómo así?...
--¿Recuerdas cuando me decías que el lograr cambios espirituales, significativos, sustanciales, definitivos en los seres humanos es más difícil que perdonar al enemigo, que devolverles la vista a los ciegos y que levantar a los muertos?... Entonces, ¿no existe ninguna posibilidad de oponerse eficazmente y modificar de raíz las prácticas invisibles, deshonestas, perversas, intransigentes, maquiavélicas, conspirativas e infernales?...
--¿De quiénes, precisamente?...
--¡Están en todas partes!... En las sombras, en el hombre de la calle, en los agentes políticos, económicos, sociales; en los medios de comunicación, en los organismos y fuerzas de seguridad, en los líderes religiosos, en los académicos e ideólogos, en los artistas populares, en las fuerzas armadas, en los cárteles de la droga, en los entretenedores de la gente, en los traficantes de armas, en los investigadores científicos; en los sistemas de educación, en los paradigmas médicos y de salud, en los sistemas de producción, en la Banca, en la inconciencia mundial
--¡Sí!... ¡Lo creo!... Cada vez lo veo y lo creo más…
--Yo no me he quedado tranquila con esto, al igual que tú… ¿Qué ha hecho la Iglesia Católica?... ¿Qué han hecho las religiones en el mundo?... ¡Y aun así, Dios está detrás y por encima de todo esto!... ¡Y aun así, hay un Cristo Hombre que sufre con nosotros, pero también y sobre todo Uno que LUCHA con nosotros para cambiar al Hombre y al Mundo!… ¡Hemos sido víctimas durante miles de años del engaño de los dueños de la religión!… De los que han escrito y regalado, a condición de regalarles tu conciencia y tu alma, una pseudo-verdad revelada por un tal Dios omnipotente, para someter a las naciones y el mundo… ¡Quieren modelar la conducta humana por medio de un Cristo, Humano y Dios, crucificado hasta morir sumisamente en la cruz!... ¡Qué burdo, qué probadamente ineficaz!... ¿Quién ha visto y reconoce en verdad al Cristo resucitado, reencarnado en Espíritu y Poder, El que está dispuesto a enfrentar al Mundo, hoy y siempre, de ser necesario con la espada, incluso con la Espada del Apocalipsis?...
Ildefonso se quedó reflexionando en las palabras de Darinka, que lo miraba echando llamaradas por los ojos, con las mejillas arreboladas de pasión. El presbítero dio un mordisco a su medialuna; bebió un sorbo de café.
--¡Arcángel Gabriel!...—murmuró para sí Ildefonso; acarició el anillo en su dedo anular, luego continuó en voz alta-- ¡Terrible!... ¡Terrible realidad que acabas de desnudar!... Desde hace años me vengo preguntando ante eso, ¿Qué hacer?... ¿Hasta dónde es lícito llegar?... ¿Es la violencia y el daño un recurso verdaderamente odioso y prohibido por Dios?... ¿Quién es verdaderamente Cristo?... ¿Quién es verdaderamente Dios?...
--Sin duda hay un Cristo amable y paciente que perdona setenta veces siete a su prójimo; un Cristo dispuesto a dejarse crucificar por amor… ¡Sí!... Pero también hay un Cristo, El que nos han ocultado los poderosos, que “ensucia” sus manos con la sangre de sus enemigos, ¡POR AMOR!…
--Mmmm… Me hace sentido… en parte… Aunque no me es nada transparente… Me incomoda mucho, me hiere, me hiere profundamente, como me ha venido ocurriendo desde hace ya tiempo, tal vez toda mi vida… Todavía soy un sacerdote, servidor y soldado jesuita de la Iglesia y de Cristo… ¡No sé qué más decirte!… Pero tengo la impresión de que tú no estás sola en esto…
--Es cierto; afortunadamente no estoy sola… Participo en un grupo post-cristiano, espiritualista de la acción…
--¿Cómo es eso?... Explícame, por favor…
Darinka se recostó sobre la mesa para hablarle más cerca a Ildefonso.
--Queremos invitarte a una reunión para compartir nuestros puntos de vista, sobre estos y otros temas trascendentales… Algo muy fuerte me dice que tú ya eres uno de los nuestros…
Ildefonso volvió a mirarla con detención. No la recordaba así. Su rostro ahora era extraordinariamente delicado, con líneas finas en todos sus rasgos; su piel inmaculada, casi radiante; su pelo rubio, que caía con cierto ingrávido desorden alrededor de su cara; su nariz, casi respingada, era el puente perfecto entre sus ojos grandes, expresivos, entre grises y azules, y su hermosa boca roja. Le resultaba, pues, masculinamente natural y propio… desear besarla... Instintivamente, Ildefonso dio un respingo hacia atrás. Una larga historia de concienzudo celibato se le hizo presente.
--¡Sí…sí!...—tartamudeó un poco—Seguro que quiero… ¡Gracias!... Me interesa mucho, demasiado, a decir verdad… Sin embargo, mañana, mañana mismo debo tomar un avión y partir a otros rumbos por tiempo indeterminado… ¡A mi regreso, a mi regreso aquí!… o donde sea que nos encontremos… ¡Ya ves, parece que Dios nos junta cuando quiere y donde quiere!…
Esta vez Darinka no se contuvo y cogió la mano derecha de Ildefonso dentro de sus dos manos. Si bien, otra vez, como antes, se contuvo, pero ahora de besarlo.


[1] Piero della Francesca, Bautismo de Cristo (c.1440-1460).