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¿HABRÁ MAÑANA?



CAPÍTULO I



Ildefonso Delenikas Tatay observaba desde la orilla con evidente impaciencia y nerviosismo, junto a una pequeña hoguera que ya comenzaba a declinar, la oscura inmensidad del mar silencioso y sin luna. En sus brazos, pegada a su pecho, dormía una pequeña niña, cuya diminuta cabeza colgaba delicadamente desde su brazo izquierdo, dejando caer sus cabellos largos y lisos hacia el centro de la Terra, tan negros como esta noche otoñal sin estrellas. A su alrededor, todos de pie, el rebaño ansioso de una docena de niños se encontraba en silencio, prendidos con su mirada de la mirada fija y en lontananza de Ildefonso, atentos al amoroso mandato de su pastor, a la espera de aquella maravillosa sorpresa que les había prometido…
Primero arrugó las cejas, tratando de vislumbrar un diminuto resplandor que creyó ver en el horizonte; luego, dejó escapar el aliento que había contenido por un minuto, y un bosquejo de sonrisa casi temblorosa iluminó en él la esperanza. 
--¡Niños míos, miren allá!— exclamó, separando sólo su antebrazo del cuerpecito de la niña, y mostrando con el índice hacia la luz que avanzaba lentamente hacia ellos.
El grupo de párvulos comenzó a moverse ansiosamente. Unos se apretujaban, otros daban saltitos intentando ver algo por encima de las cabezas de los otros más altos, aquellos miraban hacia todos lados, estos se quedaban con la boca abierta y sorprendidos.
--¡Shtttttt… silencio! –susurró Ildefonso, conteniendo las variadas expresiones de los pequeños.
Todos enmudecieron a la orden de Ildefonso, salvo un pequeñín de pelo negro muy corto, casi rapado, que hacía unos ruiditos agudos, mientras levantaba su mano, pidiendo la palabra.
--¿Qué pasa, Valentín?—preguntó Ildefonso.
--¡Quiero pipí… quiero pipí!—repitió angustiado el niño.
--Ven conmigo.
Se retiraron juntos una decena de pasos del grupo, hacia el interior de la playa; Ildefonso depositó cuidadosamente a la niña sobre la arena y ayudó al pequeño a bajarse el pantalón. Volvió la mirada hacia el grupo de niños que seguía hipnotizado contemplando la luz creciente sobre el fondo negro de las aguas, mientras escuchaba a su lado el sonido intermitente de la diminuta cascada. Con cierta extrañeza comenzó a percibir que el sonido acuoso se hacía más agudo e intenso, rápidamente más agudo e intenso, hasta que una especie de trueno silbante bajó de los cielos y en menos de un segundo, con un estrépito infernal, estalló a la orilla del mar una inmensa expansión de fuego que encendió todo el lugar, arrojando esquirlas, llamaradas y humo hacia todos lados. Ildefonso saltó disparado por los aires, voló varios metros, hasta caer rodando sobre la arena, inconciente.
Después de un tiempo indefinido, volvió en sí, adolorido, con la ropa destrozada y sangrante. Comenzaba a amanecer y una luz grisácea y torva teñía la cercana escena marina de horror. Una especie de vapor fétido ascendía silenciosamente desde el inmenso socavón en la playa. No había niños, no había cuerpos, sino pedazos de carne chamuscada, restos de manos, de esqueletos, de cráneos, vísceras y zapatitos pequeños, todavía humeantes. Ildefonso se llevó ambas manos al pecho, se inclinó sobre la arena y, sollozando, comenzó a vomitar.
Treinta años antes había escuchado de boca del cardenal Jonas Kukszinsky: “La vida no es justa”. Entonces él replicó desde su atolondrada juventud:
--¿Dios lo es?...
El cardenal, que había lanzado esa frase casi como una muletilla en medio de una decena de clérigos amigos, se volvió hacia Ildefonso y luego de escrutarlo con una mirada seria, sonrió complacido:
--¿Quién es Dios?—le respondió con otra pregunta.
Ildefonso enmudeció, e incluso su rostro palideció como papel. Kukszinsky se había abierto paso hasta el fondo de su alma y había escrito en ella con un estilete al rojo vivo las palabras que lo acompañarían por el resto de su vida: “¿Quién es Dios?”…
La Madonna, como habían apodado a su madre (porque era como la Señora por excelencia, la mismísima madre de Dios), de pequeño lo había instruido en la fe, en esa maravillosa creencia que durante una veintena de años había concebido como la única fe, la fe de todos los hijos de una mujer tan buena como su propia madre, o sea, la misma fe de todos los seres humanos. --¡Qué bella es la vida cuando se vive en la paz de un pequeño mundo fundado y fundido con la espiritualidad y el bienestar interior!...-- Desde ese amor y luminosidad que irradia tan naturalmente el hogar de unos padres bondadosos, cristianos, un hijo receptivo y apasionado puede construir con absoluta naturalidad y consecuencia una realidad y una experiencia universal de amor y de luz, como si ese amor y luz lo contuviesen y animasen TODO, de principio a fin, desde el alfa al omega. Muchos años después, una tarde en la plaza de San Marcos de Venecia, había visto a contraluz, cegado por un sol primaveral y sereno, que hombres y mujeres a los treinta, a los cincuenta, a los setenta continuaban viviendo en el extrañamiento de ese beatífico mundo, como si la realidad no fuese al fin de cuentas nada más que lo que uno quiere ver y crear.
--¿Cómo es posible que el sufrimiento más insoportable, y hasta la aberración de la crueldad y la humillación progresiva y degradante que ejerce el monstruo humano sobre otro ser humano lleguen a ser transfigurados y espiritualizados en esta fe pacificadora y delirante?...
--¡Jesús es tu respuesta divina y la salvación al abismo humano!...
Mientras recorría con su vista anonadada y perdida la desolada playa de Bodrum, el recuerdo de aquel misterioso consuelo que alguna vez había recibido de su Madonna, cuando ya flaqueaban sus fuerzas en el último año del Seminario, se le reflotaba como un cuerpo agonizante que se resiste a aceptar tanto la vida como la muerte. ¿Acaso la religión y la sublime experiencia de Dios no eran más que el efecto alucinado de la mente humana, tan poderosa, que puede incluso construir y experimentar un Universo de Amor y un Dios de Amor que en realidad no existen ahí delante, ni en ninguna otra parte que en la ilusoria mente humana?
¡Qué desoladora!, ¡qué desolada se le aparecía a sus sentidos y a su conciencia la playa de Bodrum, cubierta de niebla y húmedo frío! ¿El ruido turbio y arrastrado de las olas querían transmitir algo, o eran simplemente la intermitencia del rodar de una cosa sobre otra, como el segundo aplasta al segundo anterior? ¿En qué había más sordera?... ¿En escuchar allí la voz de Dios, o las voces silenciadas para siempre de una docena de niños, o el retumbar de las olas, o simplemente el natural sinsentido de todo, escuchar la nada? Ildefonso se restregaba maquinalmente las manos, mientras recorría con sus ojos atónitos la niebla que le impedía ver, diez pasos más allá, aquello que sin embargo su alma le impedía ver en absoluto. Porque si ahora no sabía qué hacer ni adónde ir, su mente y su alma se resistían como un muro de acero, o simplemente un vacío, que no devuelve nada a la conciencia, ni siquiera dolor. De pronto, experimentó un empujón violento, como si una fuerza gravitacional desconocida lo arrojase diez metros hacia lo alto, fuera y por encima de su cuerpo. Se vio a sí mismo, su cuerpo pequeño y ajeno allá abajo, pero su alma y su conciencia liberadas por encima de todo viviendo su propia expansión y sosiego en el sentimiento sublime de una realidad autoconciente y totalizada. Nunca había experimentado tanta felicidad. ¿Estoy muerto?, pensó. Y como si ese mero pensamiento fuese un peso aplastante volvió a derrumbarse instantáneamente dentro de su cuerpo. Por un momento sintió vergüenza. ¿Estoy huyendo de mí mismo, de mi realidad?... Como si fuese una respuesta le sobrevino un recuerdo vívido. Todos aquellos niños eran hijos de la guerra. Ildefonso los buscaba como un sabueso entre los escombros de las ciudades bombardeadas, pero no sólo desde abajo de los bloques de cemento de cielos y muros, sino también desde la desesperación de unos escombros humanos, padre y madre destrozados, familias enteras, mutilados e inválidos que ya no podían continuar protegiendo y sosteniendo la vida de sus hijos. Ildefonso los sacaba de la guerra y los entregaba a miembros de organismos internacionales, a las ONG, al Patronato de la Infancia de la Curia, al Buró de Bruselas para refugiados, a Cáritas, al ACNUR, al OIR de las Naciones Unidas, e incluso a todo particular filantrópico que estuviese bien dispuesto a recibir a un niño expósito. Sabina, la madre de Camila, una niña tímida de cuatro años que se aferraba con desesperación al cuerpo destrozado de su madre (después de un bombardeo de la coalición), se la había entregado con lágrimas en los ojos que no dejaban de correr por su cara manchada y sanguinolenta, mientras la trataban de subir a una improvisada parihuela. Con apenas tres dedos en su único brazo cogió con fuerza la mano de Ildefonso y le suplicaba:
--¡Padre, júreme por Dios, que no la dejará morir!... ¡Júreme, padre!...
Ildefonso reconoció que aquella infortunada mujer se aferraba unos minutos más a la vida sólo para tratar de dejar en sus manos esperanzadoras a su hija.
--¡Te lo juro, mujer, por Dios y por mi madre que así lo haré!...
¿Habría un solo ser humano que pudiese haberle dicho que no? Pero no por ello Ildefonso tendría que haberla asumido como si se tratase de su propia hija. Porque es muy fácil decir que sí a la súplica de un moribundo, o a la necesidad del dolor, pero el real compromiso que habita en el trasfondo de toda alma humana nunca se encuentra a la vista, ni siquiera de la propia conciencia de esa alma. Y aun así no basta. Ildefonso le había fallado a aquella mujer moribunda, pero sobre todo madre, lo mismo que a su Madonna. ¿Acaso no era él mismo un vicario de Cristo y del mismísimo Dios?... ¡Había jurado en nombre de su madre y de Dios, pero no lo había cumplido! ¡Mintió! ¿De quién era la culpa, o si se quiere, la responsabilidad, o hasta más prosaicamente, la causa?... ¿No había asumido también un juramento implícito con cada uno de esos doce niños que se le habían destruido y masacrado por su culpa, responsabilidad y causa?
Sólo tres días después brotó el dolor de su alma como un pus infernal. Una violenta fiebre que alcanzó los 41 grados lo abatió casi hasta las puertas de la muerte. Deliró durante una semana en el hospital San Juan de Dios entre alaridos, convulsiones, sedantes y pesadillas despierto. No respondía a tratamiento alguno, y ante su debilidad manifiesta y extrema, se le había otorgado la extremaunción. Pero así como había caído, así se levantó, cual un Lázaro resucitado por el Verbo divino. Al séptimo día, a eso de las tres de la tarde, abrió repentinamente los ojos y se persignó. Le refirió al médico sorprendido que un ser maravilloso, resplandeciente de luz vibrante y no vista, descendió volando sobre un caballo alado, mientras una música maravillosa que se oía en eco profundo, en contrapunto por todas las partes del Universo, cantaba un himno de alabanza al Bien que lo colmaba todo. Cuando se aproximó a su lecho descendió como flotando hasta su lado y tomándole una mano con su mano infinita, más blanca que la nieve, le dijo sin mover los labios, desde su sonrisa limpia como una mañana de sol estival:
--¡Mis niños vendrán a ti como las olas del mar, uno tras otro, sin descanso!... ¡Debes continuar, Ildefonso, yo estaré contigo!...
Luego se elevó nuevamente por los aires sobre su corcel de fuego hasta desaparecer más allá del horizonte. El médico extrañado le preguntó, mientras le tomaba el pulso en su muñeca izquierda:
--¿Quién era ese ser milagroso?...
--¡No lo sé!... Pero como yo creo en Jesús, lo llamaré Jesús
--Bien, sea Jesús o no sea Jesús, esto es un milagro y debes dar gracias a Dios. Ahora tienes que descansar para reponerte y volver a tu valiosa labor, padre Ildefonso.
El médico salió de la habitación. Ildefonso volvió la mirada hacia la ventana, por la que alcanzaba a distinguir un cielo azul más luminoso de lo que recordaba. La luz no era sólo la luz de este mundo; la ventana no era sólo una abertura hacia este mundo, y la conmovedora sensación de bienestar, no era sólo la paz de una mente de este mundo. A lo lejos escuchó el retumbar desgarrado de una bomba de racimo.
Primero, el juez local se había opuesto al rescate. Un turco rechoncho y sudoroso, ornado con un gran bigote de cerdas negras que desbordaba el ancho de su cara, sin siquiera levantar la vista de los papeles que tenía delante, declaró con voz cortante y gutural, mientras estampaba con fuerte golpe el timbre metálico de color violeta sobre su firma:
--Sin los debidos permisos, ningún niño sale de este país.
Ildefonso se quedó un segundo en silencio, atónito, luego se dio vuelta para buscar apoyo en su abogado, pero no encontró a nadie a su lado, ni tampoco en parte alguna del juzgado. Los dos días siguientes golpeó más de cien puertas en diferentes lugares. Más de quinientas personas escucharon sus alegatos, sus esperanzas, sus frustraciones, sus exigencias, sus gemidos, sus súplicas, sus ofrecimientos, su angustia. A veces lograba que una persona sonriese y se compadeciese de esa docena de niños que trataba de sacar de la guerra. Entonces un él o una ella piadosamente le prometía algo y, a continuación, lo enviaba proactivamente a hablar con un superior, el cual era siempre un “amigo confiable” que con total seguridad habría de apoyarlo y facilitarle un paso más en su noble propósito. Sin embargo, con ninguno de ellos logró superar la sonrisa inane, el halago escurridizo, la indiferencia encubierta, el desprecio prejuicioso, la cortesía hipócrita, pero, sobre todo, la eterna e inconciente mentira de un alguien consigo mismo. Ildefonso los conocía bien, se los había encontrado ya en sus tempranos años de escuela, luego en la Santa Iglesia Católica, más tarde simplemente en cada hombre y mujer que detentaba algo, lo que fuese, donde fuese, incluso el mendigo y el vendedor ambulante. Sin importar las características, las circunstancias y sus diferencias, todos los seres humanos, siempre, como una sola y misma persona terminaban –sólo un poco más o un poco menos-- en esto: la falsedad de sí mismos y la defraudación del prójimo. Mas, aun así, Ildefonso volvía a sonreír honestamente ante la sonrisa falsa de cada uno de ellos; volvía a perdonarlos compasiva y visionariamente; volvía a tener esperanzas en el próximo hombre y mujer; volvía a creer. Y es posible que su optimismo y su benevolencia no fuesen tanto una inspiración divina, ni su consecuencia con el elemental mandato moral de Cristo Jesús, ni su carácter débil y conciliador, ni su condición y rol de cura, sino más que nada la necesidad de no abandonar a su suerte y perdición a tantos niños y seres humanos por los que casi nadie hacía nada… Una y otra vez tendían a aflorar la rabia y el insulto desde el fondo de su barriga animal cada vez que constataba la injusticia, el engaño y la traición; una y otra vez el desánimo y la frustración le insinuaban abandonar lo imposible, abandonar lo negado, abandonar lo usurpado, pero de inmediato una respuesta fulgurante y arrebatadora desde alguna conmovedora zona de sí borraba por completo el rastro de cualquier memoria deprimida y fracasada. ¡Eran los niños!... ¡Los niños causaban ese efecto instantáneo en él!
--¡¡¿Quién crees que soy?!!...
Así le había gritado en la cara a un policía que había comenzado a golpear a Paul, uno de sus doce menores, porque éste atemorizado y desconfiado no dejaba de chillar al oír del funcionario competente que sus padres habían muerto. Rojo de ira y retirándole al niño de su cercanía, volvió a decir:
--¡¿Quién crees que soy?!... ¡¿Un santo?!...
Iba a agregar: ¿Un cura?... Pero se contuvo. El policía reaccionó a la furia de Ildefonso y le propinó un fuerte empellón, dispuesto a trabar combate con él. Ildefonso se dio cuenta de que también él mismo era un fraude, una pantalla, una construcción social y religiosa por encima de algo profunda y dolorosamente diferente… ¿Hasta dónde era capaz de llegar por defender la integridad de un niño? Se asustó de sí mismo, cogió a Paul entre sus brazos, se dio media vuelta y salió precipitadamente del consulado, dejando inconclusa la solicitud.
La guerra era connatural a la naturaleza humana. Ningún individuo, por más trascendido que fuese, podía escapar al instinto brutal de matar. Sólo en niños y en algunos ancianos Ildefonso había constatado la ausencia total del instinto asesino. Sin embargo, le cabía duda de que aquel absoluto pacifismo no fuese más que una cierta incapacidad de ser completamente persona, y, particularmente, de ser plenamente conciente...
Al salir de la cancillería rojo de ira y despedirse con un fuerte portazo, su conciencia voló instantáneamente hasta el Priorato. ¿Qué no haría por aquellos ocho niños que allí lo esperaban?... Cada cierto tiempo volvía la crisis. Todo había comenzado con la crisis de los doce años, con el síntoma que se acostumbra llamar la adolescencia, es decir, la enfermedad… Después de treinta años en crisis intermitentes y cada vez más continuas, ya podía reconocer que había hecho un largo recorrido y un acopio de las más variadas experiencias y procesos asociados, al punto de que había llegado a actualizar una suerte de igualdad entre CRISIS y VIDA, sea lo que fuese aquello que denominaba crisis, y sea lo que fuese esto que llamamos vida.
La primera crisis de los doce años es ante todo una crisis de conciencia. Los cambios biológicos que acompañan este genético despertar de conciencia son facilitados por la maduración del sistema nervioso y del cerebro, de manera que la mente puede activar y encarnar estos registros dormidos de la mente profunda durante la infancia. Fueron particularmente dos los hechos que marcaron la dirección de este despertar de Ildefonso. (Designamos despertar a esta experiencia, pues acontece repentinamente un acceso de conciencia que devela una realidad que jamás se había visto, y ni siquiera presentido, antes.)
La familia completa de Ildefonso era oriunda de Nvardolenk, un pequeño pueblo del noroeste de Ucrania con apenas un millar de personas, y que de tan insignificante ni siquiera aparece en los mapas. Los lugareños profitaban de una agricultura magra y de diferentes artesanías que comerciaban en la distante Boikivshchina. Los Cárpatos circundaban el paisaje cercano y lejano con sus fragorosos muros de nieve infranqueable durante los inviernos, y con sus montañas grises, afiladas e inaccesibles durante el verano. El terreno de unas pocas hectáreas de los Delenikas Tatay descendía en suave pendiente, entre hierbas, variados árboles, hortalizas y matorrales hasta el Kirkulk, accidentado riachuelo, afluente del distante Olshanka. Por las mañanas Ildefonso asistía a la escuela del pueblo, un bodegón acondicionado para estos menesteres y contra las inclemencias del tiempo, donde un único maestro, tío en segundo grado de Ildefonso, acompañado por un asistente cojo y viejo, enseñaba a los sesentaitantos niños que acudían, la mayoría de ellos felices de aprender de aquel notable y excéntrico maestro, pero los menos, obligados por sus padres. Ildefonso era uno de aquellos niños que saltaba de la cama con la sonrisa en su cara, cantaba los himnos religiosos matinales junto a su padres, abuelos y hermanos, se bebía toda la leche humeante, correteaba un rato por el patio saludando a sus animalitos regalones, mientras esperaba que su hermana Falushka, una de los niños obligados, acabase, entre gemidos y maldiciones, de desenredarse el pelo oscuro y ensortijado para luego subir a la carreta que guiaba Leonidas, el más confiable de los trabajadores ayudantes de su padre Yamil, con las labores del campo y de las innumerables otras labores del cuidado de la granja.
Era una de esas mañanas primaverales que ponían particularmente de buen humor a Ildefonso, y, como de costumbre, al revés de su hermana Falushka, dos años mayor que él. Justo antes de subir a la carreta Ildefonso se había encontrado junto a la rueda de madera el tallo quebrado de una de esas cerrajas amarillas de esas tantas malas hierbas del campo. El peludo bobtail ladraba y daba saltos alrededor de Ildefonso, haciendo ademanes de abalanzarse sobre él. Cuando Falushka pasó a su lado para empinar su pie sobre el estribo de la carreta el perro le lamió la mano; Falushka dio un gritito y exclamó:
--¡Qué asco!
Ildefonso lanzó una sonora carcajada y abrazó a Zikki, el can. Leonidas los apuró:
--¡Niños, llegaremos tarde!...
Falushka volvió la vista hacia la casa y se quedó pensativa, con el ceño fruncido. Leonidas se apeó del carro, cogió delicadamente el antebrazo de la joven y esperó que ella tomase la iniciativa. Ildefonso se puso la flor detrás de la oreja, lanzó por encima su fardo de cuadernos y libros, se aferró a las barandillas y de un salto se encaramó por el lado. Una vez arriba se dejó caer de espaldas sobre el tablado de la carreta. Falushka se sentó junto a Leonidas, giró la cabeza para mirar a Ildefonso y, al observarlo sonriente tirado en el piso, dio un respingo, arrugó un poco la nariz y se acomodó en el asiento, levantando orgullosamente la barbilla, y fijando la vista al frente.
A lo lejos se escuchó un chiflido y Zikki partió a la carrera hacia la casa, mientras la carreta se ponía en movimiento, tirada por el fiel caballo de tiro. Ildefonso cerró los ojos para sentir el golpeteo de las irregularidades del camino contra su espalda. Sus sentidos se habían aguzado el último tiempo. Una exquisita sensación de paz y bienestar lo acunaba allí, en el fondo de la carreta, pero sobre todo en una suerte de fondo y cuna cósmica de toda la realidad. Abrió nuevamente sus ojos para contemplar el cielo azul, y allá, vio a un costado nubes bajas que parecían colgar del techo celeste. Una decena de gorriones se arremolinó por encima, entrelazándose alegres y bulliciosos, luego continuaron velozmente su vuelo hacia el norte. Inspiró lenta y profundamente el aroma a tomillo, a romero y azafrán que por los alrededores el aire fresco levantaba de las hojas verdes al evaporar suavemente su humedad con los templados rayos del sol. Sorpresivamente, casi como una voz interna, se preguntó a sí mismo: ¿Esto es Dios?...
En ese mismo instante una de las ruedas se encontró con una piedra en el camino y dio un fuerte brinco sobre y contra ella. Ildefonso se elevó un poco del piso y luego se golpeó con fuerza la cabeza. Perdió el sentido por un rato; al volver en sí se encontró rodeado por varios de sus amigos, por Leonidas, que lo observaba con notoria preocupación, y también por su tío Saúl, el profesor de la escuela.
--¿Cómo estás?—preguntó Leonidas.
--¡Bien!—contestó Ildefonso con una desagradable sensación de mareo. Saúl lo escrutaba por encima de sus anteojos, sonriendo casi sardónicamente.
--¿Quieres que te devuelva a casa?—agregó Leonidas.
--¡No!... ¡No!... ¡No!—gritó un grupito de amigos a su alrededor.
Ildefonso se sintió complacido y satisfecho por el interés que demostraban sus amigos. Se irguió valientemente y, sentado sobre el piso, asentía con la cabeza. De hecho, pronto se sintió bien y con la ayuda de sus compañeros bajó de la carreta, envuelto en una algarabía de niños felices. Todos se dirigieron hacia el bodegón desteñido de color terracota. Benigno, el ayudante del maestro había depositado, sobre los mesones de estudio, sesentaitrés jarros de leche humeante y el mismo número de frescas magdalenas, que uno u otro de los padres aportaba cada mañana.
Después de las primeras lecciones y actividades de la mañana uno de los chicos se acercó con sigilo y le dejó algo en el bolsillo de su pantalón. Ildefonso lo sacó con curiosidad y se encontró con un papelillo estrujado. Lo desplegó y leyó escrito con mayúsculas: “AL RECREO EN EL ORATORIO”. Así le llamaban a una hornacina con un Cristo Crucificado y una Virgen doliente, orando a sus pies, que habían construido a unos cincuenta metros de la escuela, siguiendo un sendero boscoso que ascendía hacia la montaña, donde la comunidad escolar concurría a celebrar las fiestas religiosas. Cuando Benigno hizo repicar la campanilla para que salieran al patio, Ildefonso buscó con la mirada a Gael, pero no lo divisó entre la algarada de niños que corrían hacia todas partes. Por un momento dudó, se echó la mano al bolsillo y, como si esperase encontrar alguna pista no observada, volvió a leer el mensaje. Estos juegos estaban completamente fuera de su práctica y conocimiento. Por alguna razón que no comprendía el mensaje le producía inquietud. Sin embargo, tampoco pergeñaba nada que le impidiese cumplir la solicitud. Fabián le gritó desde la distancia: ¡Ven a jugar a la pelota!... Pero Ildefonso le hizo un gesto negativo con la mano.  Se dirigió decididamente hacia el Oratorio. Al llegar a la explanada descubrió a tres jóvenes conocidos, aunque algo mayores que él. Se encontraban de rodillas ante las sagradas imágenes, en actitud de oración. Se acercó sigilosamente por detrás, se prosternó junto a ellos y comenzó a orar un padrenuestro. Antes de que transcurriera un minuto, comenzaron a moverse, girando la cabeza hacia Ildefonso.
--¡Hola, Ildefonso!—lo saludó Gael.
--¡Hola!—respondió abriendo los ojos.
--¡Qué bueno que viniste!—saludó Nicolaus, un muchacho de pelo rubio, corto y tieso, con nariz aguileña y ojos marrones, pequeños, un tanto juntos para el tamaño de la cara.
--Queremos pedirte un favor, Ildefonso—terció Serafín, el chico más alto y delgado, que vestía una jardinera de mezclilla, como los granjeros.—Los chicos nos temen y tenemos mala fama, pero hemos decidido cambiar. Ya no queremos molestar ni perjudicar a nadie. Al contrario, queremos hacer el bien a todos aquellos que de una u otra manera lo han pasado mal con nosotros…
Serafín se calló y junto a sus dos amigos se quedaron observando la reacción de Ildefonso.
--¡Bien!... ¡Muy bien me parece!... –respondió Ildefonso con una sonrisa de satisfacción.
--¡Bien!... ¡Bien!... --exclamaron a su vez los jóvenes.
—Entonces, ¿nos ayudarás? – preguntó Gael.
--¿Cómo?
--¡Ven!... Sentémonos aquí—señaló Serafín, acomodándose en el entorno de unos escaños de piedra que rodeaban la hornacina. Quedaron mirándose unos a otros a escasos centímetros. Serafín se persignó bajando la mirada, al tiempo que los demás repetían el mismo gesto piadoso.
--Queremos comenzar retribuyendo a Feliciano, uno de los chicos que más hemos maltratado—dijo Gael--. Sabemos que es tu amigo, y que hoy es su cumpleaños, aunque él no quiere que nadie lo sepa. Pero le hemos preparado una celebración en secreto para no avergonzarlo...
--Queremos que sea una sorpresa. Se llevará la más linda impresión de ver que nosotros estamos ahora de su lado –agregó Serafín--.
--Pero, para que no sospeche nada –continuó Gael--, debes convencerlo de que te acompañe al bosque de las coníferas, en el alto. Allí le tendremos golosinas, regalos, y una que otra sorpresa más… ¡Te aseguro que será inolvidable para él!...
Estaban realmente emocionados. Sólo Nicolaus, sin proferir una sola palabra, sonreía y sonreía con una expresión extraña y distante.
Ildefonso accedió con gusto y excitación, pues le parecía una gran idea y una nobilísima acción. Consideraba de gran importancia espiritual, y hasta motivo de orgullo, ayudar a que esos tres pillos se convirtieran, de la misma manera que el Maestro había convertido a tantos arrepentidos pecadores. Volvieron a clases. Ildefonso encontró el momento de susurrarle a Feliciano que necesitaba hablar con él a la salida. Cuando llegó la hora Feliciano buscó a Ildefonso, y con la confianza que caracteriza al amigo verdadero se dejó convencer por Ildefonso de acudir al bosque de las coníferas, mientras sus demás compañeros almorzaban. Se fueron parloteando contentos y despreocupados hacia el alto, dispuestos a pasar una tarde entretenida, ya que ese día de talleres libres los padres vendrían tarde a buscarlos.
Cuando avanzaban ya cerca del peñón de la Virgen, y, de acuerdo a lo convenido, se escucharon algunas voces que gritaron al unísono: “¡Feliz cumpleaños!”. Entonces Ildefonso también exclamó: “¡Feliz cumpleaños!”, dirigiendo su mirada feliz a Feliciano, mientras se descubrían desde atrás de los árboles los otros tres muchachos. Feliciano abrió desmesuradamente los ojos y, palideciendo, se puso de inmediato a temblar. Ildefonso, por su parte, no podía creer lo que ahora estaba viendo… Gael, Serafín y Nicolaus saltaron literalmente alrededor de los dos, y se plantaron como felinos agazapados, listos para arremeter contra su presa, con los rostros transfigurados de rabia y malignidad, esgrimiendo cada uno hacia adelante un cuchillo. Ildefonso pensó por un momento que aquello era una broma, pero los movimientos decididos y amenazantes con que cogieron a Feliciano y le acercaron a la garganta sus cuchillos, lo aterrorizaron.
--¡Bien, niñitos, feliz cumpleaños!—repitió Nicolaus, que ahora sacaba la voz y parecía haberse transformado en el líder.
--¿Qué… qué es esto?—balbuceó Ildefonso.
--¿Creían que se nos iban a escapar?... ¡No, no!... No tan fácil, amigos. ¿Creían poder burlarse de nosotros sin ningún castigo?... ¡Ahora, caminen!... Y tú, Ildefonso, si quieres que no le hagamos daño a tu estúpido amigo, harás todo le que te digamos… ¿Entendido?...
Ildefonso asintió con la cabeza y se le llenaron los ojos de lágrimas. Los empujaron un par de kilómetros por entre las breñas, cruzaron el río por un vado hasta llegar a un sector de difícil acceso entre matorrales y peñascos.
--¿Qué van a hacer con nosotros?—preguntó con nerviosismo Feliciano durante la caminata.
Como respuesta recibió una patada en el trasero de parte de Gael, y un empujón de Nicolaus. Ildefonso por más que lo pensaba no podía imaginar qué harían con ellos, aunque confiaba en que todo aquello no tuviese más propósito que hacerlos pasar un buen susto. Sin embargo, le extrañaba particularmente la conducta de Nicolaus, quien no cesaba de hablarles con grandes ademanes a sus compañeros, pero sin esperar respuesta, en una suerte de monólogo dramático.
Después de subir y bajar repetidas veces por estas fragosidades, alcanzaron una formación de rocas como gruta, a la que ingresaron casi reptando. La luz entraba con cierta dificultad, por lo que adentro se veía sombríamente. Efectivamente habían allí variados objetos de fiesta de cumpleaños: una torta, velas, gorros, antifaces, serpentinas, golosinas y bebidas. Gael y Serafín amarraron las manos de Ildefonso a la espalda y los hicieron sentarse a un par de pasos uno de otro, sin dejar de amenazar con un afilado cuchillo a Feliciano, quien, comenzó a hacer pucheros mientras se orinaba en los pantalones. Ildefonso observaba a uno y otro de sus secuestradores tratando de adivinar sus intenciones. Cada uno se puso un antifaz, desplegaron los utensilios, encendieron las velas que clavaron en la torta, y comenzaron a cantar a viva voz el cumpleaños feliz a Feliciano. Al terminar su canto, Feliciano balbuceó:
--No… es…toy… de…cumple…años…
Entonces Nicolaus, repentinamente transformado, le dio un fuerte puñetazo en la cara a Feliciano y, rojo de ira, comenzó a gritar:
--¡Maldito gusano, hijo de tu perdición!... ¡No saldrás vivo de aquí!... ¡Pagarás todo lo que nos has hecho!... ¡Así acaban las garrapatas malditas que sangran a sus víctimas!... ¡Ya ves que existe la justicia divina y la venganza de Dios!... ¡Tú padre mató al mío!... ¡Ahora de nada te servirá tu padre asesino, hijo de polizonte!...
Los otros dos compañeros de Nicolaus se acercaron a Feliciano y le propinaron algunos golpes y bofetadas, pero Nicolaus, nuevamente transformado, los contuvo con un sonoro: ¡Alto!... Sonrió dulcemente, cortó con cuidado un pedazo de pastel y se lo acercó a la boca de Feliciano. Éste lo miró con terror y mantuvo los labios apretados. Con la misma beatífica sonrisa Nicolaus le restregó el pastel en la cara a Feliciano. Se limpió sin chistar la crema que cubría sus ojos y se quedó a la espera de la siguiente acción de sus captores.
--¡Un brindis, señores, un brindis!... ¡Por el cumpleañero!...—gritó emocionado Nicolaus.
Pusieron un vaso en la mano de Feliciano y Nicolaus, con una mirada torva y maligna le susurró al oído:
--Si no bebes, verás morir degollado a tu amigo Ildefonso, y luego te arrancaré los ojos con mis propias manos antes de cortarte la garganta también a ti…
Feliciano miró a los ojos a Ildefonso y, sin pensarlo más, bebió todo el contenido del vaso. Cuando acabó la última gota, los tres agresores aplaudieron dichosos.
--¡Listo!—exclamó con satisfacción Nicolaus.
Él mismo tomó una venda, la colocó tapando la boca de Feliciano, y la amarró por detrás de su cabeza. Los otros compinches amarraron firmemente sus brazos y pies, lo mismo que hicieron con Ildefonso. Se quedaron comiendo y bebiendo, riendo y bromeando, felices por el éxito de su hazaña.
Después de unos quince minutos, Feliciano comenzó a quejarse y se dejó caer de costado y contraído.
--¡Ha llegado la hora de partir!—vociferó Nicolaus--… ¡El ancho mundo nos espera!... ¡Feliz cumpleaños, niños!...
Se levantaron y salieron de inmediato con rumbo desconocido. Feliciano comenzó a retorcerse de dolor, gimiendo y gritando, pero su voz no salía más que opacamente. Durante más de dos horas Ildefonso contempló, sin poder hacer nada, cómo su amigo Feliciano convulsionaba, se hinchaba y cobraba un color verdoso, hasta finalmente yacer inmóvil y morir.








CAPÍTULO II



¿Es un hecho como éste el que marca el destino de una persona, o es el destino el que se materializa en el hecho?... Ildefonso había ido un poco más lejos en su necesidad de comprender el misterio de Dios, porque Dios, igual que el destino, se ocultaba a cualquier atisbo de inteligencia humana tras el destino mismo y tras los hechos. Entonces, su pregunta había desembocado en una interrogante todavía más osada: ¿Y si el destino y los hechos interactúan entre sí respondiendo en realidad a causas profundas, ignoradas, múltiples, incluso no-causas? ¿Y si Dios mismo no era más que una apercepción mediada por la conciencia humana, como TODO, sin excepción?...
Ildefonso sabía con claridad meridiana que el asesinato de Feliciano lo había marcado como un referente y un agente continuo por el resto de su vida. Feliciano siempre había sido decisivo y presente en cada decisión importante que desde ese mismo momento y en adelante había tomado. Un sicólogo y un físico habrían afirmado con justa razón que la muerte de Feliciano era la causa manifiesta e irrefutable, y no otra. Era innegable también que si ese hecho no hubiese ocurrido, ninguna de aquellas decisiones hubiesen sido las que fueron. Sin embargo, al día de hoy la cuestión ya no era tan simple y clara para Ildefonso.
El asesinato de Feliciano provocó una crisis, la primera y tal vez más profunda de toda su vida. Hasta ese momento su vida transcurría como la vida de cada niño protegido por el amor de sus padres: a resguardo de toda experiencia del mal, y, en lo posible, de toda experiencia riesgosa y sufrida. Nunca había visto un muerto, y menos morir a alguien. Pero contemplar cómo moría desgarradoramente su mejor amigo, sin poder hacer absolutamente nada, le partió el alma en pedazos y le ofuscó tanto la mente, que los primeros tres días no durmió, ni comió, ni habló, y apenas bebió unos sorbos de agua que su madre amorosamente consiguió que bebiera. No podía quitar ni un instante de su cerebro y de su mente afiebrada la imagen insoportable de su amigo agonizando. Sólo lo veía a él, y por él experimentaba nada más que un dolor desconocido y tan profundo, que avanzaba minuto a minuto despertando y abriéndose cada vez más honda y ampliamente algún trágico ser interior y, en consecuencia, la existencia toda.
La muerte es quizás la vivencia más sobrecogedora y desconcertante que puede experimentar un ser humano vivo. Desde ese mismo día Ildefonso comenzó a vivir la muerte como el flanco abierto del alma y de la carne, o como la sombra inseparable que surge de la luz de la vida, o como la exhalación de cada respiración; Muerte incluso más cierta y cercana que Dios. Y precisamente en ese horror y abismo de la muerte y la locura estaba contenido su opuesto, la ley y esencia suprema del mismo-otro que constituye el dinamismo antitético sin final de todo lo que adviene a este plano de existencia y realidad. Nadie puede negar en conciencia que las señales contrarias, los signos premonitorios, los futuribles potenciales están siempre ahí delante, al mismo tiempo que las evidencias avasalladoras de lo que se impone inequívocamente como acto y presencia. Sólo nuestro siquismo auto-exaltado y auto-referente nos niega muchas veces constatar lo Opuesto, o lo Abierto, tan cierto y real como lo evidente y lo presente. Por ello mismo es necesario entender crisis no como un ahogo y encierro en un pozo sin fondo, o como una caída sin final ni regreso, sino precisamente como una posible disyunción de dos caminos existenciales, cuya condición incierta y aún no definida provoca esa angustia y desorientación que siempre emocionalmente la acompaña, mientras dura. Muchas personas se quedan interminablemente en ese estado crítico, incluso durante toda su vida. Otras, como Ildefonso, reciben desde alguna zona profunda y misteriosa el aliento necesario para construir y re-construir realidad a partir del magma más caótico y trágico de toda crisis, como una especie de Voluntad Trascendental de Oposición.
Allí, en esas precisas terribles circunstancias, en ese caos desintegrador del dolor supremo que alcanza a hacer suyo un ser humano, surgió como única antítesis posible y necesaria la dimensión “divina” del ser humano. Cuando se alcanza el límite, la frontera del sufrimiento, entonces sólo es posible o bien sucumbir y morir, o bien renacer, en ese mismo instante y cuerpo, transfigurado desde el espíritu. Y no digo primero la epifanía de Dios, como una aparición sobrenatural, ex machina, que desgarra la realidad física y su legalidad espacio-tiempo, sino pura y simplemente la transfiguración interior de la sustancia humana, como principio de realidad. A esto le llamamos espíritu, por excelencia, sin necesidad todavía de Dios. A los niños se les enseña religión y Dios porque carecen aún de espíritu propio. Sólo desde los doce años un niño varón puede comenzar a experimentar el drama de ser humano, en un cuerpo y una mente cuya conciencia repentinamente se golpea profundamente contra la vida. Sólo entonces puede aparecer desde dentro de sí, como consecuencia y causa, el verdadero espíritu.
Yamil, padre de Ildefonso, y la misma Madonna atribuyeron al poder del Señor la salvación de su hijo. Leonidas rezó ininterrumpidamente mil rosarios a la Virgen del Monte Carmelo. Falushka prometió nunca más maldecir ni pecar los domingos de Dios. Los abuelos hicieron mandas y votos a San Miguel, a Santa Teresita, a San Expedito, a San Pedro y San Pablo. En privado muchas familias celebraron también actos y ritos de adoración y de inmensa fe al Santísimo, al Padre, a la Madre, al Hijo y al Espíritu Santo. El padre Sebastián de la parroquia del Buen Pastor de Ñuñoa no dejó pasar un solo día sin encomendar a Ildefonso en la sagrada eucaristía. Sin embargo, la Madonna, por sobre todos, había dispuesto una pequeña estatuilla de la Virgen sobre un zócalo en el muro frontero a la cama de Ildefonso, y había colgado del cuello de su hijo un milagroso crucifijo de plata, que, según se decía, había pertenecido al Papa Sixto IV. ¿Cuál de todas estas expresiones de fe (o todas juntas) ejerció finalmente el verdadero milagro?...
Más aun, hubo un hecho particular y único que a los ojos de todo el mundo causó la sanación de Ildefonso, y finalmente, mucho más que eso… Primero fue un perfume exquisito, luego un resplandor translúcido y bello, finalmente el roce de una caricia continua desde dentro del alma.
Al cuarto día de su postración, en la madrugada aún despierto y sin dormir ya las últimas tres noches, su madre lo acompañaba paciente y cariñosa, velando por su niño exangüe… Una luz piadosamente suavizada por una gruesa pantalla sólo deja caer un rayo de luz sobre el libro abierto en la falda de la Madonna. Ella abre sus ojos después de un sueño liviano y breve, observa a Ildefonso y, sólo guiada por su instinto de madre, sabe que aún su hijo está despierto e inquieto. Comienza a leer con voz pausada y emocionada:
“Al cabo de unos minutos, me puse a llamar muy bajito: «Mamá... mamá». Leonia, acostumbrada a oírme llamar siempre así, no hizo caso. Aquello duró un largo rato. Entonces llamé más fuerte, y, por fin, volvió María. La vi perfectamente entrar, pero no podía decir que la reconociera, y seguí llamando, cada vez más fuerte: «Mamá...» Sufría mucho con aquella lucha violenta e inexplicable, y María sufría quizás todavía más que yo. Tras intentar inútilmente hacerme ver que estaba allí a mi lado, se puso de rodillas junto a mi cama con Leonia y Celina. Luego, volviéndose hacia la Santísima Virgen e invocándola con el fervor de una madre que pide la vida de su hija, María alcanzó lo que deseaba...
También la pobre Teresita, al no encontrar ninguna ayuda en la tierra, se había vuelto hacia su Madre del cielo, suplicándole con toda su alma que tuviese por fin piedad de ella...
De repente, la Santísima Virgen me pareció hermosa, tan hermosa, que yo nunca había visto nada tan bello. Su rostro respiraba una bondad y una ternura inefables. Pero lo que me caló hasta el fondo del alma fue la «encantadora sonrisa de la Santísima Virgen».
En aquel momento, todas mis penas se disiparon. Dos gruesas lágrimas brotaron de mis párpados y se deslizaron silenciosamente por mis mejillas, pero eran lágrimas de pura alegría... ¡La Santísima Virgen, pensé, me ha sonreído! ¡Qué feliz soy...! Sí, pero no se lo diré nunca a nadie, porque entonces desaparecería mi felicidad.
Bajé los ojos sin esfuerzo y vi a María que me miraba con amor. Se la veía emocionada, y parecía sospechar la merced que la Santísima Virgen me había concedido... Precisamente a ella y a sus súplicas fervientes debía yo la gracia de la sonrisa de la Reina de los Cielos. Al ver mi mirada fija en la Santísima Virgen, pensó: «¡Teresa está curada!» Sí, la florecita iba a renacer a la vida. El rayo luminoso que la había reanimado no iba ya a interrumpir sus favores. No actuó de golpe, sino que lentamente, suavemente fue levantando a su flor y la fortaleció de tal suerte, que cinco años más tarde abría sus pétalos en la montaña del Carmelo.” [1]
A medida que las palabras avanzaban desde la boca de su madre, Ildefonso, aún con sus ojos cerrados comenzó a sonreír y, hacia el final de la lectura, se escurrieron también por sus mejillas algunas lágrimas. Abrió sus ojos, se incorporó en la cama y abrazó a su madre, llorando desconsoladamente.
--¡La Virgen me ha visitado!—susurró junto al oído de su madre.
La Madonna lo apretó en su pecho, le acarició la cabeza, lo besó suavemente en los labios y, con la misma sonrisa extática de Idelfonso, lo reclinó sobre su lecho. Cuando la cabeza de Ildefonso se posó en la almohada ya estaba profundamente dormido.
¿Santa Teresa del Niño Jesús? ¿La fe de la Madonna? ¿La Virgen? ¿Dios? ¿La mente humana? ¿Su hermana y sus conocidos? ¿El Universo?... ¿No eran todos ellos, e infinitamente más, cuantos habían participado --no causado-- en la transformación de Ildefonso?... Cuando se es parte de los inmediatos, los cercanos, los prójimos (vecinos), la respuesta a esta interrogante es siempre también la más inmediata y ya conocida, la de ellos: alguna de las anteriores… Para Ildefonso, lo que ocurrió esa madrugada fue más que un milagro y una verdad conocida–que también lo fue--: fue una vivencia propia, cierta y sublime.
En este tipo de vivencias trascendentales y milagrosas PARA UNO --aunque también puedan serlo para otros, pero de otra manera—son reunidos y absorbidos instantáneamente todo pasado, todo presente y todo futuro. Ninguna ley ni demostración científica, ni siquiera el dogma o escrito santo más venerado, ni la realidad evidente e inmediata del mundo que nos rodea pueden compararse con la certeza y perfección que se experimentan en esta VIVENCIA. Esta VIVENCIA siempre altera, transfigura, trastorna, invalida, supera la realidad previa y verdadera. Una de las virtudes que posee esta VIVENCIA es que incluso aquello que hasta entonces considerábamos perfecto, se transmuta súbitamente en una suerte de espectro, incomodidad y difuso anticipo de esta OTRA PERFECCIÓN. Entonces nada ni nadie que pertenezca a ese nivel de realidad anterior y superado podrá reconocerte ni validarte ni acompañarte, aunque traten de seguirte amando y respetando. Podrá llegar a ocurrir que incluso juiciosa, realista y válidamente te CRUCIFIQUEN, como hicieron las autoridades judías con el ícono de la trascendencia humana. JESÚS, ícono y arquetipo de este nivel y grado de experiencia transpersonal se le aparece necesariamente a todo aquel que experimenta esta misma VIVENCIA: la vivencia del drama del cuerpo y de la personalidad humana maltratados injusta, salvaje y violentamente.
La recuperación fue rápida y promisoria. El descubrimiento de Dios lo iluminaba todo. El amor de Jesús y María desbordaba su corazón. Sin embargo, en su inocencia aún infantil no se había siquiera preguntado ni atisbado siquiera si aquella “vivencia propia, cierta y sublime” era lisa y llanamente evidencia de la enseñanza religiosa recibida y de la imaginería católica que su entorno familiar y social habían desplegado para explicar su vivencia. Ildefonso no era entonces capaz de preguntarse seriamente: ¿ESTO es realmente DIOS?... Incluso más, como acabó ocurriéndole más temprano que tarde: ¿ESTO es realmente EL DIOS CATÓLICO?...
El acopio progresivo de conciencia acabaría inevitablemente señalándole las grietas profundas, las dolorosas inconsistencias, los juegos sicológicos que se encuentran adheridos e incluso representan a toda forma de religiosidad y hasta de fe. Esto mismo fue la señal de un nuevo milagro a los ojos de sus mayores: Ildefonso había encontrado la fe, la fe en el Dios vivo y verdadero: “¡Nuestro Señor Jesucristo!”... Pero esto mismo sólo veinticuatro horas después del milagro de la aparición a Ildefonso de la mismísima Virgen de Santa Teresita des Lisieux cobraría también una dimensión crítica gracias a su sobreabundancia de conciencia y honestidad –y que ya no cesaría de acompañarlo por el resto de su vida--.
Después de dormir más de 14 horas seguidas, Ildefonso despertó con mucha hambre. Comió con gusto pastas, puchero y un buen trozo de asado acompañado de verduras salteadas. Luego la Madonna llamó a toda la familia y a los allegados para que se reunieran en torno a la figura de la Virgen engalanada con azucenas olorosas; encendió doce velones bendecidos y una barra de incienso. Con profunda devoción, alegría y gratitud más de cincuenta personas rezaron de rodillas sólo los misterios gozosos, dado que Ildefonso aún se encontraba débil. De hecho hacia el final, aunque Ildefonso era uno de los que más intensamente levantaba la voz en la jaculatoria, se fatigó y, dejándose caer de lado, se quedó profundamente dormido...
Sentado en las últimas bancas de una imponente catedral gótica escuchaba con admiración la música del órgano que hacía vibrar el aire y los objetos. Su alma se encontraba en una especie de éxtasis jubiloso, pero contenido. Entonces giró su vista hacia uno de los altos vitrales por los que ingresaba un chorro de luces de colores que atravesaba la imagen del Hijo de Dios crucificado. Una paloma blanca que se cernía sobre el madero aleteó y luego se acercó volando a Ildefonso; dio algunos giros alrededor de él, para en seguida dirigirse hacia la derecha. Ildefonso la siguió encantado con la vista, pero la paloma voló raudamente hacia el mar. Desde la playa de arenas albas como el plumaje de la paloma Feliciano le hacía señas para que se acercase. Ildefonso comenzó a correr por la arena, hacia su amigo, pero éste también comenzó a correr hacia las mansas aguas de un hermoso color calipso. A medida que Ildefonso se acercaba, Feliciano gritaba dichoso y daba saltos entrando al mar. Ildefonso observó que las ropas de Feliciano se habían vuelto blancas y asemejaban una túnica que le llegaba hasta más abajo de las rodillas. Sin embargo, a medida que Feliciano avanzaba, el mar cobraba un color terroso y oscuro. Comenzó a agitarse el oleaje al punto de que una ola arrastró a Feliciano, quien ya no podía echar pie sobre el fondo. Feliciano giró la cabeza hacia Ildefonso y le arrojó una mirada angustiosa. De pronto se levantó dese la distancia una ola verdinegra que se empinaba más y más a medida que avanzaba hacia la costa. Feliciano seguía vuelto hacia Ildefonso, por lo que no podía ver la ola inmensa que seguía creciendo. Ildefonso se quedó atónito y paralizado, esperando. Feliciano estiró su brazo por encima del agua, buscando la mano salvadora de Ildefonso; se quedó así con los ojos exorbitados de miedo, hasta que la cresta de ola, cien metros por encima de él, se derrumbó atronadora sobre su cabeza. Ildefonso dio un alarido, y de un brinco se sentó sobre su cama…
Sin duda hay seres humanos cuyas gracias y dones se asemejan a las gracias de Cristo Jesús. Hombres y mujeres que se adhieren al sufrimiento humano como el imán al hierro; capaces de resistir cualquier horror, de absorber la maldad, la tortura, el abandono y el estertor desesperado del alma, sin pausa, sin medida ni cuidado de sí mismos. Ciertamente no poseen la sobrenaturalidad del Hijo de Dios, la grandiosidad de su poder sin límites, cuidadosamente velado tras una aparente, frágil y modesta humanidad. En cambio, manifiestan la auténtica fragilidad y modestia de lo humano, oscuramente, sin el menor reconocimiento de nadie, empujados, no obstante, hasta los límites mismos de la naturaleza del Hombre, la cual, en toda su incontrovertible pequeñez, acaba en estos distantes límites demostrándose en el fondo grande, casi promisoriamente sobre-humana, pero no divina.
Ildefonso, como todas las personas crísticas, luchaba consigo mismo. La conciencia, esta cimera torre que observa toda la realidad desde su soberbia elevación, sin embargo cuando se observa a sí misma y al pantanoso cuerpo mental y físico que la sostiene y la produce se desconcierta y sufre. Entonces, de la misma manera que la gota de lluvia, en tanto va cayendo desde las altísimas nubes, refleja la inmensidad del universo en su interior, pero justo antes de reventarse contra el suelo descubre que ella misma no es más que una efímera gota de agua, así mismo la conciencia humana se experimenta en sus diferentes momentos de vida. Ildefonso se reventó contra el suelo después de esta dolorosísima experiencia.
Doce niños asesinados en la playa de Bodrum… como si nada. ¿Todo era cuestión de perdonar, “77 veces 7”, como había dicho el Señor? ¿Y todos aquellos niños que morían por decenas y cientos en los bombardeos, pero también en las ignoradas crueldades cometidas en el anonimato en todas partes del mundo, cada día?... ¿Por qué tenía que sufrir incomparablemente más a sus doce niños asesinados, que a todos los demás? ¿Acaso era suficiente que Jesús y Dios mismo bajasen hasta él sobre un albísimo caballo alado para darle sentido y aceptación a la pérdida de sus hijitos?... Demasiadas preguntas se habían venido agregando desde aquel sacrificio absurdo de Feliciano, y lejos de responderlas, sólo seguían llegando cada día como dolorosas saetas lanzadas por la mano de un dios griego, más que por el Dios del amor cristiano. Había visto, había sufrido a tantas personas que podían pasar al lado de un niño herido sin apenas mirarlo. Había sentido el frío glacial del alma humana ante el sufrimiento y la desolación del otro, de ese mismo prójimo que Jesús había tratado de salvar de la indiferencia propia de nuestra especie.
Un frío 27 de julio de 19__, a los veinte años, Ildefonso había regresado a su celda monacal después de una larga jornada buscando niños bajo los puentes. Las terribles imágenes de abandono y miseria se mezclaban con los olores repugnantes y el frío mortal, que acaba con al menos uno de esos niños cada noche. Su mentor y acompañante, el padre César da Silva lo había contenido todo el día para no sucumbir al desánimo y al colapso nervioso. El clérigo da Silva, un hombre ya de sus entrados sesenta, alto, canoso y con apacibles ojos azules, poseía el don de VER a las personas, de manera que sabía siempre anticipar y actuar conforme a lo no evidente y razonable, sorprendiendo a todo el mundo con su extraño comportamiento, pero también irreprochablemente certero. Sólo así podría entenderse que al dejar a Ildefonso retirarse a su celda de meditación para cumplir la tercera semana de los Ejercicios de San Ignacio de Loyola, lo abrazase con una fuerte presión contra su pecho, y luego depositase en sus manos no el consabido rosario y el crucifijo de plata, sino un libro, un pequeño libro ajado, forrado con una tela oscura. Ildefonso, con desánimo, pero también curiosidad, se sentó en el borde trasero de la cama de roble y, luego de permanecer unos segundos con la mirada ensombrecida, lo abrió al azar:
“Lunes 29 de enero de 1932.
Algo me ha sucedido, no puedo seguir dudándolo. Vino como una enfermedad, no como una certeza ordinaria, o una evidencia. Se instaló solapadamente poco a poco; yo me sentí algo raro, algo molesto, nada más. Una vez en su sitio, aquello no se movió, permaneció tranquilo, y pude persuadirme de que no tenía nada, de que era una falsa alarma. Y ahora crece.”[2]
Ildefonso leyó todavía una y hasta dos páginas más. Se dejó caer de espaldas sobre la cama. ¿Cómo lo había logrado?, pensó. Sintió unos intensos deseos de arrodillarse y bendecir a la santísima Virgen María, pero se quedó ahí, inmóvil, experimentando con atención el extraño fenómeno que le ocurría. Además, aquel sentimiento de devoción y felicidad no era puro, sino que estaba teñido por esa angustiosa opacidad de la Náusea. Nunca hasta entonces se le había vuelto tan clara y patente la subjetividad humana. Sentido y sin sentido convivían ahora en él, como un gólem sin historia ni destino. Podía empatizar y entender a Sartre lo mismo que a Santa Teresita, pero no podía entenderse a sí mismo. Si sentía pena y desesperación por esos niños abandonados y moribundos, pronto le retrucaba un sentimiento poderoso y sobrecogedor de paz y trascendencia. Entonces ocurría aquella misteriosa e incomprensible MEZCLA, como sin forma ni definición alguna, y como él mismo había acabado en llamarla: CRISIS…
Desde los doce a los catorce se incubó en él esa enfermedad, al decir de Sartre, profunda y visceral, pero al revés. Feliciano, semejante a un portaestandarte, lo guiaba, desde algún cielo invisible, irremisiblemente a su desenlace personal. Seguía viviendo en el mismo mundo púber de todos sus amigos y compañeros. Había remitido al poco tiempo su estrés post traumático, y parecía a los ojos de todo el mundo ni haber dejado secuelas. Sólo su Madonna estaba cerca y al tanto de su proceso interno; de la arrolladora fuerza dramática y espiritual que buscaba empinarse sobre su personalidad entera, como esos tsunamis que solamente suben y avanzan lentamente, sin el menor ruido.
Al cumplir precisamente los catorce un hecho singular marcó el quiebre y el giro catastróficamente vital. El mandato de la genética y de su proyección en el cuerpo y en la mente, empujó con total naturalidad a chicos y chicas hacia el sexo, y en su mayoría, hacia el sexo opuesto. Ildefonso no era particularmente bello, ni tampoco feo, pero poseía el atractivo singular del joven especial y apasionado. Sus amigos comenzaron a buscar las miradas de las chicas y a poner sus encantos en el centro de sus conversaciones, de sus fantasías e interés. Ildefonso de inmediato se replegó en sí mismo y priorizó los paseos, las oraciones a solas y los largos momentos de lecturas pías, silenciosas y solitarias. Entonces Florencia, amiga de su hermana, apareció un día a su lado, se sentó con él, bien cerca y, sin mediar explicación ni vergüenza, le dijo a quemarropa que él le gustaba.
En ese mismo instante se abrió ante él una visión extensa y vívida. No pocas veces volvería a ocurrirle en su vida. Por primera vez contempló con ojos de varón a una mujer. Florencia poseía una voluptuosidad poco común para una niña de dieciséis: labios rojos y carnosos en una boca de sonrisa amplia; pelo negro, perfumado y brillante; piel caoba y tersa; ojos verdes, grandes y atigrados; busto sobresaliente y escotado; formas sinuosas y marcadas; manos grandes, pardas, atractivas. Fue lo mismo que un repentino y doloroso golpe de corriente. Algo explosionó con un chirrido metálico en la base de su columna, entre sus nalgas, y ascendió como chorro de lava, quemándole los órganos, los músculos, los genitales, los huesos, los tendones y el alma. Se estremeció con la fuerza de un terremoto, enrojeció como un meteoro ingresando a la atmósfera y, cuando estaba a punto de abalanzarse, desbordarse y estallar sobre la boca y el cuerpo de Florencia, llegó aquel fluido quemante a la punta de su coronilla, y, en vez de fuego y explosión, se transformó súbitamente en una increíble flor multicolor, una especie de loto resplandeciente con un millar de pétalos de luz, que comenzaron a girar lentamente, en sincronía con el mundo. Florencia misma se sorprendió de Ildefonso; percibió algo inusual y extraño que la impulsó a ponerse de pie, dar un paso atrás y quedarse contemplándolo con desconfianza.
--¡Yo!... ¡Yo!... ¡No…puedo!—balbució Ildefonso maquinalmente, mientras sentía que su cuerpo, su mente y su alma se expandían como una nebulosa de plasma incandescente recién creada en el seno del Universo.
--¡No!... ¡No te preocupes!—Florencia respondió de prisa, se dio media vuelta y se alejó trotando.
Ildefonso se quedó perplejo, meditando durante horas y tratando de comprender lo que acababa de ocurrirle. Entonces no sacó casi nada en limpio, pero la intuición de que algo profundamente instintivo, humano y al mismo tiempo animal se había quebrado para siempre, como se quiebra por el medio una caña seca, y luego se consume ante el fuego arrasador de una energía de otra dimensión y mundo, lo conmovió indeciblemente.
Ildefonso ya no experimentó nunca más en su vida el poder alquímico, irresistible, enamorador y transformador del sexo. No porque una suerte de impotencia y ausencia de libido le impidiesen disfrutar de una relación sexual, o del atractivo sexual del cuerpo de la mujer –oportunidades tuvo varias--, sino porque SIEMPRE una fuerza arrolladora y trascendental, que no experimentaba descanso, se le imponía a todo deseo e instinto, hasta de hecho anularlo. Nunca habló con nadie de esta vivencia ni del proceso abismal que contenía y explicaba verdaderamente su apatía sexual, o --como la mayoría que lo estimaba suponía ingenuamente-- su sobresaliente voluntad espiritual y su asombrosa vocación religiosa. Sus respuestas y explicaciones acerca de su celibato fueron evasivas incluso con sus maestros, guías y confesores. Algo así como pudor era esta raíz última y final de su extinta sexualidad.
Este hecho extraordinario, sublime tanto como dramático, fue el lanzazo preciso que ahondó la grieta que venía calando su alma. Sin embargo, recordemos que nunca los hechos son las únicas y principales causas de sus propias consecuencias, por lo cual iremos paulatinamente investigando y ahondando en este caso, en la misma medida que Ildefonso se tornará más conciente e inquisitivo acerca de la extraordinaria dimensión de su nueva realidad.
Durante los últimos dos años la fe y la religiosidad de Ildefonso habían medrado, ocupando todos los momentos y espacios de su vida. Leía con profundo deleite la Biblia y las vidas de los santos; recitaba de memoria largos pasajes de los Salmos de David y de los Evangelios; rezaba concentrada y emocionadamente al despertarse, a cada momento en el día y al acostarse, pero también participaba gustoso de todas aquellas oportunidades que los demás le daban para rezar en comunidad; asistía a misa puntualmente los domingos; cumplía cuidadosamente los mandatos espirituales y morales que le indicaban los presbíteros, santos y doctores de la Iglesia; se sentía inmensamente feliz cuando tenía oportunidad de conversar de Dios, de contemplar a Dios, porque había hecho propio y vital el primer mandamiento: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”. Yamil, su padre, se inquietaba cada vez más por esta exagerada conducta religiosa, pues Ildefonso había cambiado ostensiblemente su comportamiento, distanciándose del trato de todas las personas que lo circundaban, descuidando sus estudios, leyendo y rezando buena parte del día, encerrándose en un mutismo y aislamiento progresivos, y sin el menor interés por las mujeres. No obstante este aislamiento, Ildefonso se cobijaba en el amor y en la protección incondicional y aleonada de su madre, quien, por lo demás, era la única que conocía el otro lado de su mundo interior y, por lo mismo, se sabía imprescindible y total para él.
Ildefonso luchaba contra el Demonio. En las honduras de su subconciente, y escasamente a la luz de la conciencia atenta, padecía una terrible enfermedad y un desolador tormento. La Madonna lo veía claramente, pero lo callaba. Su instinto de madre, a un tiempo animal y sobrenatural, le informaba que no sólo debía sostenerlo y aliviarlo de su inconmensurable dolor, sino, sobre todo, que Dios le asignaba animar y fomentar su comportamiento extremo, incluso hasta el delirio religioso, de ser necesario. Ese miasma era una sombra nebulosa, verdinegra, melancólica, como el peso angustioso de algo importante que por olvido se dejó de hacer. No tenía forma, ni cuello, ni garras, pero le rasgaba el alma por dentro. Aun así, sólo el amor de Dios lo exorcizaba y lo mantenía a raya, como a tropa de demonios sometidos por el poder de la Cruz. La Madonna, sin embargo, observaba con desazón que aquello horrible y martirizador crecía como un cáncer del alma, contenido, jadeante, ejerciendo presión más y más intensa, que desbordaba sólo por el brillo más y más febril de sus ojos. Ella rezaba, sobre todo rezaba con toda su alma, cada hora del día, muchas veces desecha en llanto, pidiéndole a Dios, a la Santísima Virgen y a su Hijo amado, que lo liberaran ya de su tormento, porque comenzaba a presentir lo peor para él.
Con todo, Ildefonso era feliz, si puede llamarse felicidad al resplandor jubiloso de un sol que comienza a extinguirse en medio de un espacio vacío. Ingenuamente, como el espíritu de una blanca paloma, ascendía y aspiraba a llegar más alto, al mismísimo Cielo de Dios --de ser posible--, sin tener la menor conciencia de si era el llamado de su Padre Celestial lo que le confería más y más ardor, o era el magnetismo horrendo de su Infierno lo que lo animaba más y más a huir. ¿En esto era distinto de la experiencia y vida de tantas personas espirituales y santas?...









CAPÍTULO III




La Madonna recibió como la noticia más feliz y dichosa de su vida la repentina y temprana decisión de Ildefonso: llegar a ser sacerdote. Ildefonso agradeció infinitamente a Florencia el haberle abierto los ojos a su condición, naturaleza y destino. Una y otra vez las personas, ciertas personas excepcionales, como la Madonna, Feliciano, Florencia, ejercían un poder crítico y transfigurador de su ser y de su vida toda. No eran sólo personas de carne, hueso y sentido propio, sino también (para él) ángeles, espejos de sí mismo y maestros para toda la vida.
Aquel día inolvidable del encuentro amoroso con Florencia, Ildefonso regresó a su casa ya caída la tarde, se encerró en su pieza con llave y, sólo cuando la Madonna inquieta por esta nueva acción de su hijo se aproximó a la puerta de su habitación y le susurró a través de ella, apenas golpeando con la palma de su mano: “¡Estoy aquí!...”, Ildefonso se acercó al vano de la puerta y, presionando sus labios a la rendija, respondió con otro susurro: “¡Estoy bien, mama, pero necesito mucho estar muuuucho solo!...” La Madonna sintió que su corazón daba un terrible brinco y zapateo en su pecho, apoyó su frente contra la puerta, esperó un momento, y volvió a repetir con lágrimas en los ojos: “¡Estoy aquí!...”
La Madonna regresó puntualmente cada una hora a escuchar tras la puerta siquiera que fuese la respiración agitada de su hijo, o el murmullo de sus oraciones, o incluso algún velado gemido que le pinchaba como una aguja el corazón. Aun así, se retiraba prestamente dando gracias a Dios…
A la mañana siguiente, la Madonna encontró una hoja de cuaderno escrita con lápiz grafito sobre la cama: “No te preocupes, haré un retiro en la montaña y vuelvo. Te amo, mama querida.” La Madonna apretó el papel contra su pecho, frunció los labios de dolor, y se recriminó a sí misma: “¡Es mi culpa, se ha ido por mi culpa!... ¿Virgen Santa, volverá…?”
Ildefonso volvió. Volvió una y otra vez junto a su madre, a través de los años. La Madonna poseía un don, un poder benéfico, resolutivo y hasta salvador para Ildefonso... Había transcurrido un mes después de la masacre de sus niños en Bodrum, y, sentado nuevamente en la arena grisácea, frente a la escena del crimen, contemplaba la vida más allá del horizonte inmediato. Su recuerdo de la Madonna se allegaba amorosamente a él, ahora que ella no podía ya abrazarlo, porque los lazos de la carne los había disuelto la muerte de la mama. De pronto sintió sobre la mano izquierda que apoyaba en la arena una suave presión fría y húmeda; volvió la vista y se encontró con un joven teckel cobrizo que, moviendo su cola respingada, olfateaba con curiosidad y agrado su mano.
--¡Hume!... ¡Ven aquí!...—escuchó que gritaban desde atrás, al tiempo que se escuchaba un enérgico chiflido.
Una pareja de unos sesenta y tantos se fue acercando a Ildefonso. La mujer llevaba un largo vestido azul estampado con flores blancas; desde sus hombros caía un pañuelo en punto calado, y cubriendo su cabello cano, un amplio sombrero blanco de playa. El hombre, vestido elegantemente, con un traje marengo a rayas blancas y una humita azul marino pegada a la garganta, miró con cierta severidad a Ildefonso. La dama se acercó para tomar en brazos al perrito y le habló:
--¡Eres un pillo, siempre molestando a la gente!... ¡Disculpe!... Espero que Hume no lo haya importunado…
Ildefonso sonrió complacido y negó levemente con la cabeza.
--¿Usted es de por aquí?—preguntó el hombre, intentando sonreír.
Ildefonso se quedó mirando unos segundos a la pareja y luego respondió:
--No precisamente… Me llamo Ildefonso Delenikas. Soy sacerdote.
--¡Un sacerdote!—exclamó la mujer--… ¿Qué hace un sacerdote en esta soledad?...
Al decir esto, la mujer extendió su mirada hacia todos lados, como dimensionando el sinsentido de la presencia de Ildefonso.
--Hace justo un mes murieron aquí doce niños en un bombardeo nocturno...
--Indocumentados…--replicó con gesto adusto el hombre.
Ildefonso se volvió hacia él; leyó en su mirada una sombría oscuridad y un cierto rictus de crueldad y resentimiento. Sobre su solapa llevaba clavada una insignia militar. El hombre cogió del brazo a la mujer y comenzaron a caminar hacia la orilla del mar, conversando sobre temas de economía, compras y dineros en préstamo. Ildefonso se los quedó mirando con una profunda expresión de tristeza.
--¡Ahí está Dios!—murmuró Ildefonso.
Cogió un puñado de arena lo levantó a la altura de sus ojos, y lo dejó escapar como un hilillo continuo que la brisa se llevaba en diferentes direcciones.
--Dios… La Santísima Trinidad…--volvió a murmurar, mientras se acordaba de la historia de San Agustín y el niño a la orilla del mar.
Levantó la vista y contempló el océano que se abatía una y otra vez en regueros de olas tonantes y espumosas. Dos pequeñas figuritas, una oscura y otra clara, se perfilaban a lo lejos, hacia el sur. Ildefonso cogió esta vez dos puñados de arena y realizó con ambas manos la misma acción de hace un momento. Entonces imaginó que cada granito de arena que salía de sus manos era una vida humana, un individuo único entre infinitos únicos y diferentes. Uno era San Agustín, el otro Pascal, y Santo Tomás, y la Virgen, pero también Nietzsche, Sartre, y Judas, don Fermín, Magdalena y Nicolaus, sin exclusión uno tras otro, los miles de miles de millones de seres humanos, con sus creencias, sus caracteres, sus verdades, sus errores y vidas. Él mismo era un granito más que trataba de comprenderlo TODO… Realmente, ¿para qué?...

Las olas, el agua inquieta, el viento habían recubierto el inmenso socavón que abrió el misil asesino. Los niños antes vivos, ahora eran puñados de arena desparramados sobre la playa; su sangre vertida, ahora era agua salada y transparente. Ellos ya no podían ser mirados con los ojos con que Ildefonso miraba. Muerte y Fe. Vida y Sentido. Como el quiasmo del viento que podía trocarlo todo, giraban también las palabras hostilizándose y amándose para Ildefonso: Muerte y Vida, Fe y Sentido…

--¡Tú no eres un cura, tú eres un loco!...
Así le había gritado a la cara Darinka, en el café des Rossignols, en la rue Singale de París. Roja de ira --si hubiese podido lo habría abofeteado--, se levantó de su asiento y salió como una bacante furiosa del lugar.
En julio del año 201_, dos meses antes de esta escena, Ildefonso había sido solicitado por el arzobispo Samuel Bisschop que se hiciese cargo, junto con el padre René Flamcourt, de un seminario en el Centre Ignatien des Enfants de Dieu, en Montmorency, para jóvenes laicos que querían iniciarse en los ejercicios ignacianos, durante sus vacaciones de verano. Ildefonso se encontraba expectante y un tanto a la deriva en París, pues ya hacía casi medio año que había solicitado a su jerarquía eclesiástica la autorización para embarcarse a Medio Oriente, para ayudar a los refugiados de la desastrosa guerra que asolaba esta región. Gozaba a la sazón de la simpatía y el apoyo del arzobispo Bisschop, que veía en él la proporcionada conjunción de pasión, carisma y criticismo para influir y atraer a esa treintena de jóvenes universitarios católicos a la obra ecuménica de Dios. Además, con el padre René se conocían desde el Seminario Jesuita y, aunque era unos años mayor que Ildefonso, mantenían una relación cercana y profunda.
Ildefonso ardía cuando debía hablar y enseñar acerca de Dios y su Sagrada Familia, como gustaba llamar a todos aquellos seres humanos y divinos en los que Dios se manifestaba exaltada y especialmente. Y no porque considerase que los demás seres humanos quedasen excluidos de la Sagrada Familia de Dios, sino que, por una mera coincidencia de nombres, en aquella primera Familia había simplemente una diferenciación en los roles de maestría, pero no en alguna condición excluyente de la esencia divina una para todos. Sin embargo, esta pasión e intensidad no se le daba simplemente como un reflejo, una realización o respuesta a un sistema, doctrina o mundo religioso dado, externo, social, y, por lo tanto, católico, sino como un proceso y fuente crecientemente personales, auténticamente originales y --por decirlo de alguna manera comprensible-- progresiva y profundamente interior (sin causalidad ni relación externa perceptibles). Con todo, esto interior, que como palabra y concepto alcanza a describir poco y mal aquello “interior” que quiere representar, también comenzaba para Ildefonso a desplegarse de una manera singular, maravillosa, compleja, perturbadora, y tantas cosas más, que por el momento es mejor dejarlas en reserva.
Un santo impresiona a todo el mundo con la grandeza de su personalidad; no podría ser de otra manera, pues la santidad en sí misma es un estado de sobrecogedora y grandiosa interioridad. No existe santo alguno que no asombre por la fuerza, la autenticidad y la intensidad de su ser interior. Ildefonso comenzaba, sin embargo, aún lejos de alcanzar estos niveles de santidad, y por algún misterioso designo divino, a descubrir zonas todavía más profundas del alma y del espíritu humanos, en donde comienzan a diluirse incluso los conceptos y vivencias más sublimes y divinos que pueda experimentar una persona humana, en la medida que estas experiencias y conceptos se refieran de cualquiera manera (y hasta de mínima manera), a algo no TRASCENDENTEMENTE INTERIOR.
Y esto, aunque no se exprese explícitamente --ni siquiera concientemente--, de algún modo se comunica, y hasta más eficientemente que cualquier mensaje verbal y formal. Por ello, Ildefonso, durante tres semanas, encantó, inspiró, catequizó, conmovió, convirtió, ayudó, aportó a los jóvenes estos y otros tantos bienes que se obtienen de un alma exaltada en Dios y devota del Sagrado Corazón de Jesús, pero también sorprendió y sembró dudas y hondas inquietudes en algunas de aquellas jóvenes almas, incluso en la inteligencia y el corazón del mismo padre René.
Una de estas almas nobles e inquietas pertenecía a Darinka van der Leeuwen. Hija de padres separados a temprana edad, Darinka se había criado con su madre, una atractiva mujer, a su manera piadosa, pero con un carácter complicado, irritable, fumadora y algo alcohólica. De ella había acogido afortunadamente el modelo religioso, pero no los demás rasgos, y sí --sin saberlo, porque casi nunca lo había tratado--, su parecido en disposición y personalidad se asemejaba más a su padre Ferdinand, prestigiado académico de Física de la Université Paris-Sorbonne 6. Darinka había acudido con bastante reticencia a este seminario ignaciano, mayormente solicitada por su mejor amiga de carrera, Laura Piemonte, quien, a su vez, junto al interés espiritual y personal, guardaba la secreta esperanza de intimar con Louis Cournot, a quien sólo conocía a la distancia y por referencias de amigos. Desde el sólo ver de entrada al presbítero Ildefonso, Darinka se sintió fuertemente atraída por él. Cuando Ildefonso la miró directamente, por primera vez, sus ojos le quemaron alguna zona sensible en su interior, sin que fuese eso algo en absoluto desagradable, sino muy por el contrario. Darinka era una joven de veinte años, bonita, delicada, de ojos grises y pelo corto, rubio, más bien retraída socialmente, pero con un gran dinamismo, simpatía y encanto cuando compartía con sus amigos más cercanos, los que, por demás, eran pocos, en su mayoría mujeres. Nunca había estado de novia con ningún chico, y además de virgen, sentía un vivo recelo y hasta una declarada repulsión por la sexualidad. Particularmente chocante le resultó, pues, experimentar este ardor que inusitadamente y de manera confusa le activó algo de sus zonas erógenas. Más chocante le resultó constatar al punto que el hombre que la impresionaba y conmovía así era un sacerdote, ministro consagrado de Dios.
Los días y las semanas del retiro avanzaron y fortalecieron esta primera impresión. Una secuencia de hechos extraordinarios y significativos alimentaron la llamarada inicial y la extendieron en diferentes direcciones. La primera semana, centrada en la indagación, reconocimiento, arrepentimiento y liberación de los pecados en Cristo Jesús, comenzó en su día primero con fuertes impresiones para Darinka, así como para los demás jóvenes. Ildefonso había realizado un aprendizaje en parte serio, en parte espontáneo e intuitivo, de diferentes prácticas espirituales, doctrinas y técnicas de introspección y autoconocimiento, siguiendo también la línea primigenia de ascesis cristiana de San Antonio y los esenios de Qumrán. Por ello, la primera sorpresa que les regaló a los jóvenes participantes fue no iniciar el taller con exposiciones programáticas e introductorias, ni oraciones, ni contenido católico ninguno, sino con una práctica de postura, relajación, respiración y meditación a la manera del yoga oriental.
En un amplio y aireado salón hexagonal, austero, sin ícono alguno, de cálido ambiente, con un artesonado atravesado por gruesas vigas, revestimiento y pisos de hermosas tonalidades y nobles maderas, grandes ventanales hasta el suelo, abiertos, pero velados con cortinas de papel de arroz mate, Ildefonso, René y treintaiún jóvenes de varias etnias y nacionalidades se encontraban ya hacía casi una hora con los ojos cerrados, sentados sobre cojines, en posición de loto, realizando ejercicios de meditación guiada. Ildefonso y René se encontraban también en asana, sobre un proscenio cincuenta centímetros más alto que el resto del salón, al que se accedía por tres planos de gradas semicirculares y de frente a los jóvenes. Darinka se sentaba en la tercera fila del hemiciclo de alumnos, hacia la izquierda. Meditaba concentradamente y se sentía muy tranquila, extraordinariamente liviana, casi como si flotase sobre el suelo, y hasta sobre su propio cuerpo. De pronto un intenso perfume de rosas la hizo estremecerse y abrir los ojos. Creyó ver, en diagonal a ella, que Ildefonso se encontraba dentro de un vaporoso huevo vibrante de luz blanco-dorada. Parpadeó varias veces para tratar de despejar la vista que suponía ofuscada, pero con estupor observó que la visión se mantenía así, y aún más clara, pues la luz aparecía ahora matizada, como en estratos de hermosas tonalidades de colores delicados e intensos, que variaban y se entrelazaban sin dejar de vibrar, y que claramente provenían desde –por así decir—el interior de su cuerpo y de su alma. Sus oídos comenzaron a zumbar. Entonces vio –y no dudó de ello--, que esa aura maravillosa se levantaba y se ponía de pie delante de Ildefonso, quien seguía allí, sentado, con los ojos cerrados, plácidamente. Darinka contempló hipnotizada cómo esa luminosidad reconcentrada cobraba forma y vida: otro Ildefonso de luz que la observaba con una maravillosa sonrisa. Este Ildefonso de luz y colores se separó por completo del otro y avanzó como flotando hacia ella. Mientras avanzaba lentamente abrió su boca, sacó la lengua, y empezó a extenderse en forma de largo pergamino sepia hacia Darinka. Estaba escrito en él un texto con extraños y borrosos signos de alguna lengua para ella desconocida, pero, aun así, una parte del texto comenzó a hacerse nítido y comprensible en cada palabra que leía sin leer:
  “Dios no habita en un lugar, ni en la tierra, sino en el corazón; y si buscas el lugar de Dios, su morada es el corazón puro. El mismo dice que habitará en este lugar cuando afirma por medio del profeta: ‘Habitaré con ellos y en medio de ellos andaré; ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, dice el Señor’.
Considera, por tanto, que tal vez en cada una de nuestras almas hay también un pozo de agua viva, hay latente un cierto sentido celeste junto con la imagen de Dios. Este es el pozo que los filisteos, es decir, las potencias adversas llenaron de tierra. ¿De qué tierra? De sentimientos carnales y de pensamientos terrenos; por eso, hemos llevado la imagen del terrestre. Precisamente entonces, mientras llevábamos la imagen del terrestre, los filisteos llenaron nuestros pozos. Pero, puesto que ahora ha venido nuestro Isaac, acojamos su venida y excavemos nuestros pozos, saquemos la tierra, purifiquémoslos de toda suciedad y de todos los pensamientos fangosos y terrenos, y encontraremos en ellos el agua viva, esa agua de la que el Señor dice: Quien cree en mí, de su vientre brotaran ríos de agua viva.[3]
Cuando terminó de leer, experimentó una intensa emoción, sintió ganas de llorar y dar gracias a Dios a gritos. Un gran estruendo, como un trueno, se dejó oír. Darinka comenzó a sentir que se desmayaba, cerró los ojos y escuchó con claridad la voz de Ildefonso, a lo lejos, que la llamaba por su nombre. Volvió a abrir sus ojos y se encontró nuevamente con Ildefonso a un paso suyo, entre los jóvenes, que, vueltos hacia ella, le dirigían con curiosidad la mirada. Primero oteó hacia el estrado, pero sólo distinguió a René, que se había puesto de pie, y caminaba hacia una espaldera que se apoyaba al fondo del proscenio. Había un solo Ildefonso, éste que le estaba extendiendo un libro abierto, acompañado con una amplia sonrisa.
--¡Aquí… lee, Darinka!—le dijo alegremente, y le señaló con el índice el pasaje que le solicitaba leer en alta voz a la concurrencia.
Darinka, mareada aún, confusa y medio ausente, dejó caer la vista sobre las páginas que tenía delante, mientras cogía maquinalmente el libro con ambas manos. De la misma ofuscada manera comenzó a leer, sin entender lo que leía, pero a la tercera línea lo comprendió todo de golpe. Estaba leyendo el mismo texto que hace un momento acababa de leer…
Gruesas y abundantes lágrimas cayeron de sus ojos mientras siguió leyendo. Al final de la lectura, se puso de pie, roja de asombro y tensión, y sin decir ni una palabra salió de prisa de la sala. Ya fuera, le pareció que el mundo perdía consistencia: daba vueltas y vueltas alrededor de ella; pero en su interior las emociones intensas, los procesos de pensamiento iban y venían de todas partes y hacia todas partes como nubes prietas cargadas de electricidad que acaban chocando y entremezclándose unas con otras. Corrió, corrió, siguiendo los meandros de senderos entre los frondosos y tupidos árboles hasta llegar a las orillas del lago. La inmensidad de las aguas, el resplandor del sol en su superficie, el cielo azul abierto a otros espacios contuvieron los estremecimientos de su alma. Darinka se dejó caer sentada sobre la arena; con los codos apoyados sobre sus rodillas, cogió su cabeza con ambas manos y trató de calmarse. Por su cabeza giraban cosas enormes y extrañas, pero entre todas sobresalía, como la cresta de la montaña, la misteriosa persona del cura Ildefonso Delenikas. No habían transcurrido ni cinco minutos cuando sintió que alguien se sentaba a su lado. Abrió los ojos y se encontró con la mirada sonriente y cálida de Ildefonso. No se asustó, no se sorprendió, sino que una sensación de bienestar y agrado la ganó suavemente, casi como si hubiese estado esperando que llegase.
--¿Cómo estás, Darinka?—preguntó el sacerdote.
--Extrañada, pero bien… muy bien.
--¿Te ha ocurrido algo?
Darinka bajó la vista hacia sus pies, cogió una ramita seca y comenzó a dibujar algo así como una forma ovalada con extensiones internas y externas.
--¡Sí!... Ha sido maravilloso…
--¿Quieres hablarme de eso?...
Darinka alzó la vista y miró a los ojos por un segundo a Ildefonso, luego volvió a su posición anterior.
--Creo que he experimentado el Sagrado Corazón de Jesús…
--¡Ciertamente eso es maravilloso!...
Darinka pareció encenderse súbitamente, sus ojos brillaron y se irguió, levantando la mirada por sobre la superficie del lago.
--¡Estoy segura de que usted va a entenderme, padre Ildefonso!...
--Te escucho atentamente…
--Cuando usted me pidió que leyera, hacía sólo un minuto antes ya lo había leído… ese mismo texto.
Darinka volvió a detenerse y mirar a Ildefonso. Nuevamente su mirada complacida y serena la animó a continuar:
--¡Nunca me había ocurrido algo así!... Fue… ¡sobrenatural!—exclamó, cerrando por un momento los ojos y apretando una mano dentro de la otra-- ¡Pude experimentar el Espíritu vivo de Dios detrás de las palabras del santo!... ¡Cuánto Amor!... ¡Cuánta Sabiduría y Verdad!... Pero nuestros oídos, nuestra mente, nuestro corazón, nuestra conciencia están tan llenos de tierra que nos impiden alcanzar el Amor, la Sabiduría y la Verdad de Dios que anhelan ascender y derramarse desde el fondo de un pozo de agua viva más hondo que todas las palabras santas y divinas, que todos nuestros sentimientos y emociones más puros y nobles, que todos nuestros actos y pensamientos más generosos y positivos, que toda nuestra conciencia despierta, buena y cotidiana…
Darinka se detuvo y, con una mirada intensa, casi febril, con las mejillas arreboladas se quedó esperando y al mismo tiempo tratando de comunicarle su sentir sin palabras, mirándolo fijamente a los ojos.
Esta vez el sacerdote no pudo sostener la mirada de Darinka. Había en su ardor (¿en el espíritu?) algo extraño para él, un sentimiento demasiado arrollador y hasta violento que en un principio lo desconcertó…
--Es interesante… profundo y muy significativo lo que me acabas de decir. Sin embargo…--Ildefonso se atrevió a mirar nuevamente a Darinka, pero se detuvo para calcular el efecto de lo que iba a decir—es… un tanto extrema tu interpretación del sentido espiritual de la palabra.
Darinka lo miró con cierta extrañeza.
--¿No te parece demasiado excluyente considerar de error y obstáculo las manifestaciones de religiosidad, bondad y espiritualidad de la mayoría de los seres humanos sólo porque no alcanzan un nivel de trascendencia mayor?... ¿De ser así, no los estarías considerando igualmente alejados del espíritu de Dios como al más recalcitrante de los filisteos y pecadores?...
Darinka nuevamente se quedó mirando a Ildefonso. Los argumentos que le retrucaba apenas podía procesarlos con su propia razón, ya que otras razones le exigían atención. Además, no le había referido nada de la visión que había tenido con él, porque, entre otras cosas, seguían ocurriéndole nuevas y potentes sensaciones. Su instinto de mujer la protegía cauta y astutamente de dar un paso en falso y exponerse más de la cuenta. Por ello, asintió con la cabeza, pero, sin convicción alguna tras ese gesto maquinal, contrajo las cejas expresando así su verdadero sentir. Ildefonso miró la hora en su reloj de pulsera, se dio media vuelta para mirar por donde había llegado, y agregó:
--Creo que tenemos mucho que conversar, Darinka… Gracias a Dios tenemos harto tiempo por delante, pero ahora debemos regresar para continuar con los ejercicios… Creo que nos esperan grandes momentos… ¿Te parece?...
Darinka volvió a asentir con la cabeza, sonrió sin convicción, y apoyándose en la mano que le ofrecía Ildefonso, se puso de pie junto con él.









CAPÍTULO IV





Con una violenta contracción abdominal se sentó sobre la cama, abrió desmesuradamente los ojos y dio tres o cuatro manotazos al aire, como quien trata de arrancarse unos horribles velos que caen ante el rostro. A pesar de que ya miraba con sus ojos abiertos la luz damasquinada que se traslucía a través de las cortinas y el contorno oscuro de los muebles de su habitación, aún seguía contemplando la terrible visión que había comenzado mientras dormía. En ella se encontraba el recientemente elegido Papa Juan Pablo I (el Papa Bueno) sentado ante su escritorio de trabajo, en la sala de los Oficios, solo, concentrado, leyendo algunos documentos que cogía con su mano izquierda, mientras la derecha sostenía una plumafuente. Con su cabeza inclinada y la vista enmarcada dentro del campo de visión de sus anteojos metálicos, no podía ver como un par de sombras oscuras y tenebrosas giraban alrededor de él; luego se levantaban desde abajo del piso, brotaban desde los muros y del cielo raso más y más sombras que acercándose más y más, lo rodeaban, sin dejar de girar alrededor de él. El Papa seguía sin percatarse de ello; sin embargo, las figuras fantasmales, horribles y sombrías eran tantas y ya tan próximas a Juan Pablo, que finalmente oscurecieron la habitación y su entorno. El Papa entonces levantó la cabeza y se encontró súbitamente con esta horrorosa visión. Abrió la boca para exclamar algo, pero las sombras comenzaron a entrar como una gruesa bocanada de humo infernal por su boca abierta, hasta que todas ya estuvieron dentro de él. En ese momento Albino Luciani se desplomó muerto sobre su escritorio.
Desde la muerte de Feliciano, Ildefonso había comenzado a experimentar diversos tipos de fenómenos parapsicológicos, misteriosos, milagrosos, sobrenaturales, que le sobrevenían cada cierto tiempo, de diferentes maneras. Muy rara vez sentía miedo o incredulidad ante estos fenómenos, y ya se había habituado a anticipar tragedias e incluso la muerte de personas queridas, con calma y mucha fe en Dios. Por otra parte, nunca les había dado gran importancia, y los dejaba pasar sin mayor consideración ni sentido, como si fuese algún tipo de anomalía de la realidad, pero sin trascendencia. Sin embargo, esta vez Ildefonso sintió que su corazón bombeaba fuerte y velozmente en su pecho, que le palpitaban las sienes, que sus manos temblaban, aferrándose a las sábanas.
--¡Dios mío, van a asesinar al Papa!—exclamó con voz ronca y arrastrada.
Se pasó el dorso de la mano por la frente, se dejó caer de espaldas sobre la cama. Veloces y quemantes como llamaradas acudían emociones e ideas a su mente.
--¡Tengo que impedirlo!... ¡En lo que de mí dependa, tengo que impedirlo!...
Con los ojos cerrados imaginaba decenas de formas de conseguirlo, pero todas le parecían débiles, imperfectas, dudosas y hasta ridículas. Comenzaba a luchar con el desánimo y la angustia. De pronto se percató de que estaba dejando fuera de todo esto a Jesús, a su Dios amado y todopoderoso… Saltó de la cama, se arrodilló e inclinó la frente hasta tocar el suelo. Oró con todo el fervor, con toda la fe y con todo el amor a Dios que le permitía su condición humana. Entonces, como una involuntaria respuesta, se le apareció vívidamente la imagen dulce e iluminada de su prima Vincenza Tatay, sor Vincenza, que venía caminando hacia él por un largo y amplio pasillo monacal. Abrió los ojos encendidos y exclamó:
--¡Gracias Jesús mío, Padre mío, Dios mío!...
No se podía explicar por qué el recuerdo de su prima Vincenza le hacía sentir feliz y aliviado, ni cómo podría ella llegar a influir en que Juan Pablo I no fuese asesinado. Era un sentimiento grandioso, una intuición simplemente inmensa e indubitable, ante la cual la razón, el sentido común y hasta la cordura se someten felices y en silencio.
Temprano se comunicó con José Ramón Llull, conocido suyo en el Centro Internacional de Comunicaciones para la Evangelización de los Pueblos. José Ramón se comprometió a tenerle noticias durante el día sobre el paradero de sor Vincenza. Hacía por lo menos dos años que Ildefonso no hablaba con ella. En ese entonces Vincenza se encontraba en Ontario, Canadá, pero esperaba que pronto fuese trasladada a cierta misión de confianza en el Congo belga, que ya le había sido anunciada.
Durante el día Ildefonso pasó por diferentes fases y estados mentales. Después de la primera hora en que prevaleció la poderosa vivencia que había experimentado, y no dejaba de sentir la fuerza sobrenatural del espíritu que en ella se manifestaba, cedió esta intensidad, de manera que la conciencia y la razón, que le eran facultades propias, pudieron contemplar y procesar los hechos a su peculiar manera. Lo primero que le aconteció fue la duda¿Y si todo esto no ha sido más que una pesadilla más realista que lo habitual de toda pesadilla?... ¿Qué puedo provocar con esto?... ¿Nerviosismo, desconfianza, angustia, errores, costos impredecibles, filtraciones y escándalos públicos, burla y escepticismo?... ¡Dios mío, pero si estoy en lo correcto…! ¡Ningún escrúpulo, ningún costo se compara con la necesidad y con el deber de evitarlo!...
Poco después:
Y si esto es cierto… ¡Por mi Madonna y la Virgen Santísima, ¿quién o quiénes están detrás de este intento de asesinato?!...
Su inteligencia trató de atar uno que otro cabo suelto que había adquirido durante sus innumerables viajes, informaciones, vínculos y contactos, pero se percató de que cualquier avance en esta línea era no más que una aventura sin fundamento ni sentido. ¿Qué clase de odios, de poderes oscuros, de visiones aberrantes podían albergarse al interior de la Iglesia, o alrededor de ella, como para inspirar un magnicidio tan horrendo?... ¿Qué consecuencias podrían derivarse para la Iglesia y el mundo de un crimen tal?... Lo desechó.
Influencias… ¿Personas influyentes que pudieran acceder al Papa para advertirle y tomar las medidas adecuadas y necesarias para evitar y esclarecer este complot?...
Conocía a varios cardenales, obispos, secretarios, adjuntos, doctores, diplomáticos, amigos y cercanos al Vaticano, incluso al Papa. Volvió a parecerle demasiado incierto, aleatorio y poco eficaz. Nadie, con todos los argumentos y antecedentes de su conocimiento y de la luz de la inteligencia le ofrecía la seguridad, la garantía, e incluso la intuición de que podía evitar el curso de los ominosos acontecimientos que él también quería evitar. Se detuvo aquí, como si repentinamente hubiese chocado contra la evidencia de un camino sin salida.
En las primeras horas de la tarde, y cuando ya cierto nerviosismo comenzaba a hacérsele notar por la ausencia de noticias acerca de sor Vincenza, pensó:
¿Por qué yo?... ¿Por qué yo?...
Entonces vino a él, como una respuesta de esas que advienen especialmente en los momentos críticos de la existencia cotidiana, ¡la paz de Dios!… Pero no la “paz de Dios” como ese sentimiento casi ingenuo, sicológico y superficial que se experimenta como respuesta de la sensibilidad a cualquier estímulo positivo (incluso religioso y espiritual), sino esa sustancia universal que subyace a toda experiencia de totalidad, de sentido unificado y trascendental que contiene simultáneamente a todas las COSAS, incluso cuando las COSAS se están odiando, masacrando y destruyendo entre sí, y que se desborda desde adentro de la mente, en un afuera-adentro unificado, en sentimiento oceánico –como poetizaba Romain Rolland--.   
Ildefonso se experimentó entonces a sí mismo no como un escuálido y solitario peón en medio de una horrenda conspiración, sino como un minúsculo y decisivo ser humano en el infinito amor de Dios, que participa de una trama de un juego sublime, DIVINO, por encima de TODO, y, al mismo tiempo, siéndolo TODO.
Recién a eso de las ocho de la tarde Ildefonso recibió la llamada telefónica de José Ramón. Sor Vincenza se encontraba sirviendo en el Vaticano, en las dependencias del mismísimo Palacio de San Pedro, cuidando de las vituallas y del servicio doméstico y privado de Su Santidad, Juan Pablo I. Ildefonso enmudeció primero ante la señal evidente de la mano de Dios; estuvo a punto de caérsele el teléfono de entre sus dedos. De todas las ideas y pensamientos que habían pasado por su corazón y su entendimiento, ninguna poseía el poder que esta loca y peregrina convicción ejercía en él… ¿Acaso Dios trazaba una huella para él, personal, natural y sobrenatural al mismo tiempo?... El sentido y la trascendencia de aquella huella tan derechamente encaminada hacia la persona de Juan Pablo I, poseía también un mensaje, un llamado tan exclusivamente suyo, tan en la huella de un Dios que avanzaba en otra y la misma dirección que el mundo y el bien del otro humano, escondiéndose y mostrándose sólo a Ildefonso, en la mera intimidad de él con Él, pero también más adelante, siempre más adelante, aún sin Él…
Sin dilación llamó al Vaticano, a la Oficina de Servicios del Palacio, y, una vez más se sorprendió de que en menos de un minuto, como saltándose todo imposible, estuviese escuchando la voz de su querida prima Vincenza Tatay. Cumplió con el protocolo habitual de enterarse primero de las novedades de la familia, para luego apurar el abordaje del tema que lo obsedía. Sor Vincenza casi no entendió las ambiguas razones que Ildefonso sostenía para conminarla a reunirse personalmente con él al día siguiente, a las 8 hrs. a.m. en los jardines del Palacio, pero la alta estima y consideración que la animaban hacia su primo la condujeron sin darse cuenta a romper todo protocolo y aceptar ese intempestivo encuentro.      
Ildefonso no tuvo inconveniente para obtener los permisos y venias correspondientes. La noche la pasó con inquietud, a pesar de que una buena parte de ella estuvo orando y meditando en Dios, en Jesús y la Virgen. A las cinco ya estaba definitivamente despierto. La noche le había dejado como herencia una convicción espiritual casi dolorosa de que debía avanzar, sin temerle a nada, hasta salvarle la vida a Albino Luciani.     A las 7:30 hrs. se encontraba paseándose con un librito de los Salmos bajo el brazo, entre las sombras alargadas de los cipreses y los floridos setos de adelfas y begonias, junto a la fuente Castalia. Se sentía inquieto y ansioso, con la secreta misión de un espía que podía fácilmente caer en las garras del enemigo. Rezaba casi como un condenado. A las 8:05 vio acercarse de lejos, menuda y humilde, la figura vestida de negro de su prima Vincenza. A las 8:12 hrs. caminaba con ella cogida del brazo hacia un templete y le susurraba cerca del oído:
--Vincenza, se me ha revelado que quieren asesinar al Papa… ¡Tienes que ayudarme a evitarlo!...
Sor Vincenza se detuvo en seco y, girando hacia él, se lo quedó mirando a los ojos, inmóvil y asustada. Ildefonso observó hacia uno y otro lado, luego continuó:       
--Vincenza, si me equivoco, que toda la responsabilidad caiga sólo sobre mi cabeza y sobre nadie más que sobre mí, pero si estoy en lo cierto, ¡te lo suplico!, no podemos ni yo ni tú ni nadie, dejar de hacer todo lo humanamente posible para evitarlo… ¡Así lo quiere Dios!... ¡Así lo quiere Dios!...
Vincenza se estrujó las manos, apretó dolorosamente los labios e hizo ademán de alejarse, pero Ildefonso las cogió fuertemente con las suyas y la retuvo enfrente de él.
--¡Ya no puedes huir!... ¡En tu conciencia y ante Dios sabrás para siempre que no hiciste nada!...       
Poco después Sor Vincenza caminaba a prisa de regreso a las dependencias del Palacio sin saber realmente cómo había aceptado hablar con Su Santidad Juan Pablo I para obtener una reunión en privado con su primo Ildefonso, pero ya había jurado por el Padre Celestial que así lo haría, y eso no era siquiera posible ponerlo en duda, ni menos desdecirse.
A las 8:45 hrs. sor Vincenza se detuvo una vez más ante la puerta de Su Santidad y se quedó dubitativa, con la mirada fija sobre la reluciente manilla de oro. El olor del café recién preparado le trajo a la memoria las lejanas mañanas vénetas en la villa Promasqua con su abuela Cedrina, el canto alegre y animado de las mujeres que abrían puertas y ventanas a la luz, al aire y al sol, las sábanas blancas animadas por el viento, los ladridos de los perros, las manos arrugadas, humildes y cálidas de la nonna; pero, de pronto, su rostro pálido y un poco alargado se ensombreció al recordar que sólo ayer por la tarde había recibido noticias preocupantes sobre la salud de su Cedrina… ¡Ildefonso!... ¡Ildefonso!... Se le atravesó como un rayo brutalmente justo en medio de su corazón. Comenzó a rezar mascullando un Ave María protector, supremo, y se dio ánimo para entreabrir la puerta del dormitorio. Su intuición le decía que aquello no iba a andar bien… Vio la luz encendida, pidió permiso en voz alta, y entró. Entonces lo vio allí, sentado sobre su cama, apoyado contra el respaldo, con las gafas puestas, el mentón caído sobre el pecho y algunos papeles dispersos sobre el edredón. Se acercó de prisa, tomó su mano, auscultó su pulso, y exclamó junto con un agudo grito: ¡Mi Dios santísimo, está muerto!... ¡Ildefonso!... Se sobresaltó al percibir una sombra que se movía veloz desde un rincón hacia la puerta, se dio media vuelta, pero no vio nada; sólo experimentó una breve sensación de frío, una corriente de aire helado desde el exterior. Salió de prisa en busca de su primer secretario. El mundo podía saberlo: ¡Había muerto Albino Luciani, el Papa Juan Pablo I!...

En alguna zona residencial y apartada de Philadepios, Donald Roccafella se paseaba por sobre las losas cuadradas de mármol blancas y negras de su gran estudio pulcro e iluminado con decenas de ampolletas y exquisitas lámparas de araña, con las manos cogidas entre sí por la espalda. Levantaba la vista, miraba hacia el inmenso parque de noche; el visillo albo le permitía entreverlo ocasionalmente a causa de los movimientos ondulantes de la brisa; observaba con impaciencia su reloj, tomaba la taza de porcelana, bebía unos sorbos de café irlandés y continuaba con su paseo. Al pasar delante del espejo Luis XVI se plantó con digna compostura, separó los hombros, se alisó un poco el bigote oscuro y le guiñó un ojo a su imagen. Entonces sonó el ring del teléfono rojo que descansaba sobre su amplísimo escritorio. Caminó de prisa hasta él, cogió el auricular y escuchó una voz femenina que le decía:
--¡Está hecho!...
Miró hacia el techo, esbozó una sonrisa y cortó.



Ildefonso lloró y gimió ante Dios un día entero, encerrado en su habitación del altillo del hotel Purpurine del Monte, en el barrio dei Gladiatori di Roma. Niños asesinados, un Papa muerto, Feliciano… ¿Cuántas muertes más se le escaparían de entre sus manos torpes, como el agua amada se escurre por entre los dedos demasiados débiles para retenerla?... ¿Por qué Dios introducía la muerte como la cosa más natural del mundo en la vida de los seres humanos?... ¿Por qué Dios no parecía distinguir entre el sufrimiento y la muerte de un bueno, y los de un malo?... ¿Y Jesús y la Virgen María, uno asignado como Hijo de Dios, la otra como Santísima y Madre de Dios, dónde hacían de verdad la diferencia entre el bueno y el malo?...
Alguien, algunos poderosos en la jerarquía eclesiástica impidieron que se le realizase una autopsia legal al cuerpo de Juan Pablo. Se consignó en el informe de defunción simplemente infarto al miocardio. Ildefonso podía oler el azufre del Infierno que se escapaba por entre los bellos bastidores del imponente Vaticano. Una vez más sentía en su propia alma que el tridente del Diablo traspasaba el Cuerpo de Cristo, su venerada Iglesia Católica Apostólica Romana. ¿Quería mirar o no quería mirar?... Volvió la crisis… ¿Qué debía hacer ahora?
Sor Vincenza se negó a volver a hablar con él, o al menos eso le comunicaron. Cada vez que pensaba en el hecho, una sensación de opresión en el pecho y un atenazamiento de garganta le advertían que esa era una zona peligrosa y vedada para él. La opinión pública estaba dividida entre la sospecha de asesinato y la muerte natural, sin embargo la Iglesia seguía siendo poderosa y unida, de manera que el Colegio Cardenalicio logró concitar la atención del mundo católico y no católico en la designación del nuevo Papa, y mantener a raya toda investigación y toda sospecha sin el debido fundamento. Ildefonso se sentía profundamente abatido, paralizado. Todo se le había vuelto significativo, tanto como dolorosamente confuso y opresivo. Trataba de orar y meditar para estabilizar la mente y conciliar el sueño, pero una y otra vez comenzaba a tropezar, a tartamudear la voz interior, y se callaba para no masticar palabras, sólo palabras. Como si fuese poco, al tercer día de la muerte de Juan Pablo I, mientras se enteraba por la televisión de la designación de Karol Woytywa como el nuevo Papa polaco, golpearon a su puerta. Recibió un documento, firmado por el Superior Regional de Misiones, en el que, sin mayor explicación, se le asignaba como nuevo destino la Misión de San Antonio Prisco, en las Sierras del alto Ecuador, para una labor de evangelización de los pueblos indígenas aún resistentes a la santa Verdad de Dios y al consiguiente progreso de vida. Intentó un par de llamados de apelación, se entrevistó con el Obispo Francesco Silvalonga, cercano al General de Misiones, rezó y rezó, pero la respuesta, en todos los casos, fue casi la misma: “Alta misión de confianza”, y nada más.
¿Dios mío, Señor mío, quién eres tú?... Acabó gimiendo, después de tratar de comprender lo ocurrido. Casi nada parecía tener sentido, no obstante todo se encontraba cargado de sentido, como el extraño llamado que recibió, antes de salir hacia el Aeropuerto, de Solón Vitrubsky, un viejo amigo periodista que quería recabar información privilegiada acerca de las investigaciones e intenciones de Juan Pablo I de reestructurar y transparentar el Instituto para las Obras de Religión (Banco del Vaticano), así como de sus intenciones de separar a la Iglesia de todo vínculo con la mafia y la masonería. Podría haberle referido su sueño y su último intento, pero intuyó que no era ése su fin. Prefirió negar y callar todo conocimiento sobre los temas que su amigo le proponía. Prefirió bajar la cabeza hasta besar el suelo para no faltar al sagrado voto de obediencia, pero, sobre todo, para no enturbiar ni dañar aún más la dañada imagen y cuerpo de su amada Iglesia de Dios…
Cuando soltaba el pasamanos de la pasarela para entrar al avión, Ildefonso giró la cabeza hacia la Ciudad Santa; escuchó sus propias palabras retumbando dentro de su alma:
--…¡En tu conciencia y ante Dios sabrás para siempre que no hiciste nada!...
Las lágrimas le enturbiaron la vista e ingresó al avión que lo llevaría lejos, muy lejos de aquí.

Los primeros dos meses transcurrieron en la selva ecuatoriana sorpresivos, veloces. No le era difícil olvidar. Sorprendido por la exuberancia de la vida natural, por la variedad, riqueza y originalidad de la vegetación, de los colores, los olores, los sabores de comidas y productos exóticos y nuevos, inimaginables; el despliegue interminable de especies animales, de insectos descomunales y terribles alimañas; las inundaciones del cielo reventado en aguaceros de cataratas tibias o frías; los mosquitos y coleópteros que infestaban las zonas pantanosas, húmedas y ardientes; el calor inhumano, las noches de ensueños, insomnes, febriles, las serpientes, los caimanes, y los hombres y mujeres, blancos, negros, indios, mestizos por igual, en medio de este desborde de vida delirante, como la más débil y humilde de todas las criaturas de la Creación de Dios, desmintiendo tajantemente la narración de un bíblico Génesis antropocéntrico.
La Misión jesuita se había instalado el año 19__ en las cercanías del río Napo, próximo a la frontera con Perú, por solicitud del gobierno ecuatoriano, para evangelizar a un centenar de indígenas Secoya todavía resistentes a la civilización euro-americana. Una terrible y legendaria historia marcada por abusos, guerras, esclavitudes y maltratos los habían hecho guarecerse en zonas de difícil acceso, entre montañas y zonas pantanosas de la amazonia, trasladándose frecuentemente de un lugar a otro para evitar el odioso contacto con los extraños.
La Misión jesuita de San Antonio Prisco no es más que un pequeño caserío de diez sencillas construcciones de madera alrededor de la iglesia, que sobresale, por encima de los techos de las otras cabañas oscurecidas por la extrema humedad, cuatro metros con su cruz de fierro oxidado y su altillo cubierto de líquenes, donde se esconde una modesta campana de cobre. Este oasis de cielo, de luz y espacio abierto de cincuenta metros cuadrados se encuentra casi engullido por la selva que la cerca con sus inmensas palmeras, sus eschweileras inalcanzables, sus abaremas de escultóricas flores, sus pentagonias con flores de blancas lanzas, y el coro vegetal, con todos los verdes del mundo entrelazados, sobrecogedor, de innumerables y polimórficas especies nunca nombradas, apenas vistas por el hombre blanco.
No es de extrañar, pues, que en estas tierras exóticas, efervescentes, oníricas, fantásticas y hasta delirantes ocurran habitualmente hechos que desafían la cordura, la experiencia y la equilibrada razón humana... En una de esas noches tardías en que Ildefonso, lejos de descansar se concentraba en la lectura de uno de aquellos libros históricos que el abad Kumonar Ligetto guardaba en su biblioteca personal y que, al llamarle su atención y hojearlo cuando este orgullosamente se la enseñaba, se lo había generosamente ofrecido de inmediato, interrumpió repentinamente su lectura, levantó la vista y miró por la ventana hacia el zaguán iluminado por la poderosa luna llena. Algo inusual le pareció que avanzaba sigilosamente como buscando la sombra y las cavidades de las cosas. Se quedó observando aquello que avanzaba a trechos y estirándose en una tenebrosa mancha de negrura. Por más que aguzaba su vista y esperaba el preciso resplandor de luz de luna, aquello nunca se dejaba descubrir abierta y descuidadamente. Había algo en el hálito de aquella sombra que lo intranquilizaba extrañamente, pero no podía tampoco darle ninguna consistencia ni precisión. Finalmente, se acercó a la puerta de la cabaña del abad Ligetto y, sin poder creerlo Ildefonso, la atravesó de un lado a otro, invisible, para ingresar en ella. Ildefonso se puso de pie de un salto con la intención de partir corriendo hacia la cabaña del abad, pero se detuvo sorprendido al constatar que se encendía una luz en su habitación y alguien, que se asemejaba al mismo abad, descorría la cortina, abría la ventana y cerraba los postigos. Un minuto después la luz volvió a apagarse. Ildefonso se quedó mudo, escuchando la sinfonía de grillos, de ranas, de aves nocturnas que dialogan, de jaguares hambrientos y monos encogidos y temerosos. Concluyó que debía confiar en… Dios, y que el abad Ligetto probablemente se encontraba bien.
Después de una noche intranquila, a la mañana siguiente, Ildefonso se despertó con la campana que llamaba a laudes. Se aseó de prisa, se vistió y caminó raudo hacia la capilla. Allí se encontraba, como todos los días, el abad Ligetto dirigiendo las lauretanas a la Virgen de Loreto, de quien era el más devoto servidor y maestro:
--Santa María…
--¡Ruega por nosotros!—respondían a coro las veinte personas que lo acompañaban piadosamente de rodillas, entre bocanadas de humo de palo santo.
--Santa Madre de Dios…
--¡Ruega por nosotros!
--Santa Virgen de las vírgenes…
--¡Ruega por nosotros!
--Madre de Cristo…
--¡Ruega por nosotros!
-- Madre de la Iglesia…
--¡Ruega por nosotros!
--Madre de la divina gracia…
--¡Ruega por nosotros!
--Madre purísima…
--¡Ruega por nosotros!
--Madre castísima…
--¡Ruega por nosotros!...
Sin motivo ni explicación alguna Ildefonso se quedó de pie en la puerta; luego de escuchar en silencio durante un minuto el servicio religioso, se persignó, se dio media vuelta y salió de la capilla. Comenzó a caminar hacia el refectorio, se detuvo a mitad de camino, alzó la vista hacia las copas crujientes de los árboles, luego divisó a unos niños que jugaban con una pelota de trapo, bajó su mirada hasta sus pies, se dio media vuelta y se encaminó con paso discontinuo hacia el río. Siempre que su cerebro se sobrecargaba con pesadumbre, las aguas lentas, verdes, hondas e impermanentes de una corriente lo calmaban y le devolvían una significativa imagen de sí mismo. Sentado a la orilla, se tomó con ambas manos la cara, apoyados los codos en sus rodillas, y se quedó allí meditando… Aparecían por uno y otro lado de su cuerpo interior, una y otra vez, las heridas vivas de los estigmas espirituales de Cristo. El misterio, la desconfianza, la incertidumbre, a veces cotidianas y hasta insignificantes, reanimaban una contraparte abisal y dolorosa que Ildefonso no lograba reconocer ni asumir concientemente, de manera que acababa siempre regurgitando su dolor informe hasta el olvido y el hondón de su alma. Había sí reminiscencias y recuerdos que se hilaban en ovillos de sufrimiento que su conciencia trataba como a parroquianos diaria y frecuentemente, pero otros, semejantes a azulosos cetáceos se movían difusamente en las profundidades lóbregas de su alma. Estos, los más incomprensibles, descomunales y extraños, en ocasiones ascendían a la superficie de su conciencia, y entonces Ildefonso se conmovía más allá de lo que lograba resistir.
La visión de aquella sombra que se deslizaba furtivamente en la noche apenas alumbrada por una luna cómplice había reanimado un dolor insondable y una inquietud profunda… ¿Era ése el espectro de Juan Pablo I, o de su asesino?... ¿O el de Feliciano?... ¿O el de Dios?...
Ildefonso iba a buscar refugio en Jesús, en su fe, pero no pudo. Algo sólido y frío lo detuvo en su interior. En respuesta, se aferró al crucifijo que colgaba de su cuello. Escuchó a sus espaldas el sonido de una presencia que avanzaba entre la floresta. Giró rápidamente, sintiendo un miedo inusual.
--¡Hola!... ¿Hay alguien ahí?—preguntó, tratando de superar así su temor.

Sólo prestó atención a lo lejos al canto intermitente de los tinamús y las chachalacas. Sin embargo, al mantener el oído sensiblemente agudizado comenzó a escuchar algo desusado y sorprendente: Primero fue como un susurro, un roce, un murmullo aislado, cercano. Recorrió con la vista todo el entorno, pero no divisó nada inusual. Luego, parecían sumarse miles y millones de voces o suaves, diminutos gemidos, todos juntos, moviéndose en una misma dirección, como sin espacio ni tiempo. Trató de precisarlo, de medirlo, de analizarlo, pero iban y venían desde todas partes, ubicua, confusa y armónicamente, sin definición ni lugar ni forma alguna. Entonces alargó un pie para dar un paso, se tropezó con una raíz de guatteria, perdió el equilibrio, e instintivamente se abrazó al enorme tronco del árbol. Su mejilla y su oreja derecha quedaron pegados a la corteza rugosa. Ildefonso experimentó un estremecimiento, como si una agradable vibración eléctrica estuviese abarcándolo de arriba abajo, al tiempo que aquel flujo vibrante se expandía y se expandía, comunicando y conectándose con los vegetales sin distinción, en una espiral expansiva, escuchando, percibiendo, en conciencia inclusiva, la sustancia viva del Alma vegetal. Tan sublime, tan asombrosa, sobrecogedoramente natural, espiritual y divina le resultaba la creciente unificación que experimentaba del Ser vegetal, que pronto su mente, su conciencia, su sensibilidad ya no resistieron más tal extática expansión y un fogonazo como de una explosión solar y un estruendo insoportable lo derribaron sin sentido e inconciente al suelo.








CAPÍTULO V



Los niños que jugaban con la pelota de trapo fueron quienes dieron las pistas para hallar a Ildefonso. La noticia del colapso del padre Ildefonso había circulado rápidamente por la zona, de manera que se habían reunido cerca de setenta personas en el centro del caserío y alrededor de él, donde el presbítero descansaba sentado bajo un toldo de ramas de palmera y bebía sonriente un reconfortante jugo de frutas. Éste guardó para sí la extraordinaria experiencia, explicando que había sufrido un desvanecimiento a causa de su larga exposición al sol, y al ayuno extendido que mantenía. Mientras daba estas razones se percató, con pena, de que estaba mintiendo; en su corazón le suplicó perdón a Dios, pero aun así no se retractó. Entonces ocurrió un hecho singular. Desde el campanario se escuchó un grito largo y extraño; la campana comenzó a repicar con fuerza. Todo el mundo dirigió la mirada hacia aquel lugar. En lo alto y con la mitad del cuerpo inclinado por sobre el antepecho, el abad Ligetto abrió los brazos, levantó sus ojos al cielo y, por un momento, todos creyeron que iba a lanzarse desde la cima del campanario.  Sin embargo, torció la mirada hacia la multitud y les habló con una voz sonora y grandilocuente:
--¡Pueblo mío, hijos de Dios, creyentes en nuestro Salvador Jesucristo!... ¡El Padre que habita en los Cielos se me ha revelado en una visión!... ¡Vengan, vengan todos a la Iglesia del Señor para conocer las maravillas de su Palabra y su Verdad!... ¡Que nadie quede afuera, me ha dicho!... ¡Benditos todos porque verán con sus propios ojos los milagros que el Señor me ha inspirado!... ¡Vengan, vengan!...
La mayoría de los indígenas se quedó con la boca abierta, mirando hacia la torre, en tanto el abad descendía por la escala interior hacia el templo. El sacerdote Tom Wayle SJ, y el fraile Finah Argabacic –los otros dos miembros de la Misión—respondieron de inmediato al llamado de su superior y comenzaron a dar voces y a animar a los embobados indios que no comprendían lo que estaba ocurriendo, para que los siguiesen a la iglesia. Repentinamente se escuchó un trueno y, acto seguido, una inmensa nube de agua se precipitó sobre la tierra. Los aborígenes corrieron junto con el sacerdote, Ildefonso y el fraile hacia el interior del templo para protegerse del turbión, más que por cualquiera otra razón. Allí, se encontraron con la nave completamente iluminada, con todos los faroles encendidos, los muros cubiertos con guirnaldas de flores, y, en el centro, de espaldas al altar, el abad con su casulla púrpura levantaba hacia lo alto el Santísimo y repetía estentóreamente:
--¡ Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación de todos los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sacratísimo Corazón y del Inmaculado Corazón de María, te pido la conversión de los pobres pecadores!...
Tom Wayle y Finah Argabacic indicaban, invitaban y empujaban a los indios, mujeres y niños, para que tomaran asiento en las bancas, aunque varios de ellos se resistían y seguían de pie. Ildefonso se quedó perplejo, observando junto a la puerta. El abad calló, se dio media vuelta, depositó el Santísimo sobre el altar y, volviéndose nuevamente hacia la gente que callaba expectante, les dijo:
--¡Hijos míos, el Señor ha dicho: “Pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre.”[4]… ¡La fe en el Hijo de Dios, en el Santísimo Corazón de Jesús, en la Santísima Virgen María, mueve montañas!...
Mientras hablaba con fuerte voz de esta manera, comenzó a avanzar por el pasillo central, lentamente. Se acercó primero a un aborigen ya mayor vestido a la usanza occidental que lo observaba atentamente, realizó en el aire unos movimientos giratorios con la palma de la mano hacia el suelo, apretó el puño, y al abrirlo apareció sobre su palma una cadena de plata con un crucifijo dorado. Un murmullo de sorpresa se escuchó por todas partes. El abad se lo entregó dentro de las manos al hombre, que no cesaba de hacer zalemas de agradecimiento. Luego se acercó, en la fila contraria, a un niño indígena semidesnudo que  lo miraba con algo de susto. Esta vez hizo girar ambas manos de la misma manera, realizó el mismo acto con sus puños y, juntando sus manos, las abrió con un montoncito de golosinas de colores. El niño comenzó a aplaudir, dando saltitos de contento, en tanto los aplausos se sumaban también por toda la iglesia. El abad repartió los dulces entre los niños que se encontraban próximos a él.
--“¿Quién de ustedes, si su hijo le pide pan, le da una piedra?¿O si le pide un pescado, le da una serpiente? Pues si ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a los que le pidan!”[5]
Kumonar Ligetto continuó predicando y realizando maravillas durante una hora, haciendo aparecer de la nada numerosos y variados objetos que, a veces, hacía aparecer desde el aire; otras, los sacaba del interior de su boca; otras, desde atrás de las orejas de las personas, y las iba regalando a la gente feliz, asombrada y risueña. Después, el abad volvió a los pies del altar, rezó en voz alta un Padre Nuestro y un Ave María, levantó nuevamente el Santísimo y se dirigió a Él:
--¡Dios supremo, Dios de todos los hombres, Padre, Hijo y Espíritu Santo, bendice y protege a estas familias que han venido humildemente a tus pies a recibir tus infinitos dones, y concédeles la paz y la prosperidad para que puedan alabar tu Santo Nombre por los siglos de los siglos!...
--¡Amén!—respondió una veintena de personas.
Afuera, en tanto, el poderoso sol estival había vuelto a resplandecer, la selva se movía acompasada, silenciosamente, y sólo se apreciaba una que otra charca lodosa en los terrenos de la Misión.

Ildefonso suspendió la sesión de lengua secoya con su maestro indígena Mujuecaye que habían acordado previamente para la tarde. Para Mujuecaye también fue un alivio, pues las comunidades indígenas de la zona se encontraban conmocionadas por los milagros del abad Kumonar Ligetto y ya se estaban reuniendo en las malocas, en grupos, entre amigos y familias para comentar los hechos y beber chuchuhuasi hasta el amanecer. La mañana había sido particularmente intensa para Ildefonso, por lo que se enclaustró en su cabaña para orar y poner en orden sus emociones y pensamientos. Primero, el calor pegajoso y húmedo lo llevó a abrir todas las ventanas para que entrara un poco de aire; luego, se dirigió al oratorio que había dispuesto en un rincón, junto a su cama; encendió los dos cirios que flanqueaban la cruz basta de caoba que colgaba desde el techo, ante el muro; se arrodilló sobre el reclinatorio que se encontraba frente a la cruz y, con una expresión de inquietud en su mirada, elevó sus ojos hacia el crucifijo para buscar la presencia interior de su amado Cristo. Como ya era su costumbre y práctica, rezó, respirando acompasadamente, durante quince minutos para entrar en comunión con su propio espíritu; en seguida, entregó su pensamiento y su voz interior al Señor. Si Él estaba “cerca”, entonces incluso podría verlo y dialogar con Él. Su mente lo llevó de inmediato a la experiencia del bosque, aunque, por alguna razón inescrutable, el abad Ligetto se le hacía simultáneo y participante con su incomprensible comportamiento. Las dos experiencias parecían superponerse y entretejerse una con la otra, en la medida que su atención y su mente actuaban con una o con la otra. Por ello, apenas podía rescatar una que otra idea razonable, pues todo fluía más parecido a un sueño que a un proceso conciente y lúcido. Si trataba de visualizar al Señor, veía su cuerpo vívidamente como un inmenso árbol a través del cual brillaban los rayos del sol divino, pero en seguida extendía hacia él sus ramas, que eran brazos, y le ofrecía entre sus extremidades-hojas, al separar sus manos, un gran escarabajo de oro brillante, con una cruz de plata que protruía desde la frente. Siempre había sido el mundo vegetal una creación de Dios maravillosa para él, pero nada semejante, ni de lejos, le había ocurrido antes con planta o árbol alguno. Siempre había creído, incluso en concordancia con el saber científico, que existía una sola categoría de estos seres multicelulares a los que se denomina Plantae, y que no poseían más que una funcionalidad biológica y orgánica específicas. Pero ahora, después de esta conmovedora experiencia, todas aquellas racionalizaciones, estudios, ciencias y teorías quedaban reducidas a meros balbuceos de una inteligencia y entendimiento humanos penosamente limitados y antropocéntricos. Y, sin embargo, lo que aquí afirmamos es harto más claro e inteligible de lo que entonces era para Ildefonso la meditación sobre su propia experiencia, que se le presentaba ante todo extraordinariamente sensitiva y espiritual, aunque no precisamente religiosa, cuestión inquietante que le influía más en paralizarle todo entendimiento.
El abad Liggeto, por su parte, se le presentaba con otra complejidad y confusión. Con anterioridad a la Misión sabía poco y nada de él, pero lo que hasta aquí había conocido, tampoco se condecía con lo que esta mañana había visto… ¿Era un hombre santo y milagroso?... ¿Eran todo aquello milagros?... Sabía que lo correcto era ir ahora mismo a hablar con él y preguntárselo directamente. Sin embargo, tanta era su confusión que esas simples preguntas le parecían ridículas y sin sentido. Aun así, la presencia y la gracia de Cristo alentaban impregnándolo todo, en el trasfondo de todo esto, del abad, de sus milagros, del árbol, de los vegetales, de los indígenas, del mundo, de TODO…
Y así continuó meditando y divagando por horas, hasta que cayó la tarde y las oscuridades envolvieron la Misión y la selva. Desusadamente nadie vino a verlo ni a buscarlo. Ildefonso logró volver a concentrar su espíritu y a orar hasta pasadas las 23 hrs. El cansancio por la posición genuflecta –aunque caminaba por la habitación cuando comenzaban a dolerle las articulaciones—,y también por la hora avanzada, le hicieron tomar la decisión de irse a dormir. En ese preciso momento sintió que una corriente fría, casi un soplido, le heló la espalda y el cuello. Las velas se apagaron abruptamente y la habitación quedó a oscuras. Ildefonso experimentó una sensación desagradable y extraña en el estómago, asociada al mismo miedo que ya había sentido en el bosque. Esta vez cogió con ambas manos la Biblia que leía durante su oratorio y la acercó a su pecho. Giró sobre sí mismo y miró el entorno en penumbras, apenas alumbrado por la luna. No vio nada desacostumbrado. Entonces escuchó que algo se movía y avanzaba alrededor de su cabaña, acercándose a la puerta. Tuvo la sensación de que se trataba de algo voluminoso y anormal, amenazante. Miró la Biblia que apretaba contra su pecho y gritó, al tiempo que corría hacia la puerta:
--¡En nombre de Jesucristo, Hijo de Dios y Padre mío, te ordeno que te alejes de aquí!...
Cogió el picaporte y, animado por una llamarada de fe, abrió de un tirón la puerta.
Nadie ante la puerta. Miró alrededor y vio las formas opacas de las cabañas sin luz que recibían el resplandor de la luna sobre las tejuelas de sus techos. Estiró la Biblia delante de sí, dio dos pasos fuera de la cabaña: sólo el silencio sonoro de una selva que en parte duerme y en parte vigila. Miró hacia el pabellón que colindaba con la primera línea de árboles tropicales; creyó ver una silueta voluminosa que se movía zigzagueando hacia el centro del caserío. Dudó un momento si regresar adentro o mantenerse ahí, pero algo particular le llamó la atención. La sombra comenzó a seguir cierto patrón que él ya conocía: avanzó como ocultándose de los abiertos rayos de la luna, detrás de los mismos objetos y en los mismos lugares que la noche anterior. El observarla con atención le producía una fuerte inquietud, pero no miedo. Se quedó inmóvil, tratando de no respirar, mientras la sombra avanzaba hacia la cabaña del abad. Esperó y constató el mismo comportamiento, salvo que al llegar ante la puerta vio con claridad que la sombra la entreabría y se colaba adentro. Esta vez no esperó más y, cobrando valor y decisión, se encaminó hacia la cabaña del abad. Al llegar ante ella, se detuvo y escuchó. Creyó oír unos murmullos; luego, como un grito ahogado. Abrió la puerta de un empujón; en el fondo de la pieza había un camastro que había visto antes. Sobre él, justo iluminado por un haz de luna que entraba por la ventana, se encontraba el abad Liggeto, sin sotana ni calzones, tendido de espaldas, y sobre él, completamente desnuda y a horcajadas sobre su pelvis, una mujer morena, de largos cabellos, moviendo su cuerpo ondulante hacia adelante y hacia atrás, mientras el abad con una mano le introducía los dedos en su boca, y con la otra le acariciaba un pecho. Al escuchar el ruido de la puerta, la mujer saltó de un brinco al suelo, cogió una larga tela que se encontraba en el suelo y se la llevó delante de su cuerpo, cubriendo también su cara.
--¿Quién está ahí?—gritó Liggeto.
--¡Yo, Delenikas!...
El abad hizo un gesto con la mano, la mujer se cubrió completamente con el manto y salió corriendo de la cabaña.
--¡Date vuelta!—le dijo el abad con molestia.
Ildefonso cumplió con la orden, mientras el abad terminaba de vestirse. En seguida encendió una lámpara de keroseno y la depositó sobre le mesa que ocupaba un lugar central en la habitación. Le indicó a Ildefonso que tomara asiento. Se dirigió a una pequeña alacena que se encontraba detrás de la cocina, sacó una botella de ron, dos vasos, un frasco con jugo de piña y los plantó sobre la mesa con la desenvoltura de los bebedores empedernidos. Sin decir una palabra llenó casi hasta el borde los vasos con ambos líquidos, alargó uno de ellos ante Ildefonso y se lo quedó mirando a los ojos con una sonrisa desfachatada.
--No bebo—dijo Ildefonso anonadado y sin poder comprender lo que estaba ocurriendo.
--¡Yo tampoco bebo, pero ahora tendremos que beber juntos!... ¡Lo vas a necesitar!...
Ilefonso cogió sumisamente el vaso y se lo llevó a los labios, al mismo tiempo que el abad. Bebió sólo un sorbo, aunque le pareció agradable. El abad, en cambio, sorbió de una vez hasta la mitad, después agregó:
--El Señor dijo:  “¿No comprenden que todo lo que entra por la boca pasa al vientre y se expulsa en la letrina?, pero lo que sale de la boca brota del corazón; y esto es lo que hace impuro al hombre.”[6]
--Pero… estabas fornicando, padre Ligetto…
--¡No, Ildefonso, te engañas si juzgas por lo que viste!... Hay actos que son pecaminosos y malos por sí mismos, es cierto, pero recuerda que nuestro Señor Jesucristo vino a superar la literalidad de la Ley y la moralidad puramente dicotómica. Innumerables veces Jesús no actuó bien, conforme a la moral religiosa y social, para actuar conforme al amor y al espíritu de Dios. ¿Estuvo bien que Jesús haya maldecido una higuera, porque no era el tiempo de sus frutos?... ¿Estuvo bien que haya intimado con una prostituta?... ¿Estuvo bien que no se haya opuesto a la opresión criminal del César sobre el pueblo judío?... El espíritu de Dios es libre de darle sentido espiritual y moral al acto más aberrante e infernal, si así lo quiere.
Ildefonso no podía menos que sentirse bastante representado por las palabras del abad,  sin embargo también le causaban recelos sus actos y la relación con el espíritu de Cristo, tal como él los había estado observando.
--Yo no puedo juzgar la pureza de su corazón, ni de sus pensamientos, ni de su gracia divina, padre Ligetto, pero sí me inquieta no poder evidenciar en sus actos la presencia de nuestro Señor Jesucristo, ni del Espíritu de Dios. Yo lo he visto romper sus votos de castidad. Yo lo he visto fornicar… ¿Qué es eso?...
El abad se revolvió en su asiento, se despachó el resto del licor, se acercó por sobre la mesa a la cara de Ildefonso y le dijo con una mirada grave:
--¡Tú no te imaginas hasta dónde puede llegar la voluntad de Dios!... A mí me ha pedido grandes cosas, difíciles cosas, pero ya ves, lo he servido con humildad y obediencia. Hacer el amor, fornicar, adulterar con esa mujer, o como quieras llamarlo, es una parte diminuta de todo lo que el Señor me ha revelado y pedido. Tú simplemente no puedes entenderlo, porque no conoces en mi corazón el valor de todo lo que puedes apreciar de mí con tus sentidos. Dios se me ha estado revelando desde hace años, Ildefonso… ¡Voy a confiar en ti!...
El abad se puso de pie y buscó algo con la mirada dentro de la habitación. Ildefonso trató de acompañar la mirada del abad; éste se puso de pie, caminó hacia un rincón de la pieza, donde guardaba diferentes objetos amontonados sobre el suelo; se inclinó y comenzó a escarbar entre ellos. Entonces Ildefonso vio como una entidad indefinida, alta, muy oscura y tenebrosa, se extendía por la espalda del abad Ligetto, acercándose hacia él con un sonido crepitante.
--¡No!... ¡Alto!... ¡Padre, cuidado!...—gritó, poniéndose de pie de un salto.
Ligetto volteó, pero se quedó perplejo, mirando de arriba abajo a Ildefonso.
--¿Qué pasa?—preguntó.
--Detrás de usted…--alcanzó a murmurar.
La entidad había desaparecido instantáneamente, como si nunca hubiese estado allí.
--¿Qué?... ¿Dónde?...
--¡Ya no está!... Una figura horrible y amenazante se le acercaba por detrás, pero desapareció cuando usted se dio la vuelta.
--¡Estás nervioso, Ildefonso!... Es evidente que estás nervioso. Aquí no hay nada. Debes estar cansado. Hoy tuviste un desmayo… Sí, me he aprovechado de ti. Te he obligado a beber. Es mejor que vayas a descansar… Mañana continuaremos nuestra plática… ¡El Señor te bendiga!... En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…--el abad se acercó a Ildefonso, le grabó con dos dedos la señal de la cruz sobre la frente, y luego le besó ambas mejillas.
Ildefonso seguía atónito, de manera que siguió maquinalmente, sin chistar, las instrucciones del abad, se dio media vuelta y salió de la cabaña. Afuera, la noche continuaba durmiendo bajo la luna. Había tantas cosas girando velozmente dentro de su cabeza que un fuerte vahído lo obligó a aferrarse del cocotero que encontró al alcance de su mano. Pronto apareció una sensación nauseosa que se intensificó hasta que no pudo controlar el vómito. Después de vomitar se sintió más tranquilo y despejado. Entonces, sin razón alguna se acordó de un pasaje de la epístola del apóstol Santiago:
Y si alguno de vosotros carece de sabiduría, pídasela a Dios, que da a todos generosamente y sin reproche alguno, y él se la concederá. Pero que pida con fe, sin titubear nada, pues el que titubea se parece a una ola del mar agitada y sacudida por el viento. No se crea un individuo así que va a recibir algo del Señor; es un hombre inconstante, indeciso en todos sus caminos.[7]
--¡Dios mío y Señor mío—habló consigo mismo en voz alta--, reconozco que carezco de toda sabiduría, pero mi fe es tan pequeña y dubitativa que no logro la menor respuesta tuya; no voy a ninguna parte!... ¿Me estoy volviendo loco?... ¿Es eso?... ¡No entiendo nada, no entiendo nada!...
Se dirigió en línea recta hacia su cabaña, entró en ella y se acostó tal como estaba sobre su cama. Se quedó dormido de inmediato.

--¡Oh, dioses todos y diosas todas, volved vuestro rostro hacia mí! ¡Yo soy vuestro dueño, hijo de vuestro dueño! ¡Venid a mí y acompañadme, yo soy vuestro padre! ¡Yo soy vuestro compañero de Osiris, he recorrido el cielo en todos los sentidos, he hollado la tierra, he atravesado el mundo intermedio sobre los pasos de los venerables iluminados, ya que estoy equipado con innumerables fórmulas mágicas!...
Khalfani, khery-heb (el mago), gritó con fuerza y decisión el hechizo que resonó terroríficamente en todo lo alto y ancho de la gran cúpula abierta al cielo de la Casa de la Vida, en cuyo centro Sirio brillaba ardiendo por sobre todos los demás astros. Khalfani, our maour , vestía su piel de león ornada de estrellas y levantaba con su mano derecha el báculo de remate espiralado del gran sacerdote de Heliópolis. Grabó siete veces las huellas de sus pies en el suelo con la luz de su akh. A viva voz recitó siete veces fórmulas mágicas en honor de la Osa Mayor, orientándose hacia el eje del mundo. La voz profunda que había surgido de su centro interno de poder vibraba y se arremolinaba alrededor de algunos jeroglíficos de la bóveda del templo; parecían iluminarse brevemente a su contacto, luego en otros, y otros, sucesivamente, como si pulsase con su voz algún mágico y extraordinario instrumento que esperaba la precisa secuencia para estremecerse y despertar. No pudo evitar que sus ojos delineados con galena azul se llenasen de lágrimas y que la piel desnuda de sus brazos morenos se erizase de emoción y miedo…
¿Por qué tengo que someterme y aceptar que el supremo poder de los dioses, el secreto de Osiris, la iniciación de Isis, la fuerza de Ptah sean detentados sólo por el divino faraón, por los arquitectos de Deir el-Medineh, por los cófrades del Udyat , incluso por otros grupos secretos, si yo soy por derecho propio el gran sacerdote de Ra y de Geb, príncipes de todos los dioses?
Así había pensado, reflexionado progresiva y concienzudamente por nueve años, hasta llegar aquí. El conocimiento le había otorgado poder, y el poder le había otorgado conocimiento. Ya no le era suficiente ni lo uno ni lo otro. Había accedido con influencias, con chantajes, con cohechos, con amenazas y beneficios, a los papiros secretos de los seguidores de Horus, pero todas las puertas herméticas se habían conservado silenciosas y firmes ante sus insistentes pretensiones. ¡Por fin había llegado su hora!... ¡Se había posesionado al fin de la verdadera clave de todos los portales del Universo!... Sabía que arriesgaba una acción temeraria y terrible; sabía que el costo de un fracaso era más horrible que el tránsito hacia la muerte de un ser maldito. No volvería atrás, de seguro no daría ni un solo paso atrás, de aquí en adelante. ¡Tanto poder mágico no podía quedar para él sin tesoro!... ¿A qué podía temerle, si estaba en su poder convocar las nubes en lo alto del cielo y provocar la lluvia a voluntad, o sanar y quitar la salud de los enfermos y de los sanos, invocar las plagas del infierno sobre los campos de los enemigos, o multiplicar las mieses de los valles lejanos del Iteru con un sacrificio grato a los dioses?... ¿Y el faraón mismo no era su más caro benefactor y protector, a quien había beneficiado innumerables veces con su poderosa magia?...
Levantó el anillo de magnetita y oro hacia la estrella. Luego inclinó piadosamente la barbilla contra el pecho, esperó unos segundos, mientras las palabras por él proferidas se habían convertido en una especie de murmullo de miles de inquietantes voces, y verdaderas llamaradas eléctricas circulaban en una hipnótica y sorprendente danza por las columnas y los muros, de arriba abajo y de abajo hacia arriba… ¡Quería todo el poder de los dioses para sí!... ¡Quería la magia de acompañar a los muertos a través del reino subterráneo y rescatar del vientre de la mismísima Amémet el alma del difunto hasta devolverlo a la vida!... ¡Quería todo el poder y toda la riqueza disponible en el mundo para sí!... ¡Quería porque podía!... Desplegó un papiro con las fórmulas secretas e invioladas, salmodió a media voz algunas frases ininteligibles, luego introdujo ambas manos en sendos cestos de mimbre, y cogiendo con la derecha una víbora cornuda, y con la izquierda un enorme escorpión, los levantó también hacia Sirio. Un fortísimo estampido semejante a un trueno se escuchó al interior de la Casa de la Vida; todo se estremeció y pareció cobrar vida, estertor y movimiento. La víbora y el escorpión saltaron de las manos de Khalfani y desaparecieron dentro de una nube tétrica que se extendía por la losa repentinamente ennegrecida. El mago abrió desorbitadamente los ojos, y se estiró rígido. Luego se llevó angustiosamente ambas manos a la garganta, abrió la boca, y trató de respirar. Decenas de sombras de diferentes tamaños comenzaron a flotar y a errar veloces alrededor de él, mientras el murmullo infernal se iba apagando lo mismo que se apagaba la vida de Khalfani, quien después de un par de minutos se desplomó hasta el suelo, asfixiado y ya sin alma.


Si aquello había sido un sueño, lo olvidó. Si aquello había sido otra cosa, lo olvidó. Sin embargo, al despertar Ildefonso sintió un desagradable vértigo; como respuesta, pero también como de costumbre, alzó con lágrimas en los ojos un sentido Padre Nuestro al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Besó el cristo que mantenía sobre el velador junto a su cama; trató de recordar y ordenar algo sus recuerdos y pensamientos, mas una penosa sensación de que la realidad estaba avanzando más de prisa que él lo mantuvo todavía otro rato sobre la cama, mientras contemplaba la línea oscura de la veta que nunca antes le había llamado la atención, a través de la viga que cruzaba por encima del cielo de su lecho. Entonces se impuso un recuerdo por sobre otros y escuchó claramente en su interior aquella frase que tanto bien le había hecho cuando niño: “Bienaventurada el alma que oye al Señor que le habla, y de su boca recibe palabras de consolación.[8] Ahora le sabía a amada y dulce, pero también lejana y débil, como el tallo de una flor cuando comienza a secarse. Una inquietud repentina lo impulsó a levantarse de su cama para ir a buscar refugio en la oración matinal. Cuando iba a poner su pie derecho sobre el piso, su vista se quedó fija en el suelo: durante la noche habían pintado una línea gruesa de color rojo oscuro paralela a unos treinta centímetros de su cama, desde la cabecera a los pies. Pasó por encima de ella, con cuidado de no pisarla. Se arrodilló para mirarla de cerca; la olió, y ya no le cupo duda: era sangre. ¿Quién hizo esto?... ¿Qué quiere?... ¿Sangre de quién o de qué?... Otro hecho más que venía a agregarse a la lista de enigmas y desazones. Dirigió su vista hacia la entrada y se encontró con una nueva sorpresa: otra raya de la misma traza y condición había sido pintada en el umbral, pegada al piso, por el ancho de la puerta. ¿Qué significan?... ¿Qué significan?...  Se quedó pensando un minuto, pero después de confundirse con razones contrapuestas, concluyó con certeza de que al menos Dios y Cristo estaban ahí, lo cual para Ildefonso ya no era garantía alguna de tranquilidad ni de simpleza, sino casi justo lo contrario… “Dios se muestra para quien se muestra”, recordó haberle escuchado a alguien esta frase que ahora casi le dolía. Definitivamente el universo parecía haberse confabulado en una entropía creciente (para él); es decir, un desorden en cuya más honda impenetrabilidad había que descubrir un orden nuevo.
Escuchó pasar a algunos niños riendo y gritando cerca de su ventana, y se acordó de que hoy debía darles clases de Religión. Iba a coger la manilla de la puerta, cuando se escucharon algunos golpes suaves del otro lado. Se encontró delante con la mirada sonriente de fray Finah Argabacic, un hombre menudo, de ojos pícaros, pelo rubio y barba rojiza. Se abrazaron, e Ildefonso lo hizo entrar al observar sus gestos y el papel doblado que traía en su mano. El fraile notó de inmediato la banda roja sobre el umbral, miró a los ojos a Ildefonso, se ensombreció y frunció el ceño con gravedad y preocupación. Sin agregar nada, le estiró el papel, se dio media vuelta y salió de prisa de la cabaña. Ildefonso se quedó mirando atónito como se alejaba; bajó la vista hacia la hoja, salió al patio, se sentó sobre un tronco cortado bajo el alero de la cabaña; mientras se rascaba la cabeza, comenzó a leer:
Querido hijo Ildefonso Delenikas:
El Señor me llama y debo seguirlo adonde quiera llevarme. Durante la noche han venido a buscarme para dar la extremaunción a un venerable anciano converso que ha hecho una gran labor de beneficencia para nuestra cruzada católica en estos pueblos. Estaré ausente durante un tiempo indeterminado. Los planes que teníamos han cambiado repentinamente, por lo que te pido por el amor de la Santísima Virgen que me disculpes y abras tu corazón a Cristo para cumplir con la tarea que debo encomendarte. El cacique Sehuoque de la aldea secoya Pañedosicohua’i, enemigos declarados de Cristo y del hombre blanco, me tenía invitado para un primer encuentro de paz en sus tierras. ¡No podemos perder la primera y única oportunidad en cientos de años de introducir a estos indígenas paganos al Sagrado Corazón de Jesús, y a abrirles las puertas del Reino de Dios para salvar sus almas!... Dios me ha revelado que tú podrás reemplazarme y, con la inspiración y la ayuda de Cristo y los ángeles, lograrás, aun mejor que yo, esta misión… Hoy mismo deberás partir con los guías que fray Argabacic te asignará. ¡Bendiciones y que Dios te acompañe!...
Kumonar Ligetto, abad SJ.
Ildefonso volvió a doblar la hoja, la guardó en un bolsillo de su pantalón de lino gris y comenzó a caminar hacia la pequeña maloca que fungía de pabellón de clases. Su cabeza volvía a girar como un torbellino. Al llegar, alcanzó a ver como se despedían los últimos dos niños de fray Finah Argabacic. Ildefonso se acercó a él y se sentó en una banca. Finah lo miró con curiosidad y cierto recelo:
--He licenciado por hoy a los niños…
Ildefonso hizo un gesto tranquilizador con la mano, se sacó la carta del bolsillo, la abrió para leerla nuevamente.
--¿La leyó usted, hermano Finah?...
--No, pero sí me la leyó el padre Ligetto.
--¡Esto es una locura!...
--¡Esto es obra de Dios!...
--¡No lo dudo!... Pero carezco de toda competencia, conocimiento y capacidad para hacer esta obra. No me corresponde a mí.
--El abad cree que usted, hermano Ildefonso, es justo la persona indicada, a pesar de sus razonables aprensiones.
Ildefonso guardó silencio y se quedó meditando por un momento. El fraile se había sentado a su lado y no dejaba de mirarlo.
--El padre Ligetto me ha dejado algunas instrucciones especiales para usted…
--¡Está bien!... ¡Está bien!... –exclamó Ildefonso--.
Hizo una pausa, cerró los ojos y se presionó ambos párpados con los dedos.
--¡Dígame una cosa!... –continuó--¿Usted sabe algo de esas rayas rojas que pintaron con sangre en el suelo de mi bohío?...
Finah se quedó un tanto perplejo por la pregunta de Ildefonso, pero tomando aplomo contestó:
--En estas regiones selváticas ocurren tantas cosas a las que no estamos acostumbrados, hermano Ildefonso… Yo no sé qué puedan significar esas rayas ni la intensión del que las pintó. Pero no hay que darles mucha importancia. Usted sabe, como dice el refrán: cada loco con su tema… No se preocupe, si usted parte en misión, todo se resolverá bien, ¡Dios así lo quiere!; eso es lo que verdaderamente importa…¡Dios Padre y nuestro Señor Jesucristo lo protegerán y lo ayudarán a obtener lo que desea!... ¡Tenga fe!...
--¿Fe?...—alcanzó a replicar, pero se contuvo de seguir.
Entonces se escuchó a la distancia el inconfundible rugido del jaguar hambriento.
--¿A qué ahora quiere usted partir, hermano Ildefonso?—preguntó Finah con cierto nerviosismo y atropellándose  para dirigir la atención a otra cosa.
Ildefonso giró hacia la espesura, desde donde había oído el rugido.
--¡El rugido de la selva!...—murmuró--¡Cuánto antes!...¡Cuánto antes!... (¡Hágase tu voluntad, mi Dios!...—pensó--)
--Si le parece, dentro de una hora estarán con usted los guías Tsa’iñe y Ëcacuji. Ambos son expertos en el dialecto de los Pañedosicohua’i y han participado antes en este tipo de expediciones. Son hombres experimentados y fieles… Ya lo verá.
Ildefonso no respondió, sino que levantó la vista hacia el cielo azul, como buscando algo. Luego hizo una reverencia ante Finah, apoyando ambas palmas de sus manos en el pecho, sintiendo bajo su camisola de bambula el crucifijo de la Madonna.

--Creo en nuestro Señor Jesucristo porque sólo Él puede salvarme de ser devorado por los Vancten-mascan—dijo el guía Tsa’iñe, persignándose.
--¿Quiénes son los Vancten-mascan?—preguntó Ildefonso.
Tsa’iñe se detuvo en seco, se dio media vuelta y se puso las manos sobre la boca. Luego cerró los ojos y extendió los brazos, con una expresión de arrobamiento.
--¡Amén!—respondió desde atrás Ëcacuji.
Avanzaban lentamente, abriéndose paso a golpe de machete por entre la maraña selvática, empapados de sudor, cargados con sendas mochilas, cuidándose de no pisar una serpiente oculta, o de ser sorprendidos por arañas venenosas. Mientras meditaba en la respuesta de Tsa’iñe, Ildefonso experimentó un extraño déjà vu –o algo parecido--. No sólo sintió que todo lo que estaba aconteciendo ya lo había vivido antes y lo conocía de antemano, sino que una especie de desgarrón de conciencia le provocó una duplicación de su mente en una realidad paradojal, que no era la misma ni diferente. Estaba ahí y no estaba ahí, observándose y observado. Sus sentidos se agudizaron. Nuevamente escuchó por todas partes un océano de sonidos diminutos, sutiles, livianos, dentro del silencio de un universo infinito. Las formas adquirieron contornos de ilimitadas dimensiones (parecían no acabar jamás) que se fundían unas con otras; y los colores, tonalidades intensas y gradaciones increíbles que se deslizaban hacia otras dimensiones, acompañando las proyecciones de las formas, como sus colores propios y no propios.
Un grito agudo y corto lo sacó bruscamente de su estado. Tsa’iñe venía corriendo hacia él con expresión de preocupación y miedo. Pasó junto a Ildefonso y continuó su carrera. Diez metros más atrás se detuvo en seco, se arrodilló y se quedó observando el suelo con la boca abierta.
--¿Qué pasa?—preguntó Ildefonso--… ¿Dónde está Ëcacuji?...
Tsa’iñe continuó en silencio observando el suelo y mirando los alrededores, sin levantarse. Ildefonso se acercó al guía; entonces sintió que su corazón comenzaba a saltar descontrolado en su pecho y la sangre le palpitaba en las sienes. En el suelo, sobre la maleza aplastada, una línea roja de sangre, similar a las que habían pintado en el suelo de su cabaña, y nada más.
--¡Tsa’iñe!... ¿Ëcacuji?...
Ildefonso presionó con su mano el hombro del guía. Tsa’iñe levantó la cara hacia el sacerdote y con lágrimas en los ojos respondió:
--¡Yacumama!...
--¿Qué es Yacumama?...
--La Madre de todas las Aguas.
Ildefonso levantó la vista hacia la espesura, se puso ambas manos alrededor de la boca y gritó con todas sus fuerzas:
--¡¡Ëcacuji!!...
--¡Silencio!... ¡No grite, padre!... ¡Yacumama puede volver por nosotros!...
En otras circunstancias Ildefonso hubiera considerado aquello un comportamiento meramente supersticioso, y el producto fantasioso del pensamiento mítico y primitivo de Tsa’iñe. Pero él mismo ya no se reconocía como un hombre normal --si es que alguna vez lo he sido--. Volvió a experimentar la sensación de estarse observando a sí mismo desde otro espacio y tiempo, como si todas las cosas estuviesen viniendo de lejos, desde muy lejos…
--¡Debemos buscarlo!... Si no lo encontramos hoy, tendremos que regresar para pedir ayuda—Su ser racional no dejaba por ello de ejercer su función directiva y lúcida.
--Si no lo encontramos hoy, no lo encontraremos jamás…--Agregó Tsa’iñe, aunque hubiese querido decir realmente: “No lo encontraremos jamás”…
El resto de la tarde estuvieron caminando en círculos concéntricos, por recomendación de Tsa’iñe, pero no encontraron ni el menor rastro de Ëcacuji, ni señal alguna que pudiese ser significativa. Parecía haberse esfumado. Sólo faltaba escudriñar el río de aguas turbulentas y oscuras, que un kilómetro más adelante se adentraba en canales interminables, desde donde era más difícil salir vivo, que morir. Cuando ya comenzaba a oscurecer, completamente exhaustos, decidieron buscar un árbol donde encaramarse para pasar la noche, pues la tienda de campaña había desaparecido junto con Ëcacuji. Ya unidos cada uno con una soga a una rama de la guatteria para evitar caerse durante el sueño, Ildefonso escuchó las oraciones interminables de Tsa’iñe (aferrado a una rama varios metros más arriba) a la Virgen Santísima, al Señor Jesús, al Padre Dios, y a muchos seres imaginarios, sobrenaturales, que Ildefonso no podía entender ni reconocer. Al comienzo, sonrió condescendiente y compasivamente con la mixtificación de Tsa’iñe, pero pronto, cuando volcó su atención en su propio Cristo y en su propia fe, se percató de que su Cristo y su fe también se transfiguraban junto con la selva amazónica y sus poderosas divinidades. Un fuerte trueno le hizo abrir los ojos sobresaltado. Tsai’ñe enmudeció. El mundo pareció estremecerse cuando comenzó a caer un diluvio del cielo negro e invisible. Un relámpago enceguecedor cambió la fisonomía de la realidad, y el chasquido terrible de un rayo explotó no lejos.
--¡Ya-cu-ma-ma!... ¡Ya-cu-ma-ma!... ¡Ya-cu-ma-ma!... ¡Ya-cu-ma-ma!...
Creyó escuchar que alguien murmuraba, pero no estaba seguro de que fuese Tsai’ñe, pues creía oírlo desde diferentes lugares. Tal vez era sólo la lluvia. Prefirió no hablarle al guía para no asustarlo más.
La Madre de las Aguas… La Virgen María, pensó para sí… ¿Sólo una de ellas existe, o ambas, o ninguna?...  Con los ojos abiertos esperó el siguiente relámpago. La luz espectral abrió la oscuridad impenetrable de la selva, e Ildefonso vio con total claridad que a los pies del árbol un gran felino observaba hacia arriba, donde se encontraba él. Otra vez la sensación de irrealidad y de super-realidad. Instintivamente se aferró a un gancho que colgaba cerca de él. Dentro de la total oscuridad que le impedía ver más allá de la punta de su nariz, un rugido horrible y largo que se fue apagando a lo lejos le erizó los pelos de su cuerpo. Esperó conteniendo la respiración por un minuto, hasta que el siguiente fogonazo le permitió constatar que el jaguar ya no se encontraba en el lugar. Sin embargo, para su horror, alcanzó a divisar los anillos y la cabeza de una inmensa anaconda que subía estrangulando el tronco con su inacabable cuerpo colorido y escamoso. Un rayo se estrelló contra una empinada palmera a pocos metros de Ildefonso. El árbol crujió terriblemente y se desplomó de a poco, arrastrando a otros árboles menores. Se hizo un silencio abismal por un lapso que a Ildefonso le pareció la medida de la eternidad, entonces, todavía sumido en la negrura, la gruesa rama en la que se sostenía se dobló casi en cuarentaicinco grados, como si un enorme peso la hubiese combado. Se aferró con ambas manos todavía más angustiosamente a la rama. Esperó, rezando a Dios por el perdón de sus pecados, aguardando la muerte, un minuto, dos, pero ya no se iluminó el cielo ni la tierra con ningún relámpago más. En cambio, escuchó una voz grave y gutural que habló desde las tinieblas:
--¡ILDEFONSO!, ¿POR QUÉ HAS TRASPASADO EL UMBRAL PROHIBIDO?...
--¡Yo… no…lo…sé…!—balbució casi atónito, como si Dios mismo (o el Demonio) estuviese allí, a dos metros de él.
--¡BEBE!...
Sin poder ver nada en la oscuridad, estiró sus manos y se encontró con una calabaza suspendida en el aire. Se quedó con ella en sus manos, incrédulo, sin saber qué hacer.
--¡BEBE!...
Le resultó tan amenazante e imperativo el mandato que no dudó más y bebió completamente su contenido. Le pareció que sabía a sangre. Se quedó expectante en medio del silencio y de la gruesa lluvia. Poco a poco, gradualmente, pero sin pausa, la rama comenzó a levantarse hacia su posición original. Entonces, en el preciso momento en que percibió que algo muy liviano parecía salir volando, sintió una dolorosa contracción estomacal y unas ganas intensas de vomitar. Vomitó varias veces un líquido espeso y amargo. Después de la última expulsión, instantáneamente amaneció. Sorprendido, Ildefonso miró hacia todos lados, pero la luz del sol no provenía del sol, sino desde el interior de cada cosa. Aquella visión era tan sublime e irresistiblemente hermosa, que comenzó a llorar, al tiempo que contemplaba su propio cuerpo, que se había vuelto transparente, con todos sus órganos a la vista, brillando, y su sangre roja y dorada, que circulaba en una danza universal por sus venas azules como el cielo, entrelazadas con el tejido de cañas de fuego de sus huesos. Sintió deseos de volar y se lanzó a los aires, batiendo sus alas de plumas iridiscentes. Ya una vez por encima de la alta e inagotable foresta amazónica divisó adelante un águila empenachada que surcaba majestuosamente la luz entre las sierras, llevándoselo hacia una cima ignota, muchísimo más alto que todas las montañas de la Terra.









CAPÍTULO VI



“¿Quién me escucharía
entre las cohortes de ángeles, si grito?
Y aun cuando en su propio corazón, de súbito,
me tomara alguno, me aniquilaría su ser más poderoso.
Pues, de lo terrible lo bello no es más que ese grado
que aún soportamos. Y si lo admiramos
es porque en su calma desdeña destruirnos.
Terrible es todo ángel. Por eso me callo
y de mis oscuros sollozos el clamor ahogo.
¡Ay! ¿De quién podemos valernos? No de ángeles ni de hombres.”[9]


Deir Ezzor. Abril 23 de 201_, 3:04 P.M.(GMT). Ildefonso camina entre las ruinas de la ciudad. En el horizonte, extensas bandas de nubes grises se recuestan pesadamente, privando al sol de su luz. El siroco avanza resiliente a través de los orificios que los proyectiles esculpieron en los muros de cemento. A veces, produce el silbido de una melodía no humana, indiferente a las irrecuperables historias de destrucción; otras, alargándose en minutos eternos, sólo profundiza el silencio hacia tierras más hondas de lo que nadie conoce. Se han ido, no quedan mujeres, ancianos, niños; ni siquiera la copa verde de un jacarandá quemado en una plazoleta ahora sin nombre; menos aún el tallo de una margarita silvestre o el llanto de un perro solitario.
Unas decenas de metros más adelante, desde un callejón casi bloqueado por restos de automóviles, montones de tierra y bloques de construcción, sale corriendo veloz la figura de un hombre joven. Se escucha a la distancia el traqueteo de un fusil que dispara una ráfaga. Ildefonso se detiene y observa al hombre que corre justo en dirección a él. Viste un uniforme militar gris de camuflaje, su cabeza está cubierta con un shemagh oscuro, dejando sólo sus ojos a la vista. Con una sola mirada Ildefonso presiente la singularidad de aquel hombre. Con una sola mirada comprende lo que debe hacer. Gira su vista hacia un costado, le hace una seña con la mano para que lo siga, y se adentra por el boquete de un obús en una muralla. Avanza entre ruinas y escombros polvorientos. Vuelve su vista atrás y alcanza a distinguir su paso decidido, siguiéndolo. Ildefonso se mueve como un felino ágil entre los fragmentos de la ciudad hasta que alcanza un atrio enlozado, descorre un bastidor de los muchos que abundan en el suelo, levanta un portalón camuflado en el piso, espera al hombre, le señala la entrada hacia un subterráneo, y luego de que éste bajase la cabeza para entrar en él, Ildefonso lo sigue, cierra desde dentro la tapa y comienzan a descender por un escala de piedra, alumbrados por una linterna que Ildefonso ha cogido desde una repisa, junto al remate de la escala. Hasta ese momento ninguno ha proferido una sola palabra, como si hubiese entre ellos un lenguaje más eficaz y significativo. Descienden al menos tres niveles más, hasta que se encuentran con una puerta de fierro. Ildefonso coge una manija giratoria, la hace rotar varias veces hasta que finalmente tira de la puerta y se abre. Adentro, un habitáculo de unos tres por cinco se encuentra habilitado cómodamente como un departamento residencial, incluso con su generador eléctrico propio. Ildefonso se sienta sobre una cama y le señala al hombre un sillón cerca de él. Sentados, se quedan mirando en silencio por algunos segundos. El hombre se echa atrás el shemagh y, arrojando un suspiro, exclama:
--¡Me has salvado la vida!...
Ildefonso sonríe.
--Dios me puso en el lugar preciso, en el momento exacto…
--¿Dios?... ¿Qué Dios?... ¿Cuál es el tuyo?...
Ildefonso iba a responderle “El Dios de todos”, pero una viva intuición lo detuvo: aquel hombre no era el hombre común que procesa la realidad con esquemas y conceptos prestablecidos. De pronto, cada palabra cobraba una profundidad y una densidad que hasta entonces no había experimentado, sino por breves momentos. La sonrisa dio paso a una expresión de preocupación y seriedad. Volvió a mirarlo a los ojos y se percató de que en ellos podía vislumbrar un paisaje extraordinario que se abre y se oculta al mismo tiempo dentro de una niebla brillante y singular.
--Algunos años atrás te hubiese respondido “soy un sacerdote jesuita” y mi Dios es el Dios de los cristianos. Hoy sigo siendo sacerdote jesuita, sigo creyendo en Jesús, nuestro Salvador e Hijo de Dios, pero también creo en tantas otras cosas que de cierto ya no sé realmente en qué creo…
El hombre joven, cuyo rostro cetrino de grandes y profundos ojos oscuros daban cuenta de herencias orientales y negras, sonrió a su vez:
--¡En el lugar preciso, en el momento exacto!… ¡Eso es todo!...
--¡Perdón!... ¿Estás bien? ¿Necesitas algo?... ¿De quién huías?...
--No huía. Más bien te buscaba, amigo.
--Sí, tiene sentido… Algo.
--Quieren matarme…
--¿Qué has hecho?...
--¡Desafiar los poderes del mundo!
--¿Cuáles?
El hombre guardó silencio. Bajó la vista por primera vez; en su rostro joven se vislumbraban movedizos tornados de emoción. Se aferró con ambas manos a los brazos del sillón.
--¿Puedes ayudarme?...
--¡Sí!... ¿Cuál es tu nombre?...
--Senghor Cisse Aubert…
--Yo me llamo Ildefonso Delenikas Tatay.
--¿Puedo quedarme aquí?
Ildefonso se quedó mirando a Senghor, al tiempo que volvían a acontecerle esas extrañas sensaciones cargadas de un desusado sentido. Primero comenzó a asentir con la cabeza, luego respondió:
--¡Sí!... ¡Sí!...
Senghor se dobló hacia adelante, como si estuviese saludando o agradeciendo a Ildefonso; luego se dobló hacia atrás, golpeando con fuerza su cabeza contra el respaldo del sillón. Su cuerpo se tensó rígido y sus globos oculares giraron hacia atrás. Comenzó a convulsionar. Ildefonso se acercó a él y separó el pañuelo que se arrollaba en su cuello. Supuso que se trataba de un ataque epiléptico, de modo que tomó las precauciones para que Senghor no se dañase y esperó, elevando una prez al Señor. Después de unos tres minutos Senghor comenzó a despertar. Al ver a Ildefonso junto a él, con su mano entre las suyas, sonrió.
--¡Todavía estás aquí!—exclamó con voz cansada.
--¡Tú te quedarás aquí!... Eres un hijo de Dios y te cuidaré como a un hermano…
--¡No sabes lo que haces, Ildefonso!... ¡Yo no soy ningún hijo de Dios!... ¿Y si fuese el Diablo mismo mi padre?...
--Aun así serías hijo de Dios, porque no existe ser en este Universo que no sea creatura de Dios, al servicio de Dios… Hasta el mismísimo Diablo lo sirve haciendo el Mal.
--¡Ildefonso, Ildefonso, no sabes lo que haces ni lo que dices!... Pero te estoy muy agradecido del ofrecimiento que me haces.
--Descansa, Senghor… Mañana hablaremos, pues creo que nos hemos encontrado para compartir algo grande…
Ildefonso instruyó a Senghor sobre el uso de las instalaciones; le dio un par de advertencias, ya que era evidente que no dejarían de buscarlo, y salió por otro pasadizo para evitar a sus seguidores.
En la medida que Ildefonso se convencía y se estremecía de que el mundo fuese más mental y conciencia, que físico y material, el mundo también respondía más y más mental y conciente, replegando la materialidad y legalidad del universo a un mero telón de fondo, difuso y subordinado a la Mente. Le era evidente que Senghor había surgido más de un sueño y de su propio inconciente que de una causalidad azarosa y local. Era más fácil que Senghor alzase el vuelo por los aires a que se desplazase por el espacio como cualquier mortal dormido. Senghor era el ángel, no el humano. Senghor materializaba la propia mutancia interior de Ildefonso. Senghor creía más en el Ildefonso trascendental y poderoso, que Ildefonso en sí mismo. Dos días después, él le diría, tomándole la mano para despedirse: “Las cosas significativas en las que debes centrar y concentrar tu conciencia, tu atención y tu mente, no están donde te obliga a estar tu conciencia, tu atención y tu mente.”
¡Qué fácil podría haberle sido calificar a Senghor de “pobre loco epiléptico”, y haber continuado deambulando por el mundo de todos; el mundo indiscutido e indiscutible por una larga y autorizada Historia humana y natural!... Jesús, su Señor y su Cristo, ahora, precisamente ahora, se parecía más a Senghor que al Papa, incluso que al mismísimo evangélico Jesús de Nazareth. No era de extrañar, entonces, que aquella primera noche Senghor viniese a visitarlo y a buscarlo en sus sueños. Esta vez, montados sobre el lomo de una libélula de jade (Ildefonso) y de un escarabajo de oro (Senghor), viajaron al país de la infancia. Aquello era tan real como la palma de la mano y la punta de la nariz. Juntamente tan irreal como el paso del tiempo, es decir el presente. Por alguna ignorada razón Senghor parecía conocerlo todo, o al menos casi todo. Primero le dijo, contemplando por los alrededores, que no lo conduciría en esta ocasión con Feliciano, porque eso era un tema mayor. Entonces le tomó la mano y se trasladaron instantáneamente a la mitad de la plaza de su pueblo natal de Nvardolenk. ¡Oh sorpresa!... Su casa estaba ahí, su familia, la Madonna, Yamil, Falushka, Leonidas, Igor, Sussanne, el abuelo de la mano de la abuela, ¿qué hacían todos ahí, en medio de la plaza, a la vista de todos, sin murallas, sin techos, pero viviendo en la misma casa, como si nadie los pudiese ver?... Senghor extendió su brazo y su mano abierta en un movimiento de abanico, señalándole aquello que se ofrecía a su vista.
--¿Qué hacen?—exclamó Ildefonso.--¿No pueden ver que todos los están mirando?...
--¡Sólo tú lo sabes, ahora…!
Ildefonso pensó por primera vez en la desnudez de su madre y de su padre, de su abuelo y de su abuela. Pensó en las vergüenzas, las intimidades, los actos morbosos, pecaminosos, sucios, íntimos, secretos que hacemos todos los seres humanos en la soledad y anonimato de cuatro paredes, o en la ausencia de otros.
--¡Todo el mundo nos ve!...
--¡Todo el mundo nos ve!—confirmó Senghor.
--¡Todo el mundo nos ve!... ¡Todo el mundo nos ve!... –Escuchó Ildefonso que se iban sumando innumerables voces, por todas partes, desde todos lados, incluso desde el cielo y de abajo de la tierra.
--Son los ojos de Dios, los infinitos ojos de Dios, que jamás se cierran y a los que nada escapa invisible.
Ildefonso se dejó caer de rodillas al suelo, abrumado por la maravilla de la inmensidad de los seres que poblaban las moradas del Universo.
--¡Pero yo no soy nada!—exclamó, con lágrimas que caían repetidamente de sus ojos.
--¿Y qué harás con esa certeza, Ildefonso?...
--¡Dios me ama!... En mi absoluta insignificancia, y hasta en la irrealidad de mi persona, aun así me ama.
--¡Oh, tú y yo, pequeñas insignificancias, ¿qué podremos hacer con ese amor?
--¡Soñar, soñar, soñar… que estamos vivos, que este mundo es este mundo, que la muerte no es el fin, y que debemos hacer el bien y amarnos unos a otros como a nosotros mismos!
--¡Duerme, duerme, mi niño!... ¡Sueña, sueña, mi niño!... ¡Dios te ama!...
Ildefonso se despertó sobresaltado, con el corazón dando tumbos. Se arrodilló junto a su cama, apoyó la frente contra el mullido colchón y con una dolorosa sensación de angustia comenzó a gemir.
¿Qué soy yo, ínfima sustancia sin sustancia?... Amando a un Dios porque me ama, pero cuya humanidad protectora se va diluyendo realmente con el paso de cada día… Al final de esta ruta interior no sé si pueda llegar a ser algo más que una nada que no consigue despertar. ¿Volverá una vez más a surgir una fe todavía más profunda y escatológica que desde su ciega y amorfa insustancialidad, desde su ininteligibilidad inaccesible me aliente a sostener el absurdo de una existencia incapaz de sostenerse a sí misma y por sí misma?... ¿Entonces, adónde me movería, si no puedo ver con facultad alguna el propósito, la dirección ni el sentido de mí mismo ni de la calígine que me rodea?... La suprema fortaleza de esta nueva fe, sin embargo, es la suprema humildad de entregarse a una realidad de la que uno mismo es su prolongación de realidad. La realidad se pregunta en mí ¿ADÓNDE?, y es ella misma la que debe responderse en mí DONDE… Es una torpeza infructuosa tratar de dividir la realidad en mí, con angustias, sufrimientos, creencias, optimismos o verdades. En mi raíz acabo no siendo libre YO, sino la REALIDAD EN MI YO es libre…
Alguien golpeó con fuerza e insistencia la puerta de entrada de su casa. Ildefonso se sobresaltó. Al mismo tiempo Ildefonso se vio a sí mismo sobresaltado, pero sin el más mínimo temor… ¿Quién tiene temor? ¿Quién no tiene temor?...

20 de Julio de 1785, en las afueras de Reeburgo, en el distrito prusiano de Maguncia… El cura Peer Lancelot esperaba a medianoche, entumecido bajo la lluvia, a su camarada Adam Weishaupt, quien lo había citado justo en el punto donde ahora se encontraba, salpicado y guarecido a medias bajo su negro paragua. Estaba nervioso y se movía dando unos pasitos hacia uno y otro lado, mientras miraba hacia el camino apenas iluminado por la farola del último portal, bajando el paragua a la altura de los ojos. Se escuchó un trueno a lo lejos. Tomó el crucifijo que colgaba en su pecho y lo besó. En ese momento alguien lo cogió por el hombro. Se dio media vuelta de un salto, a la vez que daba un paso hacia atrás.
--¡Soy yo! –escuchó la voz susurrante de su amigo, que se protegía de la lluvia bajo un grueso capote.
Lancelot se quedó mudo como si no creyese que se trataba efectivamente de Weishaupt. Éste alargó ambos brazos y estiró sus palmas bocabajo. Lancelot se tranquilizó, estiró también sus palmas bocabajo, y se acercó a él para abrazarlo.
--¡Espera! –exclamó con brusquedad su amigo, haciendo resonar sus tacones. Le clavó con firmeza sus grandes y aquilinos ojos azules.
Los labios sonrientes del sacerdote Lancelot se contrajeron de inmediato.
--¡Antes que nada necesito una respuesta tuya, y bajo juramento!
Lancelot primero asintió con la cabeza, luego agregó:
--¡Me asustas, Adam!... Pero ¡sí!, pregunta, pregunta lo que quieras…
--¡Jura por el Innombrable que me dirás la verdad, de lo contrario, morirás!... ¡Aquí mismo morirás!
Lancelot miró hacia todos lados, luego respondió:
--¡Por Él, el Único Señor y Rey que todo lo ve, juro que diré sólo y toda la verdad!...
Se produjo un silencio que rompió un fortísimo trueno, después del brillo fantasmagórico del relámpago.
--¡Eres un traidor!... ¡Quieres entregarnos!... ¿Adónde irás después de que terminemos esta reunión?...
El prelado lanzó una risita, se aferró al crucifijo de su pecho, volvió a reír sardónicamente y respondió atropellándose con las palabras:
--¡Imposible!... ¡Absurdo!... ¿Quién te ha dicho eso?... ¡Por Dios, Adam!, ¿cómo puedes decirme esto?... ¡No tiene sentido!...
Weishaupt dio un paso atrás en el preciso momento que se desprendía un estruendoso rayo desde el cielo oscurecido; cayó rasgando el espacio con horrible chirrido, justo sobre el paragua y la cabeza de Peer Lancelot, matándolo instantáneamente. Weishaupt lo miró tirado e inmóvil sobre el lodo, mientras el presbítero todavía humeaba bajo la lluvia que rebotaba impasible sobre su cuerpo muerto; luego se alejó, arrebujándose bajo su abrigo.
Todo parecía haber concluido. Sin embargo, tres días después, la policía recibió, de parte de los parroquianos que habían retirado el cuerpo del lugar, un legajo de papeles que habían encontrado cocidos al forro de su capa. Era la lista de los líderes de la sociedad secreta que compartían Weishaupt y Lancelot, además de otros documentos altamente conspiratorios.

Ildefonso, sentado en un banco del bulevar de la Via della Conciliazione, cerró el libro que justo terminaba de leer en ese instante. Solón Vitrubsky, su amigo literato, se lo había prestado con enigmáticas recomendaciones. Una ráfaga de viento otoñal lo animó a subirse el cuello de su gabán marengo, al tiempo que levantaba su mirada inquieta hacia el fondo de la avenida, donde alcanzaba a divisar el domo blanco y reluciente de la Basílica de San Pedro. Resonancias se dejaban oír en su interior como esas olas que al retirarse de una costa empinada arrastran por debajo, con un sonido inquietante y sordo, un monstruo de piedras invisibles. Las convergencias de mundos paralelos, íntimos y extraños, prolongados desde un pasado inconexo (pero evidente) que se desaguan en un fluido vital, genético, denso y sin tiempo, repentinamente identificados con uno-ahí.
Pietro Sabbihondi, reconocido fiscal adjunto de la Procuraduría de Roma avanzaba a paso veloz por la Piazza del Popolo. Miró su reloj de pulsera e hizo una mueca de desagrado. Llegaría por lo menos diez minutos atrasado a su cita con el presbítero Ildefonso Delenikas Tatay. Su gesto adusto, los anteojos rebajados casi hasta la punta de la nariz, la corbata caída hasta el segundo botón abierto de la camisa, el portafolios desbordante que apretaba fuertemente con ambas manos a su costado izquierdo y la cabeza gacha sobre sus zapatos, evidenciaban el malestar que ya traía desde antes, de su reciente diligencia en la comisaría, al que ahora, más aún, se agregaba el disgusto que le causaba el ruido, junto con la escandalosa y desafiante actitud de la multitud que gozaba con el segundo concierto internacional de música de la Nueva Fuerza alrededor de la plaza, agitando banderas tricolores, alzando pancartas negras y rojas, saltando y agitando los brazos y piernas como una ola negra y calva. Sin mayor motivo, mientras rumiaba su malestar, había comenzado a repasar sus desaciertos de los últimos veinte años, aunque no siempre los había considerado como tales, sino que por una tendencia adquirida o instinto profesional había siempre buscado culpables, responsables y criminales que explicasen incluso sus propias dificultades y contratiempos. Como pesados fardos sobre sus hombros y espalda se le venían cayendo encima los recuerdos de tantos capos de la mafia, terroristas, nombres criminales grandes y pequeños, los presuntos implicados en el gobierno, en las fuerzas armadas, en los partidos, en el empresariado, en la poli  y en la banca, pero sobre todo su mayor dolor de cabeza, el magnicidio de Juan Pablo I, que se le había reasignado después de tantos años de archivamiento y silencio, pero cuya investigación, tras una y otra nueva diligencia y procedimiento judicial, se venía entrampando más y más en un laberinto de profunda oscuridad, de suspicacias, de amenazas y entorpecimiento generalizado. “¿Y si hubiese llegado la hora de retirarme?... Pero ese solo pensamiento lo puso todavía de peor humor. La música electrónica estalló por los altoparlantes. Los enardecidos jóvenes skinheads lanzaron un grito delirante al comenzar a escuchar el riff de Highway to Hell de AC/DC. Sabbihondi sintió un dolor fulminante en medio del pecho, dejó caer el portafolio al suelo, se llevó la mano a la garganta.
--¡Mierda!—exclamó, y se desplomó sin vida.
Gianpiero Ivanhoi, líder de la banda de RAC Omega1, desde lejos lo vio caer al piso, y lo reconoció. Entonces comenzó a gritar haciendo repetidamente un saludo fascista con el brazo extendido hacia Sabbihondi, mientras la multitud lo acompañaba, aullando al unísono con él:
--¡Viva!... ¡Viva!... ¡El cerdo ha muerto!... ¡El cerdo ha muerto!... ¡Sabbihondi el cerdo!...  ¡Uhuhuuu!... ¡Sabbihondi ha muerto!... ¡Uno menos!... ¡Uno menos!... ¡Uhuhuuuu!...

Ildefonso se metió con desagrado la mano al bolsillo para extraer ese bicho electrónico que con tanto recelo se echaba muy ocasionalmente a la faltriquera. ¿Por qué la inquietud a veces se transforma en una especie de clima que envuelve tanto y tan completamente el mundo personal que los acontecimientos próximos, así como los lejanos, son alimento necesario para esa inquietud existencial? Hay estados mentales que logran convertir la realidad entera en la prolongación y materialización de ese estado mental. Nada en su registro de mensajes. A nadie, sin embargo, Sabbihondi podría no inspirarle inquietud. Nadie que conviva con la corrupción humana puede no acabar siendo también sospechoso de corrupción, o al menos, inquietante. Un vagabundo de edad avanzada, con las barbas negruzcas, hediondo y sucio, se acercó a Ildefonso; le estiró entre su dedo índice y pulgar una flor granate de crisantemo. Ildefonso sonrió, se acercó al hombre y, con lágrimas que enturbiaban su vista, lo abrazó. El hombre se revolvió con horror, empujó hacia atrás a Ildefonso y comenzó a gritar, furioso:
--¡Satanás!... ¡Beelzebub!... ¡Absalón!... ¡Aléjate!... ¿Qué quieres de mí?... ¡Señor del Mal!... ¡Vade retro!...
Se dio media vuelta, salió corriendo, agitando los brazos en el aire, como si estuviese espantando engendros voladores; daba saltos hacia uno y otro lado para esquivar golpes invisibles.
Ildefonso se quedó con la flor en la mano, contemplándola. Sin razón aparente los pétalos comenzaron a caer hacia el suelo; primero unos pocos, gradualmente; luego más y más, veloces y en mayor cantidad, hasta que se quedó con el tallo desnudo, el cual rápidamente comenzó a marchitarse cobrando un color grisáceo; se deshizo entre sus dedos y se desprendió de ellos en forma de menuda ceniza que se llevó el aire. Una dama de baja estatura, octogenaria, bien peinada con blancos cabellos, se acercó a Ildefonso y sonriente le estiró el libro que había dejado abandonado sobre el banco.
--¡Padrecito!... ¿Cómo dejar atrás la historia de nuestras vidas?... Nada podría realizarse en el futuro si no conoces tu pasado. Se ve que lleva prisa.
Ildefonso miró a la señora, luego el libro. La dama contemplaba a Ildefonso sin dejar de sonreír. Él asintió con la cabeza e hizo una venia. La mujer entonces se alejó por la calle a paso lento, con una expresión de satisfacción. Ildefonso bajó la vista hacia la tapa del libro y leyó, escrito con letras azules sobre la imagen de la cámara funeraria de Tutankamon: Los Secretos del Priorato de Sión. J.J. Negro. Se sobresaltó con el aullido repentino de una sirena de ambulancia que trataba de abrirse paso por alguna calleja cercana atestada de vehículos y gente. Ildefonso tuvo la certeza de que Sabbihondi no llegaría; es más, una sensación penosa le hizo intuir que había tenido un problema, y hasta algo más… El celular vibró en su bolsillo. Lo sacó con la esperanza de encontrarse con un mensaje del comisario. Leyó el mensaje de un número desconocido:
¿Dónde Cristo? Te vigilan
Primero pensó que se trataba de una broma, pero una voz interior le señaló que aquello era más serio de lo que parecía. La inquietud. La inquietud que aparecía por aquí y por allá, ubicua. ¿Dónde Cristo? le producía una desazón mucho más intensa que Te vigilan. Ya hacía tiempo que sabía que todos somos vigilados de una u otra manera. Pero la pregunta por Cristo era muchísimo más que una pregunta… Era una advertencia, una amonestación, una profecía, una burla, una súplica, un acertijo y tantas cosas más. Comenzó a caminar entre la gente extraña, por arquitecturas extrañas, bajo un cielo pálido y extraño. Los Secretos del Priorato de Sión, resonó como un ¿Dónde Cristo?; se miró las manos: estaban vacías. Miró hacia atrás, buscando el legado de sus huellas, pero no vio nada más que pisadas de extraños que no le expresaban otra cosa que inquietud. Esto ya le había ocurrido varias veces en su vida; pensó que su vida misma era esto: una sucesión de estados de progresiva y creciente extrañeza, una derrota invasiva de la razón… Le hizo SENTIDO. ¿Adónde conducía esto? ¿Adónde caminaba en ese mismísimo instante?
Está bien, Cristo puede no ser más que un hombre, un símbolo, un concepto, un hecho histórico, un agente, pero DIOS… ¿DÓNDE DIOS?...
Como réplica, una especie de voz interior retrucó:
¿Y si Dios se busca a sí mismo en mí, de la misma manera que yo me busco a mí mismo?...
De inmediato se avergonzó de su torpe pensamiento. Era ridículo atribuirle a Dios incompletud, desorientación y sumisión a Ildefonso. Algo así como una risa se escuchó en su cerebro; algo así como un ¿Dónde Cristo?... Concluyó: Siempre Dios, por necesidad, es inconmensurablemente la proyección de uno mismo y de lo meramente humano que aspira a trascenderse a sí mismo, aunque DIOS pueda estar detrás de TODO, y hasta muy lejos de TODO.
Y descansó como en un séptimo día sobre este pensamiento. Y ya no pensó más en esto. Pero la inquietud se enroscaba alrededor de él, al igual que la serpiente del Edén, apretando con otro anillo en algún lugar sensible de su alma. Debía vivirlo, no sólo pensarlo ni sentirlo. Entonces se mostraba ALLÍ la extrañeza, semejante a un socio existencial de la inquietud.
Sin darse cuenta cómo, se encontró ante la fachada de la basílica de San Pietro in Vincoli. “Lo probable no es necesariamente cierto, ni la verdad siempre es probable.[10] Esa frase, leída unos veinte años ha, se instaló inopinadamente en su espíritu. Ildefonso había logrado, después de tantos años y tantos aprendizajes, que su mente profunda espontáneamente develase, cual un taumaturgo al que no se le opone ni resiste su mente conciente, su realidad extrínseca. Siguiendo un viejo impulso y costumbre, entró a la basílica para rezar por Sabbihondi.
No bien puso su pie dentro de la basílica experimentó una vivencia singular. De pronto dejó de pensar en el fiscal. Había habitado en aquellos espacios por años. Las calles de Roma, las personas de todas las etnias y pueblos, los templos, los tintes y rastros históricos, el ruido, el ir y venir de las locas ciudades europeas modernas y antiguas en un solo instante. Eso le era habitual y sabido. Ya no lo era. Ahora la nave relucía con un brillo propio; todo estaba palpitando con una vida nueva y significativa, aún ignorada. Nada primero era cosa; todo estaba colmado de sentido incipiente que se expresaba en cosa. Era como mirar el universo con los ojos de niño. Juntamente tuvo este atisbo de autoconciencia: estaba contemplando aquello como un punto milimétrico de luz alumbra repentinamente hacia su entorno vacío, negro, dentro de un Universo y que, por un secreto trascendental designio, intuye en ese mismo acto insignificante, efímero y minúsculo, EL INFINITO. Entonces su mente paupérrima resonó intentando atraer su propio infinito, y recordó a sus doce niños mártires de Bodrum, todos sus niños y víctimas de la guerra, su Feliciano, su Madonna, sus amores, sus héroes y sus demonios, en un instante sin tiempo ni forma, ni siquiera recuerdo. ¿Sería INFINITO?... Y esa veintena de personas que deambulaban por el recinto sacro, ¿por qué habían dejado de ser el centro de su atención y deber? ¿Por qué sus Evangelios ya no eran aquí el Camino, la Verdad y la Vida, justamente AHORA y AQUÍ?... Era otra cosa lo que él buscaba ahora y aquí, tanto como era buscado por otra cosa. San Pietro in Vincoli no era ni templo, ni museo; ni bello, ni macabro. Las cadenas de San Pedro, allá en el fondo, no eran ni reliquias, ni cadenas, ni fierro, pero palpitaban dentro de un designio vital. Asombrado comenzó a caminar hacia el ara. Lo mismo que un océano, todas esas extraordinarias formas del arte, coloridas y luminosas, se asemejaban a diminutas olas y sinuosidades que, individualizadas por un breve instante sobre la superficie marina, sin embargo, prolongaban a la vista otra cosa menos evidente: una misteriosa, intuida y profunda unidad. Y como él era también una olita más dentro de ese mismo océano, en cualquier momento ese mismo océano se le acercaría a él en la manifestación de una forma singularizada e intencional. 
¿Quién o qué está en posición de derrocar una fuerza invisible? Y esto es precisamente lo que nuestra fuerza es.
Esta frase extraña acuñó repentinamente su pensamiento. Como extensión de ella, Ildefonso distinguió a su derecha, en diagonal, el mausoleo de Julio II; en el centro, como si una luz interior la hiciese resplandecer por sobre el entorno en penumbras, la imponente figura sedente del Moisés de Miguel Ángel. Las pocas personas que se encontraban observándola se alejaron a medida que Ildefonso se acercaba. Recordó que alguna vez había leído algún libro de Freud sobre el Moisés, pero ahora todo aquello se le hacía indistintamente actual y confuso. Sintió que una vibración eléctrica bajaba desde la coronilla hasta sus pies. Esto delante no era una escultura de mármol. Era un ente vivo. Un ser intranquilo, apesadumbrado, contenido, escéptico, que se aferraba a unas tablas divinas que pugnaban por caer y romperse. ¿A quién o quiénes contemplaba hacia un lado? ¿Al pueblo judío, adorando el becerro de oro?... ¡Ya no! Contemplaba el mundo. De pronto, con una sola mirada, comprendía el siglo XXI, ¡el planeta Tierra!... EL OCÉANO… ¿DÓNDE CRISTO?...
Ildefonso alcanzó por un breve lapso a observarse a sí mismo: ¡enloquecía!... Respuesta instantánea: ¡Jesús enloqueció hasta dejarse crucificar!... Era inevitable, porque éste era el único Camino, la única Verdad, la única Vida. Su vista se dirigió hacia la cabeza del Moisés, entonces dos olitas en forma de cachos se materializaron sobre su testa. Nuevamente los archivos de la memoria le informaron que había leído sobre aquello: representación simbólica de rayos de santidad e iluminación, o legado de representaciones de dioses escandinavos, o tradición eclesiástica medieval, o error hermenéutico de San Jerónimo, y otras cosas más que acabaron igualmente sin sentido… ¡Eran representación de la Dualidad en el ser humano y divino!... ¡Representación del Bien y del Mal en el ser humano y divino! Aquel diminuto cuerno desviado hacia la izquierda representaba la humanidad desviada en el Mal de Dios… ¡EL MAL DE DIOS!...  ¡No a pesar de Dios, como nos quería convencer San Agustín, sino EL MAL HIJO DE DIOS –surgido de una sola y misma cabeza--, desviado, sin miedo ni vergüenza!...
IUS VIS[11]… IUS VIS…
Resonó dentro de su cráneo. Las campanas de la basílica comenzaron a repicar con una fuerza inusitada.

El año 15, en el período de Mesut-Necheru, día 2, bajo la majestad del faraón del Alto y Bajo Egipto, Ikhnaton.[12]
--Abiertas están las puertas del cielo, abiertos los cerrojos de las puertas del templo. ¡La casa está abierta para su señor! ¡Que salga cuando quiera salir, que entre cuando quiera entrar!
El faraón, después de proferir guturalmente estas mágicas palabras, retiró el ankh de oro de la cerviz del joven hombre que se humillaba de rodillas ante él. Luego dejó caer suavemente los cetros Nejej y Heka sobre los hombros desnudos y húmedos del varón. Con los ojos cerrados, apoyando sus palmas una con otra ante su pecho erguido, meditó un minuto, mientras el poder divino se transmitía para siempre del Cielo a la Tierra, y volvía de la Tierra al Cielo. Sólo el silencio de un abismo sacro eternizaba el instante en la ciudad templo de Karnak. Solos Ikhnaton y Moisés dentro de la colosal arquitectura de piedra y fuego. A sus espaldas el lago sagrado, inmóvil, resplandecía con un azul acerado. Atón ardía en lo alto, en medio del cielo, el Único. Nadie más. Solos Ikhnaton y Moisés. Atón, el único Dios.
--¡Ve, Moisés!... ¡Sólo el Único Innombrable puede ya enseñarte el Camino!...
El faraón lo despidió con un abrazo y con lágrimas en sus ojos teñidos de khol azulino. La figura de Moisés se perdió entre nubes de arenas del desierto, caminando lentamente con su delgada figura cubierta por una túnica parda, y el nemes de Ikhnaton anudado en torno a su cabeza.

Era Senghor. Al menos físicamente era Senghor Cisse Aubert. Estaba ahí ante su puerta, con una mirada indefiniblemente extraña. Ildefonso se replegó como un cangrejo; pero Cristo no podía rechazar a otro igual… ¿Igual?... Ni siquiera Cristo hablaba del amor de un igual.  No se trataba de un amor presuntamente crístico a todos por igual. Entonces, ¿al cercano?[13]… ¿Cómo podía experimentarse cercano a alguien que se comporta de una manera tan extraña? ¿Era éste el mismo Senghor Cisse Aubert que había dejado la noche anterior en el bunker? Una incómoda sensación de que se le escapaba de todo lo conocido, de todo patrón de normalidad y cercanía despertaba en él su animal temeroso y ancestral.
--¡Ven!... ¡Ven conmigo!... –le dijo Senghor con una voz ronca.
Se dio media vuelta y comenzó a caminar delante de Ildefonso, sin prestarle atención. Bajó veloz las escaleras, de manera que a Ildefonso le costó mantenerlo a la vista, si bien Senghor parecía saber cuándo esperar a Ildefonso hasta que volvía a serle visible. Se perdía entre la gente, atravesaba una calle, doblaba una esquina, pero siempre estaba ahí para guiar a Ildefonso. En un momento Ildefonso tropezó tratando de avanzar un poco más rápido; cayó rodando por el suelo. Senghor estiró la mano y lo cogió de un brazo para ayudarlo a levantarse. Ildefonso se incorporó y vio a su alrededor un lugar inesperado. No estaba en la ciudad. Se encontraba en las afueras, en un conjunto de construcciones de diferentes dimensiones y estado, en general dañadas, polvorientas y solitarias. Sólo a lo lejos se divisaban edificaciones presumiblemente habitadas.
--¡Ven!... ¡Ven conmigo!... –volvió a decir Senghor, mientras lo miraba a los ojos con una mirada penetrante.
Ildefonso escuchó un zumbido en sus oídos y experimentó una sensación nauseosa. No podía negarse a seguirlo, a pesar de que una resistencia interior se le hacía evidente. Se acordó de San Antonio Prisco, del abad Kumonar Ligetto, del Alma vegetal, de la mujer embozada bajo la luna, de Sehuoque, de la santísima Virgen María, de Yacumama…
¡Khalfani!... ¡Khalfaniiiiiiiiii!... escuchó una voz que, ya lejana, parecía irse apartando a gran velocidad allende su mente. Dos hombres armados salieron al encuentro de Senghor. Se detuvieron ante él y se lo quedaron mirando con atención. Senghor se volvió hacia Ildefonso y le dijo:
--¡No temas!... No te harán daño.
Ildefonso, sin comprender por qué Senghor producía ese efecto, confió en él, de modo que se dejó guiar por los guardias, así como por el mismo Senghor, que caminaba delante de ellos. Había un entendido entre Senghor y los guardias que Ildefonso no podía comprender, ya que actuaban coordinadamente, pero sin mediar palabras ni gestos. Además, era evidente que Senghor poseía un ascendiente sobre ellos como los de un superior. No bien había avanzado diez pasos, cuando se encontró sorpresivamente dentro de un recinto enorme, un óvalo de tierra rodeado por muros de metal bruñido, altos y brillantes, rematados por unas especies de almenas, en el cual la vista se sorprendía por todas partes con extraños y terribles espectáculos. Aunque el espacio se encontraba abierto hacia lo alto, el cielo no parecía cielo, sino una bóveda celeste, sólida. Ildefonso dio un paso hacia atrás, pues aquello que observaba le pareció irreal, aunque se sabía despierto y lúcido.
--¡Esto no es posible!—exclamó.
--Si esto que ves no te parece real, entonces ¿qué dirías de la verdadera realidad?—le respondió Senghor, ocultando su rostro tras una capa oscura con la que se cubrió de la cabeza a los pies.
--¡Senghor! …—iba a decir: me asustas--.
Una sensación ilógica, pero más certera que toda lógica, le hizo saber que Senghor lo protegía; que Senghor lo guiaba por un sendero peligroso y terrible de la realidad, como un guía experto y sabio conoce el terreno que pisa como conoce la palma de su mano. Un guía, cuyos recursos carecen de límites. Así, cubriéndose con aquella capa, lo protegía.
--¡Dios!, ¿qué es esto?...—gimió Ildefonso y cayó de rodillas al suelo.
--¡Mira!—respondió Senghor--… Todos aquellos que observas que hacen sufrir horriblemente a otros, son los mismos que fueron antes torturados horriblemente por los que ahora sufren … Todos aquellos que observas en aquel otro sector son quienes hacen sufrir a otros porque necesitan hacer sufrir a quienes les inspiran malos sentimientos… Y todos los cuerpos, miembros y fragmentos de aquellos que yacen en la inmensa fosa común que ocupa el centro de todo son los de aquellos que después de sufrir, murieron.
--¡Pero, ¿quién dirige todo este horror?!... ¿Por qué no lo detienen?... ¿Cómo nadie hace nada para evitarlo?...
--¡Imposible!... ¿Cómo podría evitarse la naturaleza humana?... ¿Cómo podría evitarse su historia y destino?... ¿Quién sabe realmente QUIÉN está detrás de todo ESTO?...
--¿Dónde Cristo?—murmuró Ildefonso casi en un quejido.
--La misma pregunta en el corazón de cada persona produce un efecto diferente. El mismo Cristo en el corazón de cada persona produce un efecto diferente.
--¡Soy un sacerdote!... ¡Soy un servidor de Cristo!... No puedo quedarme inactivo ante tanta violencia, maldad y sufrimiento… ¡Aunque me maten, impediré lo que pueda impedir de esta locura!...
--¡¡¡Ildefonso!!!—gritó Senghor, mientras Ildefonso comenzaba a correr hacia el hemiciclo--… ¿Qué has impedido tú de todo este horror a través de tu vida?... ¿Qué podrías lograr realmente AHORA?...
En un solo segundo se reactivaron innumerables recuerdos de dolor, cercanos, pasados, antiquísimos, unos tras otros, y al mismo tiempo simultáneamente. Fue igual que un mazazo en el cráneo. Se quedó inmovilizado, temblando. La imagen de aquellas riadas de cientos de miles de humanos juntos que había contemplado en diversas partes del mundo, cada uno con una expresión de dolor única y diferente, caminando, arrastrándose, cargados con el madero de la existencia, huyendo de otros seres humanos… Y, por otro lado, aquellas imágenes vividas de pequeños e íntimos gestos, consoladoras palabras, besos, abrazos, que calmaron compasiva y amorosamente tantos instantes de sufrimiento de hombres y mujeres cercanos y prójimos –como decía Cristo--, pero que luego se disiparon en las tinieblas del desconsuelo del alma como se disipa el instante en el minuto siguiente. ¡Eso sí que era miseria!... Porque tapar con la palma de la mano por un segundo la piel adolorida de otro ser humano era fácil, era emocionante y efectivo. Pero fundir la piel macerada y en descomposición por el sufrimiento profundo de un hombre y de una mujer, con la piel lozana y brillante de uno que ha logrado la paz, es ¡imposible!...

Ildefonso despertó de su desmayo sobre la acera de una calle en Belén. No había ninguna razón para estar allí. De hecho, ni siquiera sabía dónde se encontraba. Sí recordaba con lujo de detalles el encuentro con Senghor y, sobre todo, el horripilante lugar donde se cometían las más abominables atrocidades humanas. Este extrañamiento le facilitó contemplarse a sí mismo. La presencia de Cristo, el Cuerpo de Cristo, ¿dónde estaban para él?... Podría incluso haberse avergonzado de sí mismo, de revestirse todavía como sacerdote de Cristo y de la Santa Iglesia Católica. Reconoció una misteriosa relación entre el sufrimiento, el mal experimentado en esta vida, y la sobrevivencia de un Cristo siempre renovado aun desde la disolución de su Cristo, como un Cristo leproso al que se le van cayendo las carnes putrefactas, quedando por debajo siempre la carne más viva, amorfa y sanguinolenta de alguien que ya no es el mismo, sin dejar de ser, al mismo tiempo, el mismo. Sólo su Santa Iglesia Católica no había conseguido renovarse, de manera que para él ya no era más que cualquiera otra ONG humanitaria, si bien la más poderosa. Razón suficiente para continuar sirviéndola, y sirviéndose de ella. Un hombre pordiosero, desgreñado, con una barba espesa y sucia que le cubría la mitad del pecho casi escamoso de grasa y tierra, se le acercó y estiró su mano huesuda, temblorosa. Ildefonso se metió la mano al bolsillo, se encontró con unas monedas que depositó compasivamente en la mano del mendigo. Éste se inclinó y posó su frente sobre la palma abierta de Ildefonso, luego se irguió, dio media vuelta y se alejó rengueando entre la gente. Sobre la palma de su mano había quedado un pequeño papel doblado en cuatro. Lo abrió:
Ewaan 10, te espero a las 15 hrs. Seng
A un joven palestino que pasó a su lado le preguntó la hora: 12:27 p.m., y por Ewaan... Levantó los hombros y continuó caminando calle arriba.
Hotel Bethlehem, leyó en un cartel sobre el frontis de un edificio antiguo. Volvió su inteligencia a resistirse: ¿Cómo es posible?... Hace un momento me encontraba en Deir Ezzor, y ahora a miles de kilómetros, ¿en Belén?...
Si era Senghor realmente quien lo esperaba a las 15 hrs., entonces podría responderle este despropósito. A no ser que… Interrumpió el curso de su pensamiento. La imagen de Senghor cubriéndose con la capa para no ser visto por él le causó una nueva desazón. Escuchó gritos atrás. Se devolvió hasta la esquina. Al girar hacia la otra calle se encontró con una aglomeración de gente que se mantenía a cierta distancia de una pareja de hombres que forcejeaba. Al observar la escena tuvo la intensa sensación de que aquello lo había soñado. Se inquietó, pues uno de los hombres había cogido al otro por la espalda y presionaba un gran cuchillo sobre su garganta. El agresor gritaba en árabe ¡Al·lahu-àkbar!... ¡Al·lahu-àkbar!... ¡Al·lahu-àkbar!... Mientras el otro levantaba sus ojos hacia lo alto. Ildefonso se adelantó con decisión y le dijo en árabe: [1]!سلام الله معك! Entonces, el rehén se agitó para tratar de liberarse de su agresor, mas éste, con un movimiento rápido y decidido atravesó el cuello con la daga, cortando las venas yugulares. La sangre pareció explotar de su cuello y salpicó hacia todos lados. El árabe arrojó el cuchillo al suelo y salió corriendo. A media cuadra se encontró con varios soldados israelíes quienes, apuntando sus fusiles, lo ametrallaron repetidas veces. Algunas personas que se encontraban cerca de los soldados se dieron media vuelta y apuntaron con sus manos e índices hacia donde se encontraba Ildefonso. Éste miró hacia el hombre que, caído en el suelo, se apretaba la garganta tratando de contener infructuosamente la sangre que manaba a borbotones. Luego recorrió con la vista las caras de los circundantes; se encontró con terribles miradas de odio y desconfianza. Por un momento dudó. Se iba a inclinar para tratar de ayudar al moribundo, pero una angustiosa y desagradable sensación de certeza y miedo lo impulsó a dar un giro y salir corriendo del lugar, aunque sabía que eso probablemente le significaría la muerte. Primero corrió tratando de evitar a la gente que se le cruzaba en el camino, pero unos cincuenta metros más adelante no pudo esquivar un perro que realizó un movimiento repentino, y rodó por el suelo. Sintió que le ardían las manos y la rodilla izquierda. Giró la cabeza hacia atrás con el corazón tamborileando, pero se llevó una inesperada sorpresa. El barrio ni la calle eran el mismo barrio ni la misma calle por la que había iniciado la huida. Ahora veía una calle estrecha, en pendiente, con antiguas casas pintadas de albayalde, por la que se movía uno que otro automóvil, y apenas dos o tres transeúntes por las veredas. Una mujer tocada con un pañuelo rojo se acercó a él y le preguntó si se encontraba bien.
--¡Sí!... ¡Sí!... ¡Gracias!...
La mujer sonrió, bajó la mirada y dio un paso. Entonces Ildefonso la detuvo con su pregunta:
--¿Qué calle es ésta?
-- Ewaan.
Ella movió la cabeza con cierta inquietud, como esperando algo más, pero sin levantar la mirada siguió adelante.
Ewaan, murmuró Ildefonso. Se sacudió el polvo de su ropa, mientras miraba hacia uno y otro lado, incrédulo. Tuvo la impresión de que alguien lo acompañaba. Siempre lo había llamado Dios y Jesús, pero ahora no resultaba natural ni propio… Ni tan divino, como Dios, ni tan humano, como Jesús. Vio a lo lejos un portón verde con un número inscrito en el muro lateral: 10. Se acercó a un hombre de edad avanzada que cerraba su negocio de telas.
--¿Me puede decir la hora, por favor?...
--Las tres.
Ni siquiera consideró el incomprensible salto en el tiempo que acababa de experimentar. Ildefonso caminó con convicción hacia el portón. Se podía percibir desde afuera que el sitio estaba abandonado y vacío, aunque lo cercaba un muro de unos dos metros y medio de alto. ¿Cómo había llegado hasta ahí?... ¿Dónde habían quedado esos soldados, y las gentes odiosas, y el judío agonizante, y la calle del otro mundo y otro tiempo?... Le pareció que a su vida entera, a cada momento, le podía preguntar lo mismo. Sabía que adentro estaba Senghor. No podía ser de otra manera. Abrir aquel portón representaba abrir una inmensa nueva puerta de la realidad. Estaba cerrado. Lo empujó y se abrió un poco, como si alguien lo estuviese conteniendo desde adentro. Parecía habérsele despertado un sentido que le permitía anticipar algo del momento siguiente, o algo del sentido profundo del presente que inevitablemente se prolongaba más allá. No era más que una sensación, o una corazonada, o un roce interior de un algo que no se deja atrapar por ninguna facultad de la mente, ni se reduce a materia ni a energía, como el balbuceo gutural de un bebé que trata de cantar en su poema el asombro de la nueva realidad que descubre. Ingresó mirando a uno y otro lado, mientras cerraba maquinalmente el portalón a su espalda. Un gran terreno que alguna vez albergó construcciones y humanos, de los que ya no había más que rastros visibles en las formas de los cimientos allanados sobre el suelo, o una que otra escama de concreto que se empinaba unos décimos de centímetros respecto de la horizontal. A veces manchas ocres de musgo seco, u ortigas desplegadas en macetas espontáneas, verdes, o ramas quebradas de una higuera caída, o polvos acumulados en montoncitos, o en pátinas grabadas sobre los restos de cemento por el cincel del viento, sobresalían y llamaban la atención de esa instantánea observación de un Idelfonso que mira un entorno por primera vez, y SIENTE… Avanzó mirando, giró, se detuvo, levantó y bajó la vista, dudó, perseveró, hasta que descubrió un llamativo bulto negro entre la hierba y a los pies de un alto madero en forma de cruz. Caminó hacia él; a medida que se acercaba comenzó a desplegarse como los pétalos de una flor acaban descubriendo la profundidad de su centro, y, desde adentro de lo que se evidenció inicialmente como un manto esférico, se descubrió la figura encorvada de Senghor, quien también se desplegó a sí mismo, incorporándose desde la posición fetal inicial, hasta la postura erguida, incluso hierática.
--¿Cómo es posible que esté ocurriendo todo esto?—le preguntó Ildefonso.
--¿Por qué no me saludas?... ¿Por qué no me preguntas cómo estoy, o si estoy bien?...
Ildefonso iba a responderle: ¡Perdón!, pero se contuvo, pues un rayo de conciencia lo iluminó de una manera diferente. Si le respondía así, se estaría condicionando por otro estado de conciencia y por otro estado de realidad: el estar y el bienestar de Senghor… Él mismo ocurriría como una persona enteramente diferente. Su pregunta y las preguntas de Senghor se encontraban dentro de dos universos radicalmente separados; iban por rutas divergentes de la existencia, a pesar de lo inofensivo y coloquial que pudiese parecer una pregunta o la otra. ¿En cuál quería realmente estar?
¿Cómo podía confiar con seguridad en Senghor, después de lo vivido con él?... ¿Cómo podía confiar con seguridad de que fuese la realidad aquello que estaba viviendo últimamente? El curso de la realidad a través de la vida de la mayoría de las personas no era más que una sucesión de hechos y acontecimientos accidentales, o bien impuestos por el contexto cultural, por las características psicológicas del individuo mismo, por las imposiciones del entorno social, ambiental, laboral, geográfico, etc.; por los condicionamientos biológicos y genéticos; por la familia, por los padres, por los amigos y los enemigos, por la pareja, por los hijos, etc. Sin embargo, para Ildefonso el curso de su vida, jalonado sucesivamente por hechos cargados de significancia humana, se habían ido aglutinando en un continuo trascendente que, por una parte, se hacía progresivamente más explícito y definible, y, por otra, iban siendo alimentados y promovidos por el mismo reconocimiento de un sentido progresivo desde la conciencia inteligente y lúcida de Ildefonso. De ahí que la respuesta inicial que le aportaba Jesús y María, Dios y su religión católica, su orden jesuita, la Madonna y su propia espiritualidad concordante, habían sido puestas a prueba por la naturaleza de los HECHOS, y por la honestidad espiritual y de conciencia que poseía el mismo Ildefonso. Hubiese sido fácil para él no hacer ese largo recorrido y ascesis evolutiva, si hubiese poseído esa naturaleza de la que gozan tantos seres humanos, que les permite autoengañarse, tranquilizarse, asentarse en cualquier suelo ideológico para procesar desde lo más grande y grave, a lo más pequeño y fútil de la realidad, sin moverse nunca más desde ese estado mental y, en consecuencia, de ese estado de realidad acomodado y falsificado. Era necesario, para Ildefonso, el suministro de una dosis casi tóxica de valentía, de desapego a la validación de lo que uno experimenta como lo propio, de ansias de verdad, de autoconciencia y búsqueda interior. Si a ello se suma que la REALIDAD se manifiesta por sí misma en esta misma dirección, facilitando este proceso y proyecto, entonces no es del todo extraño que la realidad y uno mismo se despeñen como por un abrupta pendiente de irracionalidad, de incoherencia, de sobre-naturalidad, pero también de exaltación de la conciencia y de descubrimientos asombrosos en uno mismo y en TODO.
Sin esperar respuesta, Senghor se dio media vuelta, se encaminó hacia un amplio seto de zarzas que cubría el fondo del terreno. Ildefonso creyó percibir en él un gesto sutil para que lo acompañase, de modo que lo siguió de cerca. Su cerebro parecía haberse cargado con una energía singular que le provocaba esa particular sensación de que todo lo que estaba aconteciendo en su entorno obedecía a un propósito y naturaleza sobrenaturales, pero absolutamente creados y ajustados para él. Que las cosas relevantes para él se le acercaban, sin dejar de estar todas por igual AHÍ, y las menos relevantes o no relevantes se le alejaban como en perspectiva existencial y ontológica, pero sin dejar de estar todas por igual AHÍ. Por eso, no le extrañó que al volver la vista atrás no viese ya el madero en forma de cruz, sino una pila de astillas amontonadas en el suelo. Y que, al levantar la vista al cielo, sólo viese un amplio cielo azul, por todas partes azul, y nada más.
Senghor cogió las ramas recubiertas de grandes y pequeñas espinas; las fue echando a un lado, mientras daba unos cuantos pasos entre ellas, hasta que se encontró frente a una losa resplandeciente en el suelo. La capa, que antes flotaba alrededor de su cuerpo, ahora se le había apegado completamente a la piel y fungía de ajustado mono. Se inclinó, y con una sola mano cogió algún canto saliente sobre la lápida, la levantó y la hizo batirse sobre su marco hasta depositarla a un lado. Ingresó al espacio vacío y comenzó a descender por una escala de piedra caliza.
--¡Ven, sígueme!—Ildefonso escuchó que Senghor le decía con claridad y firmeza, pero dentro de su propia cabeza.










CAPÍTULO VIII



 “El sueño es una segunda vida. No he podido penetrar sin estremecerme en esas puertas de marfil o de cuerno que nos separan del mundo invisible. Los primeros instantes de sueño son la imagen de la muerte; un entorpecimiento nebuloso se apodera de nuestro pensamiento y no podemos determinar el instante preciso en que el yo, bajo otra forma, continúa la obra de la existencia.”[15]


 27 de septiembre de 2004. London. United Kingdom. 23:34 hora local. Viento otoñal, de intensidad variable, húmedo y frío. El psiquiatra John E. Mack apretaba el portafolios bajo el brazo. Después de escribir unas cuantas planas a la carrera sentado sobre un reborde de concreto bajo la luz de neón de la plaza Parliament Square, ahora caminaba de prisa por la Great George Street. Por esas extrañas coincidencias de la vida, rondaba en su cabeza un repentino enjambre de hechos inquietantes y en confuso tropel. Miraba el cielo cada cierto rato, como si buscase una señal clara de alguna próxima tormenta. Durante su conferencia, sólo una hora y media atrás, había experimentado un inusual insight. Al discurrir ante su auditorio acerca de la línea inexistente entre la alucinación paranoide y el trastorno producto de un TEPT se había reconocido inopinadamente a sí mismo más allá de esa supuesta frontera… ¿Cuánto más allá?, se preguntó, dando un saltito hacia el lado. Sintió que su libro Abducción. Encuentros humanos con extraterrestres se le resbalaba desde debajo del brazo. (La distinguida dama que en la conferencia de la tarde había demostrado tanto interés en el tema no había acudido a la conferencia de la noche en el T.E. Simposio de la Sociedad Lawrence. Volvía con el ejemplar hacia su departamento.) El libro cayó pesadamente y se abrió como un abanico soplado por una fuerte ráfaga de viento. Levantó la vista y miró hacia atrás y hacia los lados. Tres personas vestidas con un traje oscuro y un sombrero negro calado hasta los ojos, tal vez el mismo, se volvieron hacia él para observarlo desde tres puntos diferentes. Un presentimiento atemorizante se le hizo patente. Sintió miedo; sin dudarlo, abandonó el libro sobre el pavimento y se alejó todavía más de prisa. Se observó a sí mismo con descontento. Su sistema límbico se estaba posesionando de su trabajada corteza cerebral, y el profesional de la salud mental parecía haber renegado de sí mismo, para dejarse dominar por ese atávico reptil temeroso que todos llevamos en el fondo de nuestra masa encefálica. Después de todo, ¿dónde acababa la frontera entre él, el eminente doctor de Harvard, y sus pacientes? ¿Cuál era la supuesta distancia entre cualquiera de sus desvalidos abducidos y la incólume fortaleza de su mente sólida y científica? ¿Por qué no iba a ser parte también de la misma historia humana de los observados, de los experimentados, de la omnímoda atención de unos seres inquisitivos y desconcertantemente superiores a quienes, sin duda, su poder no les impedía acceder a cada humano sobre la faz de la Tierra? ¿Sólo porque él era el siquiatra, y los otros, sus pacientes o las “víctimas”, ELLOS debían ajustarse a su condición especial y jerárquica? Además, ¿QUIÉNES eran realmente ELLOS?... En un gesto maquinal e inconciente se tocó por fuera el bolsillo de su gabán. Quería cerciorarse de que aún estuviese allí la hoja con el misterioso nombre que, a toda costa y con urgencia, se había propuesto encontrar: ILDEFONSO DELENIKAS TATAY, S.J…. Sabía con esa meridiana certeza que ya no se puede explicar ni justificar con la razón o con cualquier saber civilizado, que estaba a punto de dar un salto cuántico desde una realidad normal, humana y conocida, a un portal de incertidumbre máxima, y máxima transformación.
Tenía miedo. Había llegado a un punto en que era inevitable comprometer su condición humana y hasta visceralmente animal. Por encima de él y por detrás de él se habían materializado unas fuerzas cada vez más ciertas y activas, cuya naturaleza, cuyas características y señales se le manifestaban progresiva, personal y angustiosamente amenazantes. Se sintió en ese mismo momento como debían padecer sus ratitas grises y blancas sometidas a cruentos maltratos experimentales. Escuchó con un estremecimiento que desde corta distancia alguien lo llamaba con una voz horrible y metálica: ¡John!... Volteó un poco la cara hacia la izquierda, al tiempo que daba un salto instintivo hacia la calzada que tenía delante. Un furgón oscuro lo impactó sin la menor disminución de velocidad; su cuerpo se enredó con un sonoro crujido entre las ruedas delanteras que, primero, lo aplastaron, para en seguida recibir, con las ruedas traseras, el peso de la máquina sobre su esternón, el cual se partió, atravesándole el corazón.
La calzada se manchó con una oscura poza de sangre, mientras una decena de hojas manuscritas desparramadas por el suelo comenzaron a volar en todas direcciones, arremolinadas por el viento. Sólo una de ellas se adhirió a su rostro sanguinolento, dejándose leer por un momento antes de enrojecer por completo, con unas grafías nerviosas y rápidas:
Si me presentan a un ángel, a un Cristo, a un Dios, a un extraterrestre, una entidad superior o un demonio –no importa quién sea, si es un ser que ha influido en nuestra Historia y destino--, le exigiría muchas explicaciones, justas, mínimas y necesarias. Él verá entonces si me responde con buenas y comprensibles razones, o simplemente con la misma ininteligibilidad y poder impositivo que ha demostrado hasta ahora. Si bien, cada vez estoy más convencido de que la mayoría de las cosas que ocurren en el UNIVERSO no son ni razonables ni racionales. En cambio, somos nosotros los humanos quienes las forzamos para que parezcan y se nos comporten como racionales.


Ildefonso seguía a Senghor pisando cuidadosamente sobre los escalones de piedra. Senghor le había facilitado una pequeña linterna que había sacado desde algún bolsillo de su vestimenta, con la que alumbraba débilmente donde debía apoyar cada pie. Sin embargo, su amigo parecía no prestarle atención y descendía adelantándose cada vez más. Ildefonso trataba de atisbar por los alrededores, pero la oscuridad no sólo era total, sino que el espacio parecía haberse ido ampliando a su alrededor. Si alumbraba con su pequeño haz de luz, no podía ver ni muros, ni cielo, ni nada. De pronto tuvo la impresión de que ni siquiera el suelo se sostenía sobre algo firme. Un par de veces intentó llamar a Senghor, pero, o bien desistió, o bien una sensación obstaculizante se lo impedía. No obstante, conservaba todo el tiempo la sensación de que Senghor era un guía confiable, y que lo debía conducir hacia algo importante. Tal vez porque la situación lo exigía así, su mente se concentraba exclusivamente en el círculo de luz que hacía aparecer un nuevo escalón, sin pensar en nada, ni tratar de comprender lo inmediato, ni los hechos que se habían venido desarrollando más y más extrañamente durante el último tiempo.
El descenso se había extendido ya por una media hora, y el frío se hacía sentir al punto de que Ildefonso podía ver cómo flotaba por un segundo alrededor de su rostro el vaho blanquecino de su propia respiración. Sólo el ejercicio continuo impedía que el frío lo entumiese. El silencio era tanto que parecía aumentar y expandirse hacia el fondo de las tinieblas. Podía escuchar los latidos de su corazón, el crujido de sus articulaciones, el estiramiento de sus músculos, el paso palpitante de la sangre por los pequeños canales de las venas; incluso creyó escuchar a Senghor que susurraba, como si estuviese conversando con alguien, pero estaba demasiado lejos para ser posible. Se dio cuenta de que no sentía miedo, a pesar de que su vida comenzaba a correr evidente riesgo, y también –por qué no decirlo—su salud mental y su cordura, aunque esto tampoco le era motivo de la menor resistencia. Cuando Senghor ya se le había adelantado como cincuenta metros, le pareció que se detuvo, y ya no vio avanzar más el resplandor de su luz.
Efectivamente, a poco andar le fue evidente que Senghor se había detenido, y que parecía esperarlo. Al llegar junto a él, se lo encontró sentado sobre una roca, en lo que parecía una explanada. Había dejado la linterna a un lado, por lo que no podía verle la cara.
--¿Estoy vivo?—le preguntó Ildefonso.
--¡Eso ya no es importante!... Ni siquiera es una identificación adecuada para tu forma de realidad.
Senghor se puso de pie y caminó hacia adelante. Luego se inclinó e iluminó con su linterna un objeto que tenía el aspecto de canoa, y que flotaba inmóvil junto a una especie de pequeño muelle. Se vio a sí mismo en aquellas noches impenetrables y tórridas en el amazonas, cuando acompañaba a los indígenas Secoya a pescar pacos y gamitanas. Aunque desde niño había intuido que la realidad no es exactamente lo que nos enseñan los sentidos, ni lo que explica la ciencia, ni el Universo natural, ni tan siquiera la materia y el tiempo, ni las representaciones del cuerpo y de la mente, ahora se le hacía más evidente que la realidad era todavía más diferente que todo aquello, en la medida (y sobre todo) que él se descondicionaba de su propia mente. Por alguna razón o sinrazón que aún no se manifestaba suficientemente explícita, no podía creer que meramente se estaba volviendo loco, y punto… Tampoco “perder la fe”, la fe de los padres, de la religión sacrosanta, de los maestros y de los santos, de la infancia y juventud, la fe del Cristo le era motivo de preocupación alguna. Quizás se debía a que su yo podía percibirse y contemplarse a sí mismo desde fuera y desde dentro de sí mismo, lo que le concedía ese mínimo sentido de orientación fundacional en el espíritu –sea lo que fuere--, en la existencia indefinible y en sí mismo, sin importar por ahora cuáles fuesen las consecuencias de ello.
Su mente humana intentaba balbucear algunas preguntas coherentes, pero un silencio interior más profundo y significativo las acallaba una y otra vez. Escuchó el borboteo de las aguas cuando se agitan levemente, y siguió a Senghor al interior de la embarcación. El frío comenzaba a dejarse sentir. A un lado del estrecho lugar donde se sentó se hallaba una manta que cogió y se la echó sobre la espalda. Senghor apagó su linterna y, por una notable coincidencia, la suya se agotó y dejó de alumbrar, quedando todo insondablemente invisible. Durante un largo rato sólo escuchó el golpe del remo de Senghor que, sentado en la punta de la canoa, ora se abría paso por las aguas a babor, ora a estribor. El agua se estremecía, vibraba, rodaba por encima de la superficie exclamando algún cántico ancestral, y pronto volvía a su hondura silente. Una poderosa sensación de misterio creciente, de singularidad y tensión vital lo ganaban minuto a minuto. Otros sentidos internos se habían activado, unos sin palabras, sin pensamientos, ni razones, ni formas mentales; unos sentidos profundamente conectivos, más sutiles, evidentes e inmediatos que cualquier otro sentido natural. Miró hacia lo alto y creyó vislumbrar el centelleo de innumerables estrellas, pero sin verlas; sólo sabía que se ordenaban con una perfección que ninguna inteligencia humana podría concebir. Aunque no había luz alguna, podía percibir delante de la canoa la silueta vaporosa y lilácea de Senghor, que le producía un sentimiento de extrañeza, lo mismo que de irresistible atracción. No sentía miedo; no había en él ninguna de esas preguntas tan humanas, como el ¿adónde?, o el ¿qué?, o el ¿por qué?... La piragua tocó tierra suavemente. Senghor saltó por el lado y empujó un poco la embarcación hacia adelante. Ildefonso supo que habían llegado a su destino, de modo que avanzó hasta la proa y saltó confiadamente a tierra. Ya no sentía frío, a pesar de que descubrió primero que sus pies estaban descalzos al sentir el contacto de esa arena –todo océano tiene en sus playas arena—que parecía sólida como una roca, al mismo tiempo que blanda como pisar ceniza. Luego, esa misma agradable sensación lo impulsó a tocar su pecho, sus brazos, su sexo y sus piernas: estaba completamente desnudo, aunque no tuvo ninguna sensación de desnudez ni de pudor protector. Además, ni su pecho, ni sus brazos, ni su sexo, ni sus piernas eran ya pecho ni brazos ni sexo ni piernas. Ya no era necesario ninguna luz, ninguna linterna. Caminaron por un terreno llano, hasta que después de varios minutos subieron una suave y extensa colina hasta llegar a un reborde que parecía crepitar veladamente y girar sobre su eje con unos tonos multicolores y vaporosos.
--¡Espera un momento!—dijo Senghor con una voz que no parecía venir de él, sino de lejos y de cerca.
Unos minutos después Senghor comenzó a caminar, descendiendo por el otro lado de la colina. Ildefonso supo que debía seguirlo.
--¡Ven! –le dijo en un momento—Camina diez pasos adelante.
Así lo hizo Ildefonso. Entonces ocurrió algo que le causó desconcierto y sorpresa. Frente a él se encendió algo así como un foco desde lo alto y apareció la figura de un hombre sentado ante un alto escritorio negro, cubierta su cara con una máscara horrible, como de un macho cabrío sonriente. Primero la luz lo ofuscó, obligándolo a entrecerrar los párpados, pero pronto se acostumbró a la luz lechosa. Entonces escuchó la voz de aquel hombre que, en un tono extraño, casi gutural y deformado, como robótico, dijo:
--En nuestros días, el poder del oro ha reemplazado al poder de los gobiernos liberales. La política nada tiene que ver con la moral.
De inmediato se encendió otro foco de luz justo al lado izquierdo del anterior, y una figura igual a la anterior, alzó la voz:
-- Es verdad que las fieras se adormecen cuando se las harta de sangre y que así puede encadenárselas fácilmente. Pero si no se les da sangre, no se adormecen y sus instintos de lucha se despiertan.
Un tercero apareció al lado de los anteriores:
-- Nuestra dominación se distinguirá por un despotismo tan manifiesto y tan grandioso que estará en condiciones en cualquier tiempo y lugar de hacer callar a los Esclavos que intenten oponérsenos de hecho o de palabra.
Luego un cuarto:
-- En lugar de los actuales Gobiernos, estableceremos uno verdaderamente terrible que se llamará administración del Súper-gobierno. Sus manos alcanzarán a todas partes, a manera de unas enormes tenazas, y su organización será tan colosal que ningún pueblo podrá dejar de sometérsenos.
Y un quinto:
-- Hemos reemplazado el gobierno por una caricatura de gobierno, por un presidente que sacamos de la multitud de los miles de hechuras y esclavos nuestros. Aquí está el fondo de la mina cavada por nosotros bajo el suelo de los pueblos Esclavos.
Y un sexto:
--Imprimiendo ahora verdades luego mentiras encenderemos o calmaremos los ánimos en las cuestiones políticas; los persuadiremos o los desconcertaremos publicando unas veces la verdad, otras la mentira, hechos, o sus contradicciones, de acuerdo con su estado para recibirlos.
Y un séptimo:
-- Con el objeto de que no lleguen a nada por medio de la reflexión, los distraeremos con entretención, juegos, pasatiempos, pasiones, casas públicas… Muy pronto propondremos por medio de la prensa concursos en arte, en deportes y de todo tipo.
Y un octavo:
-- La muerte es el fin inevitable de todos. Mejor es acelerar el fin de aquellos que ponen obstáculos a nuestra obra, que no el de nosotros que somos los que a esa obra hemos dado el ser.
Y un noveno:
-- Haremos de los jóvenes, niños obedientes a las autoridades y amantes de los que gobiernan, como un apoyo y una esperanza de paz y de tranquilidad.
Y un décimo:
-- El sistema de represión del pensamiento ya está en vigor en el método llamado enseñanza por medio de la imagen, que debe transformar a los Esclavos en animales dóciles, que no piensen, que necesiten la representación por las imágenes para comprenderlas.
Y un décimo primero:
-- Entonces no se considerará deshonroso servir de espía y delator, sino algo digno de alabanza y premio; pero las delaciones mal fundadas serán cruelmente castigadas, para que no haya abusos en este sentido.
Y un décimo segundo, con el que se cerró por completo el círculo de los enmascarados alrededor de Ildefonso:
--A esas sociedades tendrá que ahogarlas en sangre para hacerlas luego resucitar bajo la forma de un ejército bien organizado que sepa luchar y combatir conscientemente contra toda infección que pudiera invadir al organismo del Estado.[16]









CAPÍTULO IX

“La idea de que un Espíritu del mundo exterior se encarnaba de pronto en la forma de una persona ordinaria, y obraba o intentaba obrar sobre nosotros en ciertos momentos graves de la vida, sin que esa persona tuviera conocimiento o guardara algún recuerdo, me obsesionaba con frecuencia.”[17]



-- Existe un solo refugio cuando uno descubre la verdadera realidad: la locura…
Ildefonso lo alcanzó a escuchar al pasar, con esas oídas que hacemos primero inconcientemente, pero que luego, sólo si son significativas para nosotros, superan el umbral y son atrapadas por la conciencia, una vez que ya han dejado de existir. Se dio media vuelta y observó el grupo de jóvenes de donde había surgido tan singular afirmación. Cinco jóvenes negros discutían acaloradamente ante la escalinata de entrada a uno de esos típicos edificios del barrio de tres o cuatro pisos de ladrillo inglés, mientras los humos ácidos de la marihuana ascendían por la chimenea de su corro fraterno. (Knickerbocker Avenue, 157 de Brooklyn, 20:56 hrs.)
Se detuvo y dio un paso atrás. Nadie en su sano juicio habría hecho lo que entonces hizo él.
--¿Cuál es la “verdadera realidad”, amigos?...—les preguntó a bocajarro.
Los jóvenes, que acostumbraban a reunirse en ese lugar para compartir sus vicisitudes y sus estimulantes, enmudecieron y se quedaron perplejos. Sin embargo, uno de ellos que, evidentemente hacía las veces de líder, se echó con decisión la mano al bolsillo y, sin sacarla de allí, se aproximó amenazadoramente a Ildefonso. Otro de ellos, al observar el clergyman de Ildefonso lo retuvo de un brazo, se le acercó y le susurró algo al oído. Éste le devolvió una mirada sorprendida, se volvió a Ildefonso, lo miró de arriba abajo, y luego hizo un gesto con la cabeza al grupo, el cual rápidamente se dispersó en diferentes direcciones. Ildefonso se los quedó mirando; recién entonces comprendió su conducta desafortunada. Siguió reflexivamente en su caminata, clavando la mirada en sus pies, sin poder sacarse de la cabeza la frase que había escuchado.
Cuando abrió la puerta de su departamento y entró al vestíbulo, se volvió hacia el espejo ovalado que reflejó su imagen. Se desconoció a sí mismo. Pasó ambas manos por su pecho, por su cuello, por su espalda. Al verse y, en seguida, al palparse, se estremeció; una sensación de temor y frío le erizó la piel.
--¡Ildefonso Delenikas Tatay!—dijo en voz alta y lentamente.
Desde el departamento de al lado escuchó un grito de mujer y un portazo, pero le pareció que todo aquello se alejaba a gran velocidad hacia el horizonte decreciente de la realidad. La verdadera realidad, repitió para sí. Una intensa sensación de que él mismo se disolvía, se desintegraba, se transformaba en otro ser, junto con las cosas, con sus categorías, con sus significados y esencias, se le hacía más y más presente, continuo, intenso, inquietante.
--¡La locura!...—exclamó en voz alta, casi en un grito agudo.
Se tomó la cabeza con ambas manos.
--¡Dios!... ¡Mi Dios!... –gimió, volviendo a mirarse en el espejo.
Dudar de sí mismo, dejar de ser el mismo, también acarreaba la consecuencia de dudar de Dios, de alejarse de Dios; o, tal vez, era justo Dios el que causaba su propia disolución para manifestar una dimensión de sí todavía NO CONOCIDA… Como un acto reflejo se animó a sí mismo en la voluntad y necesidad de encontrarse con el arzobispo Samuel Bisschop. No conocía a nadie que pudiese confrontarlo mejor consigo mismo. Algún Cristo interior, profundamente suyo, necesitaba dar la última batalla para renacer o, definitivamente, morir dolorosamente para avanzar en un inesperado ADELANTE. Levantó la mirada hacia una muralla lateral pintada con óleo blanco desde donde pendía un antiguo reloj de pared… Solón  Vitrubsky llegará en siete minutos más… Hacía inmensos esfuerzos para tratar de contradecir y olvidar a Senghor, no porque en realidad quisiese negar y olvidar a Senghor, sino porque algo superior en su fuero interno le hacía saber que precisamente así este ser maravilloso, este taumaturgo de aspecto humano debía acabar venciéndolo y ganándolo por completo. ¿No había sido precisamente de esta manera como Cristo había ganado a cada converso para sí?... ¿No había sido precisamente de esta manera como el Cristo había dejado de ser meramente Jesús, sólo el primogénito de José y María? Las resistencias síquicas internas y externas son el mecanismo trascendental que nos facilita la generación de profundas y superiores energías opositivas para impulsar el salto transfigurador de nosotros mismos, aunque no siempre podamos generar la fuerza suficiente para producir el CAMBIO. En este último caso, simplemente sucumbimos en las dinámicas del pasado, hasta una próxima oportunidad existencial. Ildefonso hasta ahora iba adelante, y concitaba una energía excepcionalmente transformadora…
Le pareció escuchar un sonido sibilante, como si una serpiente amenazase a su presa. Se dio media vuelta y miró al suelo, a lo largo del pasillo. Al fondo, a los pies de la puerta de entrada creyó ver el movimiento furtivo de la cola de una cobra que escapaba hacia un rincón. Fue hasta la cocina, tomó el palo de un escobillón, y se dirigió con cautela hacia la entrada. No vio la serpiente, pero en cambio se encontró tirado en el suelo un sobre de color ocre y de tamaño mediano. Lo levantó con una sensación de inquietud. Volvió a mirar por los alrededores, pero al no percibir nada semejante a una serpiente, se concentró en el sobre que, ya sobre sus manos, se evidenciaba sin ninguna seña ni escritura que pudiera darle luz acerca de su contenido. Volvió a la cocina para devolver el escobillón y coger un cuchillo, con el que abrió el sobre. Primero miró al interior; distinguió una hoja y nada más. La sacó del sobre y se encontró con la fotocopia de una foto en blanco y negro. El sonido repentino de la chicharra del timbre lo sobresaltó. Volvió a arrojar una rápida mirada sobre la foto. Se trataba del rostro de una mujer que no conocía. La devolvió al sobre mientras caminaba hacia la puerta. Aunque no acostumbraba a hacerlo, esta vez acercó su pupila al ojo de la puerta. Se retiró hacia atrás casi de un salto. Alguien o algo estaba bloqueando la lente desde el otro lado.
--¿Quién es?—preguntó, alzando la voz y con cierto recelo.
Después de esperar en vano durante unos quince segundos, volvió a repetir la pregunta. Esta vez creyó escuchar un murmullo del otro lado. Acercó un poco el oído cerca de la juntura de la puerta y repitió la pregunta esta vez en voz baja.
--¡Soy Solón!...—escuchó un susurro del otro lado.
Dudó, desconfió, vaciló… Al mismo tiempo se alarmó de sentirlo, pues nunca se había identificado con tales sentimientos como ahora le acontecía. En respuesta a esta evidencia, giró con decisión la manilla y abrió la puerta. Efectivamente ante el vano se encontraba Solón, aunque le resultó extraño reconocerlo escondido tras unos grandes anteojos oscuros, un sombrero alón bien calado hasta las cejas y una barba tupida que no le conocía.
--¿Solón?...—preguntó igualmente.
Su amigo entró apresuradamente, cerró la puerta tras de sí y, haciendo un gesto de silencio con el índice verticalmente sobre sus labios, lo cogió de un brazo y se lo llevó al interior del departamento.
--¿Qué pasa?... ¿Por qué tanto misterio?...—preguntó Ildefonso.
--¡Ya no sé si estamos seguros aquí o en cualquier otra parte!...—respondió Solón, haciendo rotar su vista por el entorno.
Ildefonso experimentó entonces esa singular sensación de déjà vu que lo acompañaba con frecuencia. Miró el sobre que aún apretaba entre sus manos. Solón se lo quedó observando inquisitivamente y preguntó:
--¿Qué llevas ahí?...
--¿No…?—iba a agregar ¿lo dejaste tú?, pero se detuvo.
En cambio, con un gesto casi maquinal abrió el sobre, extrajo la foto y se la extendió a su amigo. Solón la observó apretando las cejas. Tuvo por un momento un resplandor de sorpresa, pero pronto su vista se insegurizó; levantó la vista hacia Ildefonso y preguntó:
--¿Quién es?...
--¡Esperaba que tú me pudieses dar luces sobre esto!...
Como respuesta Solón se metió la mano en un bolsillo interior de su abrigo, sacó una pequeña bolsa de plástico y, desde dentro de ella, extrajo un papel doblado, que extendió a su amigo. Ildefonso lo abrió con curiosidad; se encontró con unas letras angulosas y gruesas: ILDEFONSO DELENIKAS TATAY, S.J… Éste levantó extrañado sus ojos hasta los ojos de su amigo y preguntó:
--¿Qué es esto?...
-- Un contacto, cuya identidad por ahora no te puedo revelar me hizo llegar este papel… Fue encontrado en un bolsillo del cuerpo atropellado y sin vida del Dr. John E. Mack… psiquiatra, en Londres… Hace 14 años…
Solón se quedó observando las expresiones de Ildefonso, como si quisiese leer más allá de lo que el mismo Ildefonso pudiese querer decirle.
--¡Jamás había tenido noticias de este señor!... ¿Cómo es posible?...
--¡Hummm!, lo sospechaba…--murmuró Solón como para sí.-- ¡Bien!... Ahora tenemos una foto y un mensaje de un muerto casi de otro siglo que no podemos explicar…
Lanzó una risita nerviosa.
--¿Tienes whisky?...
--¡No!... O tal vez sí…
Ildefonso se dirigió a la cocina seguido por su amigo; abrió el refrigerador y se encontró en un rincón los restos líquidos y pardos de una botella de whisky que hacía dos meses había dejado abandonada el arrendatario anterior.
--¡Vaya, qué suerte!...—exclamó Iledfonso, con expresión de sorpresa.
Le sirvió en un vaso buena parte del contenido, y a sí mismo, un vaso con agua y hielo. Ambos se quedaron en silencio, reflexionando. Luego Ildefonso lo condujo a su despacho y, sentados unos junto a otro en el pequeño espacio alumbrado por una lámpara de pie, se miraron nuevamente a los ojos.
--¿Qué sabes de ese psiquiatra Mack?—preguntó Ildefonso.--¿Por qué podría haber guardado un papel con mi nombre?...
--Bien, partamos por ahí…
Solón le contó primero cuanto sabía de su vida personal y académica, para luego concentrarse en su trabajo de investigación relativo a abducciones y extraterrestres. Este tema nunca había sido de interés para Ildefonso; cada vez que había escuchado hablar sobre él, incluso de boca de su mismo amigo Vitrubsky, lo había dejado indiferente y ajeno.
--Su muerte ha dado harto que hablar a los conspiracionistas…
Solón le dio un informe rápido y somero de esas teorías. Lágrimas comenzaron a caer por la cara de Ildefonso, sin comprender él mismo lo que le ocurría.
--Hay muchísimas personas, en realidad casi todas, --continuó Solón sin percatarse de lo que ocurría con Ildefonso-- que, en relación con el tema de los OVNIS y extraterrestres, estudian seriamente, investigan acuciosamente, manejan información clasificada y de primera fuente, son exaltados por la comunidad científica y validados como autoridades en el tema, e incluso invierten y reciben más dólares que lo que cualquier persona gana en toda su vida, pero que lo realizan simplemente desde la misma posición y experiencia de un humano que se involucra con lo que ocurre en una estrella que dista 3 billones de años luz de donde se encuentra, sólo a través de su “poderoso” y sofisticado telescopio… Pero, precisamente, John Edward Mack NO era uno de esos tantos… Ahora, yo te pregunto a ti, Ildefonso, ¿por qué crees tú que un hombre como John Mack guardaba tu nombre de esta manera al momento de morir?...
Ildefonso se quedó cavilando con la mirada en el suelo. De inmediato se le vino a la memoria Senghor Cisse Aubert, pero, al mismo tiempo, la carita angustiada del pequeño Valentín que le imploraba: ¡Quiero pipí!... Entonces volvió a experimentar ese resplandor y ese estruendo horrorosos que habían cambiado su vida para siempre…
--¿Te sientes bien?—le preguntó Solón.
--¡Sí!... ¡Sí!... Sólo que … me he acordado de algo.
Después de una pausa, continuó:
--Creo que sé quién me podría dar alguna pista de esto…
--¿Quién?...
Ildefonso levantó la mirada y clavó sus ojos inquisitivos en Solón.
--Por ahora tampoco yo puedo darte nombres…
Ildefonso trató de convencer y tranquilizar a su amigo de que pronto le daría una información más precisa, pero que antes tendría que esperar que se contactase con cierta persona. Solón se despidió de su amigo, nuevamente bajando la voz:
--¡Sé cauto, amigo mío!... Estamos siendo observados y vigilados…
Ildefonso abrazó a Solón y, asintiendo con la cabeza, lo dejó ir. Al cerrar la puerta a su espalda volvió a recordar aquella frase:  Existe un solo refugio cuando uno descubre la verdadera realidad: la locura.







CAPÍTULO X

“[…] veían el destacamento de trabajo de los internos pasando por las calles bajo vigilancia y, en algunos casos, a las SS comportarse brutalmente incluso con la gente del pueblo. Cuando se les preguntó si se habían dado cuenta de que en los últimos 3 meses antes de la liberación 13.000 hombres habían perdido la vida a un tiro de piedra de donde vivía la gente, alegaron que estaban conmocionados y sorprendidos.”
William Cooper, He aquí un caballo pálido, p.103.


174 Eagar Street, Arizona. (11:15 a.m.) 5 de noviembre de 2001. Después de consultar la hora en el panel del vehículo, Raimundo López, oficial de policía, le hace con la cabeza una seña afirmativa a su compañero. Éste coge una radio portátil y se comunica con alguien que escucha al otro lado:
--La nave encalló a medianoche…
Entonces el agente López gira al máximo la perilla del volumen de la radio estéreo del vehículo particular en el que se encuentran aparcados junto a las vallas de un terreno de pastos agrícolas. El sonido de la música es ensordecedor… William Cooper, que viene aproximándose en su jeep Lupifor D-200 a la entrada de su casa, lanza una exclamación de rabia. Mira hacia lo alto de la pendiente y avizora el automóvil que con su ruido desaforado asfixia el vecindario. Enfila hacia lo alto de la ruta, pero se detiene bruscamente a unos cincuenta metros del vehículo. Se baja de él, da algunos pasos adelante, se detiene, gira su cabeza en sentido contrario y distingue un automóvil particular que avanza lentamente desde la esquina, más allá de su casa. Regresa a su jeep, abre la cajuela frente al copiloto y extrae un revólver. Los agentes del automóvil estacionado en la colina descienden y avanzan hacia Bill (como le dicen sus amigos a William). El oficial López levanta en su mano izquierda la orden de aprehensión para que Bill la vea claramente. De fondo, llenándolo todo, Wasted Years de Iron Maiden electriza el aire azul del mediodía de una forma que nadie puede ver.
--¡¡¡Juré que jamás me dejaría devorar por el Anticristo!!!...
Mientras gritaba esto, Bill sacó el revólver que había escondido en un bolsillo de su cortaviento. Apuntó rápida, cuidadosamente, y disparó. El oficial López se desplomó al suelo herido en la cabeza. El otro agente sacó de su cartuchera la pistola de 9 mm. y disparó repetidamente al pecho de Bill. William Cooper cayó pesadamente al suelo, muerto dentro de un charco de sangre… Éste era el mismo William Cooper que varios meses antes había anunciado –gracias a sus privilegiados contactos dentro de los sistemas de “Inteligencia” -- que las Torres Gemelas del World Trade Center iban a ser blanco de una de las más desastrosas conspiraciones de la modernidad…


Invertir en una buena arma y estar de pie en el porche con el arma en la mano cuando vengan a visitaros.[…] Es hora de ponerse en pie con un arma y gritar, "¡BASTA!" Es el momento de trazar la línea. Es el momento de tomar decisiones y llevarlas a cabo. Es hora de resistir a cualquier y todos los costos. El castigo por no hacerlo es la esclavitud.[18]

Desde el momento que Solón Vitrubsky ya no era una presencia de este lado de la puerta, Ildefonso pensó primero que era su mente la que debía enloquecer, la que debía ajustarse a la realidad, la que debía tomar el control para seguir adelante en la superación de sí misma, pero también de lo que se manifestaba como la realidad; aunque enloquecer era por definición PERDERSE A SÍ MISMO… S.J., Societas Jesu… Compañía de Jesús. JESÚS: ya se le había insinuado hacia donde seguir con su transfiguración. SU Jesús era quizás tan herético (y tan poderoso) como el Jesús de los templarios. Pero la SOCIETAS estaba aún por descubrir. Ya no le cabía duda de que ELLOS se movían detrás de todo esto, pero se cuidaban bien de no ser alcanzados por NADIE.
Ildefonso cae de rodillas, se arranca de un tirón el crucifijo de plata que cuelga de su cuello y lo aprieta entre sus palmas, ante su boca. Luego exhala con un gemido:
--¡Señor!... ¡Señor!... ¡Tú diste ya una vez tu vida por toda la Humanidad!... ¡No nos puedes abandonar en esta horrible HORA DE HUMANIDAD!... ¡Aunque tengas que dar ahora y siempre TU VIDA, SEÑOR JESÚS!...
Por un rato experimentó la sensación de que su alma se agrandaba como los círculos de una piedra en el agua, agregando a millones y millones de seres humanos en su misma súplica, cada uno con su propia angustia, cada uno con su propia necesidad. Estuvo a punto de desvanecerse de impresión y dolor, pero apoyó la palma de su mano sobre el suelo y la frente sobre el dorso de la misma mano. En medio de los vertiginosos resplandores de su alma, ascendió como una llamarada el rostro inquieto de Darinka van der Leeuwen, la hermosa joven a la que hacía años había guiado en los ejercicios ignacianos, pero con la misma prisa fue desplazada por la mirada penetrante e hipnótica de Senghor que se le hizo viva delante, como a cinco centímetros de su cara, pero sin abrir sus ojos.
--¡SENGHOR JESÚS!...—exclamó, con una explosión de lágrimas.
Se dejó caer a lo largo sobre el suelo, apoyó su mejilla contra el piso helado y comenzó a llorar con fuertes sollozos, como nunca lo había hecho… ¿Era Senghor realmente su nuevo Jesús? Su profundo llanto-sentimiento manaba desde las zonas oscuras y vitales del ininterrumpido abandono existencial, lo mismo que del milagro repentino, supraconciente, agradecido, de tanto amor divino inmerecido y sobrecogedoramente total. Aquello no era precisamente lógico, pero estaba allí en él, del modo que siempre lo había estado… Las ideas –o algo así—borboteaban en su interior como burbujas de lava, si bien un espíritu sabio se movía por encima de todo, al que se iba entregando poco a poco, gradualmente, no porque le inspirase alguna desconfianza o temor, sino simplemente porque él mismo no poseía naturalmente las facultades para fundirse con ÉL. Lo que otro, con un sentido de normal y necesaria sensatez habría instintiva y racionalmente evitado y descalificado, Ildefonso intentaba alimentarlo y protegerlo, porque su incipiente LOCURA debía ser mimada y sostenida voluntariamente para que la absorbente inmediatez del universo y de su propia genética normalidad no la “curasen”… En esto, su amigo Senghor lo guiaba con paso seguro.
Se incorporó y caminó hasta su despacho. Evitaba al máximo todo recurso tecnológico, pero no tenía otra opción para comunicarse con él. Encendió el computador, abrió su mail y escribió:
Senghor: Necesito hablar urgente contigo”… Se detuvo, contempló la pantalla durante unos segundos, y decidió acabar ahí. Presionó Enviar y apagó de inmediato el aparato. Giró el sillón para ponerse de pie, pero una sensación acuciante lo mantuvo pegado al asiento. Volvió a encender el equipo, abrió nuevamente su mail y, ¡zaz!, delante de él la respuesta inmediata de Senghor:
Mañana a las seis a.m. en el paso peatonal del puente Brooklyn
Ildefonso dio un respingo de sorpresa. Advirtió que Senghor no estaba al otro lado de un computador, en otro lejano terminal –incluso en otro país, y hasta en otro mundo--, sino que estaba ahí mismo, con él, observándolo, percibiéndolo, viviéndolo: un SER omnisciente que acaba arrastrándote inexorablemente también a ti dentro de su infinito PODER. Si esto mismo le hubiese ocurrido sólo cinco años atrás, se hubiera quedado perplejo y escéptico, para olvidarlo pronto en una precoz indiferencia. Pero ahora –siempre desde ahora-- le era ya la aurora boreal de su propia realidad. Se sintió alegre; lanzó una sonora carcajada. Avanzaba… si puede llamarse así a retroceder hasta los inicios. Había visto tanta humanidad creyente, tantos católicos que creían como también él había creído; tantos crueles y malvados, tantos comunes y corrientes que se sostenían desde cualquier creencia, incluso desde la negación de toda creencia; tantos victimarios, tantas víctimas, con cualquier apellido y color… cada uno creyendo en LO SUYO. Tantos puros, limpios, espirituales, buenos, santos, satisfechos… sostenidos en su propia creencia, o en las de quienes creían a favor de ellos. Ahí los veía como esos centelleos que duran sólo un instante en el vaivén de las aguas que pasan y pasan bajo un sol tan alto, tan alto para ellos, que apenas reflejan un instante móvil esa GRANDEZA, y perecen por el empuje de otras y otras oscuras e invisibles aguas. ¿Cuántos (pocos) de ellos lograban primero reconocer que SU resplandor no provenía de ellos mismos, sino del SOL?... ¿Cuántos (más pocos) de ellos lograban desestructurarse a sí mismos para comenzar a aprender a elevarse por medio del rayo que diariamente cae, hacia el-rayo-que-sube al SOL?...
No bien una forma de realidad –sea cual sea la forma que tome-- se manifiesta muy, muy poderosa y fuerte, entonces todo LO DEMÁS de la realidad (en el entono humano) se subordina y se organiza en torno a ELLA. Así concluyó Ildefonso, y se fue a dormir con una sensación de apacible confianza.
¿Podría ser el mundo de los sueños, EL ENSUEÑO, una zona menos absoluta y perfecta para quien ha ido realmente MÁS ALLÁ, comparada con este Universo hipócrita, ficticio y mañoso que nos propone un orden científico-matemático, y esta realidad que se impone evidente, cerrada y definitiva, mientras nos experimentamos “despiertos” y “concientes”, AQUÍ y AHORA?... Por ello, dejemos por el momento respetuosa y sagradamente silenciados los extraordinarios sueños que esta misma noche vivió con inusitada intensidad Ildefonso, para acompañarlo en su despertar justo a las 5:30 hrs., atento al canto de un gallo absoluto en alguna granja velada, presente.
La cosa va bien, pensó. Su mente continuaba disparando fogonazos de realidad, cargamentos de sentido como estrellas fugaces que, aunque duran sólo un instante brillando, se eternizan en un antes y en un después por el sólo hecho de haber existido presentes. ¿Era la misma presencia que durante la noche se le había plantado delante de la cama, en silencio, primero misteriosamente oscura, muy alta, para luego estallar en infinitos resplandores de los más intensos e inagotables pixeles y tonos?... Era de seguro el mismo estallido de luces de esencias de vida que ahora despierto experimentaba su mente, y que Ildefonso dejaba fluir acomodando cada vez su conciencia y su mente al devenir de este sobrecogedor portento.
Al abrir la puerta vidriera de entrada del edificio un golpe de frío intenso lo sacudió. Estaba oscuro y con ramalazos de tintes grises a causa de la húmeda y espesa niebla. Sonrió, aunque sabía que entidades malignas se parapetaban detrás de la oscuridad y la negación. Él se encontraba ya conciente sobre el tablero del juego; jugaba dentro de las blancas, y, por más que sucumbiese ante la voluntad de las negras, su paz estaba en el amor eterno del dueño que LO MOVÍA, y por el cual estaba dispuesto a morir… incluso JUNTO CON ÉL. Las calles estaban vacías. Sólo cuando ya enfilaba por la avenida principal una pareja pasó por su lado; avanzaban con cierta torpeza, abrazados, y reían. Ildefonso no pudo ver sus ojos, pero le pareció que un cierto fulgor salía de sus caras. Se dieron vuelta para mirarlo, mientras se decían cosas al oído, lo cual, sin duda, hacía acrecentar sus risas. No bien se los engulló la niebla, sus voces dejaron de escucharse. A lo lejos percibió el ladrido ronco de un perro y la sirena de un vapor que parecían quejarse de temor y frío. Al llegar al puente se detuvo para mirar hacia todos lados, pero la oscuridad y la espesa niebla no le permitían ver más allá de un metro, excepto la farola cercana que se erguía como un delgado fantasma que observaba el vacío con su único y pálido ojo. Por un momento caviló si llamar en voz alta a Senghor, pero una sensación inusual lo contuvo: se sentía observado… Ya no buscaba explicaciones, como en otros tiempos más racionales. Simplemente se arrebujó dentro de su abrigo y se sentó en el banco que alumbraba la farola fantasma. Se quedó en silencio, auscultando sonidos internos subsumidos en su neblina interior. Ya no le cabía duda alguna de que existían lenguajes sutiles, mágicos, infinitos, que se comunicaban entre sí sin que ningún humano pudiese oírlos; hacía esfuerzos para percibirlos, pero se le escapaban como diminutos soplos helados alrededor de sus orejas.
No supo cómo ni cuándo, pero de pronto atisbó un bulto a su lado. Giró la cabeza y se encontró con la mirada luminosa y extraña de Senghor.
--¿Eres tú?...—le preguntó.
--¡Por supuesto que soy yo!... ¿Esperabas a alguien más?—soltó una risita.
--¡Bueno, qué menos me podía esperar de ti!... ¡Mira el lugarcito donde me has traído!—también rió Ildefonso.
Senghor se puso serio abruptamente y preguntó:
--¿Qué ocurre, amigo?...
Ildefonso primero pensó en hablarle de la misteriosa foto, pero habló de otra cosa más acuciante.
--¿Es posible que me estén siguiendo?... ¿Tienes tú la impresión de que te observan y vigilan?...
--¡Es un hecho!
--¿Qué?... ¿Qué quieres decir con eso?
--Que nos observan y vigilan, a ti y a mí…
--¿Quiénes?
--¡No lo sé!
--¿Estamos en peligro?... ¿Por qué nos vigilan?
--¡No lo sé!... Por ahora no corremos peligro.
Sin mayor razón Ildefonso se sintió tranquilo con la respuesta de Senghor. Comenzó a sentir frío y a tiritar.
--¿Para qué me llamaste?—preguntó Senghor.
Ildefonso apretó el abrigo alrededor de su cuerpo y se frotó las manos. Luego le narró la visita de Solón Vitrubsky, la persona y muerte de John E. Mack, y la misteriosa esquela con su nombre.
--Me vino muy fuerte la sensación de que tú tenías algo que decirme sobre esto.
--¡Es posible!... ¡Es posible!—repitió Senghor, mientras se ponía de pie—Debo irme ahora.
--¿Cómo?... ¿No vas a decirme nada?... ¿Ya te vas?
--Quiero presentarte a alguien que te dará varias respuestas… Por ahora no me preguntes más. A la larga vas a entenderlo todo.
--¿Podrías al menos darme un número de teléfono o algún lugar donde encontrarte?
--¡No!... Estaré cerca de ti… ¡No te preocupes!... ¡Hay cosas misteriosas y extrañas, lo sé, pero debes confiar en mí!... Por ahora…
Senghor se abalanzó sobre Ildefonso y le dio un fuerte abrazo. Luego se dio media vuelta y partió hacia la niebla. Unos pasos más adelante se detuvo, giró hacia Ildefonso que continuaba mirándolo como embobado, y dijo con una curiosa entonación:
--Te acordarás de mí… Muy pronto te acordarás de mí…









CAPÍTULO XI



Si los hechos se abalanzan sobre ti y te apuran, te amenazan o presionan, el andamiaje de tu conciencia homínida te activará automáticamente la corteza frontal del cerebro y el sistema límbico: razón antropoide y emoción reptiliana… De esta manera estimulado, Ildefonso devolvía sus pasos hacia su hogar. Inquieto y reflexivo, por momentos apuraba el paso, por momentos lo retardaba observando de reojo, a través de la niebla. Nunca antes había puesto tanta atención sobre sí mismo; al menos, nunca con todas sus facultades volcadas hacia la autopercepción, y, además, con la autorreflexión como un estado de conciencia asociado a su natural estado de conciencia y de mente. A causa de este proceso no pocos caracteres suyos habían caído en desuso, o simplemente se habían debilitado tanto que no manifestaban existir. Con el volcán de su mente en plena erupción y movimiento bajó la vista inquieta sobre el suelo, y se encontró con un objeto singular. Un diario, evidentemente del día, pero doblado. No era en absoluto lector de periódicos ni devorador de noticias, pues prefería enterarse de los hechos del mundo con los parroquianos, conocidos y amigos que frecuentaba; sin embargo, esta vez le resultó particularmente significativa la situación, por lo que se inclinó hasta el suelo y lo recogió. Buscó un farol cercano y se acercó ansioso de luz. Leyó los grandes titulares de la primera plana, pero nada nuevo le llamó especialmente la atención. Abrió luego la primera hoja; se encontró delante de una imagen que le hizo cerrar rápidamente el periódico y otear nerviosamente por los alrededores. Volvió a abrir el diario en la misma página y se quedó esta vez contemplando tembloroso el titular de la noticia, pero sobre todo la imagen. Se informaba el horroroso crimen de una joven mujer, cuya foto coincidía exactamente con la que había recibido en un sobre la noche anterior. Se acordó de Senghor y de las últimas palabras de Senghor… ¿Se refería a esto? ¿Y si lo sabía, cómo lo sabía?... ¿Si lo sabía, por qué no me lo dijo? ¿O sólo estoy forzando una correlación?... Al instante una voz interior replicaba, a veces con palabras, a veces sin ellas.
Tranquilo, los hechos tienen una razón de ser, aunque tú no los comprendas. Siempre están ahí. No trates de devanarte los sesos tratando de descubrir una verdad que no está a tu alcance. Por ahora, observa, observa atentamente a tu alrededor. Descubrirás muchas puertas y pasillos falsos, y sólo algunos pocos portales verdaderos para ti.
Había comenzado a clarear y la niebla perdía densidad, aunque se mantenía inquieta ahí delante. Volvió a abrir el periódico mientras seguía caminando hacia su departamento. Alcanzó a leer la primera línea: “Brutalmente torturada, violada y degollada en lo que parece ser un desconocido rito satánico…”, pero tropezó con dos féminas jóvenes que caminaban en sentido contrario, concentradas ambas en la imagen de un teléfono celular. Una de ellas lanzó un grito, el aparato electrónico cayó al suelo, e Ildefonso, tratando de auxiliarlas y perdiendo al mismo tiempo el equilibrio, dejó caer como un reguero las hojas del periódico, quedándose sólo con la hoja arrugada de la portada entre sus manos. Mientras se deshacía en disculpas y trataba de ordenar la situación, miró a las mujeres; se quedó perplejo al reconocer en una de ellas a Darinka van der Leeuwen. Darinka, por su parte, experimentó una sorpresa similar a la de Ildefonso. Ambos se quedaron mirando a los ojos por varios segundos. A Darinka se le llenaron los ojos de lágrimas; a Ildefonso comenzaron a temblarle las manos y su rostro palideció. La otra joven comenzó a recoger silenciosamente las hojas del periódico repartidas por el suelo sin dejar de mirar extrañada a una y a otro.
--¡Darinka!—acabó diciendo Ildefonso, con la voz cargada de emoción.
--¿Recuerdas mi nombre?—respondió la joven, tomando aplomo y endureciendo un poco el ceño.
--¡Por supuesto!... ¿Cómo no iba a acordarme de ti?...
--Han pasado varios años… ¿Unos cinco?...
--Sí… puede ser…
--¡Hola!—intervino la otra joven—Soy Elizabeth…
--¡Hola!... Ildefonso… Es un gusto conocerte, Elizabeth.
La joven sonrió como respuesta.
--¿Qué haces aquí?—volvió a dirigirse a Darinka, mientras se ponía bajo el brazo el montón de papeles que Elizabeth le había devuelto.
--Vamos a la Universidad. Estoy haciendo un postgrado en Letras… ¿Y tú?...
--Yo… (¡Tamaña coincidencia!) Estoy… investigando…--Se detuvo, pues no supo cómo continuar.
--¿Tú, investigando?... ¿Y tu misión con los niños abandonados, las guerras y todo eso?...
--¡Perdón!... ¡Perdón! ---interrumpió Elizabeth, poniendo las manos juntas ante su boca—Es que tenemos un examen ahora, ¿verdad Darinka?...
--¡Oh, sí, sí!... ¡Vamos!...
--¡Espera!... ¡Quiero hablar contigo!... ¿Puedes hoy en la tarde?...
Darinka miró a los ojos de Ildefonso y vio en ellos algo especial que la llevó a responder:
--¡No!... Hoy no puedo, pero si tú puedes mañana, a eso de las seis de la tarde…
--¡Sí, por supuesto!... Dame tu número de teléfono…
Ildefonso se tocó los bolsillos una y otra vez, pero no encontró su celular.
--¡No importa! –exclamó—Dímelo, me lo aprenderé de memoria...
Darinka sonrió con cierta malicia y se lo recitó dos veces. Ella tenía lápiz y papel, pero no quiso facilitárselo. Elizabeth no dejaba de observarlos, estudiando cada gesto de una y otro para tratar de sacar sus propias conclusiones.
--¡Bien, te llamaré!... --dijo en voz alta, mientras las jóvenes se alejaban, riéndose cómplices y a escondidas.
¿Cómo debía reaccionar ahora, y a QUÉ?... Los hechos extraordinarios, significativos, insinuantes se sucedían con tanta rapidez que no alcanzaba a procesarlos ni asumirlos más que un instante con su limitada conciencia y mente naturales. Apenas comenzaba a reaccionar intensamente a uno, ya venía otro a desafiarlo con la misma vehemencia que el anterior; más aún, tantos otros parecían reanimarse y converger espontáneamente desde la memoria lejana (y futura), pero eran abortados prontamente. No obstante, una vez más en medio de este caos creciente, el mismo SABIO interior volvía a abrirse paso y actuaba en él como un centro o un eje catalizador:
Observa y fluye con esta misma conciencia que ahora advierte tus limitaciones. Observa serenamente como esta mera autoconciencia de tus incapacidades fluye sutilmente hacia la superación gradual y progresiva de esas mismas incapacidades… Observa también, más allá, como tu propia conciencia y tus propios procesos mentales podrían obstaculizar este flujo sutil… Acabarás descubriendo y comprendiendo como co-construyes y como destruyes en tus planos sutiles de conciencia.
Su memoria operativa dio entonces un pequeño salto hacia atrás y recordó la escena en su departamento cuando se le apareció vivamente el rostro de Darinka y, en seguida, el de Senghor. Ya no era una mera sospecha, de esas que se vienen a la conciencia como volutas de humo que se disipan al momento siguiente. Ya no era el ladrillo que se apega al ladrillo del lado para formar la hilera de una misma línea de construcción. Había la mente profunda completado el trabajo horizontal y ahora, con una forma nueva ya acabada y configurada, le correspondía el salto de nivel, hacia arriba, para comenzar ladrillo tras ladrillo (de nuevo en la horizontal) una figura futura todavía increada. Había logrado un salto de nivel, es decir, un salto de conciencia; una nueva forma de conciencia que le permitía ya ser un poco menos constructor inconciente y pasivo (en esta línea de realidad), es decir, hacia un agente de neo-realidad conciente. Ahora podía convocar y facilitar conciente y voluntariamente el acceso de ciertas formas sincrónicas de realidad. Entonces, se dijo a sí mismo, convocaré intencionalmente a mi realidad la presencia del abad Kumonar Ligetto… 
¿Por qué precisamente a él y no a otros más cercanos y significativos?... Lo explicaremos en breve. En paralelo, se había propuesto esperar hasta llegar a su departamento para leer y centrar su atención en el tema de la mujer asesinada. Darinka y Senghor, por su parte, estaban en la inminencia de lo mismo, de un presente que se desenvolvía complejamente, pero que por el momento no requería de la misma concentrada atención de lo otro, pues –se le hacía saber-- iban a aparecer por sí solos en el instante preciso. A poco más de una cuadra del 157 de la Knickerbocker Avenue, Ildefonso observó que, en uno tras otro de los siguientes tres edificios ante los que avanzaba a derecha y a izquierda entre ramalazos de humedad y de niebla, se abría una cortina o una persiana y alguien se lo quedaba observando detrás de un visillo. Se mostraban y se escondían. Solón, Senghor, Bill Cooper, John F. Kennedy, Edward Snowden, tantos más, lo habían dicho: “Te están vigilando y ni siquiera te das cuenta”… Entonces Ildefonso comprendió por primera vez ALGO de lo que aquello implicaba. De inmediato se entristeció, TEMIÓ, y, por esta misma causa, una poderosa onda reactiva (de origen desconocido) lo fortaleció a sí mismo… ¡NO ESTÁS SOLO!...
Subió la escala hasta el tercer piso. Al llegar al descanso miró hacia adelante; se sorprendió al observar que la puerta de su departamento se encontraba abierta hasta atrás. Con el apuro no la he cerrado bien, se justificó tranquilizadoramente. Miró hacia el interior de su habitación; al final del pasillo que terminaba en una pared con una pequeña ventana divisó en la penumbra una vez más el deslizamiento ondulante de una serpiente, si bien esta vez distinguió un cuerpo voluminoso con piel escamosa y verde que se contoneaba veloz hacia el exterior por el espacio de la ventana entreabierta y el marco de la misma. ¡Ahí está!... ¡Lo puedo empezar a ver!...
Cerró la puerta tras de sí, recorrió pieza tras pieza el departamento, mientras invocaba la presencia de Cristo y sus ángeles protectores. No necesitaba ya más rito que una sola acción significativa de conciencia. Nada… Todo estaba en orden, o al menos así lo parecía. Se encaminó hacia el despacho, después de encender un incienso en el pasillo. Se sentó en su poltrona, se caló los lentes sobre el arco de la nariz, abrió el diario y volvió a mirar la foto de la mujer. Su rostro le alcanzó una sensación de tristeza. Desde el departamento de al lado escuchó un grito de mujer y un portazo. Iba a retomar la lectura, pero su móvil comenzó a sonar con inusual fuerza. Lo cogió con desgano del escritorio; casi dio un salto de su asiento al observar que tenía dieciséis llamadas perdidas del mismo que ahora volvía a llamarlo: ¡su amigo Solón Vitrubsky!…
--¡Por Dios, Ildefonso, dónde diablos te habías metido!...
--Bueno, a decir verdad, “trabajando para usted”—bromeó, tratando de aminorar la tensión que evidenciaba su amigo y la suya propia.
--¡La foto!... ¡La mujer de la foto!... ¿Ya viste el diario?...
Ildefonso se hundió en su poltrona.
--¿Qué?... ¿Por qué me preguntas precisamente si ya vi el diario?... ¿De qué hablas?...
La voz de Vitrubsky temblaba y se cortaba con pausas:
--¡Es la… sobrina de… John E. Mack… fue asesinada!… ¡Sacrificada!...
--¿Queeeeeé?... ¿John E. Mack?... ¿Cómo es posible?...
--¡Ildefonso, no salgas por ningún motivo!... ¡Estaré en media hora en tu apartamento!...
--¡Está…bien!... ¡Te espero!...
Ildefonso se quedó con el aparato en la mano, pensando. Luego cogió el periódico y comenzó a leer la noticia. El texto era breve y con escasa información. No se informaba de la identidad de la mujer, pero sí se mencionaba con detalle que había sido torturada al colgarla desnuda desde una viga, con las piernas abiertas, amarradas a lo alto del madero, y los brazos a su vez abiertos y atados a estacas de fierro clavadas en el suelo. Había sido degollada; tres litros de su sangre fueron recibidos en una palangana de cobre, en el fondo de la cual se había encontrado un antiguo crucifijo de plata.

Sintió un frío intenso y una penosa inquietud. Se acordó de Ecacuji. Se acordó de la calabaza que había bebido con sabor a sangre en la selva ecuatoriana. Y la frase volvió a retumbar en su cabeza: “¡ILDEFONSO!, ¿POR QUÉ HAS TRASPASADO EL UMBRAL PROHIBIDO?”... Se arrodilló ahí mismo, bajó la frente hasta el suelo y comenzó a rezar como hacía mucho tiempo no lo hacía, sin razón, sin fe, a nadie en particular, pero sí buscando enardecidamente LA PRESENCIA…








CAPÍTULO XII



Pasó media hora, luego una hora, luego dos, tres, hasta que Ildefonso concluyó: No llegó… algo tiene que haberle ocurrido… A la primera hora llamó a Solón a su celular, pero no contestó. Nunca contestó, aunque sonaba llamando cada vez. Demasiado anómalo para Solón, un hombre de palabra, de propósito y de compromiso. Algo tiene que haberle ocurrido… Se le clavó en el pensamiento. Respuesta de su propio pensamiento:
Entre matarte o simplemente mantenerte adormecido, para ELLOS no hay ninguna diferencia. Ambos estados cumplen por igual el fin que a ELLOS les interesa. Pero PARA TI… la diferencia es infinita…
Se acordó de aquellos individuos que había leído por ahí que afirmaban poseer dotes mediúmnicas, los contactados, los psíquicos, los telepáticos, pero se rió de su propio pensamiento y de sí mismo. Se dio cuenta de que, al igual que todos ellos, podía desde ese mismo instante creerse y validarse como un mensajero, un interlocutor, un privilegiado, un vidente que recibía toda suerte de mensajes trascendentales, ciertos e iluminados, pero percibió que su ego se inflaba de satisfacción y fortaleza por sí mismo y ante los demás, sutilmente, ¡tan disfrazadamente!, incluso detrás de una avasalladora humildad, sumisa a la fuente de ese extraordinario saber, o de cualquier otra cosa que le permitiese esconder su exaltada soberbia y necedad. Afirmar simplemente ¡Yo sé…!, era la excrecencia más asquerosamente vanidosa que podía experimentar un ser humano… Por otra parte, ya no necesitaba tampoco dudar de sí mismo, de la validez de esos pensamientos extraños, grandilocuentes, anómalos. La duda, la incertidumbre, el razonamiento disyuntivo, imparcial, y, como consecuencia, escéptico, tan propios del hombre contemporáneo, nunca habían logrado hacer un camino, un método en él, a la manera de Descartes o de Sartre, sino morigerados y vapuleados por una pasión todavía más profunda que un mero sentimiento, se habían disuelto en una intuición, en un ESPÍRITU profundo, tan oscuro y luminoso al mismo tiempo, que seguía avanzando omnisciente y ubico, pero cada vez menos Dios
Cuando hablamos de un ELLOS, se trata para Ildefonso de un ELLOS demasiado extenso; de un ELLOS demasiado impreciso y confuso, como de quien habla de unos innumerables que viven del otro lado de un muro fronterizo. Era inevitable, pues, avanzar en el reconocimiento de aquellos ELLOS… lo que fuera que fuesen. Pensó llamar a la Policía para informar de la desaparición de Solón Vitrubsky, pero se dio cuenta ahí mismo de que la Policía no era confiable… A la Policía la percibía ya como un ente de poder que facilitaba y canalizaba cualquier voluntad de poder… ¿ELLOS se habían posesionado también de Solón? Si estaban observando y vigilando, tenían seguramente motivos para hacerlo. El primer motivo de ELLOS era evitar que se supiese más de lo evidente y de lo NORMAL. OCULTAR era su primer y más extendido movimiento y acción. Sin embargo, en un segundo nivel, adonde parecía él haber accedido, había un confuso juego entre OCULTAR y REVELAR… Entre DAÑAR y PREMIAR… ¿Estaba por verse?...
De la misma manera, AHORA le correspondía a él hacer una jugada; asumir su rol activo de JUGADOR. No podía simplemente quedarse esperando que otros le donasen pistas acerca de Solón. REVELAR y PREMIAR eran concesiones que debía asumir también, en consecuencia, como un derecho, una responsabilidad y un quehacer propios. ¡Llámame ahora ya, Senghor!, pensó y exclamó en alta voz. Antes de que transcurriese un solo segundo sonó el ring de su celular.
--¿Aló…?—estuvo a punto de agregar: “Senghor”, pero se contuvo.
--¿Ildefonso?...—escuchó como respuesta del otro lado.
--¡Sí!... ¿Quién habla?...
-- Kumonar Ligetto… ¡Kumonar Ligetto!…--repitió al no escuchar respuesta.
--¡Abad… Kumonar!... ¿Usted?...
--¡Sí, sí!... ¡Yo, hombre, por Dios!... ¿Qué le pasa?...
--¡No, nada!... es que… no me lo esperaba… O tal vez sí… ¿Cómo está usted?... ¡Tanto tiempo, abad, sin saber de usted!...
--¡Misteriosos son los caminos de Dios, Ildefonso!... Gracias a Ilya McKenzie he dado al fin con vos… Han ocurrido algunas cosas un tanto extrañas últimamente por lo que requerimos tu ayuda, hermano Ildefonso.
--¡Sí, no cabe duda!... ¡Diga, estoy para servir en lo que pueda!...
--Es mejor que no se lo exponga por teléfono… ¿Podríamos reunirnos mañana, a eso de las 9 de la mañana en el King Manor Museum, King Park
153 y Jamaica Ave?
Ildefonso se quedó recordando un momento, y luego respondió:
--¡Sí, por cierto!... Ahí estaré mañana.
--¡Bien, bien, no puede ser de otra manera, pero eso es!... ¡Nos vemos mañana, hermano Ildefonso!... ¡Que la luz del Señor nos acompañe!...
Se cumplió… Lo logré... Pero ¿hacia dónde va ahora todo esto?, pensó Ildefonso después de colgar. De inmediato se dio cuenta de que aunque él lo había decretado, incluso aunque él lo hubiese creado, no sabía desde dónde había surgido en él la motivación última de querer que el abad Ligetto lo llamase… Presentía (más aún) que lo que parecía surgir o ser creado en su mente como causa propia, en realidad escondía una causa oculta a su propia conciencia y mente. Alguien o algo me ha obligado a pensar y querer que el abad Ligetto me llamase (por ahora torpe e ingenuamente he dado en llamarlo ELLOS)… Y a él mismo, ¿quién o qué lo ha obligado a llamarme a mí?...
La única pista o indicio que podía haber detrás de la voluntad que él mismo había materializado de ser llamado por Ligetto, era que había un ELLOS que quería jugar al gato y al ratón con él, con todos, dejándose ver apenas como un halo en todo lo que estaba aconteciendo en su vida actual… ¿Querían mostrarse, u otra cosa?... ¿Y si él mismo llevaba un poco más lejos las cosas y comenzaba a ejercer su voluntad sobre el mundo, sobre los acontecimientos que estaban ocurriendo con la Humanidad?... Ya tenía varias pistas, aunque le parecían en este momento más semejantes a un reguero de pólvora… ¿Y si él mismo obligaba a estos explosivos mundiales a disolverse en una dirección positiva, y, dicho cristianamente, salvífica?... ¿Ocurriría ESTO, aunque no fuese él mismo más que un catalizador o reflejo de VOLUNTADES OCULTAS Y OMNIPOTENTES?... ¿JESÚS mismo no había sido por cierto más que un catalizador y reflejo de la VOLUNTAD DE OTROS, A QUIENES él llamaba EL PADRE?... A partir de ahora lo creía así. No era (ya lo había comprobado) una mera conjetura o realización subjetiva de su mente… ¿QUÉ ERA?... Había una gran diferencia, en todo caso, entre ser un catalizador de los acontecimientos meramente próximos, cercanos, propios del entorno físico (y de las contadas personas prójimas) dentro del cual uno se desenvuelve, que devenir catalizador –o algo así-- de los sucesos y problemas mundiales, de todos los seres humanos, de TODO UN MUNDO.
Sin saber cómo, había logrado que su mente fungiese como una suerte de antena parabólica. Todavía, en forma germinal y bastante autómata e inconciente, funcionaba conectándolo con niveles de información fuera del rango natural de los sentidos y de la misma mente. Cobraba conciencia de ello y, gracias a esto, comenzaba también a explorar intencionadamente. Podría haber dejado que su mente derivase a cualquiera de los IMPORTANTES EVENTOS que se manifestaban en pleno DESARROLLO para su propia mente. Por un instante, incluso, intuyó que había indefinido número de eventos que podían llegar a ser IMPORTANTES y hasta TRASCENDENTALES para su mente, pero que por ahora no era capaz de actualizar SINCRÓNICAMENTE (todos unificadamente). Experimentó entonces un violento insight: su mente actual, semejante al planeta Tierra 3 mil millones de años ha… ¿Había también en esos tiempos y acontecimientos INTENCIONALIDAD?... Nuevamente LA respuesta: ¡DÉJALO SER!... ¡SOLAMENTE NO BLOQUEES, NO INTERFIERAS!... ¡ACOMPAÑA!... Sea lo que sea –en todo su contenido-- eso de ACOMPAÑAR (por ahora)… ¡Solón Vitrubsky!... Él era su prioridad. Solón lo necesitaba, necesitaba su MENTE…
Respondió consecuentemente su mente con un recuerdo: Un amigo de Vitrubsky trabajaba en la Columbia University… Franz I. Bendaian, profesor de Ciencias Políticas del Orbe. Se lo había oído mencionar en más de una ocasión… ¡Iría a verlo!... ¡Estaba seguro de que lo acercaría a Vitrubsky, dondequiera que Vitrubsky en adelante estuviese!...  Más tarde, con toda precisión y coherencia, se encontraría nuevamente con el arzobispo Bisschop; era un hecho consabido que hoy lo esperaba a las 12 a.m, en su oficina de la archidiócesis del Proselinato de Rouwen, a las afueras de Brooklyn, cerca del lago mayor de Fayern Beach. No conocía a nadie más que pudiese compartirle acerca de ELLOS, si es que realmente sabía de ELLOS, y le fuese lícito hacerlo. Pero, definitivamente, ¡LA SORPRESA ERA LA REINA DE TODO!... ¡DÉJALO SER!... Incluso los niños, esos pequeños-absolutos-deberes que Darinka le había recordado, debían hacerse presentes y completarse a cada momento en su quehacer actual, siempre cercanos a su rango de CONCIENCIA PRESENTE-DESPIERTA. Pero, sobre todo, ya había superado la obsesión frenética de SALVARLOS A TODOS, de manera que por ahora simplemente LOS ABRAZABA A TODOS, disponiéndose a TODO, quienquiera que CAUSASE “TODO”[19]… (En él esto ya no era un mero constructo subjetivo y mental. Se estaba materializando consistentemente en el continuo espacio-tiempo.) Quizás ni siquiera podría salvar a Solón Vitrubsky, pero QUERÍA hacerlo…
Abrió un closet, sacó un abrigo negro de lana, se lo puso encima mientras hacía un esfuerzo adicional por disponer receptivamente su mente. Iba ya a salir a la calle cuando recordó que hacía un día que no comía nada. Caminó con cierto desgano hacia la cocina, cogió dos huevos del refrigerador, un pan bastante duro, lo abrió y dejó caer dentro de él los huevos crudos. Giró su cabeza y miró por la ventana. En frente un luminoso de neón anunciaba una bebida Cola con destellos rojos, blancos y azules. Debo tomar un vaso de leche… Pero al mirarla dentro de su vaso, no pudo diferenciarla de la sangre, por más que se veía blanca. Aun así, debía beber sangre. Les echó una pizca de sal; se comió el pan a mordiscos, cayéndose una parte de la yema y de la clara sobre el plato que había acercado a su barbilla. No tenía hambre. Desde hacía más de un año que ya no tenía hambre. Salió a la calle, miró hacia uno y otro lado, luego caminó tres cuadras hasta la parada del autobús. El mundo entero parecía girar a su alrededor, pero se había propuesto bailar su baile, no padecer su vértigo.
Frente a la imponente fachada leyó 2960 de Broadway. Preguntó en una caseta de guardia por el académico Franz I. Bendaian. Recibió indicaciones que parecían simples y accesibles dentro de un laberinto de edificios antiguos, marrones, grises, opacos, con ventanas ojivas, entrelazados como los dedos de cinco manos. Caminó por pasillos, galerías, escalas y habitáculos diversos. Por su lado pasaron cientos de caras, de cuerpos, de estudiantes, académicos y quién sabe qué más… Entre todos ellos, entre todo aquello, una línea precisa de sentido y dirección lo dirigía hacia un OBJETIVO existencial. Alguien o algo parecía encauzarlo TODO hacia esa realización; o tal vez no TODO, pero sí lo necesario de la existencia que permitiría ESA precisa realización para él. NO ERA MENOS PODEROSO QUE SU ANTIGUA CONCEPCIÓN DE DIOS, aunque Ildefonso poseía sus evidencias de que ya no era tampoco DIOS. ¿Qué tiene de diferente --¿superior?-- esta nueva experiencia comparada con mi vieja concepción de Dios?... Por un momento su piel se erizó al intuir que no era él mismo siquiera quien se preguntaba esto tan suyo, tan propio, tan auténticamente humano. Su piel se erizó con un sentimiento de insignificancia y al mismo tiempo de infinita grandeza. ¡Senghor!... Sonrió en la confirmación de ser en buena medida uno solo con él. Observó conjuntamente que su propia sonrisa, de principio a fin, era el efecto de una misteriosa comunión. ESO HABLÓ:
Ya no vuelves atrás. Sólo sigue adelante con esta mutación, gradualmente; no se detiene si tú no la bloqueas con extrañamientos de conciencia. OBSERVA… EXPERIMÉNTATE… ¿Has visto alguna vez a la luna saltarse alguna de sus diminutas y pacientes fases transicionales para alcanzar su estado apogeo de luna llena? Y aún más allá, ¿has visto siquiera detenerse por un instante la luna y el sol?... Pero no seas ingenuo, inmediatista y simplista, porque HAY INFINITAS COSAS QUE A CADA INSTANTE INTENTAN MATERIALIZARSE PARA TRATAR DE DETENER EL CURSO DE LA LUNA Y EL SOL…
Se detuvo ante la ventana de la puerta que le permitía ver el interior de la sala. Un hombre canoso hablaba sobre un estrado a unos cincuenta jóvenes; detrás de él, sobre el muro blanco, se proyectaba una gran imagen de columnas de refugiados, desplazándose abatidos, tan conocidas y personalmente dolorosas para Ildefonso.










CAPÍTULO XIII




Lo había olvidado… ¿Cómo era posible?... Ildefonso se quedó pensativo y emocionado ante la ventana del aula. Una vez más constató que sus procesos mentales se complejizaban. El paralelismo de la realidad alumbraba en él como el despuntar (primero) de un solo segundo de tiempo en medio de la eternidad. ¿Cuántas líneas de pensamiento es capaz de sostener simultáneamente una mente humana?...
Si se consideraba a sí mismo no más que un Ildefonso Delenikas Tatay la respuesta era necesariamente: un número limitado y bastante menor. Pero si se consideraba a sí mismo un hombre-Jesús, un Hijo de Dios, un elegido incluso (poca cosa), algo extraño ocurría con él, y ya no podía siquiera presentir un límite ni una cantidad en su potencial de paralelismo de estados de realidad en progreso. Su naturaleza humana se defendió de inmediato: ¡Cuidado!... ¡Cuidado con estos estados de autoexaltación!... ¡El orgullo y la vanidad derrumbaron a Satanás!...
¿Cuál era el resorte profundo de su mente que le había permitido recordar en ese preciso instante la experiencia de los Conjurados de Sión –instintivamente se resistía a llamarlos Sabios--?... Delante de sus ojos no había NADA que pudiera relacionar evidentemente con ese recuerdo, pero estaba seguro de que algún sentido interno y superior suyo había “percibido” allí algo significativo y vinculado, lo cual le había gatillado --¿gatillado?-- el recuerdo… ALGO que no sólo sus sentidos, sino también su razón, o cualquiera de sus capacidades mentales asociadas a la experiencia conciente eran incapaces de producir o de recibir y asimilar naturalmente –sea lo que fuese esto que llamamos natural-- a su conciencia. Usar el lenguaje para pensar lo obligaba a definir con conceptos ESO, que si llamaba DESPERTAR, lo dejaba satisfecho y productivo (hasta disponible), pero que en realidad era una tosca renuncia a la experiencia original y real –de la misma manera que al comunicarlo como mi propia reflexión narrativa, alejo esta representación verbal de la experiencia y la comunicación propias y originales de Ildefonso--. Podemos decir, con su permiso, que al menos él mismo comenzaba a verlo, o, dicho de otra manera, algo comenzaba a pasarle a él mismo, en cuanto su sí mismo, con ESO… Al tiempo que repicaba fuertemente una campanilla cerca de él, tuvo un nuevo y repentino insight: ¿Por qué las personas que lo circundaban parecían haberse puesto de acuerdo para no toparse una con otra, ninguna con otra, y se asignaban un tiempo separadamente para encontrarse con él: primero, Solón Vitrubsky, luego el abad Ligetto, Senghor, el arzobispo Samuel Bisschop, Darinka, John E. Mack, su sobrina asesinada, Ëcacuji, y delante de él, aquí mismo… Franz I. Bendaian?... ¿Sólo se lo estaba imaginando, como el síntoma propio de un paranoico?... ¿Qué pasaría, en cambio, si comenzasen a encontrarse unos con otros?...
La puerta se abrió sorpresivamente ante él, y comenzaron a afluir decenas de jóvenes hacia el exterior de la sala de clases. Sus pensamientos quedaron abruptamente retenidos. Trató de mirarlos a los ojos una por uno, pero pronto se agotó, pues cuando lograba percibir un rasgo significativo en cada uno de ellos, ya la próxima lo obligaba a olvidar al anterior. Más aún, cuando su mente sucumbía a su propia incapacidad de ver tan velozmente y tanto, dejó caer la vista al suelo, como llamada por un objeto brillante que yacía allí, un poco más atrás y del otro lado de la fila de jóvenes apremiada por salir. Se quedó con la mirada fija sobre el objeto, atrapado, sólo esperando que saliese el último, seguro de que en eso se encontraba el siguiente paso destinado de su existencia. Al fin pudo entrar, dio cuatro pasos adelante y se inclinó hasta el suelo. A primera vista se trataba de una hoja de papel en blanco. La tomó y le dio la vuelta. Por el otro lado estaba pintada una estrella de David con óleo dorado brillante, cuya especial particularidad consistía en que dentro de cada uno de los seis triángulos distales habían dibujado un ojo rasgado y enteramente negro. De inmediato y espontáneamente un intenso escalofrío lo recorrió de arriba abajo por la espalda. Debajo de la imagen habían escrito con letras negras de imprenta:
«EL HOMBRE NO DEBE PRETENDER SABER CÓMO ESTÁ HECHO EL MUNDO, PORQUE LA CREACIÓN ES UN MISTERIO DE LA OMNIPOTENCIA DIVINA».[20]
Las preguntas obvias y racionales habrían sido entonces: ¿Quién y por qué hizo esto?... Pero Ildefonso, por alguna razón oculta, sabía que este tipo de preguntas eran inútiles y erradas para tratar de responder lo que había en verdad detrás de todo ESTO. Es más, presentía que LA RESPUESTA consistía precisamente en un proceso gradual, exploratorio, existencial de infinitas preguntas y respuestas que se entrelazaban caóticamente. Es decir, en términos estrictamente lógicos, NO HABÍA RESPUESTA.
Dirigió su mirada hacia el estrado; observó que el hombre canoso lo miraba con cierta curiosidad y extrañeza, al tiempo que guardaba documentos en un portafolio y manipulaba un notebook. Ildefonso caminó hacia él. Al llegar hizo una leve reverencia, luego se presentó cortésmente. Al mencionar a Solón, el académico se sobresaltó contenidamente y se quedó observando por un segundo a Ildefonso.
--Bien, ¿qué lo trae a usted por estos lados?...
--¡Sé que usted ha trabajado con Solón Vitrubsky en diversos temas de investigación, y que mi amigo siente por usted un gran aprecio y confianza!... He tratado de comunicarme toda la mañana con él, pero no me contesta. Lo que me preocupa más es que a temprana hora habíamos hablado por teléfono y me había dicho que se dirigía con urgencia a mi departamento.
Al decir esto, Ildefonso notó un leve temblor en las manos de Bendaian y un rictus en sus labios.
--¡Sí!... Tienes razón, Ildefonso… ¿Podemos conversar ahora, si te invito un café?...
Bendaian guió a Ildefonso al café Brynt Archer, dos cuadras al poniente. Allí se sentaron en un rincón alejado de la concurrencia. Ildefonso percibía el nerviosismo y la tensión veladas de Franz Bendaian.
--¿Qué es eso?—preguntó Bendaian, descubriendo el papel doblado que aún conservaba en su mano izquierda Ildefonso.
--Lo encontré a la entrada de su salón de conferencias—respondió Ildefonso, mientras le extendía el papel.
Bendaian se quedó observando la imagen y su rostro palideció ostensiblemente.
--¿Puedo quedarme… con él?...
Sin esperar respuesta lo volvió a doblar y lo guardó en un bolsillo exterior de su chaqueta. Ildefonso preguntó sin rodeos:
--¿Puedes ayudarme a ubicar a Solón?...
Bendaian miró hacia uno y otro lado, se inclinó un poco hacia Ildefonso y respondió:
--Nadie puede hablar libremente cuando un cuchillo afilado está hiriendo tu garganta… ¡Ten cuidado, Ildefonso!... ¡Yo te ayudaré a encontrar a Solón, pero no te acerques más, amigo!... Por encima de ti y de mí nada es como parece. ¡El mundo ya no es lo que era hace veinte años atrás!...
Franz calló repentinamente, se levantó de su asiento y pidió disculpas a Ildefonso porque necesitaba ir al baño. Las palabras de Bendaian quedaron resonando en su cabeza, mientras observaba el estuche negro con su notebook a un costado sobre la mesa. ¿Qué pasa que todo el mundo me hace terribles y encubiertas advertencias?... Entonces se dio cuenta por primera vez cuán ingenuo había sido los últimos años. Nunca se había arredrado por nada. Y si había experimentado miedo en ocasiones, había sido puntual, sin la menor sospecha, sin la menor desconfianza, sin percibir nada profundamente maligno, nada perversamente encubierto, nada permanente y abominablemente SUPERIOR… Porque incluso aquella terrible y sobrenatural experiencia colgado de la guatteria en la selva ecuatoriana se había resuelto de una forma mística y maravillosa, sin dejar en su fuero interno ni en su vida posterior el menor rastro de maldad, incluso a pesar de la desaparición de Ëcacuji… Recibió entonces como un inesperado latigazo de conciencia. De la misma manera que un átomo se atrae con otro por alguna cercanía local y magnética, el nombre de Ëcacuji se asoció al de Solón, y junto con una inmediata sensación de pánico, también al de Franz Bendaian¡Franz Bendaian!... Casi de un brinco cogió el estuche del computador del académico y se encaminó velozmente hacia los baños. Abrió las puertas, revisó uno por uno los cubículos, llamó a Franz por su nombre, preguntó por él a un par de usuarios, pero NADA… Nadie sabía de él, ¡había desaparecido!... Ildefonso se quedó de pie, junto al mesón de los parroquianos, con ambas manos cogiendo su cabeza inclinada. ¡Dios, qué es esto!...
--¡SAL DE AHÍ!...
Algo semejante a un mensaje, más que a una voz, le resonó acústicamente dentro de su cerebro. Podría haber dudado; podría haber reflexionado; podría haberse comportado simplemente como un humano del siglo XXI, pero su ser interno se había ALINEADO adecuadamente con una ESENCIA que dirigía el NAVÍO DE LA EXISTENCIA en medio de LA TEMPESTAD… Estaba enloqueciendo, como HABÍA QUE ENLOQUECER para trascender la condición (involutiva) humana. Comenzaba a intuir precisamente ESTO. Es decir, COMENZABA A DEJARSE LLEVAR, tal y como se le había solicitado. ¿Todavía poseía filtros, defensas, razón, incapacidades?... ¡SÍ![21]... ¡LA CRISIS!... ¿Y si solamente Bendaian había decidido salir precipitadamente hacia algún lugar y compromiso, incluso dejándolo allí, sentado en un café, custodiando su computador?... Era posible, incluso probable…
--¡SAL DE AHÍ!...
Ya no esperó ni un segundo más, miró hacia diferentes lados y salió precipitadamente del café. Escuchó la sirena de un carro de emergencia que se aproximaba hacia el sector. Comenzó a caminar más de prisa. Antes de doblar en la esquina giró su cabeza hacia atrás; divisó dos carros de policía que se detenían haciendo chirriar los frenos frente al café Brynt Archer. Siguiendo un sentimiento particular apretó el notebook contra su costado; siguió caminando por la calle transversal sin volver la vista atrás, alejándose de algo que no podía comprender y que comenzaba a temer. Se detuvo en el paradero a la espera del autobús B44, o B46. Sólo un minuto después viajaba sentado junto a una ventanilla del lado derecho. En uno de los escaparates de una gran casa comercial divisó la hora: 11:36 a.m. En su reloj interno, en cambio, se medía la realidad segundo a segundo. Volvió a mirar el computador que descansaba sobre sus piernas, mientras pensaba qué debía hacer con él. Sin embargo, apenas comenzaba una idea, otra se apresuraba a ganar su atención, acuciado por numerosas prioridades, acertijos y trascendentales demandas. Levantó la vista para dirigirla maquinalmente hacia el exterior; sus ojos y su boca se abrieron incrédulos y asombrados… Afuera, justo ante él, parado e inmóvil en la acera, un ciervo blanco con una  gran cornamenta lo observaba a él, fijamente, sólo a Ildefonso, mientras el bus transitaba junto a la acera a baja velocidad. Nadie más parecía verlo, nadie más le prestaba atención. Instintivamente se llevó la mano al pecho, buscando su crucifijo colgante, pero no lo encontró. Creyó intuir algo, pero enmudeció para sí mismo. Sólo alcanzó a balbucear: LAS BLANCAS Y LAS NEGRAS…
Al acercarse el autobús a la parada donde debía apearse, consideró conmocionado que estaba dejándose llevar por los hechos, sin que les prestase la debida y relevante atención que requerían. Estaba a punto de encontrarse con el arzobispo Bisschop “como si no pasase nada”… Sólo el computador de Bendaian, que llevaba colgando de su hombro le pesaba como una montaña… ¿Y Solón?... Observó como sus propios mecanismos sicológicos debilitaban o aumentaban la intensidad de sus emociones para mantener dentro o fuera de su rango de conciencia y de inconciencia los hechos y las personas. Observó como su propia conciencia atenta y voluntaria abría un flanco profundo en la realidad al integrar en ella, lo que de otra manera, hubiera quedado separado o meramente INCONCIENTE. Se preguntó si encontrarse con el cardenal Bisschop era un accidente, un hecho aislado y hasta dañino para Bendaian y Vitrubsky… El autobús se detuvo en la parada que lo aproximaría al Proselinato de Rouwen… ¡NO, NO LO ES!... Como un acto simultáneo y continuo, entre pensamiento y realidad, descendió del autobús, aunque también era NATURAL y LÓGICO, NO descender allí… Era un poder propio de la conciencia atraer realidades que, SIN ESE ACTO DE CONCIENCIA, se realizarían en este plano de realidad INCONEXAS, INCOMPLETAS, AZAROSAS e INDETERMINADAS… Se realizarían, ¡sí o sí!, pero DE OTRA MANERA… ¿Qué era lo que, al menos, esencial y ontológicamente aportaba a la REALIDAD la CONCIENCIA HUMANA?... Ildefonso ahí mismo se encontraba con este EVENTO[22], que en lo humano se materializa o encarna frecuentemente en forma de PREGUNTA –aunque también de otras formas--… Y POR DETRÁS DE NOSOSTROS SIEMPRE HAY UN RÍO QUE NOS ARRASTRA, seamos concientes y conocedores de esto, sí o no. El autobús comenzó a alejarse, mientras Ildefonso oteaba los alrededores físicos.









CAPÍTULO XIV




22 de noviembre de 1963, Dallas, Texas, 12:25 hrs. CST.
Samantha Pickleford corre literalmente arrastrada de la mano de su madre.
--¡Corre… corre, Samantha, ya viene el señor presidente!—grita su madre en medio de la algarabía de los transeúntes.
Samantha se mueve como una autómata en medio de la multitud, embobada y asombrada con el espectáculo para ella nunca visto. A temprana hora se había resistido a recorrer 135 kilómetros en autobús desde su provinciana Santa Rosa Branch, pero ahora, entrando a la carrera sobre el césped de la plaza Dealy, todo le parecía encantador y soñado. La gente se veía tan feliz; casi todos sonrientes, agitando banderas o pancartas, recostados o de pie, con sus ropas coloridas y galanas, impecables, en esa cálida mañana otoñal. Por su parte, esos señores agentes vestidos de azul, tan serios e imponentes, hacían realzar, por contraste, el júbilo excéntrico de la multitud. De seguro este “señor presidente” debía de ser una misteriosa celebridad, un ser extraordinario y sorprendente capaz de provocar la mágica exaltación que Samantha percibía en todas las personas y hasta en el mundo alrededor.
Rachel Labowitz, madre de Samantha, lanzó repentinamente un grito agudo y agitó sus brazos en alto, liberando a su hija, por primera vez en horas, de la tutela de su mano medrosa. Samantha se quedó inmóvil, con los brazos caídos, mientras un sueño olvidado de la noche anterior se abrió paso rotundamente hasta su conciencia, trastornándola toda. En ese preciso momento la limusina descapotable giró en la esquina de Houston Street con Elm Street, desatando la euforia de los espectadores repartidos por todas partes, y especialmente junto a la calle.
Samantha levantó su vista hacia lo alto del Texas School Book Depository y divisó, moviéndose tras las ventanas del sexto piso, un cúmulo de figuras sombrías con rostros horribles, que gesticulaban en dirección a la caravana presidencial. Se le puso la piel de gallina y comenzó a temblar espantada. Por alguna razón que ignoraba, sabía que desde allí se materializaría un acto terrible, diabólico, secreto… Volvió la vista hacia el automóvil negro del presidente en el preciso instante en que se escuchaba una fuerte detonación. Otra vez recordó una espantosa imagen onírica; otra vez escuchó un disparo, el segundo de tantos otros … Sabía lo que estaba ocurriendo; sabía lo que habría pronto de ocurrir. Rachel se quedó estupefacta e inmóvil. John F. Kennedy se llevó ambas manos a la garganta y se inclinó hacia el hombro de su esposa. Dentro de la cabina del automóvil una figura sombría y macabra parecía estirarse y crecer por encima, cubriéndolo todo. Escuchó finalmente el tercer disparo, cuyo fogonazo vislumbró desde la boca del fusil, en la última ventana de la derecha. Simultáneamente cogió la mano de su madre y la tiró con fuerza hacia sí. Rachel giró la cabeza hacia Samantha con expresión de terror. Samantha tampoco quiso mirar lo que ya había visto en su sueño: cómo una parte de su cráneo y de su cerebro explotaba y saltaba por los aires, mientras Jacqueline Kennedy huía en pánico, por encima del carro, de LAS GARRAS SECRETAS DE LA MUERTE. Samantha alcanzó a percibir innumerables formas negras, verdes, azulosas, grises, macabras, horribles, que danzaban, saltaban y volaban alrededor y hacia arriba, por todas partes, en la plaza Dealy. Antes de caer desvanecida, mientras todo giraba vertiginosamente en su entorno, una pluma roja bajó liviana delante de sus ojos, aleteando hacia sus pies.


Sentado sobre un sofá de terciopelo granate, Ildefonso esperaba pacientemente ser recibido por el arzobispo Bisschop, observando y siendo observado por las personas y funcionarios que circulaban en el salón de espera de las varias oficinas del Proselinato de Rouwen. Aferrado al computador de Bendaian luchaba con la idea de abrirlo ahí mismo y comenzar a indagar en lo que presentía serían pistas decisivas para entender lo que les había ocurrido a ambos desaparecidos. Sin embargo, ese sentido nuevo, cauto, desconfiado, suspicaz y, en alguna medida para él, temeroso y maligno, le repetía sin cesar que debía esperar todo el tiempo que fuese necesario, hasta encontrarse completamente solo. Su vista se detuvo sobre la pared, en un retrato de la Virgen joven, cuya mirada sensitiva y dolorida le comunicó un saber mutuamente compartido, de íntimos desgarramientos, y, sobre todo, de un amor tan inmenso que trascendía incluso lo conocido y real…
¡Si Vitrubsky y Bendaian se encuentran ahora mismo en peligro de muerte, no hay poder ni autoridad humanos a los que pueda recurrir para evitarlo!... ¡SÓLO TÚ ESTÁS EN TODO Y ACTÚAS EN TODO, ESPÍRITU DEL AMOR HUMANO!...
Una de las secretarias, una mujer de más de cincuenta, se acercó a él y, escrutándolo por encima de sus anteojos dorados, le dijo con un tono amable:
--¡El arzobispo lo espera en su oficina; pase, señor…por favor!...
Mientras avanzaba hacia el despacho de Bisschop, la palabra señor le resonó dolorosamente en la memoria. Lo recibió el mismo arzobispo en la puerta, con una sonrisa cariñosa y un abrazo. Sentados, uno frente al otro, conversaron. Al recordar tiempos pasados, pronto se avivó la herida profunda de Ildefonso.
--Parece tan fácil, tan obvio, tan uno cuando hablamos de nuestra Santa Iglesia Católica… Pero a estas alturas de la vida se me ha desgranado tanto que ya no me queda casi certeza de nada…
--Creo entender tu inquietud y tu desánimo. De una u otra forma todos lo vivimos desde dentro y desde fuera. Pero la FE, querido Ildefonso, es verdaderamente una presencia divina, cuyo poder enciende el Universo de uno a otro confín. Si mantienes encendida la llama de la FE en el hogar de tu corazón y de tu alma, ninguna oscuridad, ninguna imperfección, ninguna persona, o incluso atrocidad ninguna, pueden anular la sustancial Unidad de la Iglesia de Cristo, el Testigo de Dios.
Ildefonso clavó la vista en el fuego de la chimenea; reflexionó por un instante, para luego agregar:
--He visto, deshechos entre mis brazos, el horror en las miradas de los niños al escapárseles la vida destrozada por un explosivo. Ahora sé que existe la FE del horror, la FE de la maldad humana, la FE de la inconciencia humana…
--¿Cómo podrías sostener la experiencia humana de la Cruz de Cristo, si no es como ÉL mismo nos enseñó, en un supremo y trascendente final en la FE inconmovible?... ¿Qué le quedaría a la Humanidad actual, sin la FE de la Iglesia, sin la FE de Dios, para enfrentar la agonía del Fin de los Tiempos?... ¿Qué te queda a ti?...
Ildefonso se puso de pie y caminó diez pasos hasta la ventana que daba al jardín. HONESTIDAD, murmuró veladamente.
--Mi Cristo se desangra –agregó, levantando la voz--…Bebemos y comemos cada día el Cuerpo de Cristo, sacramento, símbolo y realidad material… ¿Esta es nuestra FE para cambiar el mundo?... ¿Nuestra Gran Acción para trascender toda imperfección humana?... Con amor y con fe despedazamos su cuerpo y hacemos estallar su sangre día a día, Santa Iglesia Católica…
--¿Qué quiere usted decir?...
El arzobispo también se incorporó; caminó hasta una mesita de ébano lacado apoyada sobre la pared contraria a la ventana, y mientras preparaba dos tazas de té, continuó hablando, sin esperar respuesta:
--¡Sin paz no tienes fe, y sin fe no tienes paz!... ¡Debes cuidarte, Ildefonso!... Sin fe y sin paz no puedes percibir lo bueno, ni llevar nada bueno para ti mismo, ni para nadie… Ya lo dice el refrán: “Siembra vientos y cosecharás tempestades”… ¡Dime, qué está ocurriendo actualmente en tu vida, qué le ocurre a la gente a tu alrededor!...
Ildefonso se había vuelto para caminar hasta la pared lateral, donde se topó con una cuidada réplica de un metro de altura del Rapto de Proserpina, de Bernini. Se la quedó observando con una mezcla de curiosidad y preocupación. De entre las varias ideas que acudieron a su mente, se mantuvo detenido en el insistente recuerdo y en la relación con su amigo Vitrubsky y el académico Bendaian. Cancerbero, con sus tres cabezas dirigidas en diferentes direcciones, le anunciaba el peligro desde tres furiosos frentes. Le llamó la atención la barra que descansaba en el suelo, cruzada entre las piernas de Plutón y el Can. ¿ELLOS?, pensó… Se dio media vuelta hacia Bisschop dispuesto a contarle de aquellos amigos por quienes anónimamente preguntaba. Le extrañó que éste lo estuviese observando en forzada postura mientras echaba algo pequeño y blanquecino en una de las tazas de porcelana, y que, al sentir su repentina mirada, girase rápidamente la cabeza hacia los pocillos que estaba sirviendo.
--Tal vez les ocurre lo mismo que a mí—respondió Ildefonso, en tanto se acercaba hacia el arzobispo, sin quitarles la vista de encima a las tazas.
--¿Cómo es eso?...
--Desconfiamos… dudamos… inquirimos… padecemos…
Mientras hablaba y sin esperar la entrega de la taza que ya le extendía el arzobispo, buscó la otra, la que mantenía en su otra mano, más cercana a su pecho. Bisschop se turbó con la maniobra de Ildefonso, trató de retirar con apuro la taza que ya le extendía, pero tropezó con la mano de Ildefonso, desestabilizando el recipiente, que cayó junto con su contenido líquido al suelo.
--¡Oh, qué descalabro!—exclamó Bisschop.
Ildefonso soltó una carcajada.
--¿Qué le causa risa?—preguntó con extrañeza y cierta molestia, mientras cogía el teléfono para llamar a la mucama.
--¡Mi torpeza, mi torpeza, excelencia!... Esta inquietud se me sale por los poros… Ya ve, usted tiene toda la razón.
El arzobispo se limpió con una toalla de seda la sotana y el fajín morado. Entró a la habitación una mujer joven, de aspecto lívido y cansado, que se arrodilló sobre el suelo para recoger los pedazos de porcelana en un tacho y secar con un paño de lino el líquido derramado sobre el parqué. Sin esperar que saliera, Bisschop preguntó a Ildefonso:
--¿Y en qué están sus investigaciones sobre la muerte de Juan Pablo I?...
La pregunta misma, agregado a lo impropio de las circunstancias, causó estupor y alarma a Ildefonso.
--¿Qué…investigaciones?—balbució.
--Alguien me habló de ello… Tal vez el cardenal Supratesta… No lo recuerdo bien… ¡Alguien, en fin!...
--Okay, no sé si se puedan llamar investigaciones… Sólo he conversado informalmente un poco aquí, un poco allá, con éste y con aquél… Usted sabe, se han especulado tantas cosas… ¡Asesinan personas, desaparecen personas, y una nube de misterio se extiende sobre ellos sin explicación convincente!...
--¡Ah, sí, lo lamento mucho!... Me he enterado hace poco… ¡El Señor la guarde en su Santo Reino!... ¡Qué triste y dolorosa pérdida, su prima!... ¡Un alma santa enteramente devota de nuestra Iglesia amada!...
La empleada caminó presurosa por el despacho, hizo una reverencia ante el arzobispo, se persignó y salió cerrando suavemente la puerta. Ildefonso arrugó el ceño y la frente como si no comprendiese lo que acababa de oír. A Bisschop no se le escapó el significado de la expresión del prelado amigo.
--¡No lo sabía usted!... ¡Por la Virgen santísima!... ¡Cómo lo siento, hermano Ildefonso!...
--¡No, no lo sé!... ¡Dígame usted!... ¿Qué le ha ocurrido a mi prima?...
--Ella, Vincenza Tatay…bien, sí, como usted debe saber, hacía ya unas decenas de años había sido encomendada a las humildes hermanas de la Caridad en la India… Aun enferma quería servir al prójimo, a los pobres, a los dolientes. Nadie se explica cómo, pero su cáncer no lograba derribarla, ni sacarla de su misión… Sin embargo, no más de un mes atrás desapareció sin dejar rastro. Al comienzo se pensó que había partido hacia el interior, hacia las zonas rurales más pobres, adonde siempre había solicitado acudir, pero sin lograr la venia de su superiora… Días atrás, sin causa aparente, se encontró su cuerpo sin vida en las afueras de Bangladesh… ¡Lo siento, lo siento muchísimo!...
Ildefonso se quedó mirando fijamente al arzobispo, mientras se le llenaban de lágrimas los ojos, y caían luego veloces, resbalando por sus mejillas. Sin decir una palabra, se acercó al maletín con el notebook que descansaba sobre un diván de cuero negro, lo tomó con ambas manos, lo apretó contra su pecho y salió de la oficina sin volver a prestarle atención al arzobispo Bisschop, quien lo siguió con la vista igualmente silencioso, esbozando una enigmática sonrisa en su rostro casi septuagenario.









CAPÍTULO XV




Ildefonso salió del Proselinato de Rouwen con el corazón adolorido y con un fuerte dolor de estómago. Se detuvo junto a la acera, mientras miraba a su alrededor desorientado y conmovido. Después de un par de minutos levantó su mano e hizo parar un taxi. Mientras se dirigía hacia su apartamento una intensa agitación removía su mente.
¿Qué está ocurriendo?... ¡Esto es demasiado!... ¡Ahora Vincenza!... ¡Mi amada Vincenza!... ¿Dios, qué está pasando?... ¿Hay alguien o ALGO realmente detrás de todo esto?... ¡Bisschop!... ¡Juan Pablo I!... ¡Solón, Bendaian!... ¡No puede ser casualidad!... ¡Dios mío, no puede ser TODO casualidad!...
Volvió a pensar en Bisschop. Nunca lo había visto así. En realidad, era otra persona. Había sido amenazante, extraño, distante, tan opuesto a ese maestro sabio y mesurado que le había enseñado tanto del espíritu divino en las materias pontificias, en la comprensión del espíritu y del amor de Cristo en los quehaceres mundanos, sociales, cotidianos del hombre y de la mujer común. Tan diferente del amigo y confidente que le había facilitado siempre el consejo, el acceso y los recursos para moverse por el mundo, en lo que fuese… Mientras reflexionaba así, visualizó mentalmente algo similar a una sombra, un flujo oscuro, ominoso y lóbrego saliendo hacia atrás de aquél, que parecía expandirse en cuanto se alejaba más allá del espacio físico en que se encontraba. Dejó caer una vez más su mirada sobre el laptop que llevaba sobre sus muslos; consideró cuanto había cambiado él mismo durante los últimos tiempos, y, aún más, durante los últimos días. Dudó también de sí mismo, de si no era él mismo de quien en realidad estaba proyectándose una tenebrosa y maléfica sombra hacia el mundo y hacia los demás, precisamente como le había insinuado el arzobispo.... ¿Y Eso que ahora y frecuentemente le estaba respondiendo no era también otro espíritu malévolo que lo conducía engañosamente hacia otro Dios, sea lo que fuere este otro PODER? Este mismo PODER que, ahora y en el mismísimo acto, le respondía ambiguamente:
--Bien, Mal, si es malo, no es por completo malo. Si es bueno, no es por completo bueno…
Sonrió al recordar “¡DÉJALO SER!”… Le era imposible separar, discernir QUIÉN hablaba en él (también QUIÉN lo hacía recordar); en definitiva, QUIÉN era realmente él mismo. Otro eco de su mente habló: Aun las personas que no creen en ningún espíritu interior, en nada diferente a su propio pensamiento-pensando dentro de ellos mismos, pueden saber a ciencia cierta si son sólo ellos los que están pensando por sí mismos... El “¡DÉJALO SER!”, entonces, se explicaba a sí mismo como un NO TE DETENGAS EN ESTO; PARA AHORA Y POR AHORA NO ES RELEVANTE. RECUERDA: ¡ACOMPAÑA!...
Diez minutos después, subía a su habitáculo por las escalas del edificio. Llegó ante la puerta de su departamento, y, antes de abrir, se dio cuenta de que tenía al menos dos opciones (libres) próximas ante él:
[Entrar al departamento que ya conocía, como ya lo conocía; es decir, en su esquema de lo mismo conocido; pero, en realidad, en un determinado estado de mente y de conciencia condicionados por lo anterior conocido (más bien ofuscado y adormecido);]
o bien, [entrar a un departamento sólo semejante al último que conoció al momento de salir, y, en este caso, estar atento y perceptivo a lo absolutamente nuevo y significativamente actual con que este otro departamento habría de interactuar con su NUEVO PRESENTE Y SU PROPIO NUEVO ESTADO DE REALIDAD…]
--¡Esto es “ACOMPAÑA”!—exclamó sorprendido, al empujar con decisión la puerta hacia el interior del departamento.
Se dio cuenta de inmediato –había elegido-- que sus ojos miraban todo de otra manera, porque veían de otra manera. Y veían de otra manera, porque su conciencia estaba de otra manera. Y su conciencia estaba de otra manera porque… Desde lejos, desde la entrada, vio la puerta entreabierta de su dormitorio; por entre el pequeño espacio que separaba el marco y la puerta divisó sobre esa cómoda bien conocida que un rayo de sol, filtrándose a través de un resquicio entre las cortinas de la ventana de su dormitorio, iluminaba una foto resplandeciente de su madre, la que acostumbraba a no ver, porque de hecho la veía todos los días entre las otras fotos y objetos que dormitaban sobre ese mueble… ¡El amor de su madre!... ¡Eso él miraba!... ¡Ella-en-el-amor lo miraba!...
Y ALGUIEN tras todo esto, sin duda. Pero ya no alcanzaba más allá, como un miope que evidencia sólo de cerca. Amado en esa luz materna interior caminó hasta su despacho, se sentó ante el escritorio, abrió el maletín y sacó el notebook de Franz I. Bendaian. Ya no sentía el miedo de sumergirse en él. Lo encendió y se encontró ante una pantalla negra con un pequeño recuadro en el centro que le exigía contraseña. Cerró los ojos y dejó que sus dedos se moviesen libremente sobre el teclado. Al levantar sus párpados constató en la pantalla: Error. Intente de nuevo… Pensó en su madre, volvió a cerrar sus ojos, y recorrió el teclado sólo reconcentrado en ELLA. Despejó nuevamente su mirada; descubrió ante él la pantalla iluminada con su Escritorio ya desplegado. Ildefonso dio un salto sobre su silla. Como fondo de Escritorio resplandecía la misma estrella de David en dorado, con sus seis ojos negros observándolo… De inmediato su vista sobresaltada se sintió atraída por un archivo que parecía hallarse precisamente sobre el centro del Escritorio y, al mismo tiempo, superpuesto sobre el centro de la estrella de fondo. Su nombre era aún más intrigante:



Su corazón comenzó a palpitar más de prisa… Dirigió el cursor al recuadro del centro del archivo e hizo doble clic sobre él. Se desplegó una página de Word, una hoja única, en la que leyó:
 
"Veneramos a un Dios que, de hecho, es un Dios al que oramos sin superstición. Todos nosotros, iniciados de alto grado, debemos continuar viviendo nuestra religión en la pureza de la enseñanza de Lucifer. Si Lucifer no fuese Dios, ¿sería acaso calumniado por Adonai (el Cristo) cuyos actos testimonian [engaño, sometimiento] y rechazo de la ciencia?
Sí, Lucifer es Dios, y Adonai, lamentablemente, también es Dios.
La Ley eterna dice que no existe luz sin sombra, belleza sin fealdad, claridad sin oscuridad, pues el absoluto no puede existir sino en dos [ejércitos de] Dioses [eternamente en guerra, pero Uno]. Es por eso que [las enseñanzas religiosas son] herejía. La verdadera religión filosófica es la fe en Lucifer, el Dios de la luz, en la misma posición que Adonai. Pero Lucifer, Dios de la luz y del bien, lucha por los seres humanos contra Adonai, Dios de la oscuridad y del mal."[23]
Se aferró con fuerza a los bordes del escritorio, pues experimentó la sensación de que iba a salir disparado en cualquier momento. Algún resorte interno le dio la idea-orden de sacar de su bolsillo el celular y obtener una foto de AQUELLO que leía en la pantalla. Podría haberla filtrado por medio de la razón, pero no, no lo hizo, de modo que obtuvo, antes que cualquiera otra consideración, una instantánea de AQUELLO. El flash, que se encontraba en automático, iluminó la habitación. Ildefonso supuso que aquello podría haber perjudicado la imagen, por lo que acudió al álbum de fotos de su aparato; constató que efectivamente el brillo del flash había dañado el centro de la imagen. Decidió sacar una nueva foto. Levantó la cámara, entonces un gran destello de luz oscureció su visión, llenando la habitación de una especie de descarga eléctrica, junto con un intenso y penetrante zumbido. Perdió la vista y se dejó caer sobre el asiento, sintiendo un agudo dolor en sus ojos. Se quedó con los párpados semicerrados durante algunos minutos, hasta que la visión comenzó a retornar de a poco. Volvió a fijar la vista sobre el computador, pero lo que vio le hizo dudar de que estuviese viendo correctamente. Se restregó los ojos suavemente y los volvió a abrir. Ahora veía todavía más nítidamente… El notebook estaba achicharrado, deshecho, como si se hubiese chamuscado desde afuera hacia dentro, en forma de repollo. Los papeles y el libro que se encontraban a su lado, así como la superficie de madera del escritorio, estaban intactos. Su primera reacción fue coger su teléfono móvil y abrir el archivo de fotos: ¡Ahí estaba!... Se dejó caer con la cabeza hacia atrás, contra el respaldo del asiento y, arrojando un suspiro, cerró sus ojos, aliviado.
¿Qué es esto?... Se dio cuenta de inmediato que su autobservador y su gestor (concientes) se traslapaban en un armónico contrapunto. Ni el uno ni el otro pugnaba por prevalecer ante la pregunta, como ocurre en la mente natural. Su autobservador aportaba desde su propio interior (supraconciente) con sus facultades paranormales, meta-mentales y contenidos de planos sutiles, y su actor interno, con sus procesamientos cognitivos y mentales asociados a contenidos sicológicos y del entorno espacio-tiempo. Esto lo intuyó como un océano, al que se contempla y experimenta desde la orilla de una playa. Lo primero que ves son unas grandes masas de agua que se empinan ante ti, y luego se dejan caer resonando tan fuerte que no escuchas más que el rodar furioso de estos torbellinos espumosos. Si ves un poco más adentro, sólo es ocasionalmente, entre ola y ola. Pero ¿Eso que alcanzas a ver es realmente EL OCÉANO?... Podría haberse desesperado en ese mismo instante por no ver más; MÁS de cuanto había DETRÁS de todo aquello inmediato e impresionante que lo embargaba y aprisionaba (de inmediatez). ¿No lo había llamado desde su niñez ingenua y castamente DIOS?... Otros saberes, que conoció ya adulto, incluso más ingenua, pero menos castamente, lo habían denominado azar, naturaleza, determinismo, indeterminismo, caos… Nada de eso podía representar ni lejanamente AQUELLO que estaba descubriendo por primera vez, y que se manifestaba más y más presencialmente en su REALIDAD. Exasperarse, angustiarse, asustarse, esperanzarse, obsesionarse eran estados mentales naturales y espontáneos ante cualquier situación compleja de realidad. No para él. Sin prácticas de control mental, sin yoga, sin drogas, sin meditación, sin terapias, sin ascesis, había logrado un estado mental emocionalmente de alta eficiencia adaptativa y vinculante con todo tipo de situación de realidad --incluso las más estresantes y extremas para la condición humana--. Tampoco podía considerarse un estado evolucionado o desplegado; era simplemente un estado básico de conciencia integrada (espontánea). Todo esto estaba ya en el saber implícitamente aceptado e integrado de Ildefonso (en su comportamiento de hecho). Un inicio, cuya eventual progresión era responsabilidad sostenida de él –aunque no fuese sólo de él--. Contempló hacia atrás su vida de las últimas horas, de los últimos días, de los últimos meses, de los últimos años incluso… y divisó en ella un reguero de huellas enigmáticas, esplendentes, en parte realizadas, pero sobrecogedoramente futuras. Su respuesta emocional a esta presencia de existencia fue sosiego, receptividad, confianza, es decir, precisamente el estado de realidad posterior al sufrimiento, a la frustración, a la inmediatez. El texto que había rescatado milagrosamente desde el computador de Bendaian poseía todas estas características. La trama de TODO el Universo (infinito) también comienza siempre en una minúscula hebra (cualquiera) que uno se encuentra casual e insignificantemente arrojada delante de uno… ¡CRISTO, FORTALÉCEME!... ¡CRISTO, PROTÉGEME!... ¡CRISTO, ILUMÍNAME!...
Justo en este momento un mensaje de texto es notificado en su celular con un recurrente pitido de ave: Llámame al 70445xxxx. Senghor. No esperó ni un segundo, y marcó el número señalado. La voz conocida de su amigo se dejó oír de inmediato, como si hubiesen estado previamente conversando:
--Mañana debes dirigirte al Yellowstone Scissors Park, a las 16:45hrs. Allí serás contactado por alguien que te aportará las pistas que necesitas ahora… ¡Comenzarás a comprender, querido Ildefonso!... ¡Comenzarás a comprender!... Pero ¡cuidado!, no confíes en nadie…
--¿Cómo en nadie?...
--Ni en tu propia madre…
--Entonces ¿qué puedo hacer?...
--Confía en ti mismo… ¡Sólo en ti mismo!
--¿Y en ti?...
--¿Quién soy yo?... ¿Dónde estoy?...
La llamada se interrumpió abruptamente. Ildefonso había llegado a convencerse de que Senghor sabía TODO lo que le estaba ocurriendo. Parecía evitarlo, seguramente por lo mismo.­ Pero al mismo tiempo se sentía como un niño perdido al que un adulto coge de la mano y lo conduce amablemente de regreso hacia su hogar. A otro, el comportamiento de Senghor podría haberle parecido intimidante y sospechoso. A él, no dejaba de parecérselo, pero un trasfondo de afecto, de saber y poder combinados que proyectaba sobre Ildefonso debilitaba su efecto al punto de no representar más que una tenue luz de advertencia adicional.








CAPÍTULO XVI




Aunque hubiese querido quedarse en su departamento meditando y orando durante la tarde, pues así se lo demandaba su fuerte perturbación interna, se había comprometido días atrás a asistir a la Casa de Acogida del Proselinato de Rouwen para menores en situación de riesgo social. Entre los niños una y otra vez su corazón se purificaba como el primer día de la creación. Después de jugar con ellos toda la tarde, de enseñarles sobre los cuidados del huerto, de enseñarles lúdicamente a gozar de la música clásica, de compartir juntos una película, de hablar sobre sus sueños, sus temores y sus consuelos, de tomarse de las manos y rezar, Ildefonso regresó a su hogar con un espíritu nuevo, revitalizado. Sin embargo, había todo un universo que no lograba unificar y sintetizar con éste de los niños. Sabía que había tantos mundos humanos que se escondían a la mirada común, a la experiencia inmediata, a la normalidad acostumbrada, en los que se cometían las más horrendas atrocidades; en los que se experimentaban los sufrimientos más terribles, injustos, insoportables; en los que se tramaban y organizaban aterradoras acciones; en los que se hundía el ser humano en un Infierno actual y presente, cuyas raíces tenebrosas nadie siquiera podía imaginar hasta qué abismos de la realidad se subsumían… No podía explicarse, no podía conciliar, no podía siquiera resistir acercarlos a su experiencia amada con sus niños; el mismo hecho de que tantos y tantos otros niños en ese mismo instante (y perdurablemente), por el mundo, padecieran estas mismas atrocidades por causa de unos humanos delirantes y brutalizados. Por ahora no le quedaba más que evitar pensar en ellos, en el SUFRIMENTO HUMANO VIVO Y PRESENTE, mientras sentía la pureza, la contención y la paz de estos otros niños cercanos. Sabía que este estado de dicha no duraría mucho, y que una manera de estirarlo en el tiempo y en su alma era negarse a integrar a TODO EL MUNDO, y esconder la cabeza en el hoyo del avestruz… Al menos por ahora era incapaz de más.
En tanto caminaba las últimas dos cuadras hasta su vivienda, recordando las emociones de sus niños y diferentes situaciones vividas hace un rato con ellos, ocurrió que dejó posar su vista sobre el suelo. Pronto le llamó la atención el movimiento rítmico de sus piernas, y, allá en el fondo, el movimiento de sus pies. El lenguaje de las cosas de la realidad se le hacía significativo estrictamente en la medida que su mente se hacía disponible a la realidad… En ese mismo instante se dio cuenta de que se estaba volviendo más finamente perceptivo de sus propios procesos internos, mentales, como si comenzase a percibir el entramado fino de aquello que normalmente se percibe como un estado simple y evidente (efecto tosco). Sonrió al constatar que pensaba con palabras sobre sus pies, pero que en realidad lo que él veía primero era sus zapatos negros, bastante ajados y polvorientos, a los que indistintamente llamaba zapatos o pies, aunque –si ponía un poquito de mayor atención-- también podía sentir sus pies un poco congestionados dentro de los zapatos, y a sus zapatos por dentro, en la medida que rozaban y presionaban la piel de sus pies. No se detuvo ahí, sino que se dio cuenta de que sus pies también eran un conjunto de huesos, músculos, venas con sangre circulando, articulaciones, y hasta células (y hasta moléculas y átomos…) que podía percibir como tales (toscamente) sólo en la medida que desarrollase una mayor sensibilidad a todos ellos. Más aún, se dio cuenta de que esta mera y simple conciencia acerca de sus pies, lo ponía en un estado mental que se abría directamente a OTRO PLANO DE REALIDAD, y que desencadenaba una experiencia de realidad nueva y eventualmente ABIERTA a un HASTA-AHORA-IGNORADO… Entonces se DIO CUENTA de que había un gran número de personas que circulaban alrededor de él, cuyos pies también estaban moviéndose dentro de zapatos. Instantáneamente le sucedió algo inusitado… Se dio cuenta de que a todas y cada una de ellas les ocurría algo en cierta medida semejante a él, y que eran un universo tan complejo, extraordinario y único como él mismo lo era. Se detuvo bruscamente y se quedó mirándo-LOS a su alrededor, como si LOS pudiese ver por primera vez, como nunca antes LOS había podido reconocer. En seguida LOS pudo sentir –aunque era bastante más que SENTIR--, con sensaciones que provenían de ellos (eran sus sensaciones, es decir, la representación sensitiva para él, del encuentro único, exclusivo e irrepetible entre cada uno y él), y que jamás en su vida había hasta entonces experimentado. LOS podía sentir por dentro. Sin embargo, esta intuición inicial que, de alguna manera, se integró en una sola unidad vital, rápidamente dio paso a una percepción de innumerables particularidades que no se podían sintetizar en una sola sensación, en una sola unidad mental. La sorpresa y fascinación iniciales comenzaron a ceder ante el acopio de sensaciones individuales, ante la suma de seres humanos que entraban y se desarrollaban en él. Una vez más el exceso de sensaciones, de vivencias, de seres lo superaban; lo excedían y, como consecuencia, se alejaban de él, se caían de su atención, de su memoria, de su sensibilidad, y dejaban de SER, como lo HABÍAN SIDO hacía sólo un momento y sólo por un instante. No pudo responder a esta evidencia sino con una reacción emocional muy personal: ANGUSTIA… La angustia inevitable y violenta de perder a un ser amado, de perder a alguien y algo EXTRAORDINARIAMENTE VALIOSOS… Nuevamente las opciones:
[Dejarse oprimir por este sentimiento-evidencia y sucumbir ante las limitaciones de la mente humana, en adelante.]
O bien
[Reducir la angustia en la voluntad profunda de intentar ampliar los horizontes y fronteras de su mente, incluso aunque no lo lograse.]
¿Puede alguna de estas opciones no ser altamente subjetiva?... Dicho de otra manera, ¿no estar sólo en mi cabeza?... ¿Puede no ser todo en el ser humano nada más que un decidir cualquier cosa con tal de avanzar (aunque sólo sea un minúsculo grado) hacia el sentirse TRANQUILO en la decisión tomada?... ¿Puedo ver tal vez un poco más allá --de este mero sentirme tranquilo gracias a una suerte de horizonte que yo mismo me he creado?...
¿Acaso estaba solo para responder por sí y ante sí?... El Universo todo estaba con él en una dirección bien precisa. Eso no sólo reducía la angustia; ESO ERA TODO… (Incluso la tranquilidad y la angustia)
Después de todo, no había podido sostener una vez más a sus niños con su mente. Como tampoco nunca había podido sostener intensamente con su mente, más allá de un tiempo, la presencia de ningún ser amado físicamente ausente. Súbitamente tuvo LA CERTEZA de que si ALGO o ALGUIEN inmensamente superior no lo sostenía, no lo conservaba íntegro, él, por sí mismo, solo, sólo debía colapsar como una estrella absorbida por la gravedad insoportable de un hoyo negro; o también como una mente sobrepasada por su propia necesidad de autosuperación y de adecuación a una SOBREREALIDAD acaba resolviéndose en LA LOCURA. Antes, en otro tiempo, habría descansado en el refugio inamovible de la creencia en un Dios bien definido, bien manifestado, bien tranquilizador, bien proporcionado, bien humano para el ser humano. Ahora, si había un Dios para él, se le manifestaba más y más en la carencia confusa de TODOS ESOS ATRIBUTOS…
Horas más tarde, a eso de las 22:25 hrs., Ildefonso se encontraba de pie, a oscuras, ante la balaustrada del balcón de su dormitorio, observando la calle. Hacía sólo un momento su vista se había concentrado en el maravilloso tulipán dorado que había desplegado su primera flor dorada hexagonal en la maceta más cercana a él. Recordó aquellos versos de Horacio que recitaba en sus años de juventud seminarista: “Auream quisquis mediocritatem…”[24] Esa “dorada medianía”, modesta, que por tanto tiempo había sido su ideal de persona y de vida. Y por sobre todo la divina simplicitas de sus maestros cristianos, por quienes había descansado dentro de esa nube de amor infinito y SIMPLE: DIOS. Ahora, contemplando la inmensidad de las calles del mundo, ante esta única calle que le enseñaban sus ojos, no podía sino concebir que era espantosamente probable que cualquier intento de simplificar CUALQUIER COSA de la realidad no era para el ser humano más que la trampa para simplemente detenerse, agotado, de acrecentar su capacidad de contener la multiplicidad de TODAS LAS COSAS; de manera que –si siguiese obstinadamente adelante-- sólo una vez TODAS LAS COSAS CONTENIDAS EN LA MENTE, tal vez al final del Universo y del Tiempo, y sólo entonces, podría concebirse por primera vez, quizás, alguna forma o modalidad de TOTAL SIMPLEZA Y UNIDAD… Carecía de cualquier explicación para la impresión de que incluso el más minúsculo átomo que había dejado de ser tal átomo, es decir --en nuestro lenguaje coloquial y en nuestra experiencia natural--, había quedado en el pasado, continuaba existiendo en un presente virtual, o en una suerte de PRESENTE AMPLIADO.
¿No habían quedado en el PASADO tantas y tantas cosas y personas trascendentales que sólo parecía poder rescatar con su memoria, pues ahí delante, sólo ante sus ojos y en la calle existía este presente, lo que nuestra ingenua naturaleza nos quiere decretar como LA VERDADERA REALIDAD?... ¡Tenía tanto de qué preocuparse; tantos en quienes pensar; tanto de qué simplemente ocuparse!... Ellos, todo eso, por ahora formaban como una madeja confusa, inmensa, en la que era incapaz de avanzar, la que era incapaz de desentrañar, de organizar, e incluso de conservarla simplemente toda junta en su conciencia y mente. Si ponía su atención en una, en dos o en tres, ya el resto de ellas, y, por sobre todo, el infinito, dejaban de ser pensados, y, cogito ergo sum, de existir al menos para él… Aunque intuía que esto NO ERA TAN ASÍ, cartesianamente.
De pronto le pareció que la calle comenzaba a alejarse. Que la noche cubría la ciudad que tiritaba con sus luces de neón, amarillentas y blancas cada vez más abajo y más lejos, entre monumentos humanos de oscura desolación, por entre los cuales paseaba algún diminuto ser insomne. No se resistió a la visión, aunque pronto su balcón ya no contemplaba la ciudad, sino una lejana masa oscura de planeta perlada de temblorosas luciérnagas doradas, sentientes. Sintió sueño, mucho sueño, y se fue a dormir.
En algún momento comenzó a soñar, y aunque sabía que estaba soñando, no se resistió a la voluntad del sueño. Se acordó del extraño fragmento de Heráclito:
Un hombre en la noche
                   una luz se enciende por sí mismo:
                   muriendo,
                                      apagado de ojos,
                   pero viviendo,
                                      toca al muerto,
                   durmiendo,
                                      apagado de ojos,
                   despierto
                                      toca al durmiente.”[25]
Y ya no le importó más si estaba soñando o despierto, vivo o muerto. Sólo experimentó lo que experimentó:
De pie ante un acantilado. Cincuenta o tal vez setenta metros sobre el mar, caída a pique. Otra vez. Debo mirar al horizonte… Sólo debo mirar al horizonte. La necesidad de saber, la necesidad de ver que ahí viene… La sensación de algo grande, inmenso, colosal, inhumano… Puedo ver todo a mi alrededor, aunque está oscuro. El horizonte sólo se encuentra en completa tiniebla… ¡No!... ¡No es oscuridad!... ¡Es el mar que avanza!... Mucha gente viene y va cerca de mí, pero nadie parece verlo, o tal vez piensan que eso es normal: sólo mar, sólo oscuridad de la noche. Quiero huir, pero no puedo. Algo me retiene ahí; no puedo dejar de observar la ola que avanza cada vez más alto por todo lo ancho del orbe. Comienzo a retroceder; algunas personas la ven y corren despavoridas; otros continúan todavía sin darse cuenta de que está muy cerca, cada vez más veloz, tan alta como el cielo… ¡Moriré!... ¡Moriré!... Cuando caiga sobre mí. Alcanzo a ver su cresta de color turquesa, translúcida. Estoy tranquilo, sólo un poco asustado…
Ya no hay nadie. Estoy en alguna plaza en una ciudad que no conozco, veo calles, edificios, luces, automóviles, pero todo está vacío. A mi derecha hay un cine; leo el anuncio de la película en el escaparate; algo en él atrae mi curiosidad, aunque no es importante entender más de un milisegundo el nombre del filme. Entro... Adentro de un enorme centro comercial. Mucha gente circulando en todas direcciones. En las tiendas relumbrantes, cientos y miles de personas. Alguien comienza a disparar con un rifle de repetición cerca de mí. ¡Es Nicolaus!... La gente grita, corre y cae muerta o malherida. A mi lado un niño llora, agazapado… ¡Sus padres están muertos sobre el suelo!... Me alejo de allí. Otra vez la misma película en este cine. Me encuentro en medio de una larga fila. Veo que caminan hacia otro pasillo Solón y Vincenza. Me saludan de lejos con sus brazos en alto y siguen caminando. No debo dejar mi puesto. Por mi lado pasa un monje budista rapado, vestido con su túnica terracota; es joven, tal vez treinta o cuarenta; se detiene junto a mí, me observa. Creo que inclina tan suavemente su cabeza que no puedo asegurarlo. Sigue su camino.
Avanzo por un sendero de una montaña. Está amaneciendo. Maravillosa soledad, vacío lleno… ¿Adónde voy?... ¿De dónde vengo?... Carece de importancia si el sol está por aparecer detrás de los picos nevados. Por el otro lado, al fondo del valle puedo presentir una oscuridad tardía, la noche se resiste a dejar el mundo. Fogonazos por aquí y por allá, pero no son las luces que el humano enciende para no apagarse durante la Noche… ¡El Sol!... ¡Oh, el Sol!...











CAPÍTULO XVII





«EL HOMBRE NO DEBE PRETENDER SABER CÓMO ESTÁ HECHO EL MUNDO, PORQUE LA CREACIÓN ES UN MISTERIO DE LA OMNIPOTENCIA DIVINA»… Se despertó a temprana hora con este lema clavado en su mente. De inmediato, otro recuerdo se le asoció:
“«De todo árbol del huerto podrás comer, pero del árbol del conocimiento (de la ciencia) del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás»[26]
Se le ocultaba la razón profunda de esto, pero --nunca antes como ahora-- podía percibir el trazado límite, circular, pantanoso y fatídico en torno a la condición humana y hasta ontológica (de la realidad). Incluso se le hizo evidente que la ADVERTENCIA se hacía siempre metafórica y ambiguamente porque había ALGO en esa FRONTERA que no era asequible a la naturaleza humana, y que, además, era MEJOR NO CONOCER por el mismo bienestar del HOMBRE… Y, sin embargo, paradójicamente, otra MALDICIÓN inexorable empujaba al Adán-Eva humano a violar esos límites; o, en palabras cristianas, a TRASCENDERLOS. Pues, ¿no es también Jesús el Cristo otro Satán que nos tienta a cruzar la frontera entre la Tierra y el Cielo?... ¿No es Jesús también nuestro MAL?... Uno que busca nuestra MUERTE: “En verdad les digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, produce mucho fruto”[27] De seguro, en ese mismo instante un agustiniano podría haberle replicado que “el Mal es la creación del Humano, no de Dios, quien es sólo Bien”. Sin embargo, ahora y hoy que Ildefonso se acercaba y deambulaba por esta zona GRIS de la realidad (afuera y adentro), tuvo una sensación extraña y poderosa: que ya no era él solo, ni uno que otro pecador aislado, o el grupo herético de unos pocos, o unos empequeñecidos pueblos paganos–como lo percibía en la Historia pasada--, sino la HUMANIDAD ENTERA (la especie humana dentro de su globo terráqueo), la que se había desplazado hacia esa frontera GRIS, LÍMITE, TERRIBLE y NEBULOSA…
Entonces, el otro eco, la otra voz, el OTRO se hizo acto y presencia en su conciencia y mente:
AQUELLO INEXORABLE QUE LOS EMPUJA Y GUÍA AL FINAL ACABA INEVITABLEMENTE EXPERIMENTÁNDOSE PARA USTEDES COMO AMOR; NO COMO BIEN NI COMO MAL…
Una ráfaga de viento abrió violentamente la ventana y remeció con un aullido el interior de su habitación. Volaron algunas hojas que se encontraban sobre la cama; un libro sobre una mesita revolvió con un veloz chasquido sus páginas y saltó lejos; la foto de su madre se inclinó hacia adelante y cayó desplomada, de bruces sobre la cómoda. El crucifijo que colgaba en la pared se estremeció para en seguida volar dos metros hasta caer detrás del estante. Un frío penetrante, repentino, le erizó la piel; tal vez el viento proceloso y gélido no era más que la apariencia física y engañosa con que arropaba su fantasmagórica desnudez un demonio. Caminó de prisa hacia la ventana. La cerró con cierta dificultad, mientras el viento le escupía en la cara; luego descorrió la cortina y se quedó mirando el cielo que se arremolinaba entre montones de nubes, que se teñía de gris y de sangre, como si algún sicario celeste estuviese acuchillando el sol matutino. No era el mejor momento para salir a la calle, pero no desistiría ante nada que intentase evitar el encontrarse con el abad Ligetto.
Ildefonso se daba cuenta de que había alcanzado una especie de estado mental vibratorio continuo que sintonizaba constructivamente con la realidad, de manera que los eventos se sucedían significativamente y sin discontinuidad en concordancia con su propio estado mental, y con los contenidos significativos que ocupaban su propio interés. Por lo mismo, experimentó la certeza de que su encuentro con Ligetto estaba ya siendo representado por ese viento repentino y arrasador... Y, quizás por ese mismo efecto, se sorprendió por primera vez de que el futuro ya pudiese estar realizado, pero de una manera tan misteriosa que, en cuanto era anticipable, era también de alguna forma presente, o incluso algo muy diferente de lo que percibimos y comprendemos de cualquier manera como EL TIEMPO.
Salió a la calle, con el capote calado, envuelto en un grueso y largo impermeable negro. Sólo el viento se paseaba con pasos nerviosos y desordenados. La gente parecía haberse agazapado dentro de sus moradas a la espera de la tormenta. Ildefonso olió en el aire el perfume eléctrico de las nubes; sintió que su interior se regocijaba con la energía que incoaba el huracán.  Prefirió caminar las catorce cuadras que lo separaban del King Manor Museum, pues tenía tiempo suficiente para llegar a la hora acordada. Mientras avanzaba, se acordó acongojado de su prima Vincenza. Se acordó del sueño reciente… Pero más allá, en la temprana adolescencia… de los días estivales en la villa Promasqua, donde se encontraban las familias enteras como en una olimpíada griega, mientras caminaban cual dos hermanos, ella y él, cogidos de la mano por la bucólica avenida de álamos, enamorados del mundo, de la vida y de Dios… Pudo sentir y presentir el sufrimiento horroroso que había padecido Vincenza antes de morir, así como el que la había flagelado durante toda su vida, desde su mismísima infancia: el sufrimiento del sufrimiento de sus hermanos humanos… ¡Vincenza!, que en otra vida, o en un Universo paralelo, habría sido su par mujer, la única amada, la única madre de sus únicos hijos… ¡ Ya no le cabía duda, aquello del sueño había sido una despedida, pero también un saludo!... 
Llegó a las 8:53 a.m. Aún no había visitantes, pero igualmente ingresó. Mientras esperaba al abad contempló parte de la exposición fotográfica: desgarradoras imágenes de la guerra de Yemen… ¡El arte tratando infructuosamente de alcanzar con los ojos, con el corazón y la mente, el drama humano real de unas personas anonimadas y ya destruidas!... Ildefonso sintió que las cosas comenzaban a girar y bambolearse alrededor de él. Se sentó en una butaca de madera para no desplomarse. Hundió la cabeza adolorida en su pecho y la cogió con ambas manos. Se quedó así, vertiginosamente pálido, tratando de resistir EL SUFRIMIENTO HUMANO, siempre infinitamente más inabarcable e inmenso de lo que él ni nadie podía conocer… ¡Cuántas veces había estado a punto de reventar, de enloquecer, de aniquilar la esencia de su alma por causa del sufrimiento humano real y vivo, como volvía en ese mismo instante a ocurrirle!... Pero finalmente había necesitado taparse los ojos, los oídos, la piel, el corazón, y darse media vuelta hacia atrás, para escapar de la VERDAD para seguir simplemente viviendo
Una mano se posó suavemente sobre su hombro izquierdo. Levantó la vista, que se encontró con la mirada adusta y nerviosa del abad Ligetto.
--¿Se siente bien, hermano Ildefonso?...
--Sí… Creo que sí.
--Entiendo, entiendo… ¡Venga!… venga conmigo.
Ligetto cogió de un brazo a Ildefonso para ayudarlo a levantarse. El abad vestía un abrigo de cachemira de color marengo; alrededor de su cuello, una bufanda de otomán gris, cuidadamente enlazada. Sobre su cabeza rapada y con algo de pelo cano, un antiguo sombrero de chistera. A Ildefonso le extrañó la indumentaria de Ligetto, pues lo recordaba austero y hasta despreocupado de su apariencia. Los años, además, lo habían cargado de profundas arrugas y un tono oliváceo de la piel que no recordaba.
Ildefonso percibió de inmediato la inquietud del abad y esperó que éste iniciara la conversación, aunque tenía un sinnúmero de temas para hablar. Ligetto lo condujo al exterior del museo, hacia un extenso terreno trasero que ascendía sobre una loma rebosante de vegetación y frondosos altos árboles. El viento agitaba las copas con interrumpidos estremecimientos y les dificultaba el paso. La lluvia era inminente; a la distancia se escuchó un trueno. Ligetto volvió a tomar del brazo a Ildefonso mientras ascendían por un estrecho sendero. Giró la cabeza hacia uno y otro lado, luego habló precipitadamente:
--Seré grosero, incluso… Te pido perdón, mi querido hermano… No tengo tiempo para darte explicaciones. Tengo que exponerte algo delicado, algo muuuy delicado… ¡Sé que confías en mí, como yo confío en ti! Por eso te cité precisamente aquí. Tú… tú fuiste informado previamente del complot para asesinar a Juan Pablo I… No quiero que me digas nada que no quieras decirme. No te preocupes de eso. Sólo dime… dime una sola cosa: ¿Quiénes asesinaron a Albino Luciani?...
Ildefonso levantó la vista y clavó sus ojos sorprendidos en los ojos de Ligetto, quien observaba a su vez fijamente los suyos con angustia y expectación. Habían llegado a un claro en lo alto de la pendiente. Una fuente, en cuyo centro un tritón arrojaba un chorro de agua por la enorme caracola que con su boca soplaba hacia lo alto, derramaba parte de su agua por los flancos pétreos y musgosos.
--¡No lo sé!... Sí creo que lo asesinaron, pero quiénes, no lo sé…
Kumonar Ligetto se acercó a pocos centímetros de la cara de Ildefonso.
--¿Quieres saber quiénes lo h-i-c-i-e-r-o-n?—preguntó, remarcando cada letra.
Ildefonso se quedó por un momento petrificado. Sabía que la respuesta que iba a dar, no tanto al abad como a ALGO infinitamente superior, cambiaría dramáticamente el curso de su vida… Un gran trueno se dejó oír cerca de sus cabezas casi simultáneamente con un resplandor que les hirió la vista.
--¡Sí!... ¡Quiero saber!...
Una fuerza interior que lo conmovió profundamente le permitió asumir su destino. Sintió miedo e inquietud, pero igualmente respondió con una convicción espiritual: ¡Sí!...
--¡Bien!... ¡Eso es!... ¡Eso es!... ¡Pronto!... ¡Eso es!... ¡Pronto!...—repetía en voz baja el abad, mientras se desabrochaba atropelladamente los botones de su abrigo. Abrió el costado del mismo y, retirando cintas adhesivas del forro interno de su gabán, extrajo un sobre grande de color amarillento. Se lo extendió a Ildefonso, mientras le volvía a tomar con nerviosismo el brazo para facilitarle la recepción.
--¡Ahí está!... ¡Eso es!... ¡Guárdelo bien!... ¡Eso es!... Dentro de su abrigo… ¡Ya!… ¡Eso es!... ¡Debo irme!... ¡Usted sabrá qué hacer, hermano!... ¡Usted sabrá qué hacer!... ¡Debo irme ahora, ahora mismo!...
--¡Aguarde un momento, padre!... ¡Sólo una pregunta!... ¡También quiero hacerle sólo una pregunta!...
Esta vez Ildefonso lo cogió del brazo, pues el abad Ligetto hizo ademán de darse la vuelta. Una especie de diluvio cayó sin previo aviso sobre ellos. Ligetto miró entre suplicante y febril a Ildefonso, mientras el agua los sumergía bajo la catarata del cielo.
--¿Usted… usted verdaderamente hizo milagros allá en Ecuador?...
El abad cambió en un segundo su expresión; lanzó una potente carcajada, se dio media vuelta, y comenzó a caminar, riendo estrepitosamente, camino abajo. Cinco pasos más adelante, se detuvo, giró hacia Ildefonso y le gritó:
--¡Cristo es la Iglesia!... ¡No hay Cristo ni Dios ni Demonio fuera de la Santa Iglesia Católica!... ¡Todo lo demás es puro ilusionismo al servicio de la fe!...
El abad Ligetto volvió a girar en sentido contrario. Adelantó la rodilla izquierda para dar un paso, y un resplandor semejante a un sol encegueció por un segundo todo, mientras un espeluznante rayo se dejó caer atronando precisamente sobre la cabeza y el cuerpo de Kumonar Ligetto, que quedó clavado por los pies en el suelo, ardiendo y chisporroteando como una pira humeante bajo el agua.
A Ildefonso se le erizaron los pelos de espanto. Pensó primero quitarse el abrigo y arrojarlo sobre el cuerpo del abad, pero algo extraño le ocurrió. Como días atrás, la VOZ tonante y profunda le habló:
--¡SAL DE AHÍ!...
Apretó violentamente el sobre dentro de su abrigo, bajo el brazo, y comenzó a correr bajo la lluvia densa y sonora, cierto de que algo todavía más terrible estaba a punto de ocurrir.











CAPÍTULO XVIII




No era precisamente miedo lo que sentía. Mientras corría, a menudo con el agua por encima de los tobillos, y siempre detrás de un bloque de lluvia que ya no parecía caer, sino simplemente consolidarse ante él, volvió a experimentar esa desconcertante sensación de observarse a sí mismo, de sentirse a sí mismo como un otro, como otro al que se observa desde una especie de arriba, un ajeno, un casi extraño, pero incómodamente uno mismo… Todo esto era algo más que miedo. En parte, se trataba de ese mecanismo propio de los animales que les permite disociarse del sufrimiento (y del miedo) que padecen cuando están experimentando un evento fatal, y que por cierto hemos heredado los animales humanos. Sin embargo, en Ildefonso esto iba más allá: comenzaba a cobrar una dimensión –digamos tentativamente-- parapsicológica… Es decir, las características y los efectos ya no eran meramente sicológicos, sino algo más.
No podía sacarse de la cabeza la aterradora imagen del abad Kumonar Ligetto siendo atravesado por el rayo y ardiendo bajo la lluvia. Pero no por la imagen en sí misma escalofriante, sino, ante todo, porque había en TODO ESTO una presencia, un sentido, una voluntad, un poder inmerso en la realidad misma INCOMPRENSIBLE Y TERRIBLEMENTE SUPERIOR. Si eso era Dios, no podía dejar de resultarle extraño y hasta maligno… Aún más, ese PODER se le estaba acercando, lo estaba rodeando como un predador se aproxima a su presa. Nunca había podido creer ni comprender la figura religiosa del Demonio, por lo que apenas alcanzaba a darle realidad como un símbolo de todo LO MALO, si bien –lo reconocía—nunca había quedado satisfecho con esa visión. Siempre había presentido que la imaginería universal del Demonio y de lo Malo era una representación acomodada simplemente a lo que a una gran cantidad de humanos les resultaba PARA ELLOS malo. Sabía también que había muchas creencias y doctrinas antiguas y nuevas que unificaban el bien y el mal en un mismo SER. Se acordó del mensaje gnóstico en el computador de Bendaian, asociado a su nombre. Aunque en su momento había creído entenderlo, ahora sintió que recién iba a comenzar a entenderlo. Con un movimiento de intranquilidad volvió a apretar el sobre que llevaba bajo su abrigo. ¿Por causa de este sobre misterioso había muerto el abad Ligetto?...
Se detuvo un momento para mirar a su alrededor. La lluvia caía ya moderadamente. Pensó, con la respiración agitada, si debía volver a su departamento, o dirigirse a otro lugar. En ese preciso instante una enorme camioneta negra giró bruscamente hacia la acera. Ildefonso la vio venir hacia él. Reaccionó como si una fuerza interna lo hubiese agarrado de los hombros y lo hubiese arrojado hacia atrás. Se estrelló de espalda con algo que, sin embargo, cedió a su empuje. La camioneta giró velozmente para evitar estrellarse contra un árbol junto a Ildefonso, de modo que sólo alcanzó a golpearlo con un costado del tapabarro. Escuchó un gemido pegado a él. Su cuerpo presionaba la pierna de una señora que había caído detrás, a causa de su empujón. El sobre había resbalado hasta su rodilla (que era justo lo único que le dolía), y comenzaba a mojarse por un extremo. Con una mano tomó el paquete; con la otra se apoyó en el suelo para moverse y liberar a la mujer.
--¿Está usted bien?—preguntó Ildefonso, mientras la ayudaba a levantarse.
La mujer, ya mayor, llevaba un pañuelo de lino violeta anudado alrededor de la cabeza; asintió sin decir palabra, en tanto se ocupaba de dos bolsas de compras que se habían desparramado por el suelo. Ildefonso por un momento dirigió la vista en dirección adonde había escapado raudamente la camioneta, luego cogió el paraguas de la señora que había rodado unos metros más allá; comenzó a ayudar a la mujer, a reunir y limpiar sus objetos mojados y esparcidos por el suelo, resguardándola de la lluvia con su paraguas. Le llamó la atención que varias de las vituallas que llevaba eran apropiadas para gatos. La mujer parecía preocupada y reconcentrada, de manera que no le prestaba atención, y murmuraba continuamente algo que Ildefonso no alcanzaba a discernir. Cuando ya estaba todo nuevamente en sus manos, se dio media vuelta como si estuviese sola, y comenzó a caminar con dificultad, haciendo evidente que experimentaba alguna molestia o dolor. Ildefonso la observó un instante; en seguida se le acercó y, haciendo una venia delante de ella, le dijo:
--¡Permítame que la ayude!... ¡Soy sacerdote!... Lo menos que puedo hacer por usted es ayudarle a llevar sus bolsas y su paraguas… ¡Le he causado un gran contratiempo!... ¡Discúlpeme, por favor!...
Entonces la mujer pareció prestarle atención por primera vez; se quedó mirándolo a la cara con sus ojos azules y penetrantes. Luego dirigió su vista al sobre que Ildefonso apretaba contra su pecho. También su vista se detuvo varios segundos en el sobre amarillento y mojado.
--Usted…--comenzó a decir la mujer, pero se detuvo, y después de una pausa continuó—Vivo a una cuadra de aquí… Se lo agradecería mucho. He quedado un poco adolorida… ¿Ha visto eso?... Esa persona debe haber estado bebida…
--¡Sí, es probable!... ¡Es probable!... –repitió Ildefonso, aunque una sensación extraña y desagradable le advertía que aquello no había sido casual.
De cualquier manera, nada es casual, pensó, y dirigió su vista hacia la mujer que caminaba a su lado, apoyándose en su brazo.
--Mi nombre es Ildefonso Delenikas, soy jesuita—le dirigió una sonrisa afectuosa.
La mujer volvió a detenerse, lo miró con interés.
--Samantha Pickleford… Mucho gusto, padre.
Ildefonso guardó silencio y siguió caminando. Samantha tampoco hizo intento de hablar con él. Ildefonso se hundió en sus pensamientos. Una vez más los hechos recientes volvían a reunirse en su conciencia, y, gracias a esto, otros hechos y efectos menos inmediatos acudían en cadena, o en un expresivo tejido, si se quiere. Tuvo entonces la impresión de que su mente, su aparato síquico, estaba mutando… De alguna manera lo estaba involuntariamente buscando, así como estaba, inconciente y misteriosamente, siendo llevado. Esta convergencia le producía una sensación de acrecentamiento de su propio poder, y una indefinible sensación de superior BIENESTAR. El contrapunto era evidente: ¡Ahí estaba Ligetto abrasado en vida!... ¡La realidad entera estaba también en un proceso de ignición, ya no le cabía duda!... Era tan fácil para él y para cualquiera dejarse absorber por el miedo, por la incertidumbre, por la desconfianza, por la demonización de todo, como respuesta a un proceso mundial creciente de conflagración. Su opción estaba clara y bien asumida.
Ante la puerta del departamento de Samantha, Ildefonso hizo ademán de entregarle sus bolsas. Ella lo miró otra vez escrutadoramente, como si viese algo más allá de él, entonces le dijo:
--¡Entre, entre por favor, padre, menudo susto hemos pasado!... ¡Usted me ha ayudado a traer estos paquetes, y está empapado!... ¡Venga, acompáñeme para que seque su ropa en la estufa!...
Podría y debería haber respondido que no, pero había algo en la mujer que lo intrigaba y lo atraía. Al ingresar, tres gatos de diferentes tamaños y colores se acercaron maullando y restregándose contra las piernas de Samantha y de Ildefonso. Ella les habló por sus nombres, en un diálogo ininteligible para el sacerdote. A Ildefonso de entrada le llamó la atención el extraño olor que percibió en el departamento, como a mineral y dulce. Samantha lo llevó al pequeño living, en el cual sólo cabían dos sillones de paño burdeos y una silla. Encendió dos estufas eléctricas e hizo sentar a Ildefonso en medio de ellas, mientras se entretenía en la cocina, preparando algo para su huésped. Ildefonso se incorporó, dejó el sobre, que se evidenciaba mojado y arrugado, pendiendo del canto de uno de los sillones. Se abrió el abrigo; se quedó con los brazos abiertos recibiendo el calor reconfortante de las dos estufas. Ante la maravilla de la energía cálida sobre su cuerpo helado detuvo sus pensamientos, detuvo la conciencia intelectiva, se reconcentró en su propia sensibilidad y dejó descansar su mente y su alma en un trasfondo de intenso afecto vital, en el bienestar trascendental de la mera sensibilidad, como hacía rato no lo hacía… Por un momento le pareció ridículo sentirlo y pensar: eso es Dios, la beatífica sensación del calor cuando se está tiritando de frío… Casi al instante una voz interior le replicó: la sensación de frío también es Dios… Entonces cerró su abrigo todavía mojado para sentir el frío pegado a su piel escarchada. A lo lejos escuchó el maullido ansioso y hambriento de algunos gatos ante la vista de la comida.
Samantha entró al cuarto llevando sobre sus manos una bandeja de plata con dos tazas de porcelana y un jarro de leche humeante. Ildefonso experimentó esos déjà vu que lo transportan a uno instantáneamente a la temprana infancia, cuando las madres graban el primer amor con gestos inolvidables como éste. Samantha, con una leve sonrisa, estiró hacia Ildefonso una taza de chocolate caliente y un plato con un par de rosquillas. Lo recibe gustoso y, sentados uno frente al otro, comienzan un amistoso diálogo, como si ya se conociesen hace tiempo. Uno de los gatos, de abundante pelaje negro con blanco, se acerca y salta sobre la falda de Samantha, quien lo cobija y acaricia mientras le cuenta a Ildefonso acerca de su vida… Es viuda, vive en Colorado, cerca del Little Cottonwood Canyon. Hace unas pocas semanas se encuentra en este departamento arrendado por su hija Alice que acaba de tener su segundo bebé, y a quien acompaña durante el día para ayudarla en el cuidado de sus dos niños, pues la cesárea y sus complicaciones han dejado a Alice débil y limitada. Su vida de enfermera profesional (ahora jubilada) le ha acrecentado la habilidad y la sabiduría requerida para ayudar en todas las labores difíciles y sufridas de los seres humanos, especialmente a la hija. Mientras ella habla, Ildefonso se percata de que Samantha no deja de observar una y otra vez el sobre de Ligetto que descansa aún sobre la orilla del sillón. Repentinamente se acuerda de la amonestación de Senghor: “¡No confíes ni en tu propia madre!”
--¡Padre Ildefonso!—exclama Samantha--… ¡Yo he soñado con usted!... ¡Sí!... ¡Y he soñado con ese sobre!...
Ildefonso da un brinco sobre su asiento y mueve velozmente su mano hacia el sobre como para protegerlo instintivamente. Entonces, el paquete resbala del asiento y cae al suelo antes de que Ildefonso pueda atraparlo. Al golpear de canto contra el suelo se rasga por una esquina; aparecen una gruesa carpeta y una hoja que se desliza sobre el piso hasta los pies de Samantha. Ildefonso se apresura a recoger el sobre y a reacomodar la carpeta dentro de él. Samantha se inclina; el gato da un brinco desde su regazo y se encorva para estirarse después de caer sobre el parqué. Ella coge la hoja y la gira para mirarla por el lado impreso. Al observar la imagen, palidece y levanta la mirada hacia Ildefonso…

--¿Qué… qué… es…esto?—balbucea, apenas sacando la voz. La foto tiembla en su mano, mientras la muestra a Ildefonso.
Ildefonso se acerca, la toma y se la queda observando con el ceño fruncido.
--¡No sé!... Pero esto es una foto… del asesinato de John Kennedy…
--¿Por qué la tiene usted…así?...
--¡Dios, no lo sé!... A decir verdad, este sobre no es mío… O de cierta manera, lo es… Me fue entregado hace un rato atrás, aunque desconocía su contenido. ¡Estoy tan sorprendido como usted!...
--¡Es que son demasiadas las coincidencias, demasiadas las circunstancias significativas!... Usted… usted, padre Ildefonso, debe saber que yo estuve presente… ¡Yo vi a pocos metros el asesinato del presidente Kennedy!… ¡Aunque… eso no es todo!...
--¿Qué?... No se detenga… ¡Yo también necesito saber más!…
--¿Quién es usted?... ¿Quién es usted realmente, padre Ildefonso?... Yo apenas lo conozco… ¿Por qué tendría que confiar en usted?...
No confíes en nadie…” resonó nuevamente en su cabeza.
--Es que… sin duda, usted tiene razón, Samantha… Ni usted ni yo tenemos motivos para confiarlo TODO… Para confiar tanto… Al parecer usted y yo sabemos, o al menos tenemos que compartir, ALGO que uno y otro debe saber, sin que podamos precisar por ahora qué es AQUELLO…
--¡Así es!... ¡Así es!...
En ese momento sonó el ring del teléfono que se encontraba cerca de la entrada del living. Samantha se disculpó con Ildefonso y se dirigió a contestar. Los tres gatos corrieron junto a Samantha. Ildefonso puso atención a la llamada, pero le pareció que Samantha hablaba distendidamente con alguien familiar. Entretanto, arregló el bulto para tratar de evitar que algo de su contenido volviera a salir descuidadamente. La curiosidad sobre el contenido de la carpeta aumentó grandemente para él, pero se contuvo de tratar de indagar más en ese mismo momento.
Samantha regresó con una sonrisa y evidentemente en otro estado de ánimo. Le hizo saber a Ildefonso que había estado hablando con su hija, y de paso le pidió disculpas porque, en medio del “alboroto del sobre”, había olvidado que tenía el compromiso de cocinar un pastel para el almuerzo de su hija, y que pronto habría de llevárselo, una vez terminado de prepararlo. Invitó, por tanto, a Ildefonso para acompañarla a la cocina y continuar allí la conversación. Ildefonso se puso de inmediato de pie y dijo:
--¡No se preocupe, querida Samantha!... También ha llegado la hora de cumplir con mis deberes.
Samantha no hizo mención alguna a los temas en que se encontraban dialogando previamente, y sólo se despidió afectuosamente de Ildefonso, agregando:
--¡Lo esperaré, padre Ildefonso!... ¡Ésta es su casa!...
Corrió hasta su dormitorio, escribió algo en un papel, y mientras lo conducía a la puerta de su departamento entre inquietos maullidos de sus tres gatos que se movían desordenadamente alrededor de ellos, se despidió:

--¡Ahí está mi número de teléfono!... ¡Llámeme cuando quiera!...





[1] Obras completas de Teresa de Lisieux, Manuscrito dedicado a la madre Inés de Jesús, cap.3.
[2] J.P. Sartre, La Náusea.
[3] Orígenes, Homilía sobre el Génesis, XIII, 3.
[4] Mt.7:7-8.
[5] Mt.7:9-11.
[6] Mt.:15:17-18.
[7] Stgo. 1:5-8
[8] Tomás de Kempis, Imitación de Cristo,  III, 1,1.
[9] Rilke, R.M., Elegías de Duino, I.
[10] Freud S., Moisés y la Religión Monoteísta: Tres Ensayos, Librodot, p.8.
[11] Latín: (lit.) FUERZA-DERECHO, o, DERECHO DE LA FUERZA.
[12] 1335 a.C.
[13] En el original: tÕn plhs…on. (Mt. 22:39) “Amarás a tu cercano como a ti mismo”.
[14] “¡La paz de Dios sea contigo!”
[15] Gérard de Nerval, Aurelia o El sueño y la vida, Eneida, 1855, pp.14-15.
[16]Ver passim: Los Protocolos de los Sabios de Sión.
[17] Gérard de Nerval, Aurelia o El sueño y la vida, Eneida, 1855, pp.18-19.
[18] William Cooper, He aquí un caballo pálido, p.112.
[19] En su momento daremos explicación pormenorizada de esto, que para Ildefonso significó una ruptura profunda consigo mismo, con su misión en el mundo, y con Dios.
[20] Papa Urbano a Galileo Galilei, Roma, 1624.
[21] Ya se verá cómo esto es así, puesto que la naturaleza humana posee estos defectos también para su propio beneficio.
[22] Entendamos “evento” como una metáfora de TODO lo que experimentamos –a veces individual, a veces colectivamente-- como un aquí y un ahora.
[23] Discurso de Albert Pike (4 de julio de 1889), destinado a los miembros del 32.º grado del “Rito Escocés”.
[24] Carminum II, 10.
[25] Fr. 26 DK.
[26] Gn.2:17.
[27] Jn.12:24.

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