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viernes, 11 de enero de 2019

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo XXVIII)




El sherpa montó el triciclo del rikshaw, miró ligeramente hacia uno y otro lado, y comenzó a pedalear tranquilamente. Ildefonso, sentado en el cómodo asiento trasero, contemplaba con incredulidad, pero también intuitivamente, la singular situación que le acontecía. Entonces, sin razón aparente, se le vino a la memoria, palabra por palabra, el texto del apóstol Pablo:
Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde. Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada. Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría. El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca. Las profecías, por el contrario, se acabarán; las lenguas cesarán; el conocimiento se acabará. Porque conocemos imperfectamente, e imperfectamente profetizamos; mas, cuando venga lo perfecto, lo imperfecto se acabará.[1]
Una sensación extraña se apoderó de su corazón al contemplar a las gentes y al desconocido mundo de Katmandú. Con frecuencia la mente interior habla a la conciencia por contraste y no por afinidad con los acontecimientos del mundo exterior; o, tal vez, sea mejor decir complejiza (altera) la percepción o el entendimiento de nuestra mente ya prestablecida con modelos fijados de entendimiento y comportamiento interior y exterior. La mente interior pone siempre en movimiento evolutivo a la conciencia despierta que se adormece en su propio estado de realidad. Su corazón dio un vuelco y desde sus ojos comenzaron a caer líneas de lágrimas. Una intensa conmoción lo estremeció al contemplar a su alrededor a tanta y tanta gente extraña que apenas se roza con los sentidos externos, pero a quienes no se toca con el alma; paisajes tan ajenos, el aspecto tan diferente de todas las cosas, pero no sólo del Katmandú que se mostraba ante sus ojos, sino de las miles y miles de personas con las que se había venido encontrando los últimos años, los últimos diez, y veinte, y treinta… y toda su vida. Este sentimiento en este preciso momento y ocasión unificaba toda su vida sobrecogedoramente, la que había estado llevando por un sendero más y más en contrario declive. ¡Ahora lo veía bien!... ¡Qué fácil le había sido desviarse del amor total, incluso predicando el amor de Cristo, al enredarse entre los hechos de este mundo y de esta mente! Alejarse del amor había sido como destripar infinitamente la realidad; separar a cada persona de la otra, y a sí mismo de cada persona; vivir cada segundo aislado del anterior y del siguiente; cada lugar y situación, sin relación espiritual entre sí; experimentar la realidad como sin sentido, efímera y mortal; empobrecerse a sí mismo, dándose sólo importancia a sí mismo; dejar de vivir a Dios… ¡Volvía a temblar al pensar en Dios!... ¡Sin duda que el amor era Dios!... Pero ¿Dios era el amor?... Desde el fondo de sí algo como un gusanillo miserable y pecaminoso se encogía y retorcía ante la idea de Dios, SÓLO ANTE LA IDEA DE DIOS.
Por último, ¿no estaba incluso el amor de Pablo de Tarso teñido con esta sombra espantosa de Dios?... “Cuando venga lo perfecto, lo imperfecto se acabará”. Porque nada es perfecto en esta realidad, ni siquiera nuestra concepción de Amor, ni de Dios… Ildefonso actualizó que poseía una respuesta emocional, un sentimiento específico y bien definido, al que no tenía inconveniente en denominar plenamente amor; y aunque no fuese exactamente el mismo amor que declaraba y evidenciaba San Pablo, podía con este sentimiento unificar y traspasar toda esta realidad física, natural y humana, y quedar TEMBLANDO DE AMOR. Por lo tanto, LA SOMBRA del amor y de Dios en su fondo virtual no podían influir en modo alguno (¿aún?) sobre este sublime sentimiento que VIVÍA.
El sherpa detuvo el rikshaw ante la fachada de un antiguo edificio de tres pisos casi sin color, en una calle estrecha y poco concurrida. Se dio media vuelta hacia Ildefonso y, con una cálida sonrisa, le indicó con un gesto de mano que éste era el lugar donde debía dejarlo.
-- कसले तिमीलाई पठाएको, प्रिय मित्र? [2]--preguntó Ildefonso en nepalés.
-- Бог![3]—el sherpa respondió en ucraniano y sin dejar de sonreír.
¿Otra vez Dios, la realidad…Qué?, se preguntó Ildefonso, mientras descendía del artilugio, respondiéndole con una sonrisa de amor.
-- मलाई आशा कि हामी फेरि एकअर्कालाई हेर्छौं![4]—le gritó Ildefonso, convencido de que seguía hablando en ucraniano y no en nepalés, mientras el sherpa se alejaba al trote. Ildefonso se detuvo ante la entrada del edificio, se dio media vuelta para observar su entorno; pudo percibirse a sí mismo, o a dos sí mismos, de dos maneras: el que podía observar todo como un extranjero y un extraño; y el que podía observarlo todo con amor… ¿Por qué debo dejar prevalecer a uno o al otro?... ¿Soy yo realmente quien decide?... Pero tanta era la fuerza del amor al recordar a cada ser amado en su memoria y en su pasado, que inevitable y fluidamente transitaba la esencia sensible de ese amor a todos los seres humanos, ya sin distinción. Aunque para otro, uno por ejemplo como San Bernardo de Claraval, fuese tanto sólo por causa del amor de Dios “que inevitable y fluidamente transitaba la esencia sensible de ese amor a todos los seres humanos, ya sin distinción”. Concluyó que debía dejar fluir y colmarlo TODO con amor, sin importar de dónde viniera, incluso aunque el amor fuese solo una ILUSIÓN; o hasta el extremo, aunque fuese la mayor y más terrible de las ilusiones, porque sería entonces la única ilusión que puede asumirlo y unificarlo TODO, hasta la LUZ y las TINIEBLAS… Otra vez, con todo, una VOZ interior replicó malignamente: “¡POR AHORA!”…
Mientras cruzaba el portal del hotel volvieron a él las palabras reveladas: “AQUELLO INEXORABLE QUE LOS EMPUJA Y GUÍA AL FINAL ACABA INEVITABLEMENTE EXPERIMENTÁNDOSE PARA USTEDES COMO AMOR; NO COMO BIEN NI COMO MAL…” ¿Quién me habla así?, pensó. ¿Por qué no se me deja ver abiertamente?... ¿Es una Persona, un Ellos, o cualquier otro medio Incógnito, que no llego a vislumbrar?...
Había una reserva a su nombre. Se le asignó la habitación 307. Era una cámara única de techo alto, amplia, con ventanales que daban a la calle, cubiertos por gruesas cortinas granates. Las paredes de color sepia estaban recubiertas con lienzos estampados en diferentes flores de colores. Olía fuertemente a incienso. Ildefonso miró con interés y extrañeza la figura de un Buda sedente de tamaño natural, meditando de frente, pegada su espalda a uno de los muros. Pensó por un momento preguntar por esto, pero desistió. Las cosas cada vez poseían menos el significado que los demás les otorgaban, y más un significado intrapersonal, ambiguo y potencial, que debía por sí mismo actualizar. Las personas, en cambio, poseían un sentido mucho más complejo e indeterminado, dominado esencialmente por un amor profundo, pero también hasta el extremo de la inteligibilidad, la frustración y la contradicción. Se dio cuenta de que su propio comportamiento ya no podía ser calificado como un comportamiento normal. Se dio cuenta de que su mente ya no producía un estado de mente que pudiese identificarse como normal. Sin embargo, constató al mismo tiempo que las cosas del mundo habían facilitado y hasta provocado hechos anormales, tanto como él mismo los había buscado y allanado. Por un momento se detuvo sobre sí mismo y constató lo absurdo e irracional que significaba el estar ahí mismo en Katmandú, y su propia actitud despreocupada e irracional. Lo tranquilizó el hecho de que aún pudiese ver las cosas de esta manera, pero de inmediato se dejó embriagar por el singular y omnipotente sentimiento de amor que lo abarcaba TODO, sin excepción. Era el AMOR lo que precisamente, desde el fondo, lo volvía absurdo e irracional. Lanzó una larga carcajada, se tomó el estómago con ambas manos y sus ojos se llenaron de lágrimas. Constataba sin el menor escrúpulo que su amor debía ser un amor contrario a la razón, liberado de la razón y de la inteligencia. Y es que comenzaba a vislumbrar que en el corazón de este AMOR había una nueva manifestación de razón e inteligencia, muy superiores a las que había experimentado como humano común.
Se acercó sonriente a la ventana. Descorrió el visillo y observó con buen humor la gente que caminaba por la calle. Desde atrás de uno de los kioscos de ropa usada que se hundía en un lugar más oscuro de un pasaje observó que alguien se dejaba ver, mientras dirigía la mirada fija y precisamente hacia el punto donde se encontraba Ildefonso. La sonrisa se le congeló en el rostro; pronto comenzó a transformarse en una expresión de extrañeza. ¡Era Darinka!... ¿Era posible?... ¡Darinka!... Se cruzaron las miradas durante segundos, luego Darinka volvió a desaparecer tras el kiosco. Ildefonso se dio media vuelta, miró hacia el velador junto a la cama; caminó resueltamente a buscar el pequeño morral de cuero de cabra. Al levantarlo de la superficie de madera algo voló, desde debajo de la talega, hasta el suelo. Ildefonso se inclinó y recogió del suelo un papel sucio y arrugado. No lo había visto sobre el velador cuando depositó allí su morral. Estaba doblado en dos. Lo desplegó y miró con curiosidad su contenido. Sus ojos enrojecieron y se cargaron de llanto, mientras sus manos temblaban sosteniendo el papel:
No podrías imaginar ni creer dónde me encuentro.
Estoy vivo y muerto al mismo tiempo.
Firmaba con su letra inconfundible, pero ahora garrapateada, Solón Vitrubsky… ¡Su desparecido amigo Solón Vitrubsky!... Ildefonso se sintió disparado a decenas de metros de distancia, hacia arriba. Ya no le resultaba en absoluto extraña esta condición de observador repentinamente desdoblado de sí mismo. Todavía más, el sentimiento de amor no lo abandonó ni un instante... ¡Darinka y Solón!... Se dejó llevar hacia adentro y hacia afuera. Guardó el papel nuevamente doblado en su morral y salió a la calle. Primero caminó hacia el kiosco donde había visto a Darinka. No estaba allí. Se detuvo en el preciso lugar en que había visto aparecer a Darinka. Cerró los ojos; aunque no era una práctica habitual en él, inhaló profundamente y, siguiendo una inspiración espontánea, facilitó que fluyera una imagen en su interior. Primero, se le apareció la figura de Solón, borrosa, como si careciese de materialidad, recogida en sí misma, pero sin que pudiese vislumbrar su rostro, dentro de un espacio muy reducido y oscuro. Le resultó inquietante. Además, tuvo la sensación de que Solón estaba esperando algo… ¿Qué puedo hacer?, preguntó a su Maestro interior.
--¡Ildefonso!...
Escuchó que lo llamaban desde lejos. Abrió los ojos y miró hacia el frente. Media cuadra más adelante estaba de pie, observándolo concentrada y seriamente Darinka –ya no cabía duda de que era efectivamente ella--. De inmediato le resultó enigmático y extraño que estuviese tan estática, inmóvil, y con el mismo paraguas blanco con lunares rojos desplegado sobre su cabeza, tal y como la había visto la última vez ante el café Couleur de la 7th Avenue. Ildefonso comenzó a caminar hacia ella, pero Darinka se dio media vuelta y rápidamente se perdió entre la gente. Una voz de alerta le susurró que aquello no era normal; que incluso aquella joven ni siquiera fuese la verdadera Darinka que conocía. Aun así, la siguió. Más aún, fuese o no Darinka, debía seguirla… Varias cuadras seguía distinguiéndola de lejos; varias cuadras seguía escabulléndose, ya sin su paraguas blanco. Finalmente, Ildefonso desembocó abruptamente en la esquina de un amplio espacio en el que se alzaban diferentes construcciones sagradas. Se trataba de una gran plaza en cuyo centro se alzaba la estupa Kathesimbhu, con su gran domo blanco resplandeciendo bajo el sol de la tarde. Otra vez lo invadió la sensación de irrealidad y singularidad. Por un segundo experimentó los ojos rasgados de la estupa examinándolo a él, vivos y reconcentrados. Pero nuevamente la figura de Darinka se le mostró a unas decenas de metros. Esta vez realizó un gesto con su mano derecha, entreabrió un poco su boca y giró la cabeza hacia un punto cercano. Luego, desapareció en el mismo lugar, o al menos así se le manifestó a Ildefonso. Avanzó, siguiendo una intuición, hacia el lugar donde había visto recién a la joven; giró la cabeza en la dirección que parecía haberle indicado con su gesto, y se encontró con una sorpresiva visión. A unos pasos de él, en alto, se levantaba un antepecho de la terraza del templo; su entramado de fierro estaba diseñado con una hilera de siete grandes estrellas hexagonales, doradas, configuradas por dos triángulos superpuestos y contrapuestos respecto de un eje central. Entonces, se le desencadenó explosivamente una constelación de asociaciones y recuerdos. Como sin orden y simultáneamente se acordó de Franz Bendaian, de la estrella de David pintada en la hoja sobre el suelo de la sala de clases; de la misma estrella en el fondo de escritorio de su notebook… (Encendió su celular y fotografió esta vez el antepecho de la estupa.) Recordó sintéticamente el texto gnóstico que había también fotografiado del computador de Bendaian; recordó las tres luces en el cielo fuera de su departamento en la Knickerbocker Avenue, que giraron sobre su eje hasta formar una estrella hexagonal, y el mensaje divino que allí mismo intuyó; recordó la paloma viva del Bautismo de Cristo, ¡Cristo!, la estrella hexagonal rotatoria nuevamente, ¡Adam Farandsky!, “¡Debes lograrlo…!” (Observó con amor el anillo de oro en su dedo anular.) ¡Y el Amor de Dios por todas partes, por todas partes, inclaudicable!... ¡AMOR SOSPECHOSO Y AL MISMO TIEMPO INEVITABLE!...





[1] 1 Co. 13:1-10.
[2] Trad.: “¿Quién te ha enviado, querido amigo?
[3] Trad.: “¡Dios!”
[4] Trad.: “¡Ojalá volvamos a vernos!”

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