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viernes, 23 de noviembre de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo XXIII)




Antes de que las nubecillas blancas sobre el cielo azul comenzasen a disolverse alcanzó a leer en ellas: PARÍS 1919. Entonces, su vista planeó sobre un colosal anfiteatro debajo de él. Parecía construido con metales diversos, sólidos y relucientes, lo que le confería una traza de soberbio e inconmovible poder. Divisó decenas de miles de personas repartidas por las gradas circulares y por el espacio de la orchestra, con sus rostros cubiertos por máscaras plateadas con un solo y mismo aspecto delicado, sonriente y andrógino. Se movían lentamente, en silencio, descendiendo y ascendiendo por estrechos pasillos, como un ordenado fluido áureo, alrededor de un ara de mármol y cuarzo que se elevaba en medio del campus de suelo traslúcido, sobre una plataforma cónica de negro basalto, con doce gradas en redondo. Todos vestían una larga toga dorada, y, sobre ella, un escapulario de plata con una cruz roja invertida, por el pecho y por la espalda. Sobre sus cabezas, un bonete piramidal también de oro. Junto al ara, un hombre alto y grande se erguía con la vista alzada hacia el cielo. Escuchó en su interior una voz cavernosa que profería su nombre: WOODROW WILSON… Elevó sus brazos a lo alto, ofreciendo a los cielos una daga verde de peridoto. Sobre el altar, un becerro con su vellocino enteramente de oro, sedado y recostado dentro de una especie de pesebre constituido con láminas de oro (en las que estaba grabado el Decálogo de la Ley), miraba de soslayo con su único ojo siempre abierto en medio de su frente. A Ildefonso le pareció que un rayo de luz cayó desde el cielo sobre la cabeza del oficiante, de manera que éste se iluminó de pies a cabeza. Murmuraba y salmodiaba algo que no alcanzaba a escuchar. Todo el mundo en el anfiteatro se detuvo y dirigió su mirada hacia el altar. Hombres y mujeres se tomaron de las manos, formando una cadena ininterrumpida, por todas partes. El inmenso anfiteatro comenzó a vibrar desde dentro, como un motor. Entonces, Ildefonso puso atención en el suelo translúcido del lugar; vio con horror y terrible congoja que bajo el piso de cristal indestructible existían innumerables mazmorras y niveles subterráneos, en los que habitaban hombres y mujeres de todas las edades, de todas las razas, famélicos, harapientos, enfermos, esclavos sumisos de aquellos que disfrutaban del mundo superior del oro. Estaban también inmóviles, contemplando, con una expresión indescriptiblemente triste y abandonada hacia el cielo de su submundo, a los Señores Dorados, a los Elegidos y Bienaventurados; estaban esperando, sólo esperando poder acatar y satisfacer sus próximas órdenes... El hierofante coge con ambas manos la daga, se cierne por unos segundos en lo alto, luego la deja caer con un golpe certero sobre el cuello del animal, desgarrando su piel y su carne. De su garganta salta un chorro de sangre dorada. El taumaturgo la recibe en un cuenco de obsidiana. Levanta el recipiente hacia el cielo y realiza una plegaria con los ojos cerrados; lo acerca a su boca y bebe. Luego se reinicia el movimiento lento y rítmico de la multitud de fieles, quienes van acercándose al hierofante para beber uno a uno la sangre áurea del cuenco de obsidiana, no sin antes y después inclinar piadosamente el torso delante del becerro moribundo. Ahora la multitud murmura un cántico que intensifica la vibración del anfiteatro. Entonces, ocurre el milagro: desde la espalda de aquellos que han bebido de la sangre del Becerro de Oro comienzan a brotar, como una flor de su capullo, cuatro pequeños élitros rosados, que van creciendo rápidamente, hasta transformarse en cuatro alas de oro que se agitan como hélices de fuego. El zumbido aumenta; cada uno levanta suavemente el vuelo. De igual manera que una bandada de ángeles alza en tropel el vuelo formando una riada hacia el cielo, todos se van alejando en dirección a la inmensa bola incandescente del sol. Ya se han alejado tanto y tan, tan alto, que parecen nada más que un punto negro en medio del disco del sol. Entonces, y repentinamente, todo comienza a oscurecerse tenebrosamente, pues el sol se ha vuelto negro, infinitamente más negro que la noche.
Sintió que su cuerpo temblaba. Luego, algo lo remeció desde su brazo derecho. Finalmente escuchó una voz a su lado:
--¡Señor!... ¡Señor!... ¿Se encuentra bien?... Estaba usted gritando… Parecía muy angustiado…
Ildefonso se había quedado dormido poco después de la primera hora en el aire.
--¡Sí!... ¡Sí!... Estoy bien… Sólo fue una pesadilla…
Miró hacia el lado, y se encontró con las caras curiosas y atentas de las dos damas, inclinadas hacia él.
--¿Tiene usted alguna enfermedad cardíaca?—preguntó Lucy, observándolo por encima de sus anteojos con sus ojos azules. Ildefonso negó con la cabeza.
--Es que usted se apretaba el pecho, mientras gemía…--agregó ella misma.
--Yo tengo dos bypass y sé lo que es eso…--terció Florencia.
--No, no, mi corazón está bien, gracias—respondió Ildefonso, intentando sonreír. Las imágenes de su sueño habían quedado vívidamente grabadas y se repetían en su imaginación.
--Usted es un hombre joven… ¿Cuál es su nombre?...—continuó Florencia.
--Ildefonso.
--¡Ah, bien, Ildefonso!... Seguro que no ha ido al cardiólogo el último año, por lo menos… Mi esposo, que en paz descanse, siempre se resistió a chequearse del corazón… Al fin, su forma de vida y la falta de prevención le pasaron la cuenta.
--¡Esta vida contemporánea tan llena de preocupaciones y estrés!… ¡Uf!—exclamó Lucy.
--¿Cuál es su ocupación, Ildefonso?—preguntó Florencia.
--Soy… diplomático…
Era la primera vez que mentía en su vida. Apenas terminó de proferir diplomático, sintió que su corazón se apretaba. Se acordó instantáneamente de Farandsky: “¿Qué harías, por ejemplo, si alguien te coge del cuello y te lo quiere rebanar?... ¿Qué deberías hacer?... ¿MENTIR?... ¿Me es lícito MENTIR?... Esta vez afloró de alguna zona profunda de su interior una respuesta bien definida, formada, oculta y enigmáticamente ya procesada. ¡Sí!... Pero no ahora, no esta vez, porque no hay un cuchillo hiriendo tu garganta…
--¿Quién podría sentirse tranquilo y en paz, con todos esos terroristas atentando inhumanamente en todas partes del mundo?...—en paralelo escuchaba la voz de las mujeres que continuaban con su diálogo  espontáneo--… ¡Sí!... Si no fuese por ese maravilloso Ronald Trampa que nos protege de los enviados de Satanás… ¡De los inmigrantes ilegales también!... ¡Ese hombre sí es un modelo y ejemplo de honestidad y buena voluntad para todos los gobernantes y pueblos de este mundo!... Ni siquiera en este avión estamos completamente seguros… ¡Oh, sí, los rusos, los árabes, los chinos!... ¡Qué horror!... ¡Jesús y María!... Sin la protección de Dios, este mundo ya se habría acabado…
--¡No!... ¡No soy diplomático!... –interrumpiéndolas, les espetó con firmeza-- ¡Soy un sacerdote de la Compañía de Jesús!... Simplemente no quiero hablar. Les agradezco su preocupación, señoras, pero quiero estar en silencio, en completo silencio. Estoy cansado y necesito meditar… ¡Discúlpenme!...
Volteó hacia la ventanilla sin esperar respuesta; sacó de su bolsillo un pequeño estuche forrado con género negro, lo abrió, extrajo dos tapones que se instaló en sus oídos, y cerró los ojos. Florencia y Lucy prontamente se compadecieron del sacerdote, quien, a ojos vistas, no estaba nada bien. Continuaron cuchicheando y dialogando en voz baja, por respeto. Una vez más, Ildefonso se sorprendió de sí mismo.
Pensó que era tan fácil, tan frecuente y natural encontrarse más dormido e insipiente “(pseudo) despierto”, que incluso el más irrelevante y oscuro sueño “(pseudo) dormido”. Una vez más asoció el fr. 26 DK de Heráclito. Cada vez le parecía que comprendía más de él; cada vez se desplegaba más como experiencia ampliada de realidad. Él mismo se presentía disparado en una dirección divergente respecto de la gente que le tocaba vivir. En estas dos mujeres había algo así como la Humanidad misma. Pero él, ¿por qué ya no se reconocía en esa igualdad, a la que había amado y aspirado tanto desde su niñez y juventud?... ¿Por qué le resultaba más y más su propia humanidad un traje dolorosamente estrecho y ajeno, como el traje dominguero de un niño que se ha pegado el estirón repentino de la adolescencia? Si bien, ese impulso extra-humano le proponía un desafío que era incapaz de sostener y acrecentar todo el tiempo, pues su propia humanidad ya vivida por más de cuarenta años lo lastraba, lo adormecía, lo limitaba y estrechaba “hacia atrás”. Esto era ante todo experimentado como su mente: la estructura y el hábito de su propia mente y de su propia conciencia, igual a sí misma (y a todos) a cada instante, cada día… y en deterioro progresivo y constante, sico-biológico, hacia la vejez y la muerte. Estaba siendo llevado, acarreado incluso, pero también era indudable que ELLOS contaban con su auto-trabajo, con sus decisiones intencionadas y sostenidas para co-empujar y co-transformar lo que querían empujar y transformar en él (en su inmensamente superior y clarividente providencia). Hubiese querido dar más de sí, provocar más cambio trascendente, despertar mucha más conciencia y poder para ser y devenir, pero no podía… no era nada fácil, al fin de cuentas. Si él era el palito arrastrado por la corriente, entonces a su sí mismo no le correspondía más poder que inclinarse voluntariamente (libremente) un poquito más hacia la izquierda, o un poquito más hacia la derecha, y nada más… Trataba de juntar todos los eventos relevantes que podía recordar de a uno; trataba de descubrir más y más memorias más y más significativas desde su conciencia más y más lúcida, pero no podía sino zurcir juntamente uno que otro recuerdo, pegotear uno que otro nuevo entendimiento, y TODO LO DEMÁS se le caía fuera del recordar y de la conciencia atenta, aunque sabía y presentía que al juntar y juntar más contenidos con y en la conciencia, con y en la mente, le acontecerían transformaciones y evidencias superiores que sólo de esa manera podrían ocurrir… Concluyó que tendría que desarrollar nuevas capacidades y habilidades dentro de su propia mente, si quería estar a la altura de lo que le venía aconteciendo, y de lo que él mismo quería continuar. ¿Era sólo una respuesta mecánica de su cerebro el que se le presentase en ese mismo instante a su conciencia el sueño reciente, precisamente porque era su contenido más reciente, o también, y sobre todo, porque su yo superior lo empujaba sabiamente ahora desde el inconciente a su conciencia?...
Primero, le pareció evidente que no lo había soñado para inmediatamente olvidarlo –como ocurre con casi todos los sueños--, sino que poseía una virtualidad de sentido que su conciencia debía desarrollar y asimilar. Como si su conciencia, a su manera, debiese continuarlo y completarlo despierto. En ese mismo momento tuvo la potentísima intuición de que había tantos recuerdos que habían quedado como paralizados y enterrados en su memoria y olvido, pero que ansiaban ser rescatados desde su memoria en el momento oportuno para continuarse, desarrollarse y completarse en algún próximo o lejano futuro-presente. El sueño poseía una intrínseca grandeza simbólica, un lenguaje (contenido) y dimensión tan únicos y especiales, que, aunque pudiese reproducir simplemente una suma de hechos tomados a pedazos de la realidad cotidiana y natural, resaltaba y transformaba significativamente el valor y sentido de los hechos naturales (del universo físico y conciente), asociados siempre metafóricamente al universo del inconciente y del sueño (por más literales y meramente espejo de la experiencia física vivida que puedan parecer).
Por ejemplo, un politólogo y un sociólogo le refutarían a la inteligencia y realismo de mi sueño que la representación de la Humanidad en dos categorías (esclavos y señores) no se corresponde con la complejidad y multiplicidad de los comportamientos y estatus de los grupos sociales en el mundo. Pero la apercepción onírica de la realidad no es meramente descriptiva e inmediata, como lo son natural y casi siempre nuestras apercepciones concientes… La apercepción onírica, en cambio, vive (descubre) siempre un sentido en la mera percepción sensorial y apercepción que experimenta la conciencia despierta como realidad… ¿Descubre algo, procesa algo que la conciencia despierta no alcanza a percibir, o simplemente pergeña una realidad subjetiva y fantasiosa que no existe en absoluto en la realidad física?... Es un poco esto, y un poco aquello… Debo andarme con cuidado con los sueños, lo mismo que con la realidad despierto… ¡Entonces, sí creo que en un nivel de la realidad la Humanidad se contrapone entre amos y esclavos!... ¡Sí creo que en un futuro no lejano habrá una encrucijada de la realidad planetaria en que la Humanidad se resolverá ante dos vías: ESCLAVOS O SEÑORES!... Y otros, como yo, seguramente pocos, que se disponen a VOLAR… Ha sido mi sueño, pues, el que ha resaltado esta línea de realidad, por ahora más subyacente que otros aspectos de la existencia, y me la ha puesto delante para señalarme un curso de realidad, un destino; también un presente, pero, ante todo, un destino… No como la ciencia podría especular con una hipótesis de futuro, sino como precisamente un SUEÑO es capaz de ANTICIPAR EL FUTURO…
¿Había, entonces, un mensaje, un contenido, un sentido incluso en cada detalle, en los pliegues inconsútiles, casi invisibles del sueño (y también de la realidad), que no debía dejar pasar, sino desentrañar con extraordinaria habilidad, como un acucioso investigador de un enigmático y poderoso jeroglífico?... Ildefonso recordó algo, se echó la mano al bolsillo interior de su chaqueta, sacó su pequeña libreta de notas y leyó uno de los pocos textos que había copiado del dossier de Ligetto, de entre aquellos que, a una primera lectura, más lo habían impresionado, tanto más cuanto se trataba de un fragmento escrito por John E. Mack, en relación con las abducciones extraterrestres:
Es como si el agente o la inteligencia en este trabajo aquí estuvieran parodiando, burlándose, estafando y engañando a los investigadores, proporcionando la evidencia física suficiente para ganarse a aquellos que están dispuestos a creer en el fenómeno, pero no la suficiente como para convencer al escéptico. En esta situación aparentemente frustrante, puede haber una verdad y una posibilidad más profundas. Es como si el fenómeno nos invitara a cambiar nuestros modos, a expandir nuestra conciencia y formas de aprender, a usar, además de nuestras formas convencionales de conocer y observar, metodologías más apropiadas para su compleja, sutil y quizás, en última instancia, propia naturaleza desconocida.”[1]
Cerró su cuadernillo y volvió a sentir, unificada con él mismo y con todo, esa insondable oceánica marejada de amor y plenitud que siempre había llamado DIOS… ¿Es necesario que llegue a desconfiar no sólo de la identidad de Dios, sino incluso de este sentimiento sublime?...


[1] Mack, John E., Passport to the Cosmos, White Crow Books, Edición de Kindle, p. 10. [Traducción nuestra] El subrayado es obra de Ildefonso Delenikas.