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viernes, 2 de marzo de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo V-3)




Si aquello había sido un sueño, lo olvidó. Si aquello había sido otra cosa, lo olvidó. Sin embargo, al despertar Ildefonso sintió un desagradable vértigo; como respuesta, pero también como de costumbre, alzó con lágrimas en los ojos un sentido Padre Nuestro al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Besó el cristo que mantenía sobre el velador junto a su cama; trató de recordar y ordenar algo sus recuerdos y pensamientos, mas una penosa sensación de que la realidad estaba avanzando más de prisa que él lo mantuvo todavía otro rato sobre la cama, mientras contemplaba la línea oscura de la veta que nunca antes le había llamado la atención, a través de la viga que cruzaba por encima del cielo de su lecho. Entonces se impuso un recuerdo por sobre otros y escuchó claramente en su interior aquella frase que tanto bien le había hecho cuando niño: “Bienaventurada el alma que oye al Señor que le habla, y de su boca recibe palabras de consolación.[1] Ahora le sabía a amada y dulce, pero también lejana y débil, como el tallo de una flor cuando comienza a secarse. Una inquietud repentina lo impulsó a levantarse de su cama para ir a buscar refugio en la oración matinal. Cuando iba a poner su pie derecho sobre el piso, su vista se quedó fija en el suelo: durante la noche habían pintado una línea gruesa de color rojo oscuro paralela a unos treinta centímetros de su cama, desde la cabecera a los pies. Pasó por encima de ella, con cuidado de no pisarla. Se arrodilló para mirarla de cerca; la olió, y ya no le cupo duda: era sangre. ¿Quién hizo esto?... ¿Qué quiere?... ¿Sangre de quién o de qué?... Otro hecho más que venía a agregarse a la lista de enigmas y desazones. Dirigió su vista hacia la entrada y se encontró con una nueva sorpresa: otra raya de la misma traza y condición había sido pintada en el umbral, pegada al piso, por el ancho de la puerta. ¿Qué significan?... ¿Qué significan?...  Se quedó pensando un minuto, pero después de confundirse con razones contrapuestas, concluyó con certeza de que al menos Dios y Cristo estaban ahí, lo cual para Ildefonso ya no era garantía alguna de tranquilidad ni de simpleza, sino casi justo lo contrario… “Dios se muestra para quien se muestra”, recordó haberle escuchado a alguien esta frase que ahora casi le dolía. Definitivamente el universo parecía haberse confabulado en una entropía creciente (para él); es decir, un desorden en cuya más honda impenetrabilidad había que descubrir un orden nuevo.
Escuchó pasar a algunos niños riendo y gritando cerca de su ventana, y se acordó de que hoy debía darles clases de Religión. Iba a coger la manilla de la puerta, cuando se escucharon algunos golpes suaves del otro lado. Se encontró delante con la mirada sonriente de fray Finah Argabacic, un hombre menudo, de ojos pícaros, pelo rubio y barba rojiza. Se abrazaron, e Ildefonso lo hizo entrar al observar sus gestos y el papel doblado que traía en su mano. El fraile notó de inmediato la banda roja sobre el umbral, miró a los ojos a Ildefonso, se ensombreció y frunció el ceño con gravedad y preocupación. Sin agregar nada, le estiró el papel, se dio media vuelta y salió de prisa de la cabaña. Ildefonso se quedó mirando atónito como se alejaba; bajó la vista hacia la hoja, salió al patio, se sentó sobre un tronco cortado bajo el alero de la cabaña; mientras se rascaba la cabeza, comenzó a leer:
Querido hijo Ildefonso Delenikas:
El Señor me llama y debo seguirlo adonde quiera llevarme. Durante la noche han venido a buscarme para dar la extremaunción a un venerable anciano converso que ha hecho una gran labor de beneficencia para nuestra cruzada católica en estos pueblos. Estaré ausente durante un tiempo indeterminado. Los planes que teníamos han cambiado repentinamente, por lo que te pido por el amor de la Santísima Virgen que me disculpes y abras tu corazón a Cristo para cumplir con la tarea que debo encomendarte. El cacique Sehuoque de la aldea secoya Pañedosicohua’i, enemigos declarados de Cristo y del hombre blanco, me tenía invitado para un primer encuentro de paz en sus tierras. ¡No podemos perder la primera y única oportunidad en cientos de años de introducir a estos indígenas paganos al Sagrado Corazón de Jesús, y a abrirles las puertas del Reino de Dios para salvar sus almas!... Dios me ha revelado que tú podrás reemplazarme y, con la inspiración y la ayuda de Cristo y los ángeles, lograrás, aun mejor que yo, esta misión… Hoy mismo deberás partir con los guías que fray Argabacic te asignará. ¡Bendiciones y que Dios te acompañe!...
Kumonar Ligetto, abad SJ.
Ildefonso volvió a doblar la hoja, la guardó en un bolsillo de su pantalón de lino gris y comenzó a caminar hacia la pequeña maloca que fungía de pabellón de clases. Su cabeza volvía a girar como un torbellino. Al llegar, alcanzó a ver como se despedían los últimos dos niños de fray Finah Argabacic. Ildefonso se acercó a él y se sentó en una banca. Finah lo miró con curiosidad y cierto recelo:
--He licenciado por hoy a los niños…
Ildefonso hizo un gesto tranquilizador con la mano, se sacó la carta del bolsillo, la abrió para leerla nuevamente.
--¿La leyó usted, hermano Finah?...
--No, pero sí me la leyó el padre Ligetto.
--¡Esto es una locura!...
--¡Esto es obra de Dios!...
--¡No lo dudo!... Pero carezco de toda competencia, conocimiento y capacidad para hacer esta obra. No me corresponde a mí.
--El abad cree que usted, hermano Ildefonso, es justo la persona indicada, a pesar de sus razonables aprensiones.
Ildefonso guardó silencio y se quedó meditando por un momento. El fraile se había sentado a su lado y no dejaba de mirarlo.
--El padre Ligetto me ha dejado algunas instrucciones especiales para usted…
--¡Está bien!... ¡Está bien!... –exclamó Ildefonso--.
Hizo una pausa, cerró los ojos y se presionó ambos párpados con los dedos.
--¡Dígame una cosa!... –continuó--¿Usted sabe algo de esas rayas rojas que pintaron con sangre en el suelo de mi bohío?...
Finah se quedó un tanto perplejo por la pregunta de Ildefonso, pero tomando aplomo contestó:
--En estas regiones selváticas ocurren tantas cosas a las que no estamos acostumbrados, hermano Ildefonso… Yo no sé qué puedan significar esas rayas ni la intensión del que las pintó. Pero no hay que darles mucha importancia. Usted sabe, como dice el refrán: cada loco con su tema… No se preocupe, si usted parte en misión, todo se resolverá bien, ¡Dios así lo quiere!; eso es lo que verdaderamente importa…¡Dios Padre y nuestro Señor Jesucristo lo protegerán y lo ayudarán a obtener lo que desea!... ¡Tenga fe!...
--¿Fe?...—alcanzó a replicar, pero se contuvo de seguir.
Entonces se escuchó a la distancia el inconfundible rugido del jaguar hambriento.
--¿A qué ahora quiere usted partir, hermano Ildefonso?—preguntó Finah con cierto nerviosismo y atropellándose  para dirigir la atención a otra cosa.
Ildefonso giró hacia la espesura, desde donde había oído el rugido.
--¡El rugido de la selva!...—murmuró--¡Cuánto antes!...¡Cuánto antes!... (¡Hágase tu voluntad, mi Dios!...—pensó--)
--Si le parece, dentro de una hora estarán con usted los guías Tsa’iñe y Ëcacuji. Ambos son expertos en el dialecto de los Pañedosicohua’i y han participado antes en este tipo de expediciones. Son hombres experimentados y fieles… Ya lo verá.
Ildefonso no respondió, sino que levantó la vista hacia el cielo azul, como buscando algo. Luego hizo una reverencia ante Finah, apoyando ambas palmas de sus manos en el pecho, sintiendo bajo su camisola de bambula el crucifijo de la Madonna.

--Creo en nuestro Señor Jesucristo porque sólo Él puede salvarme de ser devorado por los Vancten-mascan—dijo el guía Tsa’iñe, persignándose.
--¿Quiénes son los Vancten-mascan?—preguntó Ildefonso.
Tsa’iñe se detuvo en seco, se dio media vuelta y se puso las manos sobre la boca. Luego cerró los ojos y extendió los brazos, con una expresión de arrobamiento.
--¡Amén!—respondió desde atrás Ëcacuji.
Avanzaban lentamente, abriéndose paso a golpe de machete por entre la maraña selvática, empapados de sudor, cargados con sendas mochilas, cuidándose de no pisar una serpiente oculta, o de ser sorprendidos por arañas venenosas. Mientras meditaba en la respuesta de Tsa’iñe, Ildefonso experimentó un extraño déjà vu –o algo parecido--. No sólo sintió que todo lo que estaba aconteciendo ya lo había vivido antes y lo conocía de antemano, sino que una especie de desgarrón de conciencia le provocó una duplicación de su mente en una realidad paradojal, que no era la misma ni diferente. Estaba ahí y no estaba ahí, observándose y observado. Sus sentidos se agudizaron. Nuevamente escuchó por todas partes un océano de sonidos diminutos, sutiles, livianos, dentro del silencio de un universo infinito. Las formas adquirieron contornos de ilimitadas dimensiones (parecían no acabar jamás) que se fundían unas con otras; y los colores, tonalidades intensas y gradaciones increíbles que se deslizaban hacia otras dimensiones, acompañando las proyecciones de las formas, como sus colores propios y no propios.
Un grito agudo y corto lo sacó bruscamente de su estado. Tsa’iñe venía corriendo hacia él con expresión de preocupación y miedo. Pasó junto a Ildefonso y continuó su carrera. Diez metros más atrás se detuvo en seco, se arrodilló y se quedó observando el suelo con la boca abierta.
--¿Qué pasa?—preguntó Ildefonso--… ¿Dónde está Ëcacuji?...
Tsa’iñe continuó en silencio observando el suelo y mirando los alrededores, sin levantarse. Ildefonso se acercó al guía; entonces sintió que su corazón comenzaba a saltar descontrolado en su pecho y la sangre le palpitaba en las sienes. En el suelo, sobre la maleza aplastada, una línea roja de sangre, similar a las que habían pintado en el suelo de su cabaña, y nada más.
--¡Tsa’iñe!... ¿Ëcacuji?...
Ildefonso presionó con su mano el hombro del guía. Tsa’iñe levantó la cara hacia el sacerdote y con lágrimas en los ojos respondió:
--¡Yacumama!...
--¿Qué es Yacumama?...
--La Madre de todas las Aguas.
Ildefonso levantó la vista hacia la espesura, se puso ambas manos alrededor de la boca y gritó con todas sus fuerzas:
--¡¡Ëcacuji!!...
--¡Silencio!... ¡No grite, padre!... ¡Yacumama puede volver por nosotros!...
En otras circunstancias Ildefonso hubiera considerado aquello un comportamiento meramente supersticioso, y el producto fantasioso del pensamiento mítico y primitivo de Tsa’iñe. Pero él mismo ya no se reconocía como un hombre normal --si es que alguna vez lo he sido--. Volvió a experimentar la sensación de estarse observando a sí mismo desde otro espacio y tiempo, como si todas las cosas estuviesen viniendo de lejos, desde muy lejos…
--¡Debemos buscarlo!... Si no lo encontramos hoy, tendremos que regresar para pedir ayuda—Su ser racional no dejaba por ello de ejercer su función directiva y lúcida.
--Si no lo encontramos hoy, no lo encontraremos jamás…--Agregó Tsa’iñe, aunque hubiese querido decir realmente: “No lo encontraremos jamás”…
El resto de la tarde estuvieron caminando en círculos concéntricos, por recomendación de Tsa’iñe, pero no encontraron ni el menor rastro de Ëcacuji, ni señal alguna que pudiese ser significativa. Parecía haberse esfumado. Sólo faltaba escudriñar el río de aguas turbulentas y oscuras, que un kilómetro más adelante se adentraba en canales interminables, desde donde era más difícil salir vivo, que morir. Cuando ya comenzaba a oscurecer, completamente exhaustos, decidieron buscar un árbol donde encaramarse para pasar la noche, pues la tienda de campaña había desaparecido junto con Ëcacuji. Ya unidos cada uno con una soga a una rama de la guatteria para evitar caerse durante el sueño, Ildefonso escuchó las oraciones interminables de Tsa’iñe (aferrado a una rama varios metros más arriba) a la Virgen Santísima, al Señor Jesús, al Padre Dios, y a muchos seres imaginarios, sobrenaturales, que Ildefonso no podía entender ni reconocer. Al comienzo, sonrió condescendiente y compasivamente con la mixtificación de Tsa’iñe, pero pronto, cuando volcó su atención en su propio Cristo y en su propia fe, se percató de que su Cristo y su fe también se transfiguraban junto con la selva amazónica y sus poderosas divinidades. Un fuerte trueno le hizo abrir los ojos sobresaltado. Tsai’ñe enmudeció. El mundo pareció estremecerse cuando comenzó a caer un diluvio del cielo negro e invisible. Un relámpago enceguecedor cambió la fisonomía de la realidad, y el chasquido terrible de un rayo explotó no lejos.
--¡Ya-cu-ma-ma!... ¡Ya-cu-ma-ma!... ¡Ya-cu-ma-ma!... ¡Ya-cu-ma-ma!...
Creyó escuchar que alguien murmuraba, pero no estaba seguro de que fuese Tsai’ñe, pues creía oírlo desde diferentes lugares. Tal vez era sólo la lluvia. Prefirió no hablarle al guía para no asustarlo más.
La Madre de las Aguas… La Virgen María, pensó para sí… ¿Sólo una de ellas existe, o ambas, o ninguna?...  Con los ojos abiertos esperó el siguiente relámpago. La luz espectral abrió la oscuridad impenetrable de la selva, e Ildefonso vio con total claridad que a los pies del árbol un gran felino observaba hacia arriba, donde se encontraba él. Otra vez la sensación de irrealidad y de super-realidad. Instintivamente se aferró a un gancho que colgaba cerca de él. Dentro de la total oscuridad que le impedía ver más allá de la punta de su nariz, un rugido horrible y largo que se fue apagando a lo lejos le erizó los pelos de su cuerpo. Esperó conteniendo la respiración por un minuto, hasta que el siguiente fogonazo le permitió constatar que el jaguar ya no se encontraba en el lugar. Sin embargo, para su horror, alcanzó a divisar los anillos y la cabeza de una inmensa anaconda que subía estrangulando el tronco con su inacabable cuerpo colorido y escamoso. Un rayo se estrelló contra una empinada palmera a pocos metros de Ildefonso. El árbol crujió terriblemente y se desplomó de a poco, arrastrando a otros árboles menores. Se hizo un silencio abismal por un lapso que a Ildefonso le pareció la medida de la eternidad, entonces, todavía sumido en la negrura, la gruesa rama en la que se sostenía se dobló casi en cuarentaicinco grados, como si un enorme peso la hubiese combado. Se aferró con ambas manos todavía más angustiosamente a la rama. Esperó, rezando a Dios por el perdón de sus pecados, aguardando la muerte, un minuto, dos, pero ya no se iluminó el cielo ni la tierra con ningún relámpago más. En cambio, escuchó una voz grave y gutural que habló desde las tinieblas:
--¡ILDEFONSO!, ¿POR QUÉ HAS TRASPASADO EL UMBRAL PROHIBIDO?...
--¡Yo… no…lo…sé…!—balbució casi atónito, como si Dios mismo (o el Demonio) estuviese allí, a dos metros de él.
--¡BEBE!...
Sin poder ver nada en la oscuridad, estiró sus manos y se encontró con una calabaza suspendida en el aire. Se quedó con ella en sus manos, incrédulo, sin saber qué hacer.
--¡BEBE!...
Le resultó tan amenazante e imperativo el mandato que no dudó más y bebió completamente su contenido. Le pareció que sabía a sangre. Se quedó expectante en medio del silencio y de la gruesa lluvia. Poco a poco, gradualmente, pero sin pausa, la rama comenzó a levantarse hacia su posición original. Entonces, en el preciso momento en que percibió que algo muy liviano parecía salir volando, sintió una dolorosa contracción estomacal y unas ganas intensas de vomitar. Vomitó varias veces un líquido espeso y amargo. Después de la última expulsión, instantáneamente amaneció. Sorprendido, Ildefonso miró hacia todos lados, pero la luz del sol no provenía del sol, sino desde el interior de cada cosa. Aquella visión era tan sublime e irresistiblemente hermosa, que comenzó a llorar, al tiempo que contemplaba su propio cuerpo, que se había vuelto transparente, con todos sus órganos a la vista, brillando, y su sangre roja y dorada, que circulaba en una danza universal por sus venas azules como el cielo, entrelazadas con el tejido de cañas de fuego de sus huesos. Sintió deseos de volar y se lanzó a los aires, batiendo sus alas de plumas iridiscentes. Ya una vez por encima de la alta e inagotable foresta amazónica divisó adelante un águila empenachada que surcaba majestuosamente la luz entre las sierras, llevándoselo hacia una cima ignota, muchísimo más alto que todas las montañas de la Terra.



[1] Tomás de Kempis, Imitación de Cristo,  III, 1,1.

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