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viernes, 9 de febrero de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo IV-2)




Ildefonso lloró y gimió ante Dios un día entero, encerrado en su habitación del altillo del hotel Purpurine del Monte, en el barrio dei Gladiatori di Roma. Niños asesinados, un Papa muerto, Feliciano… ¿Cuántas muertes más se le escaparían de entre sus manos torpes, como el agua amada se escurre por entre los dedos demasiados débiles para retenerla?... ¿Por qué Dios introducía la muerte como la cosa más natural del mundo en la vida de los seres humanos?... ¿Por qué Dios no parecía distinguir entre el sufrimiento y la muerte de un bueno, y los de un malo?... ¿Y Jesús y la Virgen María, uno asignado como Hijo de Dios, la otra como Santísima y Madre de Dios, dónde hacían de verdad la diferencia entre el bueno y el malo?...
Alguien, algunos poderosos en la jerarquía eclesiástica impidieron que se le realizase una autopsia legal al cuerpo de Juan Pablo. Se consignó en el informe de defunción simplemente infarto al miocardio. Ildefonso podía oler el azufre del Infierno que se escapaba por entre los bellos bastidores del imponente Vaticano. Una vez más sentía en su propia alma que el tridente del Diablo traspasaba el Cuerpo de Cristo, su venerada Iglesia Católica Apostólica Romana. ¿Quería mirar o no quería mirar?... Volvió la crisis… ¿Qué debía hacer ahora?
Sor Vincenza se negó a volver a hablar con él, o al menos eso le comunicaron. Cada vez que pensaba en el hecho, una sensación de opresión en el pecho y un atenazamiento de garganta le advertían que esa era una zona peligrosa y vedada para él. La opinión pública estaba dividida entre la sospecha de asesinato y la muerte natural, sin embargo la Iglesia seguía siendo poderosa y unida, de manera que el Colegio Cardenalicio logró concitar la atención del mundo católico y no católico en la designación del nuevo Papa, y mantener a raya toda investigación y toda sospecha sin el debido fundamento. Ildefonso se sentía profundamente abatido, paralizado. Todo se le había vuelto significativo, tanto como dolorosamente confuso y opresivo. Trataba de orar y meditar para estabilizar la mente y conciliar el sueño, pero una y otra vez comenzaba a tropezar, a tartamudear la voz interior, y se callaba para no masticar palabras, sólo palabras. Como si fuese poco, al tercer día de la muerte de Juan Pablo I, mientras se enteraba por la televisión de la designación de Karol Woytywa como el nuevo Papa polaco, golpearon a su puerta. Recibió un documento, firmado por el Superior Regional de Misiones, en el que, sin mayor explicación, se le asignaba como nuevo destino la Misión de San Antonio Prisco, en las Sierras del alto Ecuador, para una labor de evangelización de los pueblos indígenas aún resistentes a la santa Verdad de Dios y al consiguiente progreso de vida. Intentó un par de llamados de apelación, se entrevistó con el Obispo Francesco Silvalonga, cercano al General de Misiones, rezó y rezó, pero la respuesta, en todos los casos, fue casi la misma: “Alta misión de confianza”, y nada más.
¿Dios mío, Señor mío, quién eres tú?... Acabó gimiendo, después de tratar de comprender lo ocurrido. Casi nada parecía tener sentido, no obstante todo se encontraba cargado de sentido, como el extraño llamado que recibió, antes de salir hacia el Aeropuerto, de Solón Vitrubsky, un viejo amigo periodista que quería recabar información privilegiada acerca de las investigaciones e intenciones de Juan Pablo I de reestructurar y transparentar el Instituto para las Obras de Religión (Banco del Vaticano), así como de sus intenciones de separar a la Iglesia de todo vínculo con la mafia y la masonería. Podría haberle referido su sueño y su último intento, pero intuyó que no era ése su fin. Prefirió negar y callar todo conocimiento sobre los temas que su amigo le proponía. Prefirió bajar la cabeza hasta besar el suelo para no faltar al sagrado voto de obediencia, pero, sobre todo, para no enturbiar ni dañar aún más la dañada imagen y cuerpo de su amada Iglesia de Dios…
Cuando soltaba el pasamanos de la pasarela para entrar al avión, Ildefonso giró la cabeza hacia la Ciudad Santa; escuchó sus propias palabras retumbando dentro de su alma:
--…¡En tu conciencia y ante Dios sabrás para siempre que no hiciste nada!...
Las lágrimas le enturbiaron la vista e ingresó al avión que lo llevaría lejos, muy lejos de aquí.

Los primeros dos meses transcurrieron en la selva ecuatoriana sorpresivos, veloces. No le era difícil olvidar. Sorprendido por la exuberancia de la vida natural, por la variedad, riqueza y originalidad de la vegetación, de los colores, los olores, los sabores de comidas y productos exóticos y nuevos, inimaginables; el despliegue interminable de especies animales, de insectos descomunales y terribles alimañas; las inundaciones del cielo reventado en aguaceros de cataratas tibias o frías; los mosquitos y coleópteros que infestaban las zonas pantanosas, húmedas y ardientes; el calor inhumano, las noches de ensueños, insomnes, febriles, las serpientes, los caimanes, y los hombres y mujeres, blancos, negros, indios, mestizos por igual, en medio de este desborde de vida delirante, como la más débil y humilde de todas las criaturas de la Creación de Dios, desmintiendo tajantemente la narración de un bíblico Génesis antropocéntrico.
La Misión jesuita se había instalado el año 19__ en las cercanías del río Napo, próximo a la frontera con Perú, por solicitud del gobierno ecuatoriano, para evangelizar a un centenar de indígenas Secoya todavía resistentes a la civilización euro-americana. Una terrible y legendaria historia marcada por abusos, guerras, esclavitudes y maltratos los habían hecho guarecerse en zonas de difícil acceso, entre montañas y zonas pantanosas de la amazonia, trasladándose frecuentemente de un lugar a otro para evitar el odioso contacto con los extraños.
La Misión jesuita de San Antonio Prisco no es más que un pequeño caserío de diez sencillas construcciones de madera alrededor de la iglesia, que sobresale, por encima de los techos de las otras cabañas oscurecidas por la extrema humedad, cuatro metros con su cruz de fierro oxidado y su altillo cubierto de líquenes, donde se esconde una modesta campana de cobre. Este oasis de cielo, de luz y espacio abierto de cincuenta metros cuadrados se encuentra casi engullido por la selva que la cerca con sus inmensas palmeras, sus eschweileras inalcanzables, sus abaremas de escultóricas flores, sus pentagonias con flores de blancas lanzas, y el coro vegetal, con todos los verdes del mundo entrelazados, sobrecogedor, de innumerables y polimórficas especies nunca nombradas, apenas vistas por el hombre blanco.
No es de extrañar, pues, que en estas tierras exóticas, efervescentes, oníricas, fantásticas y hasta delirantes ocurran habitualmente hechos que desafían la cordura, la experiencia y la equilibrada razón humana... En una de esas noches tardías en que Ildefonso, lejos de descansar se concentraba en la lectura de uno de aquellos libros históricos que el abad Kumonar Ligetto guardaba en su biblioteca personal y que, al llamarle su atención y hojearlo cuando este orgullosamente se la enseñaba, se lo había generosamente ofrecido de inmediato, interrumpió repentinamente su lectura, levantó la vista y miró por la ventana hacia el zaguán iluminado por la poderosa luna llena. Algo inusual le pareció que avanzaba sigilosamente como buscando la sombra y las cavidades de las cosas. Se quedó observando aquello que avanzaba a trechos y estirándose en una tenebrosa mancha de negrura. Por más que aguzaba su vista y esperaba el preciso resplandor de luz de luna, aquello nunca se dejaba descubrir abierta y descuidadamente. Había algo en el hálito de aquella sombra que lo intranquilizaba extrañamente, pero no podía tampoco darle ninguna consistencia ni precisión. Finalmente, se acercó a la puerta de la cabaña del abad Ligetto y, sin poder creerlo Ildefonso, la atravesó de un lado a otro, invisible, para ingresar en ella. Ildefonso se puso de pie de un salto con la intención de partir corriendo hacia la cabaña del abad, pero se detuvo sorprendido al constatar que se encendía una luz en su habitación y alguien, que se asemejaba al mismo abad, descorría la cortina, abría la ventana y cerraba los postigos. Un minuto después la luz volvió a apagarse. Ildefonso se quedó mudo, escuchando la sinfonía de grillos, de ranas, de aves nocturnas que dialogan, de jaguares hambrientos y monos encogidos y temerosos. Concluyó que debía confiar en… Dios, y que el abad Ligetto probablemente se encontraba bien.
Después de una noche intranquila, a la mañana siguiente, Ildefonso se despertó con la campana que llamaba a laudes. Se aseó de prisa, se vistió y caminó raudo hacia la capilla. Allí se encontraba, como todos los días, el abad Ligetto dirigiendo las lauretanas a la Virgen de Loreto, de quien era el más devoto servidor y maestro:
--Santa María…
--¡Ruega por nosotros!—respondían a coro las veinte personas que lo acompañaban piadosamente de rodillas, entre bocanadas de humo de palo santo.
--Santa Madre de Dios…
--¡Ruega por nosotros!
--Santa Virgen de las vírgenes…
--¡Ruega por nosotros!
--Madre de Cristo…
--¡Ruega por nosotros!
-- Madre de la Iglesia…
--¡Ruega por nosotros!
--Madre de la divina gracia…
--¡Ruega por nosotros!
--Madre purísima…
--¡Ruega por nosotros!
--Madre castísima…
--¡Ruega por nosotros!...
Sin motivo ni explicación alguna Ildefonso se quedó de pie en la puerta; luego de escuchar en silencio durante un minuto el servicio religioso, se persignó, se dio media vuelta y salió de la capilla. Comenzó a caminar hacia el refectorio, se detuvo a mitad de camino, alzó la vista hacia las copas crujientes de los árboles, luego divisó a unos niños que jugaban con una pelota de trapo, bajó su mirada hasta sus pies, se dio media vuelta y se encaminó con paso discontinuo hacia el río. Siempre que su cerebro se sobrecargaba con pesadumbre, las aguas lentas, verdes, hondas e impermanentes de una corriente lo calmaban y le devolvían una significativa imagen de sí mismo. Sentado a la orilla, se tomó con ambas manos la cara, apoyados los codos en sus rodillas, y se quedó allí meditando… Aparecían por uno y otro lado de su cuerpo interior, una y otra vez, las heridas vivas de los estigmas espirituales de Cristo. El misterio, la desconfianza, la incertidumbre, a veces cotidianas y hasta insignificantes, reanimaban una contraparte abisal y dolorosa que Ildefonso no lograba reconocer ni asumir concientemente, de manera que acababa siempre regurgitando su dolor informe hasta el olvido y el hondón de su alma. Había sí reminiscencias y recuerdos que se hilaban en ovillos de sufrimiento que su conciencia trataba como a parroquianos diaria y frecuentemente, pero otros, semejantes a azulosos cetáceos se movían difusamente en las profundidades lóbregas de su alma. Estos, los más incomprensibles, descomunales y extraños, en ocasiones ascendían a la superficie de su conciencia, y entonces Ildefonso se conmovía más allá de lo que lograba resistir.
La visión de aquella sombra que se deslizaba furtivamente en la noche apenas alumbrada por una luna cómplice había reanimado un dolor insondable y una inquietud profunda… ¿Era ése el espectro de Juan Pablo I, o de su asesino?... ¿O el de Feliciano?... ¿O el de Dios?...
Ildefonso iba a buscar refugio en Jesús, en su fe, pero no pudo. Algo sólido y frío lo detuvo en su interior. En respuesta, se aferró al crucifijo que colgaba de su cuello. Escuchó a sus espaldas el sonido de una presencia que avanzaba entre la floresta. Giró rápidamente, sintiendo un miedo inusual.
--¡Hola!... ¿Hay alguien ahí?—preguntó, tratando de superar así su temor.
Sólo prestó atención a lo lejos al canto intermitente de los tinamús y las chachalacas. Sin embargo, al mantener el oído sensiblemente agudizado comenzó a escuchar algo desusado y sorprendente: Primero fue como un susurro, un roce, un murmullo aislado, cercano. Recorrió con la vista todo el entorno, pero no divisó nada inusual. Luego, parecían sumarse miles y millones de voces o suaves, diminutos gemidos, todos juntos, moviéndose en una misma dirección, como sin espacio ni tiempo. Trató de precisarlo, de medirlo, de analizarlo, pero iban y venían desde todas partes, ubicua, confusa y armónicamente, sin definición ni lugar ni forma alguna. Entonces alargó un pie para dar un paso, se tropezó con una raíz de guatteria, perdió el equilibrio, e instintivamente se abrazó al enorme tronco del árbol. Su mejilla y su oreja derecha quedaron pegados a la corteza rugosa. Ildefonso experimentó un estremecimiento, como si una agradable vibración eléctrica estuviese abarcándolo de arriba abajo, al tiempo que aquel flujo vibrante se expandía y se expandía, comunicando y conectándose con los vegetales sin distinción, en una espiral expansiva, escuchando, percibiendo, en conciencia inclusiva, la sustancia viva del Alma vegetal. Tan sublime, tan asombrosa, sobrecogedoramente natural, espiritual y divina le resultaba la creciente unificación que experimentaba del Ser vegetal, que pronto su mente, su conciencia, su sensibilidad ya no resistieron más tal extática expansión y un fogonazo como de una explosión solar y un estruendo insoportable lo derribaron sin sentido e inconciente al suelo.






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