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viernes, 12 de enero de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo II-4)




En ese mismo instante se abrió ante él una visión extensa y vívida. No pocas veces volvería a ocurrirle en su vida. Por primera vez contempló con ojos de varón a una mujer. Florencia poseía una voluptuosidad poco común para una niña de dieciséis: labios rojos y carnosos en una boca de sonrisa amplia; pelo negro, perfumado y brillante; piel caoba y tersa; ojos verdes, grandes y atigrados; busto sobresaliente y escotado; formas sinuosas y marcadas; manos grandes, pardas, atractivas. Fue lo mismo que un repentino y doloroso golpe de corriente. Algo explosionó con un chirrido metálico en la base de su columna, entre sus nalgas, y ascendió como chorro de lava, quemándole los órganos, los músculos, los genitales, los huesos, los tendones y el alma. Se estremeció con la fuerza de un terremoto, enrojeció como un meteoro ingresando a la atmósfera y, cuando estaba a punto de abalanzarse, desbordarse y estallar sobre la boca y el cuerpo de Florencia, llegó aquel fluido quemante a la punta de su coronilla, y, en vez de fuego y explosión, se transformó súbitamente en una increíble flor multicolor, una especie de loto resplandeciente con un millar de pétalos de luz, que comenzaron a girar lentamente, en sincronía con el mundo. Florencia misma se sorprendió de Ildefonso; percibió algo inusual y extraño que la impulsó a ponerse de pie, dar un paso atrás y quedarse contemplándolo con desconfianza.
--¡Yo!... ¡Yo!... ¡No…puedo!—balbució Ildefonso maquinalmente, mientras sentía que su cuerpo, su mente y su alma se expandían como una nebulosa de plasma incandescente recién creada en el seno del Universo.
--¡No!... ¡No te preocupes!—Florencia respondió de prisa, se dio media vuelta y se alejó trotando.
Ildefonso se quedó perplejo, meditando durante horas y tratando de comprender lo que acababa de ocurrirle. Entonces no sacó casi nada en limpio, pero la intuición de que algo profundamente instintivo, humano y al mismo tiempo animal se había quebrado para siempre, como se quiebra por el medio una caña seca, y luego se consume ante el fuego arrasador de una energía de otra dimensión y mundo, lo conmovió indeciblemente.
Ildefonso ya no experimentó nunca más en su vida el poder alquímico, irresistible, enamorador y transformador del sexo. No porque una suerte de impotencia y ausencia de libido le impidiesen disfrutar de una relación sexual, o del atractivo sexual del cuerpo de la mujer –oportunidades tuvo varias--, sino porque SIEMPRE una fuerza arrolladora y trascendental, que no experimentaba descanso, se le imponía a todo deseo e instinto, hasta de hecho anularlo. Nunca habló con nadie de esta vivencia ni del proceso abismal que contenía y explicaba verdaderamente su apatía sexual, o --como la mayoría que lo estimaba suponía ingenuamente-- su sobresaliente voluntad espiritual y su asombrosa vocación religiosa. Sus respuestas y explicaciones acerca de su celibato fueron evasivas incluso con sus maestros, guías y confesores. Algo así como pudor era esta raíz última y final de su extinta sexualidad.
Este hecho extraordinario, sublime tanto como dramático, fue el lanzazo preciso que ahondó la grieta que venía calando su alma. Sin embargo, recordemos que nunca los hechos son las únicas y principales causas de sus propias consecuencias, por lo cual iremos paulatinamente investigando y ahondando en este caso, en la misma medida que Ildefonso se tornará más conciente e inquisitivo acerca de la extraordinaria dimensión de su nueva realidad.
Durante los últimos dos años la fe y la religiosidad de Ildefonso habían medrado, ocupando todos los momentos y espacios de su vida. Leía con profundo deleite la Biblia y las vidas de los santos; recitaba de memoria largos pasajes de los Salmos de David y de los Evangelios; rezaba concentrada y emocionadamente al despertarse, a cada momento en el día y al acostarse, pero también participaba gustoso de todas aquellas oportunidades que los demás le daban para rezar en comunidad; asistía a misa puntualmente los domingos; cumplía cuidadosamente los mandatos espirituales y morales que le indicaban los presbíteros, santos y doctores de la Iglesia; se sentía inmensamente feliz cuando tenía oportunidad de conversar de Dios, de contemplar a Dios, porque había hecho propio y vital el primer mandamiento: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”. Yamil, su padre, se inquietaba cada vez más por esta exagerada conducta religiosa, pues Ildefonso había cambiado ostensiblemente su comportamiento, distanciándose del trato de todas las personas que lo circundaban, descuidando sus estudios, leyendo y rezando buena parte del día, encerrándose en un mutismo y aislamiento progresivos, y sin el menor interés por las mujeres. No obstante este aislamiento, Ildefonso se cobijaba en el amor y en la protección incondicional y aleonada de su madre, quien, por lo demás, era la única que conocía el otro lado de su mundo interior y, por lo mismo, se sabía imprescindible y total para él.
Ildefonso luchaba contra el Demonio. En las honduras de su subconciente, y escasamente a la luz de la conciencia atenta, padecía una terrible enfermedad y un desolador tormento. La Madonna lo veía claramente, pero lo callaba. Su instinto de madre, a un tiempo animal y sobrenatural, le informaba que no sólo debía sostenerlo y aliviarlo de su inconmensurable dolor, sino, sobre todo, que Dios le asignaba animar y fomentar su comportamiento extremo, incluso hasta el delirio religioso, de ser necesario. Ese miasma era una sombra nebulosa, verdinegra, melancólica, como el peso angustioso de algo importante que por olvido se dejó de hacer. No tenía forma, ni cuello, ni garras, pero le rasgaba el alma por dentro. Aun así, sólo el amor de Dios lo exorcizaba y lo mantenía a raya, como a tropa de demonios sometidos por el poder de la Cruz. La Madonna, sin embargo, observaba con desazón que aquello horrible y martirizador crecía como un cáncer del alma, contenido, jadeante, ejerciendo presión más y más intensa, que desbordaba sólo por el brillo más y más febril de sus ojos. Ella rezaba, sobre todo rezaba con toda su alma, cada hora del día, muchas veces desecha en llanto, pidiéndole a Dios, a la Santísima Virgen y a su Hijo amado, que lo liberaran ya de su tormento, porque comenzaba a presentir lo peor para él.
Con todo, Ildefonso era feliz, si puede llamarse felicidad al resplandor jubiloso de un sol que comienza a extinguirse en medio de un espacio vacío. Ingenuamente, como el espíritu de una blanca paloma, ascendía y aspiraba a llegar más alto, al mismísimo Cielo de Dios --de ser posible--, sin tener la menor conciencia de si era el llamado de su Padre Celestial lo que le confería más y más ardor, o era el magnetismo horrendo de su Infierno lo que lo animaba más y más a huir. ¿En esto era distinto de la experiencia y vida de tantas personas espirituales y santas?...