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martes, 9 de enero de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo II-3)




Sin duda hay seres humanos cuyas gracias y dones se asemejan a las gracias de Cristo Jesús. Hombres y mujeres que se adhieren al sufrimiento humano como el imán al hierro; capaces de resistir cualquier horror, de absorber la maldad, la tortura, el abandono y el estertor desesperado del alma, sin pausa, sin medida ni cuidado de sí mismos. Ciertamente no poseen la sobrenaturalidad del Hijo de Dios, la grandiosidad de su poder sin límites, cuidadosamente velado tras una aparente, frágil y modesta humanidad. En cambio, manifiestan la auténtica fragilidad y modestia de lo humano, oscuramente, sin el menor reconocimiento de nadie, empujados, no obstante, hasta los límites mismos de la naturaleza del Hombre, la cual, en toda su incontrovertible pequeñez, acaba en estos distantes límites demostrándose en el fondo grande, casi promisoriamente sobre-humana, pero no divina.
Ildefonso, como todas las personas crísticas, luchaba consigo mismo. La conciencia, esta cimera torre que observa toda la realidad desde su soberbia elevación, sin embargo cuando se observa a sí misma y al pantanoso cuerpo mental y físico que la sostiene y la produce se desconcierta y sufre. Entonces, de la misma manera que la gota de lluvia, en tanto va cayendo desde las altísimas nubes, refleja la inmensidad del universo en su interior, pero justo antes de reventarse contra el suelo descubre que ella misma no es más que una efímera gota de agua, así mismo la conciencia humana se experimenta en sus diferentes momentos de vida. Ildefonso se reventó contra el suelo después de esta dolorosísima experiencia.
Doce niños asesinados en la playa de Bodrum… como si nada. ¿Todo era cuestión de perdonar, “77 veces 7”, como había dicho el Señor? ¿Y todos aquellos niños que morían por decenas y cientos en los bombardeos, pero también en las ignoradas crueldades cometidas en el anonimato en todas partes del mundo, cada día?... ¿Por qué tenía que sufrir incomparablemente más a sus doce niños asesinados, que a todos los demás? ¿Acaso era suficiente que Jesús y Dios mismo bajasen hasta él sobre un albísimo caballo alado para darle sentido y aceptación a la pérdida de sus hijitos?... Demasiadas preguntas se habían venido agregando desde aquel sacrificio absurdo de Feliciano, y lejos de responderlas, sólo seguían llegando cada día como dolorosas saetas lanzadas por la mano de un dios griego, más que por el Dios del amor cristiano. Había visto, había sufrido a tantas personas que podían pasar al lado de un niño herido sin apenas mirarlo. Había sentido el frío glacial del alma humana ante el sufrimiento y la desolación del otro, de ese mismo prójimo que Jesús había tratado de salvar de la indiferencia propia de nuestra especie.
Un frío 27 de julio de 19__, a los veinte años, Ildefonso había regresado a su celda monacal después de una larga jornada buscando niños bajo los puentes. Las terribles imágenes de abandono y miseria se mezclaban con los olores repugnantes y el frío mortal, que acaba con al menos uno de esos niños cada noche. Su mentor y acompañante, el padre César da Silva lo había contenido todo el día para no sucumbir al desánimo y al colapso nervioso. El clérigo da Silva, un hombre ya de sus entrados sesenta, alto, canoso y con apacibles ojos azules, poseía el don de VER a las personas, de manera que sabía siempre anticipar y actuar conforme a lo no evidente y razonable, sorprendiendo a todo el mundo con su extraño comportamiento, pero también irreprochablemente certero. Sólo así podría entenderse que al dejar a Ildefonso retirarse a su celda de meditación para cumplir la tercera semana de los Ejercicios de San Ignacio de Loyola, lo abrazase con una fuerte presión contra su pecho, y luego depositase en sus manos no el consabido rosario y el crucifijo de plata, sino un libro, un pequeño libro ajado, forrado con una tela oscura. Ildefonso, con desánimo, pero también curiosidad, se sentó en el borde trasero de la cama de roble y, luego de permanecer unos segundos con la mirada ensombrecida, lo abrió al azar:
“Lunes 29 de enero de 1932.
Algo me ha sucedido, no puedo seguir dudándolo. Vino como una enfermedad, no como una certeza ordinaria, o una evidencia. Se instaló solapadamente poco a poco; yo me sentí algo raro, algo molesto, nada más. Una vez en su sitio, aquello no se movió, permaneció tranquilo, y pude persuadirme de que no tenía nada, de que era una falsa alarma. Y ahora crece.”[1]
Ildefonso leyó todavía una y hasta dos páginas más. Se dejó caer de espaldas sobre la cama. ¿Cómo lo había logrado?, pensó. Sintió unos intensos deseos de arrodillarse y bendecir a la santísima Virgen María, pero se quedó ahí, inmóvil, experimentando con atención el extraño fenómeno que le ocurría. Además, aquel sentimiento de devoción y felicidad no era puro, sino que estaba teñido por esa angustiosa opacidad de la Náusea. Nunca hasta entonces se le había vuelto tan clara y patente la subjetividad humana. Sentido y sin sentido convivían ahora en él, como un gólem sin historia ni destino. Podía empatizar y entender a Sartre lo mismo que a Santa Teresita, pero no podía entenderse a sí mismo. Si sentía pena y desesperación por esos niños abandonados y moribundos, pronto le retrucaba un sentimiento poderoso y sobrecogedor de paz y trascendencia. Entonces ocurría aquella misteriosa e incomprensible MEZCLA, como sin forma ni definición alguna, y como él mismo había acabado en llamarla: CRISIS…
Desde los doce a los catorce se incubó en él esa enfermedad, al decir de Sartre, profunda y visceral, pero al revés. Feliciano, semejante a un portaestandarte, lo guiaba, desde algún cielo invisible, irremisiblemente a su desenlace personal. Seguía viviendo en el mismo mundo púber de todos sus amigos y compañeros. Había remitido al poco tiempo su estrés post traumático, y parecía a los ojos de todo el mundo ni haber dejado secuelas. Sólo su Madonna estaba cerca y al tanto de su proceso interno; de la arrolladora fuerza dramática y espiritual que buscaba empinarse sobre su personalidad entera, como esos tsunamis que solamente suben y avanzan lentamente, sin el menor ruido.
Al cumplir precisamente los catorce un hecho singular marcó el quiebre y el giro catastróficamente vital. El mandato de la genética y de su proyección en el cuerpo y en la mente, empujó con total naturalidad a chicos y chicas hacia el sexo, y en su mayoría, hacia el sexo opuesto. Ildefonso no era particularmente bello, ni tampoco feo, pero poseía el atractivo singular del joven especial y apasionado. Sus amigos comenzaron a buscar las miradas de las chicas y a poner sus encantos en el centro de sus conversaciones, de sus fantasías e interés. Ildefonso de inmediato se replegó en sí mismo y priorizó los paseos, las oraciones a solas y los largos momentos de lecturas pías, silenciosas y solitarias. Entonces Florencia, amiga de su hermana, apareció un día a su lado, se sentó con él, bien cerca y, sin mediar explicación ni vergüenza, le dijo a quemarropa que él le gustaba.



[1] J.P. Sartre, La Náusea.