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viernes, 5 de enero de 2018

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo II -2)




Al cuarto día de su postración, en la madrugada aún despierto y sin dormir ya las últimas tres noches, su madre lo acompañaba paciente y cariñosa, velando por su niño exangüe… Una luz piadosamente suavizada por una gruesa pantalla sólo deja caer un rayo de luz sobre el libro abierto en la falda de la Madonna. Ella abre sus ojos después de un sueño liviano y breve, observa a Ildefonso y, sólo guiada por su instinto de madre, sabe que aún su hijo está despierto e inquieto. Comienza a leer con voz pausada y emocionada:
“Al cabo de unos minutos, me puse a llamar muy bajito: «Mamá... mamá». Leonia, acostumbrada a oírme llamar siempre así, no hizo caso. Aquello duró un largo rato. Entonces llamé más fuerte, y, por fin, volvió María. La vi perfectamente entrar, pero no podía decir que la reconociera, y seguí llamando, cada vez más fuerte: «Mamá...» Sufría mucho con aquella lucha violenta e inexplicable, y María sufría quizás todavía más que yo. Tras intentar inútilmente hacerme ver que estaba allí a mi lado, se puso de rodillas junto a mi cama con Leonia y Celina. Luego, volviéndose hacia la Santísima Virgen e invocándola con el fervor de una madre que pide la vida de su hija, María alcanzó lo que deseaba...
También la pobre Teresita, al no encontrar ninguna ayuda en la tierra, se había vuelto hacia su Madre del cielo, suplicándole con toda su alma que tuviese por fin piedad de ella...
De repente, la Santísima Virgen me pareció hermosa, tan hermosa, que yo nunca había visto nada tan bello. Su rostro respiraba una bondad y una ternura inefables. Pero lo que me caló hasta el fondo del alma fue la «encantadora sonrisa de la Santísima Virgen».
En aquel momento, todas mis penas se disiparon. Dos gruesas lágrimas brotaron de mis párpados y se deslizaron silenciosamente por mis mejillas, pero eran lágrimas de pura alegría... ¡La Santísima Virgen, pensé, me ha sonreído! ¡Qué feliz soy...! Sí, pero no se lo diré nunca a nadie, porque entonces desaparecería mi felicidad.
Bajé los ojos sin esfuerzo y vi a María que me miraba con amor. Se la veía emocionada, y parecía sospechar la merced que la Santísima Virgen me había concedido... Precisamente a ella y a sus súplicas fervientes debía yo la gracia de la sonrisa de la Reina de los Cielos. Al ver mi mirada fija en la Santísima Virgen, pensó: «¡Teresa está curada!» Sí, la florecita iba a renacer a la vida. El rayo luminoso que la había reanimado no iba ya a interrumpir sus favores. No actuó de golpe, sino que lentamente, suavemente fue levantando a su flor y la fortaleció de tal suerte, que cinco años más tarde abría sus pétalos en la montaña del Carmelo.” [1]
A medida que las palabras avanzaban desde la boca de su madre, Ildefonso, aún con sus ojos cerrados comenzó a sonreír y, hacia el final de la lectura, se escurrieron también por sus mejillas algunas lágrimas. Abrió sus ojos, se incorporó en la cama y abrazó a su madre, llorando desconsoladamente.
--¡La Virgen me ha visitado!—susurró junto al oído de su madre.
La Madonna lo apretó en su pecho, le acarició la cabeza, lo besó suavemente en los labios y, con la misma sonrisa extática de Idelfonso, lo reclinó sobre su lecho. Cuando la cabeza de Ildefonso se posó en la almohada ya estaba profundamente dormido.
¿Santa Teresa del Niño Jesús? ¿La fe de la Madonna? ¿La Virgen? ¿Dios? ¿La mente humana? ¿Su hermana y sus conocidos? ¿El Universo?... ¿No eran todos ellos, e infinitamente más, cuantos habían participado --no causado-- en la transformación de Ildefonso?... Cuando se es parte de los inmediatos, los cercanos, los prójimos (vecinos), la respuesta a esta interrogante es siempre también la más inmediata y ya conocida, la de ellos: alguna de las anteriores… Para Ildefonso, lo que ocurrió esa madrugada fue más que un milagro y una verdad conocida–que también lo fue--: fue una vivencia propia, cierta y sublime.
En este tipo de vivencias trascendentales y milagrosas PARA UNO --aunque también puedan serlo para otros, pero de otra manera—son reunidos y absorbidos instantáneamente todo pasado, todo presente y todo futuro. Ninguna ley ni demostración científica, ni siquiera el dogma o escrito santo más venerado, ni la realidad evidente e inmediata del mundo que nos rodea pueden compararse con la certeza y perfección que se experimentan en esta VIVENCIA. Esta VIVENCIA siempre altera, transfigura, trastorna, invalida, supera la realidad previa y verdadera. Una de las virtudes que posee esta VIVENCIA es que incluso aquello que hasta entonces considerábamos perfecto, se transmuta súbitamente en una suerte de espectro, incomodidad y difuso anticipo de esta OTRA PERFECCIÓN. Entonces nada ni nadie que pertenezca a ese nivel de realidad anterior y superado podrá reconocerte ni validarte ni acompañarte, aunque traten de seguirte amando y respetando. Podrá llegar a ocurrir que incluso juiciosa, realista y válidamente te CRUCIFIQUEN, como hicieron las autoridades judías con el ícono de la trascendencia humana. JESÚS, ícono y arquetipo de este nivel y grado de experiencia transpersonal se le aparece necesariamente a todo aquel que experimenta esta misma VIVENCIA: la vivencia del drama del cuerpo y de la personalidad humana maltratados injusta, salvaje y violentamente.
La recuperación fue rápida y promisoria. El descubrimiento de Dios lo iluminaba todo. El amor de Jesús y María desbordaba su corazón. Sin embargo, en su inocencia aún infantil no se había siquiera preguntado ni atisbado siquiera si aquella “vivencia propia, cierta y sublime” era lisa y llanamente evidencia de la enseñanza religiosa recibida y de la imaginería católica que su entorno familiar y social habían desplegado para explicar su vivencia. Ildefonso no era entonces capaz de preguntarse seriamente: ¿ESTO es realmente DIOS?... Incluso más, como acabó ocurriéndole más temprano que tarde: ¿ESTO es realmente EL DIOS CATÓLICO?...
El acopio progresivo de conciencia acabaría inevitablemente señalándole las grietas profundas, las dolorosas inconsistencias, los juegos sicológicos que se encuentran adheridos e incluso representan a toda forma de religiosidad y hasta de fe. Esto mismo fue la señal de un nuevo milagro a los ojos de sus mayores: Ildefonso había encontrado la fe, la fe en el Dios vivo y verdadero: “¡Nuestro Señor Jesucristo!”... Pero esto mismo sólo veinticuatro horas después del milagro de la aparición a Ildefonso de la mismísima Virgen de Santa Teresita des Lisieux cobraría también una dimensión crítica gracias a su sobreabundancia de conciencia y honestidad –y que ya no cesaría de acompañarlo por el resto de su vida--.
Después de dormir más de 14 horas seguidas, Ildefonso despertó con mucha hambre. Comió con gusto pastas, puchero y un buen trozo de asado acompañado de verduras salteadas. Luego la Madonna llamó a toda la familia y a los allegados para que se reunieran en torno a la figura de la Virgen engalanada con azucenas olorosas; encendió doce velones bendecidos y una barra de incienso. Con profunda devoción, alegría y gratitud más de cincuenta personas rezaron de rodillas sólo los misterios gozosos, dado que Ildefonso aún se encontraba débil. De hecho hacia el final, aunque Ildefonso era uno de los que más intensamente levantaba la voz en la jaculatoria, se fatigó y, dejándose caer de lado, se quedó profundamente dormido...
Sentado en las últimas bancas de una imponente catedral gótica escuchaba con admiración la música del órgano que hacía vibrar el aire y los objetos. Su alma se encontraba en una especie de éxtasis jubiloso, pero contenido. Entonces giró su vista hacia uno de los altos vitrales por los que ingresaba un chorro de luces de colores que atravesaba la imagen del Hijo de Dios crucificado. Una paloma blanca que se cernía sobre el madero aleteó y luego se acercó volando a Ildefonso; dio algunos giros alrededor de él, para en seguida dirigirse hacia la derecha. Ildefonso la siguió encantado con la vista, pero la paloma voló raudamente hacia el mar. Desde la playa de arenas albas como el plumaje de la paloma Feliciano le hacía señas para que se acercase. Ildefonso comenzó a correr por la arena, hacia su amigo, pero éste también comenzó a correr hacia las mansas aguas de un hermoso color calipso. A medida que Ildefonso se acercaba, Feliciano gritaba dichoso y daba saltos entrando al mar. Ildefonso observó que las ropas de Feliciano se habían vuelto blancas y asemejaban una túnica que le llegaba hasta más abajo de las rodillas. Sin embargo, a medida que Feliciano avanzaba, el mar cobraba un color terroso y oscuro. Comenzó a agitarse el oleaje al punto de que una ola arrastró a Feliciano, quien ya no podía echar pie sobre el fondo. Feliciano giró la cabeza hacia Ildefonso y le arrojó una mirada angustiosa. De pronto se levantó dese la distancia una ola verdinegra que se empinaba más y más a medida que avanzaba hacia la costa. Feliciano seguía vuelto hacia Ildefonso, por lo que no podía ver la ola inmensa que seguía creciendo. Ildefonso se quedó atónito y paralizado, esperando. Feliciano estiró su brazo por encima del agua, buscando la mano salvadora de Ildefonso; se quedó así con los ojos exorbitados de miedo, hasta que la cresta de ola, cien metros por encima de él, se derrumbó atronadora sobre su cabeza. Ildefonso dio un alarido, y de un brinco se sentó sobre su cama…




[1] Obras completas de Teresa de Lisieux, Manuscrito dedicado a la madre Inés de Jesús, cap.3.

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