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viernes, 31 de marzo de 2017

AKARGHI (capítulo 114)



  
El otoño comenzaba a caer como una cascada de Naturaleza. Se imponía desde la inclinación de los rayos solares y desde una Tierra sumisa que acogía en parte de su cuerpo carnoso la reducción de la fuerza solar. Las hojas caducas enrojecían pálidamente, amarilleaban, se acercaban a su lecho mortal (la tierra) poco a poco, en un tránsito de luz a tinieblas. Las aves inquietas abrían sus alas probando la extensión  intrépida de su arco, temerosas de quedar aquí atrapadas bajo el frío que ya iba bajando desde lo alto del cielo ordenador y profundo a las montañas. ¿Qué animal desobedecía el mandato de encontrar el espacio justo para dormir y aquietarse para conservar el germen de la vida bajo las condiciones más adversas posibles? ¿No lo hacía el elefante, la oca, el tigre, la mariposa, el cisne, la hormiga?... Hasta el hombre en el campo contemplaba las eras oscuras y yermas, las horas más largas que la luz, las nubes arremolinadas en silencio, el desgano de los bueyes, y, con nostalgia, a su mujer en el hogar que tejía presurosa calcetas de lana y soñaba con un futuro mejor.

Allá en lo alto de la montaña se hablaba de Akarghi. En todas partes se hablaba de Akarghi. A veces el sol –y todavía más allá, el Universo-- intenta inmortalizarse excepcionalmente en la existencia de un humano, todavía más que lo intenta en todos y cada uno. ∞Y eso que llamamos Universo no representa más que una metáfora de algo inmensamente más complejo y asombroso para el ser humano.∞ Akarghi percibía el otoño como cualquier otro ser vivo en este planeta, si bien podía también percibir la fuerza de las formas, de la energía, del organismo vivo, de la mente, que imponían sus condiciones y su sometimiento siempre a algo superior. Su largo trayecto, desde Lamayuru en adelante, había cumplido su primer propósito. Una tras otra experiencia de vida, como va tejiendo la araña cada día un hilo de seda diferente en torno al mismo centro, se ampliaba el círculo de la Verdad ∞sea una pequeña verdad como puede serlo una entera vida humana∞, como caen también los millones de gotas de una nube, vaciándose y cumpliéndose a sí misma poco a poco, o las hojas secas de un enorme olmo que cubren el suelo y despojan las ramas rígidas y grises del árbol invernal, que no hace más que unos días brillaba de vigor, lozanía y zumo rebosante en hojas como melena vistosa al viento. La gente común sólo atribuye envejecimiento, casualidad y hasta sin sentido al paso de los días, de los meses y años, porque la gente común no conduce del Universo nada más que lo estrictamente inmediato. Y no es que Akarghi fuese tampoco un sobre-humano o un ser de otra especie, dotado de virtudes y no defectos; como todo humano se debatía en la calígine tenebrosa, verdosa y parduzca de unas venas que alimentaban con sangre un cerebro emponzoñado de una tenue luz, que llamamos conciencia y espíritu. Y aun eso, nadie podrá negar que esta luz alumbra apenas el sueño que alcanza a soñar dentro de su propio titilante efímero resplandor, sea lo que ello sea… Y a ello nos vamos aferrando, más que a la vida del cuerpo saludable y propio, más que a la belleza, más que al puñado de bienes y posesiones que alcanzamos a amañar en el rato de ocio que llamamos trabajo o negocio… sin darnos cuenta de que, en el fondo, no queremos esto o lo otro, sino sólo ser un momento de conciencia que no se apaga, y que estúpidamente creemos que amando, poseyendo, disfrutando de esto y de aquello, hablando, asociándonos, viviendo como acostumbramos a vivir, satisfacemos nuestra necesidad de ser luz de la conciencia que se apaga

Akarghi había cumplido. Arrojado al mundo, a la confusión de lo humano, al encanto misterioso de lo natural, al cuerpo delicioso de una mujer, a este y aquel encanto, apego, necesidad, pensamiento, evidencia. A tantas cosas, como en el cuento de nunca acabar, que se multiplica sin fin, pero con los ojos bien abiertos ∞el mejor de los cuentos que dura ininterrumpidamente hasta el último despertar∞.

Akarghi a los veintinueve años había caminado tantos caminos y pueblos, tantas vidas y recuerdos, que ya no le quedaba de ellos más que un otoño. Podía haberse quedado en cualquiera de esos lugares y recuerdos. En todos y cada uno de ellos había hecho ya algo importante. En cada uno de ellos podría haber cumplido una misión, una labor, un sentido, una vida útil y hasta significativa, de haberse quedado y echado raíces, pero no… Había sido dotado con la voluntad de la impermanencia, con la sed de infinito, con el llamado. El último refugio, el más poderoso, los cinco rishis, y entre todos ellos Kautsa, habían completado la ruptura, el trueno, la trascendencia de lo incluso espiritual --¡lo más difícil de trascender!--.

Ir adelante, moverse, pura necesidad tal vez, moverse o ser movido; pero para quien posee conciencia, esta necesidad de moverse conciente se suma a la necesidad de moverse, y entonces se trata de moverse con un sentido, ojalá acompañando el movimiento natural, o tal vez trascendente, con un segundo tipo de movimiento, espiritual, que se asocia al mero movimiento tridimensional, el del animalito, el del humano que corre como un gamo que se deleita en el mero correr de un lado a otro haciendo cositas aquí y allá, como construir rascacielos, ganar un puesto exitoso en algún pequeño espacio, o llegar a Júpiter, y más allá. El giro trascendental, el esfuerzo de romper los diques de la humanidad, y hasta de la realidad misma, eso era Akarghi en esta hora, en este tiempo, destino y lugar. Ya no debería darle cuenta a nadie entre los hombres, de su sentido y dirección.

Akarghi se encontraba solitario ante el sol del atardecer, esos rojizos soles del otoño nebuloso, teñido de un alejamiento rojo y gris, como un párpado que comienza a caer cansado por mil arrugas de siglos, y sólo debe aceptar alguna decisión superior que ordena: ¡Muere!... O: ¡Duerme!... O simplemente: ¡Cambia!... Como estaba cambiando su manera de sentir, su necesidad incluso de sentir de una nueva manera su nueva realidad, en la que se debía experimentar con emociones el otoño, la trascendencia y la muerte, con las emociones que un cerebro limitado y animal alcanza a ofrecerte como posibles y biológicas. Akarghi estiraba su mente como se empina el cielo hasta el azul invisible… Si bien luchaba aún con su naturaleza, esos cientos de millones de años que imponen la autoridad de la memoria ancestral decretando: ¡Esto lo viví así, por lo tanto está bien así, y no de otra manera!... Sutiles respuestas incluso que atraviesan hasta el impulso acabado, y susurran con los pelos de punta, como ante la vista de un fantasma: ¡¡¡Nostalgia!!!... ¿Cómo te atreves a soñar en abandonar LO VIVIDO UNA Y OTRA VEZ?... Entonces Akarghi lo vio todo claro, como sólo se puede ver con el Ojo de la Trascendencia. Debía decidir ahí mismo, en ese preciso momento, acto libre y decisivo para los próximos trecientos millones de años: MORIR EN UN IMPULSO HACIA ATRÁS, O MORIR EN UN IMPULSO HACIA LO IMPOSIBLE…

viernes, 24 de marzo de 2017

AKARGHI (capítulo 113)



  
Existe una desconocida y asombrosa relación entre moverse y ser movido. El Universo se mueve y es movido. Los seres humanos piensan y son pensados. Akarghi observaba, escondido tras un seto de hibiscos, una decena de perdices que corrían de un lado para otro en hilera, con sus penachos erguidos y temblorosos. Otros seres lo observaban a él, escondidos detrás de todas las cosas. Akarghi había intuido desde pequeño esta condición casi irreal de la realidad, por la que se vive como si uno estuviese siempre sobre un escenario, representando un papel que te han asignado representar, y que uno realiza de memoria, sin saber que se lo hace de memoria… Las luces del escenario del Universo, las luces intensas de toda propia mente te ofuscan la posibilidad de distinguir siquiera el público que te contempla, y hasta al autor que te crea, para uno, allá, en las sombras que no dicen nada…

¿Y cuando Tashi Aburghasim barbotó: ¡Lo mataré!..., era primero y ante todo Tashi el que había dado la orden de matar a Akarghi?... ¿Y cuando los dioses decretaron que Tashi Aburghasim exclamase ¡Lo mataré!, eran primero y ante todo los dioses quienes habían dado la orden de matar a Akarghi?... ¿Y cuando Lo que había dado la orden a los dioses que decretaran matar a Akarghi, era primero y ante todo Eso lo que había dado la orden de matar a Akarghi?...

Por eso Akarghi miró a los ojos a su asesino cuando levantaba el puñal, y en ellos vio la mirada de Dios ∞no por cierto de un Dios de amor como muchos creen, pero tampoco de un Dios lleno de odio∞, de un Dios que mira y obliga, pero que también es mirado y obligado. Y si Akarghi había reconocido que su camino de la Verdad era el intento de trascender esa condición ambivalente e inexorable, lo hacía aún más difícil el intuir que Dios tenía su propio camino de la Verdad que trascender para superar sus propias ambivalencias, sus propias confusiones y, sobre todo, su propio destino. Akarghi mismo era un síntoma, una prolongación epifenoménica, una manifestación esencial de un Dios confuso e incompleto; de un Dios que evoluciona en algún universo paralelo y al mismo tiempo inmanente a éste nuestro, pero cuya transformación está infinitamente lejos de nuestra comprensión y conocimiento.

Coger la Verdad a través de la mentira y la ilusión… Hacerse fuerte a través de la debilidad. Akarghi caminaba por un desierto, sobre lomas yermas de fuego más que de arena  y polvo escaldado. Caminaba porque le permitían caminar. Caminaba porque lo obligaban a caminar. Trataba de ser libre en una mente que lo obligaba a ser él mismo. Siempre el desierto terminaba, lo mismo que cualquier camino, cualquier pueblo, cualquier ciudad, y también todo amor, todo vínculo. Porque si no terminaban, sólo era él mismo quien había terminado. Era obligado a buscar la libertad. Tenía conciencia y eso era suficiente y necesario para buscar la libertad como algo connatural a la conciencia misma. Si hacía calor, traspiraba, sentía sed, miraba el cielo azul esperando la noche, no podía experimentar frío, ni las aguas dulces de un lago, ni la sombra de los cocoteros o la brisa marina. Estaba obligado porque su cuerpo y su mente lo obligaban a experimentar la realidad de esa precisa manera, y no de otra. Cada vez más necesitaba liberarse de todos esos condicionamientos, como una obsesión que por momentos lo impulsaba sin respaldo alguno en la inteligencia, la comprensión o la evidencia de lo inmediato, o de la así simplemente llamada realidad… Existiese o no la libertad, era ésa su apuesta de vida. Lo primero, lo cercano, lo inmediato y real desentonaban de esa búsqueda e intuición, porque en estos niveles de realidad no existe libertad, casi nada, casi nada y, por momentos, nada. Entonces Akarghi comenzaba a darse cuenta de que cualquier realización cercana de libertad, como ser autoconiente de los estados y procesos de la propia miente, inevitablemente te hacen separarte progresivamente de todo, porque todo está aquí condicionado y predeterminado. Akarghi comenzaba a darse cuenta de que ante todo es la mente la que primero te quita libertad al condicionarte a experimentar todo de acuerdo a sus propias características y condiciones. En el desierto, era primero que nada la mente la que te obligaba a experimentar el desierto de una determinada manera, con los atributos que la mente le ha asignado al desierto desde siempre. ¿Y si cambiaba la mente, cómo reaccionaría el cuerpo, y cómo reaccionaría el desierto mismo?... 

¿Y si eso ya no era coherente, ni lógico, ni natural, ni comprensible intelectualmente?… ¿Entonces sólo podría experimentarse la libertad como un estado de locura?... Ninguna forma de locura ni de cambio me resultan atractivos si no intuyo y me ofrecen un estado superior de otra coherencia, de otra lógica y de otra sobrenaturaleza que abarquen y comprendan mejor incluso esta misma realidad, y aunque carezcan de toda similitud con esta coherencia, con esta lógica y con esta naturaleza y realidad.

Vivir entre humanos, vivir con ellos, incluso con la mujer y el hijo amado le quitaban libertad, porque todos viven en lo inmediato y para lo inmediato. Ya los había dejado atrás con inmenso dolor en su corazón y en su alma. Ahora que avanzaba en el retiro hacia su propia mente y hacia su propio espíritu ∞con los años abrumados de vida que desenmascaran la ilusión y la desilusión de la inmediatez∞, se iba quedando de a poco sin mente y hasta sin espíritu, pero no por eso vacío

Así se lo había hecho saber Kautsa poco antes de que llegase su hora de partir:

--¿Soy yo sólo Kautsa?... Para Akarghi, Kautsa es ante todo Akarghi mismo, con aspecto de Kautsa.

Y cuando caminaba por los campos, observando a miles de hombres y mujeres trabajando en las plantaciones; y en los caminos, a los conductores de animales, a los guías de carretas, a los pastores de ganado, a los enfermos, a los comerciantes, a las prostitutas, a los ascetas, a los peregrinos, a los niños, sentía que su corazón se apretaba de angustia y compasión, porque carecían de ese don, de esa divina vida que se le concedía a él, de liberarse y trascender la vida humana y natural… pura miseria pacificada de lo mismo. Kautsa se lo había confirmado:

--¡Aunque la trascendencia tuya no sea más que otra ilusión, ve hasta el final de esa posible ilusión!... ¡Si se nos ha dado la posibilidad de elegir, de elegir a cada instante y momento, entonces elige, elige y elige, siempre de verdad elige, Akarghi!

Cuando se empieza a elegir de verdad, querido Akarghi, hijo mío, la realidad comienza inevitablemente a desmoronarse, pero entonces y a cambio, lo inesperadamente elegido comienza a construirse… ¡Construye y agrega!... ¡Construye y agrega!.... ¡Pero jamás mires hacia atrás, con la nostalgia del que recuerda, porque entonces sólo verás caos y confusión a tu alrededor y dentro de ti mismo!… ¡El horror te paralizará!

viernes, 17 de marzo de 2017

AKARGHI (capítulo 112)





¿Se justifica el fanatismo?... ¿Pero hay algo siquiera, lo más horrible, aberrante y repulsivo que normalmente y por sentido común provoca esa percepción y valoración, que bajo alguna circunstancia y perspectiva no resulte bueno, necesario y hasta universal?...

Así pensaba Akarghi mientras observaba el comportamiento de miles y hasta millones de personas reunidas a los pies de un gurú, en las inmensas llanuras del Kumbhamela.

Ellos darían la vida por su gurú, o la quitarían a quien fuese, si el maestro así se lo exigiese…

Pero no eran fanatismo sólo aquellas conductas que tantas veces Akarghi había visto en esos mismos hombres que observados dentro de ciertas circunstancias se comportaban como frágiles y mansas palomas, pero en cualquier momento, y sólo con el cambio de algunas circunstancias internas o externas, se transformaban abruptamente en los mayores criminales y delincuentes, hasta movidos por las más nobles e ideales razones y virtudes. Precisamente eran las razones, las ideas, las doctrinas, los saberes, las creencias detentadas como absolutas, como perfectas, como intocables, como universales, las que volvían a los seres humanos en fanáticos y, al fin de cuentas, sicóticos, porque en el trasfondo respondían a, y generaban, un estado de mente clausurado y delirante. Akarghi había logrado observar y reconocer que todos los seres humanos, por cierto él mismo también ∞uno mismo es siempre el mayor desafío y problema, pues la autobservación se encuentra en un estado de mente que condiciona y relativiza más la autopercepción, que la observación del otro, se encuentran en un determinado estado de mente bastante clausurado y delirante. El camino de la Verdad, a los veintinueve años, se le había manifestado en una primera e inevitable etapa, como simplemente el reconocimiento y el descondicionamiento de un estado mental asociado a una estructura de mente con los cuales uno vive todo lo que vive ∞¡Cuán difícil es para la gente, para la gran mayoría de los seres humanos, identificar simplemente esta realidad interior!∞. Sin esta primera deconstrucción total de la mente, no se podía adquirir ni media verdad, como habían pretendido tantos sabios y maestros, que sólo producían efectos de su propia mente, tantas veces maravillosos, sabios, espirituales, revelados y hasta sobrenaturales, pero que al fin de cuentas no reflejaban más que un determinado y clausurado bendito estado de mente.

--Mi mente es una selva que flota sobre un océano invisible –le había dicho en una ocasión a Kynpham, mientras observaban los giros delicados e ingrávidos de Koi en la pileta—. Y simplemente es invisible el océano porque yo no puedo verlo, no porque realmente lo sea, como no puedo ver el agua dentro de la que flota Koi, aunque no flota. La mente lo interpreta todo de acuerdo a su estado de mente.

--¿Es posible salir de la selva de la mente, si uno mismo es la selva? –preguntó Kynpham, que tenía una gran admiración por el modo de saber de Akarghi.

--No hay que salir de la mente, porque eso para un humano es imposible, pero sí activar los poderes mágicos de la mente para transformar la selva en otra cosa…

--¿Qué cosa?

--¿Quién sabe?... ¡Eso es lo que yo quiero arriesgar!... ¡Abrir un nuevo sentido que nunca ha percibido, y encontrarme por primera vez con lo que nunca he percibido!... ¿Qué pueda ocurrir?... ¿Tú te atreverías?...

--Me gustaría, pero no creo que esté preparada mi mente como lo está la tuya…

Akarghi sonrió, bajó la vista y meneó negativamente la cabeza.

--¡No sé si estoy preparado, amigo mío, pero una convicción y fuerza profundas me animan a arriesgarlo todo!... Quizás, como tú dices, esa mera fuerza interior es mi preparación… o tal vez no.

Al recordarlo Akarghi volvía a preguntarse una vez más si él mismo no había sido, desde entonces y hasta ahora, otro fanático más. Le parecía que la mente por sí misma es una estructura, un fenómeno que por naturaleza genera un estado fanático a través de cada una de sus facultades, características y efectos… Y volvía a preguntarse, como lo hacía cada día, varias veces al día –y con su inconciente, siempre--, si era posible desprenderse por medio de algún procedimiento, un yoga por así decir, de aquellos condicionamientos esclavizantes, o de llegar siquiera por algún medio no conocido a eventualmente alcanzarlo y lograrlo, porque todos los medios hasta entonces --y ahora-- conocidos le parecían que acababan siempre en alguna forma y condición de esclavitud y de encierro final. ∞Ningún ideal o proyecto de perfección hasta ahora propuesto o imaginado por humano alguno le parecía realmente abierto al infinito, a la trascendencia como método y fin…∞ 

¡Éste concepto de infinito es lo único que nos fue dado como concepto y facultad para evitar caer una y otra vez, por donde fuese en un hoyo que –hasta el más luminoso y sublime, como por ejemplo Dios o espíritu—no acabase atrapándonos en un fondo bendito, estrecho y mortalmente asfixiante!... ¡Pero tampoco quiero transformarme en un fanático del infinito que libera de todo fanatismo!... ¡No tengo más que conciencia y mente, y mente para huir de la trampa de la conciencia y de la mente!...

Entonces, la verdad, creer, pensar, ser uno mismo, respirar, vivir incluso eran formas y grados importantes de fanatismo… El desafío, la prueba, pues, no era evitar a toda costa el fanatismo, sino avanzar hacia la trascendencia de todo fanatismo, a través del fanatismo mismo, como las aves que migran sin brújula de un extremo al otro del mundo. Casi nadie lograba no hundirse en el pantano de alguna manifestación de fanatismo, de dogmatismo y locura. Quizás la fórmula, el método, la religión de trascendencia consistía ante todo en oponer siempre y a cada momento negación, duda, nuevo descubrimiento, a cada afirmación, a cada principio, a cada verdad y forma con que se encontraba y producía nuestra mente.

Cuando todo un pueblo busca la Verdad, no hay nada más fácil para cualquier persona que buscar la verdad. Cuando todo un pueblo se duerme en la inconciencia, no hay nada más fácil que quedarse dormido∞ La primera y más básica forma de despertar era ofrecerse realmente otra opción frente a lo evidente; la primera y más simple forma de libertad era ofrecerse una alternativa real a lo evidente y necesario. La peor de todas las formas de aniquilar la libertad era concebir opciones que sólo esconden en su esencia lo mismo

Por eso Akarghi se estaba quedando solo, solo en el mundo; y ya no le importaba tanto, como en sus años de adolescencia, cuando la comunidad sostenía con su red de saberes y mentes colectivas la realidad, su mente y el alma. Aunque la mente humana estaba diseñada para fortalecerse y desarrollarse en una red, en una telaraña de otras mentes, Akarghi había avanzado en su autoliberación, y gradualmente iba traspasando los límites, la frontera del condicionamiento natural y mental que se impone al sí mismo, para alimentarse y vincularse con otras fuentes de saber universal, más sutiles, más poderosas y más libres. La primera mutación humana de verdadera trascendencia, la más difícil, pero no más que la primera y más diminuta trascendencia.