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viernes, 11 de agosto de 2017

AKARGHI (capítulo 133)




--Siempre hay algo más allá, algo más grande, algo más verdadero, algo más poderoso, que aquello que se nos presenta como real y evidente: ¡Búscalo!... No es accesible, no es fácil, no estás preparado…

Con estas palabras el sabio Haripurna despidió a Akarghi de su flamboyán. Akarghi recordó su terrible amor por Latniavira, su pasión voluptuosa y sensual más furiosa y destructiva que todos los monzones y catástrofes vividas por él. Y también en ella, también en la perdición de los sentidos y la carne, en kamā-tahā (deseo por el placer de los sentidos) siempre había algo más allá, algo más grande, algo más verdadero, algo más poderoso que se transmutaba desde la profundidad misma de su lujuria y perdición, como una hebra de oro que sólo podía atraparse entre la profundidad orgásmica de las piernas de una mujer, si de verdad quería seguir adelante… ¿Cuántos, sin embargo, no zozobraban y quedaban sumidos en el divino lodo y mierda de ese placer por toda la vida, y vida tras vida, sin atisbar siquiera la hebra dorada de la trascendencia, la única que causaba que la putrefacción de la carne muerta resplandeciese engañosamente un instante eterno?... “Gozar, disfrutar, gritar de excitación y placer furiosa y descontroladamente sin esperar nada más: ni permanencia del placer, ni permanencia del ser amado, ni más placer, ni temor de perder el placer, ni identificación con el placer… eso es cuestión no de trascendencia espiritual, sino mera técnica, mera disciplina mental, como cualquiera otra…” Así le había respondido en una ocasión a la misma Latniavira, cuando, saciados sus bajos instintos una y otra vez durante una noche a escondidas y lúbrica, ella se extrañaba de que el sanyasin, el renunciante y ascético Akarghi, traicionase tan escandalosamente por ella sus votos de castidad, su decencia, su pudor y su fe.

Más allá…”, murmuró para sí Akarghi. Y como respuesta de un dialogante invisible ∞sin verme∞ un nuevo recuerdo lo asaltó. Harisha, el señor de los monos –como se denominaba a sí mismo--, en realidad un loco que corría sin descanso por las calles de Nirmla Jhar, un día se detuvo ante Akarghi, se arrojó a sus pies, se abrazó férreamente a ellos, y echándose a llorar habló como poseído por una fuerza extraña:

--¡Necesito morir, mi señor!... Ya mortifiqué decenas de años mi ego, hasta que cedió por completo y, en la suprema paz del abandono, dejé que todo pasara por mí sin oponerme; yo en todo, sin imponerle nada de mí... Entonces me dirigí al mundo para enseñarle a los pobres de espíritu que era posible, aun existiendo en el mundo, el abandono, pero el mundo me devolvió mi propia sombra, mi atta (yo) en los otros, y entonces reconocí que aún no había completado el circuito infernal del yo; que la purificación del yo jamás podía completarse en uno mismo… Que el infierno que encontraba en los otros era mi propio yo… Que nunca mi yo alcanzaría la perfección del anatta (no-yo), pues mientras hubiese un solo humano que sufriese, yo no cesaría de sufrir, y aunque hubiese un solo humano ruin e imperfecto, yo no podría alcanzar la perfección del no-yo, solo aquí, solo en este Todo donde mi yo podía eternamente sobrepasar el abrumador peso de sí mismo… A no ser que Brahman-Atman me sacase sin razón de esta dimensión y universo…

El loco lanzó una carcajada atronadora entre convulsiones de llanto, se levantó sin mirar a Akarghi y salió disparado corriendo hasta perderse de nuevo entre la gente. 

Akarghi también soltó una gran carcajada al recordarlo, como si Harisha le hubiese revelado el secreto de su llanto-risa. Miró a su alrededor y observó que todas las cosas lo contemplaban, igual como él las contemplaba. Y una vez más su mente, hilvanando profundamente circunstancias y vida, aportó nuevos recuerdos. Como una posta se entregaban unos a otros sus seres vividos algún testimonio que en parte le mostraba a él, con el lenguaje de la vida cotidiana, como si nada, un sentido y un sendero: la continuidad de un algo que parece simplemente vida. Y si trataba por un esfuerzo del intelecto, por un esfuerzo de la mera conciencia volitiva (y hasta con todas las facultades de su mente), de dilucidar el mensaje secreto, el código oculto en las costuras invisibles de la existencia diaria, no avanzaba más que en la incierta creación de conjeturas y tentaciones de conceptualizar y definirlo todo, y ya, con una instantánea respuesta-verdad. Pero la Verdad, al igual que su pez Koi, hablaba y al mismo tiempo se escabullía hacia adelante y hacia atrás, en el tiempo, en el espacio, en todas las dimensiones… “¡Om!... ¡Oh Absolutos, puedan mis orejas escuchar su palabra sin traicionar el ruido que torpemente alcanza a mis oídos. Puedan mis ojos ver lo que no puede ser visto por humano alguno, oh Invencibles!

Habían quedado como dormidas y enterradas aquellas lejanas palabras escritas y leídas en un manuscrito hermético e inquietante, de aquel no menos hermético e inquietante Farra-aj, abad de un Lamayuru ya inexistente∞¿Por qué la memoria acaba convirtiendo lo vivido en algo que no experimenta pasado, ni presente, ni futuro?∞. ¿Y si aquellos misteriosos y extraños seres que habían ido apareciendo en su vida cada cierto tiempo, de diferentes maneras y en muy diferentes circunstancias, fuesen algo más que personas comunes y corrientes mistificadas por una mente vivazmente fantasiosa?... Desde su fe infantil enseñada por sus padres, aprendida de la religiosidad multiforme y ubicua de tantos admirables hombres, de tantas maneras a su alrededor, y, por encima de todo, las confidencias que su propio corazón sensible le había aportado para creer intensa y confiadamente en la existencia de todos los dioses, así como en la Divinidad Suprema, Akarghi había recorrido un extenuante proceso gradual de repliegue hacia su interior. Primero fueron los mismos hombres y mujeres que ante sus ojos y ante esa misma sensibilidad ingenua y fogosa se fueron develando en motivaciones, intenciones, sentimientos, actos, palabras, inconsistencias, inautenticidades, supersticiones, apegos, pequeñeces, frustraciones, fantasías, mentiras, que sostenían ficticiamente la soberbia y aparatosa construcción de lo religioso, la grandilocuente espiritualidad de unas filosofías y creencias que, en realidad, sólo amparaban y alimentaban las inconcientes, egoístas y precarias limitaciones individuales… Hubo hombres notables, sí, que conmovieron y estremecieron a Akarghi con esa enigmática potencia que se irradia de un espíritu auténticamente trascendido, pero siempre como seres extraños, como livianos cuerpos de luz que al caminar flotasen sin tocar ni ser tocados por la religiosidad del hombre común, y hasta del hombre superior. Ellos mismos no hicieron más que radicalizar el proceso de extrañamiento religioso de Akarghi. Desconfió, como un animal que huele algo amenazante en el aire, sucesivamente de los templos, de las imágenes divinas, de los sacerdotes y sacerdocios, de los creyentes, de los rituales, de las procesiones, de los mantras, de los textos sagrados, de los panteones, de las tradiciones sagradas, de las manifestaciones formales, externas, sociales de religiosidad, y finalmente, como remate de todo lo anterior, de Dios… 

Por cierto, quien ha vivido este proceso conoce también el efecto doloroso y corrosivo para el alma, la mente, y la vida toda de uno mismo, así como de quienes conviven y se relacionan con uno. El vacío y la pus que queda de ello generalmente se lo denomina materialismo, ateísmo, nihilismo, y hasta, simplemente, realismo… Sin embargo, el proceso degenerativo en Akarghi no acabó allí, sino que su interior activo, como un poderoso radar, como un imán ardiente, como el chillido de un bebé que sin inteligencia conoce a su madre, como un cuchillo que se hace conciente de su empuñadura, al perder a Dios, juntamente se liberó de Dios, pero no de sí mismo

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