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viernes, 4 de agosto de 2017

AKARGHI (capítulo 132)



   
Una vez más se había liberado de su attā (yo), de su apego instintivo y mental a la vida, a sí mismo; pero una vez más la Verdad lo había devuelto a las márgenes de su Río, como la flor del jacarandá se mece arrojada a la orilla de cualquier río. Su propia experiencia, o la experiencia que le había sido asignada, parecía revelar que los cinco pañcakkhandha (agregados) del Gautama sí eran ilusión --¡es cierto!--, pero el Camino hacia la liberación por la Verdad había que hacerlo a través de ellos, por el medio de ellos --¡otra manera de entender el justo medio!--, por el centro y vivencia mismos de la ilusión; sí de una manera peculiar y tal vez desconocida, pero ¡jamás renunciando a ellos!... Negar la existencia del attā (yo) le parecía tan arrogante e incierto como afirmar su existencia. Negar el valor de dukkhā (sufrimiento) para la evolución del espíritu era tan dañino como sufrirlo con apego e identificación. 

El Buda, lo mismo que Krishna, Patanjali, Sankara, Jesús, Lao Tsé, Confucio e innumerables otros iluminados que he conocido en mis andanzas han justificado la obtención de la Verdad indubitable y perfecta por el logro de un estado de iluminación y revelación supremos, por encima de todas nuestras demás facultades de conocimiento. Pero si algún ser humano pudiese realmente alcanzar un nivel tan alto de conocimiento, de suprema verdad e identificación con la Realidad, de unión con la Divinidad, entonces esa Verdad revelada sería una y la misma para todos, o al menos una muy semejante... Pero hay unos que revelan la Divinidad, otros el Vacío, otros la Nada, otros la Unidad, otros la Dualidad, otros la Inmanencia-Trascendencia, otros la Bienaventuranza, otros la Trinidad, otros el Huevo Cósmico, otros el Principio, otros el Caos, otros el No-yo, otros el Yo, y así sucesivamente…

Tirado sobre la arena y el lodo a la orilla del Godavari, o tal vez del Ganges, o tal vez del Turgusha, o del Yamuna, o del Kameika se confundían todas las verdades y todas las ilusiones, porque mientras más vivía, mientras más verdades indagaba en su interior y en otros, más evidenciaba la ubicua y total condición y acción deformadora y creadora de toda facultad y componente humanos… Haripurna el famoso yogui del árbol, discípulo de Ramaharammanashi, quien a su vez había aprendido las artes del siddhi (encantamiento) de los maestros ocultos del Loto de la Ascensión, había en su momento demostrado a Akarghi la imposibilidad de distinguir entre una cuerda y una serpiente; entre una representación mental y un objeto físico; entre un dios y un demonio...

Haripurna vivía sobre un flamboyán de doce metros de alto, en un pequeño rellano que se formaba en el remate del tronco principal, y que había recubierto con un mullido colchón de kusha y hojas verdes. Lo hacía así por varias razones; una de las más evidentes era la necesidad de huir del acoso de la interminable muchedumbre que buscaba disfrutar de los “milagros de Haripurna”… Tanta era la curiosidad, el interés y el asombro que despertaba entre las gentes, que se había visto en la necesidad de acoger a un gran número de discípulos, a quienes, más que enseñarles su don y su oculto saber, les asignaba la no menos trascendental labor de mantener alejada a la población que se disputaba por encaramarse hasta la cresta misma del flamboyán, pero también que insistían en vender, cantar, reírse, hablar en voz alta, gritar, quejarse, suplicar, rezar, predicar, pelear, hacer música, y tantas cosas más que interrumpían y alteraban su privacidad y profundo recogimiento. 

Haripurna sólo descendía por las noches del árbol, una o hasta dos veces cada mes durante el novilunio, para hacer sus escasas necesidades biológicas y sus abluciones en las aguas del lago Ashtamudi. Precisamente en una de esas caminatas hacia el lago, Haripurna se encontró a los pies de una pareja de pinos con Akarghi, que dormía acurrucado y cubierto con su manto granate. Akarghi soñaba que junto a él un mítico sabio, nimbado con una luz maravillosa y sutil, le enseñaba con una voz melodiosa y profunda: “A cada segundo, a cada instante estamos creando posibilidad de todo, primero de muchas cosas, las más cercanas, luego de tantas más en la medida que vamos realizando unas y no otras, sin detenerse ni un instante el movimiento caótico y progresivo de lo Otro indeterminado, y de nosotros, casi indeterminados por completo, mezclándonos, interactuando, provocando, disolviéndonos, creándonos…

Akarghi abrió sus ojos con una sensación de paz y regocijo.

-- Las aguas del Ashtamudi… Las aguas del AshtamudiLas aguas del Ashtamudi

Le pareció escuchar repetidamente de boca del yogui que se alejaba hacia la orilla del lago, brillando sutilmente el contorno de su desnuda figura. Akarghi lo esperó sentado en padmasana. Cuando Haripurna regresó en silencio y cabizbajo, después de haberse sumergido varias veces bajo las aguas, pasó a su lado, le dirigió una plácida mirada, y sin decirle ni una palabra, lo llamó en el corazón:

--¡Sígueme!

Akarghi lo siguió y se quedó sentado a los pies del flamboyán, meditando el resto de la noche. A la mañana siguiente el yogui lo invitó a encaramarse hasta su hogar. Una vez allí, Akarghi le preguntó derechamente por la Verdad.

--¡Míralos!... –exclamó el yogui, desviando la mirada hacia la multitud que volvía a agolparse lo más cerca posible, cuanto sus śiyas les permitía.— Ellos conocen poco y nada de la Verdad que tú buscas… ¡Déjenlos venir hasta aquí!—exclamó en voz alta a sus discípulos.

La gente corrió exaltada, chillando y empujándose ante la próxima novedad que el māyākāra (mago) les iba a deparar. Haripurna les pidió desde lo alto del flamboyán que se sentaran sobre la hierba y tomó desde un hueco de entre las ramas una especie de tronco cilíndrico de unos treinta centímetros de alto, en cuyos extremos se apreciaban sendas tapas de cuero tirante, amarradas a la circunferencia del madero. El yogui lo colocó entre sus piernas, como se pone un tamborín, cerró sus ojos, se concentró con una profunda y lenta inhalación, y después de unos minutos comenzó a golpear con sus nudillos, rítmica y lentamente, el tabla. Un dos… un dos… un dos… un sonido lento y grave se dejó oír vibrante, seductor y extraño, hasta bien lejos… Un dos… un dos… La multitud enmudeció… Un dos… un dos… Entonces desde lejos pareció escucharse algo así como un eco sordo… Un dos tres… un dos tres… un dos tres… El eco fue progresivamente aumentando hasta convertirse en un golpeteo atronador, grave, profundo, amenazante. La tierra y el aire se estremecían, temblaban, vibraban… De pronto la gente volvió su mirada hacia la derecha: una gigantesca nube de polvo se acercaba velozmente hacia ellos. Nadie se movió. Entre la nube marrón se divisó el movimiento arrollador de cientos de elefantes que corrían desordenadamente en estampida, haciendo sonar sus trompas con terribles trompetazos, hacia los miles de horrorizados humanos que los veían venir sin poder huir ni moverse. Entonces, cuando la tromba de paquidermos estaba a unos escasos metros y la gente ya presentía el monstruoso peso de sus patas y cuerpos aplastándolos como se apisona la hierba seca para formar un fardo, un golpeteo fuerte y corto del tamborín de Haripurna hizo desaparecer instantáneamente la visión colectiva, dejándolos a todos a punto de fallecer de horror, sin respiración y anonadados. La gente luego se tocaba sus cuerpos y se miraban unos a otros sin dar crédito a lo que acababan de vivir. 

Akarghi, que lo había visto todo (pero desde su posición y perspectiva), percibió de una manera extraña y nueva que todo aquello había sido juntamente, misteriosamente, inquietantemente… ilusión y realidad.

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