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viernes, 28 de julio de 2017

AKARGHI (capítulo 131)


   
Cuando se le suplica a Dios misericordia y compasión, o cualquier otro milagro, se evidencia miseria y pequeñez de mente y de espíritu. ∞¡No hay que avergonzarse de ello: somos ante todo miseria y pequeñez!∞ Cuando se busca en Dios comprensión y entendimiento, apenas encontramos su ayuda. Cuando se deja hacer a Dios en uno mismo, entonces sí vamos avanzando… ∞¡Aunque no sabemos adónde, ni por Quién!

Al inicio de la época de los monzones los habitantes de Ratnagiri, en la región de Maharashtra, siempre se intranquilizaban. Por ello, el primer día de lluvias, la población se intranquilizó al sentir que las cataratas del cielo se abrían como si a un océano se le hubiese quitado el piso. El viento sopló todo el día y toda la noche con la desesperación y el alarido de un condenado. Al segundo día ya no se podía salir de las casas, porque el agua superaba un metro de alto. Los animales comenzaron a ahogarse y apenas uno que otro atrevido osaba salir de su hogar bogando en una improvisada chalupa. Los altares en los que se invocaba la misericordia y la protección de todos los dioses comenzaron a apagarse, porque el agua y la humedad se filtraban hasta por debajo del suelo. 

Al tercer día los ancianos que todavía sobrevivían recordaron llorando una inundación semejante hacía setenta años, pero ahora las aguas del río Godavari habían crecido tan rápido que ya nadie podía pensar en abandonar la región, o siquiera el lugar elevado donde cada quien se encontraba. En este solo día habían muerto decenas de miles de personas. Las nubes pasaban rasantes como negras rocas giratorias sobre los techos más altos, que apenas sobresalían, igual que manos alzadas con la punta de sus dedos pintados hacia lo alto, por encima de las aguas embravecidas. Akarghi había llegado hacía sólo unos días a la región, movido por un inquietante llamado desde el fondo de su corazón. Justo la víspera del monzón se la había pasado meditando en la compasión del Buda bajo un altísimo baniano, que sobresalía en el rellano de la única loma dentro de la inmensa planicie boscosa. Sus gruesas y grises ramas colgantes habían hecho pie alrededor del tronco principal decenas de metros en el entorno. Cuando el primer día las aguas comenzaron a subir en el bajo, Akarghi se acercó a las primeras cabañas que encontró y ayudó a sus moradores a cercar con sacos de arena su morada y a tapar los forados que el viento abría en sus techumbres de madera. Al segundo día trató de convencer a esos mismos pobladores que dejaran sus viviendas anegadas, pero nadie quiso abandonar sus pertenencias ni su propiedad. El tercer día ya no bajó, sino a ratos contempló con desolación el valle completamente inundado y, a la distancia, algunas techumbres salientes y torretas en las que diminutas figuritas humanas se apretujaban tratando de sobrevivir. Las aguas tenebrosas y agitadas, veloces y encolerizadas habían subido hasta los pies del mismo baniano bajo el cual todavía se guarecía. 

Al cuarto día arreció todavía más la violencia y la densidad de las montañas de agua que caían sin interrupción. Los últimos sobrevivientes de la región llegaron en sus botes cubiertos y anegados hasta el baniano que comenzaba también a sucumbir bajo las aguas. Era la roca y el faro firme que sobresalía por encima del océano tenebroso en cientos de kilómetros a la redonda. Akarghi se había encaramado hasta la mitad de la altura del baniano, escalando de rama en rama. Ayudó a subir a los niños y a las mujeres que llegaban tiritando y amoratados de frío y horror. Los ancianos en cambio habían decidido ceder su espacio vital a sus familiares más jóvenes, y se habían sumergido bajo las aguas sin miedo. Los hombres y las mujeres que cogían los brazos y manos de Akarghi apenas murmuraban algunas palabras cuando Akarghi los recibía afectuosa y solícitamente como refugiados en su baniano, pero los niños se aferraban a él desesperadamente, temiendo que en cualquier momento las profundidades de la tormenta se los arrebatase de la vida. El inmenso árbol se asemejaba a una gran colmena, pues de sus ramas colgaban cientos de personas. Sin embargo, durante el cuarto día la violencia del viento comenzó a hacer estragos en el ramaje, y el agua seguía subiendo de nivel. Las ramas crujían dolorosamente y una tras otra se iban quebrando con el peso de sus inquilinos y por la presión del viento. Caían desgajándose sus carnes blancas, y con ellas los infortunados a quienes les tocaba la suerte de encontrarse aferrados a ellas. Las madres trataban de retener a sus hijos que el viento pugnaba por lanzar a las aguas, y los padres trataban de aferrar a sus esposas para que no cayesen junto con sus hijos al negro pozo. En vano... Unos tras otros con gritos angustiados iban siendo desgarrados de sus férreos abrazos, igual que las ramas de su tronco. Una niña ya sola, que había logrado rodear con sus bracitos la rama que la sostenía, estiró una mano hacia Akarghi, todavía cercano, al escuchar el quejido de la madera que comenzaba a desgarrarse. Akarghi alcanzó a dar un paso hacia la niña, pero una nueva ráfaga la hizo volar junto con la rama hacia las honduras líquidas, lanzando ella un terrorífico chillido. Akarghi trataba de contener su emoción al contemplar cómo la Verdad le enseñaba la impermanencia de todas las cosas y la fragilidad de la vida humana. Aquello se le asemejaba a un sueño donde ya nada parecía real. Giró su rostro hacia el lado opuesto al escuchar que alguien gemía. Se encontró con el rostro desorbitado de terror de una mujer que veía venir la muerte de un momento a otro. Akarghi sintió una profunda compasión y estiró su brazo para atraerla hacia sí. Ella hizo lo mismo, pero cuando ya sus dedos casi se tocaban, una gruesa liana voló desde alguna espesura y golpeó con fuerza la nuca de la mujer, la cual, inconciente, cayó a las aguas enredada entre las ropas oscuras y empapadas de su sari… Quiso orar y pedir por todos los desgraciados que aún se disputaban un fragmento de existencia, pero su espíritu sólo se alzó junto a las almas recién desencarnadas de los muchos difuntos, que todavía espantadas y confusas no sabían adónde ir. Hubo un momento en que las aguas subieron hasta la rama de Akarghi y cubrieron sus rodillas. Con gran dificultad, pues sólo quedaban hacia arriba unos pocos metros de tronco y ramaje, flexibles, cortos y resbalosos, logró encaramarse un poco más alto. Por aquí y por allá sobresalían en los alrededores los mismos islotes de árbol. Por aquí y por allá sólo permanecían adheridos a los troncos unas decenas de personas. 

Al quinto día la lluvia amainó, lo mismo que el viento. Akarghi escuchaba los gemidos, las súplicas y el llanto de los desgraciados que continuaban amarrados con sus brazos al árbol. Comió algunas hojas y frutos que tenía a su alcance, pero nadie quiso hacer lo mismo, a pesar de que Akarghi les daba ánimo. El cielo todavía se manchaba con gruesos borrones de nubes, y el viento cálido se movía inquieto sin una dirección definida. Por momentos alguien levantaba la voz hasta transformarse después de un rato en un alarido; por momentos un silencio casi fúnebre permitía oír muy a la distancia los truenos de alguna tormenta. Al caer la noche sólo se escuchó  silencio total, ininterrumpido.

Al sexto día se desbarrancó de nuevo el cielo en toneladas y toneladas de agua, como si jamás hubiese llovido antes. Sólo llovía como una muralla densa y fluida, pero sin viento. El nivel del agua continuó subiendo. Uno tras otro los últimos vestigios leñosos del baniano desparecieron bajo el océano fluvial, y con ellos los últimos sobrevivientes. Akarghi se mantuvo hábilmente cogido a la última rama que se bamboleaba con la corriente, aprovechando la flotación que le otorgaba el agua ya a la altura de su cintura. Después de la medianoche, un rayo estremeció el techo de nubes y se precipitó crepitando hasta las aguas, no lejos de donde se encontraba Akarghi. Recordó a los tres últimos hombres que contemplaron una tras otro a Akarghi, en silencio, como si cumpliesen un misterioso ritual; con una plácida sonrisa se fueron soltando de su rama, y se hundieron en la profundidad del abismo. Entonces Akarghi experimentó una paz y felicidad como de otro mundo, y se dejó llevar por la corriente, liberado…




1 comentario:

  1. Atrapante tu narrativa , mundos lejanos , naturaleza implacable , las leyes de la impermanencia y la finitud humana cumpliéndose poco a poco , inexorablemente. Atisbos del mundo por llegar y con qué valores contamos. Me gustó mucho el tema y el desarrollo excelente.
    Abrazos. Marisa

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