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viernes, 14 de julio de 2017

AKARGHI (capítulo 129)



   
No quiero escribir una ficción, pero es inevitable hacerlo si escribo… Quisiera huir de mi necesidad de escribir una ficción, por ello escribo símbolos y contenidos de mi propia alma, ya que nadie sabrá cuánto de verdadero hay en Akarghi, más allá de Akarghi, el monje de Lamayuru… Sólo yo sabré cuánto de Akarghi es real, y cuánto, ficción literaria; en cuanto Akarghi soy yo, o yo quiero hacer de él una realidad en esta novela... Incluso Akarghi quiere escapar de la mera ficción. 

Quiero yo, además, hacer realidad de Akaghi. Quiero hacer también realidad de ti, caro lector, en mi propia novela, al ser leída por ti… Tú entras en mi realidad, si me lees. Tú también eres mi novela, como yo soy novela, tanto como hombre vivo… ¿Acaso no crees que mi mano ya tiembla al pensar que depende de mí ponerle punto final, y matar a Akarghi, tal como mataré Akarghi: Seis Horas en el Camino de la Verdad? Sé que tú también nos puedes dar muerte en cualquier momento, y dejar de leernos, incluso para siempre. Otros ya lo han hecho. Eso me apena, por ellos y por mí, pero no me quita el sueño… Eso no hará precisamente que Akarghi tenga más sexo del que ya tuvo, o que haga cualquier cosa asombrosa y peregrina que a ti te mantenga aferrado a la lectura semanal y continua de mi Akarghi. Depende de ti sólo en alguna medida; en otra, depende de otras causas y otras dimensiones de realidad, de las que tú, lo mismo que yo, ni siquiera podemos soñar que existen… ¿Molesto o incómodo por este exabrupto mío en medio del encanto de la narración, y estás a punto de apretar el botón mágico que te saque ya de esta desagradable página? Si has leído hasta aquí, jamás podrás escapar de Akarghi, de la misma manera que jamás podrás escapar de tu propia ficción, aunque por ahora no entiendas qué quiero decir, ni la real dimensión de lo que ha de venir… Pero ¡no temas!... Yo te amo, tanto como amo a Akarghi, aunque eso no te exime de que te haga sufrir; ¡sólo te ofrezco sufrir por tu propio bien!... ¡Lee o deja de leer!... De cualquier manera tú también eres Akarghi, y habrás de enterarte de lo mismo, tarde o temprano, viviendo o siendo leído.

¿Yo escribo a Akarghi, o Akarghi me hace escribirlo a él, aunque lo que parece obvio es que yo escribo a Akarghi?... Sin embargo, mientras más escribo a Akarghi, más probable se vuelve, o se va haciendo más fuerte --¿…porque le insuflo más y más conocimiento y poder?-- que Akarghi se me impone como un otro al que yo simplemente manifiesto en este plano textual. Si comencé yo otorgándole más y más conocimiento y poder, ahora ya ha adquirido suficiente para comenzar a darse entidad y existencia a sí mismo, independizándose de mí, aunque yo siga decidiendo lo que diga y haga de él… ∞¡Paradoja!,¿o sin sentido?

Y mientras yo medito en esto sentado frente a mi computador, Akarghi medita en algo también, sentado sobre una roca, contemplando la grácil pagoda del Templo Rojo, desde cierta altura en el monte Azul. Lo aquejan mis dudas, y a mí las suyas. Akarghi, arrastrado por una historia de vida, ya entiende y sabe que él es algo así como la obra ficticia de una divinidad que crea su destino y su realidad. Pero en su avance vital y espiritual ha descubierto que aquello que hemos identificado y conceptualizado como divinidad es algo inmensamente más inalcanzable, extraño y misterioso que todo eso divino… Su memoria está colmada de extraordinarios e innumerables significativos recuerdos de vida, sin embargo evidencia que unos sobresalen de otros, como las olas en medio del mar suben mostrándose oportunamente, y luego bajan, escondiéndose en las aguas indiferenciadas después de un momento de altura descollante… Saddinavi refulgía como esa luz repentina del relámpago que maravilla y sorprende. Sólo Latniavira había provocado esa sorpresa y desconcierto hacía diez años atrás, pero nadie más desde entonces hasta ahora. Y ahora que creía que lo femenino había sido entonces una sublime pero también salvaje y caótica experiencia primigenia ya para siempre superada por una evolución transformativa de realidad y de naturaleza suya, una vez más se transformaba con su magia secreta, y se asumía ante Akarghi con una forma nueva, de seguro también por un interno y continuo proceso de evolución y trascendencia: Saddinavi (Lo Eterno Femenino)… Sabía ya que algo así como el espíritu vivo y progresivo de Latniavira se había realmente encarnado ahora en Saddinavi, tal como lo dual se puede fundir en lo uno. Porque si lo femenino se había concentrado en la dimensión sensual, voluptuosa, física y erótica de la persona de Latniavira, en cambio en Saddinavi, también siendo hermosa en sus delicadas y femeninas formas físicas, había asentado su centro de poder y presencia en la femineidad de su alma, de su mente y de su espíritu, las que acababan devolviendo un encanto y una belleza físicas, únicas y aún más irresistibles que las de la diosa Latniavira…

Después de su largo periplo, dentro y fuera de Lamayuru, Akarghi había logrado un vínculo con la realidad no ya natural, como le acontece –o cree que le acontece-- a todo humano, sino sobrenatural… Y es que si la realidad por sí misma es enteramente sobrenatural, es, por otro lado, la persona individual quien acaba resaltando y canalizando esa dimensión, o la acaba degradando y reduciendo desde su propia personalidad a un universo azaroso o regulado, bello, y simplemente natural. Entonces Akarghi, si le acontecía conocer a una mujer como Saddinavi, o encontrarse con el rishi Dur-pah, o con la garza blanca del lienzo, le acontecía juntamente porque él mismo los había atraído, tanto como porque habían sido puestos en su camino… 

¿Por quién?... ¡Hay Alguien detrás de todo esto que me acontece y ha venido aconteciendo conmigo! Una mano poderosa que me da forma y da forma al escenario de mi existencia. Una voluntad poderosa y sabia que me guía juntamente con todos los que experimento reales en alguna dirección y sentido que apenas alcanzo a intuir, y que busco y busco a través del Camino de la Verdad. Y así como la garza atrapa y vuela con el dragón firmemente atenazado entre sus patas hacia lo alto de la Eterna Montaña Nevada, y así como yo atrapé el gobio desde el río de la Vida, pudiendo quitarle la vida, se la devolví al río, así también comienzo a atrapar a quien me tiene atrapado, dejándose al mismo tiempo atrapar por mí…

Y aun así, con toda la conciencia de lo avanzado hasta aquí, Akarghi se inclinó conmovido hasta tocar el suelo con su frente, conociendo en un destello de conciencia momentánea su insignificante condición, capacidad y miseria interior para hacerse desde sí mismo el señor tan siquiera de su propia realidad, cuánto más de la realidad misma, dentro de la cual trataba de respirar con su diminuta conciencia, como un pez trata de respirar fuera del agua.

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