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viernes, 7 de julio de 2017

AKARGHI (capítulo 128)



   
El niño que adquiere repentinamente conciencia de sí mismo, generalmente en las inmediaciones de la pubertad, se considera a sí mismo un adulto, un casi-hombre juicioso y fuerte. El último año para Akarghi, que acababa de cumplir los diez, había sido un reforzamiento de esta autoconciencia. La separación, la aniquilación de la presencia de sus padres y de su hábitat infantil, y hasta del mundo mismo que es concebido desde la perspectiva natal, habían sólo fortalecido, incluso engrandecido, su sentimiento de independencia y fortaleza interior. Lamayuru mismo lo había empujado a reconocerse un ser extraordinario, un monje, un aprendiz de iluminado… Al principio.

La caída de las tres flores del almendro, los pétalos blancos y marchitos en las palmas de sus manos, tal vez hasta las risas lejanas como pueden resonar los ecos de alguna burla trascendental y hasta divina, habían invertido toda esa fortaleza grandiosa y personal en un mero y completo abandono. De la misma manera que un castillo de naipes al comenzar a derrumbarse se transforma, desde aquella soberbia imagen de una pieza magnífica, única y compacta, a un rápido protagonismo de una carta, y luego otra, y otra, sorprendiendo cada una por una desconocida, nueva y repentina trascendencia y hasta condición que la hace concentrar en ella única, viva y mortal, más que todo el valor del castillo de naipes en conjunto, el movimiento macabro de su caída,  así experimentó Akarghi cada minuto y cada evento que se desencadenó a partir de ese instante y tragedia. 

Como una profunda respuesta, como un hilván invisible y doloroso llegó a su corazón el pinchazo de un recuerdo que lo desbordó. Experimentó el desamparo de aquellas noches (¿mil?) en que gemía en el silencio y la oscuridad de un pequeñísimo cuarto, en realidad un ropero y bodega, cuando sin explicación ni sentido se veía abandonado cada noche para dormir en un diminuto camastro, en un diminuto espacio sin luz ni ventilación, porque la pobreza demanda soluciones sin compasión… Entonces, en medio de su angustia y desesperación, comenzaba a llamar bajito a su mamacita, a veces la nombraba simplemente ¡Lokhi!, quien, atrapada en sus labores de madre de otros hijos aún menores, jamás escuchó sus súplicas, que se iban apagando al final sólo con el peso mortal e inevitable del sueño.

Encorvado como un gusanillo comenzó también a llorar ahora dentro de su covacha de hojas y tierra. Luego lo alcanzó terrible el recuerdo de su pequeño hermanito Viridana, el cual amaba a Akarghi más incluso que Akarghi a sí mismo, inmóvil, con los labios negros, contraídos por el dolor, ya rígido y blanco, apretándolo con todas sus fuerzas contra su pecho para tratar de retenerlo en la vida, después de haber sido mordido por una víbora mientras jugaban solos en el campo. Había entonces conocido la muerte del ser amado que te deja tan solo, y más solo que el dolor que te deja… ¿Lo podría haber evitado?... ¿Lo podría haber evitado?... Cuánto lo persiguió esa pregunta por años y años, como un tábano que se colaba hasta en los sueños ya no más reparadores. Y esa pregunta misma era pura soledad y desamparo que ahora volvía a cobrar la dimensión del tamaño real de la existencia, porque nadie y nunca podría ser capaz de respondérsela. Pero lo había olvidado tan extrañamente como ahora volvía a revivirlo y recordarlo.

Todo niño acaba finalmente riendo y olvidando, aunque haya vivido las mayores atrocidades humanas, pero así también las atrocidades acaban volviendo a reflotar hasta la conciencia del joven y del adulto, como una herida que se quedó dormida hace tiempo, pero que necesita despertar para al menos sufrir, con toda su fuerza arrolladora y transformativa… ∞¡Cuán profunda, antigua y olvidada será entonces la herida de aquellos que sufren tanto en esta vida sin poder nunca reflotar el recuerdo preciso de cómo engendraron su sufrimiento!∞ Akarghi continuó recordando con la misma velocidad con que ese castillo de naipes que comienza a derrumbarse, primero carta a carta, finalmente se mueve como una caótica masa de trozos de algo gris, mortalmente unificado sobre la horizontalidad del suelo. Y esa masa aún palpitante, reunida en una sola evidencia, se le presentó como un presente actualizado: su vida de niño había acabado, su vida de hombre también había acabado, de una sola vez a los diez años, y ahora se encontraba solo, roto de vínculos y lazos de amor, solo con su propia alma ante una vida desolada, a pedazos…

Pasó la noche en el oscuro y aislado nicho, llorando, tiritando de frío y dolor de ser. A la mañana siguiente, antes del amanecer, lo despertaron unas voces agudas que coreaban su nombre. Sintió miedo. Creyó que lo venían a buscar para llevárselo al infierno de los Rakshasas. Al fin lo encontraron delirando, febril, con la mirada perdida y vidriosa. Tres días se mantuvo llorando y gritando de dolor, con un dolor imaginario y al mismo tiempo real. Los maestros pensaron que Akarghi podría morir, pero finalmente salió de su estado delirante, o así se lo pareció. Su convalecencia, si puede llamarse así, duró más de tres meses. Todo se volvió extraño y ajeno alrededor de él y dentro de él. Sin embargo, todo dolor extremo acaba anestesiándose a sí mismo.

Agradecía todos los días los cuidados afables y hasta amorosos de los monjes de Lamayuru, que reconocían en él la presencia de un estado y proceso peligroso, sufriente y, por tanto, compasible. En cosa de días parecía haber madurado en su conciencia como un anciano. Lo mismo que se rasga el velo del templo y repentinamente ya no hay afuera ni adentro, sino todo queda invadido por los profundos misterios develados del sancta sanctorum, así Akarghi se mantenía absorto y comprendiendo cada cosa que entraba a su mente y conciencia de una manera nueva y conmovedora. Todo este tiempo vagaba como un alma en pena por los rincones, las galerías más oscuras y alejadas, evitando los encuentros personales y hasta la mera compañía de sus pares y de cualquier ser y persona. Nunca antes le había ocurrido esto tan extraño. Sentía un dolor terrible recordando a sus padres y sus hermanitos y sus abuelos, y sus escenas amadas de vida, como algo irremediablemente perdido, pero no sólo en el tiempo, sino en otra línea de realidad, divergente, ya eternamente inalcanzable. Y el dolor se modelaba como se le va dando forma a una masa de greda, con cada presión digital de una manera nueva y única, porque cada detalle, cada evento, cada estímulo, cada recuerdo, cada asociación, pensamiento y mentalización producía un efecto diferente, explosivamente lúcido, pero al mismo tiempo uno: dolor acompañado de una insoportable soledad… Repentinamente Akarghi comenzó a sentir como un adulto, a pensar como un adulto, a sufrir como un adulto, a recordar como un adulto, si bien luego comenzaría, al final de este acelerado y concentrado proceso vital, que también acaba haciendo tarde o temprano todo adulto, a espiritualizar como un adulto…

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