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viernes, 30 de junio de 2017

AKARGHI (capítulo 127)



   
Para un individuo occidental, o moderno, el separar para siempre y por completo a un niño de nueve años de su familia, y más aún, encerrarlo en el aislamiento de un monasterio, sometido al rigor de una vida ascética y espiritual, renunciando a sus impulsos, a sus instintos, a su corazón sencillo y cariñoso, a su conciencia infantil y natural, a su pequeño mundo lleno de indeterminaciones, errores y cándidas confusiones, parece terrible y absurda tortura, y hasta crimen… De seguro, en cierto sentido lo es, pero ¿de qué otra manera podrían el cuerpo, la mente, la conciencia y el alma humanas avanzar más allá de sus límites naturales, culturales y síquicos para acceder a dimensiones inaccesibles de la realidad y de sí mismo? La mayoría de la gente y hasta de los sabios que creen lograrlo en su vida diaria, formando parte de una comunidad social cualquiera, incluso con ayunos y ejercicios ascéticos diarios y continuos, viviendo en familia, en pareja, trabajando, pensando y sin pensar, amando, virtuosamente, pero sin estas dolorosas y extremas renuncias y sacrificios de vida, se engaña creyendo que ha superado –o tan siquiera que puede—las limitaciones naturales de la mente, del cuerpo, de la conciencia y del alma. Es verdad, por otra parte, que también se puede avanzar, y mucho, en la transformación espiritual dentro de las condiciones naturales y sociales de vida de todas las personas. Es verdad también que se pueden superar límites y fronteras de uno mismo dentro de una sociedad y vida común y cotidiana, tanto y tan significativas, que para uno represente una transformación trascendental, significativa y enorme, hasta llegar a hacerse irreconocible para uno mismo y para los demás. Sin embargo, aún no se ha llegado al límite de la condición humana natural... Esto –que es otra cosa--, en verdad, está destinado y reducido a muy selectos y únicos seres humanos, la mayoría de ellos ignorados por los demás humanos, de principio a fin durante sus vidas. Y es que su misión y efecto transformador de sí mismos y de la especie humana no es tampoco evidente, ni material, ni natural. 

Akarghi había llegado, como muchos niños destetados a edad temprana del pecho familiar y social, para experimentar los límites de la condición humana. Los Mendalhayam se habían resistido tanto cuanto un amor honesto y profundo de padre y madre se resisten a separarse del ser amado, que es el hijo. Tantos sentimientos, condicionamientos, pensamientos y hasta circunstancias sociales se atraviesan en el camino para impedir que los padres se separen para siempre de su hijo pequeño. Pero hay eventos que por sí solos pueden ser decisivos para que unos padres amantes como los Mendalhayam acepten la pérdida del hijo. Ocurrieron, y muchos, con Akarghi. Algunos ya nos son conocidos… Otros serán resguardados de la narrativa pública, y otros serán dados a conocer oportunamente. Al fin, todo se cerró cuando Akarghi mismo, a los nueve años, dijo una mañana muy temprano, susurrando al oído de su padre, que cumplía devotamente con sus abluciones matinales:

--¡Me muero!...

Tejalami Mendalhayam abrió tamaños ojos y se quedó mirando a su hijo, con los ojos llenos de lágrimas. Él mismo, aquella misma noche había tenido un sueño: Corría desesperadamente por un camino que nunca acababa, solo, con Akarghi desangrándose, con su pecho destrozado, y muriéndose de a poco en sus brazos…

Ahora Akarghi, a su vez, le devolvía una mirada triste, como la mirada de alguien que recuerda una pérdida irreparable.

--¿Por qué, hijo mío?—preguntó Tejalami, sintiendo que sus palabras inevitables le dolían igual que el decreto leído a un condenado a muerte.

--¡Tengo que irme!... Debo partir hacia las montañas… ¡Me están llamando!... ¡Lamayuru!...–balbució incoherentemente.

Tejalami podría haberse aferrado, como alguien que está a punto de ahogarse se aferra con desesperación a cualquier objeto flotante, a la evidencia de que Akarghi estaba confundido, de que era sólo un niño y que había que darle sólo un tiempo más para que todo fuese diferente, y aquella instantánea locura cediese, como pasa pronto una simple fiebre de verano. Sin embargo, ya no pudo más... Las llamadas del destino se van agregando y acumulando en algún secreto rinconcito del corazón hasta que un hecho menor, cotidiano, las devuelve completas, unificadas, a la conciencia y a la existencia, como cuando un hijo repentinamente después de nueve meses de misterioso embarazo nace.

Akarghi era un niño y, por ello, no podía dar más razones de su extraño proceso interno. Sin embargo, incluso los adultos y hasta los más sabios entre los ancianos y entre los hombres, cuando se ofrecen razones de todo, y perfectos discursos, y hasta sistemas de conocimiento y doctrina de impecable coherencia y verdad, aun así –sin saberlo ellos mismos ni los demás—jamás vislumbran los verdaderos procesos internos que están experimentando. Es necesario humildad y hasta bajeza, como lo bajo estará siempre más abajo que lo no-bajo, para aceptar que nada superior es de cierto superior, sino que a cada instante lo que es, no-es… Tal vez fue esto lo que movió ante todo a Tejalami y a Lokhi a dejar ir ahora y no antes a Akarghi. El instante preciso en que todo converge y se transforma en un solo y mismo sentido; hasta lo que hace sólo un rato atrás se evidenciaba como lo opuesto, lo indiferente, lo incomprensible y errado –incluso las personas mismas--, desde ahora sólo reafirman lo mismo unificado

Akarghi dejó por tanto su hogar y alcanzó el monasterio de Lamayuru. A veces Akarghi era más conciente, otras menos, de que algo fuera de lo común y hasta descomunal le estaba ocurriendo. ∞¿Acaso alguien está conciente de lo que realmente le está ocurriendo por el mero hecho de estar vivo?∞ A veces él mismo era más la Fuerza, el Poder, la Entidad que lo estaba animando y empujando, y entonces apenas alcanzaba a vislumbrar su humanidad, porque todo se volvía extraño e inmenso, como puede serlo el Universo, o la locura, al experimentarse a sí mismos. En otras ocasiones no era más que humanidad frágil, indefensa y solitaria que se reconocía a sí misma desde la angustia de su pequeño yo; entonces era una persona lógica, sensata y normal como cualquiera otra…

Tres meses tardó ese pequeño yo en aflorar y dominar su conciencia y su mente, después de llegar a Lamayuru. Los primeros tres meses vivió en una exaltación mágica y descomunal, descubriendo en cada cosa, en cada instante, en cada persona, en cada rasgo y gesto de cada maestro, en cada enseñanza, un éxtasis nunca antes vivido. Creía encontrarse en el delirio exquisito del más sublime de los sueños, y no querer despertar jamás. Sólo al tercer mes ocurrió el derrumbe del repentino despertar, del recuerdo, de los contenidos de la mente y de lo inmortal ya vivido, que una y otra vez vuelve a clavarse en el presente.

Y como la mayoría de los presentes cotidianos y humildes, intrascendentes e inesperados, aquel día, ya hacia el atardecer, mientras jugaba con sus condiscípulos en un jardín que amaba por la belleza de su cuidada vegetación y la minuciosidad de los detalles, de pronto se detuvo en medio de su alocada alegría; se quedó contemplando una pequeña ramita de un almendro otoñal, en cuyo extremo, inexplicablemente, se abrían más hermosas que de costumbre tres inusuales y extemporáneas flores blancas; por alguna enigmática razón parecían arder, brillando en su albura y garbo. Su corazón dio un vuelco hacia lo profundo y se emocionó hasta las lágrimas al sentir la presencia de la inmaculada pureza, de la divina grandeza en lo frágil y pequeño, del milagro de un vivir humilde y solitario que se expandía hasta el infinito… Respiró profundamente como si la vida se le estuviese adentrando desde todos lados en el pecho y en el alma.

Entonces voló por los aires la pelota de trapo con que seguían jugando los otros sishyas; voló directamente hacia la ramita y golpeó con precisión las tres flores que cayeron decapitadas y despedazadas hasta el suelo. Akarghi se acercó a sus restos blancos, tomó algunos pétalos en sus palmas y se los quedó contemplando sin creer lo que estaba viendo. Le pareció escuchar a lo lejos algunas risas infantiles. Sin embargo, un alud de emociones y conciencia se desencadenó en él. Se le saltaron las lágrimas y comenzó a temblar con todos los pelos de su piel erizados. Se fue caminando por un sendero de arena hacia la espesura de un bosquecillo cercano, mientras continuaba contemplando sus palmas abiertas. Sin saber lo que hacía buscó un hueco entre los matorrales y se encogió adentro como un chanchito de tierra. Las lágrimas saltaban incontrolables desde el estómago mismo de Akarghi. La tristeza pareció emerger como un océano contenido e ignorado desde sus profundidades sin límites. Akarghi sintió que nunca antes en su vida había sido tan él como ahora. Con los pétalos macerados en sus manos se experimentaba a sí mismo cual nuca lo había hecho antes. El fuego delirante de su espiritualidad y exaltación de su vida infantil se apagó abruptamente, por primera vez en su corta vida, y Akarghi quedó allí, tirado en un hoyo vacío de la existencia, con un solo y único sentimiento que parecía contenerlo y expresarlo todo: soledad

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