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jueves, 8 de junio de 2017

AKARGHI (capítulo 124)



   
El hombre se estiró con una fuerte contracción y su cuerpo quedó rígido, con la boca abierta y los ojos en blanco. Akarghi presionó sus manos todavía más sobre la testa y el pecho del insano. Narayan ahogó un grito y luego enmudeció. Después de un minuto de completa inmovilidad, repentinamente el hombre se dejó caer hacia atrás y todo su cuerpo pareció relajarse y volver a la normalidad. Balu abrió sus ojos y, como si hubiese despertado de una pesadilla, miró hacia todos lados, descubrió a Akarghi junto a él y se arrojó a sus brazos, llorando casi a gritos:

--¡Sādhu!... ¡Sādhu!... ¡Sādhu!... –repetía una y otra vez.

Narayan se abalanzó hasta ellos y se aferró con fuerza en un abrazo triple, mientras reía y lloraba al mismo tiempo. Transcurrieron varios minutos así, hasta que Balu con voz débil dijo:

--¡Tengo sed!...

Narayan se separó de ellos, se quedó pensativa un momento y luego respondió:
--¡Vengan conmigo!...

Balu la miró con incredulidad y tristeza, pues hacía mucho tiempo que no salía de su habitación. Akarghi tomó de los antebrazos a Balu y lo ayudó a incorporarse lentamente.

--¡Akarghi te ha sanado!...–exclamó Narayan aplaudiendo, al observar cómo Balu caminaba torpemente, apoyado del brazo de Akarghi.

Salieron a la calle. Narayan ora se adelantaba, ora volvía a ellos corriendo, ansiosa y luchando contra su propia impaciencia. Los guió hacia una especie de templete escondido en un callejón oscuro y sucio. Carecía de puertas y su aspecto de abandono era manifiesto. Caminaron por un estrecho vestíbulo y llegaron a un espacio interior amplio, iluminado por una gran claraboya en el remate de la bóveda. Akarghi se sorprendió al descubrir allí a cientos de personas, la mayoría de ellas de edad avanzada o en evidente mal estado. Narayan corrió hacia una pila dentro de la que caía un delgado hilo de agua desde algún caño oculto; tomó un cubilete que encontró al paso, lo hundió en el agua, miró adentro, lo volteó en el suelo, y volvió a llenarlo en la pila. Luego corrió hacia Balu, derramando más de la mitad del líquido. Mientras Balu bebía de prisa, Narayan iba y venía entre diferentes personas, pasando por encima de los enfermos, desahuciados e inválidos, tomándoles la mano, dándoles abrazos, haciendo reverencias, dando palmaditas cortas y veloces o pequeños saltitos, cuando repetía, con una sonrisa chispeante, una y otra vez:

--¡Akarghi lo ha sanado!... ¡Akarghi lo ha sanado!...

Todo el mundo tenía la vista pegada en Narayan, pero no dejaban de mirar a Balu y luego al misterioso māyākāra (mago), que había realizado la manifiesta proeza. Al fin una mujer de cabello blanco, apergaminada y enjuta, que por su desplante parecía cumplir un rol de liderazgo en el lugar, se acercó a Akarghi y se inclinó levemente realizando el namaste:

--¡Svāgatama (bienvenido)! … Nuestro hogar es tu hogar, joven pavitra (bendito).

Akarghi se inclinó casi hasta las rodillas y agradeció la acogida de la mujer. Luego se dirigió hacia las cuatro direcciones, realizando a su vez el namaste.

--¡Vengan por aquí!

La anciana los condujo hacia un rincón donde ardía un fogón con algunos cacharros humeantes. El resto de la concurrencia pareció distenderse después de la sorpresa inicial y comenzaron a murmurar y levantar la voz, compartiendo sus impresiones sobre el novedoso hecho recién vivido. Les sirvieron gachas y arroz en cuencos de greda. Akarghi comió sólo una pequeña porción, en silencio y reconcentradamente, con la vista presente y al mismo tiempo perdida en algún horizonte, más allá. Cuando acabó de comer, Narayan se le acercó y le dijo al oído:

--¡Mi bhagavān (dios), ellos quieren oírte!...

Akarghi miró a los ojos a Narayan y vio en ellos un sentimiento singular que lo perturbó. Luego dirigió su vista hacia Balu y volvió a encontrarse en sus ojos, que se mantenían como clavados en los suyos, un resplandor febril, igualmente perturbador.

--Amigos y hermanos míos--comenzó a hablar con timidez Akarghi, después de observar el silencio significativo y las miradas ansiosas de toda la multitud sobre él--, yo no soy diferente de ustedes… Sólo por el hecho de haber ayudado a Balu a salir de su mal, no soy diferente de ustedes… Contemplo su sufrimiento, contemplo su abandono, contemplo su desesperanza que ya ha luchado tanto para sostener la adversidad que no pasa… Contemplo su inmensa fe en nuestros amados dioses, a quienes han rogado, han implorado tanto y tan sentidamente, incluso más que vivido… y aunque no hay respuesta, y sus dolores y desgracian continúan destrozándolos, continúan igualmente creyendo, aun así… ¡Los que dejaron de creer, en cambio, ya han partido!... ¡La fe de ustedes sí la comparto!... ¡Esta fe sí sana!... Yo, a diferencia de ustedes, sólo he avanzado antes por un camino que ustedes también tendrán que recorrer… Sichyas, swamis, brahmanes o gurús, sólo son personas igual que ustedes, pero que difieren de ustedes sólo porque han apurado un poco el paso por la misma vía que deberán recorrer tarde o temprano todos los seres humanos… ¡La vía hacia el interior de uno mismo!... ¡Perdón!... ¡Perdón!—exclamó avergonzado de todo lo que había dicho. 

Akarghi puso atención en todas aquellas personas que parecían ya ni respirar al escuchar sus palabras. Todavía más cohibido, se inclinó hasta el suelo, tocó con su frente la losa, y, aturrullado, trató de decir algo más, pero se levantó con presteza y murmurando permiso…permiso… salió de prisa del recinto, hacia la calle. Justo antes de cruzar el umbral tropezó con un anciano ciego y enfermo que exclamó, al pasar a su lado:

--¡Él puede!... ¡Él puede!... 

Akarghi casi no puso atención en el invidente, pero cuando comenzaba a bajar las escalinatas alguien lo cogió por el brazo desde atrás. Se dio media vuelta y vio a Narayan, temblando y con una mirada de fuego sobre él. Akarghi se dejó casi caer sobre el escalón que pisaba. Ella se sentó a su lado.

--¡Mi bhagavān… mi bhagavān…!—volvió a repetir Narayan.

--¡No!... ¡No!...—alcanzó a decir Akarghi, tratando de evitar lo inevitable.

--¡Te amo! –gritó como enajenada, se colgó del cuello de Akarghi y lo besó apasionadamente en los labios.

Primero Akarghi se quedó paralizado, luego tomó de los brazos a Narayan y la separó de sí.

--¡Narayan, esto no puede ser!…--alcanzó a decir, cuando apareció en el vestíbulo Balu, y detrás de él, un tropel de personas.

--¡Míranos, Akarghi, míranos!—gritó Balu--… ¡No puedes negarte!... ¡Ten compasión de nosotros!...

Instintivamente Akarghi sintió miedo; no miedo, sino pavor. Contempló las miradas suplicantes, los cuerpos contrahechos, sangrantes, purulentos, moribundos… Contempló las lágrimas, los padecimientos del alma. Contempló el abandono, la soledad, la carencia de amor y de redención de sus espíritus… Lloraban, suplicaban, gemían… ¡Tú puedes, tú puedes, tú puedes!... Aullaban con todo su ser.

--¡Yo…yo…no!…--sólo atinó a responder.

 Se dio media vuelta; sin embargo devolvió otra vez su rostro para mirar a Narayan; volvió a girar su torso, se levantó de un salto, y comenzó a correr como nunca lo había hecho en su vida.

--¡Akarghiiiiii!...—escuchó, por encima de todos los gritos, una voz muy aguda y terriblemente desgarrada.

Corrió tan rápido, tan sobrehumanamente horrorizado de ellos, pero sobre todo de sí mismo, que pronto los perdió entre la multitud que avanzaba hacia los ghat de la rivera del Ganges. Sin quererlo, también se encontró de pronto ante el pequeño muro de una calleja que venía a morir abruptamente a una decena de metros de altura ante el río. Se apoyó sobre la balaustrada para descansar, tomó aire dos y tres veces, contempló el reverbero de la luz del sol de la tarde sobre la superficie arremolinada del río inmortal y, por algún llamado interno y profundo, giró hacia atrás la vista para descubrir que, a unos cincuenta metros de él, se acercaba corriendo como una loca, sola, Narayan.

Sin pensarlo se apoyó sobre el antepecho y, de un salto, desde lo alto se lanzó a las oscuras e inmensas aguas del río.

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