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viernes, 2 de junio de 2017

AKARGHI (capítulo 123)


   
Akarghi se sentó sobre el suelo de madera para orar, detrás de una gruesa pilastra, rodeado de cientos de personas que también meditaban y oraban en silencio ante las decenas de imágenes de dioses y bodhisattvas. Con un ojo cerrado y el otro semiabierto no dejaba de vigilar los movimientos y actos de Narayan, que cumplía con devoción el ritual de prender, con una vela encendida, las mil velas a los dioses que el viento había apagado.
Instintos, emociones, sensaciones… dominan por sobre todo al ser humano. ¿Cómo es posible que todos esos hombres e incluso mujeres hayan perdido todo sentido y toda conciencia al dejarse llevar por sensaciones de placer y de exaltación, hasta el punto de desentenderse de que Narayan era una niña y un ser humano con la misma dignidad y valor que ellos?... ¡Con cuánta facilidad experimentamos y concebimos a otros seres como meras cosas, como meros instrumentos y hasta como puramente basura!...
Akarghi abrió del todo sus dos ojos y miró con cierta inquietud y extrañeza a tantas personas que lo rodeaban. Concibió la intuición de que allí había innumerables seres más que los que podía ver con sus ojos físicos, y con innumerables cuerpos más que los que sólo identificamos como humanos. Ni siquiera las personas eran lo que sus cuerpos físicos representaban que eran… En ellos vio los entes ∞ ¿suyos? ∞ que parecían dormitar por debajo de sus mentes, cuya conciencia despierta se afanaba en vincularse sacramente consigo misma y con la realidad ∞incluso muchos de ellos conseguían vivir el día a día representando ilusamente ese personaje virtuoso y pío∞, pero sólo un poco más adentro de sí mismos había tantos monstruos como en cualquiera que los había dejado aflorar a su conciencia y mente, o que simplemente se veía sometidos a ellos actuando como un salvaje y un bruto, sin poder contradecirlos en su furor hondo y fatal.
¿No soy acaso yo también un bruto y un animal como cualquiera de aquellos que quisieron violar y ver violar a Narayan?... ¿Podría yo también ser víctima y posesión del deseo al punto de perder la cabeza, de perder mi rectitud, mi castidad, mi honor y hasta mi dignidad?... Es posible. ¿Será por eso el refrán popular que dice que cada quien tiene su precio?... Aun la columna de acero más sólida se quebrará cuando alcance presionada su punto límite de resistencia… Quizás somos por naturaleza solamente demasiado débiles, y, lejos del acero, nos asemejamos más a una cañita seca y vacía que se jacta de su propio valor. Yo no soy nadie, aunque mis saberes puedan igualar al del mismísimo Buda… Arrojado como una cañita seca al río de la existencia, sin hogar, ni padre, ni posesión alguna, salvo este cuerpo y esta mente que han sido desnudados y vaciados todavía más de lo natural, a la fuerza, para disponerse simplemente a una experiencia nueva de creación y llenado, como la tierra polvorienta y rugosa se llena del agua del cielo hasta explotar de verde y color…
Narayan lo buscó con la mirada, se acercó a él y, aproximando sus labios al oído de Akarghi, le susurró:
--¿Tú crees que realmente hay algún ser divino que escucha cada una de las peticiones e intenciones de todas estas personas?...
Akarghi atrajo suavemente la cabeza de Narayan hasta su boca y le preguntó de la misma manera:
--¿Por qué me preguntas eso?
--Yo creo que si existiese realmente un dios que los escucha no existirían tantas personas malas en el mundo…
Se oyeron alrededor de ellos algunos recriminatorios shshshshsttt…
Akarghi se puso de pie, tomó de la mano a Narayan y salió del templo. Buscó un rincón en un extremo de la escala, junto a los leones de piedra que protegían la entrada. Se sentó con Narayan a su lado. Dejó planear su vista sobre la muchedumbre que entraba y salía del lugar. Volvió luego su mirada hacia Narayan, quien también miraba con curiosidad hacia la multitud. Recordó al niño que había traído al mundo y que había entregado en custodia a la anciana; presintió que había también entre aquel niño y Narayan algo en común, como dos imágenes superpuestas sobre un mismo destino: el suyo y el de ellos… Presintió que había también en ellos algo que se repetía una y otra vez en su vida; algo que se repetiría también una y otra vez… ¿Hasta cuándo?
--Siempre somos escuchados, Narayan, pero rara vez lo que pedimos o pensamos coincide con el plan divino, que se mueve como un océano por encima de todo, y respecto del cual no somos más que pequeñas sombras dentro de un yo ciego y sordo.
Narayan se quedó en silencio, con el ceño fruncido, tratando de entender las palabras de Akarghi. De pronto, como si se hubiese iluminado por dentro, sonrió feliz y se levantó de un salto.
--¡Ven, Akarghi!... ¡Ven conmigo!... ¡No me preguntes nada!...
Esta vez ella tomó a Akarghi de la mano y se lanzó en una carrera casi frenética escaleras abajo. Akarghi sonreía también a causa de la alegría y la emoción de Narayan. Se perdieron por algunas callejas atestadas de gente hasta que alcanzaron un sector pobre con grandes caserones. Narayan eligió uno particularmente destartalado y oscuro. No se veía a nadie dando vueltas por el lugar, a pesar de que la hora de la tarde empujaba a las gentes a salir a buscar la sombra y el aire fresco que atenuaba el sofoco de un día demasiado soleado, si bien era invierno. Sin embargo, desde el interior del caserón se dejó oír un largo y aterrador alarido… Narayan se detuvo, se llevó el índice a la boca para exigirle silencio a Akarghi, y se quedó escuchando.
--¡Balu![1]—gritó Narayan, acercando la boca a una rendija en la pared agrietada. Luego acercó la oreja a la hendidura y se quedó escuchando. De pronto Akarghi vio cómo dos gruesas lágrimas caían desde los ojos de Narayan. Narayan tomó en silencio la mano de Akarghi, mientras le dirigía una mirada suplicante. Empujó hacia el lado un resto de puerta desvencijada y entró al interior junto con él. Adentro había sólo un gran espacio vacío, tapiado en las ventanas y los vanos, oscuro y separado del resto de la casona. La luz entraba por numerosas rajaduras en los muros y el techo, como si fuesen afilados y estrechos filamentos de luz, que apenas iluminaban sólo dos centímetros a su alrededor. Olía a orina y excremento. Algo se revolvió en un rincón.
--¡Balu! –volvió a llamar Narayan, esta vez con una voz dulce y delicada.
Desde el bulto escapó un gemido junto con una especie de gruñido, como si se tratase de un animal herido. Narayan se acercó y puso la palma de su mano sobre el bulto. Éste giró hacia la niña y quedó justo debajo de un rayo de luz que pareció atravesar su frente, hasta la barba abundante, negra y apelmazada. El pelo lacio y sucio le caía alrededor de un rostro estragado y sin carnes, pero sus ojos enterrados en el fondo de las cuencas ardían como brazas y parecían girar permanentemente como si su alma fuese a estallar en cualquier momento. Abrió su boca mustia para decir algo, pero sólo explotó una especie de masa de saliva que salpicó hacia todos lados. Entonces pareció que alguien lo cogía por los cabellos de la nuca y lo lanzaba con fuerza hacia atrás. De espaldas contra el jergón comenzó a dar saltos y a estremecerse como una culebra, lanzando furiosos aullidos con una voz cavernosa y horrible. Akarghi se acercó con decisión al endemoniado, posó con fuerza su mano derecha sobre el corazón del hombre, y su mano izquierda abierta sobre su cabeza.
--¡Ven a mí, Señor de la Fuerza Oscura!—gritó Akarghi--… ¡Ven a mí!...



[1] Diminutivo de Balabhadra, "afortunado".

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