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martes, 23 de mayo de 2017

El Arte (poema de Emile Verhaeren)



Emile Verhaeren, extraordinario poeta franco-belga (1855-1916) casi desconocido para los hispano hablantes, ha señalado los comienzos de la modernidad con su obra poética y visionaria. Presento aquí uno de sus magnos poemas, que da muestras de esta capacidad descomunal de previsión de un vate inspirado por los dioses, y en el que preanuncia el drama actual de nuestro mundo exaltado y globalizado.





EL ARTE[1]
(Emile Verhaeren)


De un salto,
Su pie quebrando el suelo profundo,
Su doble ala en la luz,
El cuello extendido, el fuego bajo sus pupilas,
Parte hacia el sol y hacia el éxtasis
Este devorador de espacio y de esplendor, ¡Pegaso!

Delicadas, las danzas
Languidecían su gracia y su cadencia
En la verde cumbre de las colinas, allá.
Eran las Musas de oro: sus pasos
Se cruzaban como flores entrelazadas;
El amor, junto a ellas, dormía bajo un laurel
Y las sombras del follaje guerrero
Caían sobre el arco y sobre las flechas estelares.

El Olimpo y el Helicón brillaban en el aire;
Sobre las vertientes de donde las fuentes se derraman,
Templos puros, semejantes a coronas blancas,
Iluminaban de recuerdos los valles claros.
Grecia, con sus Partenones de mármol
Y sus gestos de Dioses que agitaban los árboles
En Dodona, la Grecia entera con sus montes
Y sus pueblos cuyos nombres acunaba la lira,
Aparecía, bajo el galope del loco caballo,
Semejante a una arena familiar
en su vuelo cotidiano dentro de la luz.

Pero de pronto, allende el país natal
Un día ve, desde el fondo de los pasados lúgubres,
Surgir, oprimiendo un disco entre sus cuernos,
La inagotable, grave y materna Isis.
Y fue el arte de Tebas o de Menfis
Al tallar Hathor en portales de rosas,
Y fue Ur y Babilonia
Y sus jardines suspendidos de qué clavos del astro de oro.
Y luego Nínive y Tiro, y los decorados
De la India antigua, y los palacios y las pagodas,
Bajo la humedad de las estaciones cálidas,
Al torcer su cénit como hogueras esculpidas.

Y también a lo lejos fue este Oriente alzado
En quioscos de esmalte, en terrazas de marfil,
Donde sabios y ermitaños famosos
Reflejaban en el agua bella, pero transitoria,
Sus rostros de juguete;
Y dulcemente se reían con su reflejo
De los gestos vanos que en la vida habían hecho.

Y de este desconocido vasto subían Odas,
Siguiendo juegos, siguiendo modas,
Que Pegaso escandía con su paso firme;
Se hubiese dicho que en sus himnos antiguos
Su canto cotidiano
Había dormitado largo tiempo
Antes de despertarse con las músicas sublimes
Que propagaba de cima en cima
A través del infinito.

Sobre este mundo de esmalte, de bronce y de granito
Avanzaban también poetas lúcidos;
Destruían la muerte nocturna al igual que Alcides;
Sus poemas sagrados, que unificaban las leyes,
Aseguraban en textos de oro la voluntad de los reyes;
Su frente acollaba contra la fuerza insaciable;
Su alma intensa y dulce había previsto la vida
Y la expandía ya como un bello sueño claro
Sobre el trance de niño que dormía el universo.

El enloquecido caballo al que ningún vuelo audaz
Fatiga,
Con un más descomunal aletazo todavía, engrandece su vuelo
Y se exalta, más alto todavía, entre el espacio.

Entonces, un otro mar, un otro sol
A su izquierda se ilimitaron,
Y fue el occidente, y fue el porvenir,
Cuya grandeza iba a definirse,
Que resplandecieron.

Allí, en llanuras de bruma y de rocío,
En regiones de montañas, de aguas, de bosques,
Aparecían templos blancos, de donde el oro de las cruces
Despedía una claridad nueva y bautizada.

Cada pueblo se diseñaba como un redil
Donde la manada de los techos congregaba sus vellones rojos;
Maravillosos palacios dominaban los tugurios;
Un ábside se desplegaba igual que una muceta;
Jardines de oro dormitaban debajo de grandes árboles;
Ríos surcaban muelles de mármol;
Pasos masivos y regulares de soldados pelirrojos
Corrían a lo lejos bajo un vuelo de locas banderas;
Sobre cerros se alzaban altos laboratorios;
Industrias quemaban los vientos con sus fuegos;
Y todo esto rezaba, golpeaba, mordía los cielos
Con un ímpetu tal que sonreía la gloria.

Y era Roma, y luego Florencia, y luego París,
Y luego Londres, y luego a lo lejos las Américas;
Era el trabajo loco y sus febriles líricas
Y su fulgor enorme a través de los espíritus.
El globo estaba conquistado. Se conocía su extensión.
Fuegos semejantes a los fuegos de las estrellas, allá en lo alto,
Hacían gestos de oro; se hubiese dicho antorchas
Clavadas para conducir el pensamiento perdido;
Como en otro tiempo los poetas fervientes y luminosos
Avanzaban semejantes a los dioses, en la extensión ardiente,
Engrandecían su siglo –Hugo, Shakespeare, Dante—
Y dedicaban su vida al corazón del universo.

Y Pegaso siente estas visiones nuevas
Tan ampliamente deslumbrar sus pupilas
Que fue como inundado de orgullo y de luz,
Y ya los dientes sin freno, el cuello sin riendas,
Abandona de pronto su ruta acostumbrada.

En adelante, el mundo entero fue su arena.



(Traducido del francés por Rodrigo Inostroza B.)


[1] Del libro “Les forces tumultueuses”, Verhaeren (1902).

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