Seguidores

viernes, 19 de mayo de 2017

AKARGHI (capítulo 121)



   
El Camino de la Verdad, murmuró para sí, mientras desde la ventana abierta contemplaba las sinuosas estrellas de la constelación del Cisne, y una sensación de inquietud lo embargaba… El Camino de la Verdad, volvió a repetir… Vio pasar repentina y veloz una estrella fugaz, que pareció dejar escapar algo así como un suspiro. Apretó entre sus dedos la rudraksha (semilla cuenta) suave y amiga que acompañaba su oración nocturna al Buda Amitabha. La luna llena, más que cualquier otra luna, siempre le causaba inquietud y el despertar de intuiciones que empujaban la realidad más allá de sus límites naturales. Los jóvenes sichyas continuaban durmiendo, pero Akarghi se había despertado, casi sobresaltado, atravesado por las flechas de plata que ahora podía reconocer desplegadas por la inmensidad de la noche a través de la ventana. El Cisne celestial, dichoso por el poder de la luna, parecía dispuesto a desplegar sus alas para volar hacia su corazón, probablemente… ¿Cuántas veces habrá volado ya hasta mi alma, y cuántas más volverá a volar hasta el alma de tantas personas como yo, que la contemplan navegando sobre un cielo común?... ¿Qué importa si estoy en mis cabales?... ¿No soy ahora inmensamente más poderoso y esencial que en mis otros estados de conciencia racionales, prudentes, espirituales, atentos a la lógica natural de los sentidos y de la realidad como un objeto redondo que pareciera no moverse en su propia solidez?... Estuvo a punto de soltar una gran carcajada. Se empinó sobre el marco de la ventana para mirar hacia un costado del patio mayor, donde la estatua vibrante del Buda le sonreía también a punto de soltar su estremecedora carcajada. Sintió que su estómago se contraía y era recorrido por olas de electricidad. Ya no pudo contenerse más y explotó en una larga y descontrolada carcajada, incluso con gritos hilarantes. Casi todos los jóvenes aprendices se despertaron y se incorporaron. Akarghi se dio media vuelta y exclamó:

--¡Perdón, mis hermanos!... ¡Perdón!... ¡Perdón!...

Y salió a la carrera del dormitorio hacia el patio, sin dejar de reír como un loco. El aire helado y el suelo de piedra lo templaron rápidamente. Pensó en visitar a Koi, o a la comadreja Lil del bosquecillo de cañas, o a las abejas Mana en el colmenar, o al Buda simplemente, pero desistió mientras contemplaba el temblor de las estrellas alrededor de la luna. Entonces volvió a ocurrirle aquello que se hacía más habitual, pero al mismo tiempo cada vez más sorprendente y fascinante. No sólo las estrellas parecían vibrar y despedir un halo de vida, sino todo y cada cosa resplandecía como desde dentro, con una luz y energía propias, con conciencia sutil y al mismo tiempo unificada. Desde pequeño se había maravillado con las creaciones de la Naturaleza. Siempre una emoción intensa y especial le hablaba de algo interno y superior a la belleza, que casi siempre se manifestaba como sensación y experiencia de belleza, como al contemplar las nubes, las montañas, el ocaso, las aves, los árboles, las infinitas manifestaciones del agua, la noche estrellada, las piedras, los becerros mugiendo, el fuego… Cuando tenía siete años le había preguntado a su padre, durante una caminata desde el campo de avena:

--¿Padre, la belleza de los campos es propia de los campos, o sólo soy yo quien los hace bellos en mi corazón?

Tejalami Mendalhayam se quedó meditando en la pregunta de su hijo, al tiempo que extendía su mirada sobre las gavillas doradas que ondulaban al tacto del viento… Ahora Akarghi observó la noche por encima de los cerros, y sus ojos se opacaron con lágrimas al recordar la respuesta de su padre:

--No lo sé, hijo, de verdad que no lo sé… Pero, ¡mira qué belleza el sol sobre los campos!...

La pregunta aún continuaba sin respuesta para él, pero la experiencia de entonces se había engrandecido, se había transfigurado en algo extraordinario, y hasta por momentos terrible. Al principio, los saberes sagrados, los textos, los maestros hablaron de los dioses, de lo numinoso y mágico que había creado todo. Lo creyó, lo vivió, lo gozó… Pero su ser crecía y crecía, empujando la realidad a manifestarse más y más, más allá de sí misma incluso. Había dioses, sin duda, dioses apasionados y espirituales que insuflaban su espíritu y su carácter en la Naturaleza y en los eventos por todas partes… ¡Eran bellos y también terribles!... Pero ya la intuición se había abierto paso en su mente y en su cerebro para engendrar una nueva experiencia y una nueva realidad, todavía más honda y causal que la dimensión divina.

Al principio se quedaba tiritando ante la epifanía de esas honduras de las cosas en la evidencia de las cosas. Esa belleza, que se manifestaba en las cosas de la naturaleza, pronto se abrió a otra sensación, arrasadora, sutil y sensible que superaba la belleza misma y unificaba todas las cosas en un estado sublime común, hasta lo feo, lo humano, lo artificioso, lo malvado y repugnante, aunque aún no conocía el mundo oscuro y tenebroso de la naturaleza humana, sino de lejanas oídas. Entonces podía quedarse contemplando durante horas la pluma del gorrión que había caído entre la hierba, y la hierba alrededor de la pluma, y las manchitas de sol sobre la hierba, y el viento que movía imperceptiblemente los filamentos de pasto, y el sol que se entonaba con todo tipo de verdes sin fin ni reposo, entre las hierbas, pero también más allá, entre los árboles, y también más allá, donde fuese que llegase la vista… Entonces llegaron las voces. Voces que parecían venir de adentro de las cosas, tanto como de adentro de él mismo, hasta que llegó a dudar incluso de que existiese realmente un adentro y un afuera. Si hablaba el agua cuando caía de la fuente al interior de la copa, o el viento en el resquicio de la ventana, o la nube negra y cargada de electricidad, o el ruiseñor cantando sobre la rosa, o la campana de bronce en el campanario de la torre, ¿por qué no habían de hablar los dioses con él, y Buda, Krishna, Visnú, y las noches, y el Universo entero, y sobre todo el Ventrílocuo que hablaba en todas las cosas, más allá de las cosas?... Mayor era su asombro al ver siempre más allá, sin dejar de ver al mismo tiempo lo de acá; o escuchar más allá otras voces inaudibles acá, sin dejar de oír todo lo de acá… Por eso no necesitaba ni ir, ni quedarse.

Fue entonces cuando decidió compartirlo con su mentor, el swami Lahiri Babaji, un hombre risueño de unos cuarentaicinco años, versado en las escrituras sánscritas del Punjab, y que gustaba de disputar con Akarghi, a quien consideraba un pequeño díscolo con aires de superioridad, pero de notable inteligencia. En realidad, Akarghi escuchó las voces que le hacían saber la necesidad de mostrarse en su verdadera condición interior, y ya no guardarse más, por las razones que fuesen.

No hay comentarios:

Publicar un comentario