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viernes, 12 de mayo de 2017

AKARGHI (capítulo 120)



   
Había caminado meses, quizás años… ya no podía recordarlo. Al fin, la grácil pagoda se encontraba ante él, el Templo Rojo, en el que habían prosperado decenas de swamis, ācāryas y misteriosos gurús, de los que se referían las más increíbles historias. Había recorrido la mitad de India a pie y los años caminados a la intemperie comenzaban a pesarle, aunque en edad no superaba los treinta. Se sacó el kasa (sombrero de paja), pasó la manga de su túnica por la frente para retirar el sudor y, volviéndose hacia el valle, contempló la inmensa vacuidad del mundo, las innumerables verdes colinas y, entre ellas, sus pequeños pueblos medio adormilados, y, al fondo, a un costado, una luna nueva que apenas centelleaba, y el horizonte cargado de nubes color índigo, preparándose para recibir el peso del sol descendente del crepúsculo. Muy cerca, una pareja de ranas comenzó a croar tímidamente. Hizo una profunda reverencia, giró hacia su espalda, y enfiló decididamente hacia el Templo Rojo. 

Cuando comienza a cerrarse un largo y sinuoso circuito de vida, y después de tantos hechos y vicisitudes que se han ido acumulando como fragmentos de experiencias, como trozos incompletos de memorias, casi como escorias de una explosión volcánica o conchuelas depositadas en cualquier playa solitaria de vida, ocurre ese fenómeno insospechado y repentino que se apropia de la conciencia y la somete a un dominante acceso de sentido integrador, a una iluminación que otorga claridad espiritual y energía totalizadora a toda esa multiplicidad hasta ahí y entonces separada e incluso caótica, así le ocurre repentinamente a Akarghi al iniciar el primer paso de esta última etapa hacia el Templo Rojo, en lo alto de la montaña Arruppa. La primera imagen –si así pudiera llamarse—del axis mundi (eje del universo) que en este momento condesciende a hacerse conciente se evidencia en la situación de un sí mismo, joven sishya, puesto en posición invertida dentro de un estrecho cilindro de madera, meditando a la fuerza acerca de la Verdad… Pero ya veía bien Akarghi que era más la Verdad la que meditaba en un joven llamado Akarghi, que él en la Verdad, porque era Eso tan Grande que cualquier cosa que fuese o hiciese quienquiera que fuese, no era más que parte interior de Eso mismo tan Grande, más que cosa individuada o persona.

Y, experimentando la existencia entera y a sí mismo de esa manera, se acababa transformando por completo todo lo que parecía y se vivía de forma natural, y hasta de forma forzada, como puede serlo toda creación de la mente. Entonces la vida dejaba de ser mi vida, y la muerte, mi muerte. O también la vida, vida, y la muerte, muerte. ∞Para alguien que no haya experimentado todo lo que Akarghi había vivido hasta entonces, difícilmente podrá comprender esto, o dejar de parecerle hasta ridículo y sin sentido

Como un ojo que se va alejando desde la Tierra por el espacio, progresiva y velozmente, al punto que pronto los sistemas solares se van reuniendo en un diminuto punto central, y luego las galaxias y las constelaciones, vertiginosa y sobrecogedoramente, así Akarghi comenzó a ver las vidas y las muertes de tantos y tantos que había conocido en su peregrinaje. Avanzó un segundo paso hacia el Templo Rojo, y contempló en el fondo y centro de sí más y más seres amados, no amados, conocidos y desconocidos, que agotaban cada vez más rápido su breve instante de vida, mientras ellos ingenuamente iban por ahí creyendo que estaban viviendo decenas de años, e incluso queriendo vivir un centenar, haciendo tantas y tantas cosas, experimentando cada día esto y aquello, como si en realidad todo eso fuese algo… Algo que se daba tanta importancia a sí mismo, pero que puesto en el centro de la Verdad se empequeñecía velozmente tanto que acababa desapareciendo en la conjunción de Todo. Y aun así, había un punto, instante, o segmento de realidad volátil en que el ojo en retrospectiva alcanzaba a distinguir como si todas esas trivialidades de acciones importantes y continuas que se van acompañando una tras otra, día tras día ∞¡Y que tan importantes nos parecen!∞, veinticinco mil quinientos cincuenta y cinco (setenta años), se acabasen resolviendo en sólo tres o cuatro remolinos densos de vida y sentido, mientras lo demás desaparece en la nada, en la sopa oceánica de lo informe, por más trascendental que nos haya sido en el momento que vivimos todas esas realizaciones, y eventos, y personas. ∞¡Qué pena que no podamos diferenciar, en nuestras vidas, lo verdaderamente eterno de lo vano!

¿A cuántos seres humanos había visto morir, o ya muertos, Akarghi? Seguramente miles, y aun habría visto millones, y cientos de millones, si hubiese buscado la cercanía de los genocidios humanos que estallaban en zonas distantes del mundo. Lo sabía de oídas, como se divulga un rumor hasta convertirse en leyenda, pero sobre todo le pesaba en el alma como un cielo aplastado por nubes de sangre, todo el tiempo vertidas sobre el corazón de su tierra interior, hasta desbordar en espesos ríos de sangre que humean quejidos arrancados de las heridas de donde brotó la muerte… ¡Cuánto dolor había conocido al acompañar tanto dolor la muerte de tantos y tantos!... Hay eras en las que la tierra se engalana de flores y flores de un polo al otro. Hay eras en las que el hielo ciega toda mirada de un polo al otro. Hay eras en que las arenas resecas del desierto son sopladas de un polo al otro. Hay eras en las que nadie ve nacer un niño, sino sólo cadáveres humanos que se van amontonando de un polo al otro…

Así parecía ir juntando muerte tras muerte el ojo cósmico, vida sin vida, como si nada le importase el dolor, ni el de cada individuo, ni la acumulación sin fin, mayor y mayor de dolor y de muerte, sino tal vez sólo la muerte de tres o cuatro seres humanos, a los que hacía resplandecer un breve momento por encima de todo, para que quizás iluminasen allá lejos, en otra galaxia, el ojo más sensible de otros seres sutiles y agradecidos.

Al iniciar el tercer paso hacia el Templo Rojo, Akarghi comprendió que no había un solo paso de los veinticinco mil quinientos cincuentaicinco que habría de dar hasta el Templo Rojo, que pudiese no dar, o que pudiese no existir, para alcanzar el Templo Rojo… De la misma manera pensó que no era relevante, que carecía de consistencia y realidad la vida, lo mismo que la muerte de cada uno, porque, sin embargo, había algo más allá de la vida y de la muerte que le daba otro sentido y otra realidad a la vida y a la muerte: el Templo Rojo de la Verdad…

2 comentarios:

  1. me gusta lo que escribes volveré sin lugar a dudas
    un abrazo con sonrisas desde Miami

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    1. Enacantado de tenerte por estas páginas. Tus comentarios son bienvenidos. Un abrazo!!

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