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viernes, 5 de mayo de 2017

AKARGHI (capítulo 119)



   
¿Cómo es posible?... Se preguntó a sí mismo y a la realidad y a Dios, cuando ya a una buena distancia de Lamayuru pensaba en Lamayuru, su mundo amado que había visto arder por los cuatro costados con llamas que seguían quemando su imaginación y su corazón, y en sus masacrados hermanos, en sus venerados maestros, los seres más benignos de la Tierra. ¿Había al menos una lógica humana, una doctrina, un mecanismo de conciencia y entendimiento que le permitiera comprender o asimilar la insensata destrucción de un universo entero, cual había sido la devastación del monasterio de Lamayuru?... 

Si existe un Dios, un Creador, un Ordenador de la Realidad, no se parece en nada a la conciencia humana. Yo habría impedido, y cualquier humano conciente habría hecho lo mismo, que la maldad o la ceguera destruyera a tantos seres justos, benéficos, pacíficos, evolucionados… Incluso a uno solo lo hubiera protegido y salvado. ¿Acaso la espiritualidad, la virtud, la conciencia, el amor son ajenos a este Dios?... ¿Dónde está realmente el error en todo esto?...

Akarghi se dejó caer sentado sobre una roca, se tomó con ambas manos la cabeza y comenzó a llorar con intensos y estremecedores sollozos. Pero aún en ese estado un hálito tan puro y transparente como el aire de las alturas lo animaba a no desfallecer, a no negar, sino simplemente a ¡vivir!, y querer vivir… En ese ánimo, sin embargo, no había amor a Dios, ni perdón a Dios, ni justificación de Dios, sino algo extraña e indefinidamente más… Lloraba con fuerza, pero al mismo tiempo una profunda paz del alma detuvo su llanto. Una paz sin nombre, sin atributos, sin humanidad ni forma alguna. Ya había ocurrido. Afuera no había nada de Lamayuru de un día atrás. Estaba sólo él, y tendría que vivir una nueva vida. Eso requería descubrir y crear una nueva vida, de un momento para otro, como si de un segundo a otro te abandonaran en un remoto planeta, sin vuelta atrás.

Al contemplarse a sí mismo se reconoció destruido, como si lo hubiesen dejado afuera de todo, abandonado, cortado por la mitad, desnudo dentro de una tormenta más larga que el invierno, descalabrado y deshecho dentro de sí mismo. Como por arte de magia había perdido todo poder, todo recurso interno, todo aprendizaje y práctica mental y espiritual a la que echar mano o en la que apoyarse y ser, como si no tuviese más mente ni espíritu que un pajarillo arrojado sin alas de una vez y para siempre de su nido. Eso implicaba haber sido destruido Lamayuru, afuera y adentro de Akarghi.∞Hay seres humanos que experimentan esto mismo ante el solo hecho de existir, independientemente de cualquier circunstancia, por más feliz que ella sea a los ojos de los demás, y entonces prefieren morir o quitarse la vida…∞ Pero también Akarghi intuía y sabía que algo lo había salvado a él, y sólo a él, por encima de toda destrucción y muerte, de la misma manera que había algo dentro de él que lo animaba a crear una nueva vida, por encima de toda destrucción y muerte… Y constató con cierta sorpresa, pero también con una inconmensurable serenidad, que esa potencia profunda y arrolladora lo convertía allí, también en lo profundo, en un ser insensible, irracional, sin debilidad alguna, por encima de todo amor, por encima del bien y del mal, más allá de la vida y de la muerte, como el CREADOR-DE-TODO-EN-UNO…

Por eso mismo pudo intuir que una zona oscura de sí mismo también había provocado toda esa ruptura y aniquilación, porque él mismo necesitaba su destrucción para liberarse del cuerpo muerto que paulatinamente se había ido corrompiendo en Lamayuru, y todo lo que allí era su propio ser en descomposición. Necesitaba esta libertad, esta desolación, este abandono para crear algo demasiado nuevo y terrible. Se estremeció al recordar las palabras proféticas de Farra-aj, cuando le vaticinaba un futuro descomunal, más allá de Lamayuru, en el Camino de la Verdad…

Se puso de pie casi de un salto, y arropándose dentro de su capa roja, inició la caminata sobre un suelo y un cielo aún inexistentes. Se acordó en ese mismo instante de Narayan, pero, en su lugar, se vio a sí mismo saltando al vacío con la misma mirada, y el kalpasi apretado dentro de su propio puño. El mundo y la Naturaleza parecían haber enmudecido y no presentaban ante él más que la máscara que ven todos los seres humanos simplemente con la vista que les otorgan sus dos ojos. Ningún ave le hablaba, ningún árbol susurraba, ningún objeto se mostraba sincrónico ni cargado de sentido y verdad, y ello porque su corazón simplemente sufría tanto que se aferraba instintiva, autómata, frágil e inconcientemente al mundo inmediato de la propia mente y de los sentidos ∞A eso que por una trágica ironía la gente llama el mundo real∞.

Allí, en ese mismo instante y lugar decidió vivir, pero vivir por vivir, porque no podía darle ningún sentido, por lo mismo que comenzó a caminar por caminar, sin sentido… Afuera de él, los paisajes no eran más que viejas pinturas descascaradas pintadas malamente sobre un largo lienzo viejo. Anduvo días así, casi sin conciencia y sólo ensoñando en retazos de recuerdos vivos, fantaseados como por un delirante, que lo mantenían despierto o dormido, caminando. Comió cualquier cosa, durmió en cualquier lugar, se protegió de la lluvia y el frío bajo cualquier alero, recibió algún donativo de algún viandante, hasta que sus pies adoloridos se encontraron sin darse cuenta dentro de una ciudad, Nimrla-Jar. 

Nunca había visto tanta gente, reunida, caminando, detenida, acostada, diferente, sonora, multicolor, extraña. Nunca había visto construcciones, arquitecturas, monumentos, tiendas, callejones, avenidas, objetos, vehículos, ropas, olores, animales con las mismas características que su gente… Su sensación de encontrarse dentro de un sueño extenso, inacabable, continuo, se acentuó. Estalló furiosamente un trueno por encima de su cabeza y un aguacero denso como una muralla se dejó caer por sobre los habitantes de las calles, que, como en un acto de magia, desaparecieron de todos los espacios descubiertos. Akarghi se acercó a la entrada de un estrecho callejón para buscar también un refugio, pero apenas había dado unos pocos pasos escuchó cerca unos quejidos. Puso atención y extrañado descubrió una especie de ovillo envuelto en una tela de cáñamo zarrapastrosa y oscura que casi se sumergía dentro de una posa sucia y hedionda con excremento. Se acercó cautelosamente, descorrió una parte del velo, y se encontró con una carita de niña con su cabellera revuelta que le caía sobre el rostro. Ella lo miró asustada con sus ojos enrojecidos, llenos de lágrimas y con la cara mojada de lluvia y mucosidades.

--¿Qué pasa, niña?—Le preguntó-- ¿Por qué estás sola?... ¿Dónde está tu familia?

La niña mantuvo silencio, pero como si las preguntas de Akarghi le hubiesen avivado el dolor, volvió a llorar con mayor fuerza y desconsuelo. Akarghi primero se inclinó hacia ella, pasó suavemente su mano sobre la cabeza de la niña, y luego con la misma suavidad tomó con ambas manos la mano con que ella ocultaba su cara para llorar. La niña dejó de llorar, pero se mantuvo con los ojos cerrados, esperando.

--Quiero ayudarte—susurró Akarghi--. Me llamo Akarghi; soy monje de Lamayuru. --Al decir esto, Akarghi sintió que su propio corazón quería llorar.

Por un momento sólo se escuchó el repiqueteo furioso de la lluvia por todos lados. De pronto Akarghi vio y sintió con claridad lo que allí estaba ocurriendo. Se arrodilló y diciéndole ¡Ven!, la tomó por los hombros y la atrajo hacia sí, abrazándola contra su pecho, acurrucándola en su calor y su amor. La niña no se resistió, sino que cerró los ojos y se dejó abrazar. Después de varios minutos así, la niña murmuró algo.

--¿Qué te ha ocurrido?—preguntó Akarghi.

--Me han arrojado a la calle por inservible…--habló en voz baja la niña, con su voz entrecortada sólo por hipos.

--¿Quiénes te han abandonado?

--Mi padre y mi madre… No valgo nada…

--¡No puede ser, los padres no abandonan a sus hijos por inservibles!

--¿Cómo puedes saber eso si tú eres hombre y además monje?... Sólo me queda morir tirada en la calle, inservible…

--¡No!... ¡Eso no!… ¡Ven, iremos juntos a conversar con tus padres y verás que ya se han arrepentido de lo que te han hecho!

--¡No, Akarghi, me matarán si regreso!… ¡No quiero que me sigan golpeando!...

--¡No permitiré eso, confía en mí, mi niña!... ¡Ven, vamos!...

Mayanin reveló su nombre a Akarghi y se dejó convencer a pesar del inmenso miedo que le producía regresar a su casa, incluso más que la muerte. Caminaron muchas cuadras protegidos de la lluvia por el manto de bambú de Akarghi.

Después de avanzar por diferentes pasadizos estrechos y lúgubres alcanzaron la puerta destartalada de madera de un caserón oscuro pegado miserablemente a otros innumerables.

--¡Aquí es!—exclamó Mayanin con un suspiro, como si fuesen sus últimas palabras.

Akarghi empujó el portalón, pero estaba cerrado por dentro. Mayanin tiritaba y se mordía las uñas. Akarghi golpeó con sus nudillos los tablones de la puerta. Poco después se escuchó de adentro una voz de mujer:

--¿Quién es?...

--¡Soy Akarghi, sishya de Lamayuru!... ¡Estoy aquí con Mayanin!...

Se produjo un silencio del otro lado, se escucharon pasos precipitados que iban y venían. Luego de un minuto se volvió a escuchar una voz masculina y gangosa:

--¡Vete de aquí, syshia, nada tienes que ver con esto!... ¡Llévate esa basura inútil, porque nosotros ya no la queremos aquí!... ¡Nos sobra la mierda!...

Akarghi miró a Mayanin y vio en su carita aterrorizada el sufrimiento de toda una vida, o quizás de más de una vida…

--¿Qué ha hecho?... ¿Qué ha hecho para merecer este trato tan terrible de sus propios padres?

--¡Todo lo que toca lo destruye!... ¡Todo lo estropea y hace mal, es una niña floja, tonta, ladrona, mentirosa y soberbia!... ¡Llévatela a tu monasterio y enséñale a ser una persona, pero aquí no vuelve a entrar!...

--¡Déjame entrar y hablaremos!...

--¡Jamás entrarás aquí, monje!... Y si lo intentas, con este machete te rebanaré a ti y a esa basura en rodajas, para después freírte junto con ella, y comerte sin la menor culpa…

Akarghi volvió a mirar a Mayanin; lo que vio en sus ojos lo hizo estremecerse. La ciñó con su brazo alrededor de la espalda, y, sin decir ni una palabra, se dio media vuelta y se alejó con ella del lugar, bajo la lluvia ennegrecida por el ocaso.

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