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viernes, 14 de abril de 2017

AKARGHI (capítulo 116)




En menos de una hora la benevolencia del tiempo cambió terriblemente. Los contrastes de luces y sombras de una montaña sobre otra se opacaron hasta fruncir el ceño recargado por más altas montañas y montañas de nubes grises arremolinadas en torbellinos de vapor. El zumbido de los vientos en los altos acantilados se abalanzó por las pendientes lanzando desgarradores aullidos. Akarghi se maravilló ante la belleza y la fuerza de los demonios del mundo superior que advenían en tropel infernal a cumplir su obra destructiva y oscura sobre la tierra. No lo buscaban a él, y no sentía miedo. Aun así debía encontrar un asilo, un refugio protector de tamaña violencia y frío. El sol a veces lograba atravesar en largos y temblorosos fascículos de luz la cacería desenfrenada de nubes, pero era rápidamente estrangulado por oleadas de nubes todavía más veloces, más ingentes y tonantes. Levantó la vista buscando lo que sabía que debía estar por ahí… A unos cincuenta metros en diagonal ascendente lo esperaba una gruta excavada por algún témpano milenario. Hacia allá dirigió el esfuerzo y la pericia de sus pasos caprinos.

Al detenerse en la entrada de la caverna observó hacia el interior. Se abría una especie de cámara de piedra de algunos metros de circunferencia, y luego iba adelgazándose hacia el interior, donde ya no se divisaba nada debido a la oscuridad. Tuvo la singular sensación de que adentro había alguien, o algo inusual. Se acordó de Farra-aj, vio su dedo huesudo extendido y tembloroso en el aire, indicando con furor en dirección al Camino de la Verdad donde debería padecer la tortura de Sirshasana (cabeza abajo), mientras escribía en un papel apergaminado: “A 23 de Mayo del año 2057, Akarghi, 6 horas por el Camino de la Verdad…” ¿Qué año era éste… y ése? Nunca había dejado de inquietarlo esa experiencia. Carecía de explicación y lógica, pero presentía que había algo de Farra-aj allá en el fondo de esa caverna, de la misma manera que siempre hubo algo inquietante de Farra-aj en el fondo de Lamayuru. Akarghi recordó entonces aquella ocasión en que, sentados en el alféizar del campanario, después que Kynpham había estado a punto de saltar al vacío, trataba de explicarle a su amigo la extraña sensación que se le hacía cada vez más evidente, pero también cada vez más inasible:

--Me siento en medio de un juego, la vida, y todo a mi alrededor se encuentra en tinieblas porque alguien me ha vendado los ojos. Estiro mis brazos y mis manos en el aire para tratar de coger algo, pero no consigo coger a nadie ni nada; sólo escucho ocasionales susurros que me llaman por mi nombre, y tratan de ayudarme a orientarme hacia donde debo buscar, pero avanzo a tientas, inseguro, ansioso, esperanzado, en riesgo de accidentarme, e igualmente no encuentro nada ni a nadie, sólo unas voces que a cierta distancia vuelven a repetir mi nombre… ¿Me guían hacia alguna parte? ¿Qué quieren de mí y para mí?

Se dio media vuelta y vio afuera el mundo de ensueños que instala la nieve en el mundo cuando cae como un lento y pacífico barrido de ensoñación, sin límites, sin horizonte, sin tiempo. Volvió a apretar el morral en su costado, sopló aire caliente dentro de sus manos y se dirigió hacia el interior de la cueva. Buscó un rincón bien protegido, escarbó la tierra con una rama seca que hasta ahí le había servido de bastón y se formó una especie de nido para recostarse adentro hecho un ovillo. Su mente se adelantaba una y otra vez a las demandas de lo inmediato, o se quedaba atrás, o simplemente se iba de la realidad que se impone naturalmente y por sí. El estar solo, el vivir solo los últimos meses y años le habían facilitado romper la inmediatez, porque los seres humanos se asocian precisamente para amurallar la realidad en un espacio evidente y próximo, donde puedan descansar, aunque no tenga más consistencia que un sueño breve y reparador.

Akarghi comenzó a sentir que el frío disminuía gracias a la posición y al lugar protegido donde se encontraba. En ese momento le pareció distinguir un leve resplandor hacia el fondo de la caverna, que iba en descenso. Su inquietud aumentó. Se quedó inmóvil, con los ojos fijos en la oscuridad. Afuera el viento había amainado, pero un susurro extraño soplaba dentro de la gruta. El resplandor despareció. Un minuto después vio cerca de él, con total certidumbre, que se iban encendiendo diminutas luminarias, una tras otra, en pares de lucecillas verdosas y profundas, como adheridas a los muros de roca. Un fuerte soplo de viento helado, extraño, lo entumeció. Su cerebro reptiliano reaccionó de inmediato a la defensiva ante el evento amenazante; dio un salto para salir de su escondrijo, pero no se movió. Trató de mover su cabeza, su cuello, sus manos, pero nada… ¡no podía moverse! Las lucecillas verdosas comenzaron a acercarse, y cuando se encontraban a sólo unos pasos de distancia pudo recién vislumbrar que se trataba de unas criaturas horribles y oscuras, cubiertas de pelo hirsuto, de menos de un metro de estatura que lo observaban con miradas malévolas y sarcásticas. Cinco de ellas se le acercaron con movimientos bamboleantes y comenzaron a danzar a su alrededor --o al menos a Akarghi se lo pareció--, lanzando gruñidos hostiles y graves.

Repentinamente un inmenso resplandor estalló a su alrededor, cegándolo tan poderosamente que cerró instintivamente los párpados. Duró tan sólo un segundo. Volvió a abrir sus ojos, pero se encontró con la más completa tiniebla. ¿Estoy ciego? ¿No puedo ver o realmente todo está en oscuridad?... Tampoco había señas de las horribles criaturas, ni había ya en el aire ningún hedor ni magnetismo extraño. Se agitó dentro de su vaina de tierra y notó que tenía movilidad. Por su sentido de deber volvió a llevar su mano derecha hacia el pecho, donde sostenía el morral, y se encontró con una evidencia que lo hizo empalidecer. Estaba rasgado por la mitad. Su mano se encontró con el legajo de sobres colgando del borde abierto como una herida sangrante. Se incorporó, se sentó en asana, desplegó los sobres entre sus manos y contó: Uno, dos tres, cuatro… ¡Sólo cuatro!... ¿Y el quinto?...

--¡El quinto!—gritó como no lo hacía muchísimo tiempo.

Como no podía ver ni la punta de su nariz, comenzó a tantear sobre el suelo, alrededor, de rodillas, gateando, suspirando y agitado. No lo podía creer, aunque algo le decía que aquellos seres infernales tenían que ver con su desaparición. Se detuvo en su búsqueda y dejando caer su frente hasta el polvo, suplicó a viva voz:

--¡Señor, Señor, Maestro mío, no me abandones en esta hora aciaga!... ¡Enséñame dónde encontrar ese talismán que tú mismo me has encomendado!... ¡Ya sé que no soy suficientemente digno de que tú me hayas encomendado esta misión!... ¡Que no sea yo la causa del fin de esta humanidad, sino el medio para su salvación!... ¡Sin ti no puedo!...

¿El silencio era la respuesta, o en el silencio estaba la respuesta?

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