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viernes, 7 de abril de 2017

AKARGHI (capítulo 115)



   
Los cinco rishis habían encomendado a Akarghi una misión que por alguna indefinida sensación le parecía inquietante, pero también inevitable. Debía acudir al templo de La Luna en el Agua, en Shangri-La, más allá de la frontera de la India, y entrevistarse con el lama Lobsang Tsangyang, después de entregarle cinco misivas selladas, que por ningún motivo Akarghi debía leer, ni perder en el camino. Kautsa había advertido a Akarghi que el destino de la humanidad estaba en sus manos y que no debía hacer ninguna pregunta más, sólo cumplir con lo que se le pedía…

Los cinco acaryas se habían reunido con Akarghi junto al río Fujilai, sentados en padmasana unos frente a otros. Ya llevaban tres días ininterrumpidos en profunda meditación. Akarghi sabía que esta sería la última vez que los vería así, unidos en un círculo de oración y quietud, unidos más allá del tiempo y del espacio, disueltas ya las ataduras del cuerpo y de la mente. Sin abrir sus ojos podía verlos vibrando como una luz purísima por encima de las cimas de cinco enormes montañas de energía viviente. Ellos le habían enseñado a unificar la realidad en un acto perceptivo que su cerebro no podía ya procesar. Deteniendo la actividad neuronal se abría un espacio áurico trascendental y la multiplicidad acudía sin jamás llenar el ojo abierto, semejante a una NADA que recibe en su seno TODO, sintiendo con una sensación unificada e infinitamente múltiple, como no existe sentimiento humano capaz de producir, ni bueno ni malo, sino solamente OTRO.

Los cinco santos se habían reunido en silencio, sin tocar con sus pies translúcidos el suelo ni la hierba, que brillaba levemente cuando sus átomos se reconocían mutuamente. La luna teñía con su luz ingrávida la superficie de las cosas de este mundo, y las aguas del río. Detrás de ellos, veinticinco seres sutiles revestidos de amor y muerte empujaban la zona de los cuerpos sentados rígidamente en la zona geométrica. Detrás de los veinticinco seres sutiles, seiscientos veinticinco principios angélicos aunaban los hilos de la red infinita para sostener el tiempo y el espacio y la conciencia inalcanzables…

Si Akarghi abría los ojos ya no los vería más. Entonces debía elegir… Abrió los ojos, porque tenía que abrirlos para cumplir con la misión que le había sido encomendada ∞Llámala misión, o necesidad, o destino, o simplemente vida∞. Sabía adonde tenía que ir, pero también ya sabía adonde tenía que ir después de acabar con su misión. ¿No es ya bastante para una sola vida humana, que se debate en un dormir y despertar para volver a dormir y despertar, saber esto? Porque así podía ya vivir con una sonrisa compasiva ese jamás, ese nada después, ese irreal con que satisfacemos  nuestra propia convicción de creer algo fuerte, firme, definitivo --aunque sea incluso una negación contra uno mismo--, en vez de no creer en nada, un mero y confiado dejarse ir.

--Cuando hayas cumplido tu peregrinaje –le dijeron los cinco dentro de su alma—habrás completado la activación de tu debilidad humana. Habrás llenado tu sustancia de toda la debilidad y miseria de la que eres capaz; entonces podrás activarla en la Fuerza que te lleve más allá de todo lo humano. La Fuerza reside en ti mismo, pero no te pertenece. Tú mismo eres en ti mismo irreconocible.

Siete días después Akarghi caminaba por los senderos de la montaña hacia Shangri-La. Su figura delgada, calva, como una manchita granate entre las paredes grisáceas de la montaña que aprieta, se movía pausadamente con su morral de corteza de alcornoque cruzado desde el hombro hacia su costado izquierdo, portando las cartas de la Vida. Akarghi veía, pero no veía; escuchaba, pero no escuchaba; estaba, pero no estaba. La Verdad, esa Mentirosa que juega a cambiar, haciéndose más verdadera, envolvía a Akarghi en su drama renovado, intenso, inevitable. Allí, en lo alto de la montaña, a solas con la Verdad Mentirosa había comprendido las mentiras de las verdades de sus maestros, de sus shastras, de sus gathas, de las doctrinas aprendidas penosamente, acumuladas en bibliotecas, en cerebros, en palabras, en tradiciones y prácticas protegidas y veneradas. Ya las había ido abandonando desde el momento en que ingresó a los nueve años como aprendiz en Lamayuru, y mientras más saberes espirituales acumulaba, y mientras más maestros sabios conocía, mientras más monasterios y templos y ashram y stupas y gompas conocía, esas formas, esos fantasmas más bellos que la Naturaleza toda, se volvían más y más pequeños y lejanos, como se va volviendo lejano y pequeño el fondo del valle amado, cuando se asciende más y más por el sendero de la montaña que te empuja hacia lo alto en contra de la lógica natural (gravity). Akarghi ya podía contemplar esas líneas sutiles de energías luminosas, de sorprendentes colores no vistos que van demarcando lo inmediato, lo propio, lo necesario, lo destinal por donde se debe avanzar en el caos sublime de la realidad, del entorno infinito que se despliega como la desorientación de la existencia creada para todos y para nadie en particular. Podía ver cómo se encendía de sentido vibrante el sendero único, el que la omnisciencia divina había trazado y escondido entre infinitos senderos por los que podía avanzar o perderse o entretenerse o tardarse. Poseía ya el don de la omnisciencia aplicada, el don y la clave para trascender este nivel del juego real. Llevaba consigo las insignias ganadoras del juego, los pases maestros para el ascenso, para cruzar la aduana del tiempo y la ruptura del cuerpo biológico sin pérdida de la conciencia ni apego, como las luces transitan desde la luz a las tinieblas, y las oscuridades transitan desde las tinieblas a la luz, sin ruptura ni diferenciación. Akarghi se había vuelto paciente e inmarcesible, como los contrafuertes de la montaña milenaria, que esperan al caminante por eones hasta que el aparecido la huella con sus pies casi intactos en un instante más breve que su grano de arena recién desgajado de la roca por una gota de viento cualquiera más entre las infinitas gotas que rascan a besos su enorme espalda, se mueve y cae. En ese punto y crac la conciencia se consolida en evento sobrenatural más poderoso, más inquietante y real que todo universo físico, que toda ley necesidad de la Naturaleza, y evidencia material ∞¿Realidad?∞.
 
Akarghi presionaba cada cierto rato el morral a su costado para confirmar que aún se encontraba intacto. Una intranquilizadora sensación lo acompañaba. Misión tan alta y decisiva no debía ser entregada a las manos y la integridad de un solo hombre, por más omnisciente que fuese. ¿Por qué los grandes maestros debían confiar en él, si era tan pequeño y frágil como una tortuga en las lomas de un desierto?... La fatalidad del ser humano era inevitablemente la dualidad, la oposición y la muerte, en esta zona del Juego. Jamás podía caminarse sobre una recta perfecta, por más que el espíritu lo pusiese todo para cumplir a cabalidad.

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