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viernes, 28 de abril de 2017

AKARGHI (capítulo 118)



    
Decenas y hasta cientos de maestros de todas las religiones, enseñanzas y escuelas acudían anualmente a enseñar y a compartir prácticas y saberes en Lamayuru. El monasterio hacía siglos se había clausurado para la gente común, la que podía en cambio acudir a innumerables centros abiertos de salud y práctica espiritual y física que abundaban en la región, de manera que ningún paisano, viajero, discípulo, autoridad, enfermo o penitente osaba exigir o solicitar nada de Lamayuru, que Lamayuru mismo no quisiese ofrecer libremente y de sí. El eclecticismo de Lamayuru se había vuelto excepcional y único, si bien era limitado por esta peculiar restricción: sólo ciertos y unos pocos elegidos y privilegiados tenían acceso al universo donde todos los credos y saberes recibían libremente acceso y lugar. 

Los hijos de todas las castas y clases sociales, de lejos y de cerca, eran ofrecidos por cientos y a veces por miles al noviciado y a la exigente clausura de Lamayuru, pero sólo una decena de ellos era aceptada dos veces al año, después de ser sometidos a pruebas singulares y poco convencionales, la mayoría de las veces sin que los niños saliesen de sus propios hogares, y continuando su vida familiar y cotidiana. La gente hacía por su parte todo tipo de conjeturas para tratar de anticipar la elección, pero ningún patrón de elección lógico o evidente permitía acertar en este juicio y, sobre todo, prejuicio. El privilegio y la honra de ser elegido por los santos de Lamayuru era una gracia incalculable que entonces y finalmente, a los ojos de los familiares y de la sociedad toda, caía por azar o por suerte no sólo sobre el niño, sino tanto o más sobre la familia y la comunidad a la que éstos pertenecían.  

Esta mañana sobre el marco de las inmensas montañas que rodeaban la disminuida pero colorida arquitectura de Lamayuru unas colosales y venerables nubes parecían colgadas como setas por encima de todo, semejante a las setas y líquenes que los jóvenes aprendices deberían salir a colectar libremente, después de haber recibido la correspondiente clase de botánica shuetambara del swami  Kapilananda. Reunidos en pequeños grupos en el patio principal los treintaisiete sichyas recibían las instrucciones del swami antes de iniciar la prueba. Akarghi se había unido con Kynpham y Narayan en un círculo de oración silenciosa, mientras esperaban al swami Kapilananda. Kynpham y Narayan mantenían sus ojos cerrados y alargaban su respiración con extensas retenciones de prana, pero Akarghi se había vuelto hacia el oriente y observaba con los párpados entornados la altura de un risco lejano, hacia donde sabía que habrían de dirigir sus pasos y propósito. De alguna difusa manera podía presentir lo que allí, delante de sus ojos, iba a ocurrir. Esa montaña apenas le susurraba el futuro, y él apenas podía presentirlo, cuando quizás nadie más de los que podían mirarla (pero no lo hacían) sabía que el futuro ya estaba sincrónicamente ahí mismo, actualizándose en la montaña presente. La oración de Akarghi era diferente: ¡Bendito Buda-de-todas-las-cosas, guíame para que yo te guíe!... ¡Bendito Buda-de-todas-las-cosas, guíame para que yo te guíe!... ¡Bendito Buda-de-todas-las-cosas, guíame para que yo te guíe!...

Los tres jóvenes sichyas iniciaron la caminata con buen humor, alegres y conversadores. El otoño ya se dejaba sentir con su temblorosa sutileza, con sus energías maduras y reconcentradas. Era el tiempo de las setas y de las canciones de antaño, como la nostalgia o el acceso misterioso de una memoria que ha seguido evolucionando en paralelo. Tal vez por eso guardaron pronto silencio y continuaron caminando un largo trecho, tranquila y relajadamente, sin mirar más que el sendero y la montaña hacia la altura dorada donde se dirigían. Akarghi se quedó pensativo, inquiriendo en la posibilidad de detener esa marcha y decisión. ∞Llamamos presentimiento a ese estado de mente y de realidad en los que nos encontramos cuando algo programado, inevitable y futuro colisiona con nuestra conciencia y con nuestra libertad de decisión.∞ Akarghi indagaba en su presentimiento… ¿Si sé, no hay duda, de que algo terrible va a ocurrir, qué debo hacer como respuesta a este saber?... Puedo detenerlo, sé que puedo detenerlo. Basta que imponga a mis amigos que esta marcha acabe aquí, sin dar ni un paso más adelante, y esa desgracia no se cumplirá… ¿Debo hacerlo… puedo hacerlo?... ¿Está bien plantearlo así, o también podría hacerlo de otra manera que hasta este momento no alcanzo a vislumbrar?...

Kynpham puso atención en Akarghi y, acercándose un poco a él le preguntó:

--¿En qué piensas?

Quizás era esa la pregunta precisa y única que necesitaba en ese momento para comprender de inmediato que debía guardar silencio. Aun así una idea inquietante, en un diálogo entre su cielo y su infierno personales, lo volvió a atravesar… ¿No evitaré una desgracia para nosotros, aunque pueda, sólo porque eso que llamamos Divinidad así lo ha dispuesto, y porque así esa misma Divinidad acostumbra a contemplar de antemano como advienen todas las desgracias humanas, sin evitarlas?  

--En nada—respondió con tristeza.

--¿En nada?—preguntó Kynpham con incredulidad.

--¡Miren!—exclamó Narayan, señalando con su índice hacia un risco próximo.--¡Kalpasi!...

El kalpasi, liquen exquisito especialmente para el paladar del abad Farra-aj, y que tan escaso era por otro lado en la región, se aferraba sin esfuerzo a un peñasco literalmente cortado a pico hacia un profundo abismo.

--¡Yo iré!—exclamó Narayan, dichoso y casi fuera de sí.

--¡No!—gritó Akarghi con una vehemencia que hizo retroceder a los dos sichyas.--¡Iré yo!—agregó con una sonrisa nerviosa y forzada.

Se quitó con decisión las sandalias, el morral, la manta roja y comenzó a caminar hacia el senderillo que más fácilmente accedía a su proximidad. Los otros dos compañeros lo siguieron de cerca, pero se detuvieron cuando Akarghi se dio media vuelta y con un gesto imperioso de su cabeza y sus brazos les dijo:

--¡Ustedes me esperan aquí!...

Aunque no entendían la razón de tan extraño y perentorio comportamiento, tampoco sentían que había razón de peso para contradecirlo. Akarghi comenzó a avanzar por un estrecho contrafuerte que sobresalía del descomunal cuerpo de la peña, pero que iba adelgazándose progresivamente mientras más cerca se proyectaba hacia las volutas oscuras del kalpasi, como si éste fuese precisamente el remate sobre la nada de esa misma saliente que iba a extinguirse a sólo un paso antes del preciado liquen. Un águila pasó flotando con sus alas extendidas e inmóviles por encima de ellos y dejó oír un escalofriante graznido. Akarghi levantó su mirada hacia lo alto y, al ver lo que vio, comprendió lo que estaba haciendo.

Avanzó lentamente, como un gusano que encorva su lomo sin desplazarse todavía ni un centímetro, y luego de haber medido cuidadosamente su impulso y el espacio siguiente, devuelve hacia adelante, con precisión, su lomo a la horizontal. Asimismo, de espaldas contra la muralla de roca y sin mirar la hondura del abismo bajo sus pies, se fue adhiriendo a la roca con sus brazos extendidos en cruz y aferrando sus manos a las mayores salientes que era capaz de alcanzar. Pronto se hizo tan delgada la ceja de piedra por sobre la que avanzaba, que sus pies ya no quedaban por completo apoyados en ella, sino que sus dedos comenzaron a quedar suspendidos sobre el vacío. Sentía sobre su piel el viento pardo y frío que lo empujaba en diferentes direcciones. A cada centímetro que avanzaba se experimentaba más vulnerable, más disponible a las decisiones del universo a través de la inmediatez. Giró su rostro hacia sus amigos y vio en ellos la angustia y el miedo, pero al mismo tiempo la confirmación de que era él quien debía hacer lo que estaba haciendo, y no alguno de ellos. Entonces, un profundo saber pareció aflorar hasta su conciencia y su cuerpo… Experimentó un estado de su mente que lo transformó en una criatura leve y flexible, tal vez como el águila que planeaba ingrávida sobre el vacío. Continuó desplazándose hacia el paciente kalpasi, que contemplaba sus deseos con una sonrisa vegetal, indulgente e inmóvil. Akarghi también sonreía. Pudo sentir también cada milímetro de las plantas de sus pies, como nunca los había sentido. Pudo sentir en se mismo momento cómo su cuerpo comunicaba a sus pies sus necesidades de ser sostenido, lo mismo que sus mínimas variaciones que debían ser aceptadas y asumidas por el centro absoluto de equilibrio y armonía que sus pies poseían. Akarghi experimentó con absoluta fidelidad la traslación completa de todo su cuerpo, de su mente y de su conciencia dentro de sus pies. Sus pies se volvieron poderosos, hábiles, con todas las capacidades que disponía el cuerpo completo. Ahora poseían manos articuladas, y firmeza como los huesos, y flexibilidad como la lengua, y aliento como el corazón, y sabiduría como el cerebro. Entonces, cuando sus pies ya se apoyaban sobre la casi imperceptible línea saliente de roca sólo sobre el borde de los talones (y su cuerpo parecía sólo flotar mágicamente en el aire), giró su cabeza hacia el abanico colgante y gris del kalpasi, y se lo encontró sólo a un palmo de su mano izquierda extendida. Pero en ese mismo instante y circunstancia sus pies reclamaron imperativamente: 

--¡Basta!...

Akarghi se detuvo. Por un instante tan breve como el instante anterior su cabeza volvió a pensar y a medir. Escuchó entonces como un eco dentro de su cabeza: ¡Basta!... El universo gritó al unísono:

--¡Basta!...

Akarghi regresó sin más, de la misma manera que había llegado hasta ese punto y lugar. Kynpham y Narayan lo esperaron inmovilizados, pálidos, tiritando, sin poder creer lo que acababan de ver.

--¡No pude!—exclamó con una humilde sonrisa--… ¡Volvamos!—agregó, empujando por los hombros a sus dos amigos para que iniciaran la retirada, y como para animarlos con su ejemplo, comenzó a caminar delante de ellos.

Cuando habían recorrido unos cincuenta metros entre rocas y estrechos pasadizos, Akarghi volvió la mirada hacia sus compañeros y se encontró con Kynpham, que lo seguía a cierta distancia, concentrado en observarlo y observarlo sin quitarle un segundo de encima la vista. Pero no vio a Narayan.

--¿Y Narayan?—le preguntó a Kynpahm, alzando la voz.

Kynpham se dio media vuelta, escrutó la ruta y respondió:

--¡No sé!...

Akarghi se ensombreció abruptamente y se devolvió a la carrera, pasando incluso a llevar a Kynpham, quien lentamente acompañaba los primeros saltos en reversa de Akarghi. Cuando llegó al reborde del acantilado vio a Narayan avanzando de igual manera que él lo había hecho hacia el preciado liquen. Estaba a sólo un par de pasos de alcanzar el rugoso kalpasi. Sus pies casi colgaban hacia el vacío, y en su rostro podía leer la convicción, pero también algo doloroso e inquietante. Sin embargo, Akarghi debía reconocer que Narayan por alto le sacaba un palmo de estatura, y con sus largos brazos podría alcanzar hasta donde él no había podido hacerlo. Cuando Kynpham a su vez llegó al lugar dejó escapar un grito ahogado. Akarghi se dio media vuelta y llevándose el índice a los labios, le susurró:

--¡Él lo conseguirá!...

Al contemplar a Narayan aferrado a la interminable roca casi lisa, le pareció incluso más pequeño y frágil ante la vida que las diminutas hojillas de liquen. Al contemplar a Narayan, Akarghi se vio a sí mismo, colgando de la inconmensurable existencia. Entonces Akarghi percibió una leve convulsión que estremeció el cuerpo de Narayan, al tiempo que estiraba tres centímetros más su mano izquierda y cogía el manojo de kalpasi con la misma mano. ¡Lo había logrado!... Su cuerpo se inclinó hacia adelante y, despidiéndose con una sonrisa de plenitud y al mismo tiempo terrible, sin resistencia alguna, su cuerpo comenzó a caer velozmente hacia el abismo.







viernes, 21 de abril de 2017

AKARGHI (capítulo 117)


   
Poco importa si era un sueño o estaba despierto: era real… Faluyya le tomó la mano y lo tiró con fuerza hacia fuera de su lecho. ∞Faluyya, la anciana mujer que servía en su hogar a los siete años; pero ahora Akarghi tendría veinticinco, ¿o doscientos cincuentaitrés?...∞ Luego comenzó a caminar delante de él, diez pasos adelante, liviana como una sombra, con su sari negro y con el velo impenetrable cubriendo su cabeza de pelo blanco y escaso. 

--Latniavira te espera-- le había susurrado al oído para despertarlo.

Al tomar conciencia de sí mismo reconoció que su pene estaba lleno de sangre caliente y excitado. ¿Cuántos años hacía ya que no poseía el cuerpo de su amada mujer?... Había perdido la cuenta, pero su sexo no la olvidaba ningún instante, ningún día, ningún despertar. Quizás no fuese más que otro sueño intenso, erótico, orgásmico, seminal, como le acontecía cada cierto tiempo. Pero fuese lo que fuese, real o irreal, iría tras ella, tras ese deseo más profundo que toda evidencia. Ella lo llamaba, donde sea que estuviese, ardiendo con su propio deseo animal, inmediato y trascendental, eternamente femenino. Al abrir la puerta se encontró con una noche azul, un océano de estrellas mareadas con el perfume blanquecino del jazmín que caía desde los zarcillos trepadores y colgantes de los pórticos, o tal vez del cielo mismo. Así también olían los besos que resbalando por sus muslos temblorosos se encontraban repentinamente con la fontana perfumada de su vulva.

A los pocos pasos se encontró dentro de la penumbra de un bosque de palmeras, tecas, sisus y dátiles, y aunque ya no distinguía delante a Faluyya, vislumbraba invariablemente su figura entre la vegetación, esperándolo y acompañándolo. Creyó ver correr a Latniavira hacia lo más profundo del bosque; entonces también él se lanzó a la carrera tras ella. Ya no seguía a Faluyya, sino a Latniavira. De pronto comenzó a ensancharse una suerte de corredor entre la penumbra de los árboles, ante él se hizo un camino como de polvo de diamantes, y al fondo, resplandeciente bajo la luz de la luna llena, se irguió maravilloso, plateado, el inmenso templo piramidal de Khajurajo. Podía ver los frisos, las figuras procaces, carnales y lúbricas como agitadas por su convulsión libidinal, moviéndose en piedra viva con el deseo frenético del ansia sexual, y a la entrada del templo, recostada sobre un lecho de losa el cuerpo desnudo de Latniavira, ardiendo de deseo y palpitante para él. Su torso semierguido, apoyado con sus antebrazos sobre la piedra brillante, y la cabeza arrojada hacia atrás, con los párpados entornados, y la luz de la luna deshecha a pedazos sobre su piel de miel.

Alcanzó a dar tres pasos, mientras se desanudaba el dhoti para ir a amar a Latniavira, pero una mano lo cogió del tobillo y lo retuvo con fuerza. Volvió la vista y se encontró con un sanyasin ciego, sentado a la orilla del camino, cuyo tripundra de ceniza blanca resplandecía al centro, profundamente en al ajna-chakra

--¡Detente, insensato!—exclamó el santo con voz ronca.

--¿Quién eres?—preguntó Akarghi sorprendido.

--¿Eres tú, Akarghi, el joven sanyasin que lo dejó todo por seguir el camino de la Verdad?

--¡Sí, yo soy, pero ahora voy a amar a mi mujer!...

--¿Amar?... ¡Tú, que has conocido el poder de la abstinencia en la búsqueda de la Verdad!... ¡Avergüenzas a millares de maestros e iluminados que, guardando la enseñanza de los dioses, dieron su vida en el ascetismo, al señalar la ilusión del placer de los sentidos, del placer del cuerpo y de la mente!... ¿Por qué vas gustoso tras tu propia perdición, si sabes cuál es el camino de la Verdad?

--Es verdad, mis maestros me enseñaron con su ejemplo y con la sabiduría de los divinos antepasados que debo huir del placer y del apego a toda forma, a todo encantamiento de la mente… Pero tú mismo, venerable maestro, sabes que allí delante, en el divino Khajurajo, en la adoración al poder trascendental del erotismo y la sexualidad, también se nos enseña que hay un camino hacia la Verdad tras el fondo de toda ilusión, en el fondo mismo de toda realización de las gunas, como la puerta doble que es necesario saber cruzar intrépida y lúcidamente para no caer en el lado oscuro de su elección y camino.

--¿Eres tú quien franqueará gustoso esa puerta sin caer en tu propia trampa, en tu propia complacencia y engaño, mentiroso y débil?

Akarghi volvió su vista hacia el lugar donde se encontraba Latniavira, pero no la vio allí, ni en ningún otro lugar. A cambio, divisó a la entrada del pórtico principal la figura del abad Farra-aj, vestido con un extraño atuendo negro pegado a su cuerpo, y a su lado a Chien-Tzu, quienes se dieron media vuelta para contemplarlo con una singular sonrisa, casi desafiante. En seguida se dirigieron hacia el interior del templo y ya no los vio más.

--¿Esto es un sueño?—le preguntó al anacoreta.

El sanyasin levantó su rostro hacia Akarghi, como si pudiese verlo, y esbozó la misma misteriosa sonrisa que había atisbado en los rostros de sus maestros de Lamayuru.

--¿Tuyo o mío?—preguntó de vuelta el sanyasin.

Akarghi se quedó pensativo, luego se sentó en padmasana delante del rishi y cerró por un momento sus ojos.

--Infinitos son los caminos de la Verdad –dijo Akarghi aún con los párpados entornados--. Los Agentes del Sueño vigilan todas las vías por las que puede transitar un ser humano, en su inagotable multiplicidad. Nadie puede denunciar mayor o menor justicia en cualquiera de esos caminos, pues el brahmán, lo mismo que el torturado, o la mujer violada, o el niño descuartizado vivo, o el rico de principio a fin, o el poblador sin fortuna, lo mismo que el campesino esclavizado, o el humano invisible que vive sin mérito especial, o también el drogadicto, el amante impenitente y lujurioso, o el asesino, adelantan, por su propia manera de vivir, en el Camino de la Verdad, que se despliega ante cada humano en infinitos caminos.

--¡Sabes que eso es blasfemia!... El camino humano de la Verdad no puede avanzar sino a través del centro y orificio de la virtud. Si no realizas el espíritu en ti mismo, no hay progreso ni trascendencia.

--¡Es cierto, venerable, pero también hay progreso y trascendencia en la perdición, en la maldad, en la inmoralidad, en la ilusión, en el placer de los sentidos y en el sexo, pero otra dimensión y naturaleza del progreso, y otra de la trascendencia, que las de la espiritualidad y de la virtud!...

--¡Yo no las conozco, Akarghi!... ¿Podrás demostrártelo a ti mismo sin engaño –ese mismo engaño que has denunciado y develado en tantos bodhisattvas, tantos santos y maestros, pero que a ti puede estar amarrándote sólo con otro nudo diferente--, y luego mostrarlo sabiamente a los demás buscadores de Verdad?

--¡Quiero hallarlo!... No tendré paz ninguna si no alcanzo la realización.

--¡Ve, entonces, Akarghi, tras la mujer que tú amas!

Akarghi se inclinó hasta tocar con su frente el manto del anacoreta, saludó devotamente con sus manos unidas ante su corazón, y continuó con paso decidido hacia el templo Khajurajo.