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viernes, 10 de marzo de 2017

AKARGHI (capítulo 111)


   


¿Cuándo empieza una historia de vida?... Si ya es difícil entender a una persona, un uno mismo, como un proceso de vida, un algo continuo y consistente… Lo hemos dicho antes: hasta donde alcance la memoria, sea cual sea el registro del pasado al que llamamos memoria del pasado. Algunos dirán que al momento de nacer, otros a la hora de ser concebido, otros en la historia de los padres, de los antepasados, y así, podrán decirse cosas también como en el momento que la persona experimenta hechos que son decisivos, o en las vidas pasadas, o en el plan de Dios o del destino, y mucho más… ¿Por qué negar cualquiera de ellas, y no abrirse a todas, e innumerables más? Al sumergirse en la profundidad del sí mismo, mucho más allá de donde han alcanzado con sus teorías los sicólogos y los sabios, mucho más allá de donde han concebido las experiencias religiosas, espirituales y místicas, Akarghi avanzaba y se sumergía abriendo espacios, tiempos y dimensiones, lentamente, vastamente, produciendo un cataclismo tras otro en su ser interno y en la marea arrasadora que desbordaba hacia el mundo exterior en unificación.

¿Podía olvidar tan fácil a la mujer amada, la mujer que desde una loca aventura erótica y pasional, se fue encendiendo como luz de un amor creciente, más interno y más vasto, como la experiencia misma de la Verdad? Porque toda experiencia significativa e intensa se clava como un puñal, como un eje, un centro de gravedad alrededor del cual se vive como un perro amarrado y herido. ¿Era posible liberarse, como lo hacen los brahmanes a los cincuenta o sesenta años abandonando a su mujer, a sus hijos, a su vida entera, y dedicarse a una vida nueva de aislamiento y trascendencia? Akarghi hasta ahora sólo había reconocido a hombres extraordinarios, de gran valor y convicción, que se habían sumergido en el sueño profundo de la espiritualidad, y en un pequeño y maravilloso rincón de la mente, en un asilo pacificador donde se trataba con espiritualidad la enfermedad de vivir, con meditación y anulación del flujo de la mente; para medicar así el sufrimiento de dejarlo todo porque no se está satisfecho consigo mismo ni con la vida. Akarghi, en cambio, sabía que no debía escapar del dolor, del abandono, de su confusión, y si quería avanzar en su historia de vida, en su necesidad de trascendencia, de evolución –o lo que fuese aquello--, debía hacerlo como el carnero que enfrenta sólo con sus cuernos y la dureza de su cráneo, directamente y por el centro, todo lo que se le opone y lo daña. Pero no se crea que debía golpear sólo en el centro, directa y brutalmente su sí mismo, ni su realidad, pues después o junto con cada golpe consigo mismo, debía acompañarlo su movimiento yin, su pasivo circular concéntrica, paciente y envolventemente alrededor de lo mismo, de lo golpeado, también como si jamás hubiese sido golpeado.

Y puesto que la existencia humana se construye siempre por movimientos de oposición o diferencia, ahí estaba el camino hacia arriba y hacia abajo; en oposición al dolor insuperable y radical de la pérdida de Latniavira y de Prâsad, se les enfrentaba Kautsa y los demás sanyasines. Para Akarghi no debían existir separadamente; aunque la existencia les había creado circunstancias y momentos diferentes, sin que se conociesen entre sí, sin que hubiese ni la menor relación en el plano natural y físico, existían en la simultaneidad y en el sentido unificado y continuo, sin la menor ruptura ni accidente en su ser-para-Akarghi como un solo ser vital ∞como en una dimensión de realidad paralela y simultánea. Y esto había de ser así, fuese Akarghi conciente o no de ello. Pero si Akarghi se hacía conciente, como lo estaba siendo, entonces el proceso vital se hacía consecuentemente más poderoso, más personal, más misteriosamente nuevo e increado… Seguía amando a Latniavira, escuchaba con su alma a Kautsa, pero ni uno ni otro por separado ni juntos desorientaban el rumbo que, gracias y a pesar de ellos, Akarghi iba sosteniendo y tomando.

Esos puntos neurálgicos en las historias de vida, que también hemos llamado centros de gravedad, en la existencia de Akarghi ninguno había sido tan extraordinario, terrible y decisivo, como el amor de la mujer única y sobrecogedora que ya había perdido; aunque misteriosa e inexplicablemente cuando se ha amado tanto, tan inmensamente tanto, una maravillosa presencia viva de ese ser amado continúa siempre actuando, real e inmortal. Quizás por eso Kynpham venía a Akarghi, y Latniavira comenzaba a tomar una forma y un cuerpo nuevos, como si la muerte fuese también pura presencia inmortal. Porque si bien Akarghi no había recibido confirmación alguna de la muerte física de Latniavira, esta nueva Latniavira se le enseñaba con un cuerpo superior, todavía más deseable y perfecto –si pudiera decirse así—que su bellísimo cuerpo mortal, dulcemente transfigurado en este otro vehículo superior. Pero no se engañe nadie con la idealización del amor, como si el amor espiritual, metafísico, del alma fuese todo el amor cuando se vive intensamente como tal, pues el cuerpo de carne, de fluidos, sensaciones y tacto, de sexo, ama por sí mismo, absoluto, intransable por nada superior, insobornable por sublimación alguna, tan seguro de ser único y poderoso en sí mismo, que exige, como exige todo lo vivo, ser valorado y asumido. Y Akarghi necesitaba sexo y amor de besos y caricias como cualquier otro humano en un cuerpo vivo. Un cuerpo que ha amado como cuerpo ya nunca más lo olvida, ya nunca más se resigna a no volver a gozar de su extraordinaria cualidad. Es muchísimo más fácil mantenerse célibe virgen, que mantenerse asceta después de haber conocido la delicias del erotismo y del sexo. Es muchísimo más fácil mantenerse célibe y virgen sin haberse nunca masturbado, que sostenerse sin erotismo y sexo, una vez que se ha conocido incluso sólo masturbándose la gracia, la beatitud del orgasmo. Akarghi sólo le ofrecía ya a su cuerpo masturbarse, cuando su cuerpo lo exigía, y no dañaba ni un ápice su espiritualidad, ni su meditación, ni su lucidez de conciencia y de alma –carecía de resistencia, de pecado y de culpa--, tanto más cuanto al hacerlo recuperaba los recuerdos del cuerpo voluptuoso de Latniavira, y la presencia de los soberbios actos de sexo y de amor vividos con su mujer amada. No lograba comprender la prohibición de tener sexo en la vida espiritual y ascética, como si la energía sexual o su efecto mental enturbiase o disminuyese algo vital y personal, o al espíritu mismo en algún sentido, ¡Si es pura energía revitalizadora y autogenerativa, inagotable!... salvo –pensaba él—cuando se es incapaz de integrarlo armónicamente a la energía vital, espiritual y universal del todo, como bien lo entendía y experimentaba el tantra.

Por otra parte, ¿hasta cuándo hubiese continuado amarrado al cuerpo y al amor de Latniavaira, si los eventos no se hubiesen precipitado así como ocurrió? ∞Así… con ese factor casi siempre incomprendido que identificamos como accidente o simple suceso. Porque el amor y el cuerpo, como incluso la adoración a Dios o la espiritualidad,  también pueden acabar deviniendo un palacio de cárcel, un exquisito fumadero de opio, una adicción que sostiene toda la existencia y la realidad misma, y que además exige eternidad…

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