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viernes, 3 de marzo de 2017

AKARGHI (capítulo 110)




Me sé un aristócrata, un ser superior del espíritu, de la conciencia, de la mente, de la sensibilidad y de la inteligencia, no para establecer distancias, diferencias y categorías respecto de los que no lo son, sino porque definirme así ME OBLIGA a ayudar a  alcanzar mi condición a todos los que no lo son… Si no lo logro… ¡seré el peor incluso de todos los miserables, inconcientes, inútiles, innecesarios y vulgares!... ¡El más miserable ante todos ustedes, que me consideran un inalcanzable maestro, y, sobre todo, seré lo peor de mí mismo!... ¡Todos ustedes sí serán entonces mi dios inalcanzable, y yo mismo, mi demonio!… ¡Ése es mi don y mi condena!...

Akarghi despertó sobresaltado. Se había quedado dormido, mientras meditaba bajo una higuera antes del amanecer. Se había visto en un sueño, de pie ante una multitud de miles de personas, parado sobre una roca, anunciándoles su enseñanza, que se reproducía como en eco profundo a través de las montañas. Los cinco acaryas se encontraban junto a él, sentados en la posición de loto, escuchándolo con los ojos cerrados.  Recordaba sus últimas palabras con total fidelidad y con dolorosa preocupación. ¿Qué es esto?... ¿Cuánta vanidad, cuánta soberbia y egolatría hay en mí?... ¿No debería arrancarme la cabeza y arrojarla desde lo alto de un barranco, para borrar esta locura de grandeza que me mueve?... ¿No ha sido toda mi vida hasta hoy una mera autoexaltación encubierta por una espiritualidad, una obediencia, una pobreza y humildad fingidas?... ¿Y mi aislamiento, mi soledad, no esconden sino un violento sentido de superioridad y de desprecio por los demás?... ¿Qué es eso de buscar la Verdad, de buscarme a mí mismo, de unificarme con todas las cosas en un amor infinito?...

Akarghi interrumpió sus pensamientos al ver salir a Kautsa de su choza y encaminarse hacia el río para realizar sus abluciones matutinas. Dio un salto y comenzó a correr hacia el asceta. Al llegar ante él, se echó al suelo y aferrándose a sus pies comenzó a llorar. Kautsa lo miró con compasión y tocó con suavidad la cabeza de Akarghi.

--¡Venerable, yo no soy quien tú crees!—gimió.

--¡Lo sé!... ¿Quién no posee una sombra de sí mismo?...

--¡Todo lo que soy y hago no es más un intento de engrandecerme a mí mismo!

--¡Estás siendo demasiado drástico contigo mismo, Akarghi!... ¡Mira la humildad de los árboles que no dañan a nadie y sólo están al servicio de la vida y del entorno, pero cuánta autoexaltación, cuánto para sí hay en su voluntad y necesidad de crecer y crecer, de sostenerse todo el tiempo solos y magníficos ante el mundo!... ¡Ésa precisamente es tu mayor virtud, Akarghi, te pareces tanto a un árbol!...

--Pero nuestros maestros nos han enseñado la negación del yo, la postergación de uno mismo, la anulación en lo Absoluto Todo, la ilusión de lo inmediato… Y aún más, ¿han defendido alguna vez la constitución  de la realidad y la evolución del espíritu desde algún engrandecimiento fundacional del yo?

--¿Crees tú, realmente, en la contradicción, en la incompatibilidad de avanzar infinitamente en la Verdad y hacia la Verdad desde el engrandecimiento del yo?...

Akarghi se quedó un momento en silencio, mientras Kautsa lo cogía de un brazo y le ayudaba a levantarse. Comenzaron a caminar juntos por el sendero que conducía al río. Akarghi se estremeció de frío y también a causa del intenso y húmedo olor de las flores tropicales que colgaban entre los árboles, todavía invisibles en la borrosa oscuridad de la madrugada. Escuchó el trinar dichoso y oculto de los pájaros que esperaban el nacimiento de la luz. Escuchó voces en todos ellos. Sintió la fuerza diferenciada en cada cosa, incluso al levantar sus ojos hacia el cielo desbordante de estrellas, experimentó la misma esencia multiplicada hasta el infinito, y la paz, su paz, como única respuesta posible, como máxima respuesta posible, ante ese misterio de lo infinitamente diferenciado y de lo infinitamente mismo. Yo, tú, él, eso, todo infinitamente unido y diferenciado al mismo tiempo. Kautsa lo acompañaba a su lado en silencio, unido a su pensamiento, a su alma, como un otro y un mismo. La pregunta rebotaba, reverberaba hacia uno y otro punto cardinal del Universo… ¿Era posible entronizar su yo, su alma, su mente, lo que fuese que le diese a él identidad, como un eje, una palanca evolutiva, un dios, un principio para toda esa sobrecogedora realidad que lo devolvía justa y necesariamente a su natural miseria y humildad negadora de sí misma?

Entonces constató que su mente, su conciencia, eso que llamamos yo era donde se encontraba lo más propio, si se entiende simplemente como propio aquello que parece depender de uno, y uno de ello, como nada más existe así de propio. No podía renunciar a esta verdad, a esta condición, a este estado de realidad, al menos dentro de su cuerpo vivo. Una vez más concluía que no era posible saltarse esta interfaz, esta sustancia o materia personal y síquica para alcanzar el Universo y la realidad que fuese. Negarlo, eso sí era una ilusión. Negarlo, y alcanzar la anulación del yo, era lo mismo que caer en un sueño profundo negador de la conciencia que sueña.

Akarghi miró a los ojos a Kautsa y percibió en ellos una sonrisa quizás, tal vez condescendencia, pero sobre todo tuvo la más inmediata sensación de que el ermitaño leía su pensamiento y asentía. Volvió a mirar hacia adelante, mientras bajaban hacia las márgenes del río. Todo estaba ahí, diferenciado y Uno, lo sentía, lo vivía con cada una de sus facultades, entero, desbordante y absolutamente lleno. ¡Era maravilloso!... Quería seguir ahí, así, extático, para siempre… Pero, ¿eso era todo?... ¿Era ya Uno con la Realidad?... ¿No había nada más allá?... ¿Nada más en sí mismo y nada más en lo Otro?

--El camino hacia arriba y hacia abajo es uno y el mismo – casi murmuró Rautsa, mientras entraba a las aguas del río y comenzaba a rociarse.

Akarghi se detuvo perplejo y posó su mirada en el sabio que se hundía bajo las aguas para luego volver a aparecer. El camino hacia arriba y hacia abajo, hacia adentro y hacia afuera… ¡Eso es lo mismo!... ¡Debo caminar hacia arriba y hacia abajo, hacia adentro y hacia afuera AL MISMO TIEMPO! Pero mi mente, mi conciencia, mi yo no están facultados, no están adecuados, no poseen la capacidad natural de hacerlo AL MISMO TIEMPO… ¿Será posible?...

Akarghi se hundió en las aguas, de la misma manera que Kautsa. El agua estaba helada, cerró los ojos, y experimentó el vacío. Se quedó ahí, bajo el agua tanto tiempo como una eternidad. Volvió a emerger fuera del agua. El acarya se acercó a él, lo tomó de ambos brazos y, atrayéndolo hacia sí, lo besó en los labios. Luego se dio media vuelta y se fue caminando de regreso.

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