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jueves, 23 de febrero de 2017

AKARGHI (capítulo 109)





Lo había visto tantas veces. Akarghi amaba los mercados, las plazas, las calles, los espacios sagrados, aquellos lugares siempre abiertos, donde la gente acudía por miles, por millones, a realizar algo compartido. Algo que a todos, de una u otra manera, los convocaba y aunaba en lo mismo, ¡amada mismidad!... Eso precisamente que valoramos más que nada, lo colectivo, la mayoría, el aglutinamiento constructivo, como un enjambre de abejas que ama el trabajo poderoso y delirante de sumar siempre uno más, y más y más… ¿Para qué?... Se lo había preguntado a sí mismo, pero, sin respuesta, había acudido derechamente al hombre de la calle, a la mujer reflexiva y silenciosa, al sabio, al honorable brahmin. Le había preguntado un día a Sarahvi, una mujer anciana que pedía limosna en una esquina, salmodiando con su boca desdentada una alabanza a Sarasvati misericordiosa y sabia, mientras tañía tristemente una vina, y rodeada por una nube de incienso y mirra que quemaba a sus pies:

--¿Por qué la gente viene aquí toda junta y no prefiere la soledad de actuar por sí misma?

Sarahvi se lo quedó mirando con sus ojos cansados y profundos, como la superficie de un río cargado de aguas.

--¡En el corazón palpita la Verdad, hijo mío!... ¡Sigue siempre tu corazón!...

Eso Akarghi lo sabía bien. Volvió a mirarla con una sonrisa complacida. Ella rasgueaba las cuerdas del instrumento que parecía llorar. Akarghi miró a su alrededor, pero no había nadie escuchándola. Diez pasos más allá un hombre moreno, tocado con un turbante de color crudo y enrollado en círculos por encima de su cabeza sacaba una piedra de amatista de entre sus ropas, la ponía en medio de sus palmas, se inclinaba hasta tocarla con la frente, luego la besaba, salmodiaba unos cánticos sin dejar de mirarla con devoción, luego la tomaba cuidadosamente y comenzaba a hacerla circular alrededor de su cuerpo, tocando ciertos puntos de su cuerpo con ella y manteniéndola unos segundos posada ahí, para luego elevarla hacia el cielo, bajarla a la altura de sus ojos e introducirla en su boca. Volvía a cantar con ella dentro de su boca, con los ojos cerrados y meciendo su cabeza hacia arriba y hacia abajo. Akarghi había visto ya hace días a este hombre realizando el mismo acto, una y otra vez, como si ese fuese el sentido de su vida. 

Nuevamente observó alrededor suyo y vio a cientos y miles de personas que realizaban cada una un acto propio. Incluso les habíamos asignado nombres: el verdulero, el acróbata, el policía, el caminante, la madre, el hijo, el mendigo, el comprador, el ladrón, y así sucesivamente… Se preguntó entonces, viendo por todas partes acharyas y swamis rodeados de discípulos y devotos oyentes, ¿Por qué todos se sientan una y otra vez a los pies de estos hombres que consideran maestros e iluminados?... ¿Sólo porque ellos mismos no pueden sentarse delante, decir las mismas cosas y actuar como aquellos actúan?... ¿Por qué es realmente lo mejor para ellos sentarse ahí y así? ¿O es que el rito y el valor de ellos es precisamente sentarse una y otra vez ahí y así, ojalá en el mismo lugar todos los días, escuchar una y otra vez lo mismo, con la misma expresión en sus rostros, con las mismas emociones en su corazón, y eso los hace tan valiosos e importantes como el swami que les imparte su conocimiento, que no es realmente tal, sino solamente un pedazo de guión aprendido de una misma mascarada?... “En el corazón palpita la Verdad”, pero… ¿cuál corazón?... ¿Hay un corazón igual para todos, como hay una sola Verdad?... 

¿Acaso su corazón, que ahora dolía tanto contemplándolos a ellos y a sí mismo, era el mismo de ellos, que les palpitaba tan regularmente, tan matemática y naturalmente rítmico y musical? Akarghi no podía negar la belleza de ese ritmo, de esa melodía universal que latía en todo corazón humano; incluso no podía negar la necesidad de que así fuese. Estaba en todas partes, en el yin y el yang, en el latido interior de toda la Naturaleza, incluso en las estrellas más lejanas e invisibles, y hasta en el infierno íntimo del hombre. Vistos así, era lo mismo ser maestro que discípulo o ignorante, si al fin y al cabo cada uno se había identificado con un acto reproducido y coordinado siempre de la misma manera con los actos de los demás. ¿Alguna vez se sentará el gurú en el lugar del ignorante, y el ignorante en el del gurú…y el ignorante hablará feliz su estúpida verdad, y el gurú lo escuchará y lo mirará con devoción, sintiendo la paz de la santidad de la estupidez de aquél?... ¿Alguna vez el ladrón dará todo lo que posee?... ¿Alguna vez la madre le dirá al hijo: en realidad no siento que seas mi hijo?... ¿O alguna vez el ojo en vez de mirar hacia afuera mirará hacia adentro? 

Era necesario que hubiese siempre identidad, la verdad de la identidad: que el gurú fuese gurú, que la madre, madre, el ladrón, ladrón, y el ojo, ojo… Pero también era necesario que el ladrón dejase de ser ladrón, el asesino, asesino, el ignorante, ignorante, pero no que la madre dejase de ser madre, el santo, santo, el bien, bueno, y el ojo fuese oído… ¿O sí?... ¿Era más urgente y necesario dejar de ser ignorante que dejar de ser maestro, asesino que juez, mano que alma, canalla que madre?... Aquello de corazón no es más que un símbolo, una metáfora simplificada y abstrusa que no dice nada, pero lo esconde todo, como un minúsculo grano de arena esconde el universo completo… Adentro de un corazón hay otro corazón, y dentro de ese corazón hay otro, y dentro de este, otro, y así, sucesivamente, hasta quién sabe dónde y cuándo… La realidad física y material nos impone su necesidad, su propio corazón. ¡Míralos!... Ahí están, viviendo con su corazón que bombea sangre, primero que todo. Y contra ese mínimo corazón de músculos, lucha y al mismo tiempo busca una primera armonización, un primer equilibrio y compatibilidad, su corazón mental, brutalmente diferente de ese corazón controlado por células nerviosas, que lo único que sabe y debe hacer por sí mismo es bombear sangre a un ritmo y en un funcionamiento adecuados. En cambio el corazón de la mente, eso que también llamamos sensibilidad, emociones, sentimientos, intuición –lo que se siente--, lo único que sabe y debe hacer es sentir la vida, la realidad, todo, todo lo que está al alcance de la misma mente y también del cuerpo, este tremendo y singular artefacto funcional de realidad… Ellos, ¡míralos!, primero que todo están tratando de juntar el corazón de su mente con el corazón de su cuerpo, y hacen lo que hacen, con su cuerpo y con su mente, una y otra vez, aprisionados por esa diminuta y al mismo tiempo descomunal necesidad… ¡Todo corazón es un universo, una cárcel y un portal al mismo tiempo!...

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