Seguidores

jueves, 16 de febrero de 2017

AKARGHI (capítulo 108)





¿Has despertado en medio de un sueño sin saber dónde estás?... ¿Y si en vez de acabar identificando que estás despierto, o reduciendo todo ese mágico estado a un mero esto es esto, continuaras en ese maravilloso purgatorio de la realidad... soñando despierto, despierto soñando…? ¿Y si estar vivo o estar muerto fuesen también semejantes a ese estado larvario de desconcierto, que dura un instante y luego se realiza en otra cosa? Bien podríamos estar muertos mientras vivimos, y estar vivos cuando muertos, indistintamente… Estamos vivos, es cierto. Pero lo estamos sólo porque no queremos estar muertos, igual que nuestro cerebro se resiste a seguir durmiendo cuando despertamos.

--¡Es posible!... ¡Me gusta!... Pero, ¿cómo saberlo?-- me preguntó Akarghi.

Y yo, oculto en su mente, en un rinconcito amigable por allá en su subconciente me atrevía a dialogar con él, dejando mi mera condición de espectador y narrador, asimilándome a su alter ego que parecía hablar con él mismo. ¿No estaba Akarghi ocupando un rinconcito de mi propia mente después de dos años de llevarlo conmigo, palpitando?... ¿Hasta dónde podría llegar esto? ¿No soy yo mismo uno que habla, que narra, que opina, que piensa dentro de la novela? ¿Novela?... O un mero estar despertando…

No puedo evitarlo. Cuando Akarghi contemplaba las nubes y veía en ellas formas, sentidos, intenciones; o cuando sentía las montañas repentinamente, y con ellas, todas las cosas hablando un idioma universal; cuando se preguntaba quién estaba detrás de Tashi Aburghasim para hacer tanto mal pero tan bien, sin perjuicio propio, jamás; cuando se le aparecía su amigo Kynpham muerto, ¿de dónde se aparecía?; cuando arrancaba con el niño en brazos  de esos extraños seres que conocían su nombre, ¿de quiénes arrancaba?; y ¿quiénes eran aquellos que habían escapado igual que él de las llamas y de la masacre de Lamayuru? ¿Dónde estaban ahora?... ¿Quién escribía, al fin, su destino?... ¿Era realmente él quién buscaba la Verdad, o algo o alguien lo conducía?... ¿Todavía lo esperaba Shangri-La?... ¿Había alguien en Shangri-La esperándolo, guiándolo?

¿Y si Akarghi había avanzado suficiente por el Camino de la Verdad, y pudiese empezar, por tanto, a “controlar su destino”?... Tú, mi lector, que me has acompañado a mí, tanto como a Akarghi, podrás comprender que Akarghi es ya lo bastante despierto, inteligente y sensitivo, como para comenzar a intuir y sospechar de mi existencia y de la tuya, amiga…

Cuando Akarghi conoció a los rishis pescadores del río de la Vida y vivió con ellos, más allá de lo evidente, ocurrió un proceso aumentativo y dinámico, profundo y decisivo en él. Agobiado por el dolor colosal de la pérdida de Latniavira y de su hijo Prâsad su alma rodó hasta el fondo de algo. Ese fondo de todo lo vivo donde la Muerte se ofrece absoluta como la respuesta y el fondo de todo, o bien el espíritu recibe ahí mismo el hálito germinal de las tinieblas y responde con un estallido de luz universal, más allá de todo lo conocido… Entonces llegaron ellos; aunque eran personas, también oficiaron de ajustadores del alma, de agentes del destino, y maduraron el elixir del dolor en la retorta del fuego trascendental, de esa llamarada que no viene de zonas humanas, y apenas humanizadas, producen la gran alquimia de la nueva vida. Sin embargo, fueron ellos también los que indujeron a Akarghi a investirse de rey y maestro para crear una nueva religión al servicio de todos los seres humanos. Los mismos que sanaron con su santidad la agonía del alma de Akarghi, lo empujaron al poder secular, a la instauración de la Verdad, a la ineludible responsabilidad social y política del bien común, al ejercicio del espíritu en la construcción cotidiana de la escala de la Vida. ¿Qué Verdad y qué Bien y qué Saber y qué Amor podrían ser aquellos que no alcanzaran por completo la vida real, dramática y cotidiana de todos los seres humanos? Ésta es la primera, la más difícil, la más incontestada de todas las búsquedas e interrogaciones espirituales, religiosas y humanas… Había huido de Lamayuru porque no podía concebir ya la Verdad como la experiencia separada en el monasterio de la perfección, sino como la asunción irrestricta, caótica sí, pero enteramente humana y real de las personas que se revuelcan en el barro de la inmediatez, no más ni menos que esos ilusos que buscan la purificación en las sucias aguas del Ganges… ¿Era ello posible?  Los grandes maestros e iluminados habían todos ellos respondido con sus vidas y enseñanzas que no… salvo ese misterioso y lejano Jesús, que había sido igualmente asesinado por tratar de ser como todos, y que había huido de ser rey, como de la mayor porquería humana, y como la mayor aberración para el espíritu. Pero ¿qué había conseguido con eso?... Sólo una religión y una Iglesia, unos cuantos desnudos de la inmediatez humana, pero nada más… Nada verdaderamente transformador ni revelador del Ser humano, ni de la Verdad, ni de la Realidad… ¡Y de ninguna manera de Dios, tal vez el mayor engaño ∞ y el mayor misterio ∞ propuesto hasta hoy!... Como empezaba a vislumbrar.

¿Cuántos días se necesitan para identificar que el alma, la mente, están en un proceso, absorbiendo algo que no se evidencia en la experiencia diaria ni en los estados de mente diarios? Por cierto que es muy variable, pero Akarghi avanzaba más y más en la autopercepción profunda y holística. Yo mismo me sentía cada vez más cerca de ser descubierto, aunque la palabra cerca no represente nada temporal ni espacial. También descubierto es sólo una manera de decir, si se tiene en cuenta que Akarghi es el protagonista de mi obra, y en un sentido natural eso implica que todo depende de mí… Pero ¿realmente todo depende de mí?... ¿Realmente Akarghi depende sólo de mí, yo que soy visible en cuanto pienso y tecleo en este computador? Pero ¿quién soy yo, realmente?; ¿dónde empiezo y dónde acabo yo, primero que todo aquí el escritor de AKARGHI? Alguien dirá que sólo depende de mí darle o quitarle conciencia narrativa a Akarghi respecto de sí mismo y respecto de mí. Obvio, pura obviedad de la punta de la nariz… Lo mismo que ese que piensa eso, no puede decidir sobre su propia existencia en su haber sido creado, y en su ser sacado de aquí

--¡Yo no soy una ficción!—exclamó Akarghi--. ¡Mírame aquí!... ¡Mátame, bórrame, olvídame, pero nadie podrá quitarme de tu memoria, Autor mío y Padre mío!

--¡Yo tampoco soy una ficción, querido Akarghi y querido lector mío! ¡Ni tú!... ¡Es más!... ¡Te propongo aquí y ahora una alianza, los tres juntos, para que aunemos nuestras fuerzas, nuestras entidades vitales y vayamos en busca de nuestro triple y común Autor, El-que-nos-crea a Akarghi, a mí, y a ti!

Akarghi guardó silencio, yo me quedé en silencio… y tú te has quedado en silencio…

No hay comentarios:

Publicar un comentario