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miércoles, 8 de febrero de 2017

AKARGHI (capítulo 107)





 
Gracias a su prodigiosa memoria Akarghi recordó puntualmente las palabras que en alguna ocasión Kynpham le había leído de uno de los libros secretos de Farra-aj: “Cada vez que un hombre, un individuo, se dirige a la Humanidad con alguna promesa, pulsa el nervio de esos anhelos de fe, y una infinita y contenida disposición al sacrificio sale al paso a todo aquel que tiene el valor de levantarse y decir la palabra que más responsabilidad entraña: ‘Yo conozco la verdad’.[1]

Verdad era para Akarghi la palabra, entre todas, más sobrecogedora, inquietante y sensible; la más inextricable, elusiva y personal; la más decisiva, la más frágil, la más presente y, al mismo tiempo, ausente. Esa palabra apenas era proferida acústica o mentalmente se diluía como el cascarón de una larva, y entonces, por detrás de ella surgía la realidad, el fenómeno caótico y expansivo que se descubre a la conciencia humana. Pero no la realidad como puro hecho y verdad-ahí, sino recién la masa universal de infinitas formas, de esencias y fantasmas conjugados, de humanidades que al toparse en la vida rebotan dando tumbos, desordenándolo y reordenándolo todo, y en cuya confusión se van articulando y desarticulando verdades y más verdades, y menos verdades, en un juego caleidoscópico, cuyo principio, propósito y fin el entendimiento humano penosamente no alcanza.

Kautsa, Mandukayani, Mandavya, Jaipurdirga, Hanshapatti, los cinco gurús principales del ashram Loto Blanco habían acogido a Akarghi, como en otro tiempo los venerables maestros de Lamayuru lo habían también acogido. Sin embargo, el intenso camino recorrido por Akarghi de entonces a hoy le confería una condición diferente y especial. Hubiese preferido, como discípulo humilde y aventajado, haber leído los libros sagrados, escuchar las enseñanzas iluminadas de sus maestros, haber puesto en práctica el yoga, la meditación, la adoración, y, entonces, como buen receptor de todas esas sacrosantas verdades, haberlas gozado en eterna contemplación y unificación, liberado para siempre de la sufrida rueda del samsara. Había conocido tantos hombres santos, bodhisattvas, jivanmuktis, bienaventurados, extáticos, inmóviles, perfectos, pacificados, serenos, felices, que habían alcanzado su Verdad, o al menos su non plus ultra, pero eso no era para él. ∞¡Ingrata y dolorosa misión o figura poner en duda, cuestionar y desbancar las verdades más ciertas, usadas y disfrutadas por el hombre!∞ El loco, el fanático, el tirano, el iluso, el revolucionario, el asesino, el engreído, el mentiroso y fatuo, sin embargo, hacían siempre lo mismo que había hecho Akarghi. Akarghi era enteramente conciente de este estigma, de este peligro y pendiente por los que trataba de avanzar sin nunca quedarse dormido, soñando. Sabía perfectamente que él era un poco todo ese museo humano del horror. Sabía perfectamente que beber siempre un poco de veneno, si no mata a la corta o a la larga, te hace progresivamente más fuerte y sano. Sabía que morir, reencarnar y vivir, todo junto, todo por separado, eran un mero acto de fe, equilibrismo puro sobre el abismo. Sabía entonces que moverse a cada segundo, o no moverse, cambiaba incluso para siempre el curso de ésta o ésta o ésta… dirección del Universo y de la realidad.

Cuando fue expulsado por las llamas de Lamayuru, arrojado a un mundo extraño, el mundo vasto y escabroso que han construido los hombres, ¿iba escapando como una víctima injustamente arrancada de lo suyo? ¿Tenía que llorar, lamentarse y condenarse por el resto de su vida, como lo hace tanta gente después de experimentar un accidente aciago y decisivo en sus vidas?... ¡Akarghi no! Pero no porque se hubiese desligado y liberado de la memoria y del terrible karma que la experiencia dejó, anclando, por ejemplo, la conciencia fuertemente en el presente –eso está bien--, sino ante todo porque comenzaba a vislumbrar que era él –porque podía—quien determinaba anticipadamente qué eventos, por más terribles que fuesen, debían ocurrir y acontecerle. La gente común  se duele de sus accidentes como de cosa injusta, anormal y extraña. Akarghi sabía que era él mismo (de alguna manera) quien los provocaba. La cuestión obsesiva era ahora avanzar por el Camino de la Verdad, hasta donde pudiese para dilucidar cómo era esto posible, y qué se escondía detrás… Si él había provocado el incendio y la expulsión de Lamayuru, entonces ¿era importante saber por qué y para qué? No era sólo una cuestión de temporalidad, de indagar en un pasado y en un futuro para develar o anticipar lo que ya está allí, definido y esperando, sino acceder a una dimensión, a un estado de la realidad donde las cosas se comportan de manera diferente a ésta, donde existen otras leyes, donde no hay naturaleza, sino sobrenaturaleza, donde no existe la distinción sujeto y objeto, donde de verdad se hace la realidad, respecto de la cual ésta nuestra no es más que el resplandor momentáneo de un relámpago.

--¡Tú conoces la Verdad, Akarghi! –le espetó Kautsa, bajo la atenta mirada de los otros cuatro sanyasines.

--¡Venerables maestros!, ¿qué verdad puedo poseer ni enseñar, si el Camino de la Verdad no lo he caminado, si estoy desandando caminos, si apenas puedo conmigo mismo, yo que ando por el mundo confundido y desorientado, sin saber de dónde vengo ni adónde voy?

--¡Ésa es precisamente la Verdad, Akarghi! –respondieron los cinco al unísono-- ¡Tú mismo eres la Verdad!... ¡Ése es precisamente tu supremo conocimiento, sólo tú puedes conocerte a ti mismo!—ésta vez habló solo Mandukayani--.

Akarghi se quedó en silencio y bajó la vista al suelo, porque había entendido el mensaje. Antes había visto en ellos sólo intenciones mundanas, en sus cuchicheos, en sus conciliábulos, en sus auras opacadas por el deseo y la ansiedad, en sus modos de vincularse con la gente y con sus estudiantes sumisos y serviles. Pero la espiritualidad y la verdad, ¿eran sólo el privilegio de los inmaculados, de los impecables, de los santos desapegados de todo, de los buenos, sólo de los hombres de bien? ¿No habían sido hasta ahora sus mejores maestros Farra-aj y, sobre todo, Tashi Aburghasim, el mismísimo demonio hecho hombre?... “Cada instante está hecho de infinitos instantes que lo acompañan”, pensó. “¿Cómo lograr que mi cerebro y mi mente limitados puedan experimentar no sólo un instante, sino al menos dos?

--La Eterna Montaña Nevada… --murmuró--. ¿Y cómo llegar a ella, amado Kynpham?... ¿Hacia dónde caminar para comenzar a caminar en dirección a ella?
 
--Ya caminas hacia ella –respondió Kautsa.

--Lo sé, pero ¿podría hacer más recto y eficiente el recorrido si además lo realizo en conciencia, aportando con todas las facultades de mi mente? Esto ya lo he aprendido: la conciencia puede iluminar incluso la luz…

Kautsa sonrió levemente, inclinó su cabeza, se puso de pie junto con los otros sanyasines y se dirigieron a meditar en sus chozas.



[1] S. Zweig, Tres Poetas De Sus Vidas, p.148.

1 comentario:

  1. Hola!!! Participo en la iniciativa Seamos Seguidores y ya me tienes como seguidora. Te invito a mi blog: alritmodemistacones.blogspot.com.es Besos!!

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